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Volver a La Habana


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Volver a La Habana1

Por: Inés María Martiatu

Para la orquesta de Chico Jiménez, el mulato trompetista puertorriqueño, Lola fue una verdadera adquisición. Habían recorrido muchos lugares de los Estados Unidos actuando en los modestos teatros latinos y en las sociedades de gente de color.

Una noche tocaban en el Club Martí-Maceo de Tampa. El salón con el escudo de Cuba en armas y la bandera al fondo estaba repleto de gente. El solo hecho de estar allí, de que se escuchara esa música encendía el patriotismo y el entusiasmo de los bailadores. Trabajadores, descendientes de los que habían llegado allí esperanzados y luchado por una Cuba Libre, los que escucharon quizá la prédica de José Martí y la de la patriota negra Paulina Pedroso. Lola cantaba Quirino con su tres, tomado del repertorio de Rita Montaner, la mulata de oro que la había deslumbrado una vez en La Habana con su magia. A ella, debía la decisión de cantar, de seguir su destino. Quirino con su tres. Al ritmo del bongó movía la cintura ceñida con un pañuelo amarillo. Los hombros, el cuerpo todo DE X se estremecía con el sonido estridente de la trompeta de Chico Jiménez. A un repique del bongó dejó caer un hombro con toda intención y fue el delirio. Quirino con su tres. Coreaban. Quirino con su tres, repetía Lola y entonces ocurrió algo indescriptible. Dejaron de bailar y se quedaron mirándola, escuchándola. Lola sintió que era feliz. Quirino con su tres.

En Kingston les había ido bien. Pero desde que supo que la orquesta recibiera una oferta para tocar en el hotel Plaza, la idea de volver a La Habana casi la había trastornado. Aquellos sones y canciones que interpretaba con la orquesta de Chico Jiménez los había aprendido en La Habana, en el bar de la calle Arsenal.

El bar de Joe Morton era un local no muy grande con una gran barra de madera oscura tallada y unas cuantas mesas dispuestas en el salón. Estaba situado muy cerca de la Terminal de trenes. Allí se reunía una clientela heterogénea. Hombres llegados de Jamaica y de otras islas que habían venido a trabajar a Cuba, a todos les llamaban jamaiquinos, también habían norteamericanos blancos y negros. La mayoría de ellos marinos de paso por La Habana, o aventureros de poca monta que habían recalado aquí en busca de fortuna o de refugio. Unas pocas muchachas jóvenes, todas negras y mulatas, atendían las mesas. Soportaban las impertinencias de los clientes masculinos, siempre borrachos al llegar la madrugada. Lola se había hecho acompañar por Lester cuando cantaba pero eso no la eximia de su trabajo como mesera. La música y aquel ambiente único, atraían también a algunos cubanos. No faltaban las mujeres que encontraban allí clientela segura para terminar la noche en algún hotelucho del barrio.

Todos pensaban que Léster, el pianista, era jamaiquino, pero no, era norteamericano, sureño por más señas. Era un negro muy delgado, de piel oscura y edad indefinible. Aunque él confesaba que había pasado ya sus cuarenta. Había llegado a Cuba en 1899, muy joven todavía con el Décimo Regimiento de tropas regulares del ejército expedicionario al final de la llamada Guerra Hispano Cubano Americana. En Santiago de Cuba, escuchó los tambores. Sintió el poder, la energía liberadora de aquellos sonidos semejantes a los latidos del corazón que resonaban en los cuerpos y en las almas. Le impresionaron los toques de los paleros. Las congas atronadoras que subían y bajaban por las calles de la ciudad seguidas de una multitud desenfrenada y sudorosa que se expresaba bailando con una sensualidad que él no había conocido antes. Allá en el norte, los blancos puritanos y protestantes se los habían prohibido a sus esclavos africanos desde el primer momento como cosas del Diablo. En los patios, en la noche santiaguera, entre tragos, quedó seducido por la música de las guitarras y los efluvios lánguidos de las canciones de los trovadores. Hizo algunos amigos entre los músicos. Aprendió con ellos ciertas frases, algunos tumbaos propios del son, de los danzones, trataba de reproducir en el piano las complejas armonías que tocaban con sus guitarras. El piano sonaba distinto en aquellas madrugadas caribeñas llenas de calor, muy cerca del mar. Hasta en el olor de la atmósfera podía percibir que estaba en un mundo distinto al que él conocía. Desde aquellos primeros días decidió quedarse.

Wendolyn le simpatizó desde el primer momento y la tomó bajo su tutela. Admiraba la osadía de aquella muchachita que trabajaba como mesera y quería ser cantante. En las tardes, la ayudaba montándole canciones de moda en inglés y algunas en español que ella ya hablaba bastante bien. Sones aprendidos en Santiago de Cuba o escuchados `por la propia Lola en el solar de la calle San Lázaro donde vivía con Estela, una de las meseras y donde ensayaba el sexteto de sones de Bacallao. De Lester fue la idea de cambiar Wendolyn por Lola.

