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Una mirada histórica desde una perspectiva liberal


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El aporte social de los emprendedores:

Una mirada histórica desde una perspectiva liberal

(desde la Edad Media hasta finales del S. XIX)
Por Alejandro Gómez

Doctor en Historia

Introducción.

Es común escuchar en estos días todo tipo de críticas al capitalismo global que cubre, cual peste incontrolable, todos los rincones del planeta. La sociedad en la que nos toca vivir parece estar condenada a su autodestrucción por la influencia de los países desarrollados, que en su búsqueda de mejoras tecnológicas y nuevos mercados propagan todo tipo de calamidades alrededor del mundo. La “enfermedad” es conocida como globalización, y sus propagadores son los países capitalistas a través de sus agentes contaminantes, es decir, las corporaciones multinacionales y los empresarios que dan origen a las mismas. En consecuencia, y siempre siguiendo este razonamiento, la manera de detener esta plaga es poner más controles sobre la economía nacional e internacional. Crear obstáculos legales cual antídotos contra una enfermedad que corroe el cuerpo social de las naciones. El “capitalismo salvaje”, como le gusta llamarlo a sus detractores, es la causa, entonces, de todas las inequidades y privaciones que padecen más del 80% de la población mundial. Por este motivo, los agentes del capitalismo son denostados y fustigados por su accionar. No es extraño ver de cuando en cuando a Bill Gates ser recibido con un pastel en la cara cuando alguno de estos globalifóbicos tiene la oportunidad de acercarse al empresario en público.

Ahora bien, esta reacción contra los emprendedores y hombres de negocios no es nueva, sino que ha estado presente a lo largo de la historia. Para no alejarnos mucho en el tiempo, podemos situarnos en los siglos XIII y XIV de nuestra era y ver la condena que sufrieron los mercaderes medievales por parte de nobles y religiosos. La actividad se “toleraba” como un mal necesario, el mercader que compra y vende productos elaborados por otras personas no tendría porque enriquecerse más que aquellos que habían producido estas mercancías. El prestamista que adelantaba dinero al productor no tendría por qué cobrar interés, ya que él no había hecho ningún tipo de esfuerzo en la operación. Y el mismo rechazo sufrían aquellos hombres que a lo largo de los siglos XVI y XVII se animaron a experimentar y a hurgar en el campo de las ciencias para lograr mejores maquinarias y procesos productivos. No faltaron los que argumentaron que aquellos emprendedores que descubrían nuevos métodos de producción, más eficientes y económicos, perjudicaban a los artesanos que veían peligrar su fuente de trabajo, y a los campesinos que debían emigrar a la ciudad por culpa de las nuevas maquinarias agrícolas que ahorraban trabajo en el campo. Más cerca en el tiempo, los grandes emprendedores de la segunda mitad del siglo XIX fueron tildados sin titubeos como robber barons. A lo largo de más de cinco siglos aquellos que se animaron a desafiar a la autoridad y a la tradición fueron objeto de rechazo por parte de la clase gobernante e intelectual de su época (aún hoy sigue existiendo este tipo de rechazo hacia el empresario exitoso). Sus ideas y su eventual riqueza fue objeto de censura y rechazo, como si los cambios que lograban introducir luego de un dificultoso e inestable proceso de ensayo y error sólo tuvieran como consecuencia el enriquecimiento propio y la desdicha ajena.

Rara vez encontraremos en los libros de historia los nombres de empresarios, comerciantes o banqueros exitosos, y cuando se los menciona se lo hace con una connotación negativa. Eso sí, no faltarán en dichos textos los nombres de artistas, generales, reyes, políticos, filósofos y líderes sociales. En estos textos se relatan sus hazañas y proezas con lujo de detalles, como si estos fueran el motor de la historia y del progreso. Así, el éxito o el fracaso de la sociedad depende de la fortuna y sagacidad de estos hombres, ya sean miembros de la clase gobernante o de la “elite iluminada” que vendría a implantar una nueva forma de gobierno, cuyo noble propósito es el de la redistribución de la riqueza.

El objetivo de este artículo, es rescatar la importancia de los hombres de negocios (comerciantes, banqueros, empresarios) como agentes civilizadores de la sociedad. La idea central es que en aquellos pueblos en los que estos emprendedores pudieron actuar con mayor libertad se generaron mejores condiciones para el progreso de la población en su conjunto. Es decir que: en primer lugar, el éxito de los mismos es el resultado de la posibilidad de poder experimentar libremente, asumiendo todos los costos y beneficios de sus acciones; en segundo término, que como consecuencia de sus acciones la sociedad en su conjunto, la cercana y la lejana (tanto en tiempo como en espacio) ha podido disponer de mejores herramientas para ser más productivos y en consecuencia generar más riqueza; y por último, que en aquellos países donde no existen (o existieron) estos empresarios donde encontramos las peores condiciones de vida de la gente. En síntesis, la ausencia de empresarios capitalistas, y no la presencia de los mimos, es la causa de la pobreza y de las miserables condiciones de vida en la que está sumergida la mayoría de la población mundial.

En las próximas páginas haré referencia a algunos emprendedores y su influencia a lo largo de la historia, analizando principalmente el contexto en el que se produjo la aparición de los mismos y cuáles fueron sus contribuciones para el progreso de la civilización. Por cuestiones de espacio, sólo me remitiré a algunos casos puntuales situados entre los siglos XIV y XIX. En la primera parte haré una breve referencia teórica al rol del emprendedor en la sociedad; en la segunda parte, mencionaré el caso de los mercaderes medievales; en la tercera, las características de los hombres de negocios en Estados Unidos desde la independencia hasta finales del siglo diecinueve.



Emprendedores y sociedad: la visión tradicional.

Las sociedades que a lo largo de la historia han podido progresar en todos los aspectos del quehacer humano han contado con la presencia de emprendedores-innovadores, los cuales han aportado adelantos de todo tipo que beneficiaron, en distinto grado, a toda la comunidad. Si bien es cierto que las acciones de estos fueron motivadas en la mayoría de los casos por la ambición personal, el fin de lucro y la curiosidad, no es menos cierto que las consecuencias de sus acciones redundaron en mejoras no sólo para sus contemporáneos, sino también para las generaciones futuras.


De todos modos, es curioso observar que estos emprendedores-innovadores generalmente son ignorados a la hora de hacer un estudio de la historia de los avances de la civilización occidental. Es más, en la mayoría de los textos en los que se analiza su actuación, se los asocia con una connotación negativa. Se los presenta como seres que se han enriquecido a costa del resto de los habitantes. Bajo esta perspectiva el emprendedor es visto como aquel que sólo busca su beneficio personal o sectorial a costa del resto de la comunidad, como si el éxito económico del que llegaron a gozar fuera la consecuencia directa del perjuicio o la explotación del resto de la sociedad.

En nuestros días, es común escuchar todo tipo de críticas al capitalismo global y a las grandes empresas que son su cara más visible. Políticos, líderes religiosos, periodistas e intelectuales llenan periódicos, espacios en radio, televisión y libros culpando al capitalismo por todas las calamidades que nos ocurren, al tiempo que añoran una sociedad más igualitaria en la que (supuestamente) todo el mundo vivía en condiciones de igualdad y en un ambiente menos contaminado por las grandes fábricas.


