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Verlag Hans Carl, Nürnberg Título del original alemán: alchymie und heilkunst


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Verlag Hans Carl, Nürnberg

Título del original alemán: ALCHYMIE UND HEILKUNST
© para la lengua española: Luís Cárcamo, editor Primera edición 1981
Traducido por Manuel Algora Corbí
Depósito Legal M 10461 1981 ISBN 84 85316 53 3
Impreso por L. Cárcamo

San Raimundo, 58

Printed in Spain

INDICE

Prefacio……………………………………………………. 2

Advertencia ………………………………………………. 5

Alquimia y Medicina ……………………………………... 6

Relaciones Alquímicas …………………………………… 31

Yatroquímica ……………………………………………… 40

E1 misterio de la curación ………………………………… 52

El fuego secreto y el espíritu del vino, secreto de los adeptos 55

Encuentro primordial de Goethe…………………………… 76

Apéndice ……………………….. 84


PREFACIO

Conociendo la recuperación de interés que ha suscitado la litera­tura alquímica desde hace veinte años, puede uno asombrarse de que la obra de Alexander von Bernus Alquimia y Medicina no haya encon­trado en Francia la audiencia que merece1.

En las múltiples publicaciones de los últimos decenios, solamente lo han citado cinco o seis autores en su bibliografía, mientras que la mayor parte de los otros hacían como que le ignoraban.

Esta actitud de indiferencia no es fortuita. Hay ahí algo del fe­nómeno del rechazo que se manifiesta en los injertos quirúrgicos. La obra de Bernus sacude bastante rudamente el confort intelectual de las otras escuelas alquímicas, y remite a su justo lugar a los comentaristas que se inflan a palabras en menosprecio de toda realidad.

La realidad alquímica en toda su amplitud, pocos autores la han cernido tan de cerca como Alexander von Bernus. El habla a menudo del Artista experimentado en el fuego. El mismo, con cuarenta y cinco años de presencia ininterrumpida ante su horno, fue el modelo ejem­plar de ello. ¿Cómo podrían prevalecer simples opiniones ante esta suma de experiencia?

El prejuicio más frecuente que se le opone sostiene que ha traba­jado por las vías de la espagiria, en beneficio de la medicina. Al decir de los buenos autores, una y otra no serían sino adjuntos del Gran Ar­te, e insuficientes para conferir la Maestría en este dominio...

Se invocará, sin embargo, aquí la autoridad de un adepto, cuya cua­lidad de maestro no es discutible: Basilio Valentín, en Las doce claves de la filosofía. En su apéndice dice:
"Al comienzo... ningún azogue es útil, pero... del mejor metal, por arte espagírico, viene nuestro azogue puro, sutil, claro,... trans­parente como el cristal y sin grasa alguna. "
Y con anterioridad, en su prefacio, había informado al lector del origen de su vocación:
"Tenía en mi monasterio un hermano al que atormentaba el dolor nefrítico. El había consultado a muchos médicos y, no recibiendo de ellos asistencia eficaz,... ofrecía su vida a Dios. Emprendía la anatomía de las hierbas... ellas no eran lo bastante activas en su grado para que curasen este mal. Me puse. . . también a seguir esta ciencia fundamental que el Creador había ocultado en los metales y las mi­nas de la tierra... Entre todas estas cosas, tomé un mineral... que es de grandísima eficacia en el arte. Para ello extraje una esencia espiri­tual y ésta restableció a mi hermano enfermo a su salud de antaño...

Y así, por este tratado, he querido indicarte y abrirte la Piedra de los Antiguos, que nos viene del cielo, para la salud y la consolación de los hombres en este valle de miserias. . . "
Después de eso, ¿quién osará todavía sostener que la espagiria no es la antecámara de la alquimia, ni la medicina uno de sus fines?

Es ahí donde la obra de Bernus fastidia a los especuladores y los hacedores de fábulas, pues es el único, frente a la práctica, en haber puesto las cosas en su punto, sin escamoteos ni concesiones.

La separación entre la alquimia de una parte, y la espagiria y la química de otra, ha sido consagrada por Fulcanelli, por uno de estos equívocos a los que está acostumbrado, repetido a coro por sus diver­sos discípulos. A partir de una cierta materia primera, que permanece sumamente misteriosa pese a las indicaciones que la rodean, la obra se lleva a cabo sola o casi, sin adición ni sustracción, por disolución y coagulación, inhibiciones, digestiones, circulaciones, etc., y, en fin, por cocción cerrada en el huevo filosófico y multiplicación espontánea.

