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Venezuela: identidad y ruptura angel Bernardo Viso, 1983 La crisis


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VENEZUELA: IDENTIDAD Y RUPTURA


Angel Bernardo Viso, 1983

La crisis


Es necesario detenernos ahora ante un hecho determinante de la forma de nuestra vida actual y al cual hemos calificado de cataclismo. Nos referimos, por supuesto, a la Independencia.

Si analizamos de nuevo nuestra conciencia a propósito del proceso que llevó (o más bien nos trajo) a la Independencia de España, nos daremos cuenta de que ese proceso nunca ha sido cuestionado, pues forma parte de una verdad transmitida a nosotros con carácter sagrado, no menos categórico que el atribuido por la doctrina cristiana al Nuevo y al Antiguo Testamento. Con una diferencia, por cierto muy importante para quienes tenemos corrosivas tendencias heréticas: mientras los dogmas cristianos están limitados en su formulación y en su número, los guardianes del templo republicano mantienen intacta su ciudadela y ésta pretende regir todos los aspectos de nuestra vida. Por cierto, ese carácter sagrado de su sistema contrasta con la libertad que se tomaba el inca Garcilaso desde su monasterio cordobés para dejar constancia del injusto proceder de muchos conquistadores; e igualmente contrasta con el universo crítico de los teólogos españoles, que todo lo cuestionaron a propósito de la Colonización y de la Conquista.

No es nuestra intención asediar esa ciudadela, sino situarla en relación con nuestra vida, tratar de comprender por qué las verdades republicanas tienen un carácter militante y guerrero, un espíritu de cruzada. Por eso interesa antes de nada indagar en la memoria cómo se nos presenta la Independencia.

Si al comienzo decíamos que el hecho inicial de nuestra historia era la tierra precolombina y su raza desconocida, la Independencia indudablemente es el hecho central de esa misma historia, no sólo porque todas las instituciones venezolanas están referidas a ella, sino porque, a los ojos de nuestros políticos y escritores, valorativamente todo palidece en comparación suya.

Que la Independencia sólo hubiera tenido sentido inicialmente para un cierto grupo social fue, no obstante, señalado en tiempo oportuno y por voces autorizadas. El propio Miranda, ya preso, calificaba la contienda de guerra civil. Sarmiento nos decía que en Argentina la revolución sólo había sido interesante e inteligible para las ciudades, mientras permanecía extraña y sin prestigio para los campos. Por su parte, Laureano Vallenilla Lanz hizo una demostración definitiva del carácter civil de la guerra, lo cual, como bien expresó dicho autor, en nada disminuye el mérito de los libertadores.

Las circunstancias anotadas, sin embargo, en modo alguno entran en el culto de la "iglesia" republicana, cuyo enfoque de aquel dramático proceso pretende es negar en la práctica las escisiones surgidas en nuestro propio seno, creando la imagen de un país ya existente y unido que alcanza mayoría de edad en una lucha coherente y racional contra un poder extranjero, tal como Grecia hubo de luchar para independizarse de Turquía, o Italia de Austria, o como, siglos antes, los rusos habían logrado liberarse de la Horda de Oro.

Dentro de ese enfoque, en primer término la Independencia es un movimiento de liberación contra la Opresión y la tiranía (las "cadenas" y el "yugo" del himno nacional) en el cual se quiere unir a todas las clases (el señor con el pobre que pide libertad desde su choza, en la letra del mismo himno) con un vínculo fraternal.

La Independencia aparece luego como una gesta heroica cumplida durante un tiempo prolongado por un grupo de hombres excepcionales, con caracteres parecidos a los de los semidioses de la antigüedad clásica, pues su conducta se proclama ejemplar y sus despojos mortales reposan en un panteón ("templo de todos los dioses").

En tercer lugar, la Independencia es una escuela para el porvenir ("seguid el ejemplo que Caracas dio" finaliza diciendo la letra del himno), en la cual el hombre al fin liberado predica la virtud y los consejos llenos de sabiduría de los libertadores.

Finalmente, la Independencia se nos propone como la fundación misma de la patria, siendo los libertadores justamente nuestros padres. Y junto con la patria, tiene su fundación nuestro propio ser, puesto que a partir de ese momento la identidad venezolana cambia radicalmente.

Así, la creación de Venezuela el 8 de septiembre de 1777, fecha en la cual la Corona sometió nuestras ciudades y territorios a una sola autoridad, hecho que nos recuerda Mario Briceño Iragorry pasa desapercibido para la mayoría, pues el pasado anterior al 19 de abril de 1810 sólo es considerado importante en la medida en la cual sea una preparación directa de lo ocurrido durante la Independencia, especialmente si se refiere a los caciques, considerados lejanos precursores. El resto de ese pasado pierde valor en sí mismo y palidece.

En cuanto al porvenir, el tiempo se encuentra detenido, ya que sólo consiste en ser fieles a los principios de la Independencia, como si hubiéramos perdido para siempre toda capacidad creadora. De manera tal que, si nos abandonamos, alguien resucita el espectro de los héroes y nos sobresalta, prometiéndonos una segunda Independencia.

Al considerar la Independencia como liberación de un yugo, aunque nuestro ardor patriótico pueda tener temperaturas muy elevadas, debemos hacer un esfuerzo mental muy grande para comprender la situación en la cual se hallaban los autores del movimiento independentista en Venezuela. En ningún otro país de América se pintó el pasado con colores más negros; y aunque entendemos la necesidad de hacerlo así si se pretendía reaccionar contra España, no es menos cierto que nuestra medida desbordó todo sentido de las proporciones, hasta el punto de oscurecer la visión de nuestra historia.

España, todos lo sabemos, vivía en aquel momento una de las circunstancias más trágicas de su accidentada historia, pues la abdicación de Bayona no fue sino una de las traiciones más grandes que ha habido jamás: el traicionado era todo el pueblo español y los traidores eran precisamente sus soberanos. Y la guerra popular española contra los franceses, también lo sabemos, fue una de las más atroces de la historia. Basta evocar, si hubiera dadas al respecto, "Los Desastres de la Guerra" del aragonés genial.

Ese estado de cosas era favorable para despertar un eco patriótico en los españoles de América, y de hecho así ocurrió. Sin embargo, debemos recordar que había un importante sector afrancesado en la sociedad española, para el cual los principios revolucionarios contaban más que su propia tradición. Y ese sector, que pudo ser calificado de traidor, es el antecesor directo del liberalismo español del siglo XIX, y de la República en el presente siglo.

En Venezuela, bien lo sabemos, el afrancesamiento alcanzó a esos espíritus inquietos que pronto se convertirían en nuestros libertadores Y ese hecho y otras razones a las cuales luego nos referiremos, llevaron a convertir en movimiento independentista lo que al inicio pretendía ser una manifestación de apoyo al legitimo soberano, el indigno Fernando VII.

Aunque lo sabemos hasta la saciedad, consideramos indispensable recordarlo porque sin duda en ese momento de oscilación en él alma de los criollos, entre mantener su lealtad a la corona o hacer camino aparte, si les hubiéramos preguntado por aquel pasado que hoy no cuenta para nosotros, hubieran seguramente respondido algo muy distinto de lo que luego pasaría a integrar la verdad oficial de la Venezuela independiente.

Esos hombres, a quienes hemos enterrado en el panteón de los héroes, tenían obviamente un pasado del cual, hasta ese momento, se habían sentido solidarios. Su pasado pudo ser bueno o malo (o probablemente ambas cosas a la vez), no importa; en cambio lo importante es señalar que a los ojos de la tradición republicana viva en nosotros, ellos nacen en cierto modo de sí mismos, como verdaderos seres sobrenaturales (como Manco Capac, enviado por el sol) y se levantan tantos codos por encima de sus antepasados que no podemos ver a éstos, ni queremos verlos, por la marcada desvalorización del pasado impuesta cuando triunfaron los partidarios de separarnos de España.

El triunfo de los patriotas no se alcanzó sino después de una contienda larga y sangrienta, en la cual ambos bandos no sólo recurrieron a las armas, sino a una lucha que sacudió las fuerzas sociales. Y ante los furiosos ataques de los partidarios de la unión con España, los republicanos, con una ferocidad no menos típicamente española, optaron por renegar de su propio pasado. Actitud en la cual convergían, a la vez los requerimientos dialécticos de la lucha, una ideología sinceramente impregnada del iluminismo francés, el interés de granjearse el apoyo de los ingleses y, sobre todo, la necesidad indispensable de solicitar la ayuda de las clases populares para que los sostuvieran en sus combates contra los realistas.

Pero, más allá de las causas de la Independencia estudiadas por la historia objetiva, suelen quedar en la sombra las fuerzas que trabajaban soterradamente el alma de los criollos. Es muy significativo que Miranda, en su hora decisiva nos recuerde con palabras fácilmente achacables a Lope de Aguirre, Gonzalo Pizarro o Francisco de Carvajal, lo poco que hicieron los soberanos españoles para merecer sus dominios americanos, ganados por los esfuerzos de los conquistadores. Más significativo aún, que el propio Bolívar alegue que los reyes españoles habían roto el pacto celebrado con los descubridores, pobladores y conquistadores, al no haber permitido a sus descendientes conservar las manos libres en los asuntos domésticos de América.

De esa manera, se asoma de nuevo el tema del resentimiento, esbozado en páginas anteriores. Ya Mariano Picón Salas había escrito que más de un aspecto de nuestra historia se aclaraba al recurrir a las teorías de Max Scheler. El bueno de don Mariano pensaba en Miranda y en Antonio Leocadio Guzmán, pero se quedaba corto, pues a la luz de esa lectura lo que está en juego es todo el proceso emancipador y no ciertas figuras, por importantes que sean. En efecto, sólo ese proceso de autointoxicación psíquica contribuye a explicar la posible envidia de muchos criollos en relación con el ser y existir de los peninsulares; esa envidia que acaso les hacía repetir en su interior la frase escrita por el filósofo germano: "Puedo perdonártelo todo, menos que seas y seas el ser que eres, menos que no sea lo que tú eres, que yo no sea tú". Ese antes llamado fuego larvado puede hacer inteligible la súbita explosión de odio contra lo español ocurrida durante nuestra revolución; mientras inexplicablemente, en ningún otro país de América, como antes dijimos, esa explosión tuvo los caracteres de prolongada violencia caracterizadores de la revolución venezolana. En principio, esa explicación debería ser dada por los sociólogos, a menos que pueda ser lograda por los historiadores, pues no deja de impresionarnos que en Argentina, donde la revolución de Buenos Aires no estuvo en ningún momento en peligro, haya habido una cierta tolerancia hacia los españoles mientras en Venezuela la situación fue justamente la contraria, la de una gran inestabilidad de la República y una enorme intolerancia recíproca entre patriotas y realistas. Así, el éxito obtenido entre nosotros por la España de la Colonia, al conquistar el alma de los pardos, parece haber contribuido a exasperar a nuestros patriotas, hasta el punto de llevarlos a condenar lo español con una vehemencia que a la larga sólo ha obrado contra sus descendientes.

Toynbee nos cuenta cómo los revolucionarios franceses, en su necesidad de combatir la aristocracia, recurrieron, como arma de guerra, al alegato de que esa aristocracia había tenido un origen germánico, mientras ellos, de origen burgués, representaban en su pureza al pueblo galorromano, de cultura superior a la de sus bárbaros invasores. Y nos cuenta también cómo uno de los nobles aludidos, el Conde de Gobineau, recogió el guante lanzado y, tomándolo al pie de la letra, demostró la superioridad de los germanos y se convirtió así en el primer expositor de la teoría que luego tendría menos inocentes adeptos.

Por desgracia, los patriotas no tenían a su alcance la dura lección de la historia; y si la hubieran tenido tampoco la habrían aprovechado, ya que en las situaciones revolucionarias no predomina la razón. Así, las admoniciones del Regente Heredia a la Junta de Caracas, fundadas en su intuición certera y en la experiencia de Haití, fueron desatendidas por los patriotas de la Primera República; éstos no podían entender que el desafío lanzado a los españoles corría el riesgo de ser recogido por los pardos y utilizado contra los mismos criollos, pues no era muy difícil que, con el correr del tiempo, los pardos descubrieran la identidad de intereses entre los criollos y sus ascendientes, los conquistadores culpables.

