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Vida y obras de flavio josefo


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Fuente: Flavio Josefo. Obras completas de Flavio Josefo, en 5 volúmenes traducidos del griego al español por Luis Farré. (Buenos Aires: Acervo Cultural / Editores, 1961.)

Vol. 1: Introducción, por Luis Farré.



VIDA Y OBRAS DE FLAVIO JOSEFO

El historiador Flavio Josefo escribió su autobiografía. En ella expone los principales sucesos de su vida, especialmente los hechos referentes a la guerra de los judíos contra los romanos. Frecuentemente, sus palabras se elevan a un tono apologético, a fin de justificar los motivos por los cuales se rindió a los enemigos de su patria. No es fácil aclarar los móviles de sus actos; aunque no queda duda ninguna, luego de la lectura de sus obras, que Flavio Josefo era un judío que sentía profundo amor y admiración por la religión, cultura e instituciones de su patria nativa y de su pueblo.

Como preámbulo a la edición completa de sus obras en castellano, daremos una breve noticia de su vida y sus escritos. Para ello tendremos en cuenta, no solamente lo que nos dijo el mismo Josefo, sino también los datos aportados por otros historiadores.

VIDA DE FLAVIO JOSEFO

Su nacimiento se señala entre el 37 y el 38 de nuestra era, en la ciudad sagrada del judaísmo: Jerusalén. Pertenecía a la tribu de Leví; era hijo de un sacerdote y llevaba en sus venas sangre real. Estaba destinado también al sacerdocio, tarea para la cual se preparó dentro de los medios de que podía disponer en aquella época. El año de su nacimiento coincide con la ascensión al trono romano de Cayo Calígula. Poncio Pilato, el pretor romano célebre por la intervención que tuvo en la muerte de Jesús, había sido llamado a Roma un año antes. El nuevo emperador Calígula, agradecido por la amistad y los servicios de Herodes Agripa le otorgó la libertad, de la que había sido privado por su antecesor, y además le devolvió el reino. Todos estos acontecimientos políticos que configuran el trasfondo en el que se desarrolló la existencia de Josefo, pueden leerse extensamente en sus obras, especialmente en Antigüedades Judías.

Cuando en esta última obra describe la profunda conmoción de sus compatriotas en contra de la orden de Calígula quien, en su egolatría, ordenó que se le dedicara una estatua en el Templo de Jerusalén (años 40 y 41), posiblemente recuerda borrosas experiencias de la infancia. Sólo la sensatez de un procurador romano, como nos dice el mismo Josefo, evitó por entonces una guerra desastrosa que, años más tarde, ocasionó la dispersión definitiva del pueblo judío.

De muy joven, con miras a capacitarse para las unciones sacerdotales a que estaba destinado, estuvo bajo el magisterio de preclaros conocedores de la Ley. Pasó tres años en el desierto con el asceta Bano. De regreso a Jerusalén se adhirió a la secta de los fariseos, la más celosa en la defensa y explicación de la religión y costumbres hebreas. Sin embargo, esta adhesión, que mantuvo durante toda su vida, conforme puede deducirse de sus escritos, no llegó a los extremos de aquellos fariseos totalmente reacios al conocimiento de culturas y modalidades no judías. En cuanto a sus progresos en el saber, el mismo Josefo nos cuenta quizá con algo de petulancia que, siendo de edad de catorce años, prestigiosos rabinos iban a consultarlo. A poco de su llegada a Jerusalén entró en funciones como sacerdote del Templo.

A los pocos años, sin embargo, se produjo un acontecimiento que puede ser la clave de sus futuras actitudes con relación a Roma. El procurador Félix, disgustado por la intervención de algunos sacerdotes en las continuas revueltas que se producían contra las autoridades imperiales, apresó a varios de ellos y los envió a Roma para que fueran juzgados. Aconteció en el año 64; y Flavio Josefo tendría entonces unos veintiséis o veintisiete años. Fue enviado a Roma para que intercediera y obtuviera la libertad de los mismos. Su misión obtuvo completo éxito, gracias a la intervención de Popea, a quien fue presentado por un cómico judío.