En un sentido, eso no es química...

Es cierto: pero no lo es sino para la última fase del trabajo, cali­ficada obra de mujer y juego de niño.

Antes de esta etapa está la preparación de la materia primera, que es un trabajo de Hércules, pero sobre eso todos los autores modernos, menos Bernus, son mudos, y ello da mucho que pensar. . .


Pues esta materia primera no debe ser entendida en el sentido ac­tual de material bruto o someramente elaborado. Este "guijarro", su­poniendo que sea uno, no se encuentra bajo la pezuña de un caballo o el pico de un minero. Es un trabajo de larga, larga preparación, en donde entran por avance todos los elementos que se manifiestan en la obra, el fuego, el aire, el agua, la tierra, que devienen (azufre, sal, mercurio, o alma, cuerpo, espíritu), y después dos, y después uno, pero depurados anteriormente y conducidos por tratamientos espagí­ricos al grado de sutileza necesario para entrar en el compost primiti­vo (tradúzcase: el compuesto inicial).

Para nuestro conocimiento, ningún autor contemporáneo, e inclu­so desde el siglo XVIII, ha arrojado una luz semejante sobre las "cla­ves primeras" de la alquimia. Hay que remontarse a la alta escuela clá­sica de la alquimia medieval, Raimundo Lulio, Alberto Magno, Roger Bacon, etc, para encontrar su equivalente. Mas, ¿quién puede leerlos todavía, en el espíritu de su siglo, evidentemente?

El insigne mérito de Alexander von Bernus fue el de remontarse a esta fuente sin maestro y sin precursor. El ha renovado una cadena interrumpida desde hacía varios siglos, que es la gran tradición de la alquimia alemana; mas para comprender la amplitud de su obra hay que remontarse a su origen.

Sus ancestros, hugonotes delfineses, emigraron de Francia en tiempos de la Reforma y se fijaron en el valle del Rhin, donde estable­cieron negocios prósperos.

Su abuelo, senador de la villa libre de Francfort y ennoblecido por el Gran Duque de Bade, se había desposado con una sobrina del consejero Friedrich Schlosser, él mismo emparentado con Goethe.

Alexander von Bernus nació el 6 de febrero de 1880 en Lindau, sobre las orillas del lago de Constanza. Pasa la primera parte de su ju­ventud cerca de Heidelberg, en un antiguo claustro benedictino, el Stift Neuburg, del que los Schlosser habían hecho una residencia y un centró artístico. Es ahí que la Alemania romántica hace su tertu­lia en el siglo XIX. Carl Maria von Weber ha compuesto ahí el Freis­chütz. Innumerable recuerdos personales de Goethe se encuentran ahí reunidos, dando al claustro durante un siglo el valor del primer museo Goethe de Alemania.

El joven Bernus, en este marco, no puede pensar más que en lite­ratura. Entre los veintidós y los veinticuatro años, producirá tres co­lecciones de poesía.

En 1902, parte para Munich a estudiar la filosofía y la literatura; traba ahí  conocimiento con Stephan Geürg, Rilke, Thomas Mann, y se liga con otros jóvenes autores para reconstituir un Sclrattenspiel (teatro de sombras) resucitado del siglo XVIII, en donde crean sus propias obras.

Mas la ligereza de esta literatura, aunque fuese romántica, no le satisface plenamente. Sueña con un acercamiento más profundo a los arcanos del pensamiento.

La ocasión de ello le es dada en 1913, por el encuentro con Rudolf Steiner, que acaba de romper con las logias teosóficas alemanas y de fundar su Antroposofía. Eventos personales y una común admiración por Goethe los acercan. La dimensión filosófica de las concepciones de Steiner suscita en Bernus una vocación de esoterista convencido. Tiene treinta años y no vacila en retornar a la universidad, durante tres años, a estudiar química y medicina, de las que conserva el bagaje, pero rechaza el racionalismo, demasiado estrecho para él.

En 1921, funda en Stift Neuburg un laboratorio de preparaciones médicas espagíricas, pero en 1926 el claustro vuelve a sus antiguos propietarios, los benedictinos, a consecuencia de un acuerdo con la abadía de Beuron.

