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Viii la Intervención Anglo Francesa


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Texto perteneciente a “Rosas, nuestro contemporáneo” de José María Rosa

VIII

 

La Intervención Anglo - Francesa

(1845 - 1850 )

Explicación:

 

El convenio Mackau fue un gran triunfo argentino:  Francia reconoció la soberanía de 1a Confederación y se avino a tratar de igual a igual con sus autoridades. Por esto, y nada más que por esto, se había luchado más de dos años. Desde la primera nota con Roger en 1837, Rosas aceptó que daría a los franceses lo que en justicia pudiera corresponderles (trato igual con los ingleses, pago de sus créditos contra el gobierno), pero cuando llegase un diplomático con poderes en forma para concluir un tratado de obligaciones recíprocas. Lo que no aceptaba – "aunque nos hundiéramos entre los escombros" – era la prepotencia de Roger, la escuadra de Leblanc y las letras de cambio de Baradére. Luchaba por la soberanía, y ganó la guerra cuando vino Mackau con poderes formales para firmar un tratado.  Algunos historiadores se niegan a ver un triunfo argentino, tal vez porque no han reflexionado sobre la soberanía y creen que Rosas fue a la guerra con los franceses para no pagar unas chirolas a Blas Despouys o mantener a Pedro Larré en la milicia lujanera. Explicarles lo de la soberanía (es decir: el derecho de todas las naciones a ser tratadas de igual a igual), que ganó en la desigual y alevosa guerra de 1838 a 1840, me parece tarea ociosa.



 

Alejados los franceses, quedaban sus "auxiliares".  Rosas aceptó una amnistía para los civiles y tropas, que entendió sólo se extendería a los generales y comandantes de cuerpo que hubiesen guerreado contra su propia patria - cuando por "sus hechos ulteriores se hagan dignos de clemencia y consideración del gobierno". Mackau quiso salvar a Lavalle y le ofreció dinero en efectivo y un grado en el ejército francés: Lavalle ("el cóndor ciego” lo he llamado en algún libro) rechazó indignado la oferta, y tal vez entonces comprendió dónde estaba la patria y sus deberes de patriota trastocados por los doctores (Varela, Carril) que lo sacaron de su retiro. Porque la patria no premia a sus servidores con dinero francés y grados en los ejércitos extranjeros. Leyó, posiblemente, la carta de San Martín sobre quienes se unían con el extranjero, que "ni con la tumba pagarían su indigna acción". Sin ilusiones y con el espíritu lacerado buscó la muerte en combates homéricos, sin encontrarla; hasta que los suyos lo hallaron en una casa de Jujuy, con el corazón atravesado por un balazo el amanecer del 9 de octubre de 1841.

 

Lamadrid tampoco pudo hacer pie en Mendoza, y debió interponer la cordillera, refugiándose en Chile; Paz, que por un momento y debido a sus buenas condiciones de táctico, consiguió imponerse a Echagüe en Caaguazú el 29 de noviembre de 1841, vio su tropa desmoralizada y desbandada y debió escapar a Montevideo.



 

No obstante, Rivera y Ferré, unidos al santafesino Juan Pablo López disgustado con Rosas porque no le dio el mando del ejército, y a los revolucionarios farrapos de Río Grande, quisieron mantener la resistencia. ¿Por qué? Porque nadie creía – y Rosas menos – que el tratado Mackau terminaba en forma definitiva la intervención extranjera. Francia había debido retirarse, pero quedaba Inglaterra. Que con Francia, o sin Francia, haría lo posible para que el sistema americano de Rosas no cristalizara en la soberanía de las pequeñas hijuelas de la herencia española.

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LA GUERRA DEL OPIO

 

Inglaterra estaba gobernada por el gabinete liberal de lord Melbourne, donde la gran figura era el canciller Palmerston. Enfrente tenían a los conservadores arrastrados por las dotes de Roberto Peel. Liberales y conservadores eran igualmente imperialistas. Ambos buscaban la grandeza de Inglaterra, pero los separaba el método para conseguirla: los liberales, más cautos, recurrían a imposiciones coercitivas sólo cuando tenían todas las de ganar; los conservadores se arriesgaban más, porque les sobraba confianza en el imperio y tal vez no comprendían como aquéllos la resistencia que podían ofrecer los nativos contra un coloniaje prepotente.



