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Unidad 7: literatura salvadoreña: romanticismo y costumbrismo


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Unidad 7: literatura salvadoreña: romanticismo y costumbrismo.
Introducción

En esta unidad el alumnado se enfrentará a las principales manifestaciones de la literatura en El Salvador de la primera mitad del siglo XX. El componente Lengua se propone afianzar y ampliar la reflexión sobre la estructura de las proposiciones adjetivas. En el componente Expresión se pretende generar una actitud reflexiva y crítica ante los programas televisivos, que permita al alumnado discriminar aquellos que en nada contribuyen a su formación humana, de los que sí son valiosos e importantes.


Literatura.

Objetivos:

Que el alumno o la alumna pueda:

1. Reconocer y diferenciar las principales características de la literatura de El Salvador de la primera mitad del siglo XX.

2. Crecer en hábito, sensibilidad y gusto por la lectura de obras de este periodo, y descubrir cómo, además, son una vía para comprender la historia de El Salvador.

3. Crecer en la habilidad para analizar y comentar textos literarios del periodo y para sistematizar el producto en comentarios y composiciones elaborados con sentido de creatividad y buen uso del idioma..

Contenidos:



1. Sociedad y cultura en E. S. durante la primera mitad del siglo XX.

2. Los fundadores.

3. Del costumbrismo al cuento fantástico.

4. La poesía.

1. Sociedad y cultura en E. S. durante la primera mitad del siglo XX

De la república cafetalera a los gobiernos militares. Al iniciarse el siglo XX encontramos a El Salvador expandiendo el ciclo del café. El producto de este arbusto (de no más de 4 metros de altura, de hojas aovadas, verdes y lustrosas) se convierte en la base fundamental de la economía nacional, ya que se cultiva con fines de exportación. Este producto agrícola llega a Europa y Estados Unidos, por lo que nuestro país se vuelve dependiente fundamentalmente de la producción y exportación del café.

Dada la gran importancia del café, es lógico que los cafetaleros tienen el control económico del país, lo que los lleva a adquirir el control político. Para 1903 llega al poder el civil Pedro José Escalón, un cafetalero de Santa Ana, en cierta forma impuesto por el general Tomás Regalado. Pero al finalizar su período llega un militar al poder: el general Fernando Figueroa. Vendrá luego el doctor Manuel Enrique Araujo. Y llegan otros presidentes, y de pronto nos encontramos con el general Maximiliano Hernández Martínez. Recibe el poder en diciembre de 1931, dando inicio a 13 años de amargura. Al siguiente año, 1932, reprime una insurrección en occidente, produciendo miles de muertos. Después vendrían otros militares: Castaneda Castro, Osorio...


Descubriendo las bases de la nacionalidad. Antes del siglo XX, lo que hoy es Centroamérica era una sola nación; y aunque se hacen intentos por la reunificación, al llegar el siglo XX la aspiración unionista pierde fuerza, y poco a poco se va convirtiendo en una simple idea condenada al olvido a medida que cada uno de los países integrantes va adquiriendo una conciencia nacional. Cada vez más los individuos se sienten menos centroamericanos y van adquiriendo una indumentaria nacionalista: yo soy salvadoreño, yo soy de Guatemala... Esta concepción nacionalista se irá acentuando por varios factores. Uno de ellos son las guerras continuas entre las naciones centroamericanas. Con Guatemala, para el caso, El Salvador sostuvo una guerra, liderada por el general Tomás Regalado, quien pretendía abrirse paso hacia el atlántico.
2. Los fundadores.
En lo cultural, el siglo XX se inicia con tres figuras estelares que se acercan a su madurez intelectual: Francisco Gavidia, Alberto Masferrer y Arturo Ambrogi. Estos hombres son considerados los fundadores de los nuevos movimientos culturales.
Francisco Gavidia y la búsqueda

de una literatura con raíces nacionales. Don Francisco Gavidia nació en San Miguel, de donde se trasladaría a la capital. Pero a los 22 años viaja a París, donde su admiración por Francia, su idioma y su poesía se incrementaron. Fue Gavidia un poeta extremadamente culto, y su poesía se desarrolla desde lo romántico hasta lo clásico.

En El libro de los azahares, Gavidia revela al lírico puro, al becqueriano con sus pensamientos siempre atados a la imagen de la mujer que ama. Por su parte Los aeronautas, es un poema que dedicó a la gloria de Santos Dumont, el pionero brasileño de la naciente aviación. Pero Gavidia no se perdería en una poesía ajena a nuestra realidad. Si bien se nutrió de autores extranjeros, logró descifrar la riqueza de nuestra tradición cultural indígena. Gavidia se propuso rescatar dicha tradición y convertirla en una fuente literaria muy importante.

 En su cuento La loba, Gavidia nos hace recordar aquellas historias en las que seres humanos son capaces de transformarse en animales (zoomorfismo). Conozcamos este cuento.

Resumen de La loba. Cacahuatique es un pueblo en que se ve palpablemente la transición del aduar indígena al pueblo cristiano... Todavía recuerdo el terror infantil con que pasaba viendo al interior de una casucha donde vivía una mujer, de quien se aseguraba que por la noche se hacía cerdo. Esta idea me intrigaba cuando al anochecer iba a conciliar el sueño y veía la cornisa del cancel de la alcoba; cornisa churrigueresca que remedaba las contorsiones de las culebras que se decía que andaban por ahí en altas horas. Pensaba también en que podía oír los pasos que se aseguraba que solían sonar en la sala vecina y que algunos atribuían al difunto presidente (Gerardo Barrios)

Esta mujer bruja, cuyo nombre es Kola, pretende casar a su hija Oxil-tla (Flor de Pino) con un cacique. Pero éste no la acepta por ser la dote muy pequeña. Dice el cacique: Oxtal, señor de Arambala, tiene tantas esposas como dedos tiene en las manos; cada una le trajo una dote de valor de cien doseles de plumas de quetzal y de cien arcos de los que usan los flecheros de Cerquín. Tu paloma no puede ser mi esposa sino mi manceba.

Kola le dice al cacique: Tus ojos son hermosos como los del gavilán y tu alma es sabia y sutil como una serpiente: cuando la luna haya venido a iluminar el bosque por siete veces, estaré aquí de vuelta. Cada hijo que te nazca de esta paloma (su hija) tendrá por anual una víbora silenciosa o un jaguar de uñas penetrantes. Los mozos que van a mi lado a las orillas de las cercas a llamar por boca mía a su anual, fiel compañero de toda su vida, atraen a su llamamiento a los animales más fuertes, cautelosos y de larga vida.

Mientras Kola se afana en reunir la dote, Oxil-tla se enamora de Iquexapil (perro de agua): el hondero más famoso que se mienta desde Cerquín a Arambala.

Kola, desesperada por casar a su hija con un cacique, llama en su auxilio al diablo Ofo, con todo su arte de llamar a los anuales.



Una noche que amenazaba tempestad fue a la selva e invocó a las culebras de piel tornasol; a las zorras que en la hojarasca chillan cuando una visión pasa por los árboles y les eriza el pelo; a los lobos, a los que el espíritu de las cavernas pica el vientre y les hace correr por las llanuras; a los cipes que duermen en la ceniza y a los duendes que se roban las mujeres de la tribu para ir a colgarlas de una hebra del cabello en la bóveda de un cerro perforado y hueco, del que han hecho su morada. La invocación conmovía las raíces de los árboles que sentían temblar.

Ofo, el diablo de los ladrones, se presentó y la bruja Kola volvió muy contenta a su casa. Pronto se hablará de muchos robos en la tribu. Era Kola que, convertida en loba, robaba y hasta mataba.

Esta es la forma en que Kola se volvía loba: coloca una sartén en una hoguera en el centro de la casa, da saltos horribles, invoca a Ofo y luego, sobre la sartén, vomita su espíritu en forma de un líquido opalino. Entonces queda convertida en loba.

Cierto día, mientras la loba andaba robando, Oxil-tla descubre aquel líquido y lo arroja a la hoguera. A la madrugada, la loba husmea toda la casa, va, se revuelve, gime en torno, busca en vano su espíritu. Pronto va a despuntar el día. Oxil-tla se despereza, próxima a despertarse con un gracioso bostezo. La loba lame impaciente el sitio en que quedó el tiesto sagrado. ¡Todo es en vano!: antes que su hija despierte gana la puerta y se interna por el bosque que va asordando con sus aullidos. Aunque volvió las noches subsiguientes a aullar a la puerta de la casa, aquella mujer se había quedado loba para siempre.



Oxil-tla fue esposa de Iquexapil.

Estas formas tomaba la moral en los tiempos aduares(de indios americanos).

Alberto Masferrer y la ética social. Don Alberto Masferrer asume, como parte del compromiso social (ética social) del escritor, denunciar las injusticias sociales. En Centroamérica, Masferrer es el primer escritor que, respondiendo a una ética social, se lanza a la aventurada tarea de denunciar la explotación de las grandes mayorías por unos pocos. Tomó un camino inédito, un camino alejado de aquella soledad tranquila que hace brotar los mejores versos o las mejores adulaciones para los gobernantes de turno. No. Masferrer denuncia las injusticias sociales. Por esto se le considera uno de los grandes humanistas que hemos tenido los salvadoreños.

Por supuesto que Masferrer no nos habla de quitarle al rico para darle al pobre. El asume la diferencia entre los seres humanos, pero establece como punto de apoyo la fraternidad. En su ensayo titulado El mínimun vital, el mínimo de vida o lo necesario que debe tener un ser humano, Masferrer establece que todo ser humano debe contar con lo necesario para su desarrollo, pero que a partir de ahí cada cual progresará conforme a sus propias facultades naturales. La doctrina de El Mínimun vital trata de ser una extensión de la familia a la sociedad. Conozcamos parte de su obra.

Fragmentos de El Mínimun vital.


En la situación exasperante y deshonrosa a que han llegado, y en la cual se han estancado casi todos los pueblos; en esa situación de lucha cruel y acérrima en que los millones acumulados surgen de la opresión y de la ruina de los hambrientos; en que atesorar es una palabra sagrada, y en que la envidia, disfrazada de reivindicación, acecha impaciente el momento de trastornar, de manera que los miserables de hoy sean los opulentos de mañana..., es natural que algunos hombres de sentimientos delicados surjan de todas partes, y busquen ansiosos un camino de reconciliación, una fórmula que renueve la alianza entre hombre y hombre, entre hermano y hermano, y sobre lo cual, con sentido nuevo y verdadero, pueda lucir una vez más la palabra Dios.

En busca de esa fórmula los pueblos y sus conductores se han extraviado a veces lamentablemente, y las más dolorosas e irrazonables exageraciones han sido aceptadas como doctrinas salvadoras. ¿A dónde han conducido? Al odio de clases, al rencor de los que padecen, a la organización de los que están abajo preparando el día del desquite. Y cuando llegue (que será cuando los de arriba hayan agotado los medios de opresión y represión), tendremos el mismo desorden, la misma construcción malvada y estúpida, en que sirve de cimiento el esclavo y de coronamiento el señor.

El mínimun vital dice al trabajador, al proletario, al asalariado: confórmate con lo imprescindible; conténtate con que se te asegure aquello indispensable, sin lo cual no podrías vivir; esfuérzate para erigir sobre esa base mínima el edificio de tu holgura y de tu riqueza, y así descenderás o ascenderás según tu esfuerzo, según tu disciplina, según la firmeza de tu voluntad. Y al poseedor, al rico, le dice: consciente en que haya un límite para tu ambición, conténtate con que se te dé la libertad para convertir en oro el árbol y la piedra, pero no la miseria, no el hambre, no la salud, no la sangre de tus hermanos. Traza una línea máxima a tus adquisiciones, y no pases de ahí, para que no te desvele el odio de tus víctimas; para que te dejen gozar en paz, riendo y cantando, de lo que atesoraste.

Definido concretamente, mínimun vital significa LA SATISFACCION CONSTANTE Y SEGURA DE NUESTRAS NECESIDADES PRIMORDIALES.

Necesidades primordiales son aquellas que, si no se satisfacen, acarrean la degeneración, la ruina, la muerte del individuo. La salud, la alegría, la capacidad de trabajar, la voluntad de hacer lo bueno, el espíritu de abnegación, en fin, en todas sus manifestaciones, están vinculadas a la satisfacción constante, segura, íntegra, de tales necesidades.

