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Vida y hechos de Alexis Zorba Traducción de Robert Guibourg Vida y hechos de Alexis Zorba


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Nikos Kazantzakis



***
Vida y hechos de Alexis Zorba


Traducción de Robert Guibourg

Vida y hechos de Alexis Zorba
De Nikos Kazantzakis

(Candía [hoy Heraklion], Creta, 1885 – Friburgo de Brisgobia, Alemania, 1957)


© Helena Kazantzakis
Idioma original: griego
Título original: Vios kai politeia tou Alexi Zorba

Evangelio

Traducción: Robert Guibourg
Primera edición: París, 1947. Editions du Chêne

Primera edición en griego: Atenas, 1955. Difros


Esta edición electrónica: Septiembre, 2005
Digitalización y diseño del libro: Patyta ☺
Presentación
Novelista griego, poeta, dramaturgo, crítico, traductor –en especial de Dante–, ensayista, periodista, viajero, filósofo, político, Nikos Kazantzakis (1883-1957) es una de las figuras más polifacéticas de la literatura contemporánea. También es una de las más desconcertantes, pues a lo largo de su obra su pensamiento se mantuvo en cambio constante, y de él puede quizá decirse que siguió todas las corrientes filosóficas que estuvieron a su alcance. En particular fue importante la influencia de Henri Bergson, que fue su maestro.

Kazantzakis tiene un don especialmente feliz para aprehender la naturaleza de un pueblo, de un sistema o de una religión, y le bastan unos cuantos trazos para trasladarla al papel. Aunque se mostró siempre influido por las ideas de Marx y de Lenin, e hizo innumerables esfuerzos por conciliar el comunismo con otros sistemas políticos, el escritor se mantuvo como socialista y, aun por encima de ello, como un humanista de corte liberal preocupado por el bienestar de la raza humana. Aunque no en el nivel del pensamiento abstracto sino en el de los hechos: a fines de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, cuando era director general del Ministerio de Asuntos Sociales de Grecia, consiguió salvar del hambre a 150 mil de sus compatriotas, que habían sido expulsados del Asia Menor a Rusia.

Junto con la de Bergson, la influencia capital que decidió la actitud de Kazantzakis ante el mundo fue la de Nietzsche, con quien compartía la fascinación por la figura de Cristo (Cristo de nuevo crucificado es el título de una de sus novelas), así como su feroz individualismo. También son importantes en su obra múltiples ecos de la literatura y la filosofía de la antigua Grecia, sobre todo en cuanto a la exaltación del hombre como centro del universo, como eje de la creación.

Una de las obras maestras de Kazantzakis es I Odysseia. (La Odisea), un vastísimo poema de 33,333 versos que publicó en 1938. En esta composición monumental, el poeta reconstruyó y reinterpretó la experiencia homérica en la época moderna. Para ello presenta a Odiseo en diversos aspectos: como un héroe, como un vagabundo, como un ladrón, como un existencialista sin meta fija, como un hombre de profundo sentimiento religioso, como un robot nihilista... En fin, como Kazantzakis veía al hombre moderno: incómodamente atrapado en la olvidada certeza de su pasado, y arrastrado al repudio de su identidad.
La crítica concuerda en considerar que los mejores libros de Kazantzakis son los que escribió hacia el final de sus días, como Anafora ston Greco (Carta al Greco), que apareció póstumamente en 1961 y cuyo contenido es enteramente autobiográfico, y la célebre Vios kai politeia tou Alexi Zorba (Vida y hechos de Alexis Zorba), de 1946. Otra de sus novelas que ha alcanzado enorme popularidad es El pobrecillo de Dios, que trata de la vida de San Francisco de Asís y que nuevamente sirve al autor para profundizar en la problemática del hombre como un ente individualista y rebelde, enemigo de las convenciones de su tiempo, transido por la necesidad de una aspiración metafísica.

Casi tan importantes como sus novelas, son los numerosos libros de viajes escritos por Kazantzakis. Tal vez lo que les proporciona un interés mayor es que, por encima de los paisajes y las ciudades cambiantes, el escritor se mantiene atento a ese otro paisaje, paradójicamente diverso y semejante a un tiempo, que es el ofrecido por los seres humanos, en cualquier lugar de la Tierra.
Vida y hechos de Alexis Zorba es una de esas novelas cuya fuerza radica en la arrebatadora verdad de su protagonista.
Un desconocido, aparentemente sexagenario, de muy alta estatura, seco, de ojos desencajados, tenía pegada la nariz al vidrio y me miraba. Traía un envoltorio sujeto entre el brazo y el costado.

