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Versalles es sinónimo de escribir de Luis XIV, y María Antonieta, hacerlo sobre Fontainebleau es hacerlo sobre Napoleón


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Hampton Court, Versalles, Fontainebleau

Escribir sobre Versalles es sinónimo de escribir de Luis XIV, y María Antonieta, hacerlo sobre Fontainebleau es hacerlo sobre Napoleón y sobre Hampton Court es equivalente a evocar a Enrique VIII.



Versalles


Fontainebleau



Hampton Court


Respetando las fechas históricas Enrique VIII es Rey de Inglaterra en 1509, Versalles es sede de la Monarquía francesa en 1682, María Antonieta es esposa de Luis XVI y habita Versalles en 1770 y Napoleón se auto-corona Emperador en 1804.
Muchos años de diferencia, diferentes sitios geográficos, pero la misma preocupación por el ‘bien vivir’.
Comencemos por Francia, Versalles tiene, por lo tanto, reminiscencias borbónicas y por esa razón, aparentemente, es que Napoleón decide instalarse en Fontainebleau que fue residencia de reyes desde mucho tiempo atrás y que durante la Revolución Francesa fue invadido, destrozado y mucho del mobiliario vendido para obtener dinero y quizá como una forma para impedir que los Borbones regresaran a los que fueron sus dominios.
Curiosamente es en el Palacio de Fontainebleau el sitio en el que Napoleón firma sus dos primeras abdicaciones (4 y 6 de abril de 1814).



El viejo castillo que se erigía en este lugar ya era usado al final del Siglo XII por el Rey Luis VII, para quien Thomas Becket consagró la capilla.

Fontainebleau fue una de las residencias favoritas de Felipe II y de Luis IX.
El creador del edificio actual fue Francisco I, para quien el arquitecto Gilles le Breton construyó la mayor parte de las construcciones del Cour Ovale (Patio Ovalado), incluyendo la Porte Dorée (Puerta Dorada), en su entrada sur.
Francisco I también invitó a Sebastiano Serlio y Leonardo da Vinci (a quien compró el retrato de Lisa Gherardini, (esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo) que es una pintura al óleo, pintada entre 1503 y 1506 sobre una tabla de álamo y retocada varias veces por el autor y cuyo nombre oficial es Gioconda (que traducido libremente quiere decir “alegre”).

Francisco I


La Gioconda es un cuadro de pequeñas dimensiones (77 X 53 centímetros); se exhibe actualmente en el museo del Louvre y es quizá la pintura más famosa del mundo aunque se ha promocionado con el absurdo nombre de Mona Lisa.

Lisa Gherardini del Giocondo


La Galería Francisco I, en Fontainebleau, con sus frescos hechos en estuco por Rosso Fiorentino, fue construida entre 1522 y 1540, siendo la primera gran galería decorada construida en Francia.
El Renacimiento fue introducido en Francia en el Palacio de Fontainebleau, por

Enrique II y Catalina de Médici, que contrataron a los arquitectos Philibert Delorme y Jean Bullant, con los que llevan a cabo una importante campaña de remodelaciones.



La Salle des Fêtes (Salón de Baile), fue decorada por los pintores italianos, Francesco Primaticcio y Niccolò dell'Abbate.



La "Ninfa de Fontainebleau", obra de Benvenuto Cellini, fue encargada ex profeso para el palacio, ahora está en el Museo del Louvre.



Al Fontainebleau de Francisco I y Enrique II, Enrique IV añadió el patio que lleva su nombre, el Cour des Princes (Patio de los Príncipes), la Galerie Diane de Poitiers (Galería de Diana de Poitiers) y la Galerie des Cerfs (Galería de los Ciervos), usada como biblioteca. Una "segunda escuela” de decoradores de Fontainebleau, menos ambiciosa y original que la primera, estuvo involucrada en estos proyectos.





Enrique IV perforó el parque forestal con un canal de 1200 metros, donde actualmente se puede pescar, y ordenó la plantación de pinos, olmos y frutales que todavía decoran el lugar. Su jardinero, Claude Mollet, con habilidades ya probadas en el Château d'Anet, ejecutó los proyectos.