En el accidentado curso de aquella guerra, también los realistas utilizaron a las clases populares con eficacia, y la historia de las hazañas de Boves así lo demuestra. Sin embargo, a la larga, los republicanos resultaron mejores propagandistas, porque probablemente tocaron resortes más secretos del alma popular. En esa guerra psicológica, los realistas no tuvieron verdadero genio y los republicanos sí lo tuvieron. Y fue justamente en el terreno de la psiquis y no en el campo militar donde se ganó la guerra a favor de la República, por muy gloriosas que hayan sido aquellas batallas. El resultado fuera otro si las almas de los soldados republicanos (muchos de los cuales habían sido realistas en un comienzo) no hubieran sido ganadas de antemano y si las almas de los realistas no hubieran sido convencidas de estar luchando por una causa perdida.

El verdadero genio de aquella guerra fue precisamente Bolívar, quien en el terreno militar hizo grandes hazañas, cantadas, más que narradas por nuestros historiadores, poco atentos a otros aspectos de su talento. Después de todo el aspecto militar de la guerra pudo ser confiado oportunamente por Bolívar a sus lugartenientes, y éstos supieron cumplir sus tareas en forma admirable, pero en cambio el Libertador no encontró émulos en otros aspectos de su actividad. Por ejemplo desde el punto de vista de la psicología de la guerra, su aporte fue insustituible y muy superior al de cualquier otro republicano dentro y fuera del ámbito geográfico en el cual le tocó actuar. Y ello fue así porque comprendió, antes y mejor que nadie, el secreto del éxito de su causa: tomar una actitud de ruptura radical con el pasado.

Por eso, el llamado Decreto de Guerra a Muerte, tan defendido por unos y criticado por otros (aunque pudorosamente, pues lo que atañe a Bolívar es materia no opinable, como dirían los teólogos a propósito de las verdades fundamentales de la fe), debe considerarse, desde un punto de vista de realismo político, una obra maestra de psicología guerrera, sin que valga la pena detenerse a examinar en esta instancia los aspectos morales del problema, ya analizados de una manera favorable o desfavorable, según la inclinación natural de los autores.

Debemos, sí, aclarar que somos conscientes de que la responsabilidad del famoso Decreto, sea cual fuere el juicio que nos merezca, no corresponde sólo a Bolívar, pues éste al promulgarlo tomó en cuenta una opinión generalizada en un numeroso grupo de patriotas, cayo más siniestro exponente fue Antonio Nicolás Briceño, quien clamaba venganza contra las represalias de Monteverde y quien más de una vez habló de exterminar la "maldita raza de los españoles".

Sin embargo, siendo fruto de un estado de ánimo colectivo, el Decreto de Guerra a Muerte, en su formulación concreta, es solo la obra del genio bolivariano, que se propuso, como dice Rufino Blanco Fombona siguiendo a Schryver, ahondar el abismo que separaba americanos de españoles, lo cual logró de manera magistral, aunque ahora podamos deplorar sus consecuencias. Si bien el período conocido como de la Guerra a Muerte terminó pocos años después con la llamada Regularización de la Guerra, la fórmula escogida por Bolívar es la condensación perfecta de un pensamiento suyo reiterado y desborda por completo el estrecho marco histórico en la cual suele ser estudiada para convertirse en una de la fases capitales de nuestro proceso emancipador.

En efecto, el llamado a la colaboración activa hecho a españoles y canarios para salvarse de la condena a muerte parte de dos supuestos, convertidos con el tiempo en dos postulados de nuestra vida republicana.

El primer supuesto: los españoles y canarios son culpables antes del llamado de Bolívar. Desde luego, alguien podría pretender que esa culpabilidad estaba limitada a la actitud tomada en la guerra, pero la brevedad de la fórmula no permite esa interpretación atenuada, ni se corresponde con el pensamiento de Bolívar de que habíamos padecido trescientos años de feroz tiranía. Lo que se considera culpable es un ser en su esencia, en su españolidad, tal como un cristiano cree en la falta cometida en el paraíso y en su propia solidaridad con esa falta.