Lo que me causó mayor impresión fueron sus ojos: burlones, ávidos, fulgurantes. Por lo menos, así me parecieron.

No bien se cruzaron nuestras miradas –dijérase que confirmaba la creencia de que yo era precisamente la persona que él buscaba–, el desconocido alargó con firme movimiento el brazo y abrió la puerta. Pasó por entre las mesas con paso vivo y elástico y se detuvo ante mí.
Tales son las palabras con que Kazantzakis introduce a su personaje. De ahí en adelante, como sin quererlo, a retazos, la novela va contando la vida de Alexis Zorba, va presentando sus reflexiones y sus emociones. Vagabundo, impulsivo, desprejuiciado, libre, Zorba encarna la figura ideal del hombre que ha tenido por maestra a la vida misma y que resulta superior al hombre letrado, que en la novela es el narrador. Enraizado en la madre tierra, Zorba franquea riendo los límites impuestos al hombre normal y conformista, pasa por encima de las concepciones envejecidas de la vida, de la moral, de la justicia y del amor.

En manos de Zorba la vida cesa de ser una abstracción y se convierte en un vértigo bendito. Tocado por su ejemplo, medita el escritor:
He aquí la dicha verdadera: no tener ambición alguna y trabajar como un condenado, como acosado por todas las ambiciones. Vivir lejos de los hombres, no tener necesidad de ellos y quererlos. Estar en Navidad y tras haber comido y bebido a gusto, irse uno solo a salvo de todas las acechanzas, con las estrellas sobre la cabeza, la tierra a la izquierda, el mar a la derecha, y advertir, de pronto, que en el corazón la vida ha realizado un postrer milagro: el de convertirse en un cuento de hadas.
La novela, a su vez, se convierte en un canto lleno de vitalidad a las fuerzas de la esperanza, a la permanente renovación de la vida. Cambian los rostros, surgen y vuelven al polvo del que brotaron, pero la vida continúa y es una misma, inagotable. Tal es la aspiración de cada hombre, un relámpago en palabras de Zorba: «Muchas cosas hice en mi vida; sin embargo, no han sido bastantes. Hombres como yo debían vivir mil años.»
Los Editores

I
Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el siroco; hasta el cafetín portuario llegaban las salpicaduras del oleaje. Las puertas vidrieras estaban cerradas, el local olía a emanaciones humanas y a infusión de salvia. Afuera hacía frío; el aliento empañaba los vidrios. Cinco o seis marineros, que habían estado en vela toda la noche, abrigados con blusas de piel de cabra, bebían café o salvia y contemplaban el mar a través de los turbios cristales. Los peces, aturdidos por la violencia del oleaje, habíanse refugiado en las aguas tranquilas de las profundidades y esperaban que arriba renaciera la calma. Los pescadores aglomerados en los cafés aguardaban, también, que amainara la borrasca y que los peces, tranquilizados, asomaran a la superficie y mordieran los anzuelos. Los lenguados, racazos y rayas regresaban de sus expediciones nocturnas. Amanecía.

La puerta vidriera se abrió dando paso a un trabajador del puerto, rechoncho, atezado, de cabeza descubierta, descalzo, embarrado.

–¡Hola, Kostandi! –gritó un viejo lobo de mar envuelto en una capa grisazulada– ¿qué es de tu vida, viejo?

Kostandi escupió.

–¿Qué quieres que sea? –respondió ásperamente–. Por la mañana, a la taberna, por la noche, a casa. ¡Por la mañana, a la taberna, por la noche, a casa! Ésa es mi vida. ¡Trabajar, nada!

Algunos se rieron, otros se encogieron de hombros echando juramentos e imprecaciones.

–El mundo es cárcel perpetua –afirmó un bigotudo que estudiara filosofía en Karagheuz1–, sí, señor, cárcel perpetua. ¡El demonio se la lleve!

Un suave fulgor azul verdoso iluminó los vidrios sucios y penetró en el café. Avanzó prendiéndose a las manos, a las narices, a las frentes, saltó al cinc del mostrador y puso una lucecita en las botellas. Las bombillas eléctricas daban ya una luz muy débil, y el tabernero, soñoliento luego de haber pasado esa noche en vela, alargó la mano y la apagó.

Hubo un instante de silencio. Todas las miradas se alzaron para observar afuera la aparición del día nebuloso. Oyéronse las olas que rompían rugientes y, dentro del local, el borboteo de algunos narguiles.

El viejo lobo de mar suspiró:

–¡Decidme! ¿Qué habrá sido del capitán Lemoni? ¡Que Dios le ayude! –Echó una mirada severa hacia el mar.

»–¡Hu! ¡Maldito creador de viudas! –exclamó mordiéndose el bigote gris.

