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Universo de locos


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UNIVERSO DE LOCOS

Fredric Brown

 

 



 
 

I. El relámpago

El primer intento de enviar un cohete a la Luna, realizado en 1954, fue un fracaso. Probablemente debido a un defecto estructural en el mecanismo de control. el cohete trazó una larga parábola en el espacio y volvió a caer en la Tierra, causando una docena de muertes. Aunque. no estaba equipado con cargas explosivas, el cohete - a fin de que su llegada a la Luna pudiera ser observada desde la Tierra - contenía un potenciomotor Burton, preparado de forma que funcionara durante todo el trayecto a través del espacio sideral, acumulando un tremendo potencial eléctrico que, al entrar en contacto con la superficie lunar y descargarse, produciría un relámpago de una luminosidad varios miles de veces superior a la de un rayo, y. también varios miles de veces más destructor.

Afortunadamente, el cohete cayó en un área poco poblada de las montañas Catskill, pero precisamente en los terrenos de un acomodado propietario de una cadena de revistas populares. Este, junto con su mujer, dos invitados y ocho sirvientas fueron muertos por la descarga eléctrica, la cual destruyó completamente la mansión y derribó todos los árboles en un radio de medio kilómetro. Solamente se hallaron once cadáveres. Este hecho hizo pensar que uno de los invitados, que desempeñaba el cargo de director de una de las revistas de la cadena, estaba tan cerca del centro de la explosión que su cuerpo fue completamente desintegrado.

El siguiente cohete - y el primero que consiguió llegar a la Luna - fue lanzado un año mas tarde, en 1955.

Keith Winton estaba casi sin aliento cuando terminó el partido de tenis, pero trató con todas sus fuerzas de disimularlo. No había jugado un partido de tenis hacía años, y mientras iba hacia la red pensaba que el tenis era un deporte que debía reservarse para los hombres jóvenes. El no era viejo, desde luego, pero con treinta y un años pronto queda uno agotado a menos que se haya mantenido bien entrenado. Keith no lo había hecho, y había tenido que esforzarse mucho para poder ganar aquel set.

Ahora tuvo que hacer un nuevo esfuerzo para poder saltar la red y reunirse con la joven que estaba en el otro lado. Su respiración era un poco entrecortada, pero de alguna forma consiguió dirigir una sonrisa a la muchacha.

- ¿Le queda tiempo para otro partido?

Betty Hadley meneó su rubia cabeza.

- Me temo que no, Keith. Voy a llegar con retraso. No hubiera podido quedarme hasta tan tarde si no fuera que el señor Borden me prometió que su chofer me llevaría al aeropuerto de Greeneville, para que pudiera tornar el avión directo a Nueva York. ¿Verdad que es un jefe maravilloso?

- Ajá - dijo Keith, cuyos pensamientos en ese momento estaban muy lejos del señor Borden -. ¿Marcharse ahora es tan importante para usted?

- Desde luego. Se trata de una cena de ex - alumnas Todas de mi propia Universidad. Y no sólo eso, sino que tengo además que pronunciar un discurso. Sobre cómo es el trabajo de directora en una revista femenina.

- ¿Podría ir yo también - sugirió Keith y explicarles cómo se edita una revista de fantasía científica? O una revista terrorífica; ya sabe que estaba encargado de Cuentos Escalofriantes antes de que Borden me trasladará a Historias Sorprendentes. Aquel trabajo me daba pesadillas todas las noches. Quizás a sus ex compañeras de clase les gustaría escuchar algunas.

Betty Hadley rió.

- Probablemente les encantaría. Lástima que sea una reunión sólo para damas, Keith. Y no se quede tan desanimado. Lo veré de nuevo mañana, en la oficina. El mundo no se acaba aquí, ya sabe.

- Desde luego - admitió Keith. En cierto modo estaba equivocado, pero aún no lo sabía.

Se puso a caminar al lado de Betty, rumbo a la gran mansión que era la residencia de verano de L. A. Borden, propietario de la cadena Borden de revistas populares.

Keith hizo un nuevo esfuerzo para retenerla.

- Sin embargo, debería quedarse para ver los fuegos artificiales.

- ¿Fuegos artificiales? Oh, quiere decir el cohete lunar. ¿Cree que se podrá ver algo, Keith?

- Los del Observatorio así lo esperan. ¿Ha leído algo respecto a eso?

- No mucho. Tengo entendido que se espera que el cohete producirá un gran destello, como un relámpago, cuando choque con la Luna, si es que choca. Y dicen que será visible a simple vista, de modo que todo el mundo habla de salir fuera para mirar. Y se calcula que llegará a las nueve y cuarto, ¿no es así?

- Exactamente a las nueve y dieciséis minutos. Yo voy a ser uno de los que van a observar la Luna esta noche. Y si tiene ocasión, vigile el centro de la Luna, entre los cuernos del creciente. Ahora estamos en luna nueva, y el cohete caerá en el área oscura. En el caso de que mire sin un telescopio verá un destello muy pequeño, algo parecido a la luz de un fósforo a una manzana de distancia. Tendrá que mirar con mucha atención.

Dicen que el cohete no contiene explosivos, Keith. Entonces, ¿qué es lo que produce el relámpago?

- Una descarga eléctrica, en una escala gigantesca, nunca intentada antes de ahora. El cohete contiene un aparato, inventado por un tal profesor Burton, que utiliza la fuerza de la aceleración y la convierte en energía potencial eléctrica, electricidad estática. Todo el cohete quedará convertido en un acumulador monstruo. Y como se desplaza en el espacio a través del vacío, la electricidad acumulada no puede descargarse o perderse hasta que se establezca contacto, y entonces bien, será algo más que un relámpago. Será el bisabuelo de todos los cortocircuitos.

- ¿No hubiera sido mucho más simple una carga explosiva?

- Naturalmente, pero por este sistema se obtiene un destello mucho más brillante, peso por peso, que incluso el que se obtendría de una bomba atómica. Y en lo que están interesados es en la luz producida, no en una explosión. Desde luego, hará saltar bastante terreno; no tanto como una bomba de aviación, pero esto no tiene importancia y los técnicos creen que podrán aprender mucho repecho a la composición exacta de la superficie de la Luna, por medio del examen espectrográfico del destello, a través de todos los grandes observatorios situados en el lado nocturno de la Tierra Y además...

Habían llegado a la puerta de la casa y Betty Hadley lo interrumpió poniendo su mano en el brazo de él.

- Siento interrumpirlo, Keith, pero debo darme prisa. De otro modo perderé el avión. Adiós.

Betty extendió la mano, pero Keith Winton la tomó por los. hombros y la atrajo hacia sí. La besó, y durante un maravilloso segundo los labios de ella respondieron a los suyos. Entonces, ella se apartó.

Pero sus ojos brillaban y estaban un poco velados por las lágrimas. Repitió:

- Adiós, Keith. Lo veré en Nueva York

- Mañana por la noche. Es una promesa.

Ella asintió y corrió hacia la casa. Keith se quedó de pie, quieto, mientras una sonrisa le iluminaba la cara.

Se daba cuenta que volvía a estar enamorado, aunque esta vez era diferente de todo lo que había experimentado antes. Había conocido a Betty Hadley hacía sólo tres días; para ser exactos, sólo la había visto una vez, antes de este maravilloso fin de semana. El jueves pasado había entrado ella por primera vez en las oficinas de la Compañía de Publicaciones Borden, Inc. La revista de la que ella era directora, Perfectas Historias de Amor, acababa de ser adquirida por Borden de una compañía de menor importancia. Y Borden había sido lo bastante listo como para llevarse a la directora junto con la revista. Betty Hadley había hecho un buen trabajo en los tres años en que había estado al frente de la publicación; la única razón por la que la Compañía de Publicaciones Whaley había deseado venderla, era que ahora se dedicaban a revistas de noticias; Perfectas Historias de Amor era la última revista literaria que les quedaba.

De modo que Keith había conocido a Betty Hadley el jueves pasado, y ahora para Keith Winton el jueves era el día más importante de su vida.