Para muchos de estos críticos del capitalismo, los emprendedores y las corporaciones multinacionales son los causantes de todos los males que deben sufrir los sectores más pobres de la sociedad. De hecho, solemos leer en la portada de los periódicos cuando una gran empresa toma la decisión de despedir a un gran número de empleados, pero casi nunca leemos sobre la cantidad de empleados a los que dan trabajo dichas empresas. Parecería que el capitalismo y los empresarios sólo son responsables por los hechos desagradables pero no así por los beneficios de los que gozan los habitantes de las sociedades industrializadas. Si se sigue esta línea de razonamiento, no es extraño observar los pedidos de implementar más controles sobre la economía y las empresas, especialmente a partir de la crisis global que nos afecta desde finales de 2008. Crear obstáculos legales para limitar las supuestas consecuencias negativas del capitalismo y sus “agentes propagadores” (los empresarios) parece ser la consigna del día a nivel global. El denominado “capitalismo salvaje” es la causa de todas las inequidades y privaciones que padece la mayoría de la población mundial.
Ahora bien, esta reacción contra los emprendedores y hombres de negocios no es algo que ha surgido en estos últimos años, sino que ha estado presente a lo largo de todas las épocas. Para no alejarnos mucho en el tiempo, podemos situarnos en los siglos XIII y XIV de nuestra era y ver la condena que sufrieron los mercaderes medievales por parte de nobles y religiosos. Su actividad era “tolerada” como un mal necesario, el mercader que compra y vende productos elaborados por otras personas no tendría porque enriquecerse más que aquellos que habían producido estas mercancías. El prestamista que adelantaba dinero al productor no tendría por qué cobrar interés, ya que él no había hecho ningún tipo de esfuerzo en la operación. Y el mismo rechazo sufrían aquellos hombres que a lo largo de los siglos XVI y XVII se animaron a experimentar y a hurgar en el campo de las ciencias para lograr mejores maquinarias y procesos productivos. No faltaron los que argumentaron que aquellos emprendedores que descubrían nuevos métodos de producción, más eficientes y económicos, perjudicaban a los artesanos que veían peligrar su fuente de trabajo, y a los campesinos que debían emigrar a la ciudad por culpa de las nuevas herramientas agrícolas que ahorraban trabajo en el campo.
Más cerca en el tiempo, los grandes emprendedores de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX han sido catalogados como robber barons. Uno de los autores que más ha influido con su prédica antiempresarial fue Thorstein Veblen con su trabajo Theory of Business Enterprise publicado en 1904. En éste, Veblen sostiene que a la empresa moderna sólo le interesa acumular capital, sin importarle si para hacerlo perjudica o beneficia a la comunidad en donde se desempeña. Este autor influenció a John M. Keynes, quien también se refirió a los empresarios en forma negativa al sostener que eran seres ignorantes, cínicos y con falta de escrúpulos. En los años treinta esta visión crítica sobre los empresarios está claramente reflejada en la obra de Matthew Josephson, The Robber Barons, publicada en 1934, en el cual se retoma la idea de Marx, al sostener que la riqueza del empresario era producto del trabajo que éste le robaba a los obreros de la empresa.1
A lo largo de más de seis siglos, aquellos que se animaron a desafiar a la autoridad y la tradición, fueron objeto de rechazo por parte de la clase gobernante e intelectual de su época. Aún hoy, en la sociedad altamente tecnificada que nos toca vivir (con cientos de adelantos que nos hacen la vida mucho más sencilla de lo que podría ser) la figura del hombre de negocios exitoso sigue siendo rechazada. Excepcionalmente encontraremos en los libros de historia los nombres de empresarios, comerciantes o banqueros exitosos, y lo más probable es que cuando se los menciona se lo hace con una connotación negativa. Por el contrario, no faltarán en dichos textos los nombres de artistas, militares, reyes, políticos, filósofos, líderes sindicales y sociales. En la mayoría de los casos se resaltan sus aportes a la civilización y el progreso social, como si el éxito o el fracaso de las naciones dependiera de la fortuna y la habilidad de estos hombres, ya sean miembros de una elite gobernante o de un grupo de “elegidos” que lideran una revolución que vendrían a implantar un nuevo orden social, que en la mayoría de los casos se traduce en la creación de una sociedad más igualitaria producto de una justa distribución de la riqueza.
El emprendedor civilizador.

En este trabajo se tomará la figura de los hombres de negocios (mercaderes, banqueros, empresarios) con un enfoque totalmente opuesto al que señalamos en los párrafos precedentes. Nuestra hipótesis es que los empresarios son agentes promotores de civilización de la sociedad. Al hablar de civilización nos referimos a una sociedad que ha logrado un cierto estado de desarrollo intelectual, cultural y material, caracterizado por el progreso en las formas de vida cotidianas, con un uso extensivo de la lectura y la escritura, así como también de la tecnología, las ciencias y las artes, todo lo cual implica la existencia de instituciones políticas, sociales y económicas que dan un marco de referencia para una convivencia relativamente pacífica entre los individuos. En este sentido, la civilización es un proceso de creación continuo y espontáneo, ya que no la encontramos dada de esta forma en la naturaleza, siendo el ser humano el único sujeto susceptible de crear civilización.


A lo largo de la historia hemos conocido pueblos que han logrado distintos grados de civilización y algunos otros que nunca han logrado conformarse como una sociedad civilizada. ¿Por qué se ha producido esta diferencia entre unos y otros? Son muchos los trabajos que se han dedico a contestar esta pregunta. Las respuestas que se dieron abordaron explicaciones desde la filosofía, la historia, la geografía, la provisión de recursos naturales, la organización política y las creencias religiosas, por mencionar sólo algunos de los enfoques más conocidos. Pero son pocos los trabajos que destacan el aporte que han hecho los emprendedores al desarrollo de la civilización occidental.
En estas páginas resaltaremos el rol determinante que tuvieron los emprendedores en el progreso de la sociedad, ya que es precisamente en aquellos países donde existe un mayor número de emprendedores exitosos donde se encuentran las mejores condiciones de vida para la población. Ahora bien, una condición necesaria para que exista la posibilidad de tener empresarios exitosos es que haya libertad de emprendimiento.

El éxito de empresarial es consecuencia de la posibilidad de poder experimentar libremente corriendo riesgos, asumiendo costos y, también, pudiendo disfrutar de los beneficios que acarreen sus acciones cuando culminan exitosamente. Ahora bien, cuando en una sociedad libre el empresario obtiene beneficios, éstos no son sólo para el emprendedor sino que también la sociedad se beneficia al poder disponer de una mayor cantidad de bienes que le facilitan la vida, ya sea con mejores herramientas, mejores condiciones de vida o simplemente con más tiempo libre para poder destinarlo como mejor le plazca a cada uno. Por ejemplo, una simple mejora en el transporte puede dar más libertad a las personas, acercar mercados distantes, mejorar las dietas alimenticias, proveernos mejores medicinas o traer el circo al pueblo para brindar entretenimiento a sus habitantes.