Yo estaba sentado en un rincón, sentía frío y pedí salvia por segunda vez. Tenía deseos de dormir. Luchaba por vencer el sueño, la fatiga y la tristeza de ese amanecer. Miraba tras los vidrios empañados el despertar del puerto, con el clamor de todas las sirenas, los gritos de los carreteros y barqueros. Y a fuerza de fijar en él la vista, una red oculta, tejida por el mar, la lluvia y la inminente partida, me estrujó el corazón con sus apretadas mallas.

Había posado la mirada en la proa negra de una embarcación grande; el resto del casco se perdía aún en la sombra. Llovía y yo estaba viendo cómo los hilos de la lluvia unían el cielo con el lodo del muelle.

Contemplaba el barco negro, las sombras y la lluvia; en tanto, la tristeza de mi ánimo se acrecentaba. Acudían a mí recuerdos de otras horas. En el aire húmedo, hecho de lluvia y de congoja, se iba reconstruyendo el rostro del amigo querido. ¿Fue el año pasado? ¿Fue en otra vida? ¿Ayer? ¿Cuándo estuve yo en este mismo puerto para despedirlo? También llovía aquella mañana, lo recuerdo, y el frío y el amanecer melancólico también nos acompañaban. Yo, entonces como hoy, sentía el corazón angustiado.

¡Qué amargura la de separarse lentamente de los seres que han ganado nuestro afecto! Más vale cortar por lo sano, quedarse uno en su soledad, que es el ambiente natural del hombre. Sin embargo, aquella mañana lluviosa, yo no podía separarme de mi amigo. (Más tarde comprendí ¡ay, demasiado tarde! la razón de tal resistencia.) Había subido al barco con él y estaba sentado en su camarote, entre valijas desparramadas. Yo lo observaba largamente, con insistencia, mientras mi amigo atendía a cualquier otra cosa, como si me hubiera propuesto anotar en la memoria cada uno de sus rasgos: los ojos luminosos de color verde azulado, el joven rostro carnoso, la expresión distinguida y distante, y, por sobre todas las cosas, las manos aristocráticas de afilados dedos.

En cierto momento, advirtió cómo lo examinaba mi mirada, ávida y lenta. Se volvió con la expresión burlona con que solía disimular sus emociones. Me miró a su vez. Y para disipar la tristeza de la separación:

–¿Hasta cuándo? –me preguntó sonriendo irónico.

–¿Hasta cuando qué?

–...¿Seguirás mordisqueando papeles y manchándote de tinta? Vente conmigo, mi buen maestro. Allá, en el Cáucaso, miles de hombres de nuestra raza peligran. Vayamos en su ayuda.

Rió como para mofarse de su noble empeño.

–Puede ocurrir que no los salvemos –agregó–. Pero nos salvaremos a nosotros mismos al esforzarnos por salvar a los demás. ¿No es ésa la doctrina que predicas, maestro? «La única manera de salvarte reside en la lucha por la salvación de los demás...» Así, pues, ¡adelante, maestro, tú que predicas tan bien! ¡Vente conmigo!

No respondí. Tierra sagrada de Oriente, anciana madre engendradora de dioses, clamor orgulloso de Prometeo encadenado a la roca. Clavada de nuevo a esas mismas peñas, nuestra raza pedía socorro. Una vez más la amenazaban peligros. Y pedía socorro a sus hijos. Y yo la escuchaba, pasivamente, como si el dolor fuera sólo un sueño y la vida sólo una tragedia cautivadora, en la que sería dar muestras de grosería y de ingenuidad el arrojarse a la escena con intención de tomar parte en la acción.

Mi amigo, sin esperar respuesta, se levantó de su asiento. La sirena silbaba por tercera vez. Tendióme la mano, ocultando de nuevo su emoción tras la burla.

–¡Hasta más ver, rata papiróvora! –me dijo.

Le temblaba la voz. Sabía que no es digno perder el dominio del corazón. Lágrimas, palabras conmovidas, gestos arrebatados, familiaridades vulgares, todo esto lo tenía por debilidad impropia del varón. Nosotros, que nos queríamos tanto, jamás cambiamos palabras afectuosas. Jugábamos y nos arañábamos como cachorros de fieras. Él, hombre fino, irónico, civilizado. Yo, bárbaro. Él, capaz de dominarse, de encubrir todos los movimientos de su alma con una sonrisa, airosamente. Yo, brusco, ocultándolos con una carcajada inoportuna y salvaje.

Quise, a mi vez, disimular la turbación que me embargaba con alguna palabra dura, pero me dio vergüenza. No, no me sonrojé, sino que no logré hallar la palabra oportuna. Le estreché la mano. La conservé en la mía, sin soltarla. Él me miró con sorpresa.