En otras palabras: así como un cristiano nace pecador, para el autor del Decreto un español nace políticamente culpable. Las connotaciones de esa premisa así establecida son terribles. En efecto, aunque hubiera sido posible la redención de ese pasado (si los españoles hubieran obrado activamente...) éste último es en si mismo malo en sus distintas fases de Descubrimiento, Colonia y Conquista, pues la redención consiste justamente en renegar de ese pasado y combatirlo ("...Por el contrario, se concede un indulto general y absoluto a los que pasen a nuestro ejército"), ya que aún la indiferencia merece la muerte. Por eso antes hemos hablado de ruptura y de amnesia.

Por cierto, esa fórmula de Bolívar recuerda las utilizadas por Saint Just. En el debate sobre el destino de Luis XVI en el seno de la Convención, de conformidad con las cuales su pensamiento podría resumirse así: "El es rey, luego es culpable". Fórmulas igualmente magistrales, utilizadas por alguien que tampoco quería matizar su condena al pasado.

El segundo supuesto, no menos importante que el primero y que le complementa: los americanos son inocentes aunque se comporten de manera culpable ("...Y vosotros Americanos, que el error o la perfidia os ha extraviado... Sabed que vuestros hermanos os perdonan y lamentan sinceramente vuestros descarríos, con la íntima persuasión de que vosotros no podéis ser culpables") ante la guerra que se desenvolvía, pues aun en ese caso se les promete la vida.

Como toda la maldad venia de España, desde el inicio de la historia, los indios y luego los negros no hicieron sino padecer injusticias. De la culpa de los españoles nace la inocencia de aquellos y de los pardos que, a pesar de una conducta objetivamente culpable, sirve para absolver a quien incurre en ella. Esa absolución, por cierto, ha tenido una influencia negativa en nuestra vida y continuará teniéndola hasta que podamos a nuestra vez liberarnos de ese perdón tan generoso y extensivo

La fórmula utilizada nos permite ser indiferentes, no participar en la elaboración de nuestro propio destino, aceptar que éste último nos sea impuesto por otros, tal como en efecto ha ocurrido. Y aún no hemos despertado de ese hechizo. Pero, más grave aún nos tolera hasta el crimen, pues ser americanos es suficiente para redimirnos, ya que nuestra esencia, esa americanidad, es asimismo garantía de inocencia.

La fórmula del perdón incluye, finalmente, un elemento capital, aunque no sea nuevo en el lenguaje de los patriotas, y es la utilización de la palabra americanos, en la cual están incluidos los blancos criollos al lado de los otros elementos étnicos de la Colonia. Esta inclusión consuma la ruptura y tiene consecuencias de extrema importancia. La más importante de todas consiste en que ese blanco criollo, descendiente directo de aquellos españoles que habían creado ese injusto orden de cosas, se absolvía a sí mismo por boca de Bolívar de toda culpa pasada, aún con una conducta opuesta a la causa de la República durante la guerra, mientras toda la culpabilidad se arrojaba a su primo el peninsular, quien parecería tener menos responsabilidad directa en la creación y disfrute del estado social reprobado.

Esa probable injusticia en el terreno de la ética tiene, no obstante, en el campo de la psicología de la guerra, una lógica plena, pues lo que se propone al blanco criollo es nada menos romper mental y afectivamente los lazos de su herencia. Hubiera sido chocante, aún en aquellos tiempos turbios, decirle a alguien que recogiera la herencia de sus padres, pero al mismo tiempo entrara en el grupo de los privilegiados que eran absueltos, aunque no hiciera nada para merecérselo.

El mensaje de Bolívar, en cambio, es mucho más sutil y dice algo así como: "Al nacer en América, aunque seas hijo de españoles, has adquirido la condición virginal de americano, e iguales condiciones a las de las otras razas que habitan esta tierra. Ese español que condeno no ha perdido aún la culpabilidad propia de su origen". La consecuencia del mensaje es igualmente clara: el blanco criollo debe en lo adelante ver (o declarar que ve) a sus ascendientes como algo ajeno. Está constreñido a la ruptura con tanta más fuerza cuanto que, para pertenecer al paraíso, al grupo de los que están libres de falta, basta no hacer nada. Esa promesa debió ser tentadora, especialmente para quienes, habiendo tenido algún comportamiento culpable, gozaron de la magnanimidad del genio.

