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Val del omar


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VAL DEL OMAR

En un artículo del periodista Antonio Gascón, de 1928, en la desaparecida revista ‘La Pantalla’, habla de un joven con talento, que conoce bastante el cine: “Fue Florián Rey quien me dijo, ‘voy a presentarle a usted un joven que será capaz de trastornar en pocos meses el arte cinematográfico. Tiene una visión modernísima de nuestro arte y ha conseguido resolver los dos problemas capitales del cinema: la continuidad de planos y la sensación de relieve”. El joven en cuestión era el granadino José Val del Omar (1904-1982). Se puede decir que fue un artista críptico, orfebre y un aventurero tecnológico. Entre julio y octubre de 2011, montaron una exposición sobre su obra Desbordamiento de Val del Omar, organizada por el Centro José Guerrero, de Granada, en el Centro la Virreina, de Barcelona y en el Centro Atlántico de Arte Moderno, de las Palmas de Gran Canaria.

Val del Omar fue un visionario que aunó técnica y cualidad artística. A su extrema y poética sensibilidad sumó una profunda investigación de los aspectos técnicos del audiovisual, por lo que el resultado fue una mezcla entre ciencia y espiritualidad. Con veinte años hizo sus primeros experimentos, en 35 mm. Frecuentó a los escritores y artistas plásticos, de la Generación del 27 y colaboró con la difusión de la cultura participando en las Misiones Pedagógicas, que organizaron durante la II República. En la década de los años treinta se dedicó a la experimentación técnica y realizó cortometrajes, eran documentales de carácter etnográfico y vanguardista, como Vibración de Granada (1935), que suponía un adelanto del Aguaespejo granadino, que realizó veinte años después.

Durante la Guerra Civil, Val del Omar se trasladó a Valencia y trabajó para el Ministerio de Instrucción de la República, colaborando con el cartelista fotomontador Josep Renal. Finalizada la guerra se libró de las represalias del régimen de Franco, debido a sus conocimientos del cine, pero tuvo que filmar la entrada de los nacionales en Valencia y trabajar además en la instalación de altavoces para la difusión de los himnos y consignas que daban. En general, Val del Omar tuvo buenas relaciones con la industria cinematográfica y la radiotelevisión franquistas. Durante los años 40, se dedicó a inventar máquinas y prototipos, que patentó en el mercado industrial, sin olvidar el campo artístico.

En 1944, registra el diáfono, ingenio sonoro que irá mejorando y que compitió con el sonido estereofónico. En 1947, inventó para Radio Nacional de España un magnetófono de cuatro pistas y, al año siguiente, registró El amor brujo, de Falla, en el Teatro Español, con su equipo de estereofonía binaural Diamagneto. También perfecciona una óptica biónica, inventa nuevos formatos cinematográficos y desarrolla dos conceptos novedosos: la tacto-visión y el desbordamiento apanorámico: una experiencia sensorial, donde da la impresión que la pantalla y los sonidos se desbordan por la paredes, techos y sobre el mismo público. Sin embargo, sus numerosos inventos fueron tenidos como disparates por la industria cinematográfica. El director de cine Florián Rey se quejaba inútilmente poniendo esta comparación: “Si este señor fuese yanqui toda la prensa de allá le hubiera dedicado planas y más planas”.

Val del Omar lo expresaba así, tratando de conjugar la teoría y la técnica, con estas palabras mágicas y llenas de poesía: “La vida es solo una expresión al ralentí, y yo pretendo comprimirla hasta convertirla en éxtasis, en eterno instante”. Entre 1952 y 1955, se dedicó a la realización de Aguaespejo granadino (La gran siguiriya), la manifestación del “sistema español de sonido diafónico”, como expresa en los rótulos. Utiliza filtros polarizadores y lentes de agua diseñadas por él y acopladas al objetivo, para transmitir las sensaciones que le inspira Granada. El agua de las fuentes nazaríes y sus formas caprichosas se yergue sobre la gitana, el niño y la luna que recorre el cielo. El corto se proyectó en el Festival de Berlín, de 1956, y en el Festival Internacional de Cine Experimental de Bruselas, de 1958. Entre 1957 y 1960 concluye Fuego en Castilla (táctil-visión del páramo del espanto). El cortometraje lo rodó en el Museo Nacional de Escultura Religiosa de Valladolid y tiene como protagonista las tallas de Juan de Juni y de Alonso Berruguete.

Val del Omar instala cámaras, proyectores, magnetófonos, muchas bombillas pequeñas y espejos, cables y más cables. Entonces, las inertes esculturas parecen cobrar vida, adquieren volumen, expresión y dimensión, debido a la acción de la luz. Sin embargo, Federico García Lorca criticó el cortometraje. La idea de Acariño galaico, rodada en 1961 y 1962, fue para completar el tríptico, culminando así la trilogía sobre agua, fuego y tierra, pero no llegó a terminarlo. En los años 70, descubre la Picto-lumínica-audio-táctil (PLAT), “como una práctica superadora de la cinematografía”. Este alquimista del cine convirtió su vivienda en un laboratorio, en “jardín de las máquinas”, como él mismo decía, donde componía y modificaba las imágenes valiéndose de estos artefactos innombrables: tetraproyector adiscopio para pictolumínica, óptica biónica energética ciclotáctil…

En 1961, Fuego en Castilla fue premiado en el Festival de Cannes, por sus hallazgos técnicos. Este mismo año, la película Viridiana, de Luis Buñuel, obtuvo la Palma de Oro del certamen. Val del Omar fue un descubridor incansable, aunque la pantalla se le quedó pequeña, experimentó con kilómetros de negativo para demostrar sus ideas, pero sin ningún fin comercial. A pesar de que fue un genio que se adelantó a su tiempo, solo recibió a cambio la indiferencia. Su deseo fue convertir el cine en un acontecimiento sobrecogedor y fascinante, envuelto en un halo de misterio, y que fuera como la poesía de los místicos, capaz de trascender. Además de un alquimista, fue según sus propias palabras, “un creyente del cinema”. Una figura única en la historia del cine español y que hoy comienza a reconocerse su obra.






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