{El Charteau d’Anet fue construido cerca de París, (en Dreux) como residencia de la amante del Rey Enrique II la célebre Diane de Poitiers}.

Diane de Poitiers

Siglos después el Palacio de Fontainebleau entró en decadencia hasta que Napoleón le rescata y comienza su transformación para ser un ejemplo de la ‘grandeza de Francia’ y como una alternativa a Versalles.

Modificando la propia estructura del palacio incluyendo la entrada para hacerla más ancha y majestuosa, Napoleón ayuda a hacer del Palacio el lugar que hoy podemos conocer.










Ahí, en Fontainebleau, Napoleón se despide de su Guardia Imperial y parte para el exilio en la Isla de Elba.




Muchos años después, El Palacio de Fontainebleau vuelve a ser escenario de un acontecimiento histórico, la rendición de los ejércitos nazi en 1945 tiene lugar en ese mismo lugar.


El Palacio de Fontainebleau es primoroso, no cabe duda alguna y fue escenario de diversos episodios de la historia de Francia, incluso la infortunada María Antonieta vivió en este lugar y aún se conserva-reconstruida- la recámara como ella la tenía mientras vivió.

Y si se compara esta recámara con la que ocupó Napoleón en ese mismo lugar, podemos apreciar como las diferencias eran en gustos, pero no en lujos.

Sin embargo, Versalles es otra cosa. Igualmente es un Palacio, y un palacio ‘a todo lujo’ según se entendía en ésas épocas, pero la dimensión y suntuosidad de Versalles no tiene igual en el mundo.
No es de extrañar que el pueblo francés, en una época de carencias generales y dispendios exagerados de la monarquía, se ‘rebele’ y busque el cambio en las injustas estructuras sociales.
No es de extrañar que en un momento dado, el pueblo francés, enardecido y harto de abusos y malos tratos, pero sobre todo de la ceguera y sordera de la realeza repudie a María Antonieta, como lo hicieron con otros miembros de la monarquía por el ‘desperdicio’ de comida y lujos, o cualquier otra causa mientras mucha gente moría de hambre sin lograr satisfacer sus más apremiantes necesidades.
Y así el 14 de Julio de 1879, el pueblo, levantado en armas ‘toma’ La Bastilla, dando inicio a la denominada Revolución Francesa.

Resulta curioso que los historiadores conmemoren la toma de la Bastilla, únicamente, cuando este fue tan solo uno de los sitios a los que los hoy denominados ‘revolucionarios’ acudieron ‘levantados en armas’, también lo hicieron en otras guarniciones y sitios de París, como el Palacio de las Tullerías, el Palacio del Louvre, Versalles mismo, y muchos otros lugares, aunque quizá no todos exactamente el mismo día.
Empero, así es la realidad de la historia, escrita en muchas ocasiones para mostrar un punto de vista o una postura ‘oficial’.
Versalles, como se expuso anteriormente, es otra cosa, un Palacio único, sin paralelo, construido sobre un coto de caza que tenía el Rey Luis XIII en la población del mismo nombre, situada más o menos a 17 kilómetros de París.
En 1575 Albert de Gondi, un hombre de Florencia que había llegado a Francia junto con los Medici, compró el Señorío de Versalles; de allí en adelante Versalles fue posesión de la familia Gondi, una familia de parlamentarios ricos e influyentes en el Parlement du París, y en varias ocasiones Gondi invitó al Rey a cazar en los bosques que en aquella época rodeaban Versalles.

En 1622 el Rey se hizo propietario de un coto de bosque en Versalles para su caza privada y en 1624 adquirió un pedazo de terreno mayor, ordenando a Philibert Le Roy construir allí una pequeña casa "el castillo del caballero" de ladrillos rojos de piedra y una azotea de pizarra roja.

Tarde o temprano, el rey obtendría el Seigneury du Versailles totalmente.

El coto de caza o castillo del caballero, fue ampliado entre 1632 y 1634 y a la muerte de Louis Treizième en 1643 el pueblo tenía 1,000 habitantes.

El futuro Rey Luis XIV, su hijo, tenía sólo cinco años.