El viernes había ido a Filadelfia para entrevistarse con uno de sus colaboradores, uno que podía escribir una buena historia, pero al que había adelantado el pago de un cuento y que no acababa de decidirse a escribirlo. Keith había usado toda su fuerza de persuasión para que empezara a escribir el argumento, y creía que al fin lo había conseguido.

Debido a su viaje no había podido conocer a Joe Doppelberg, el admirador número uno de su revista, quien había escogido el viernes para ir a Nueva York a visitar las oficinas de la Compañía Borden. A juzgar por las cartas que recibía de Joe, perder la ocasión de conocerlo personalmente era una verdadera suerte.

Entonces, el sábado por la tarde, había llegado a la mansión, invitado por Borden. Esta era la tercera vez que Keith iba a la casa de Borden, pero lo que parecía ser otro fin de semana ordinario se había convertido en unos días maravillosos, cuando resultó que Betty Hadley era uno de los otros dos invitados.

Betty Hadley era alta, esbelta, de pelo rubio dorado, un cutis suavemente bronceado y un rostro y una figura mucho más adecuados para trabajar en televisión que en las oficinas de una editorial.

Keith suspiró y entró en la casa.

En el gran salón, ricamente artesonado en nogal, estaban L. A. Borden y Walter Callahan, contador de la Compañía, jugando a las cartas.

Borden levantó la cabeza y lo saludó.

- ¿Qué tal, Keith? ¿Quiere tomar mi puesto? Estamos acabando ya. Tengo que escribir algunas cartas y a Walter lo mismo le da ganar su dinero que el mío.

Keith movió la cabeza.

- Yo también tengo trabajo para hacer, señor Borden. Tengo que contestar las cartas que nos envían nuestros lectores a la sección de "Cartas por Cohete". He traído la portátil y la carpeta de cartas recibidas.

- Oh, vamos, Keith, no lo he invitado aquí para que trabaje. ¿No puede terminadas mañana en la oficina?

- Ojalá pudiera, señor Borden - dijo Keith -;Yo tengo la culpa de todo este retraso, y el material tiene que estar en la imprenta mañana a las diez sin falta. Cierran las formas al mediodía, de manera que no hay tiempo. Pero son sólo un par de horas de trabajo y prefiero hacerlo ahora y quedar libre esta noche.

Keith atravesó el salón y subió las escaleras. Una vez en su habitación, sacó la máquina de la maleta y la puso sobre el escritorio. Del portafolios sacó la carpeta que contenía la correspondencia dirigida. a la sección de "Cartas por Cohete" y, por aquellos más atrevidos, al "Piloto del Cohete".

La carta de Joe Doppelberg estaba encima de la pila. La había puesto allí porque había pensado que Joe podía presentarse personalmente y quería tener la carta a mano.

Puso papel en la máquina de escribir, tecleó el título "Cartas por Cohete" y empezó a trabajar.

Bien, amigos pilotos del espacio, esta noche - la noche en que os escribo, no la noche en que leéis - es la gran noche, y el Viejo Piloto, vuestro amigo, estaba allí para verlo. Y desde luego lo vio, el relámpago de luz en la oscuridad de la Luna, que marcaba el aterrizaje del primer proyectil lanzado con éxito a través del espacio por el hombre.

Miró lo que había escrito con ojos críticos, sacó el papel de la máquina y puso una nueva hoja. Era demasiado formal, demasiado envarado para sus lectores. Encendió un cigarrillo y volvió a escribir todo; esta vez le salió mejor, o peor.

En la pausa que hubo mientras repasaba el trabajo, oyó el sonido de una puerta que se abría y se cerraba, y unos tacones altos bajando la escalera.

Sería Betty, que se marchaba. Se levantó para ir hacia la puerta, pero pensándolo mejor volvió a sentarse. No, sería inoportuno volver a despedirse ahora, con Borden y Callahan presentes. Mucho mejor sería que. darse con el recuerdo de aquel beso fugaz y placentero, y la promesa de que se encontrarían mañana por la tarde.

Suspiró y tomó la primera carta. La de Joe Doppelberg. Decía:

Querido Cohe-Tero: No debería escribirte, porque la última edición apesta de aquí a Arcturus, excepto por la novela de Wheeler. ¿Quién le ha dicho al tonto de Gormley que sabe escribir? ¿Y su navegación sideral? El gran embustero no sería capaz de navegar en un bote de remos por el puerto, ni en un día de sol.

