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Universidad del claustro de sor juana colegio de letras


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UNIVERSIDAD DEL CLAUSTRO DE SOR JUANA


COLEGIO DE LETRAS




ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA

DEL ROMANTICISMO EN

HISPANOAMÉRICA



Dr. Ramón Moreno Rodríguez


Nota Introductoria 3

Primera Generación 6


JOSÉ MARÍA DE HEREDIA 6

FERNANDO CALDERÓN 8

IGNACIO RODRÍGUEZ GALVÁN 11

RAFAEL M. BARALT 18

Esteban Echeverría 19

ANDRÉS BELLO 48


Segunda Generación 56


FRANCISCO GONZÁLEZ BOCANEGRA 56

IGNACIO RAMÍREZ 58

IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO 60

GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA 63

JUAN CLEMENTE ZENEA 70

JOSÉ EUSEBIO CARO 71

JOSÉ MANUEL MARROQUÍN 73

EDUARDO ACEVEDO DÍAZ 74

JOSÉ MARÍA ROA BÁRCENA 80

JUAN DÍAZ COVARRUBIAS 83


Tercera Generación 89


CARLOS GUIDO SPANO 89

RICARDO GUTIÉRREZ 90

OLEGARIO V. ANDRADE 90

RAFAEL OBLIGADO 92

GUILLERMO BLEST GANA 97

MANUEL M. FLORES 98

JOSÉ PEÓN Y CONTRERAS 101

MANUEL ACUÑA 104

ALBERTO BLEST GANA 108

CLORINDA MATTO DE TURNER 118

RICARDO PALMA 119

Notas Biográficas 130



Nota Introductoria1

El romanticismo en Hispanoamérica fue un fenómeno literario tanto por su larga duración, en comparación con otras corrientes literarias, como por la rapidez, intensidad y persistencia con la que se propagó al llegar de Europa en el primer tercio del siglo XIX. Los estudiosos suelen establecer a este movimiento literario entre el periodo de tiempo que va de 1830 a 1875, desde que surgen las primeras manifestaciones románticas hasta que se debilita históricamente en el llamado postromanticismo. El hecho de que haya persistido tanto tiempo hizo surgir diversas generaciones de escritores que pertenecieron a ciclos literarios distintos.