 

Ejemplo de la disimilitud de procedimientos de liberales y conservadores es la guerra del opio contra China, llevada al mismo tiempo de los conflictos con Rosas. El emperador chino había prohibido la introducción de opio que hacían los ingleses en Cantón, y Palmerston, invocando "la libertad de comerciar", bloqueó Cantón en junio de 1840, posesionándose de algunos puntos de la costa. Nada más, a la espera de que la angustia económica y algunas revoluciones “libertadoras” de nativos convenientemente movilizadas, obligaran al Hijo del Cielo a aceptar la libertad de drogarse. En septiembre de 1841 llegan los conservadores ingleses al poder con Peel de premier y lord Aberdeen como canciller. Toman medidas más drásticas contra los chinos: una escuadra de 15 buques con 6.000 marines de desembarco remonta el Kiang, se apodera de Shangai y amenaza Nanking. El emperador se vio obligado a ceder: por el tratado de Nanking del 29 de agosto de 1842 permitió la libre introducción y venta del opio, indemnizó a los traficantes perjudicados con la prohibición, pagó los gastos de guerra (21 millones oro) y cedió la isla de Hong Kong y factorías de otros puntos para almacenar las mercancías traídas por los ingleses. A poco los franceses obtuvieron igual trato para sus misiones religiosas, cementerios católicos y escuelas, bases de su penetración cultural.

   

SE REANUDA LA “ENTENTE”



 

El buen resultado de la guerra del opio fortaleció la alianza anglo-francesa en el Plata. Palmerston había actuado en América, como en China, con demasiadas contemplaciones, y la mejor política ultramarina seria llevarse todo por delante. Así les pareció a Peel y Aberdeen. Y, desde luego, al francés Guizot.

 

Derrotado Rivera por Oribe en Arroyo Grande (Entre Ríos) el 6 de diciembre de 1842, el ejército aliado oriental-argentino de éste se dispuso a cruzar el Uruguay y arrojar a Rivera y los suyos de Montevideo (que habían sido puestos allí por los interventores franceses en octubre de 1838). Y aquí viene la coercitive mediation anglo-francesa "para hacer cesar la guerra”, dispuesta por Aberdeen y Guizot invocando las indispensables razones de humanidad. El representante inglés en Buenos Aires había recibido – desde antes de Arroyo Grande – la orden de presentar juntamente con su colega francés – De Lurde – un pedido de que "cesara la guerra en justa consideración por los intereses comerciales"; si Rosas "persistiera”, se le haría saber que "el gobierno de S. M. (británica) y de S. M. el rey de los franceses podría (may imposse) recurrir al empleo de otras medidas" (12 de marzo de 1842). Mandeville recibió la nota, y conociendo a Rosas trató de almibararla rebajando la mediación coercitiva a simple pedido de buenos oficios (30 de agosto). Que Rosas, por pluma de Arana, desechó “hasta concluirse la guerra a satisfacción de argentinos y orientales" (18 de octubre). Y ese año 1842 hizo festejar – por primera vez desde 1810 – la Reconquista el 12 de agosto de 1806, oyéndose en Buenos Aires algunos gritos – que alarman a Mandeville y éste transmite a Aberdeen – de  ¡mueran los ingleses!.



 

La cautela de Mandeville no gustó a Aberdeen, que le ordenó (5 de octubre: es decir sin saber aún la respuesta argentina) "aconsejase a Rosas un allanamiento inmediato, porque era intención de ambos gobiernos (Inglaterra y Francia) adoptar las medidas que considere necesarias". La instrucción le llegó a Mandeville ya producida la batalla de Arroyo Grande y disponiéndose Oribe a cruzar el Uruguay con el ejército aliado. Con el representante francés De Lurde intimó a Rosas que el ejército no atravesase el río bajo la "prevención de las medidas consiguientes" (16 de diciembre). Rosas dio la callada por respuesta a los diplomáticos "porque en las cosas argentinas y orientales sólo intervienen los orientales y argentinos", y reiteró la orden de cruzar el Uruguay. Oribe así lo hizo y el 16 de febrero de 1843 empezaba el sitio de Montevideo, defendida por los cañones y marineros del almirante inglés Purvis.

   

¿CÓMO GANÓ ROSAS?



 

El gran talento político de Rosas se revela en esta segunda guerra contra el imperialismo europeo: su labor de estadista y diplomático fue llamada genial por sus enemigos extranjeros, aunque por razones obvias no ha encontrado en su patria el reconocimiento que merece.

 

Analicemos la táctica de Rosas, empezando por comprender que el gobernante de 1842 no es el mismo de 1829, ni siquiera de 1838, cuando la intervención francesa. Ahora ha comprendido al imperialismo y sabe los medios de que se vale; también que no puede contar con todos los argentinos, y una buena parte de ellos – precisamente los de mayor gravitación social y económica – estarán con el invasor y con sus libras esterlinas y francos formarán ejércitos libertadores, libres del sur, del norte, etc., invocando la “humanidad”, la “constitución” o lo que se quiera. ¿Cómo vencer a los interventores y sus auxiliares en una situación tan desventajosa? ¿Cómo imponerse un país chico y desunido contra otro grande (en este caso, dos grandes) con fortísimos auxiliares internos... ? Es posible, pero a condición de cumplirse ciertas reglas: 1) Presentar un frente interno unido, sin resquicios para las libras y francos del enemigo, y 2) trabajar con habilidad las contradicciones internas de éste. Algo semejante – valga el símil – al judo japonés, donde el pequeño vence al gigante al no dejarse agarrar, y se vale de las fuerzas del adversario para dar en tierra con éste.



 

Es lo que hizo Rosas en una habilísima labor empezada desde que no le cupieron dudas de la intervención extranjera. No había una Argentina unida, pero debía darse la apariencia de tal. Si no era posible eliminar a todos los unitarios, podía aquietárselos con un susto mayúsculo. Empezó por tener buena policía (descuidada hasta 1840), que le informaba, por sus clasificaciones de las actividades de sus enemigos; interceptó su correspondencia; restableció el grito de los serenos "¡Mueran los salvajes unitarios! y hubo estrepitosas visitas domiciliarias a los más comprometidos que no respetaban las vajillas celestes y afeitaban en seco las barbas en U de los discípulos de Echeverría. Imaginémonos el Buenos Aires en esos tiempos sin radio, ni televisión, donde se aguardaba la voz del sereno para saber la hora y el estado del tiempo. Los unitarios oían el pregón constante: “¡Viva la Confederación Argentina - mueran los salvajes unitarios - las nueve han dado y sereno (o nublado, lloviendo)!" Oían eso y quedaban muertos de miedo. Agreguémosle el recuerdo de las escenas de octubre de 1840 y abril de 1842, y el eco de algunas visitas de los vigilantes de chiripá rojo, gorro de manga, grandes bigotazos federales y pesados sables de caballería, que a los gritos de "¡Viva el ilustre Restaurador!" revisaban la correspondencia, rompían las vajillas comprometedoras y afeitaban las barbas sospechosas. Comprenderemos entonces por qué no hubo conspiraciones entre 1840 y 1852, ni complots a lo Maza, ni “libres” del sur, ni "coaligados” del norte, pese a la agresión anglo-francesa. Y por qué Guizot pudo decir "ahora son inútiles nuestras letras de cambio". Y no nos extrañará que Rosas pudiera ganar la guerra.

 

Conseguida la unión interna por esos medios (que deben reconocerse los únicos posibles en un país tan dividido), Rosas trabajó las contradicciones del adversario. Empezó por formar el mejor cuerpo diplomático jamás tenido por la Argentina: Sarratea en París, Manuel Moreno en Londres, Guido en Río de Janeiro, Alvear en Nueva York. Más que enviados ante los gobiernos, cumplieron la misión de atraerse las grandes fuerzas económicas y obrar sobre la opinión pública por medio de la prensa. Una bien montada oficina de propaganda, cuyo eje era el Archivo Americano redactado por Pedro de Angelis con correcciones del mismo Rosas, distribuía por el mundo entero lo que interesaba se publicase, y un bien provisto fondo de reptiles subvencionaba los periódicos extranjeros. Como la guerra que nos hacían los gobiernos inglés y francés no era una guerra nacional movida por el odio, la rivalidad o la defensa, sino una guerra imperialista – “comercial” la llama Rosas – y ni ingleses ni franceses nos odiaban, bastaría mostrarle al público las cosas como eran para que éste, que siempre está con el débil contra los fuertes, apoyase a Rosas. Como sucedió.



 

Sobre todo estaban los intereses económicos. El bloqueo de Buenos Aires perjudicaba a muchos extranjeros: los exportadores e importadores de aquellos productos permitidos por la ley de aduana, los propietarios ingleses y franceses de tierras argentinas, en Francia los manufactureros de tejidos finos, vinos caros, sederías, que no tenían símiles en la fabricación criolla, los banqueros que les daban crédito, etc. Todos esos intereses, hábilmente coordinados por Sarratea y Manuel Moreno, jugaron a favor del triunfo argentino.

 

Una gran arma a favor del país fue la constituida por los tenedores de títulos del empréstito inglés contratado en tiempos de Rivadavia, cuyos servicios no se pagaban. Hasta que Rosas, con criterio político, reanudó el pago de una parte (5.000 fuertes mensuales) en mayo de 1844 "mientras pudiere hacerlo” (es decir: mientras no le bloquearan el puerto).   El gesto de Rosas fue saludado con entusiasmo por los bonoleros (así llamaba Rosas a los bondholders, “tenedores de bonos"), que creyeron ver en su actitud un ejemplo para los gobiernos morosos. Y apreciarse un papel que no valía nada. Cuando llegó la intervención y se bloqueó buenos Aires en septiembre del año siguiente, Rosas dejó de pagar a los bonoleros, que reaccionaron contra el gobierno conservador de Peel y Aberdeen. Como tocar a un ahorrista es tocar a todos los ahorristas – como dañar a un obrero es dañar a todos – la Bolsa entera de Londres se puso contra el bloqueo arrastrando al diario Times, no obstante su militancia conservadora, porque ante todo quería seguir siendo el órgano de los ahorristas.