Bernus transfiere entonces su instalación a Stuttgart, y coloca su empresa bajo la doble invocación alquímica del sol y de la luna, al llamar al laboratorio: SOLUNA.

A partir de este momento, en una vida exclusiva y sin desperdicio, prosigue una triple carrera: 1) continúa su obra literaria (que contará en total una cincuentena de volúmenes); 2) hace rotar su laboratorio, de donde saldrán veintinueve preparaciones médicas espagíricas re­constituidas en línea recta con los formularios de Paracelso; 3) desci­fra por decenas (quizá por centenas) las obras antiguas de la literatura alquímica y espagírica alemana, que son con mucho las más numerosas del mundo.

Mientras tanto, la persecución del siglo, que no respeta a ningún "hombre de luz", se abate sobre él. Por sus adhesiones esotéricas, cae en la inquisición nazi, se le prohíbe la publicación, y sus obras son ma­chacadas. Su laboratorio, que el furor político ha salvado por su utili­dad a través de la penuria, es destruido durante un bombardeo de Stuttgart en 1943.

¡Pero él ya ha hecho de las suyas! Su intuición ha previsto la tor­menta. Ha reconstituido ya un asilo de recambio desde el comienzo de 1a guerra, en una pequeña ciudad al borde del Danubio, en el corazón de la Baviera: Donaumünster.

En 1945, es indemnizado de los tormentos del pasado por su elec­ción en la Academia Literaria Alemana de Darmstadt.

Y su obra continúa... hasta una cierta noche de marzo de 1965, en la que, a la edad de ochenta y cinco años, abandona el plano terrestre para acceder a las esferas del espíritu al que no ha cesado de solici­tar toda su vida por la poesía y la reflexión esotérica.

Desde su desaparición, ha encontrado un biógrafo minucioso en la persona del doctor Schmitt, director honorario de la Biblioteca de Estado de Karlsruhe, quien lo ha hecho conocer en las villas uni­versitarias alemanas por medio de una exposición itinerante de ob­jetos y de documentos ligados a su vida, acompañada de un volumino­so catálogo: Alexander von Bernus, Dichter und Alchymist ("Alexan­der von Bernus, poeta y alquimista") (*). Todo lo que se pueda desear saber a este respecto se encuentra ahí recogido.

El laboratorio, por su parte, funciona como en los mejores días, gracias a la fidelidad espiritual y a la perseverancia de su viuda Isa von Bernus.

Frente a una obra literaria voluminosa, Alquimia y Medicina es el único mensaje de la asombrosa práctica que Bernus ha adquirido en este laboratorio. Tras una primera aparición en 1936, la versión alema­na definitiva fue establecida en 1948. Esta obra constituye una suma de conocimientos y de informaciones única en su género. Rechaza rá­pidamente al lector superficial que busca en la alquimia una fuente fácil de habladurías paradójicas; pero, para los buscadores pacientes y atentos, que saben del precio del trabajo, será una guía irreemplazable.


Alexis Maleg

ADVERTENCIA
Los siete ensayos reunidos en esta obra constituyen un todo. El autor es consciente de haber ido mucho más lejos de lo que lo había he­cho antes que él ningún testigo informado, en la divulgación de la rea­lidad alquímica y del secreto que los Adeptos han preservado en todo tiempo, no desvelándolo nunca de otro modo que no fuera por la alu­sión cifrada del lenguaje simbólico. Levantar completamente el velo sería comprometer la salvación, pues lo revelado en estas páginas con­ducirá hasta el pórtico del templo hermético al que se encuentre so­bre la buena vía. Y  si ha podido avanzar hasta ahí y sus astros lo de­ciden así  también penetrará en el santuario. Pero el autor se propone mostrar antes que nada que  por oposición a la química moderna, a la que su cualidad de disciplina científica vuelve esencialmente tributaria del tiempo  la alquimia es una concepción del mundo cosmogenético; se propone, pues, presentar la alquimia bajo su verdadera luz, y probar su autenticidad por sus efectos prácticos.
ALQUIMIA Y MEDICINA
El que se arriesgue a sondear a la Naturaleza en su abismo, debe pri­mero recordar cuál es del hombre el origen.

