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Yo creí que ese hombre era vasco. Se me ocurrió no más. En su ficha personal, concedida por una oficina policial colombiana, sólo se establecía que era español, casado, de veinticinco años. Y carecía de pasaporte


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Yo creí que ese hombre era vasco. Se me ocurrió no más. En su ficha personal, concedida por una oficina policial colombiana, sólo se establecía que era español, casado, de veinticinco años. Y carecía de pasaporte. Pero, su filiación constituía una cédula cabal de identidad vascongada. Blanco y alto; delgado, pero re­cio, abejucado, como acá decimos, esto es, con la contextura macha de las lianas; de ojos azulencos, serenamente dormidos en la muerte; de boca como rajada, a filo de bisturí, en la carne pálida del rostro... Y la nariz, sobre todo, la nariz... semejaba la proa tajante de aquellos veleros que cortaban las aguas antiguas del golfo de Vizcaya, sobre las costas de España... Sí; ese hombre era vasco.
Fragmento del texto “El cóndor de oro. Cuento del drama oscuro”, del libro de José de la Cuadra*, “La selva en llamas y otros cuentos”. Medo. Uruguay. Ed. de la Banda Oriental 2007


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