Lo que sucede generalmente es que la gente se queda pensando solamente en la fortuna personal que logra acumular el emprendedor exitoso, lo cual nos hace perder de vista todo el proceso de creación de riqueza que hay detrás de ese éxito y los beneficios que el mismo implica para el resto de la comunidad. Esto se produce porque se suele olvidar el hecho de que en una sociedad libre los que premiamos con el éxito a los empresarios somos los consumidores cada vez que elegimos los productos o servicios que estos ofrecen en el mercado. Por el contrario, en aquellos países donde no existen condiciones que incentiven la aparición estos empresarios son los mismos en los que se encuentran las peores condiciones de vida para la gente. Se podría decir que la ausencia de empresarios capitalistas, y no su presencia, es la causa de la falta de riqueza y de las paupérrimas condiciones de vida en la que está sumergida una gran parte de la población mundial.
El emprendedor y el proceso de mercado.

Son diversos los significados que se le han atribuido al concepto de “empresario”: se lo suele considerar como un factor de producción, como coordinador de factores, también como manager y líder carismático, o como innovador. Pero aún cuando éste puede ser identificado con muchas etapas del proceso económico, son muy pocas las páginas que dedican los manuales de economía para estudiar la función empresarial.2


Peter Klein sostiene que “la función empresarial, en el sentido misiano, es el acto de asumir la incertidumbre. En un mundo siempre cambiante, las decisiones deben basarse en las expectativas sobre eventos futuros. Debido a que la producción toma tiempo, se deben invertir recursos antes que el retorno sobre las inversiones sea realizado. Si el pronóstico sobre los retornos futuros no es adecuado, las ganancias esperadas se convertirán en pérdidas. Esto, por supuesto, es así no sólo para los inversores financieros, sino para todos los actores humanos. Por lo tanto, toda acción humana deliberada corre algún riesgo que los medios seleccionados no den como resultado el fin buscado. En este sentido, todos los actores humanos son emprendedores”.3 En el caso que nos ocupa, podremos apreciar cómo en aquellas sociedades en las que se puede acotar el riesgo a través de reglas de juego claras, ampliamente conocidas y estables, la presencia de emprendedores exitosos será mayor que en las que no desarrollan un cuerpo institucional que permita acotar el riesgo y la incertidumbre.
Por estabilidad institucional se entiende un conjunto de normas que perduran en el tiempo y que hacen posible predecir con cierto margen de certidumbre las consecuencias de nuestras acciones, si bien no en cuanto a cómo reaccionará el mercado, sí en cuanto al marco legal que regula el comportamiento de los que participan en el mercado. En el contexto de la sociedad libre a la que hacemos referencia, esta estabilidad institucional está determinada por los siguientes principios: libertad individual (de ingreso y salida al mercado, y de movilidad de factores), derechos de propiedad claramente establecidos, cumplimiento de las promesas (contratos) y estado de derecho, esto último refiere a lo que llamamos gobierno de la ley.
De todos modos, la existencia de un marco institucional estable no significa la posibilidad de conocimiento perfecto o el acceso a toda la información requerida por el emprendedor. Éste, asume riesgos aún en las sociedades que más respetan los derechos de propiedad. Se puede decir que la existencia de reglas claras y estables es una condición necesaria para que aparezcan emprendedores dispuestos a arriesgar capital en búsqueda de un beneficio esperado, pero bajo ningún concepto la existencia de las mismas implica la desaparición del riesgo.
Hasta acá se hizo referencia al emprendedor como esencialmente tomador de riesgo, pero éste también puede ser identificado como la persona cuya característica principal es la de buscar mercados subvaluados para desarrollar su idea o invento. En este enfoque, el emprendedor es un “buscador” de oportunidades para nuevos negocios, está “alerta” a las necesidades insatisfechas del mercado. Para los que destacan esta faceta del emprendedor existe una diferencia entre el que aporta el capital para poner en marcha el negocio y la función del emprendedor.4 En última instancia, se podría decir, que según sea el enfoque que se adopte, el emprendedor es la persona que asume riesgo para poner en práctica su idea, o sólo es el que “descubre” el negocio, y que para llevarlo a la práctica necesitará del aporte económico de un socio capitalista.
Hecha esta aclaración con respecto a la característica principal del emprendedor según el enfoque que se priorice sobre su función, lo que encontraremos mayoritariamente en este trabajo son ejemplos del emprendedor tomador de riesgo, es decir, aquel que no sólo aporta su conocimiento del negocio sino que también arriesgará su capital para ponerlo en marcha, ya que ha sido el modelo más desarrollado hasta bien entrado el siglo XX.
En este proceso de creación de riqueza, generalmente son muchos más los emprendedores que fracasan en su intento que los que tienen éxito; ya que por cada emprendimiento que culmina en éxito hay centenares de fracasos que pocos toman en cuenta. Esto se debe principalmente a que los emprendedores deben desempeñarse en un contexto de cambio permanente en la población, la dotación de recursos, las tecnologías, los precios, las valoraciones subjetivas de los consumidores, la cantidad y calidad de los bienes y servicios que éstos demandan, entre otras cosas.5 El empresario busca asignar los recursos de manera tal que se maximicen sus utilidades y beneficios, pero esta búsqueda se produce en un contexto de información dispersa y cambiante. Este es un punto no menor, ya que es el emprendedor (o su socio capitalista) el que arriesga su capital en cada iniciativa.6
Ahora bien, la actividad empresarial como la entendemos en este trabajo sólo se puede dar en una economía de mercado basada en derechos de propiedad privada y en la libre competencia. En este marco institucional el emprendedor se convierte en el motor de la economía gracias a los descubrimientos, innovaciones y aumentos de productividad que introduce en su búsqueda de maximizar sus utilidades.7 Para incrementar las fortunas de sus dueños y accionistas las empresas deben incrementar, indirectamente, las fortunas de los consumidores, que son quienes eligen comprarles cada día. Esto se verifica cuando gracias a las mejoras mencionadas las personas pagan menos por productos y servicios de mejor calidad.8
En consecuencia, en aquellas naciones donde se establecen las condiciones de estabilidad institucional, para que estos empresarios-innovadores puedan desarrollarse y tomar riesgos, es donde se genera más riqueza. Como señalan Micklethwait y Wooldrige: “The most important organization is the company: the basis of prosperity of the West and the best hope for the future of the rest of the world”9 Los autores sostienen que la presencia de empresas modernas en el mundo capitalista es lo que ha hecho la gran diferencia entre las naciones ricas y las pobres. Un indicador de esto es la cantidad de empresas privadas que un país posee y su correlación con su potencial económico y la calidad de vida de sus habitantes. Por ejemplo, se puede comparar dos extremos, por un lado, Estados Unidos que en 2001 tenía cinco millones y medio de corporaciones, mientras que al mismo tiempo Corea del Norte (hasta lo que se puede saber) no tenía ninguna.10
La existencia de empresas en una economía de mercado es lo que permite la generación de riqueza y la optimización de los escasos recursos con que cuentan los países. El sistema capitalista de mercado “premia” doblemente a la sociedad en su conjunto: primero, al castigar a las empresas que no generan riqueza, ya que estas al desaparecer dejan de derrochar recursos; y en segundo lugar, al otorgar éxito a aquel que ha hecho las cosas bien, para que de este modo siga haciéndolo en beneficio propio y de los consumidores, actuando, además, como ejemplo para aquellos que quieran imitar en la creación de riqueza.
Como veremos más adelante con algunos ejemplos, gran parte de lo que producen estas empresas son innovaciones tecnológicas que redundan en mejoras en la producción de bienes y servicios. Estos, al hacerse más accesibles a un mayor número de personas y a un menor costo, redundan en una mejor calidad de vida. Paradójicamente, los mismos que critican a la globalización y la expansión capitalista también critican muy agudamente el avance de la tecnología sobre el ser humano, como si la tecnología fuera enemiga del hombre. Presuponen, los que piensan de este modo, que existe una relación inversamente proporcional entre desarrollo tecnológico y el desarrollo del hombre como ser social.
Pero en realidad, lo que podemos apreciar es que en aquellos pueblos en los que se ha logrado un mayor grado de desarrollo tecnológico son los que brindan al ser humano mayores posibilidades de desarrollarse como tal. Su calidad de vida es mejor, no sólo por el hecho de poder vivir más años, sino que esos años son vividos en mejores condiciones. La tecnología le permite aumentar la cantidad de bienes que produce y hacerlo de forma más eficiente, de este modo al aumentar su salario real puede satisfacer necesidades que hasta ese momento estaban insatisfechas. Uno de los primeros que llamó la atención sobre todos estos cambios fue Jean-Baptiste Say (1767-1832) en su Tratado de Economía Política, publicado en 1803.11 Al producir más, también se puede demandar más. En consecuencia, al tener una mayor capacidad de demanda uno puede satisfacer más necesidades.12
Cuando hablamos de satisfacer mayor cantidad de necesidades no nos referimos sólo a necesidades que se podrían catalogar como de tipo material. De hecho, en la valoración subjetiva que hace cada individuo sobre sus necesidades es éste quien mejor sabe de qué manera podrá disponer de sus propios recursos. De todos modos, sabemos que por lo general las primeras necesidades que el hombre tiende a satisfacer son las llamadas necesidades básicas (alimento, vestimenta, movilidad y vivienda) y que a partir de tenerlas cubiertas entonces se puede procurar la satisfacción de las de otro tipo.
En consecuencia, en aquellas sociedades donde las personas tienen medianamente satisfechas sus necesidades básicas es donde encontramos una mayor cantidad de individuos que se pueden dar el “lujo” de considerar la posibilidad de satisfacer otro tipo de necesidades. Así las cosas, es gracias a la aplicación de nueva tecnología en el trabajo que el hombre aumenta su productividad, al mismo tiempo que le da la posibilidad de disponer de más tiempo y recursos para ser empleados en otro tipo de actividades. Por lo general, sólo las personas que tienen asegurado su alimento, vestimenta y vivienda pueden estar pensando en otras cuestiones como el entretenimiento, lugar de vacaciones, tomarse tiempo para meditar o dedicarse a desarrollar alguna forma de actividad artística.
¿Por qué hay más riqueza en algunos países?

Este crecimiento se debe a la existencia de hombres de negocios dispuestos a arriesgar su capital, lo cual está asociado directamente con la visión de negocio y el espíritu creativo del entrepreneur. Ambas condiciones deben estar presentes, ya que no alcanza con tener un grupo de capitalistas dispuestos a asumir riesgos, sino que también es necesario que exista la empresarialidad que es característica del espíritu creador que desafía los paradigmas tecnológicos y administrativos de su época. Muchas veces los dos factores (capitalista y entrepreneur) se han encontrado en la misma persona sobre todos hasta mediados del siglo diecinueve (en parte debido a la ausencia de capital disponible y a la precariedad de lo que podríamos llamar hoy en día “la ingeniería financiera”).13 Pero a medida que nos acercamos al presente, y el desarrollo científico-tecnológico se hace más sofisticado, encontramos cada vez más casos en los cuales el hombre de negocios que aporta capital y el emprendedor se asocian para desarrollar sus capacidades en la empresa.


En su búsqueda de maximizar los recursos, los emprendedores deben resolver dificultades que se presentan en dos niveles diferentes. Por un lado, existe un problema técnico en el cual la mente se enfrenta a la materia. En este caso el desafío consiste en ver cómo se puede introducir una innovación tecnológica que permita lograr un mayor grado de eficiencia en la producción de bienes y servicios. Por otro lado, una vez resuelto el primer escollo, cada vez que una nueva tecnología es implementada, el innovador debe lidiar con un contexto social (competidores, clientes, proveedores, autoridades políticas o religiosas) que muchas veces rechaza los cambios, o por lo menos los acepta con desconfianza. Por estas razones, para que una sociedad sea tecnológicamente creativa y genere riqueza, se deben dar tres condiciones: primero, debe haber un grupo de personas ingeniosas y creativas dispuestas a innovar y mejorar la forma en que se vienen haciendo las cosas hasta ese momento: segundo, las instituciones políticas, sociales y económicas deben incentivar la inversión económica que este proceso requiere, asegurándoles la propiedad que surja de sus emprendimientos exitosos; y en tercer lugar, debe ser una sociedad abierta y tolerante a la diversidad, ya que todo innovador pondrá en duda muchas de las creencias y tradiciones que ese grupos de personas han tenido por válidos durante mucho tiempo.14
La recompensa llega a estos emprendedores, en una economía de mercado, como consecuencia de la contribución que éstos hacen a la sociedad en la que viven. El éxito o el fracaso está determinado, en última instancia, por la elección que hacen los consumidores cada vez que deciden comprar el producto de una marca o de otra. La historia del progreso económico y tecnológico está escrita por los emprendedores-innovadores que se aventuran en un mundo de cambio continuo, ignorancia y gran rivalidad competitiva. Es en este contexto que el empresario desarrolla una capacidad especial para detectar oportunidades de nuevos nichos de negocios, capacidad que Israel Kirzner identifica como estado de alertness.15
Perspectiva histórica del emprendedor y las empresas.

La empresa, como el ser humano, se desenvuelve en una realidad plural, cambiante y dinámica, razón por la cual no existen teorías únicas que sirvan para explicar sus comportamientos. Por el mismo motivo, tampoco existe un factor único que nos permita explicar las causas y las consecuencias de sus éxitos o fracasos. El análisis desde una perspectiva histórica más que ofrecernos respuestas sobre la problemática empresarial nos ayuda a comprender las dificultades a las que se enfrenta el emprendedor y qué decisiones tomó en cada situación. Además, nos permite comparar cómo impactaron las políticas económicas y las instituciones en la evolución de las empresas. También, el conocimiento de la historia de las empresas nos da la posibilidad de analizar las estrategias que utilizaron las mismas para adaptarse a los cambios sociales, económicos y políticos de cada región.16


El enfoque de la escuela de las capacidades dinámicas de la empresa, tiene en cuenta no sólo las ventajas competitivas y tecnológicas de ésta, sino que también se fija en su capacidad de evolución en el marco histórico en el que les toca operar, dándole especial atención a la capacidad de reacción de la empresa ante los cambios que se producen en los paradigmas tecnológicos, las variaciones que se dan en el mercado y en el gusto de los consumidores, así como también en la economía internacional. Fue Alfred Chandler autor de “La mano visible. La revolución en la dirección de la empresa norteamericana” (1977), uno de los que más promovió el análisis del comportamiento de la empresa desde una perspectiva histórica.17
En este mismo sentido se manifiesta Miguel Martínez-Echevarría, quien sostiene que “las empresas no son funciones abstractas que se materializan en distintos contextos históricos, sino que se convierten en verdaderos agentes de la historia, que adquieren su personalidad o sus rasgos característicos a lo largo de su propia vida. El éxito de cada empresa es diferente y es resultado de un proceso histórico propio e irrepetible, en el que se han ido fraguando sus fortalezas y debilidades. Se trata de un proceso multidivisional y complejo en el que han influido la cultura de la sociedad en la que cada empresa se ha desenvuelto, la idiosincrasia de las personas que han intervenido, la estructura económica del entorno inmediato, el marco legal, etc. En tal caso, la historia de un empresa se convierte en el relato de cómo ha llegado a configurarse, y tiene especial interés conocer cómo superó las dificultades y problemas que le plantearon los avatares de los acontecimientos políticos y económicos a los que tuvo que enfrentarse a lo largo del tiempo.”18
Emprendedores de la Edad Media.

En los últimos años, un gran número de historiadores económicos, ha situado los orígenes del capitalismo (o pre-capitalismo para otros) en la Baja Edad Media. Es que, precisamente hacia finales del siglo XI y comienzos del XII, se empiezan a producir una serie de cambios en Europa, que van a llevar a lo que José Luis Romero denominó “revolución mercantil”19 La visión tradicional de la economía medieval cerrada en el manor lentamente comienza a dar paso a una economía basada en el intercambio, en la que van a tener un rol fundamental los hombres de negocios.


Los cambios que posibilitan esta tendencia a la apertura son:

  • El cese de las invasiones y las luchas internas en Europa.

  • El crecimiento de la población, debido a que hay menos muertes y más mano de obra para producir alimentos.

  • El aumento del comercio, gracias a la pacificación (i.e. más seguridad en los transportes) y el aumento de la demanda.

  • Finalmente, y como consecuencia de lo anteriormente mencionado, el crecimiento de las ciudades.

La aparición de una nueva clase social, compuesta por mercaderes y burgueses, es la que va a movilizar todos estos cambios. Estos hombres movidos por su espíritu inquieto y el afán de lucro, son los que van a poner en marcha nuevamente la economía de intercambio que va a provocar el crecimiento económico de Europa después de casi 600 años de estancamiento.