Fue entonces 20 años más tarde, en 1661, cuando Louis XIV comenzó su propio reinado, que el joven rey mostró interés en Versalles.



La idea de dejar París, provocada por insurrecciones y problemas que ‘importunés’ (molestaban) al Rey no le había abandonado y es entonces cuando comisiona a su arquitecto Le Vau y su arquitecto de paisaje Le Nôtre para transformar el castillo de su padre, así como el parque, para acomodar al tribunal.

En 1678, después del Tratado de Nimega, el Rey decidió que el tribunal y el gobierno serían establecidos permanentemente en Versalles, lo que sucedió el 6 de mayo de 1682.

En esa forma, a la que se puede calificar de capricho personal, Luis XIV decide mover el gobierno de Francia a Versalles, y con el perdón de ustedes amables lectores, si eso no es un gasto innecesario o un dispendio absurdo, no se que otra cosa pueda merecer tal calificativo.

Claro, la posteridad quizá se lo agradece porque hoy por hoy, Versalles recibe entre 2 y 5 millones de visitantes al año, y todos ‘gastan’, todos representan ingresos

para el gobierno francés.






Uno de los factores que contribuyen a la suntuosidad de Versalles son sus dimensiones, pues todo en Versalles tiene una escala enorme, majestuosa, insultante.

Además de esa suntuosidad, se establece otro punto de enorme ostentación en todo el decorado, demostración patente de enorme riqueza, de recursos económicos prácticamente inagotables; esa es la impresión que cualquiera recibe y que indudablemente fue procurada y buscada para halagar la vanidad de Luis XIV.

Baste ver como están hoy día, los aposentos reales, el Salón de los Espejos, algunas de las antecámaras, las escaleras, la Capilla Real y otras habitaciones sin mencionar los hermosos y enormes jardines, fastuosas fuentes y todo lo que conforma Versalles para recibir esa impresión de lujo y suntuosidad como pocos lugares la transmiten.

Salón de los Espejos



Antecámara del Rey



Antecámara de la Reina



Escalera de los Embajadores



Escalera del Rey



Escalera de la Reina



Capilla Real





Fuentes y jardines de Versalles

De cualquiera de las maneras que se vea y de la impresión que Versalles produzca es indiscutible que es un lugar único y distintivo y que siempre permanecerá en la memoria de quienes lo hayan visitado.

Sin embargo, empero y no obstante, no dejan de ser edificios, construcciones, obras, y aunque tienen valor intrínseco, tienen otro valor muy superior agregado por

las personas, hombres, mujeres y niños que vivieron en esos lugares y que han contribuido a que estos lugares sean mucho más que sitios históricos (ahora turísticos y comerciales) y se hayan convertido en ‘leyenda’ o ‘legendarios’.



Luis XIV, y el Cardenal Richelieu, proporcionaron parte de ese valor agregado, al igual que muchos otros personajes, mujeres, esposas y amantes, cortesanos y cortesanas, artistas, escritores, poetas y juglares proporcionaron las historias que alimentan la leyenda de Versalles.

Luis XIV Richelieu

Otros Reyes de Francia, Napoleón, Josefina, Mariscales, Generales, soldados, sirvientes, ‘civiles’ destacados, etc., proporcionan otro valor a la leyenda de Fontainebleau.

Napoleón I Josephine



Enrique VIII, Ana Bolena y una serie muy variada de personajes otorgan su valor a Hampton Court.

Enrique VIII Anne Boleyn

No se debe separar a la gente del marco en el que se desarrollaron eventos que tuvieron trascendencia para los destinos del mundo entero, se puede, y es válido hacerlo pero las obras, las acciones de los seres humanos no se realizan en el vacío, sino en el mundo material de acuerdo a las circunstancias en que se presentaron los acontecimientos y si bien, muchos de esos acontecimientos son provocados u originados por los mismos protagonistas, resulta incompleto no relacionarlo con el marco histórico y geográfico en el que ocurrieron y es por eso que ‘el hubiera’ no existe más que en la imaginación, más no en la ‘vida real’.