Alexander von Bernus



La alquimia ante la ciencia materialista de entre las dos guerras

El interés manifestado por las ciencias marginales, en el curso de los años que han precedido a la guerra 1914   1918, no ha cesado de aumentar, pese a todos los obstáculos encontrados durante el perío­do 1933   1945. La física y la biología han conducido a concepcio­nes enteramente nuevas. Las leyes que la generación precedente tenía todavía por irrefutables se han revelado caducas, y el espíritu libre, al que nada podrá encadenar jamás, se encuentra ante un nuevo punto de partida. Todavía a principios de siglo nadie habría osado hablar seria­mente de la astrología  por lo menos en Alemania  sin comprometer para siempre su reputación escolar; hoy en día, parece del todo natu­ral hacerlo. Y lo mismo ocurre con la grafología, la quirología, la ra­diestesia, la iridología y con todas las otras disciplinas conexas. La concepción materialista de la naturaleza era la única que reinaba so­bre los espíritus a finales del siglo pasado. En las universidades  es­tas fortalezas del pensamiento y de la enseñanza materialistas  con­serva todavía su poder, incluso si ha debido renunciar a la mayor parte de sus apoyos. Se halla, en primer lugar, el cuerpo médico formado en las facultades, que lucha por todos los medios de que dispone para mantener su vacilante hegemonía. Y, sin embargo   ¿o es ésta precisamente la razón?  la primera brecha seria en los métodos y en la con­cepción materialista fue abierta justamente en el dominio de la medi­cina. En efecto, en el curso de los cuatro o cinco últimos decenios, la medicina ha beneficiado amplísimamente a la ciencia de disciplinas heréticas. Sin apuro alguno, ha asimilado discretamente esta herencia, para renegar de su origen una vez llevada a cabo la asimilación. La "cura por el agua" de Kneipp y las sugestiones de Louis Kuhn se en­cuentran en el origen de los procedimientos hidroterápicos universal­mente reconocidos hoy en día; toda la dietética encuentra su origen en la medicina naturista, y en una concepción "natural" del organis­mo humano; la isopatía es poco más o menos un vástago de la homeo­patía, pues combate las enfermedades infecciosas por vacunas espe­cíficas, es decir, por las substancias producidas por la misma afección; la sueroterapia, igualmente, inmuniza con la ayuda de sueros cargados de antitoxinas. Pero, sobre todo, los diversos alcaloides y extractos de plantas no son sino los sustitutos insuficientes de las antiguas tisanas y tinturas vegetales, ya que los constituyentes aislados, arrancados de su conjunto orgánico, son privados de sus fuerzas curativas vivien­tes (vitaminas). Las vitaminas sintéticas de la industria farmacéutica moderna no reemplazan a las vitaminas naturales, aunque puedan ser indispensables al organismo en períodos de carencia. No es menos cierto que la antigua fitoterapia se encuentra así adoptada de nue­vo, bien que sea bajo una forma artificial. Podríamos multiplicar estos ejemplos. Nada justifica, pues, la pretensión de la medicina mo­derna que se atribuye demasiado exclusivamente el éxito de sus re­cientes adquisiciones. No es cuestión de discutir la seriedad y encarni­zamiento de su voluntad e investigación, pero la orientación de esta medicina es demasiado limitada. Sólo la cirugía constituye una excep­ción: sus consecuciones técnicas son convincentes  precisamente por­que son exclusivamente técnicas  y, en la medida en que permanece dentro de sus propios límites, puede depositarse en ella una plena con­fianza. Para conseguir su objetivo, la cirugía debe, no obstante, contar con la colaboración entera del patologista, quien pone a su disposición todos los medios de la hematología, de la serología, de la bacteriolo­gía, de la química biológica, de la toxicología y de la anatomía patoló­gica, como es el casó en nuestros días en los laboratorios de los gran­des hospitales, sobre todo en América. Pero en lo que concierne a las afecciones internas, inaccesibles al bisturí, comenzando por la gripe, el médico sigue estando aún más o menos desarmado, a pesar de los antibióticos, y las  sulfamidas, a menos que apele a los métodos tera­péuticos "naturales". ¿Hay que asombrarse si, en estas condiciones, el individuo aislado  y el conjunto de los individuos que compo­nen la comunidad nacional  se vuelve cada vez más hacia las terapéuticas no oficiales, trátese de naturismo, de "bioquímica", de homeo­patía o de medicina espagírica?.