 

Este desbarajuste interno fue aprovechado en inglaterra por los liberales, esperanzados en recobrar el gobierno. Para remachar el clavo, Rosas atinó a usar el empréstito, que había sido concertado como arma de dominación, empleándolo como arma de liberación. Hizo suponer a los bonoleros que se les podía pagar totalmente si Inglaterra indemnizaba la agresión cometida contra las Malvinas: hubo gestiones del Committee of Bondholder ante Aberdeen, naturalmente rechazadas. Los bonoleros, la Bolsa, el Times se movieron con más encono que nunca contra el gabinete. Quien acabó por perder las elecciones, reemplazado por los liberales que hicieron la paz con Rosas.

 

Algo semejante – con características propias – pasaría en Francia. No fue poca la intromisión de Sarratea en el estado de cosas que produjo en febrero de 1848 la caída de Luis Felipe; siendo el ministro argentino el primero en reconocer la Segunda República.



   

LA VUELTA DE OBLIGADO

 

Además de todas esas medidas diplomáticas, Rosas tomó las prevenciones militares correspondientes. Aunque resistir una agresión de la escuadra anglo-francesa formada por acorazados de vapor, cañones Peyssar, obuses Paixhans, etc., parecía una locura, Rosas lo hizo. No pretendía con su fuerza diminuta – cañoncitos de bronce, fusiles anticuados, buques de madera – imponerse a la fuerza, grande, sino presentar una cumplida resistencia, que "no se la llevasen de arriba los gringos". Artilló la Vuelta de Obligado, y allí es dio a los anglo-franceses una bella lección de coraje criollo el 20 de noviembre de 1845. No ganó, ni pretendió ganar, ni le era posible. Simplemente enseñó – como diría San Martín – que "los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”, al comentar precisamente, la acción de Obligado.



 

Cuando los interventores comprendieron que la intervención era un fracaso; que fuera de las ocho cuadras fortificadas – y subvencionadas – de su base militar en Montevideo, no podían tener nada más; cuando los vientos sembrados por los diplomáticos de Rosas en París y Londres maduraron en tempestades; cuando el mundo entero supo que los países pequeños y subdesarrollados pueden ser invencibles si una voluntad firme e inteligente los guía, ingleses y franceses se apresuraron a pedir la, paz.

En 1847 vinieron Howden y Waleski para envolver a ese “gaucho” en una urdimbre diplomática. Se fueron corridos, porque Rosas resultó mejor diplomático que ellos. En 1848 llegaron Gore y Gross; ocurrió lo mismo. Hasta que en 1849 Southern por Inglaterra y en 1850 Lepredour por Francia, aceptaron las condiciones de Rosas para terminar el conflicto. Hasta la cláusula tremenda de humillar los cañones de Trafalgar y Navarino ante la bandera azul y blanca – que de esta manera se presentó al mundo asombrado –, reconociendo haber perdido la guerra.

 

"Debemos aceptar la paz que quiere Rosas, porque seguir la guerra nos resulta un mal negocio” dijo Palmerston en el Parlamento pidiendo la aprobación del tratado Southern. Y el Reino Unido no se estremeció por ello. Algo distinto pasaría en la patriotera Francia, pero finalmente Napoleón III, debió resignarse a la derrota.



 

Así Rosas dio al mundo la lección de como los pequeños pueden vencer a los grandes, siempre que consigan eliminar los elementos internos extranjerizantes y atinen a manejar con habilidad y coraje sus posibilidades.



IX

 

La caída de Rosas



(1850 - 1852)

 

 



 

 

EL PODER DE ROSAS EN 1850



 

En 1850 parecía, Rosas más fuerte que nunca. El parlamento inglés, pese a la oposición de Disraeli ("La Confederación Argentina, una colonia de segundo orden... ha repelido seis misiones, algunas del más alto rango, y ahora hace ultraje a Inglaterra al no recibir su ministro y rechazarlo poco menos que con insultos"), aprueba el tratado Southern del 24 de noviembre anterior, y Francia no obstante el patrioterismo de Thiers ("¿Y después de haber luchado por la causa de la humanidad la queréis olvidar vosotros, franceses, que no os atrevéis solos, sin la Inglaterra, a enfrentar a Rosas... ?") ha dado poderes al almirante Lepredour para una paz con la Argentina como la quería Rosas, el 31 de agosto de 1850.

 

Sin el subsidio de 40.000 oro mensuales de los interventores se desmoronaría la Nueva Troya, porque los mercenarios de la Defensa no combatían gratuitamente, y Manuel Oribe – "Presidente legal de la República Oriental" en los documentos argentinos – entraría en Montevideo para hacer bien firmes los lazos entre ambas márgenes del Plata. En Bolivia, Manuel Isidoro Belzú el "Mahoma del altiplano", caudillo de masas populares, se había impuesto al aristocratismo de Ballivián y estrechaba con Rosas una firme alianza. El "sistema americano" del Restaurador argentino uniendo a los pequeños estados del Nuevo Mundo contra la prepotencia de las "naciones comerciales" y sus auxiliares nativos, estaba próximo a dar sus frutos. Hasta en Chile, Perú y el mismo Brasil "la gigantesca sombra del Dictador se proyectaba con dimensión continental... Si tenían que defenderse contra Europa, convocarían al Caballero de la Pampa" reconoce el brasileño Pedro Calmon.



 

En el orden interno la paz había sucedido al estruendo de la expedición libertadora de Lavalle diez años atrás, y pasada la reacción de abril de 1842 – y sobre todo, levantado el bloqueo por los ingleses en 1847 – la Confederación crecía en calma y trabajo por las sabias medidas de la ley de Aduana. "Buenos Aires está en un pie de prosperidad admirable; en un auge y preponderancia que sorprende" confesaba en marzo de 1849 el ministro de la Defensa de Montevideo, Herrera y Obes. La mayor parte de los emigrados políticos habían vuelto, acogidos a la amnistía.

 

Pero quedaba frente a Rosas el más enconado y hábil de los enemigos: el Brasil. No todo Brasil, desde luego, sino la aristocracia esclavista que gobernaba con Pedro II, recelosa del eco argentino en los círculos republicanos y senzalas de esclavos. "O Rosas, o el Brasil" había sido la voz de orden de las elecciones de 1848 que dieron el poder a los conservadores. Si el "sistema americano” llegaba a unir a Sudamérica en una confederación de estados populares sin clases dominantes ni ataduras imperialistas ¿qué ocurriría con la aristocracia brasileña, sus recuas de esclavos y su café barato? Si la política de Rosas unía a la Argentína, República Oriental y Bolivia en un nuevo Virreinato del Plata, ¿qué quedaría de la expansión brasileña?.



 

Brasil había querido unirse en 1844 a los interventores anglofranceses, pero no pudo hacerlo. Todos sabían que a Rosas "quien se la hace, se la paga" (expresión suya), y que el gobernante argentino subvencionaba periódicos republicanos, antiesclavistas o localistas, y agentes suyos alentaban a los riograndenses del sur y pernambucanos del norte a revoluciones "emancipadoras". Al fin y al cabo pagaba a los brasileños en la misma moneda usada por ellos al proteger la segregación del Uruguay y Paraguay. En 1850 no era un misterio para nadie – y menos para los sagaces políticos del Imperio – que apenas la Asamblea francesa aprobase el tratado Lepredour (concluyendo por lo tanto el subsidio que mantenía a Montevideo, y Oribe pudiese entrar en su capital), Rosas y sus aliados se lanzarían a una guerra definitoria – y definitiva – contra el imperio vecino.

   

PREPARATIVOS DE GUERRA



 

Una guerra ganada de antemano. Dos fuertes ejércitos estaban preparados desde 1850 para alentar la insurrección republicana, segregacionista y antiesclavista que bullía en Brasil: el de Operaciones con 8 a 10 mil hombres al mando de Urquiza en Entre Ros, y el Aliado de Vanguardia que, con otros tantos, sitiaba Montevideo, comandado por Oribe.. Era tropa veterana con jefes de capacidad probada y excelente armamento, porque terminado el bloqueo en 1847 el dinero entró a raudales en las arcas públicas, y la Ley de Aduana creado una considerable riqueza interna.

 

Contra ellos ¿qué podía oponer Brasil? Era sin duda el Estado más rico de Sudamérica, pues su café barato producido a mano servil abastecía gran parte del consumo mundial; tenía una aristocracia, todo lo monárquica y esclavista que se quiera, pero honradamente patriótica que le daba brillantes equipos de estadistas (mientras que la clase ilustrada de Buenos Aires y Montevideo sólo proporcionaba enemigos de su patria). Con dinero podía comprar armas, equipos de mercenarios y buques de guerra; podía también (como ocurrió) adquirir la base de operaciones que era Montevideo sustituyendo a los europeos en el pago del subsidio; podía también corromper... pero esto parecía difícil en la Argentina de Rosas conducida por mano férrea.