–¿Conmovido? –me dijo tratando de sonreír.

–Sí –le respondí calmosamente.

–¿Por qué? ¿En qué habíamos quedado? ¿No estábamos de acuerdo desde muchos años atrás? ¿Qué dicen los japoneses, tus predilectos? «¡Fudoshin!» Ataraxia, calma olímpica; el rostro: máscara sonriente e inmóvil. Lo que ocurre detrás de la máscara, es asunto nuestro.

–Sí –repetí nuevamente, esforzándome por no comprometerme con una frase larga. No tenía la seguridad de que sabría dominar la voz.

Sonó el gong a bordo, y su vibración expulsaba, de camarote en camarote, a los visitantes. Llovía blandamente. Llenóse el aire de patéticos adioses, de juramentos, de besos prolongados, de recomendaciones precipitadas y jadeantes. La madre se arrojaba a los brazos de su hijo, la mujer a los de su marido, el amigo a los de su amigo. Como si se separaran para siempre. Como si esta breve separación les recordara la otra, la definitiva. Y el sonido tan suave del gong, repercutió, de pronto, de popa o proa, como un toque fúnebre. Me estremecí.

Mi amigo se inclinó.

–Oye –dijo en voz queda– ¿algún mal presagio?

–Sí –respondí otra vez.

–¿Y tú crees en tales futilezas?

–No –afirmé resueltamente.

–¿Entonces?

¿Para qué preguntar «entonces»? Yo no creía en esas cosas; pero sentía miedo.

Mi amigo apoyó la mano en mi rodilla, como solía hacerlo cuando se confiaba. A veces, si lo incitaba a que adoptara alguna determinación, comenzaba él por oponerse, tapándose los oídos, negándose obstinado; pero, al fin, aceptaba y entonces me tocaba la rodilla, como diciéndome: «Haré lo que quieres, por amistad...»

Parpadeó dos o tres veces. Posó de nuevo la mirada en mí. Comprendió mi congoja y vaciló antes de emplear nuestras armas predilectas: la risa, la sonrisa, la burla...

–Bien –dijo–. Dame la mano. Si uno de nosotros se hallara en peligro de muerte...

Se interrumpió, como avergonzado. Tantos años hacía que nos mofábamos de los raids metafísicos y considerábamos con el mismo desdén a los vegetarianos, a los espiritistas, a los teósofos y a los ectoplasmas...

–¿Y bien? –pregunté esforzándome por adivinar.

–Tomémoslo como un juego ¿quieres? –dijo precipitadamente, como para liberarse de la peligrosa frase en que se había metido–. Si uno de nosotros se hallara en peligro de muerte, pondrá su pensamiento en el otro con tal intensidad como para comunicarse con él, hállese donde se hallare... ¿Conforme?

Trató de reír; pero sus labios, tomo si estuvieran congelados, no se movieron:

–Conformes –dije yo.

Mi amigo, temiendo quizás que su turbación se hubiera manifestado con demasiada claridad, apresuróse a decir:

–Por supuesto, no creo en absoluto en tales comunicaciones telepáticas entre las almas...

–No importa –murmuré–. Sea como tú dices.

–Bien, entonces, sea. Juguemos. ¿Conformes?

–Conformes –repetí nuevamente.

Fueron ésas las últimas palabras que nos dijimos. Nos estrechamos las manos sin hablar, nuestros dedos se unieron calurosamente, se separaron con brusquedad, y me marché con paso rápido, sin volver la cabeza, como si alguien me persiguiera. Sentí el impulso de volverme para ver por última vez a mi amigo; pero lo dominé, diciéndome: ¡No mires atrás! ¡Sigue andando!

El alma humana es pesada, se hunde en el barro de la carne. Tiene antenas groseras como cuernos. Sus ojos son soñolientos y turbios. Ella no logra adivinar nada con claridad, con certeza. Si adivinara ¡cuán distinta hubiera sido aquella separación!

La luz del día aumentaba paulatinamente. Ambas mañanas, la actual y la del recuerdo, se confundieron. El rostro querido de mi amigo, que veía yo con mayor nitidez ahora, permanecía entre los hilos de la lluvia, inmóvil, desolado, en el aire del puerto. Abrióse la puerta del café, bramó el mar y un marino entró: rechoncho, de piernas separadas, de bigote caído. Estallaron voces alegres:

–¡Salud, capitán Lemoni!

Me acurruqué en mi rincón, tratando de concentrarme nuevamente. Pero ya se había borrado en la lluvia el rostro de mi amigo.