La Edad Media es una época que abarca desde el siglo V al siglo XV aproximadamente de nuestra era. A lo largo de sus mil años de historia, distintas fueron las características que adoptó la organización política, económica y social de Europa. Las diferencias se hacen presentes según la región y la época que se estudie. De todos modos, existe una división del período que consiste en: Alta Edad Media desde el siglo VII al XI; y Baja Edad Media desde el siglo XI al XV. En los siguientes párrafos haré una breve descripción sobre cuáles fueron las diferencias más notables (desde el punto de vista económico) entre cada uno de estos períodos, a fin de poder comprender mejor cómo los cambios introducidos a partir de la Baja Edad Media dan origen a las instituciones que favorecieron la aparición de emprendedores-innovadores, y a su vez, apreciar cómo estos aportan adelantos para que mejore la calidad de vida de los habitantes.
La Alta Edad Media, se caracteriza por ser una sociedad casi exclusivamente rural, en la cual las instituciones políticas y económicas estaban en manos de la misma persona: el señor feudal. El centro político y económico era el manor, dentro del cual se desarrollaba la vida de los campesinos y del señor. Todas las transacciones se hacían según la costumbre y la tradición. La idea económica que prevalecía era “el justo precio” y “el justo ingreso”. Conceptos como la oferta y la demanda estaban totalmente fuera de cuestión. Estas unidades políticas y productivas estaban aisladas del contacto exterior; el dinero casi desaparece por completo en esta época. El manor tendía al autoabastecimiento, y sólo el 10% de la economía se daba fuera de sus límites. Este sistema, basado en la costumbre, el aislamiento y la poca movilidad social, no dio lugar a la introducción de innovaciones tecnológicas, ni a la búsqueda de mejoras aplicadas a la producción, ya que por el tipo de sociedad, todo aquello que implicara cambios era visto de mala manera y rechazado. Además, no existían ningún tipo de incentivos para generar riqueza, porque todo “exceso” en la producción era castigado con un aumento en los impuestos o la confiscación por parte del señor feudal.
Esta organización cerrada (que tenía su razón de ser en las invasiones “bárbaras” que se sucedían en Europa desde la caída del Imperio Romano de Occidente y en la ausencia de una autoridad central efectiva) comienza a desaparecer lentamente a comienzos del siglo XI debido a algunos cambios que se van a producir en la sociedad medieval. Los más importantes de estos fueron: el fin de las invasiones y de las guerras; el crecimiento de la población; el aumento del comercio y el desarrollo de las ciudades. Estos cuatro elementos, pusieron en marcha una serie de modificaciones que llevarían a una nueva estructura política, social y económica al cabo de un par de siglos. Es importante destacar que el impacto de dichos acontecimiento fue dispar en el continente europeo, concentrándose su mayor influencia en el Norte de Italia, Centro de Francia, los Países Bajos y algunas ciudades sobre la costa del Mar Báltico (fueron estas precisamente las regiones que tuvieron una mayor influencia del accionar de los mercaderes).
Como señala José Luis Romero, el paso de la Alta Edad Media a la baja Edad Media implicó la transición de una economía natural a una economía de intercambio. A mediados del siglo XI se restablece el orden en Europa, las mismas rutas que antes utilizaban los invasores para atacar, ahora son utilizadas por los comerciantes y la creciente población para desplazarse, lo que a su vez activa el comercio y posibilita el crecimiento de las ciudades.
Se podría decir que la Baja Edad Media se caracteriza por una mayor movilidad social y geográfica, ésta a su vez está sustentada por una aumento de la población como consecuencia del fin de las guerras y el descenso de la mortalidad. Esta nueva población demanda más alimentos, los que se pueden producir gracias a dos cambios fundamentales: en primer lugar, la disponibilidad de nuevas tierras, ya que ahora hay seguridad en regiones donde antes no la había, sumado esto a la existencia de mayor cantidad de campesinos para cultivarlas; y segundo, comienzan a utilizarse nuevas técnicas de cultivo como la rotación trienal, lo que permite un aumento en la producción agrícola, así como también la aparición de nuevas herramientas para trabajar la tierra. Los siglos XI y XII son años de gran movilidad si lo comparamos con los seis siglos anteriores. El desplazamiento de la población presenta la posibilidad de observar nuevas formas de trabajo y de relacionarse económicamente. Se abren nuevas vías de comunicación, crecen las ciudades y el intercambio comercial.
Estos cambios favorecen el surgimiento de la burguesía y los mercaderes; estos, a su vez, se convierten en agentes aceleradores de las incipientes transformaciones que se producen en la sociedad. En consecuencia, el crecimiento de las ciudades y del comercio son dos hechos que se producen en sincronía, influenciándose mutuamente. De alguna manera, el desarrollo de la ciudad es una respuesta al creciente comercio y a la “sedentarización” de las ferias comerciales del medioevo. En los burgos los mercaderes se van a establecer en forma fija, sin la necesidad de desplazarse permanentemente. Gracias a esta estabilidad y seguridad, adquirida en la ciudad, la actividad de los mercaderes va a tener un crecimiento notable. Como se puede apreciar, no es sencillo determinar cuál de todos los factores mencionados es el primero en desencadenar esta serie de cambios. Generalmente en cualquier tipo de análisis social que se haga no hay un único factor que sea el determinante de un proceso de esta naturaleza.
Según Henri Pirenne20, una característica central de este nuevo sector social es que los mismos no dependen del señor feudal para su desarrollo. El comercio y la industria que hasta ese momento habían sido actividades esporádicas y fortuitas, a partir del crecimiento de la ciudad, se convierten en una actividad estable e independiente. De alguna manera el proceso de pacificación que se vivió desde siglo XI, dio oportunidad a un número creciente de campesinos a buscar fortuna en otros lugares, generalmente cerca de puertos comerciales (en el Norte de Italia o en el Báltico), algunos continuando su tareas agrícolas en nuevas tierras y otros en las ciudades. Es importante tener presente que la posibilidad de liberarse de la servidumbre señorial fue un factor clave en esta búsqueda de nuevas oportunidades; en este proceso la ciudad cumplió un papel fundamental, otorgando seguridad a los campesinos que lograban escapar del control del señor.
A medida que la población se fue independizando del señor, ya sea porque se instalaban en las ciudades o porque se establecían en las nuevas tierras disponibles, aparece un concepto hasta ese momento desconocido en la sociedad medieval, el fin de lucro. Durante toda la Alta y parte de la Baja Edad Media, la organización económica de la sociedad estaba destinada al autoabastecimiento. El fin de lucro no sólo era mal visto, sino que hasta era castigado legal y moralmente (en esto es muy importante la prédica de la Iglesia). Esta nueva búsqueda de beneficio, según Pirenne, no sólo fue causada por la transformación en la relación del campesino con el señor feudal, sino que fue motivada también por el crecimiento de las ciudades que comenzaron a demandar la producción del campo, la cual era indispensable para su subsistencia. Son los campesinos libres que viven en los alrededores de las ciudades los que “alimentan” a la nueva población urbana.
En este contexto de crecimiento comercial “reaparece” la moneda. Si bien nunca había desaparecido del todo, la misma se utilizaba en forma muy limitada hasta el siglo XI, (especialmente para demandar bienes de lujo por parte de algunos miembros de la nobleza). La expansión del comercio hizo muy dificultoso sostener el sistema de trueque, de modo que la demanda de dinero creció notablemente a partir del siglo XII, lo que produjo como consecuencia un aumento de precios que benefició a los productores y alentó, al mismo tiempo, la entrada de nuevos competidores al mercado (algo similar ocurriría cuando se produce la denominada “revolución de los precios” del S. XVI con la llegada del oro y la plata de América).
La difusión de la moneda dio origen a la aparición de unos artesanos que se podrían definir como el antecedente directo de los banqueros, el aumento de la actividad comercial trajo aparejada un incremento en la cantidad de monedas utilizadas en el intercambio. Por este motivo se hacía prácticamente imposible para los mercaderes llegar a conocer el valor y la equivalencia entre los cientos de monedas de distinto origen que circulaban en ese momento. Para subsanar esta dificultad aparecen personas que se especializan en determinar el origen, composición, peso y cotización de las distintas monedas. Según Jack Weatherford21, “el término moderno “banco” proviene de la forma en que estos tempranos comerciantes de dinero realizaban sus negocios; significaba “mesa” o “banco”, el soporte que literalmente conformaba la base de sus operaciones en las ferias [o en los burgos]. Del italiano, los términos bank, banco y banque se difundieron rápidamente a otras lenguas europeas y después a todo el mundo”.
Los primeros en destacarse en esta actividad fueron los Templarios, una orden religiosa que se convirtió en el principal agente financiero en la época de las cruzadas. De todos modos, aunque eran los agentes financieros más importantes de su época, no habían adoptado el significado moderno del término banquero, ya que los mismos tenían muchas restricciones religiosas al momento de operar. Fue recién con la llegada de las familias italianas del norte que se desarrolla el concepto moderno de banquero. Estos clanes de las ciudades-estado de Pisa, Florencia, Venecia, Verona y Génova comienzan a ofrecer sus servicios bancarios en forma independiente de la Iglesia y del Estado. Esta independencia le da mucha más libertad para operar con todo el mundo, aún con los infieles (término con el que se designaba a los mercaderes musulmanes). La prohibición cristiana de la usura quedó totalmente superada para estos nuevos agentes financieros. Al poco tiempo de iniciadas sus operaciones, estos banqueros se especializaron en una actividad mucho más lucrativa: el crédito.
Si bien el crédito existió desde siempre, la importancia que tienen los banqueros, es que lo hacen accesible para una mayor cantidad de personas. Esto favorece notablemente el desarrollo de la economía de la época. El medio que se utilizó para expandir el crédito fue la letra de cambio. Aunque “los italianos no inventaron la letra de cambio, le dieron un uso nuevo y más rentable”. Cuando un mercader necesitaba dinero acudía a un banquero. Éste, “le daba dinero al contado, en florines de Florencia o ducados de Venecia, y ambas partes firmaban una letra de cambio en virtud de la cual el mercader se comprometía a pagar una suma levemente superior de dinero en otra moneda, en la próxima feria de Lyon o Champagne. El mercader no debía acudir personalmente a la feria para saldar la letra. Ambas partes sabían que, si el mercader no se presentaba en la feria, la oficina de Florencia cobraría el monto adeudado”.