Respecto a la portada de Hooper, la chica está bien, muy bien, pero todas las chicas de las cubiertas lo están. En cuanto a la cosa que la persigue ¿debo suponer que es uno de los demonios mercurianos que aparecen en la novela de Wheeler? Bien, dile a Hooper que yo puedo pensar en monstruos más horribles que esos, aun estando sereno, sin ni siquiera beber una copa de jugo de plantas de Venus.

¿Por qué no se vuelve ella y persigue a la cosa?

Reserva a Hooper para el interior - lo que escribe está bien - pero busca a otro para las cubiertas ¿Qué te parece, Rockwell Kent o Dalí? Apuesto que Dalí puede hacer monstruos mucho mejores ¿Entiendes, Cohe?

Mira, Cohe, ten el vino de Urano preparado y en hielo, porque voy a ir a buscarte algún día de esta semana. No iré a Espaciopuerto NYork sólo para verte a ti, no te envanezcas, sino porque tengo un asunto con un hombre de Marte respecto a unas plantaciones. Como sea, estaré en la ciudad, de modo que iré a visitarte para ver si eres tan feo como dicen.

Esta nueva idea tuya, Cohe, es muy buena. Me refiero a lo de publicar la foto de los mejores entre los que te escribimos, junto con nuestras cartas. Tengo una sorpresa para ti. Te envío mi retrato. Iba a llevarlo yo mismo, pero la carta llegará antes que yo y no me gustaría perder la edición, donde quiero verlo publicado.

Buena propulsión, Cohe, y busca el mejor buey lunar que tengas, porque iré a cenar pronto, si no antes.

JOE DOPPELBERG.

 

Keith Winton suspiró de nuevo y recogió su lápiz rojo. Empezó a tachar los párrafos respecto al viaje a Nueva York; aquello no podía interesar a sus otros lectores, y además no quería darles la idea de que podían ir a visitarlo en la oficina; perdería mucho tiempo si empezaba a recibir visitas de los lectores.



Volvió a tachar algunos de los párrafos más desagradables de la carta y cuando terminó sacó la fotografía que había llegado con la misiva y la examinó de nuevo.

Joe Doppelberg no tenía el aspecto que parecía indicar la carta. Era un muchacho agradable, de aspecto inteligente, quizá con dieciséis o diecisiete años. Tenía una sonrisa simpática. Probablemente en persona resultaría tan tímido como su carta era desenvuelta.

Quizá haría bien en publicar su fotografía. Debiera haberla enviado ya a los talleres, pero aún había tiempo Hizo unas anotaciones en la carta para que fuera en media columna y escribió "1/2 - col. Doppelberg" en el reverso de la fotografía.

Puso la segunda hoja de la carta de Joe en la máquina, pensó un momento y empezó a escribir.

Conforme, Doppelberg, vamos a hacer que Rockwell Kent dibuje nuestra próxima portada. Tú pagarás la factura. En cuanto a hacer los monstruos siderales aún más horribles, no puede ser. Tal como son es todo lo que puede soportar nuestra revista. El buey y el vino están preparados. Esperamos tu llegada al Espaciopuerto.

Sacó la página de la máquina de escribir, volvió a suspirar y recogió la próxima carta.

A las seis había terminado, lo que le daba una hora de descanso antes de la cena. Después de bañarse se vistió con cuidado, y aún le quedaba media hora sin saber qué hacer. Bajó las escaleras y salió al jardín.

Estaba oscureciendo y la luna nueva era ya visible en un cielo muy despejado. El destello podría verse muy bien, pensó. Y, por favor, que el relámpago del cohete resultara visible a simple vista, o tendría que volver a escribir el encabezamiento de la sección "Cartas por Cohete". Bien, ya vería lo qué pasaba.

Se sentó en un sillón de junco, frente al camino que atravesaba el jardín, y aspiró con placer el aire fresco de la tarde y el perfume de las flores que lo rodeaban.

Volvió a pensar en Betty Hadley.

Pensar en ella le hizo sentirse feliz, o quizá podríamos decir tristemente feliz, basta que su mente divagó hacia el escritor de Filadelfia y si aquel caballero estaba ahora trabajando en el cuento o sentado en un bar.

Volvió a recordar a Betty Hadley y deseó que ya hubieran pasado veinticuatro horas y fuera ya la tarde del lunes en Nueva York, en vez del domingo en las montañas Catskills.

Miró el reloj de pulsera y se dio vagamente cuenta de que llamarían para la cena en unos pocos minutos. Eso le gustó porque, enamorado o no, tenía hambre.

Y el hambre le hizo pensar, sin razón aparente, en Claude Hooper, quien dibujaba la mayoría de las portadas para Historias Sorprendentes. Se preguntó si podría seguir consiguiendo dibujos de Hooper. Éste era una buena persona y muy buen artista, que podía dibujar muchachas espléndidas pero sin embargo no era capaz de producir monstruos lo suficientemente horribles. Quizá no tenía pesadillas, o quizá llevaba una vida de hogar completamente feliz, o algo parecido. Y muchos de los lectores protestaban. Como Joe Doppelberg. Porque Doppelberg...

El cohete lunar, cayendo de vuelta hacia la Tierra, iba a velocidad supersónica, y Keith no pudo verlo ni oírlo, aunque chocó contra el suelo a sólo cinco metros de él.

Hubo un deslumbrador relámpago.

II. El monstruo rojo

No hubo ninguna sensación de transición, de cambio o de movimiento, ningún lapso de tiempo. Fue simplemente como si, simultáneamente con un brillante relámpago, alguien le hubiera sacado el sillón donde estaba sentado. Lanzó una exclamación al sentir el impacto contra el suelo; debido a que había estado estirado en el sillón, se cayó extendido. Allí quedó boca arriba, mirando las estrellas.

Poder ver las estrellas resultaba lo más sorprendente de todo; no podía ser sólo que el sillón se hubiera derrumbado lujo su peso - o inclusive que se hubiera esfumado debajo de su cuerpo - pues había estado. sentado bajo un árbol y ahora no había ningún árbol entre él y aquel cielo azul oscuro.

Levantó la cabeza primero, y luego se sentó, demasiado agitado en esos momentos - no físicamente, sino mentalmente - para levantarse. De algún modo deseaba entender la situación en que se hallaba antes de confiar en sus propias piernas.

Estaba sentado encima de hierba, perfectamente cuidada y cortada, en la mitad de un gran jardín. Al volver la cabeza se dio cuenta de que detrás de él había una casa. Una casa completamente normal, no tan grande ni tan atrayente como la del señor Borden, desde luego. Y al mirarla tuvo la impresión de que la casa estaba vacía. Por lo menos no tenía ninguna señal de estar habitada; no se veía a nadie, ni había luz en las ventanas.

Durante varios segundos se quedó mirando lo que debía haber sido la casa del señor Borden, pero que por alguna razón que no podía explicarse no lo era, y después se volvió para mirar en dirección opuesta. A unos treinta metros en aquella dirección, en el extremo del jardín donde él estaba, había un seto, y por encima podía ver que detrás había árboles: dos hileras regulares, como si estuvieran colocados a ambos lados de una carretera. Eran álamos, altos y cuidados.

Y no había ningún arce, a pesar de que era un arce el árbol bajo el cual había estado sentado. Tampoco se veía ni siquiera una astilla del sillón de junco.

Sacudió la cabeza para aclararse las ideas y se puso en pie con precaución. Tuvo una momentánea sensación de vahído, pero aparte de eso se encontraba perfectamente. Fuera lo que fuese lo que le había pasado, no estaba herido. Se mantuvo de pie y quieto hasta que se le fue el mareo y entonces se encaminó hacia una puerta que había en el seto.

Lanzó una mirada a su reloj de pulsera. Eran las siete menos tres minutos, aunque eso era imposible, pensó. Eran también las siete menos tres minutos cuando se sentó en el sillón de junco, en el jardín del señor Borden; y dondequiera que estuviese ahora no había podido llegar allí instantáneamente.