La luz del día aumentaba; el capitán Lemoni extrajo un rosario de ámbar y comenzó a pasar las cuentas, austero y taciturno. Yo me esforzaba por no ver, por no oír, por retener un instante aún la visión que se esfumaba. Quería sentir de nuevo la irritación que me causaran, irritación y vergüenza, las palabras de mi amigo, «rata papiróvora». Más tarde, bien lo recuerdo, en esa expresión se encarnó todo el asco que me daba la existencia que yo llevaba. Yo, que tanto amaba a la vida, ¿cómo pude dejarme trabar por ese fárrago de libros y papel ennegrecido? Aquel día de nuestra despedida, mi amigo me ayudó a ver claro. Me sentí aliviado. Como sabía ahora el nombre del mal que me aquejaba, podría quizás vencerlo más fácilmente. No era ya un mal disperso e incorpóreo; había encarnado en una palabra, tenía cuerpo visible; era, pues, para mí cosa fácil iniciar la lucha con él.

Esas palabras, sin duda, se habían abierto camino en mi fuero íntimo, calladamente, y desde entonces yo había estado buscando un pretexto para apartarme de la papelería y entregarme de lleno a la acción. Repugnábame que en mis armas figurara ese mísero roedor. Y he aquí que un mes atrás se me presentó la oportunidad deseada. Había arrendado en la ribera cretense, hacia la parte del mar de Libia, una antigua mina de lignito abandonada y en lo sucesivo viviría junto a hombres sencillos, obreros, campesinos, lejos de la especie de las ratas devoradoras de papel.

Lié mis bártulos muy conmovido, como si el viaje que iba a emprender tuviera algún significado oculto. Tenía decidido cambiar de vida. «Hasta hoy, alma mía», díjeme, «sólo estabas en presencia de un reflejo y te regocijabas; ahora te llevaré hasta la presa.»

Al fin, estuve pronto. La víspera de la partida, rebuscando entre mis papeles, encontré un manuscrito inconcluso. Lo tomé y lo contemplé vacilante. Desde hacía dos años, en las profundidades de mi ser palpitaba un intenso deseo, maduraba una simiente: Buda. Sentíalo a toda hora en mis entrañas, devorador en su germinación. Crecía, moríase, comenzaba a dar golpes en el seno con el afán de salir a luz. Ya no tenía el valor necesario para suprimirlo. Ya no podía. Era demasiado tarde para proceder a semejante aborto espiritual.

De pronto, mientras tenía en las manos el manuscrito, indeciso, dibujóse en el aire la sonrisa de mi amigo, toda ironía y ternura. «¡Lo llevaré», dije ofendido, «lo llevaré, no sonrías!» Envolvílo cuidadoso, como a un niñito en los pañales, y lo traje conmigo.

Oyóse la voz del capitán Lemoni, grave, ronca. Presté oído. Hablaba de duendecillos y aseguraba que durante la tempestad se habían trepado a los mástiles de su caique y los lamían.

–Son blanduzcos y pegajosos –decía–. Cuando uno los toma se le ponen las manos como fuego. Yo me alisé el bigote y he aquí que en la noche fulguraba como un demonio. Entonces, pues, el mar se me entró en el caique y la carga de carbón se mojó. Llegó a pesar mucho. El caique comenzó a tumbarse; pero en ese momento intervino la mano de Dios y nos envió un rayo que abrió las escotillas y cubrió el mar de carbón. Alivianado el caique, se enderezó: estábamos a salvo. ¡No hablemos más de eso!

Saqué del bolsillo mi tomito del Dante, el «compañero de viaje». Encendí la pipa, me apoyé de espaldas a la pared, en cómoda posición. Flotó un instante indeciso mi deseo: ¿Qué versos elegiría? ¿Los de la pez ardiente del Infierno, los de la llama refrescante del Purgatorio, o me lanzaría impetuoso hacia la capa más alta de la Esperanza humana? Podía escoger a mi gusto. Con el minúsculo ejemplar de Dante en la mano, saboreaba yo el placer de mi libre arbitrio. Los versos que ahora escogiera darían un ritmo a todas las horas del día que comenzaba a vivir.

Incliné la cabeza ante la densa visión del poeta para decidir qué Canto leería: pero no tuve tiempo. De repente, inquieto, alcé la cabeza. No sé cómo, sentía que dos agujeros se me abrían en lo alto del cráneo; volvíme bruscamente, mirando hacia la puerta vidriera. Como un relámpago cruzó por mi alma una esperanza loca: «Volveré a ver ahora a mi amigo.» Estaba pronto para acoger el milagro. Pero el milagro no se produjo; un desconocido, aparentemente sexagenario, de muy alta estatura, seco, de ojos desencajados, tenía pegada la nariz al vidrio y me miraba. Traía un envoltorio sujeto entre el brazo y el costado.