Pero la letra de cambio aportó otra ventaja muy importante para la actividad comercial: eliminó la necesidad de transportar grandes cantidades de monedas y la dificultad que representaba negociar con las mismas en operaciones que implicaban grandes montos. Gracias a esto se disminuye notablemente el riesgo y se agiliza el comercio. Weatherford señala que: “El nuevo dinero bancario italiano impulsó el comercio al permitirle circular mucho más rápidamente. En 1338, un embarque de monedas requería de tres semanas para abrirse paso desde Ruán, en el norte de Francia, hasta Aviñón, en el sur, una distancia de tan sólo 640 kilómetros, y el embarque corría el riesgo de extraviarse, ser atacado por bandidos o esquilmado por la propia cuadrilla contratada para transportarlo. En contraposición a ello, una letra de cambio podía despacharse en apenas ocho días y, en caso de que la robaran, el ladrón no podía cobrarla. En otras palabras, las letras se desplazaban más rápidamente y protegían a cualquiera que estuviese implicado en la transacción. Pese al costo extra de entre un 8 y un 12%, una letra era de todos modos más barata que lo que salía contratar una escolta armada para el embarque de oro y la plata en monedas o lingotes. Las letras de cambio contribuyeron a liberar el dinero de sus limitaciones espaciales”.22 Estas letras con el correr del tiempo se convertirían en lo que conocemos como papel moneda.
“Bajo el nuevo sistema, una bolsa de cien florines que en otra época habría permanecido ociosa durante años en la caja fuerte de un noble ahora podía ser depositada para su salvaguarda en un banco italiano con acceso a varias filiales en todo el continente. El banco prestaba ese dinero y hacía circular la letra de cambio como dinero”23 De este modo se activa aún más la economía. Este nuevo dinero bancario hizo posible que muchos artesanos y mercaderes que no contaban con ahorros suficientes pudieran emprender nuevas actividades en escala mayor y más lucrativa.
Entre los banqueros más conocidos están las familias italianas como los Peruzzi, los Bardi y los Acciaiuoli de Florencia, quienes tenían parientes operando desde Chipre hasta Inglaterra. Pero son sin dudas los Médicci los que más se destacaron. La familia de origen florentino, comienza su actividad bancaria con Giovanni (1360-1429) y lo sucedieron sus dos hijos conocidos como Cosme el Viejo y Lorenzo el Viejo. Fue la familia más poderosa de Florencia y una de las más poderosas de Europa en su época, ya que eran los que financiaban a las nacientes monarquías europeas. Sus hijos ocuparon cargos de cardenales y papas, así como sus hijas se casaron con nobles, llegando a ser reinas y madres de reyes. Bajo la conducción de Cosme, los Médici se convirtieron en la empresa privada más importante de la época. Además de su casa central en Florencia, tenían sucursales en Ancona, Amberes, Aviñón, Basilea, Boloña, Brujas, Ginebra, Londres, Lübeck, Lyon, Milán, Nápoles, Pisa, Roma y Venecia. Quizás una diferencia saliente de esta familia de mercaderes y banqueros con respecto a las otras es que utilizaron su riqueza para adquirir poder a través de alianzas políticas y títulos nobiliarios.
Todos estos cambios económicos no sólo beneficiaron a los mercaderes, banqueros y productores, sino que también favorecieron el desarrollo de otras sectores de la sociedad. Gracias a la adopción de nuevos elementos y la modernización de otros, la sociedad en su conjunto pudo disponer de herramientas que permitieron un mayor crecimiento. Entre estos podemos destacar a: los contratos y las sociedades comerciales, los seguros, el sistema de partida doble, el desarrollo de sistemas de información, la adopción de los números arábigos, la difusión de la educación, la adopción del reloj comunal, y las ya mencionadas letra de cambio y el crédito. La adopción de los mismos modificó trascendentalmente la forma de relacionarse entre los individuos. Muchos de estos cambios seguirán presentes con distinta intensidad y con algunas variantes hasta nuestros días.
La aparición de nuevas compañías comerciales se vio ampliamente favorecida por la adopción de los contratos de sociedades comerciales, estos permitieron unir los capitales de personas desconocidas, sin que ello implicara el riesgo de perder toda su fortuna. Anteriormente, y debido a la ausencia de este elemento jurídico, los negocios y las sociedades sólo se daban entre grupos familiares o personas que tenían un conocimiento mutuo muy profundo. La incorporación del contrato de sociedad comercial permitió ampliar mucho más la posibilidad de crear nuevas empresas. Estos contratos, además, posibilitaron separar el capital personal (familiar) del comercial. Anteriormente cuando una persona quebraba comercialmente tenía que responder con toda su fortuna personal, lo que hacía que muchos negocios riesgosos fueran rechazados ante tal posibilidad. Relacionado con el riesgo, se desarrollan en esta época las compañías de seguros, las cuales en un comienzo se especializan en los transportes de mercancías. Esta modalidad también contribuye notablemente a la expansión comercial de la que hablamos en páginas anteriores. 24
Una de los sectores que más evolucionó junto al comercio fue el de la contabilidad. La adopción de los números arábigos y el sistema de partida doble, acompañaron e impulsaron este crecimiento. El desarrollo de nuevos sistemas de información y de registro fueron fundamentales para los mercaderes modernos. Las nuevas necesidades del comercio internacional demandaban una educación mercantil desconocida hasta ese momento. Por este motivo son los propios mercaderes, los que van a impulsar centros educativos en los que se hiciera hincapié en sus necesidades. Según Pirenne, “el desarrollo de instrumentos de crédito presuponía un conocimiento de lectura y escritura entre los mercaderes. La actividad comercial fue sin duda la razón por la cual se crearon las primeras escuelas para los hijos de la burguesía..., desde la segunda mitad el siglo XII las ciudades comienzan a abrir pequeñas escuelas, las cuales pueden ser consideradas como el punto de partida de la educación de la Edad Media”25 La mayoría de los mercaderes que realizaran algún tipo de comercio internacional debían poseer un grado de instrucción más o menos avanzado. Esto se refleja, por ejemplo, en la necesidad de aprender idiomas.
Parece haber una íntima relación entre el desarrollo de la educación y la expansión del crédito, señala Pirenne. Los nuevos documentos comerciales requerían una capacidad de lectura y escritura mucho más evolucionada que la utilizada en años previos. Estas operaciones a crédito requerían el desarrollo de otro elemento fundamental: el cálculo matemático. Para Jack Weatherford, “el renacimiento no comenzó como un movimiento de las artes y las letras sino como un resurgimiento pragmático, y matemático, para ayudar a los banqueros y mercaderes a ejecutar las tareas cada vez más difíciles de convertir dinero de un tipo en otro, de calcular el interés y determinar las ganancias y las pérdidas”26
Dos nombres se destacan en esta área del conocimiento: Leonardo Fibonacci y Luca Pacioli. El primero más conocido como Leonardo Pisano, en honor a su ciudad natal Pisa, en 1202 publicó “Liber Abaci, texto mediante el cual introdujo en Europa lo que hoy denominamos números arábigos, aún cuando los árabes los habían tomado de la India. Este sistema simplificado ofrecía grandes ventajas sobre los complicados números romanos, que eran difíciles de sumar y restar y en la práctica incompatibles con la multiplicación y la división”. Esta novedad “eliminó la necesidad del ábaco, pues ahora los mercaderes podían calcular cifras más fácilmente en su cabeza o en hojitas de papel”27 El segundo de los mencionados, Luca Pacioli, en 1487 publicó Summa de aritmetica geometria proportioni et proportionalità, destinada a explicar las operaciones matemáticas y el sistema de doble entrada difundidos ampliamente en esa época. “Con un libro de esa índole, un tendero no requería de ninguna formación universitaria para llevar con éxito un negocio eficiente y rentable”, según Weatherford.
Podríamos decir que estos mercaderes fueron los entrepreneurs de la Edad Media, ellos se atrevieron a desafiar la inercia de la idiosincrasia medieval. La idea de que la costumbre era la regla comenzó a ser cuestionada poco a poco gracias a su impulso. Los cambios y adelantos introducidos por estos burgueses, como se lo conocería posteriormente, despertaron la curiosidad de una sociedad que había permanecido en una estructura estática por siglos. Los cambios promovidos por estos hombres de negocios no sólo afectan positivamente sus arcas, sino que “sacarían del encierro” a Europa Occidental después de ocho siglos de estar a la defensiva. Su espíritu inquieto llevó a los mercaderes a volverse cada vez más curiosos y a poner en tela de juicio muchas ideas y teorías que no se cuestionaban hasta ese momento. Como consecuencia no deseada de sus acciones la población en su conjunto dispuso de mayores oportunidades. El contacto con mercados lejanos, gracias al florecimiento del comercio internacional, permitió la especialización del trabajo y un aumento en la productividad del mismo. Muchas de los elementos que son parte de la cultura occidental en el presente han sido adaptaciones de elementos que los mercaderes han tomado de otras culturas. Al estar en contacto con otras civilizaciones el beneficio fue notable para la sociedad en su conjunto. Esto se ve reflejado por ejemplo en los hábitos de alimentación y vestimenta, así cómo también, en nuevas técnicas de producción, comercialización y transporte. Todo esto fue liberando lentamente a los hombres de las ataduras que imponían sobre ellos la ignorancia y la propia naturaleza.
De todos modos, es importante tener presente que estos cambios son muy lentos y que no esto no implica que el hombre de los siglos quince y dieciséis gozaban de plena libertad como se entiende en el presente. La idea es resaltar que la apertura comercial y la aparición de ciertos elementos “modernos” como los previamente mencionados, fueron un factor fundamental para el progreso de la sociedad de aquellos tiempo. Los mercaderes, banqueros y burgueses lideraron esos cambios. Estos hombres de negocios en persecución de sus beneficios particulares y compitiendo entre ellos, lograron generar un clima para la llegada de nuevas ideas y nuevas tecnologías.
Paradójicamente, un tendero o mercader no hubiese encontrado estos conocimientos en la universidad, ya que las universidades de aquel entonces, el gobierno y la Iglesia rechazaban muchos de estos cambios, porque los mismos implicaban una pérdida de poder político, económico y espiritual sobre la sociedad. Fueron los primeros centros educativos burgueses los que adoptaron y desarrollaron una educación secularizada, que luego sería la base del conocimiento científico de los siglos XVII y XVIII. En este contexto, los árabes fueron uno de los pueblos que mayor cantidad de aportes realizó a la cultura de occidente, aunque por muchos años se los haya querido desprestigiar por considerárselos como infieles. En el ambiente académico-universitario, recién se comienza a prestar atención a todos estos avances a finales del siglo XVI.
Se puede afirmar que fue el rol civilizador del comercio el que primero adoptó e impulsó todas estas modificaciones. El comercio se desarrolló más y mejor en tiempos de paz y cooperación, permitió un contacto más fluido de los pueblos, y, a su vez, incentivó la educación para que esa comunicación fuera más eficiente y productiva. El fin de lucro que se hace presente a fines de la Edad Media es lo que impulsa a los mercaderes.