 

En 1850 era evidente para todos que Brasil con su ejército de 8 a 10 mil enganchados bisoños,   4 mil reclutados alemanes sin moral ni escrúpulos, no resistiría la invasión de Rosas que dictaría la paz en Río de Janeiro después de liberar a los esclavos y apoyar gobernantes "americanistas" amigos.

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ROMPIMIENTO DE RELACIONES (30 DE SETIEMBRE DE 1850)

 

Firmado el 31 de agosto el tratado Lepredour que le aseguraba la paz con Francia, Rosas ordenó a Guido – ministro en Brasil – romper relaciones, preliminar de la guerra; sobraban los motivos, porque la conducta del gobierno brasileño no había sido precisamente amistosa durante la intervención anglo-francesa. Así lo hizo Guido el 30 de setiembre. “El pobre Brasil – confiesa el canciller brasileño Paulino Soares de Souza ese día – teniendo tantos elementos de disolución, tal vez no pudiese resistir una guerra en el Río de la Plata” (nota al ministro Amaral, en París, de 30-11-850). Sólo le quedaba un recurso: trabajar los elementos de disolución argentinos, antes que Rosas acabare de valerse de los brasileños.



   

URQUIZA


 

Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos desde 1841, y comandante en jefe del Ejército de Operaciones de la Confederación, era el mejor hombre de armas de Rosas: sus victorias en India Muerta, Laguna Limpia y Vences y la eficaz salvación del ejército federal después de la derrota de Echagüe en Caaguazú lo acreditaban sobradamente.   Desgraciadamente – dejo la palabra al gran historiador brasileño Pandiá Calógeras – "no obstante ser inmensamente rico tenía por el dinero un amor inmoderado... Brasil resolvió servirse de él" (Formaçao Historica do Brasil pp. 277 y 282). Los pormenores de cómo consiguió Brasil la conversión del general argentino, que se pasó con su ejército al enemigo, lo he documentado hasta la minucia en varios libros. (La Caída de Rosas. El Pronunciamiento de Urquiza, Historia Argentina tomo V). Me limitaré a transcribir palabras de un tremendo antirrosista – Domingo F. Sarmiento – oídas a Honorio Hermeto Carneiro Leao, jefe del partido gobernante brasileño, refiriéndose a Urquiza: "¡Si, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía después de entrar en Buenos Aires quería que le diese cien mil duros mensuales" (Carta de Yungay). Reconozcamos la imprudencia en Rosas de lanzarse a una guerra contra Brasil con semejantes elementos, y aceptemos su ingenuidad al negarse a creer – en 1850 como en 1838 – que pudiera haber argentinos, y menos militares argentinos, de esa índole.

 

La primera tentativa brasileña de captación del jefe del ejército de Operaciones ocurrió en abril de 1850, antes de la ruptura de relaciones, y fue un fracaso. El ministro brasileño en Montevideo, Rodrigo de Silva Pontes, hizo preguntar a un agente comercial de Urquiza, Antonio Cuyas y Sampere, “si en el caso de una guerra entre Brasil y la Argentina, el Ejército de Operaciones podría permanecer neutral" (9 de abril). La indignada respuesta de Urquiza fue publicada en su periódico El Federal Entre-Riano: "¿Cómo cree, pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de la contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi Patria, sin romper los indisolubles compromisos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha todos mis antecedentes?” (20 de abril de 1850).



El Canciller Paulino, tenaz y astuto, no perdió por eso su optimismo; “Deixemos-lo (a Urquiza) é esperemos”, alentó al atribulado Silva Pontes.

   


EL PRONUNCIAMIENTO (MAYO DE 1851)

 

Rotas las relaciones con Brasil, la guerra debería demorarse seis meses conforme al Convenio de Paz de 1828. Durante ese lapso la actitud del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones argentino, no pareció clara. Sus periódicos, en vez de entusiasmarse con la próxima contienda y la gloria del triunfo, desconcertadamente hablaron de constitución. Eso era sospechoso, porque como Rosas no quería una constitución escrita en el orden nacional, cada vez que se enzarzaba en una guerra internacional no faltaba algún general argentino que se aliaba patrióticamente al extranjero para darles una constitución escrita a los argentinos. Así lo hizo Lavalle en 1839, Paz en 1845, y parecía que quería hacerlo Urquiza en 1851.



No era un afán constitucionalista lo que movía a Urquiza; eran propósitos de otro orden. Su posición como gobernador de una provincia limítrofe y sobre todo como general del ejército de Operaciones le daba una situación decisiva en la guerra inminente. Los brasileños habían querido adquirirlo, y se negó (no podría recompensárselo por eso permitiéndole introducir mercaderías a Buenos Aires contra la ley) Lo había pedido a Rosas, y éste – muy estricto en esas cosas – se lo negó (julio de 1849). El 22 de febrero de 1851 escribe a Rufino de Elizalde (solicitando "muestre la carta al señor general Rosas”): "No me resolveré a que la Regeneración refute su propio artículo (donde se hablaba de la constitución: intercalación mía)... mientras no se suprima la declaración que el capitán del Puerto toma a los patronos de buques que van de esta provincia”. Pero Rosas quedó callado. No creía que la lealtad a la patria pueda ponerse en el otro platillo de la simbólica balanza. ¿Hizo mal?

 

Desde poco después de escribirse en La Regeneración sobre constitucionalismo, Urquiza había entrado en inteligencias con el enemigo. El 24 de enero su agente privado, Cuyas y Sampere, que acaba de llegar de Entre Ríos, entrevista "a altas horas" (dice éste) al ministro brasileño en Montevideo, Silva Pontes. Viene a proponer – "como cosa suya, y en el más sepulcral secreto” – un plan para "neutralizar" al ejército de Operaciones. El brasileño un tanto asombrado (¡“O general dos exercitos da Confederaçao Argentina... com pretençoes que podería ter un Governante independente e reconhecido como tal!” Dice en el informe a su gobierno del 25), a quien no se le oculta que el agente habla en nombre de Urquiza, lo retransmite al Canciller Paulino con toda urgencia. Este le manda el 11 de marzo las instrucciones "para entenderse con Urquiza" aceptándole las condiciones que quiera, pero siempre “que se declare y rompa con Rosas de una manera clara, positiva y pública... Es necesario mucha brevedad y decisión en todo eso". Urquiza acepta pronunciarse contra Rosas con su ejército cuando "se le aseguren los elementos", mientras tanto – y “no le custodiasen los ríos" con la escuadra brasileña – "no daría la cara de frente" (correspondencia de Cuyas y Sampere, obrante en el Archivo Urquiza). En los primeros días de mayo la escuadra brasileña ocupa el río de la Plata, y el 9 Urquiza – como gobernador de Entre Ríos y no como jefe del ejército de Operaciones – da estado público a un documento redactado el 1º asumiendo '“las facultades inherentes a su territorial soberanía..., quedando en aptitud de entenderse con todos los países del mundo”. El 29 de mayo Cuyas, como Encargado de Negocios del Estado de Entre Ríos, firma la alianza con Brasil, que venía elaborándose desde el 16 de abril.



 

Lo triste no es tanto la conducta de Urquiza (al canjear este tratado, dice el canciller Paulino: “En él confiesa Urquiza que su pronunciamiento fue por imposición nuestra, y sólo se pronunció cuando tuvo segura nuestra protección"), ni la "independencia", aunque momentánea, de Entre Ríos que era y sería irrevocablemente argentina. Es que el Ejército de Operaciones dejaba de ser argentino, y ahora como fuerza militar de un Estado ficticio se pasaba al enemigo con su general a la cabeza.

   

DECLARACIÓN DE GUERRA AL BRASIL (18 DE AGOSTO DE 1851)



 

La ocupación de los ríos argentinos por la escuadra brasileña motivó la formal declaración de guerra al Brasil el 18 de agosto de 1851 (la Historia Argentina "oficial" está tan tergiversada, que oculta nada menos que guerras internacionales). Urquiza invadió el Uruguay por el oeste, mientras el ejército brasileño lo hacía por el norte. Oribe, imposibilitado de presentar resistencia, debió capitular (8 de octubre). Cuatro días más tarde (12 de octubre) Brasil se hacía dar el premio de la victoria: dominación política, militar, financiera, y económica sobre el Uruguay, y se quedaba con gran parte de su territorio. También se incorporaba las Misiones Orientales, argentinas de derecho.

 

Urquiza, después de Caseros, lo ratificaría en nombre de la Argentina.



 

Los dos ejércitos de Rosas habían desaparecido: uno por traición (no encuentro palabra más suave), otro por capitulación. No obstante no quiso "que los brasileros se la llevasen de arriba" y preparó como pudo un tercer ejército con reclutas, donde lo único efectivo era la artillería y su regimiento Escolta. Que puso al mando de dos jefes unitarios, pero que antes que unitarios eran patriotas: los coroneles Martiniano Chilavert y Pedro José Días.

   

ESTADO FÍSICO DE ROSAS EN 1852



 

Dos años atrás – en 1850 – Rosas había insistido en alejarse del gobierno "por el estado de su salud". Se ha tomado esa renuncia por un pretexto a fin de patentizar su enorme popularidad: hubo manifestaciones populares, pronunciamientos de la sala, etc., no sólo en Buenos Aires sino en toda la Confederación pidiéndole que no se alejase del gobierno.