Lo que me causó mayor impresión fueron sus ojos: burlones, ávidos, fulgurantes. Por lo menos, así me parecieron.

No bien se cruzaron nuestras miradas –dijérase que confirmaba la creencia de que yo era precisamente la persona que él buscaba–, el desconocido alargó con firme movimiento el brazo y abrió la puerta. Pasó por entre las mesas con paso vivo y elástico y se detuvo ante mí.

–¿De viaje? –me preguntó–. ¿Para dónde? ¿A la ventura?

–Voy a Creta. ¿Por qué tal pregunta?

–¿Me llevas contigo?

Lo observé con fijeza. Mejillas hundidas, mandíbula fuerte, pómulos salientes, cabellos grises rizados, ojos brillantes y avizores.

–¿Por qué? ¿Para qué me servirías?

Se encogió de hombros.

–¡Por qué! ¡Por qué! –dijo desdeñoso–. ¿Acaso no puede el hombre, a fin de cuentas, hacer algo sin por qué? ¿Sólo por gusto? Pues bien, empléame, digamos, como cocinero. ¡Sé preparar muy buenas sopas!

Me eché a reír. Agradábanme sus modales y sus palabras cortantes. Las sopas también me gustaban. No estaría mal, pensaba yo, que me llevara a este desmadejado hombretón hasta aquella lejana costa solitaria. Sopas y charlas... Daba la impresión de no haber rodado poco por esos mares de Dios: algo así como un Sinbad el Marino... Me gustó.

–¿En qué piensas? –me dijo sacudiendo la cabezota–. Llevas tú también unas balanzas ¿no? Tienes que pesar las cosas, gramo por gramo ¿verdad? ¡Vamos, hombre, decídete, ánimo!

Estaba de pie, frente a mí, el flaco gigantón, y me cansaba levantar la cabeza para hablar con él. Cerré el Dante.

–Siéntate –le dije–. ¿Tomas una salvia?

Se sentó, posando cuidadosamente el envoltorio en una silla cercana.

–¿Salvia? –dijo con desprecio–. ¡Patrón, un ron!

Se bebió el ron a sorbitos, conservándolo un tiempo en la boca para saborearlo, luego dejándolo bajar lentamente para que le calentara las entrañas. Sensual, pensé, perito refinado.

–¿Qué oficio tienes? –le pregunté.

–Cualquier oficio: los que exigen el uso de los pies, o de las manos, o de la cabeza, todos. ¡No faltaría sino que uno escogiera oficio!

–¿Dónde trabajabas últimamente?

–En una mina. Yo soy buen minero ¿sabes? Entiendo en metales, sé hallar las vetas, abrir galerías. Bajo a los pozos sin miedo. Trabajaba bien, me desempeñaba como capataz, no podía quejarme. Pero el diablo hizo de las suyas y echó a perder las cosas. El sábado último, por la noche, estando un tanto alumbrado, no lo pensé dos veces y me puse en marcha; fui en busca del amo, llegado ese día en gira de inspección, y le encajé una paliza.

–¿Una paliza? ¿Por qué? ¿Qué te había hecho?

–¿A mí? ¡Nada! ¡Absolutamente nada, te lo aseguro! Era la primera vez que yo veía a ese tipo. Hasta nos había obsequiado con cigarrillos, el pobre.

–¿Y entonces?

–¡Oh, mira que eres preguntón! Me dio por ahí, viejo. Tú conoces la historia de la molinera ¿no es cierto? ¡Pues bien! ¿Acaso el trasero de la molinera sabe ortografía? Ahí tienes: el trasero de la molinera es la razón humana.

Yo había leído muchas definiciones de la razón humana. Ninguna me causó mayor estupor que ésta. Me gustó. Miré a mi nuevo compañero con vivísimo interés. Tenía el rostro cubierto de arrugas, carcomido, como si se lo hubieran roído las borrascas y las lluvias. Otro rostro, algunos años más tarde, me produjo la misma impresión y me pareció, también, tallado en madera y doloroso: el de Panait Istrati.

–¿Qué llevas en ese envoltorio? ¿Víveres? ¿Ropas? ¿Herramientas?

Mi compañero se encogió de hombros, riéndose.

–Mira que eres hombre razonable, lo digo con toda licencia.

Acarició el envoltorio con sus largos dedos duros.

–Nada de eso –agregó–. Es un santuri.2

–¿Un santuri? ¿Tocas el santuri?