Por este tiempo era emperador Nerón. Ignoramos si, a más de lograr la liberación de los sacerdotes, ocultaba algún otro propósito su visita a la capital del imperio. Eso sí, tuvo ocasión de ver de cerca el poderío de Roma y su invencibilidad. Convencióse de lo desastroso que sería para su patria una lucha abierta; en vano, sin embargo, a su regreso a Judea, se esforzó en apaciguar los ánimos de los más exaltados.

Estaba por estallar la gran revuelta contra Roma. Los más celosos y fanáticos se consideraron poco menos que dueños de la situación, en vista de los primeros éxitos. El gobernador de Siria, Cestio Galo, vióse obligado a retirarse de Jerusalén, cuando había casi caído en su poder; a esto siguió el desastre de sus legiones en los desfiladeros de Betorón, donde los soldados romanos fueron masacrados por los judíos sublevados. La rebelión había cundido por todo el país. Los celotes, por otro lado, cuidaban de caldear todavía más los ánimos. De buen o de mal grado, Josefo se vio obligado a participar en ella, especialmente por su puesto destacado en el sacerdocio.

El Sanedrín le confió a él y a otros dos una importante misión defensiva en Galilea. Posiblemente fue colocado al frente del distrito. Muchas páginas de su Autobiografía se refieren a la campaña de Galilea; pero es difícil aclarar cuáles fueron los propósitos y la política que siguieron por un lado Josefo y, por otro, los jefes de Jerusalén, en especial Juan de Giscala, su más decidido enemigo. El mismo Josefo nos suministra dos informes de este período, ambos predispuestos y, en algunos detalles, inconsistentes.

En la autobiografía se defiende contra otro historiador judío, su rival, quien lo acusa de ser el autor a la par de los galileos, de la revuelta; en La Guerra de los Judíos, escrita bajo patrocinio romano, menciona sólo brevemente estos acontecimientos. En la última obra se presenta como si lo hubieran nombrado jefe de los galileos; mientras que en la autobiografía afirma que su misión debía limitarse a atemperar los extremismos. Laquer, en su biografía de Josefo, quiere conciliar ambos aspectos y supone que el historiador judío se extralimitó, al ponerse al frente de los galileos y que ésta fue la principal razón de que se indispusiera con él Juan de Giscala y pidiera que fuera relevado. Parece que también lo consideraba poco convencido, para llevar a cabo eficazmente la tarea de la guerra. Es muy posible que el conocimiento directo que tenía del poderío romano, influyera para que insistiera en evitar actitudes extremas que sólo terminarían con la destrucción del pueblo judío.

Pero fuera cual fuera su convicción, de hecho se vio comprometido con la guerra y demostró estar dotado de talento organizador. En el año 67, Flavio Vespasiano invadió a Galilea; las milicias judías que acampaban en Garis se desbandaron. Josefo, con algunos residuos de su ejército, se encerró en la fortaleza de Jotapata, donde logró sostenerse contra un ejército mucho más poderoso y mejor equipado, por espacio de cuarenta y siete días. En julio del año 67 Vespasiano se apoderó de la ciudad. Josefo apenas si logró escapar con unos pocos de sus compañeros.

En estas circunstancias se produjo un hecho, que ha sido diversamente explicado e interpretado. La versión más ofensiva para la memoria del escritor judío se expone así. Luego que los romanos se apoderaron de la ciudad, Josefo con cuarenta de sus seguidores se refugió y escondió en una cisterna. Ante la imposibilidad de evadirse, decidieron darse muerte en un orden determinado. Josefo se las habría ingeniado de tal manera que él y un compañero que era de su misma idea, quedaran los últimos. Una vez que los demás cumplieron su decisión, ellos dos se entregaron al enemigo.

Otra versión afirma que se entregó, precisamente porque sus mismos compañeros lo buscaban para matarlo. En cambio, la versión que da Emanuel Bin Gorion es que cuando los que lo acompañaban determinaron eliminarse, él se resistió. Les dijo que si era glorioso morir en la batalla, no lo era, en cambio, eliminarse ante el temor de lo que pudiera acontecer.

De hecho, apresado por los romanos, fue llevado ante Vespasiano. Éste lo trató benévolamente; Josefo, transformado en profeta, le predijo que llegaría a ser emperador. Sobre el particular nos hace una gráfica descripción en el tercer libro de La Guerra de los Judíos. Ya bajo el poder de Roma, su vida fue tolerablemente segura. Las operaciones militares continuaron durante los años 68 y 69, fecha en que aconteció la muerte de Nerón, a quien en rápida sucesión siguieron otros tres emperadores. Durante este tiempo, Josefo se encontraba al lado de Vespasiano, con cuya protección contaba, y lo acompañó a Alejandría.

