Página principal

Victoria alexander serie familia effington 7 la dama en cuestión reseñA


Descargar 1.65 Mb.
Página1/24
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño1.65 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   24





VICTORIA ALEXANDER

SERIE FAMILIA EFFINGTON

7 LA DAMA EN CUESTIÓN
RESEÑA:
La esposa perfecta ha de ser una mujer bella, crédula y muy agradable, o al menos eso es lo que pensaba el conde de Wyldewood. Pero en esta intrigante historia de Victoria Alexander (autora de superventas del New York Times) el protagonista se da cuenta de que en el matrimonio nada es lo que parece…

Cuando el conde de Wyldewood conoce a Sabrina Winfield, piensa que ha encontrado a su pareja ideal: una mujer elegante, preciosa y refinada que lucirá perfecta colgada de su brazo. Y no tiene duda alguna de que una señorita como Sabrina se comportará como una esposa respetable y le dejará a él toda la libertad que necesita para ir en busca de sus propios placeres…

Pero bajo la delicada belleza de Sabrina se esconde la mujer más obstinada y aventurera que el conde nunca antes haya conocido. No tiene nada de la esposa perfecta que él había imaginado. Muy pronto, lo único en lo que podrá pensar será en calmar el mordaz ingenio de su mujer y en poner fin a sus extravagantes planes, y para lograrlo no dudará en utilizar sus besos, sus armas de seducción y todo lo que esté en su poder para convertirse en el marido perfecto.

Este libro está dedicado a Tory, con amor de mamá. Darte raíces fue fácil, darte alas ha sido lo más difícil que he hecho nunca. A pesar de tener unos padres chiflados, has crecido maravillosamente y tu padre y yo estamos orgullosos de ti. Extiende tus alas, dulce muchacha, y ten por cierto que siempre estaremos aquí para ti.

Prólogo


Enero, 1820.

¿Podría él realmente cambiar su vida?

Miró fijamente la oscuridad de la noche y el agua aún más oscura, con los sentidos alerta a cualquier sonido extraño, a cualquier movimiento inesperado en aquel lugar apartado de los muelles de Dover. Aquella noche, como siempre, su vida dependía de ello. Un hombre que no permaneciera en todo momento vigilante podía cometer un error, y en aquel caso un error fatal.

Se apoyó contra la pila de embalajes, lejos de las zonas iluminadas de los muelles, una sombra entre las sombras, como cualquier otra criatura de la noche. Siempre le había gustado bastante aquella parte, esa espera de lo desconocido. Había una extraña soledad, incluso un consuelo ofrecido por la oscuridad. En momentos como aquél estaba realmente solo, en compañía tan sólo de sus propios instintos y sus pensamientos íntimos.

¿O acaso ella ya había cambiado eso?

Incluso ahora que él no podía permitirse ninguna distracción, la pregunta reclamaba su atención. No tenía planeado permitir que ella entrara en su vida. No había tramado nada más que usarla para obtener la información que necesitaba. Y desde luego no había pensado en el matrimonio.

Pero la maldita mujer había alcanzado a tocar algo en su interior que él ya creía muerto y enterrado. Ella había visto a través de la imagen de libertino sinvergüenza que él cuidadosamente cultivaba, la imagen de aquel pillo a la caza de mujeres tolerado en los círculos de la alta sociedad únicamente por causa de su origen y de su título, por causa de lo que un día había sido. Tal vez por lo que podría volver a ser. No.

Por lo que volvería sin duda a ser, de un modo o de otro. Dependía mucho de lo que ocurriera aquella noche. Nunca antes había considerado qué era lo que tendría que hacer para abandonar el trabajo que había estado haciendo, y además bien, durante más de una década. Terminar su relación con el departamento clandestino con el cual había estado discretamente involucrado después de la guerra no sería fácil. ¿Qué otro de esos valientes tontos con los que había trabajado podría cumplir una misión como aquélla tan bien como él? Stephens, tal vez.

—Supongo que has traído el dinero.

Ella surgió de la oscuridad como un fantasma hecho de algo tan inmaterial como la niebla. Le fue difícil ocultar la conmoción que le produjo verla. Por supuesto que hacía años que debería haberse dado cuenta de la verdadera naturaleza de ella. Era un fastidio que no hubiese sido así. Su mente no estaba donde debería estar, y eso era tan peligroso como la mujer que tenía ante él.

—Debería haber sospechado que tu adorable mano estaba detrás de esto. —La voz de él era fría, despreocupada. Como si se hubieran encontrado una tarde paseando por el parque y no en los muelles de Dover en plena madrugada.

—Me sorprende que no lo hayas hecho. —El tono de su respuesta encajaba con el de él. Incluso con aquella débil luz, él pudo ver la delgada y familiar curva de su sonrisa—. Sin duda tu mente estaba demasiado ocupada pensando en tu nueva esposa.

Él se encogió de hombros, negándose a mostrar ni un asomo de emoción ante su acusación.

—Yo estoy tan sorprendida como tú de que hayas dado un paso así. —La curiosidad de su voz parecía auténtica—. No creí que fueras el tipo de hombre capaz de casarte.