Por el simple hecho de ser traído a la existencia, un niño adquiere plenos derechos a la vida íntegra, y todas las fuerzas familiares y sociales deben subordinarse a la necesidad de procurarle esa vida íntegra. Sus padres, la comuna, la provincia, el estado, han de constituir para él una cuádruple paternidad, a fin de que esa vida que se inicia adquiera su máxima potencialidad, y llegue a ser un día la justificación de sus progenitores, del medio social que le formó, y la redención de aquellos entre quienes va a florecer.

Necesitamos repetir una y otra vez, que el mínimun vital no es Beneficencia, sino Derecho, y derecho primario y absoluto. No es el estado dando escuelas y otras cosas, “después de atender a la función principalísima de defender la soberanía”, sino la Nación organizada como una familia, en que se atienda a la función CAPITAL, PRIMARIA, de procurar vida a todos sus miembros. Nosotros los vitalistas no queremos oír hablar de soberanía ni de abstracciones de ningún género; queremos oír hablar de niños que comen buen pan y toman buena leche; de gentes que van calzadas y vestidas de verdad; de trabajadores que se nutren bien; de familias que viven en casa amplia, soleada, aireada; en fin, de un pueblo fuerte, sano, vigoroso, alegre, cuya religión es trabajar, y cuya recompensa es VIVIR.

POBREZA. La pobreza, dice Enrique George, “la pobreza extremada es la más grande de las penas, porque es la causa de casi todas las demás.”

LA PENA DE MUERTE. Es innecesario discutir sobre la pena de muerte; sólo exigiremos que el mismo juez que la decrete, mate al reo con sus propias manos.

LA CIUDAD. Ha de haber, necesariamente, un límite natural, un tamaño máximo para la ciudad, para la colmena humana. En las colmenas de abejas y en las viviendas de los castores, cuando ya se alcanza cierto límite, se forma una nueva sociedad... Así, creo que el número máximo de personas que deben componer un grupo, debe ser, precisamente, tantos como puedan conocerse y tratarse.


Arturo Ambrogi y la excelencia en la expresión. Arturo Ambrogi nació en San Salvador en 1874 y murió en esta misma ciudad el 8 de noviembre de 1936. Fue director de la Biblioteca Nacional, periodista prolífico y censor. Arturo Ambrogi es, sin duda, el mejor cronista en la historia de la literatura salvadoreña, y quizás también el más riguroso estilista. Ambrogi se forjó en prestigiosos diarios extranjeros: La Ley, en Chile, y El Nacional, en Buenos Aires.

La crítica ha destacado la precisión de Ambrogi para el detalle, su capacidad descriptiva, la elegancia y propiedad de su prosa, en resumen: su excelencia en la expresión. Pero Ambrogi es también un virtuoso en retratar personalidades.

En las evocaciones que Ambrogi hace de la vida en el San Salvador de finales del siglo XIX encontramos un lenguaje fresco, que es la mezcla de la nitidez en el trazo y de la acotación puntual. Y es que la prosa de Ambrogi es sugerente y seductora.

Como escritor de cuentos, Ambrogi se ubica en la corriente denominada costumbrista. Su Libro del trópico y El jetón contienen instantáneas de la campiña salvadoreña, de sus hombres y su paisaje; son el precedente indispensable de la corriente que culmina con Salarrué.

Otras obras de Ambrogi son: Bibelots (1893), Cuentos y fantasías (1895), Manchas, máscaras y sensaciones (1901), Sensaciones crepusculares (1904), Marginales de la vida (1912), El tiempo que pasa (1913), Sensaciones del Japón y de la China (1915), El segundo libro del trópico (1916), Crónicas marchitas (1916) y Muestrario.
 El libro Crónicas marchitas contiene una crónica titulada Una visita a Rubén Darío.
Resumen de Una visita a Rubén. Deambulando por las calles de París, llego, en aquella húmeda mañana de otoño, hasta la plaza de la concordia, a la propia entrada de los Campos Elíseos. Ha llovido un poco durante la noche, y los castaños y los plátanos del paseo, que van botando sus doradas hojas, están todos mojados y relucientes, y de las puntas de sus ramas negruzcas, caen grandes gotas de agua que se estrellan contra el casquijo de las avenidas. En el horizonte, hacia el poniente, la Torre Eiffel diseña, sobre el cielo descolorido, su osamenta de hierro. Trompetean los autos que pasan veloces, camino del Bosque, con sus cargas de elegancias. Llamo una victoria que pasa en esos instantes y me dispongo a ir hasta la lejana calle Miguel Angel, con el exclusivo objeto de hacer una visita a Rubén Darío.