–Cuando ando de malas recorro las tabernas con el santuri. Entono viejas canciones kléfticas3 de Macedonia. Y tiendo el platillo. El platillo es esta gorra, que me llenan de monedas.

–¿Cómo te llamas?

–Alexis Zorba. También me llaman «Pala de panadero», en broma, porque soy tan largo y tengo achatado el cráneo como una galleta. ¡Que digan lo que quieran! Otros me llaman passa-tempo4 porque en un tiempo vendí semillas de calabaza asadas. Me llaman, también «Mildiú» porque por donde quiera que vaya, según dicen, hago de las mías. ¡Al diablo con todo! Muchos otros apodos me ponen, pero dejémoslo para otra vez...

–¿Cómo has aprendido a tocar el santuri?

–A los veinte años. En una fiesta de mi aldea, allá al pie del Olimpo, oí tocar el santuri por primera vez. Me dejó pasmado. Durante tres días no pude engullir bocado. «¿Qué te pasa a ti?», me preguntó mi padre. ¡Dios haya su alma! «Quiero aprender a tañer el santuri.» «¿No te da vergüenza? ¿Eres, acaso, un gitano? ¿Te harías músico ambulante?» «Lo que yo quiero es aprender el santuri.» Tenía ahorrados unos sueldos para casarme cuando llegara la oportunidad. Ya ves si sería muchacho todavía, sin seso, y de sangre caliente: ¡quería casarme, yo, pobre diablo! Así, pues, con todo lo que tenía y algo más, me compré un santuri. Este mismo que aquí ves. Con él me marcho a Salónica y me encamino en busca de un turco, Retsep Effendi, un conocedor, un maestro de santuri. Me arrojo a sus plantas. «¿Qué quieres joven “rumi”?», me dice. «Quiero aprender el santuri.» «Bien, ¿y por qué te echas a mis plantas?» «¡Porque no tengo un céntimo con qué pagarte!» «Así que ¿te ha dado la chifladura por el santuri?» «Sí.» «Pues bien, quédate, entonces, muchacho; yo no tengo necesidad de que me pagues.» Me quedé un año estudiando en su casa. ¡Dios lo tenga en su guardia! porque debe de haberse muerto a estas horas. Si Dios permite que los perros entren en el paraíso, que le abra las puertas también a Retsep Effendi. Desde que aprendí el santuri soy otro hombre. Cuando me entra la murria o cuando ando de malas, toco el santuri y me alivio. Cuando estoy tocando, nadie puede hablarme, pues no oigo nada, y si oigo, no puedo responder. ¡Por más que quiera, nada, no puedo!

–¿Y por qué eso, Zorba?

–¡Eh! ¡La pasión!

Abrióse la puerta. El rumor del mar entró nuevamente en el café; se helaban los pies y las manos. Me hundí un poco más en el rincón, arrebujado en mi gabán, sintiendo una voluptuosidad reconfortante.

«¿Adónde iría yo ahora?», pensé. «Estoy bien aquí. Ojalá durara años este minuto.»

Contemplé al rarísimo individuo que estaba delante de mí. Él me clavaba la mirada de unos ojuelos redondos, muy negros, con venillas rojas en lo blanco. Yo sentía que me atravesaba esa mirada indagadora, insaciable.

–¿Y entonces? –dije–. ¿Qué ocurrió después?

Zorba se encogió de nuevo de hombros:

–Dejemos eso –replicó–. ¿Me das un cigarrillo?

Se lo di. Sacó del chaleco un pedernal y una mecha y lo encendió. Entornó los párpados, satisfecho.

–¿Estás casado?

–¿Acaso no soy un hombre? –contestó con fastidio– ¿Acaso no soy un hombre? Que es decir: ciego. Yo también di de cabeza en el hoyo en que cayeron los que me han precedido. Me vine cuesta abajo. Me convertí en padre de familia. Edifiqué una casa. Tuve hijos. Y mucho engorro. ¡Pero bendito sea el santuri!

–¿Tocabas en tu casa para alejar las preocupaciones, no es así?

–¡Ah, viejo! ¡Cómo se nota que no tocas ningún instrumento! ¿Qué demonios estás diciendo? En casa, uno se halla con toda suerte de fastidios: la mujer, los muchachos, lo que se ha de comer, la necesidad de vestir, el infierno... No, no, el santuri exige que uno esté bien dispuesto, en estado de pureza. Si mi mujer me dice una palabra de más ¿cómo quieres que toque el santuri? Si los chicos tienen hambre y lloriquean ¡ponte a tocar! Para tañer el santuri, es preciso que la mente no se ocupe de otra cosa más que del santuri ¿comprendes?