En julio del 69, para poner orden en el imperio, las legiones que seguían a Vespasiano lo proclamaron emperador. Uno de sus primeros actos consistió en otorgar la libertad a Josefo, agradecido por su predicción que se había visto coronada por el más completo éxito en un tiempo relativamente breve. Para celebrar esta libertad, Josefo antepuso a su nombre el de Flavio, de origen romano y que era el primer nombre de Vespasiano. Su nombre completo en hebreo era Josefo Ben Matatías.

Luego fue agregado al estado mayor de Tito, como intérprete y mediador. Lo acompañó al sitio de la ciudad de Jerusalén, donde se encontraba refugiada su familia. No hay duda de que prestó grandes servicios al general romano como informante y negociador con los sitiados. La descripción que en sus obras hace de los hechos de su intervención, si se toman tal como los describe, nos informan de que su actuación estuvo principalmente destinada a evitar destrucciones y muertes inútiles. Fracasó en muchos de sus intentos por la decisión de los celotes de no ceder en ningún aspecto a la presión de los romanos.

Según Josefo, el pillaje y la total destrucción del Templo fueron acontecimientos que se produjeron en contra de la voluntad de Tito. Nos dice que en sus gestiones se encontraba con doble peligro: los judíos lo odiaban por considerarlo incondicionalmente entregado a los romanos, mientras que éstos continuamente sospechaban de él, temerosos de que los traicionara. La ciudad santa de Jerusalén fue tomada en agosto del año 70. Tito, en agradecimiento a la ayuda que le prestara como intérprete e intermediario, le otorgó diversos favores: entre otros, concedió la libertad a su hermano, [a lo que Josefo] le regaló un ejemplar de los libros sagrados. En vez de las tierras que poseía en los arrabales de Jerusalén, que pasaron a poder de los legionarios romanos, le otorgó otras en la llanura.

Perdida Jerusalén y destruido el reino judío, Palestina perdía interés para Josefo. Regresó a Roma, dispuesto a pasar el resto de su vida en esta ciudad, ocupado en redactar las obras que lo han hecho célebre. Contó con la protección del emperador Vespasiano, quien le concedió los derechos de ciudadano romano. El historiador romano Suetonio nos dice que figuraba como uno de los primeros en la lista civil instituida por el emperador. En realidad, todos los emperadores de la familia Flavio le fueron favorables: Vespasiano, Tito, Domiciano y la emperatriz Domicia Lingina. También le fueron favorables varios miembros de la familia real de Herodes, establecidos en Roma. Contó con la amistad de Epafrodito, personaje muy influyente que fuera otrora secretario de Nerón y que luego fue ejecutado por Domiciano. A ese personaje dedicó las Antigüedades Judías y el Contra Apión. La Guerra de los Judíos contó con la aprobación de Tito y de Agripa II.

Josefo debe de haber llevado en Roma una vida antes bien retraída con relación a sus compatriotas, a no ser con aquellos que habían asimilado ciertas costumbres romanas. Vio el resurgimiento de la ciudad, luego del incendio de Nerón; y las grandes obras realizadas por Vespasiano y Tito, como el Coliseo, el Foro y el Templo de la Paz. Murió de edad avanzada, en los primeros años del siglo segundo. Según Eusebio en su Historia Eclesiástica, se le levantó una estatua en Roma y sus obras fueron colocadas en la librería pública. Se casó por lo menos tres veces. Una de sus esposas lo abandonó y de otra se divorció. La última era una judía nacida en Creta. Tuvo tres hijos.



OBRAS DE JOSEFO

Pueden discutirse muchos aspectos de la vida de Josefo. Quizá fuera débil de carácter y, en algunas oportunidades, en su afán de acomodarse, fue más allá de lo justo. Sin embargo, tanto en sus escritos como en su vida, se ve a un judío que ama la religión y la cultura de su pueblo. Sus escritos son un monumento histórico y apologético en favor del judaísmo.

Durante su larga permanencia en Roma, en los ocios que le permitía la protección de los emperadores, escribió las obras que han llegado hasta nosotros casi íntegramente.

La Guerra de los Judíos. Consta de siete libros, publicados entre los años 75 y 79. Al parecer, redactó una primera versión en arameo para “uso de los bárbaros (esto es, judíos) de las regiones del Asia superior, partos, babilonios, árabes y adiabenitas”. En el Contra Apión nos dice que, estando todavía poco versado en griego, a objeto de poner los hechos de la mencionada guerra en este idioma, se sirvió de literatos entendidos afectos a las formas áticas. Desde el punto de vista estilístico, esta obra es la más agradable para leer que nos ha dejado el autor. El objetivo manifiesto al escribirla, era rectificar diversos hechos contados contradictoriamente, a causa de la ignorancia o por parcialidad. En realidad, parece que intenta disculpar a sus compatriotas, sin dejar por ello de glorificar al ejército romano.

Cuenta con buena información. De muchos de los hechos fue testigo personal; otros los oyó de personas que intervinieron en los mismos. También dispuso de los comentarios escritos por Vespasiano y sus allegados. Antes de exponer propiamente lo referente a la guerra, refiere una serie de hechos desde la sublevación de los Macabeos. Detalla particularmente el reino de Herodes y el advenimiento de Arquelao al trono; probablemente se sirvió de la Historia Universal de Nicolás de Damasco, confidente de Herodes el Grande.



Antigüedades Judías. Entre la obra anterior y las Antigüedades transcurrieron unos dieciséis años, pues su aparición se coloca entre los años 93 y 94. Posiblemente necesitó de este largo intervalo para reunir los materiales. Pero también pudo haber intervenido otra causa. Domiciano era enemigo de la literatura y especialmente de las narraciones históricas; escritores como Tácito, Plinio y Juvenal guardaron silencio durante el reinado de aquél. Fue en esta época en la que, ante el peligro de perder toda protección imperial, se arrimó a Epafrodito, dueño de una biblioteca y aficionado a la lectura de Homero.

La obra comprende veinte libros. Está dedicada “a los griegos” y parece que tiene el propósito de hacer para su pueblo lo que cumpliera Dionisio de Halicarnaso en las Antigüedades Romanas. Abarca toda la historia de Israel, desde la creación del mundo hasta el principio de la rebelión, en el año 66. En los primeros libros se funda naturalmente en las partes históricas de la Biblia, Antiguo Testamento, además del primer libro de los Macabeos y de la Carta a Aristeo. Pero a los hechos narrados por la Biblia, agrega gran cantidad de leyendas conservadas por el pueblo judío. Además siempre que se le ofrece oportunidad, con miras de reafirmar sus narraciones, cita a autores griegos de diversas épocas y comentarios. Todo ello atestigua que era hombre muy erudito y que disponía además de medios abundantes de información.

La erudición que supone el escribir un libro de esta índole, ha dado lugar a diversas interpretaciones. Según algunos críticos, la obra sería fruto de un intenso trabajo personal; para ello habría utilizado colecciones anteriores, como la de Alejandro Polyhistor. Según otros, su intervención se habría reducido casi simplemente a seleccionar de entre los escritos en los que se conservaban las tradiciones, hechos y doctrinas de los judíos, reunidos paciente e ingeniosamente por las escuelas judías de Alejandría. Esto es, la erudición de Josefo sería de segunda o tercera mano.

Desde el libro XIII, el autor combina la relación de Nicolás de Damasco con las reseñas sacadas de las historias generales más en boga, algunas leyendas rabínicas, interesantes documentos de los archivos quizá reunidos por algún predecesor y, según algunos, de una biografía de Herodes, sin duda la escrita por Ptolomeo de Ascalón. Los hechos del reinado de Herodes el Grande son interpretados generalmente en sentido hostil. Los libros XVIII al XX se basan en una historia romana, probablemente la de Cluvio Rufo y en las Memorias de un confidente de Agripa I.

Al final de las Antigüedades, el autor menciona dos proyectos literarios. Uno de ellos debía consistir en un resumen de la guerra, más la narración de los acontecimientos posteriores. El otro sería “una obra en cuatro libros sobre Dios y su ser, las prescripciones de la Ley, por qué algunas cosas son permitidas a los judíos y otras están prohibidas”. Ninguna de las obras fue publicada. En cuanto a la segunda, “Sobre las costumbres y causas”, como él la llama en otro lugar, posiblemente fue redactada en parte. Eusebio erróneamente le atribuye el libro cuarto de los Macabeos.

La Vida. Esta y el Contra Apión fueron escritos siendo ya Josefo de edad avanzada, a principios del siglo segundo, bajo el emperador Trajano. Esto consta evidentemente por lo que dice en su autobiografía, donde se refiere a una historia rival sobre la guerra que apareció después de la muerte de Agripa II, en el año 100. En Contra Apión hay una alusión semejante. Parece referirse a un tal Justo, a quien menciona en la autobiografía.

Parecería como si Josefo, sintiéndose viejo, quisiera justificar algunos acontecimientos de su vida y hacer la apología de su pueblo. En estas dos obras está lo más personal del autor; lo mejor y lo peor que tenemos de él. Sin embargo, por el estilo, disposición y desarrollo son tan diferentes que uno apenas si creería que se trata de obras procedentes de la misma pluma.

La Autobiografía es un apéndice de Antigüedades; por eso, no es de extrañar que no aparezca en la primera edición. El hecho que dio lugar a su publicación fue el de haber sido acusado por un historiador rival, Justo de Tiberíades, de haber incitado a la sublevación contra Roma a los habitantes de Tiberíades. Josefo le replica; por esto, antes bien que de una biografía completa, se trata de explicar su conducta durante los seis meses que estuvo al frente de las tropas judías en Galilea antes del asedio de Jotapata. A esto agrega breves referencias a su estada en Palestina antes de la guerra, y lo que hizo durante sus últimos años en Roma. Es la más imperfecta de sus obras; se nota una vanidad exagerada y el estilo deja bastante que desear.

Laquer ha defendido la teoría de que la Vida fue escrita precisamente cuando estaba al frente de Galilea, para defenderse de los cargos levantados contra él por Juan de Giscala de aspirar a la tiranía. Esta teoría se basa en la desproporción que se otorga a los acontecimientos de Galilea y en que, por su redacción, tiene que haber sido escrito con anterioridad a La Guerra de los Judíos. En contra de esta teoría, se advierte que sólo sería admisible en el supuesto de que tal informe hubiera sido redactado en arameo, pues en aquella época apenas si conocía el griego.



Contra Apión. Es fuera de duda el libro más interesante y original de Josefo. Se propone un plan que desarrolla armoniosamente a través de los dos libros de que consta la obra, en un estilo bien cuidado. Además manifiesta poseer conocimientos bastante amplios de la filosofía y poesía griegas. Escrito hacia el fin de su vida, el autor hace una cálida defensa de la cultura y de la religión judías.

En cuanto a Apión, es sólo uno de los enemigos de Israel a quienes contesta en su libro, que es un alegato muy bien razonado del pueblo judío contra los antijudíos. Se le ha dado también los títulos de “Sobre la antigüedad de los Judíos” y “Contra los Griegos”. Intenta destruir los socorridos prejuicios; es la menos personal de sus obras. Nos da una visión de lo que era el antisemitismo en el primer siglo de nuestra era. Niega la antigüedad que los griegos se atribuyen; explica el motivo de que sus escritores no mencionen a los judíos; cita en pro de la antigüedad de la nación a que pertenece, a egipcios, fenicios, babilonios y aún a algunos griegos; exitosamente replica a las maliciosas invenciones de los antisemitas. Termina con un entusiasta elogio de Moisés, de sus códigos moral y religioso, el elevado concepto que tenía de la divinidad, en evidente contraste con las ideas morales y religiosas de los griegos. Cita también a numerosos autores griegos, cuyos libros se han perdido.



BIBLIOGRAFÍA

Richard Laquer, Der Jüdische Historiker Flavius Josephus (ein biographischer Versuch auf neuer quellenkritischer Grundlage), Giessen, 1920.



Emanuel Bin Gorion, Das Leben des Flauius Josephus, Schoken Verlag, Berlín, 1934.

Estudios introducidos a las obras de Flavio Josefo en las colecciones “Les Belles Lettres” por Théodore Reinach y Léon Blum, 1930, y “Loeb Classical Library” por H. St. Thanckeray, 1926.


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