El romanticismo no sólo fue un movimiento que renovó a la literatura sino también a las artes y a la sensibilidad en general que los americanos recogieron y adaptaron en circunstancias culturales e históricas muy diferentes de las que lo vieron nacer en Europa. Por lo tanto es importante distinguir el romanticismo que llegó del que se asimiló y transformó.
El surgimiento del romanticismo se inicia en Alemania e Inglaterra y de ahí se propaga a España y Francia para después pasar al resto de Europa e Hispanoamérica donde se adaptó a un conjunto de circunstancias, demandas y expectativas diferentes; por lo tanto, el romanticismo hispanoamericano pese a que se desprendió del primero siguió una dinámica propia. Una de las circunstancias relevantes fue el proceso de emancipación por el que acababan de pasar la mayoría de los países hispanoamericanos y cuya tarea principal era establecer las bases para emprender su vida independiente. Tras siglos del sometimiento español, la certeza que las unía era la de que sólo podían prosperar como naciones independientes poniéndose bajo el amparo de las garantías y derechos proclamados por el liberalismo; lo relevante es que la libertad romántica europea, que tenía una clara motivación estética, se consolidó en América con la necesidad política, de ahí la diferencia entre un romanticismo y otro.
El romanticismo hispanoamericano, como tal, surge en Argentina con Esteban Echeverría, su fundador, quien formó parte de la más brillante generación romántica del continente, a decir de los críticos, no sólo por su producción literaria, sino por su actividad intelectual en diversos campos y por su participación directa en la definición y la dirección política de su nación: Argentina. Dicha generación es conocida como los «poscritos» (ya que fueron perseguidos por el dictador Rosas), y la integraron Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdí, Juan María Gutiérrez, José Mármol y Esteban Echeverría quien se convirtió en el líder de dicha generación, la que tuvo que enfrentar la tarea de construir las bases de su nación recién emancipada. Su proyecto fue político, ideológico y literario; sus instrumentos no fueron otros que el liberalismo, el socialismo utópico y el romanticismo.
El primer aporte romántico de Echeverría, literariamente hablando, pues en 1846 se publica un documento que se conoce como Dogma socialista escrito junto con Alberdí y Gutiérrez y cuyo único propósito fue mantener vivo el espíritu libertario que animó la campaña emancipadora y que la larga dictadura de Rosas había pisoteado, fue su poema Elvira; o la novia del plata, publicado en 1832. Pero como prosista, Echeverría escribió su célebre relato “El matadero”, retrato fiel de su tiempo, considerado el primer cuento romántico en el que los temas, el ambiente y el lenguaje son del todo americanos, cosa que no sucede con Elvira o la novia del Plata, que es un claro remake de la sensible, casi sensiblera, poesía amorosa romántica europea.
Tras la importancia y novedad que la escuela romántica y la acción de los «poscritos» tuvieron para la literatura de su tiempo, el fenómeno más interesante de la región rioplatense durante el siglo XIX fue otro, paralelo a él, pero de distinta naturaleza: el desarrollo y el auge de la poesía gauchesca; ésta absorbe lo esencial de la etapa madura del romanticismo, cuando ya ha absorbido las demandas de las circunstancias criollas. Eso explica las afinidades y diferencias de la gauchesca con el romanticismo, y la forma singular como se articula con éste la expresión máxima del género: el Martín Fierro. Las anteriores contribuciones a la gauchesca (Ascasubi, Del Campo y Lussich, los forjadores), tienen valor propio y cobran importancia en la medida en que son la anticipación de la obra maestra del género; con el poema de José Hernández se da la consumación de la gauchesca, quien mientras se entretenía con lo anecdótico y lo pintoresco, él apuntaba al retrato de lo que había de esencial y universal en el hombre y en el mundo pampeanos. En el Martín Fierro, Hernández escribe en defensa de los gauchos, de sus valores humanos y sociales, a diferencia de los «poscritos» como Sarmiento que habían convertido al gaucho en el gran obstáculo en la lucha por la civilización, el progreso y los valores europeos que debían ser los de la Argentina moderna pues los consideraban como el símbolo de los males que el país arrastraba, además de ser víctimas de abusos e injusticias.
De su origen en el Río de la plata, el romanticismo se desplazó vertiginosa e intensamente por toda América, para la mitad del siglo XIX dominaba ya todos los países del continente, incluyendo Brasil. La cronología, naturaleza y significación de dicho fenómeno literario varía mucho de país en país, a veces por razones políticas y periféricas a la cultura. Esos curiosos desfases, divergencias y entronques tienden a hacer difusa su imagen, pero también demuestran la capacidad de adaptación que es característica del movimiento. En su largo devenir, el romanticismo tuvo tiempo para evolucionar, metamorfosearse e integrarse en otras corrientes literarias como el costumbrismo que se mantenía paralelamente, o como el realismo, corriente literaria de signo distinto que empezaba a emerger. El resultado es una heterogeneidad de formas románticas que se despliegan formando cuadros histórico-literarios con aspectos no del todo asimilables a un patrón siempre reconocible; a este problema se suma la profusión de autores y obras que aparecieron en un periodo que cubre el segundo tercio del siglo XIX, de manera que el romanticismo es un largo ciclo que se sobrevive a sí mismo gracias a retrasos y reflujos.
El romanticismo fue una estética del entusiasmo y del exceso, según señalan los críticos, que muchas veces vio en todo espíritu sensible aficionado a escribir versos o historias sentimentales, un poeta o un novelista de genio; el fervor patriótico de los países jóvenes contribuyó a la ficción romántica de que cada nación producía un gran vate y cada vate presidía un parnaso de discípulos y epígonos dignos de su grandeza; de ahí que no hagamos una abrumadora relación de los procesos nacionales y la larga nómina de sus representantes, por el contrario, destacaremos las figuras relevantes.
Todavía en las dos décadas finales del XIX un buen número de poetas permanecía básicamente fiel a los moldes de la expresión romántica. Es imposible que esas manifestaciones finales fuesen del todo puras: están contaminadas por experiencias personales, históricas y culturales que alternan su signo y complican su clasificación. Hay varios ejemplos de eso, pero los casos de los mexicanos Manuel José Othón y Salvador Díaz Mirón y del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín son los más visibles y, por lo menos los dos primeros, conservan alguna parte de su interés literario.
Aunque podemos encontrar en la poesía de Othón un inconfundible temblor romántico, no es fácil encasillarlo en ese campo; en realidad, como poeta, Othón es un nudo de contradicciones: su verso tiene un pulcro corte neoclásico; era un espíritu conservador, teñido por la fe católica, que sin embargo tenía una moderada conciencia de vivir en una época dominada por el positivismo y la razón práctica; resistió los embates del modernismo en México pero publicó su poesía en las mismas revistas de éstos, como la Revista Azul y la Revista Moderna.
Díaz Mirón no era menos cuidadoso de la forma, aunque no por tener raíces clásicas como Othón, sino porque su sensibilidad amaba lo exquisito y elegante. Su obra bien puede tenerse como la última y más artística expresión de la poesía romántica en el siglo XIX. De los tres libros poéticos que publicó, él sólo se reconocía en Lascas, los anteriores le parecían fraudulentos, indignos de él.
Por último, Zorrilla de San Martín escribió quizá el poema narrativo más celebrado de esas dos décadas finales: Tabaré, ejemplo del romanticismo tardío y ya esclerosado por el academicismo que los modernistas venían a combatir; no puede comparársele con la versión depurada de los dos poetas anteriores, pero tampoco puede ignorárse.
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