Si Napoleón no hubiera invadido Rusia en pleno invierno, los resultados hubieran sido diferentes, si Enrique VIII no hubiera querido un heredero varón ‘a costa’ de lo que fuera, la historia sería diferente.

Eso es una explicación válida, una especulación permitida, pero no una realidad.

Si Luis XIV no se hubiera encaprichado con Versalles, otra cosa sería.

Cierto también, pero irreal, utópico, especulativo.

Hay cierto tipo de especulaciones, cierto tipo de ‘hubiera’ que es válido asumir, y que en algunas ocasiones pueden proporcionar una explicación más o menos razonable, mas o menos válidas, pero que no dejan de ser especulaciones.

Por ejemplo, por una tradición malsana se estableció la masculinidad de los Reyes como requisito para reinar, y la historia nos muestra muchos ejemplos de ello, quizá los más conocidos son los referentes a Enrique VIII en Inglaterra y el mismo Napoleón Bonaparte en Francia.

La ‘obediencia y obligatoriedad’ de ‘tener’ un heredero masculino fue causa de conflictos increíbles y al fin de cuentas, ninguno de los dos pudo tener ese tan ansiado y obligatorio heredero.



Enrique VIII engendró a Isabel con Ana Bolena, pero fue ‘ilegítima’, Napoleón, a Napoleón Francisco José Carlos, hijo de María Luisa de Austria, segunda esposa quien vive 21 años, pero nunca ‘hereda’ la Corona de su padre aunque comparte su tumba en Les Invalides.







Enrique VIII muere en 1547, el trono pasa a su hijo Eduardo VI, (medio hermano de Isabel y de María Tudor) quien a su vez muere en 1553, María Tudor sube al trono en contra de la opinión general y se casa con Felipe de España (futuro Felipe II), pero en 1558, María Tudor fallece, siendo Isabel nombrada Reina de Inglaterra.

¿Cuántos Reyes y Reinas tuvieron este problema? Bien a bien no se sabe, ni vale la pena averiguar, pero si se sabe que en ninguno causó tantos problemas como con Enrique VIII de Inglaterra, quien no solamente ‘destrozó’ su reino por la búsqueda insensata de un heredero, sino que ‘se deshizo’ de sus seis ‘esposas’ y creo conflictos internacionales de inconmensurables consecuencias.

Con Napoleón, esa búsqueda no tan insensata, pero si absurda, hizo que perdiera a su talismán (Josephine), e hiciera uno más de los miles y miles ‘matrimonios de conveniencia’ que se usa entre gobernantes y monarcas, esta vez, con María Luisa de Austria, (matrimonio que tampoco ayudó mucho cuando Napoleón es derrotado en Waterloo).

En nuestros tiempos quizá los más celebres matrimonios por conveniencia, que tampoco resultaron, fueron el de Aristóteles Onásis y Jaqueline Bouvier, y el del Carlos, Príncipe de Gales y Diana Spencer.



Queda muy claro que ‘el matrimonio’ es una institución que tiene un significado para la ‘gente común y corriente’ y otro muy diferente para los gobernantes.

Sin embargo, no deja de ser una institución ‘cultural’ con festones de religión y hay muchas culturas en donde los matrimonios son concertados con mucha anterioridad a que los protagonistas tengan la edad requerida para casarse, y otras en que es la costumbre el que los padres ‘arreglen’ los matrimonios con o sin el conocimiento o aprobación de sus hijos.

El concepto católico de que el matrimonio debe ser ‘por amor’ y ‘para siempre’ día a día va cayendo en desuso, el ‘para siempre’ ya no es el principio rector, y ‘por amor’ tiene otros significados a pesar de prédicas y castigos; el ‘vínculo indisoluble’ ha resultado ser mas soluble que el agua misma.

Las complejidades de la vida moderna han convertido al matrimonio en una ‘institución desechable’.

Empero, ya nos hemos desviado bastante del tema central y al retomarlo no podemos dejar de considerar otro palacio cuya historia es muy interesante y que también influyó en un gobernante, precisamente en el Rey Enrique VIII de Inglaterra; el inmueble de referencia es Hampton Court.




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