Cuando Lester tocaba, las manos atacaban el teclado de marfil ya amarillento y las negras un poco descoloridas por el tiempo. Lola lo seguía con la mirada. Lester comenzaba lentamente con unos acordes. Ciertos arpegios y escalas conformaban melodías envolventes y era un blues. Aquellas frases acentuaban las expresiones de su rostro, los ojos entrecerrados por el humo del cigarro. La mirada remontándose hasta algún recodo de la memoria. Entonces Lola, recostada al piano, tarareaba, seguía la melodía. Lester evocaba la música que había escuchado desde siempre. Ni siquiera una canción o un blues en particular, sino todos los blues y ninguno. El blues. Los dos improvisaban, elaboraban con fruición las variaciones. Se miraban, se escuchaban. Podían prever la consumación, la resolución de una frase en su final más inesperado. Gozaban con la tensión de retardarla, de volverla a escuchar. A veces terminaban arriba en una nota aguda, feliz. Otras bajaban hasta lo más profundo, hasta un tono melancólico, triste.

En La Habana, el malecón siempre cerca de cualquier parte del centro de la ciudad se le ofrecía. Contemplaba ese mar intensamente azul. Los contrastes de la ciudad la cautivaban. Amaba las piedras vetustas de sus iglesias impresionantes, el intrincado, impredecible laberinto de calles, callejuelas, callejones angostos que podían terminar en un paredón o en la sorpresa de una plaza esplendente. La Habana era la ciudad con la que mas soñaba, a la que más añoraba pero al mismo tiempo a la que temía regresar. Su hija y su madre, dos seres que le costaba mucho trabajo enfrentar, estaban allí.

“Quiero ir a mi pueblo, a Sain´t Paul”. Chico, con los preparativos del viaje a La Habana, se negó a acompañarla.

El patio de la casita de tablas, había sido el reino de Ma Rose, su abuela. Ma Rose hablaba con los animales y con las plantas. Recorría el patio al amanecer arrastrando sus chancletas gastadas por el suelo de tierra apisonada que ella barría todas las tardes. Llevaba el pañuelo de siempre anudado a la cabeza y el delantal lleno de arroz crudo y granos de maíz. Las gallinas, los patos se acercaban a ella. Dejaba caer los granos como una bendición. Ma Rose no tenía corral, pero los animales no se iban. . Hablaba con las lagartijas, las arañas y hasta con los cangrejos que se acercaban a la casa desde la playa. Allí estaban la mata de naranja agria y el cocotero. A un lado las plantas medicinales. Se internaba en su jardincito y Wendolyn, la niña, la seguía de cerca. Ma Rose conocía las que curan el resfriado, las que alivian la tos, las que sanan los granos en las piernas y en las cabezas de los niños, las que hacen expulsar las lombrices de sus vientres hinchados, las que ayudan a las mujeres a parir. Las vecinas venían a verla. Ma Rose es curandera, decían.

La abuela también hablaba con los muertos, los duppies. Le susurraban al oído. La rozaban al caminar. La consolaban. Estaban allí a cada paso dentro de la casita y fuera en el patio, en el jardincito de las plantas prodigiosas. Los necesitaba a todos, a la madre con su ternura, al padre que llegaba con esa mirada protectora, a los hermanos fuertes y hermosos, eternamente jóvenes que es el privilegio de los que se van temprano. Y al legendario jefe Maroon Christoval Arnaldo de Ysasi llegado de Cuba, que se presentaba siempre para ayudarla si es que tenía que ganar alguna guerra.

Ciertas noches, cuando estaban por irse a la cama, Ma Rose tomaba a su nieta por los hombros y la miraba fijamente. Tomaba una, dos, tres, bocanadas de aire muy profundas y las exhalaba por la boca. Enseguida las pupilas se le dilataban. La niña la imitaba. Entonces era el momento de trasmitirle sus visiones. La salita de la pequeña casa, el cuarto, todo parecía transfigurarse ante los ojos de las dos. Aparecían los seres que no se dejaban ver a la luz del día. Wendolyn al principio sentía como un susto, pero a medida que su cuerpo se liberaba, que se relajaba, iba perdiendo peso por el efecto de aquella forma de respirar, se dejaba llevar. Sentía una mano ligera sobre su hombro y no era la de la abuela que estaba frente a ella. Se elevaba y luego regresaba. . “¿Qué fue eso, Ma Rose?”, lograba balbucear apenas. “Son ellos que vienen a bendecirte, a acompañarte, nunca estarás sola porque ya sabes recibirlos.”