—Tal vez no me conocías tan bien como creías.

—Tal vez. —Hizo una pausa—. Tampoco creía que ella fuera el tipo de mujer que usarías para calentar tu cama.

Él contuvo una sonrisa de satisfacción. Una voz en su cabeza le advertía que vigilara sus pasos. La ignoró.

—El tipo de mujer que uno escoge para calentar su cama no suele ser el mismo tipo de mujer que uno escoge para casarse.

Más que oír, él sintió su marcada inspiración. Era una estupidez por su parte atormentarla de esa forma. Pero ella sabía, tan bien como él, que las veces que habían estado juntos habían significado poco más que un rato de diversión por parte de ambos. Por eso le resultaba extraño que ella reaccionara así ante su matrimonio.

—Creo que tienes algo que me pertenece. —Su voz era enérgica y formal, pero cargada de un matiz seco que no auguraba nada bueno.

De nuevo, él ocultó su sorpresa. Si en efecto ella sabía lo que él había encontrado, aquel encuentro era mucho más peligroso de lo que esperaba. Escogió las palabras con cuidado.

—He traído el dinero.

—Excelente. Y yo estoy más que dispuesta a darte los documentos. —Su voz se hizo más dura—. Pero quiero el cuaderno.

Debería haber prestado más atención a los contenidos del cuaderno, pero apenas había tenido tiempo suficiente para echarle un vistazo y hallar un escondite donde estaría seguro hasta que todo aquello terminase.

—No sé de qué estás hablando. —Se encogió de hombros.

—No te creo.

Ella miró por encima de él e inmediatamente él se dio cuenta de que no estaba sola. Sin ningún aviso, unas manos fuertes lo agarraron por los lados. Era inútil luchar. Sólo con ingenio podría salir de aquello.

—Estoy aquí por los documentos, nada más. —Miró a los hombres que tenía a su lado. Ambos pesaban más que él y no había duda de que iban armados. Escapar sería un desafío—. Si haces que estos caballeros me suelten, te daré el dinero que está en mi carruaje.

Ella lo estudió por un momento.

—Tampoco me creo eso.

Sin embargo, le hizo un gesto al hombre de su derecha, que lo soltó y se marchó. El otro le puso los brazos a la espalda y lo sostuvo con firmeza. Al menos era una ventaja. Y su coche estaba a cierta distancia de allí. Al otro hombre le llevaría algún tiempo llegar. Ella tenía razón, por supuesto. El dinero no estaba en el coche, sino que lo llevaba encima.

—Ahora quiero el cuaderno.

—No tengo ni idea… —El hombre que tenía detrás le apretó los brazos con más fuerza y él hizo una mueca de dolor—. Bueno, esto no es de muy buena educación.

—No estoy de humor para ser educada. —Ella se acercó unos pasos y la luz de la luna iluminó el cuchillo que llevaba en la mano. Eso era otra cosa que debería haber esperado. Siempre había sido buena con el cuchillo.

—No puedo darte lo que no tengo. —Él la observó y se preguntó si había un modo mejor que el enfrentamiento para salir a salvo de esa situación. Suavizó su tono—. Pero siempre nos hemos dado placer el uno al otro. Lo hemos pasado bien juntos. ¿Ya te has olvidado?

—No me he olvidado de nada.

—Y nada tiene por qué cambiar entre nosotros simplemente porque yo ahora esté casado.

—¿Y qué pasa con tu esposa?

—Mi esposa tiene mucho dinero. —Se esforzó por dar un matiz despreocupado a su voz—. Ella es una necesidad. Un hombre de mi posición necesita una esposa respetable y un heredero. Mi matrimonio no significa más que eso.

Ella se acercó más, lo suficiente como para besarse.

—De nuevo no te creo.

Pero el tono de su voz revelaba que quería creerlo. Era una buena señal y al mismo tiempo aquello se volvía mucho más peligroso. Las emociones siempre subían las apuestas.

—Tienes que creerme, cariño. Sólo ha habido una mujer para mí. —Bajó la cabeza para encontrar sus labios.

Los labios de ella susurraron contra lo suyos.

—¿La amas?

Él vaciló apenas un instante, pero fue suficiente.

—No —dijo al mismo tiempo que el cuchillo de ella le atravesaba el estómago y un dolor agudo lo desgarraba, cortándole el aliento y doblándole las rodillas.

—Deshazte de él. —Su voz era dura, fría, inflexible.

—Pero el dinero… —dijo el tipo.

—No me importa —le espetó ella.

El hombre lo soltó y él se dio cuenta de que su truco para alcanzar la libertad había funcionado. Incluso mientras se desplomaba inconsciente sobre el agua fría, la confianza en sus propias habilidades y su invulnerabilidad no flaqueó.

No moriría de aquella forma. No allí y no esa noche. Había sobrevivido antes y volvería a sobrevivir esta vez. Ahora tenía mucho por lo que vivir.

Ahora la tenía a ella.


  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   24


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje