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Una Taberna en otro lugar Fantasía Músico – Teatral, en dos Actos


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Una Taberna en otro lugar




Fantasía Músico – Teatral, en dos Actos,


Original de Antonio Becerra.

Año 2.003

Reparto por orden de intervención:
Aniya “La Gitana” Auxiliadora Madrid

Federico García Lorca Pablo Jiménez

Antonio Machado Vicente Ramírez

Miguel Hernández José Mª Jiménez

Manuel de Falla Juan Carretero

Ernest Hemignway José Luis Sánchez

Antonio Ordoñez Juan Antonio García

Cayetano Ordoñez Fernando Mirasol

Antonio Mairena Francisco Pereña

Diego el del Gastor Miguel Laín

Voces en Off José María Tornay

Cuerpo de Baile: Escuela de Danza de Pilar Becerra
Equipo Técnico:
Al Piano: Isabela Martín

Coordinadora: Esther

Apuntador: José Mª Tornay

Maquilladora: Maite Ríos

Luminotécnia: José Pacheco

Decoración: José Cabeza

Efectos Especiales: José Manuel Ríos

Producción: T.E.S. de Ronda
Dirección Antonio Becerra Becerra.

Una Taberna en otro Lugar

Acto I


Lados, los del espectador. Taberna de Aniya la Gitana. Decorado de fantasía: mostrador blanco, botellas de vino, licores etc. Al foro a la izquierda, mostrador y detrás de éste mueble con botellas y objetos del bar. Encima del mostrador, botella de aguardiente y algunos vasos. Al foro, a la derecha, sobre una tarima, piano vertical. En primer término de la derecha, mesa con tres sillas, e igualmente en el lado izquierdo. Al foro, el escenario cierra con un ciclorama blanco. Sobre una de las sillas del lateral derecho se encuentra puesta la guitarra de Aniya. A telón cerrado suena al piano: “Sueño de amor” de Franz Listz, nº 3 en La Bemol mayor. Al abrirse el telón va cesando la melodía y se entremezcla con un “seguirilla” a la guitarra. La escena aparece envuelta en humo y con una iluminación azul tenue. En Escena Aniya la Gitana, un poco descuidada en el aseo y el peinado, acaricia una botella de aguardiente y bebe una copa. En el suelo, y discretamente tumbadas en distintos lugares de la escena, cuatro bailarinas que permanecerán ocultas y estáticas.


Se oye en off, con voz grave y lenta:
”Esta gitana vieja, con la cara curtida con adobo barato; de negros añadidos y peineta de teja. Esta gorda flamenca con andares de pato, que en Ronda bautizaron, a poco que de Ronda los franceses marcharon.

¡Esta odre castiza!..., que empinando una copa de aguardiente serrano (Aniya bebe y se relame) transpuesta se hipnotiza y olvida su vivir hampón y chabacano...” (Aniya bebe, ríe quejosa, suspira y recuerda...)
Aniya. - ¡Lo que escribió de mí ese gachó!... ¿Cómo se llamaba?... Juan Carlos... no, Juan..., no. ¿Cómo era Aniya? ... José, eso José Carlos de Luna, sí. ¡ Qué poeta más triste y más saborio! Hay que ver lo que decía de mí, y sin conocerme. Esta gente, estos artistas, muchas veces se inventan las cosas..., qué poco ángel...; pero en el fondo, ¡es verdad!, “to” lo que dijo de mí... ¡verdad! Me hubiera gustado llamarme María; no sé por qué. ¡María, sí...! María le gusta a todo el mundo. Cuando son pequeñas, todas las niñas se llaman María... (Simulando que habla con María) ¡Hola María! (Ella misma se contesta) No se llama María, se llama Ana... María es un nombre sagrado. María suena a... qué sé yo... cuando lo pronuncias parece que vuela a las alturas: ¡María!. (Pausa. Bebe. Retoma el diálogo con desprecio) ¡Anica!. ¡Anica Amaya!... Así me pusieron; no me gusta, ¡que no!..., pero bueno... (Eructa).

¡Anica!... yo me llamo Ana, siempre me he llamado Ana la de Ronda. “Aniya la Gitana” me decía la gente de allá abajo. Eso sí me gusta: ¡Aniya la Gitana! Aniya la del cante. La de la guitarra, compañera de la noche y amante de la madrugá”. (Recordando e imitando) ¡Qué contenta vamos, Aniya! ... Qué, ¿de fiesta, no? ¡Has visto, de fiesta, niño! ¡Y qué fiestas!. ¡De ensueño, niño! ¡Ea “pos” allá vamos...! (Se entristece y bebe) De fiesta... ¡de fiesta! ¡Y qué fiestas más amargas muchas veces!.

(Sale del mostrador y recuerda coqueta)¡Mis garbosos desplantes pusieron repeluznos en los cafés cantantes! (Suspira) ¡Ay, aquellas callejas, aquellos rincones, aquellas tascas!...

“Y el chorro luminoso

de la ardiente, manzanilla

me colmaba mi caña

cantando por seguirillas”...

(Hace el intento de cantar por seguirillas) Tiri, tiri, tiri, ay, ay... : ¡olé!...

Y que verdad es” to”... sí señó, tiene razón; lo bien que me conocía a mí ese fulano. (Mira la guitarra y se dirige a ella; ante, s bebe un trago, coge la guitarra y la acaricia. Luego se acerca al proscenio poco a poco)
Voz en off:
Esta gitana Vieja,

más vieja que un castillo

con el alba borracha,

camino de su choza,

contonea su cuerpo,

como cuando moza,

y a sus pies se rendían

el oro y la lujuria.



Aniya. - ¿Verdá, señó. Tó, sí señó. Pero lo que más me caló de ese gachó, fue: (Se ha situado en el centro del escenario)
Voz en off:

Y a los guiños azules

del lucero miguero

su alma, rebujada

entre sus blancas manos,

irá al rincón de gloria

que habitan los gitanos.
(Se hace el oscuro en la escena. Aniya ha quedado sentada en una silla de las del lateral derecho con un rayo de luz cenital. Acaricia y simula que toca la guitarra. Queda en penumbra. Se ilumina el ciclorama y aparecen las figuras de un cantaor y un guitarrista, que tocan y cantan por seguirillas lo siguiente:)

Esta gitana vieja,

de negros añadíos

y peineta de teja

vive en una taberna

donde alivia su queja.



(Terminada la seguirilla, desaparecen el cantaor y el guitarrista. Se ilumina la escena con luz blanca. Aniya se levanta y avanza hasta el filo del proscenio. Cuando descubre al público hace un gesto de miedo y un intento de retroceder)
Aniya. - ¿Qué es esto? ¡El ventanal abierto! ¿Quién habrá sido? ¡No es posible! Yo no he sido y aquí arriba nadie se atrevería; por lo menos mi gente no lo haría nunca. ¡Ay, cuando lleguen y se den cuenta!... (Mira al público sorprendida; luego, serenamente, se acerca al proscenio un poco más. Recorre toda la sala con la mirada y dice más tranquila:)

¡Ah, ya entiendo! Han sido ustedes. Ustedes son los culpables. Ustedes han abierto el ventanal..., sí, sí. Habéis sido vosotros. (Pausa)”Los ojos de vuestra fantasía han abierto el ventanal”. (Pausa) Bueno, pues aquí estoy, con mis dos amores: Mi taberna (La contempla) y mi guitarra. Mi sonanta... Ya la toco muy poco. No puedo; mis manos... mirad como las tengo. “Y esto no lo curan ni aquí arriba”. (Se las muestra al público, agarrotadas) Ahí abajo unos me despreciaban, otros se reían de mí, otros... bueno... algunos me sentían... y me querían..., pero esos, eran los menos, casi ninguno; Eran otros tiempos..., ¿otros tiempos? ... no, los de siempre, ahí abajo siempre son los mismos tiempos, por lo menos eso creo yo. (Pausa) Aquí me encuentro mu bien. “Estoy en la Gloria”. Aquí tó el mundo me quiere. Esto no es lo de ahí abajo. La gente que vive aquí arriba, es gente importante. La gente que habita este lugar, ¡esa gente sí que es gente importante! Y, mandar, aquí no manda nadie. Manda la paz y la alegría y sobre todo, el silencio. ¿Dineros, títulos, rangos y poderes...? ¡Estiércol, estiércol puro, puro y podrío! En este lugar hay música, cante, poesía y silencio, silencio y mucha paz. (Examina de nuevo la taberna con un golpe de vista) Y, esto es... ¿mi negocio?...(Ríe) No, no, no… es mi taberna, mi rincón, mi casa para siempre. Aquí tengo muchos amigos que vienen a verme de vez en cuando. Algunos, todos los días. ¡Uy, que irritación más grande cuando aparezcan y vean que está el ventanal abierto! Como se den cuenta les da algo. Son unos locos maravillosos, para comérselos como lo que son: “pasteles de gloria”. Es un río de arte lo que entra y sale por esa puerta. (Señalando). Un río de arte que no tiene fin, que va y que irá siempre repleto de arte. A media mañana, me visitan mis amigos los escritores, los pensadores, los filósofos, los poetas y mis colegas los músicos. Y, por las noches… bueno, por las noches, muchas se nos hace de día y luego otra vez de noche, cantando, bailando, toreando, saltando y... volando de estrella en estrella y de lucero en lucero. Borrachos de amor y de nostalgia pasan aquí las horas. Esa gente que nació con un sello sublime allá abajo y rompió en amores aquí y que sigue recordando momentos de otros tiempos. ¡Cómo cantan y bailan... y cómo beben! Cómo les gusta el vinillo que les sirve su amiga Aniya, “Aniya la Gitana”. (Pausa) Ya están al caer. Ellos siguen como siempre: cantándole a la vida y al amor; soñando con los sueños de unos pocos y sufriendo con las penas de otros muchos. Y... esperando... siempre esperando. Bueno, voy a la trastienda a ponerme guapa. Como escribió ese gachó: “Que con polvos baratos se blanquea y enharina...” (Hace mutis por el lateral izquierdo, detrás del mostrador, con andares de pato y hablando para ella) ¿Tú ves? ahí se equivocó una mijilla. ¡Polvos baratos...! pero ¿qué creería es don nadie?... ¡polvos baratos!... yo me echaba los mejores perfúmenes..., de polvos baratos nada de nada. (Sonríe picarona) ¡Bueno, cuando no se podía...! (Desaparece. La luz se va tornando amarilla. Comienza a sonar en off el intermedio de “Goyescas”, de Enrique Granados. Las cuatro bailarinas que estaban en el suelo se incorporan bailando. Cuando termina la danza las bailarinas van desapareciendo de la escena. Entran Federico García Lorca, Miguel Hernández y Antonio Machado.)

Federico. - ¡Ana! ¡Anita! ¿Dónde está la tasquera? ¡Anita! Hoy te traigo un regalo de los que te gustan. Un cliente nuevo. ¡De lujo! (Se dirige a Machado y Hernández) Seguro que la está durmiendo ahí dentro. ¡Mira que le gusta el aguardiente! ¿Anita, dónde estás?
Aniya. – (Desde dentro) ¡Ya voy, D. Federico! Ya salgo. (Como gruñendo)

Hay que ver que no se puede una ni arreglar con calma.


Federico. – (Dando tres golpes en el mostrador) ¡Despacha...! ¡Despacha!
Aniya. – Ya va, ya va. (Saliendo)¡Qué brío tiene usted, D. Federico y qué poca paciencia! ¡Melón y tajá en mano! Pero yo lo prefiero así. Siempre alegre y con ese ímpetu. Claro, así le salen los versos a borbotones, y ¡qué bonitos son! ¿Quiere que le diga una cosa que usted no sabe, D. Federico?
Federico. – Tú dirás.
Aniya.(Misteriosamente) Se comenta por estos lugares que las estrellas se entretienen diciéndose, unas a otras, los poemas de Lorca.
Federico. - ¡Aniya, te como! (La abraza) ¡Ay, mi tabernera! Y los astros del firmamento se emborrachan de alegría cuando ilumina tu tasca. ¡Preciosa! Bueno, pues mira quien viene hoy a a verte y a tomarse una copita. A Miguel ya lo conoces.
Miguel. - ¡Hola, Aniya!

Federico. - Pero a él, no. Don Antonio, mi amiga Aniya la Gitana. Aniya, Don Antonio Machado.
Aniya. – (Mirándolo con admiración) ¿El maestro?
Federico. – Sí, Aniya, sí, el maestro...
Don Antonio. – Me alegro de conocerla, señora.
Aniya. - ¡Señora! Yo sí que me alegro de verlo.
Don Antonio. – Federico me ha hablado mucho de usted, y todo bueno.
Aniya. – A mí también me han contado de usted: D. Federico, Miguelito, D. Ramón María, ese del ancla.
Federico. - Don Ramón María del Valle Inclán. ¡Casi ná!
Aniya. – Ese, ese bohemio fantástico. Y mucha, mucha gente. (Pausa) Allá abajo lo querían y lo respetaban todos, aquí lo adoran. También sigue siendo usted el “maestro” en este lugar. (Misteriosa) Viene de vez en cuando un viejecito, que lleva tiempo visitando esta taberna. Viene siempre sólo, con un libro en las manos, se sienta allí (Señala una mesa), me pide una copa y se pone a leer: un rato y otro rato, horas y horas y... una copita nada más. Un día, cuando se marchaba, le pregunté: ¿Qué lee usted con tanto afán que se queda traspuesto? Y me contestó: “los versos de Machado”. Nada más. Y se marchó. Habla muy poco.

Miguel H. - ¿Y quién es, cómo se llama?
Aniya. – Tiene un nombre raro. Me parece que se llama señor Chirfi. (Ríen todos).
Miguel H. - ¿Chirfi? ¿Es bajito, nervioso y así… regordete? ¿Toca el piano? ¿Chopin?
Aniya. – No, es serio, muy serio; y tiene el pellejo distinto al nuestro. Pero, tiene aire de... no sé cómo decirlo..., los que lo conocen, lo respetan mucho y dicen que es el padre del teatro.
Federico y Miguel H. – ¡Shakespeare! (Ríen),
Aniya. – ¡Eso, Shakespeare! Y, no solo él, muchos y muchos otros hablan de usted y comentan de sus escritos y sus versos. Don José María Pemán, que también viene de vez en cuando, le recuerda y le nombre con un cariño que no se puede ni imaginar. Tiene usted muchos admiradores. (Pausa) Lo que nadie me dijo es que es usted muy serio.
Don Antonio. - ¿Serio?, bueno, sí, sí que soy serio. Lo reconozco. (Pausa) Es que los maestros de escuela de entonces, éramos gente muy seria. (Ríen)
Aniya. – Bueno, se sientan ustedes y... ¿una copita, no?
Federico. – Sí, Aniya. (Se sientan) Danos unas copas de ese vino tuyo que resucita a los muertos. Nunca mejor dicho.
(Ríen. Aniya va al mostrador, coge una botella y unas copas, las sirve en la mesa y se retira al mostrador para desaparecer después por la trastienda.)
Miguel H. - ¿Qué le parece la gitana, Don Antonio?
Don Antonio. – Interesante señora. Gitana y señora.
Miguel H.- Y de Ronda.
Federico. – Ronda... Ronda la vieja. Yo tuve la suerte de conocerla. Es alta y profunda. Las piedras de su tajo, parecen “panzas de elefante” cuando la luna descansa en ellas. Es un rincón más de estos lugares que de allá abajo.
Miguel H. – Yo no la conocí, pero allí vivió un amigo mío, amigo y compañero nuestro: D. Pedro.
Federico. - ¡Cierto! Don Pedro Pérez Clotet, extraordinario poeta.
Don Antonio. – Extraordinario, delicado, bueno y grande. Precisamente ahora estoy leyendo sus versos. ¡Me encantan! Y lo que más admiro de don Pedro es la libertad de espíritu que poseía cuando cabalgaba por sus poemas. Y cuánto amor en su dulce tristeza.
Miguel H. – Lo sabe poca gente, pero a vosotros os lo cuento. Él estuvo junto a mí en los momentos más duros y amargos. Me ayudó, como no os podéis imaginar. Era generoso. Muy generoso.
Don Antonio. - ¿Lo veis a menudo?
Miguel H. – Yo, con bastante frecuencia. Sigue siendo un hombre solitario y silencioso, pero risueño y muy despistado. Se ve mucho con el maestro Antonio Ordoñez. Es que siempre le apasionaron los toros. Pero sobre todo, desde que llegó aquí, donde se pasa horas y horas es asomado al “gran balcón”, contemplando la sierra de Cádiz, su sierra, en silencio. Siempre callado. Embelesado con aquellos paisajes. Su silencio se llama amor, dijo de él José Mª Pemán. Y sus veros, ¡magníficos! Algunos fueron dedicados a usted, D. Antonio:
(Fondo de piano muy suave. Sueño de amor, de Franz Liz)
Mira la primavera como llama;

cómo vuela la savia por el bosque,

la aurora por las venas; cómo crece

la musical presencia de la noche.


Oye su voz – su trino – mientras duelen

las rezagadas nieves invernales

que no mueren del todo; que hondas velan

desde el jardín secreto de la sangre.


Mira la primavera cómo alienta,

vibra – ¿sueño, pasión? - Mas, no, no acaba

de penetrar triunfante por la herida

que abrieron tantos hielos en el alma.


¿Resuena toda, brota ya el milagro

de su pura canción?... Calla, se aleja,

para volver, cantando – llama, nieve -,

más viva y seductora, más ajena.


Don Antonio. – Miguel, ¿y cuando impotente, desde la distancia te susurró al oído?:

(El piano ha cambiado se “Sueño de amor” a “Serenata” de Schubert. Aniya ha salido de la trastienda y se apoya en el mostrador, escuchando expectante.)


Allí estabas, tan firme tú, aquel día

vibrante igual que un tembloroso cirio.

Allí, tan claro tú, pálido lirio,

que una brisa lejana conmovía.


Allí estabas. ¿Allí? Te sonreía,

la tarde y su canción - ¡ay, tu martirio! –

te alzaba sin cesar (qué alto delirio

tu mirada sin luz, tu vos umbría).

Allí estabas y estás... (ya un sol te dora,

te defiende, y, abierto a cada aurora

clamas ya tanta noche destruida.


Por eso allí te miro, para verte mejor,

y aguardo, al filo de tu muerte,

la amarga sombra aquella de tu vida.
(Ha cesado la música poco a poco. Miguel Hernández se ha emocionado, apoya la cabeza en la mesa y queda como apesadumbrado. Federico trata de animarlo.)
Federico. – Venga, Miguelito, aquello ya pasó. No te me pongas triste, que cuando tú lloras, llora el cielo... (Llamando) ¡Aniya!, otra ronda, que de Ronda estamos hablando.
Aniya.(Desde el mostrador) Voy para allá don Federico y a mandar que para eso estamos. (Aniya prepara otra botella)
Miguel H. – Nunca estuve en Ronda, pero sé que es un lugar de ensueño. Y tienes razón Federico, es más de aquí arriba, porque es alta y eterna.
Aniya.(se acerca a ellos y mientras les sirve, dice:) ¿A que no conocen ustedes la maldición que en Ronda se estilaba hace algún tiempo?
Federico. – Tú dirás.
Aniya.(Tomando su copa de aguardiente que trae también en la bandeja) Al tajo de Ronda, antes del puente que hicieron hace tres días, le llamaban “la chorrera”. Era un precipicio profundo de piedras, que se enzarzaban unas con otras. ¡Que pena que no esté aquí el maestro Cayetano, él conoce la fábula! Cinco toros negros, a punta de garrocha, atravesaban senderos y cañadas para llegar a Ronda, donde iban a ser lidiados en la Plaza más grande de la Fiesta. Tanto se les alteró la sangre a los cinco burlacos, que al atravesar las primeras calles de la ciudad, rompieron en estampida, y, ciegos los cinco, se despeñaron por el tajo. Y de ahí nació esa maldición popular. Cuando dos rondeños reñían o se rebelaban contra otro, entre ellos, se decían: “Y no te cayeras por la chorrera con los cinco toros negros”. (Se va hacia el mostrador)
Federico. – Cuanto sabe esta gitana. Y cuando habla de Ronda..., es que esa tierra tira mucho.
Don Antonio.(Serio) Allí nació mi amigo Francisco.
Miguel H. - ¿Don Francisco Giner de los Ríos?
Don Antonio. – Sí, el mismo, ese sí que es un maestro; esclavo de su ilusión por la libertad y eterno amante de la libertad para los pueblos.
Aniya.(Volviendo a servir) Perdón, señores, pero a ese señor lo conozco también. Es muy viejecito y tiene barbas muy blancas. ¡Es tan tierno! (A don Antonio) Ese sí que le quiere a usted, don Antonio. Cuando habla de usted llora y sonría emocionado.
(Suena una guitarra punteando notas tristes. Quizás soleares y adornos. Cañón de luz a la mesa.)
Don Antonio. - Como se fue el maestro,

la luz de esta mañana me dijo:

Van tres días que mi hermano Francisco no trabaja.

¿Murió?...

Solo sabemos que se nos fue por una senda clara

diciéndonos:

hacedme un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más,

sed, lo que he sido entre vosotros: ¡Alma!.

¡Vivid!, la vida sigue,

los muertos mueren y las sombras pasan.

Lleva quien deja y vive el que ha vivido,

¡Yunques sonad!... ¡Enmudeced campanas!
(Se levanta como extasiado)
Y hacia otra luz más pura

partió el hermano de la luz del alba,

del sol de los talleres,

el viejo alegre de la vida santa.


...¡Oh!, sí llevad, amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes

del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos

de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose bajo una encina casta,

en tierra de tomillos, donde juegan

mariposas doradas...

Allí el maestro un día...

soñaba un nuevo florecer de...
(Pausa. Se sienta de nuevo y bebe un sorbo)
Eso lo escribí cuando vino de allá abajo. Por cierto, señora Ana, y ¿dice usted que viene por aquí?
Aniya.(Desde el mostrador) Alguna que otra vez. De tarde en tarde. Bebe poco, sabe usted. Alguien me dijo que no para de viajar por estos lugares. Y que su único afán sigue siendo el que haya mejor compás entre la gente de allá abajo.
(Se hace un silencio. Suena la botella en la copa de Aniya que se llena. Beben todos al mismo tiempo.)
Don Antonio. – Ahora los serios sois vosotros. Señora Ana, otra copa antes que la tertulia se torne en un drama de ese amigo suyo inglés. (Aniya sirve las copas y se retira tras de la barra por donde hace mutis.) Miguelito, ¿Por qué no nos cantas alguno de esos versos tuyos tan auténticos, tan bellos, tan...
Miguel H.(Interrumpiéndolo) Tristes. Sí, mis versos son tristes. No podían ser de otra manera. Porque allá abajo fui más de la pena que de la alegría.
Federico.Eso nos pasa a todos, Miguelito. No se puede ser poeta sin que te bulla por la sangre la alegría y la tristeza. Además, es que... un corazón que está siempre abierto, duele, duele mucho. ¡Es aquí arriba y todavía escuece un poco!
Miguel H. – Cierto. (Alegre) Pero a mí me gustan más tus poemas: tus sonetos, tus romances… Tienen más chispa, más fuerza, más pasión, más vida. Don Antonio, Federico se pega un pellizco en el alma y salen de ella cientos, miles de versos.
Don Antonio. – Sobre todo, Federico, yo creo que la esencia de tu poesía va ligada al misterio de tu sentir, a tu forma de amar. ¡El amor!, uno de tus grandes dilemas. ¡Fueron tantos los que no te entendieron y te mal- interpretaron! Dudaron de tus sentimientos hasta la vulgaridad. ¡Que poco sabían del amor!
(Se ha iluminado el ciclorama y tras él se oye una guitarra que toca por bulerías. La escena se ha ido poniendo roja. Tras el ciclorama aparecen las figuras de un bailarín y una bailarina. Después, cuatro bailarinas más. La escena se desarrolla según vaya marcando el poema. El cantaor canta, al alimón, estrofa sí y estrofa no, con Miguel Hernández y Lorca que recitan.)
Cantaor.(Por bulerías y siempre en off)
Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela

pero tenía marío.
Migue H. – Y te la llevaste al río, Federico, que yo lo sé.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso

se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos
Federico. - en las últimas esquinas

toqué sus pechos dormios

y se me abrieron de pronto

como ramos de jacinto;


Cantor. - Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecío

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río;


Miguel H. - el almidón de su enagua

te zumbaba en los oídos

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos.


Cantaor. - Pasadas las zarzamoras,

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo;



Miguel H. - te quitaste la corbata,

ella se quitó el vestío:

tú, el cinturón con revolver,

ella, sus cuatro corpiños;


Cantaor. – ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.


Federico. - Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendíos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.


Miguel H.- Aquella noche corriste

el mejor de los caminos

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos...

(En este momento la guitarra cambia a soleá)
Don Antonio. - Sucia de besos y arenas

te la llevaste del río,

y en el aire se batían

las espadas de los lirios.



(Cambia la guitarra a bulerías muy rápidas)
Miguel H. - Te portaste como eres,

¡como un gitano legítimo!


Federico. - La regalé un costurero

grande, de raso pajizo.


(Miguel Hernández cae extenuado en la silla)

Cantaor. - Y no quise enamorarme

porque teniendo marío

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

(Coincide el final del poema con la desaparición de los personajes de detrás del ciclorama, que han salido lentamente. Cuando se hace la luz normal en la escena, Machado, Federico y Miguel H. aparecen con los brazos entrecruzados unos con otros. Pausa.)
Federico. – No sabía yo que tenías ese compás, Miguelito. Y, dices que son tristes... Imposible, tus poemas nacieron en aquellos campos llenos de luz y allí siguen, y los cantan los pájaros en mañanas claras de alegres primaveras. ¡Tú de la pena!, cuando en noches serenas y calladas nacieron de tu soledad cantares que reventaron y siguen reventando el manantial de la guitarra.
(Ha aparecido en el piano, aprovechando el cambio de luces, Manuel de Falla, que toca. La escena ha quedado con una luz cenital sobre el piano y otra sobre la silla en la que estaba sentado Lorca y que éste utiliza como si fuese una cuna que mece. Suena en off, mientras Falla simula tocar, “Barcarola” de los cuentos de H. Federico canta)
“En la cuna del hambre

mi niño estaba

con sangre de cebolla

se amamantaba.”

(Se dirige a Miguel)

¡Y como creció. Ahí lo tienes: grande, fuerte, bello; ahí lo tienes. Y, ya, siempre contigo por las estrellas.