Llevó el reloj al oído. Funcionaba perfectamente. Pero eso no probaba nada. Quizás se había parado debido a lo que fuera que hubiese sucedido, y. se había puesto en marcha de nuevo cuando él se incorporó y echó a andar.

Volvió a mirar al cielo para calcular el tiempo transcurrido y no pudo observar ningún cambio. Estaba oscureciendo entonces y también ahora oscurecía. La luna creciente estaba en el mismo lugar, al menos estaba a la misma distancia del cenit. Aquí - dondequiera que fuese aquí - no podía estar seguro de cuál era su situación ni de la dirección que debía tomar.

La puerta que atravesaba el seto conducía a una gran carretera asfaltada. No se veía ningún coche;

Al volverse para cerrar la puerta, miró otra vez la casa vacía y notó algo que antes no había visto. En uno de los pilares de la terraza había un letrero que decía: Se vende. R. Blaisdell. Greeneville. Nueva York.

Por lo tanto debía encontrarse cerca de la casa de los Borden, ya que Greeneville era la población más cercana a la mansión dé su jefe. Eso era obvio, desde luego. El no podía haber ido muy lejos. El verdadero misterio era cómo podía encontrarse en un lugar completamente distinto de donde estaba sentado hacía sólo unos minutos.

Volvió a sacudir la cabeza para concentrar los pensamientos, aunque se sentía perfectamente. ¿Podía estar bajo los efectos de un ataque repentino de amnesia? ¿Había caminado hasta allí sin darse cuenta? No le parecía posible, especialmente en cuestión de minutos o menos.

Se quedó mirando indeciso a uno y otro lado de la ancha carretera bordeaba por los altos álamos, pensando hacia qué lado se encaminaría. La carretera se extendía recta en ambas direcciones. Desde donde estaba podía ver casi medio kilómetro a cada lado, hasta la próxima cuesta, pero no había señales de viviendas en los alrededores. Sin embargo, tenía que haber una granja por allí cerca, porque había campos cultivados un poco más allá de donde terminaban los álamos. Probablemente los mismos árboles le impedían ver la granja, que tenía que existir en medio de aquellos campos. Si caminara hasta el vallado que cerraba el campo al otro lado de la carretera, sin duda podría ver la casa.

Estaba ya cruzando la carretera cuando escuchó el sonido de un coche que se aproximaba. Debía ser un auto muy ruidoso, para hacerse oír a aquella distancia Acabó de cruzar el camino y cuando se volvió ya pudo ver el coche. Para él era lo mismo obtener información del conductor de aquel coche que de quien pudiera haber en la granja; mejor quizá, ya que tal vez podría persuadir al chofer de que lo llevase hasta la casa de Borden, por lo menos si iba en aquella dirección.

El auto era un Ford T, construido sin duda hacía muchos años. Una buena señal, se felicitó Keith. En sus días de estudiante había practicado bastante el autostop, y sabia que la probabilidad de que un coche lo llevase estaba en relación directa con su edad y decrepitud.

Y no había ninguna duda respecto a la decrepitud de aquel vehículo. Daba la impresión de que a duras penas había podido subir la pendiente; el motor volvía a esforzarse ahora para conseguir de nuevo alguna velocidad.

Keith esperó hasta que estuvo bastante cerca y entonces salió a la carrera y agitó los brazos. El Ford redujo la velocidad, y se detuvo a su lado.

El hombre que iba al volante se inclinó y bajó la ventanilla por el lado donde estaba Keith, sin ninguna razón aparente que Keith pudiera ver, ya que la ventanilla no tenía cristal.

¿Quiere que lo lleve, joven? - preguntó.

Su aspecto era, pensó Keith, el de un granjero típico. llevaba una pajita amarilla en la boca, casi del mismo color de su cabello, y sus pantalones de un azul desteñido hacían juego con sus ojos de un color azul suave.

Keith puso un pie en el estribo y metió la cabeza por la ventanilla con el fin de que el otro pudiera oír su voz por encima del ruido que hacía el motor, y el traqueteo como de hojalata que llegaba de todas las piezas de aquel coche; inclusive cuando no estaba en movimiento.

- Me temo que me he perdido. ¿Sabría decirme dónde está la casa del señor Borden?

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