El médico no alópata juicioso no deberá, naturalmente, caer en el error de querer curarlo absolutamente todo por un solo y mismo mé­todo, como lo hacen los fanáticos del naturismo ortodoxo, que recha­zan por principio el empleo de todo medicamento. Así, por ejemplo, la "bioquímica" no es lo suficientemente amplia como para bastar a todas las necesidades; la homeopatía y la homeopatía compleja, por su parte, presentan a buen seguro sobre las otras disciplinas la ventaja de englobar el conjunto del arsenal fármaco químico, pero su materia mé­dica comprende una tal riqueza de remedios que el practicante más ad­vertido corre el riesgo de un error de indicación. Más aún, sin ser mate­rialista, puede estimarse que las diluciones elevadas no convienen en todos los casos, incluso si pueden ser indicadas en ciertos estados cróni­cos y para naturalezas sensibles.


La medicina espagírica
Queda por ver la medicina espagírica. En Alemania no cuenta aún sino con un número relativamente limitado de partidarios, comparada con la "bioquímica" y la homeopatía, bien que haya recobrado un nuevo prestigio bajo el impulso del autor, después de la primera guerra mundial. Y, sin embargo, la medicina espagírica  al menos la verdade­ra  es una terapéutica que engloba y sobrepasa tanto la "bioquímica" como la homeopatía compleja; en efecto, reúne, por una parte, el con­junto del arsenal medicamentoso de estos dos métodos y, por otra par­te, gracias al tratamiento espagírico, aporta al organismo enfermo bajo una forma abierta, y por lo mismo asimilable, los ingredientes que ne­cesita. Esto es particularmente cierto de los metales, de los metaloides y de los minerales. Por lo que respecta a las plantas medicinales, cua­lesquiera que sean, no es ventajoso, ni siquiera recomendable, someter­las al tratamiento espagírico, es decir, al procedimiento de fermenta­ción. En efecto, este tratamiento hacer perder más o menos a un gran número de estas plantas sus constituyentes más activos. Sin duda, un laboratorio conocido y estimado de la Alemania del sur justifica su derecho a llamarse "espagírico" precisamente porque aplica este mé­todo de tratamiento a las plantas medicinales, mientras que para las substancias metálicas y minerales no procede de modo distinto a los laboratorios alopáticos y homeopáticos, es decir, los añade al remedio, en su estado bruto, sin ningún tratamiento anterior. Este laboratorio reclama para sí, por otra parte, la autoridad de Juan Rodolfo Glauber, lo que sólo tiene fundamento parcialmente, pues es Glauber mismo el que subraya con insistencia en su Pharmacopea spagyrica: "No hay muchos vegetales que tengan necesidad de esta corrección, de suerte que se les puede preparar per se en sus esencias. "

Seguimos compartiendo esta opinión de Glauber y quisiéramos todavía precisarla, enunciando el siguiente principio: sólo las hierbas medicinales tóxicas, tales como Conium maculatum (cicuta), Nux vo­mica (nuez vómica), Semen strichnü, etc., tienen necesidad del trata­miento espagírico, mientras que, por ejemplo, ninguna de las plantas medicinales no tóxicas que encierran principios amargos, como Cheli­donium  (celidonia), Lignum Quassiae, Taraxacum (diente de león), Ci­chorium intybus (achicoria amarga), etc., debe ser privada de este constituyente amargo por una fermentación, que estaría aquí del todo contraindicada.¿No enseña acaso la ley "similia similibus curantur" que, en las afecciones del hígado y de la vesícula biliar, es precisamen­te el principio amargo el más eficaz? Lo mismo sucede con muchas otras sustancias amargas y alcaloides que, conservadas en su conjunto orgánico, en tanto que parte integrante de la planta entera, poseen una elevada virtud terapéutica; importa, pues, evitar en toda la medida de lo posible eliminarlas en la fermentación.

No es menos cierto que las tinturas vegetales corrientes (extractos alcohólicos de plantas medicinales), que son las tinturas madre oficina­les de los alópatas, así como de los homeópatas (la extracción es, todo lo más, un poco más prolongada y mejor conducida entre los últimos), serán juzgadas insuficientes por el espagirista. Estas tinturas no contie­nen, en efecto, ni las sales que convendría extraer posteriormente, ni sobre todo los aceites esenciales de la planta, mientas que sales y acei­tes esenciales juegan un rol primordial y a menudo determinante en la acción de conjunto armonioso de la planta medicinal.

Mas, ¿por qué seguir a un autor tardío y ya considerablemente alejado de las concepciones de una alquimia auténtica, como Juan Ro­dolfo Glauber, cuando se puede proceder directamente de Paracelso?