 

Lo cierto es que Rosas estaba físicamente agotado, como lo había previsto en 1835 al asumir la suma de poderes. No era tarea para un hombre solo sino para un equipo gobernante, y no lo había en la Argentina con las suficientes condiciones de patriotismo para llevar adelante la obra emprendida. La verdad es que la poderosa personalidad de Rosas tenía que ser toda la administración, pero ¿cuánto tiempo podría durar eso? “El señor gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la p... que nos parió – escribe Pedro de Angelis al general Guido el 12 de abril de 1849 – Es el único hombre puro, patriota y de buena voluntad que tenemos. Si él falta, todo se lo lleva la trampa (...) ¿Qué sería de este país? " (Archivo de Guido, en el Archivo General de la Nación).



 

El sistema de trabajo de Rosas era agotador. Laboraba de mediodía hasta las tres de la mañana sin pausas ni descansos. Fatigando tres turnos de cuatro escribientes cada uno, en un dictado continuo, interrumpido apenas por la lectura de la correspondencia o los expedientes. Todo pasaba por sus manos: informes diplomáticos, notas de gobernadores, prueba de los artículos de periódicos, resoluciones administrativas, consultas de la aduana, policía o jefe del puerto, trámites militares, servicio de postas, peticiones particulares. Quince horas de jornada continua, mientras su hija Manuelita atendía las “relaciones públicas” en su nombre. Con los ministros se entendía, por escrito, y solo los veía de tarde en tarde.

 

Era un recluso el hombre que hacía estremecer al continente.



 

Esa labor sedentaria en alguien acostumbrado a la vida del campo, su antihigiénico sistema de alimentarse una sola vez al día – a las tres de la mañana –, falta de ejercicios porque acabó olvidando las pausas de los domingos, contribuyó a minarlo física y mentalmente. En 1852 no era un anciano con sus" 59 años, pero estaba obeso, fofo y le fatigaba dar unos pasos.

 

Su caída en febrero de 1852 redundaría en su beneficio personal. Vivió al aire libre en Inglaterra; caminó, cabalgó y como resultado volvió a renacer. A los 73 años – en 1866 – se describía a su corresponsal Josefa Gómez: "No estoy encorvado. Estoy más derecho, mucho más delgado y más ágil que cuando me vio la última vez (en Buenos Aires). No me cambio por el hombre más fuerte para el trabajo y hago aquí, sobre el caballo, lo que no pueden hacer ni aun los mozos. Tiro el lazo y las bolas como cuando hice la campaña a los desiertos del sur".



   

CASEROS (3 DE FEBRERO DE 1852)

 

Declarada formalmente la guerra, Brasil anudó más su "alianza" con el Ejército argentino de Operaciones. Por el tratado del 21 de noviembre las fuerzas aliadas se partirían en dos: el Ejército Grande con las tropas de Urquiza y una división brasileña invadiría por el lado de Entre Ríos; el Ejército Pequeño, exclusivamente de brasileños, estaría en Colonia, dispuesto a pasar el río y tomar entre dos fuegos a las tropas que Rosas preparaba en Santos Lugares. Al primero lo mandaría Urquiza, aunque los brasileños obrarían con autonomía; al segundo el conde de Caxias. La escuadra brasileña mandada por el comodoro Grenfell bloquearía a Buenos Aires. Urquiza fue subvencionado con 100.000 patacones mensuales (cerca de dos millones de francos oro) para llevar la guerra a su Patria. No es un documento secreto: es la cláusula 6ª del tratado del 21 de noviembre de 1851, que puede encontrarse en cualquier recopilación oficial.



 

La guerra se ha perdido, y pesa en el Buenos Aires de los últimos días de Rosas la melancolía de que una gran política tocaba a su fin. El pueblo humilde, siempre fiel a su ídolo, pretendía entusiasmarse con himnos de indignada resignación: “¡Alarma argentinos / cartucho al cañón / que el Brasil regenta / la negra traición! / Por la callejuela / por el callejón / que a Urquiza compraron / por un patacón.

 

Tropas bisoñas que apenas pudieron mantenerse cuatro horas dieron la batalla en Caseros cerca de Santos Lugares. Chilavert que combatió con gallardía, fue fusilado por la espalda por Urquiza; ya empezaba a tergiversarse la historia: ahora defender la Patria resultaba traición.



 

Desde el Hueco de los Sauces Rosas dio cuenta de la derrota de su política: “Creo haber llenado mi deber como mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en defensa, de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es que más no hemos podido". Y dolido por su Argentina ya sin gravitación internacional y presa de la voracidad extranjera, por su pueblo castigado y exterminado, por la quiebra del sistema americano, moriría calumniado y pobre en su exilio de Southampton el 14 de marzo de 1877.



 

 

 



 

 

 


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