(Canta)

“Tu risa me hace libre,



me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea”.


(Le habla a Miguel con mucha intención)
ya,... siempre navegando

por las estrellas,

¡con tu niño del alma!...,

los dos con “ella”.


(Se hace la luz normal poco a poco. En este cambio vuelve a desaparecer Don Manuel de Falla. Miguel está un poco triste, pero sereno. Federico se sienta y bebe.)
Don Antonio. – ¡Qué le gusta la música a este Federico! Eso no lo sabe todo el mundo. En realidad tú ibas para músico; el piano te entusiasmaba, ¿verdad?, como a nuestro querido Don Manuel. Por cierto, me ha parecido que era él quien tocaba,... pero, no, (Mirando al piano) ahí no hay nadie. Bueno, no sé... en este lugar pasan cosas tan raras...
Federico.(Observa a Miguel H.) ¿Qué te pasa, Miguel? Ya no tienes motivos para seguir sufriendo, estamos comentando momentos de un pasado que sólo son recuerdos. Lo que anhelabas ya lo has encontrado: tu felicidad y la de los tuyos, ¿no?.
Miguel H. – No puedo evitarlo. Nací allá abajo con un deseo que me hizo vivir y que me llevó a la tumba, y con ese deseo sigo viviendo en este lugar: que se amen los hombres, que la guerra no es buena. Pero, es imposible, siguen despreciando la libertad, ignorando la generosidad. No cultivan la lealtad,... siguen destruyéndose unos a otros. (Pausa)
Tristes guerras, si no es amor la empresa,

... ¡tristes... tristes...!


Federico. - Tristes armas, si no son las palabras,

...¡tristes, tristes!


Don Antonio. - Tristes hombres, si no mueren de amores,

...¡tristes, tristes!


Miguel H. - ¡Muy tristes!
Don Antonio. – Es cierto, Federico. Miguel tiene razón, yo lo comprendo. Para él fue muy duro. Lo pasó terriblemente mal. Yo no sé lo que es sentir el frío doloroso de una bala que te destroza o el sufrimiento de la terrible enfermedad que te va comiendo y minando poco a poco. Pero allá abajo, también fui de la pena, de la pena más honda. Desde que la enterré allá en el “alto espino” hasta que vine aquí, todo fue una lucha de sentimientos. Sólo el regresar de nuevo a mi tierra y a los lugares de mi infancia me produjo cierto consuelo.
Miguel H. – Y esa cabeza tan clara y maravillosa que siempre tuvo usted, profesor, ¿no le sirvió para mitigar un poco su dolor?
Don Antonio. – No lo creas Miguel. La cabeza, tú lo sabes muy bien, sirve para pensar y sobre todo para tener sentido común, pero lo que duele es el corazón, y el corazón inunda tu ser. (Pausa) Lo tuyo fue también muy duro, ¿verdad, Federico? Nunca me lo has contado. ¿Quiénes lo hicieron? ¿Por qué?
Federico.(Se levanta de la mesa cabizbajo y se aleja. Pausa.) Que más da... para qué. Ya, no importa.
Miguel H. - ¿Por qué volviste? El ambiente allí no era bueno
(Suena al piano, en off, “Granada” de Albéniz, la parte dolorida.)
Federico. – Me llamaba mi tierra, mi gente. Yo tenía miedo, un miedo terrible a la muerte. Ese era mi otro dilema, don Antonio. La muerte me obsesionaba, me aterraba, me seguía a todas partes, era… la angustia de mi razón. Pero más grande fue el deseo de volver con los míos, de regresar a Granada. ¡A mi Granada! (En un tono jocoso) Luego comprendí que aquellas balas que me destrozaron fueron el salvoconducto para volar hasta aquí y reunirme con vosotros. Allí quedaron vuestros escritos y los míos. Allí quedó nuestra ilusión y nuestra esperanza. Y si fuerza y alcance tuvo el rugir de la ametralladora, más fuerza tienen nuestros versos y nuestros pensamientos, que siguen vivos en casi todos los lugares de la tierra.
(Montar esta escena, irregular, sin sentido de movimientos y entrelazada. Comienza a sonar en off al piano Reverít de Schuman. La luz se torna otra ves celeste. Federico se ha transformado, parece como ausente, mientras recita.)

El viento se ha llevado las nubes de tristeza;

el verdor del jardín está limpio y sonoro;

los pájaros han vuelto detrás de la belleza

y del ocaso gris surge un vergel de oro.