Después de la muerte de Ma Rose, la gorda Ma Remy obligó a Wendy a llamarla tía y ella no era su tía. Wendy se unió a la pandilla de los hijos de Ma Remy, Joe y Lena, y las mellizas Lucy y Susana. Ma Remy le proporcionó una estera sin almohada, en la cocina, cerca de la puerta del patio. Una noche particularmente triste Wendy llamaba a su abuela parada en la puerta de la cocina. “Ella está en el cielo”, dijo Ma Remy y la obligó a callar y a acostarse en su estera.

Lucy y Susana le dejaban las tareas más pesadas. Lena, que había sido siempre su amiga la consolaba y la ayudaba. Al salir de la escuela dominical los otros muchachos se burlaban de Lucy y Susana vestidas con la ropa que ya le conocían a Wendy. A Lucy le quedaba corta la falda rizada y a Susana, el talle sólo le llegaba hasta debajo de los brazos y tan estrecho que parecía que estaba partida por el espinazo.

Wendy lloraba todas las noches cuando se acostaba en su estera. Lloraba porque le servían los peores y los más escasos bocados a la hora de las comidas. Porque Lucy le había hecho un siete al vestido azul y porque Susana con su corpulencia había hecho que se descociera la bocamanga del vestido blanco que le había prestado y les había puesto anchos sus zapatos de charol. Lloraba porque la hacían trabajar mucho y porque todos le echaban la culpa de una taza rota o del agua derramada. Lloraba porque Ma Remy no se acordaba de prodigarle una caricia, pero sí de propinarle una buena nalgada o un cocotazo sin comprobar las quejas de sus hijos. Lloraba porque Ma Rose no estaba.

Ahora la puede ver claramente. Como salida de la nada. Vestida de blanco, la figura entrañable se hace cada vez más nítida ante sus ojos. Una luz que no viene de ninguna parte, que surge de ella misma, la ilumina. Es Ma Rose. En su rostro Lola percibe una expresión de amor, de paz, de asentimiento. Sí, ella aprueba su viaje, que vaya en busca de su madre y de su hija. Muchas veces, con el don que Ma Rose le había regalado logró verla venir en su ayuda en momentos difíciles. A veces aparecía en sueños. Pero nunca la había visto así. Con esa luz interior reverberando en pleno día. Una brisa inesperada e irreal en aquel lugar le rozó levemente el rostro. El olor del mar, el perfume de algunas plantas que sobrevivían silvestres en el jardincito de Ma Rose, el viento que de pronto cerró una de las puertas desvencijadas, la lagartija que corrió delante de sus pies cuando abandonaba el lugar, la sombra que pasó furtiva por la salita destartalada y sin techo cuando ella se volvió por última vez Todo lo corroboraba. Era Ma Rose.

En la casa de al lado la recibió Lena, la muchachita que jugaba con ella en la playita, en aquellos tiempos de las correrías de las conchas y caracolas, como ellos les llamaban. Se abrazaron. Lola pudo observar el sufrimiento de la mujer que tenia delante y que había sido su amiga de la infancia. Se podía ver claramente en la forma de llevar el vestido desencajado, en el gesto, en los mechones de canas prematuras que asomaban por debajo del pañuelo deshilachado, en la desesperanza que no podía disimular. Las dos trataban de evitar la emoción, Lena miró a Lola, aspiró el aroma fresco, el tono vegetal de la colonia. Observó la ropa que llevaba y la juventud que todavía conservaba, su maquillaje, el desríz del pelo. Lola se preguntó qué había sido de la niña Lena, la chiquilla de piel oscura y complexión fuerte, la que se enfrentaba incluso a los varones para defenderla.

Ma Remy estaba postrada en su camastro con las sábanas percudidas, grises, y tan delgada que no habría podido reconocerla. Tuvo piedad de ella. “Dios se empeña en mantenerme aquí, ya no se ni cuántos años”, se lamentó. “Casi no te puedo ver, pero por el perfume se siente que eres rica, que te ha ido bien”.. “Lena, dime cómo viene vestida nuestra Wendolyn, la nieta de mi comadre Ma Rose que Dios la tenga en la gloria, porque no la puedo ver”. “Mamá, viene muy linda, Wendolyn parece que le ha ido muy bien, ha viajado y seguramente tiene un buen marido” “Mis muertos se han demorado demasiado en venir a buscarme. Pero pronto lo harán.”

Las dos mujeres salieron del cuarto en penumbras, donde el olor de la orina se mezclaba con los de las pomadas y las hojas de salvia que Ma Remy seguía usando para sus dolores de cabeza. Se abrazaron en la puerta de la casucha. Era evidente la dificultad para abandonar aquel lugar, aquel abrazo, aquellos recuerdos.

Mientras Lola se alejaba, Lena se entretuvo en detallar todo el vestuario de su amiga, su vestido, sus medias, sus zapatos de tacones altos de charol, en observar la forma de caminar, balanceándose con gracia cuando se acercaba al automóvil que la esperaba.



Al otro día, Lola, sola, porque el contrato del hotel Plaza se había suspendido, volaba a La Habana.



1 Fragmento de la novela homónima.


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