La inclusión de los blancos criollos al lado de indios, negros y pardos tuvo muy a la larga otra consecuencia de gran importancia en el campo cultural, pues, al condenarse el pasado, y al perderse o atenuarse grandemente la vinculación con él, la condena que sólo pretendía ser social y política, se extendió por contaminación natural a otros campos y así, faltos de trato con la cultura de origen, vinimos a caer en un raquitismo espiritual que ha dado ese tono característico de pobreza a nuestra vida.

Por eso, y por las otras consecuencias negativas de esa ruptura radical con el pasado, no podemos dejar de transcribir el siguiente párrafo de Juan Vicente González que en gran medida aprobamos: “EI hecho es que el General Miranda trajo de Francia la chispa revolucionaria, que inoculada en la Junta Patriótica, prendió rápidamente en el cuerpo social. Bolívar la recogió en su corazón, la amó como la virtud, porque nada se parece tanto a ésta como un gran crimen; creyendo imposible la independencia si no cambiaba radicalmente los hábitos, las costumbres y los hombres, y hasta el principio de autoridad, y hasta las bases conservadoras de las naciones, se precipitó sobre todo con la rabia de una tempestad. Era el amor de la patria agriado en el fondo de su alma, extraviado por la pasión. Vendrán sus consecuencias, que querrá detener vanamente, y que le arrastrarán a la tumba”.

Hemos dicho que la Independencia se nos presentaba con los caracteres de una gesta heroica y que sus actores eran considerados semidioses. No creemos exagerar al decirlo, pues basta recorrer nuestras ciudades, pueblos y aldeas, para comprender que los nombres de esos héroes sirven para bautizar sus avenidas, calles y callejuelas, así como para designar los municipios, los distritos y aun las ciudades y los estados. Vivimos saturados de esa gesta y sus héroes tienen para nosotros una presencia mucho más obsesiva que la de los personajes de la Ilíada y de la Odisea para los griegos del siglo v antes de Cristo.

Detrás de ellos, en un discreto segundo lugar, existe el universo de los caciques, cuyos huesos, para su ventura o desventura (pues no estamos seguros de que hubiera tenido sentido colocarlos al lado de los herederos de sus conquistadores) no han podido ser encontrados para ser enterrados en el panteón de los héroes. Los otros libertadores de América, gracias a su parentesco con nuestros héroes, también sirven para bautizar algunas avenidas y plazas carentes de nombre y disponibles para la gloria, aunque siempre ocupan un modesto tercer lugar.

Esa presencia en la calle de los nombres de los héroes es pálida en comparación con la que tienen en los bancos escolares, en los cuales una historia patria hinchada y presuntuosa oscurece no sólo la historia de España, lo cual es natural, sino la historia universal, así como el estudio de nuestra literatura nacional y de algo de literatura americana opaca totalmente el análisis de las grandes obras de la literatura universal, hasta producir en los alumnos la impresión de que cualquiera de nuestros escritores conocidos tuvo talento igual a Cervantes o Shakespeare. El motivo de esa actitud cultural no es sino el culto a los héroes que, de puro exclusivo, empobrece al irradiarse.

Por supuesto, hay que decirlo con cautela, el primero de los héroes es Bolívar, a quien hemos colocado más allá de toda critica, pues lo hemos identificado con la Independencia misma, de la cual fue el principal actor. El encarna más que nadie la noción de la Independencia como base de nuestra vida, y aparentemente no se puede disentir de ninguna de sus ideas o de sus actitudes sin sacudir las bases de la República.

Bolívar constituye uno de esos modelos estudiados por Max Scheler, que la tradición y la "iglesia" republicana nos proponen, exigiendo de nosotros un modo de ser, un estado de alma de tal naturaleza que nuestra vida y nuestros actos se regulen sobre la historia personal del héroe. Y conviene recordar que, para el maestro alemán, el destino de los pueblos está ordenado por el mito propio de cada uno de ellos y sobre todo por el mito del cual las personas modelos son la expresión, de manera que esa historia personal de Bolívar se ha convertido en el "centro del alma de nuestra historia".