¡Inflámame poniente, hazme perfume y llama!

¡Que mi corazón sea lo mismo que un poniente!

Descubre en mí lo eterno,

lo que arde, lo que ama,

y el viento del olvido se lleve lo doliente!
Don Antonio. – (Se levanta igual, como abstraído, se mueve lentamente en otra dirección, mientras recita.)

Al claro azul del día

le pongo luz de estrella,

y la luna es mi sol,

y mi amor es mi guía;

cada vez que la vida

me tiende una flor bella,

la corto con la daga de la melancolía;


Miguel H. – (Se levanta igual que los anteriores, y recita.)

Mi paisaje es mi alma

y mi hogar es mi pena;

y vivo en un vergel

cerrado y melodioso,

como una embalsamada

y cándida azucena

que el profano desdeña

y respira el piadoso.
Federico.(Extrañado, mirando hacia arriba, perplejo y muy alegre, casi gritando )¡Miradle, por allí viene, cabalga con su borriquillo!
Don Antonio. - ¿Quién es? ¿Dónde está?
Federico. – ¡Sí, es él, es él! Ha escuchado sus versos y viene hacia nosotros.
Miguel H. – Don Juan Ramón. Es don Juan Ramón Jiménez. ¡Qué alegría... y viene con Platero, mi borriquillo!
Don Antonio. - ¡Maestro! Él sí que es el maestro.
(Voz en off de Juan Ramón Jiménez)
¡Amistad verdadera, claro espejo

en donde la ilusión se mira!

... parecen estas nubes

más bellas, más tranquilas...

¡Antonio!, siento en esta tarde ardiente

tu corazón entre la brisa...


Don Antonio. –

La tarde huele a gloria, maestro;

Apolo inflama fraternales liras

en un ocaso musical de oro

como de mariposas encendidas.
Voz en off. - ¿Sientes, esta tarde ardiente,

mi corazón entre la brisa?


Don Antonio. - Sí maestro. ¡Amistad verdadera...

Eres la fuente de la vida!

... La fuente que a los prados de la muerte

les lleva flores pensativas

en la serena soledad undosa

de sus corrientes amarillas.


Federico. – (Como nervioso y yendo hacia el mostrador, mirando hacia arriba) ¡Va descendiendo! ¡Se acerca! ¡Pronto!, vamos a la estancia, viene hacia allí, a la pradera blanca. (Llamando)¡Aniya! ¡Aniya!
Aniya. – (Desde dentro) ¡Ya va, don Federico, ya va!
Federico. – ¡Don Juan Ramón, ha venido don Juan Ramón!
Miguel H. - ¡Oh, no! ¡Qué alegría! ¡Platero, Platero, que alegría verte, borriquillo guapo!
Don Antonio. – (Como rezando) Platero, eres pequeño, peludo, suave. Tan blando por fuera que se diría que eres de algodón, que no llevas huesos.
Miguel H. – Eres tierno y mimoso, igual que un niño.
Federico. – Tienes acero. Acero y plata de luna al mismo tiempo. ¡Ya bajan, Aniya, pronto, está aquí don Juan Ramón!
Aniya. – (Entrando en escena) ¿Qué pasa, don Federico? ¿Por qué ese destartalo?
Federico. – ¡Don Juan Ramón y Platero. Ahí están, en la estancia! ¡Vamos pronto!
Aniya.- (Iniciando el mutis despacio, pero nerviosa. Le siguen Federico y Miguel H.) ¿Don Juan Ramón? ¿Y... y Platero? ¡Mi borriquillo lechuzo! Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles y los higos. ¿Es más lechuzo! Pero, es tan tierno...
(Han salido los tres, quedando en escena sólo don Antonio que, mirando hacia arriba, dice):
Don Antonio. – Es tierno como un niño, como todos los niños de allá abajo.
(La música ha ido subiendo mientras cae el
T e l ó n
ACTO II
Misma decoración del acto anterior. En su sitio del mostrador se encuentra apoyada Aniya la Gitana. Por el exterior Cayetano Ordoñez, “Niño de la Palma, tomando una copa y charlando con Aniya. A la derecha, en el piano, Don Manuel de Falla. Sentados, alrededor de la mesa de la derecha, Diego el del Gastor y Antonio Mairena. En la izquierda, sentados también, Antonio Ordoñez y Hemingway. Al abrirse el telón, en primer término, forman un balcón tres bailarinas tapadas por un tul blando. Asomado a este balcón se encuentra Pedro Pérez Clotet, en posición estática e iluminado por luces laterales y un foco cenital, que impiden que se vea la escena interior.


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