Esta visita, al llegar, de paso, a París, más que la satisfacción de un deseo, es para mí el sagrado cumplimiento de una obligación. Rubén Darío había sido para mí, durante mi permanencia en Buenos Aires, en 1898, algo así como un hermano mayor; y el cariño y la gratitud hacia el querido maestro perduraba, viva, al través de los años. Era ineludible y grato, a la vez, que yo fuese hasta Passy en su busca, para estrechar su mano, y en agradable intimidad, evocar recuerdos de otros días. ¡Dieciséis años! Como quien no dice nada. En esos dieciséis años han sucedido tantas cosas, los acontecimientos han desarrollado con tanta rapidez sus films emocionantes, la vida sentimental ha experimentado radicales transformaciones.

(Finalmente Ambrogi y Darío se reúnen y conversan) Ahora, es la Argentina y los argentinos el tema de nuestra conversación. La vida de Buenos Aires, vivida un tiempo con intensidad, rememorada ahora con profunda melancolía, va desfilando ante mis ojos. La evocación de Rubén es prodigiosa. Es el Buenos Aires que entreveo en sueños, constantemente, como un paraíso perdido. El Buenos Aires, en que pude luchar, y tal vez triunfar. ¡Ah! La voz de Rubén resuena en mis oídos con la melancolía intensa de una romanza lejana.



Le interrumpo de pronto para preguntarle:

¿Leopoldo Lugones está aquí? Tendría verdadero gusto en visitarle si usted me proporciona su dirección.

No. Lugones está actualmente en Buenos Aires; pero me escribe que muy pronto se embarcará de regreso. Viene con el objeto de fundar una gran revista.

¿Y José Ingenieros?

Ingenieros sí anda por acá: pero se encuentra ahora en Suiza, en Laussane. Si quiere avisarle usted que está aquí, vendrá a París con gusto. El hace siempre de usted muy buenos recuerdos.

(Años después) Ahora, el invierno, cruel, implacable, ha tocado, por completo, con sus dedos mortales en esa portentosa floresta. Rubén acaba de pasar, moribundo, por nuestros puertos, a bordo de un barco yanqui, camino de Nicaragua. Va a León, a su pueblo natal, a reclamar un tibio rincón en la casa solariega. Los años le han abrumado. La enfermedad le ha herido mortalmente. Va triste. Va solo. Va desilusionado. Quien pudo verle, tendido en una ancha silla de lona, sobre cubierta, frente al mar, volviendo la espalda a la tierra, como en un gesto de altivo desdén, me dice que es solamente un cadáver el que algunos devotos llevan allí. ¡Pobre Rubén! Tiembla ante la idea de la muerte, como un niño ante la puerta de una estancia oscura. Y cuando sonríe, forzadamente, por no dejar, hay en su sonrisa tal condensación de honda amargura, que más que sonrisa aquello parece una mueca.


 En Muestrario encontramos un relato titulado Los ruidos de San Salvador, que es un relato en el que Ambrogi hace evocaciones de la vida en el San Salvador de finales del siglo XIX.
Los ruidos de San Salvador. Como San Salvador se acostaba temprano, casi casi con las gallinas, estaba con los ojos abiertos antes del alba.

El primer ruido que sacudía la atmósfera matinal, era el del paso de los machos de los lecheros que llegaban de las finquitas y chacras de los alrededores trayendo la leche. Trotaban los machos, al estímulo de los aciales; y el golpear de sus cascos en el empedrado, resonaba con estrépito.

Momentos después, la esquila de la ermita de Santo Domingo principiaba a tañer, convocando a los fieles a la primera misa. ¡Dulce tañido que llegaba hasta nuestra cama a sacudirnos, y a darnos los buenos días!

Martes, jueves y sábado de cada semana, ocurría algo extraordinario.

Eran los días en que las diligencias de don Pedro Manzano, al sonido de los cascabeles de las colleras de sus mulas, el restallido de sus látigos y el grito gutural de sus aurigas, recorrían las calles capitalinas recogiendo los pasajeros para el puerto, para Santa Tecla, o Cojutepeque.