No obstante, es bueno tener presente que si Bolívar reúne todos los caracteres requeridos para ser calificado como un gran héroe, no solamente en razón de sus triunfos militares, también es cierto que su vida fue desgraciada y concluyó con un fracaso político de dimensiones gigantescas, hasta el punto de decir uno de nuestros mejores historiadores, Caracciolo Parra Pérez, que al final de su vida era un verdadero personaje de Esquilo. Y en vista de que su trayectoria vital es un arquetipo que se nos propone para ser imitado íntegramente, también el fracaso de esa vida continúa gravitando sobre nuestro destino, como podría hacerlo un maleficio esterilizador.

Desde luego, no se trata de negar que Bolívar fue un héroe, ni nuestro primer héroe (también esa palabra en griego significa semidiós), aunque puede afirmarse que su heroísmo era trágico. Nadie discute ni se enfrenta a una fuerza de esa magnitud, como no se discute con un terremoto, ni con el Etna o el Vesubio en erupción. Bolívar tenía un talento indudable, una voluntad y un coraje más allá de toda ponderación y, desde luego, paso toda su fuerza en la balanza para lograr la ruptura con España y hacer nuestro propio destino, de manera que es el primero de nuestros hombres públicos hasta la fecha y el que más ha influido para crear el estado de cosas del cual gozamos o padecemos.

No obstante, el objeto confesado e inconfesado del culto bolivariano es que hagamos de él nuestro único Dios. Los otros libertadores tienen medida su heroicidad en comparación con Bolívar y especialmente son apreciados por el grado de su fidelidad para con él. De ahí la incomodidad de nuestros historiadores cuando tratan de Miranda y de su vergonzosa entrega, del fusilamiento de Piar, o de la actitud de Mariño, altiva y distante.

Los griegos, tan inteligentes en todas las manifestaciones de su vida, como creían en el politeísmo, se dieron pronto cuenta de que a veces unos dioses perseguían fines distintos a los de otros y aún se combatían entre ellos con ferocidad. Pero no lo ocultaron sino que lo asumieron con un coraje no menor a su inteligencia. Por eso sabemos que Cronos combatió a Uranos, y Zeus a Cronos y a los titanes. Por eso conocemos y agradecemos las hazañas de Prometeo, tan irritantes para Zeus. Y Ulises, el astuto Ulises, conocía perfectamente esos conflictos del Olimpo, y habiendo sido víctima de ellos, sacó al final el mejor partido apoyándose en la más fuerte de las diosas.

Nuestros historiadores, aún los descreídos, por el contrario han heredado el monoteísmo judaico y cristiano y quieren construir la Independencia como un sistema coherente y sin contradicciones, en torno a un solo astro solar. Por eso se muestran irritados contra San Martín e incluso contra Washington con quienes se complacen en comparar favorablemente a nuestro héroe. Por otra parte, habiendo heredado también el pudor y el orgullo típicos de la raza colonialista repudiada, quieren ocultar los defectos de los héroes y particularmente los de Bolívar, a quien han convertido en un ser irreal y poco atractivo para un espíritu critico parecido al suyo, formado como estaba en la lectura de los enciclopedistas Podemos imaginar a un Bolívar a quien, después de haber leído Cándido, vinieran a narrarle lo que sus adoradores escriben de él. Prueba de ese espíritu critico conservado por el Libertador hasta el final de su vida puede encontrarse en el Diario de Bucaramanga, cuando juzga al historiador Restrepo y justamente le reprocha no tener suficiente independencia de espíritu y querer halagarlo.

Después de escribir los párrafos antecedentes, nos llegaron a las manos dos de los libros más inteligentes y lúcidos que jamás hayamos leído sobre temas de nuestra historia. Nos referimos a Validación del Pasado y a El Culto a Bolívar de Germán Carrera Damas, en los cuales el autor analiza el origen y las manifestaciones del culto bolivariano, esa "desorbitada expiación impuesta a un pueblo y que ciento cincuenta años de ejercicio no bastan a pagar".