Se encuentra el más perfecto método de preparación de las plan­tas medicinales, cualesquiera que sean –a excepción de las plantas tó­xicas que deben ser sometidas a la fermentación– en la Archidoxias de Paracelso, en el capítulo titulado: "De Magisteriis". He aquí tex­tualmente la indicación:
Los magisterios de las plantas: "Pero las hierbas y sus semejantes deben ser primero tomadas, maceradas y podridas en un agua de vida durante un mes; destílalas luego al baño maría, vuelve a añadirla y procede como anteriormente hasta que la cantidad de agua de vida sea reducida a un cuarto del jugo de las plantas; redestila el producto al baño maría durante un mes, añadiéndolo de nuevo a las plantas, se­para, y poseerás un magisterio de la hierba que desees. "

La "apertura" de los metales, metaloides (marcasitas) y minerales por el procedimiento espagírico plantea, es verdad, arduos problemas, y el que no haya ejercido primero su comprensión de la alquimia por la frecuentación de maestros más accesibles, no encontrará jamás la clave del laboratorio y de las prescripciones de Paracelso.

Reproducimos, no obstante, del mismo libro de las Archidoxias, las indicaciones para la preparación de los magisterios de los metales:

El magisterio a partir de los metales: "Toma el circulado bien pu­rificado y en su más elevada esencia, y por dentro el metal de tu elec­ción, en hojas o en limaduras, batido y limpiado para que devenga lo más puro y sutil que sea posible; mezcla los dos según su justa propor­ción y deja circular durante cuatro semanas; en esta mezcla, las lámi­nas devienen un aceite, coloreado según la naturaleza del metal, que sobrenada como una grasa. Separa a continuación este aceite per attractorium argentum y. tendrás el oro potable y la plata potable. Lo mismo para los otros metales: se pueden beber y tomar sin perjuicio. Dejémoslo ah í; hemos dicho lo suficiente para el que comprende. "


El secreto oculto en la espagiria
En esta última frase: "Dejémoslo ahí; hemos dicho lo suficiente para el que comprende", Paracelso indica sin ambigüedad que esta prescripción no es accesible más que a quien ya posee la llave del labo­ratorio oculto de los Adeptos, clave secreta del arte espagírico en general, cuyo empleo es indicado aquí para la preparación de los po­tentes arcanos metálicos.

"Toma el circulado bien purificado y en su más elevada esencia": aquí se esconde el raro y misterioso tesoro que hay que desenterrar para merecer el acceso al territorio alquímico, los derechos del ciuda­dano del imperio de Hermes.

¿Qué eran, pues, estos Circulata (el Circulatum majus y el Circu­latum minus), este Temperatum, esta Aqua solvens de Paracelso? Tan sólo el Alkahest, el gran disolvente, eternamente buscado, celebrado bajo los nombres más diversos: el famoso "espíritu de vino secreto" de Raimundo Lullio y de los Adeptos.

Nada ha sido nunca recubierto de un velo de misterio más espeso por los maestros del hermetismo que este disolvente, y ellos han ame­nazado de muerte y de anatema a quienquiera que lo desvelara al pro­fano y entregara así el secreto preservado desde hace milenios.

Hace siglos, cuando la Tradición todavía estaba viva, era ya una empresa casi vana para un no iniciado querer acercarse a este miste­rio cosmofísico al que Jacob Boehme llama mysterium magnum. ¡Cuánto más desamparado no se encontrará el buscador contemporáneo –incluso si ya está preparado– ante esta puerta cubierta de ins­cripciones misteriosas!.

Los antiguos maestros de la alquimia utilizaban términos de tal forma velados que se tenían que haber consagrado numerosos años al estudio de la cuestión para simplemente familiarizarse con su len­guaje; sus más importantes revelaciones se expresan generalmente por la vía de las imágenes y de los símbolos. Y cuando, por un laborioso esfuerzo, se aproxima uno a su concepción del mundo; se deviene ver­daderamente modesto y se reconoce no haber siquiera franqueado el pórtico. Pero se experimenta entonces tanta más indignación respecto a los que, tras haber únicamente rozado este dominio, o incluso no ha­ber sino entrevisto sus fronteras, se permiten juzgar de él con soberbia, en la estrecha perspectiva de una ciencia positivista, condicionada por la época.

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