Ya en pie el pacífico ciudadano de la urbe en embrión, era el traqueteo de las carretas las que aturdían las calles. Las carretas que traían de los zacatales aledaños los manojos de pará, de zacatón, o de leña para las cocinas.

Recuerdo perfectamente a don Rafael Izaguirre, bajito, timboncito, parado en la esquina de la Botica Nicbecker, comprando el zacate para su mula, o a don Jorge Lardé, en el zaguán del Hotel de Europa contando las rajas de leña que el carretero iba descargando y amontonando en la acera.

¡Las ocho!

Fuera de alguna carreta que cruzara, de algún jinete que pasara trotando, del chirrido de la rueda de algún carretón de mano en que el sirviente de una casa llevara la basura de casa a botarla al Castillo, ningún ruido turbaba la tranquilidad de la ciudad.

Ya en la tarde, empalideciéndose el cielo, venía la hora de prender los faroles.

Pasaba el farolero, el negro Nico, con su escalerita al hombro y su encendedor de gas, cuyo escape resonaba como émbolo de tren. Iba prendiendo uno a uno los faroles, los escasos faroles de cristales empañados que alumbraban mezquinamente las calles desempedradas y llenas de hoyos.

La ciudad así alumbrada entraba en la tranquilidad nocturna.

Después de la comida, que era la más tardada, a la seis, por las calles solitarias comenzaban a discurrir unas cuantas medradas sombras. Sombras que al pasar bajo el reflejo rojizo de los faroles, se precisaban un tanto. Eran los que se dirigían a la retreta en el Parque Central, sumido en la penumbra de sus viejos naranjos llenos de golondrinas que defecaban tranquilamente sobre los paseantes, y de sus viejos mameyes cargados de parásitas. Era el Parque Central un delicioso bosquecillo, con su kiosko y sus glorietas, fresco y aromoso en medio de la aridez poblana de la capital.

 La siguanaba es uno de los personajes de nuestra mitología. Es una especie de justiciera feminista, pues sus perversidades siempre (o casi siempre) las ejecuta contra los hombres. Mujeriegos, trasnochadores, borrachos.. en fin, hombres que viven una vida disoluta encuentran en la siguanaba a una verdugo. Ambrogi no estuvo ajeno a esta realidad mitológica, y en su relato La Siguanaba nos escenifica una de las tantas andanzas de la madre del Cipitío.

Resumen de La Siguanaba. En su macho y con un viento de lluvia, el tío Hilario regresaba a su vivienda por la noche, más tomado, esta vez, de lo que le era habitual. Muy asegurado para no caerse, el macho, que muy bien lo conocía y lo estimaba por los cuidados que le brindaba, lo conducía por aquellas montañas.

El tío Hilario se duerme sobre el macho, de manera que éste se esmeraba para evitar su caída, lo que sería más complicado al llegar a la quebrada de los jutes. Pero algún misterioso arrastre paraba, de punta, los pelos al macho. Llegan a la quebrada y el tío Hilario despierta, aún borracho, y no reconoce el lugar. De pronto un miedo comienzo a recorrerlo. No se lo explicaba, pero sintió que por todo el cuerpo le corría una comezón nerviosa, y que se le paraba el cabello y la sangre se le helaba en las venas. ¿Miedo él, quién no lo conocía, que había pasado mil veces por aquel paraje y por otros peor afamados que éste sin sentir absolutamente nada? Sin embargo esta vez, sin explicarse el motivo, lo sentía. Sentía que la cabeza se le hinchaba y los oídos le zumbaban, aturdiéndole.

El pánico también envuelve a la bestia.

El tío Hilario recordó que la gente decía que en tal sitio se aparecía la siguanaba. En esa poza la Siguanaba se ponía a lavar. Decía esa misma gente que no era ropa suya ni de su hijo el Cipitío la que lavaba, sino que era con sus chiches terrosas y arrugadas, que le caían flojas, como vejigas desinfladas hasta más abajo del ombligo, con las que golpeaba contra la superficie de la laja para hacer creer, a los incautos, que lavaba.

A Magdaleno Urquías se le apareció una vez y salió exclamando: ¡Ave María Santísimal ¡Jesús mi´ampare! También se le apareció a ño Jerónimo Chavarriyas, a quien la sigua le dijo: ¡Venga bañémonos ño Jerónimo!

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