Sí, sí, yo comprendía que este Zorba era el hombre que había estado buscando tanto tiempo sin hallarlo. Un corazón viviente, una boca ancha y glotona, una gran alma en bruto todavía unida por el cordón umbilical a la madre Tierra.

El sentido de las palabras arte, amor, belleza, pureza, pasión, me lo estaba aclarando este obrero con las voces humanas más sencillas.

Miré las manos que sabían manejar el pico y el santuri, manos callosas y agrietadas, deformadas y nerviosas. Con la mayor precaución y con ternura, como si desnudaran a una mujer, abrieron el envoltorio y extrajeron un viejo santuri, al que los años habían sacado brillo, lleno de cuerdas, de adornos de cobre y marfil, y con una borla de seda roja. Los gruesos dedos lo acariciaban de largo a largo, lentamente, apasionadamente, como si lo hicieran a una hembra. Luego lo envolvieron de nuevo tan cuidadosamente como cuando se cubre un cuerpo querido para que no tome frío.

–¡Éste es mi santuri! –murmuró dejándolo con precaución en la silla.

Ahora los marineros entrechocaban los vasos, riendo a carcajadas. El viejo le dio unas amistosas palmadas en la espalda al capitán Lemoni.

–¡Buen susto pasaste, eh, capitán Lemoni, di la verdad! ¡Sabe Dios cuántos cirios le has prometido a san Nicolás!

El Capitán frunció las espesas cejas.

–¡Lo juro por el mar, muchachos: cuando me vi frente al Arcángel de la Muerte, no pensé yo en la Santísima Virgen ni en san Nicolás! Volví la mirada hacia Salamina, recordé a mi mujer, y exclamé: ¡Ah, Catalina de mi alma, si pudiera ahora estar en tu cama!

Una vez más, los marineros estallaron en carcajadas y el capitán Lemoni rió como ellos.

–¡Mira, pues, qué misterio es el hombre! –dijo–. El Arcángel tiene suspendida su espada sobre la cabeza del hombre, pero éste tiene el espíritu puesto allí, precisamente allí y no en otra parte. ¡Puah! ¡Qué el diablo se lo lleve al grandísimo puerco!

Dio una palmada.

–Patrón –dijo–. ¡Trae bebida para toda la compañía!

Zorba escuchaba, parando las orejotas. Giró sobre su asiento, contempló al marinero, luego me miró a mí.

–¿Dónde allí? –preguntó–. ¿Qué quieres decir con eso?

Pero de pronto comprendió y dio un brinco:

–¡Muy bien, viejo! –exclamó con tono de admiración–. Estos marinos saben más que el demonio. Probablemente porque se lo pasan luchando día y noche con la muerte.

Sacudió en el aire su manaza:

–¡Bueno! Ésa es otra historia. Volvamos a la nuestra. En qué estamos; ¿me voy o me quedo? Decídete.

–Zorba –le dije, aguantando el deseo de echarme en sus brazos–, Zorba, estamos de acuerdo, te vienes conmigo. Tengo lignito en Creta, tú vigilarás a los obreros. Por la noche nos echaremos ambos en la arena: no tengo en este mundo ni mujer, ni hijos, ni perros; comeremos y beberemos juntos. Luego tú tocarás el santuri.

–Si me encuentro en disposición ¿entiendes? si me encuentro en disposición. Trabajar para ti, todo cuanto quieras. Soy tu hombre. Pero en lo que se refiere al santuri, es cosa diferente. Es un bicho silvestre, requiere libertad. Si me hallo dispuesto, toco. Y hasta canto, también. Y bailo. Bailaré el zeimbekiko, el hasapiko, el pentozali, siempre que, te lo digo de veras, me encuentre dispuesto para ello. Cuenta y razón sustentan amistad. Si quieres forzarme, todo habría terminado. Porque, en cuanto a eso, ya lo sabes, soy todo un hombre.

–¿Todo un hombre? ¿Qué quieres decir?

–Pues ¡vaya! Que soy libre.

–Patrón –llamé–. ¡Otro ron!

–¡Dos! –exclamó Zorba–. Te beberás uno, tú también, para que choquemos los vasos. La salvia y el ron no hacen liga. Tú has de beber ron, para que quede concertado nuestro acuerdo.

Chocamos los vasitos. La alborada ya había dado paso al día. Sonaba la sirena del buque. El barquero que llevara mis valijas a bordo me hizo una señal.

–¡Que Dios nos acompañe! –dije levantándome–. En marcha.

–¡Dios y el diablo! –completó tranquilamente Zorba.

Inclinóse, echó el santuri bajo el brazo, abrió la puerta y salió delante.

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