Sin embargo, sin negar validez a la tesis de que el culto de un pueblo ha sido transformado en culto para un pueblo por la clase dominante que busca disimular un fracaso y retardar un desengaño (el provocado por las esperanzas populares fallidas después de la consolidación de la Independencia y de la separación de Colombia), creemos que más allá de las posibles manipulaciones de la clase dominante, el culto a Bolívar tiene su origen en la necesidad histórica de proveerse de un nuevo padre en el preciso instante en el cual se derrumbaba el prestigio de los otros mitos fundacionales.

Como bien dice el autor antes citado, el carácter de fundador de la patria acordado a Bolívar difiere del otorgado a otros fundadores o padres de nacionalidades, en que éstos simplemente asocian sus nombres a los actos iniciales de las nuevas estructuras que surgen, pero no tienen la connotación de creadores o de hacedores supremos, caracteres éstos atribuidos generalmente a Bolívar.

Ahora bien, esa condición de demiurgo concedida al Libertador está estrechamente asociada a la muerte previa del padre español. Recordemos que después de los sucesos de Bayona nuestros patriotas se sentían literalmente huérfanos y así tuvieron cuidado de expresarlo numerosas veces. Pero más que con la muerte del padre, la asociación se verifica con su ejecución al cabo de un proceso histórico en el cual se terminó encontrándolo reo de todos los delitos. De esta manera, por una paradoja, el máximo ejecutor del padre español es luego adoptado como padre por nuestro pueblo, de igual manera que Edipo fue venerado en su condición de rey después de matar a su padre Layo.

Haciendo abstracción de nuestro juicio personal sobre los héroes de la Independencia y particularmente sobre Bolívar, es indudable que su culto, al oscurecer y negar el pasado, constituye una base insuficiente para construir el destino de un pueblo, por la sencilla razón de que nunca en la historia ha habido un hombre, ni un grupo contemporáneo de hombres, con tanta fuerza y genio como para fundar la historia de un pueblo: el acontecer histórico es siempre una larga cadena de sucesos.

Los grandes ríos no se forman por un solo afluente, ni los pueblos por la aportación de un solo hombre. Un estudio somero de la historia nos hace ver que todos los pueblos tienen sus héroes, pero ninguno es tan insensato, como la Cirene de Enrique Bernardo Núñez, para condicionar su propia existencia a la grandeza de uno sólo de esos héroes y ni siquiera a la existencia de un sólo período glorioso. ¡Qué pobre sería la historia romana si se basara únicamente en Rómulo o en Eneas, los héroes fundadores! Pero también seria muy pobre esa historia si, por amor a la República, ignorara lo ocurrido durante la Monarquía y peor aún si, a partir de Augusto, borrara la memoria de la República.

No obstante, se nos dirá, es bueno exaltar ese hecho central de nuestra historia y a esos libertadores vueltos semidioses, para edificar con su ejemplo, pues no tenemos otro periodo comparable de nuestra vida pública susceptible de ser elevado a la admiración colectiva, ni un grupo de hombres tan notables.

Esa objeción es atendible. Excesivamente, para nuestro gusto, pues siempre hemos preferido una verdad desoladora a una mentira edificante. ("Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra, aunque me muera", dijo Vallejo en algún poema). Sin embargo, carece de validez porque parte del falso supuesto de que nuestra historia comienza en el momento en el cual nos separamos de España.

Pero, independientemente de otras razones expuestas o insinuadas en el curso del presente ensayo, el mayor de todos los motivos para rechazar el culto de los libertadores y el de Bolívar consiste en comprender que, al hipertrofiar la memoria de nuestros héroes hemos inculcado a nuestro pueblo la idea de ser un conjunto de seres pasivos sin nada que buscar en el terreno de lo histórico, pues el período de creación ha transcurrido ya y es monopolio del grupo de hombres que vivió en ese pequeño segmento de nuestro pasado que constituye la Independencia. Así, un ilustre bolivariano, José Luis Salcedo Bastardo nos dice literalmente que para salir del circulo vicioso de la revolución americana "no existían y no existen sino dos elementos: un plan de acción y una voluntad de acción. El plan ha sido hecho por Bolívar; la acción incumbe a América". Por lo visto, para el autor, nuestro continente debe estar en minoría de edad permanente y obedecer siempre a un pensamiento apagado" desde el 17 de diciembre de 1830...

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