Si bien estos cambios tuvieron lugar en Europa Occidental, hubo ciertas regiones en las que esta clase de empresarios-innovadores tuvieron una mayor concentración según la época. No me voy a detener aquí a analizar cada una de ellas (por cuestión de tiempo y espacio) pero sí voy a mencionar brevemente el periplo de lo que se podría llamar el camino de la riqueza y la innovación. Es decir, cómo se fue desplazando el epicentro del mundo comercial y tecnológico desde el siglo catorce hasta el diecinueve. Comenzando por el Norte de Italia cuna de todos los cambios mencionados en la páginas anteriores, pasando luego a la costa del Mar Báltico y los Países Bajos, de allí pasa en el siglo dieciocho a Inglaterra con la revolución industrial, y finalmente, a Estados Unidos en el siglo diecinueve.


¿Por qué la importancia de cada uno de estos lugares en determinados momentos aumenta o disminuye a lo largo de los siglos? La respuesta ha esta pregunta ha sido motivo de numerosos trabajos (algunos de los cuales se mencionan en el apartado bibliográfico). De hecho, las diferencias pueden ser explicadas desde diversos factores como ser: la geografía, la política, la religión, la historia de cada nación, la economía, etc. Pero existen algunas circunstancias que son comunes a todos los casos mencionados en este artículo (que también aplican otros casos de sociedades en las cuales existen emprendedores que promueven el progreso social y económico) y que se relacionan directamente con la idea central del artículo.
Los emprendedores-innovadores son los agentes que promueven el progreso social y económico de los pueblos. Son ellos los que toman riesgos e invierten su capacidad, su tiempo y su capital en búsqueda de ganancias futuras que esperan recibir en recompensa del riesgo asumido. Estos emprendedores se manifiestan con mayor asiduidad en aquellas sociedades en las que predominan la libertad económica y política. Son las sociedades que ofrecen un marco institucional estable donde sus emprendimientos tienen mayores posibilidades de ser llevados a la práctica. Es decir, donde estas reglas de juego existen el emprendedor estará dispuesto a asumir el riesgo.
Si tomamos en cuenta el caso de los mercaderes y banqueros medievales, vemos que esto se cumple. En las ciudades-estado del Norte de Italia estas condiciones se dieron en mayor medida que en el resto de Europa y del mundo conocido en aquel momento28. Por este motivo esa región se convirtió no sólo en el centro del comercio del mundo conocido en esa época, sino en la cuna del renacimiento. El Norte de Italia fue sinónimo de refinamiento intelectual, artístico, educativo y político. Como sucede en el presente, las ciudades o países donde encontramos un mayor refinamiento en todas las áreas relacionadas con el quehacer humano son aquellas en donde existe éxito económico de los empresarios emprendedores. Los países con mayor cantidad de empresas exitosas (éxito logrado en la competencia del mercado) son aquellos en los cuales sus ciudadanos gozan de una mayor calidad de vida (mejores servicios de salud, educación, alimentación, esparcimiento, vivienda, etc.). Sólo hay que echar una mirada en el mapa mundial y comprobar la afirmación.
Ahora bien, por qué se produce un desplazamiento de estos centros económicos de una región a otra. Muchas veces sucede que cuando se empieza a perder cierto grado de libertad, los empresarios comienzan a buscar la misma en otros lugares donde si la hay. Por ejemplo, muchas veces el gobierno de turno ve al emprendedor exitoso quiere echar mano de parte de su riqueza por vía de impuestos o en el caso de ciertos emprendedores e innovadores del Norte de Italia se empiezan a ver obstaculizados en sus experimentos y descubrimientos, ya que muchas de sus ideas estaban en contra de las creencias sostenidas oficialmente por la Iglesia. Es por esta razón que muchos de ellos emigran buscando más libertad hacia otras regiones que la ofrezcan. En consecuencia, aquellos países que restringen las libertades y violan los derechos de propiedad ven como empeora la calidad de vida de su población, mientras que aquellos que ofrecen mayores garantías se ven beneficiados con la llegada de capitales y emprendedores desde otras regiones. Esto es lo que explica el derrotero de el camino de la riqueza y la innovación.
Los caminos del emprendedor.

Si bien estos cambios tuvieron lugar en Europa Occidental, hubo regiones en las que hubo una mayor concentración de esta clase de empresarios-innovadores. En este apartado haremos una breve referencia a lo que se podría llamar como “la ruta de la generación de riqueza e innovación”. El objetivo es analizar cómo se fue desplazando el epicentro del mundo comercial y tecnológico desde el siglo XIV hasta el XIX. Comenzando por el Norte de Italia cuna de todos los cambios mencionados en la páginas anteriores, desplazándose luego a la costa del Mar Báltico y los Países Bajos. Desde allí se cruza el Canal de la Mancha para establecerse en Inglaterra en los siglos XVIII y XIX generando las dos revoluciones industriales.


¿A que se debió el desplazamiento geográfico y qué importancia tuvo cada uno de estos lugares en determinados momentos de la historia? Para contestar esta pregunta, se pueden tomar en cuenta diversos factores como ser: la geografía, la política, la religión, y la economía, entre otros. De todos modos, existen algunas circunstancias que son comunes a la mayoría de los casos que se mencionan en este trabajo. Hemos sostenido que los emprendedores-innovadores son los agentes que promueven el progreso económico de la sociedad en la que les toca desempeñar su rol, beneficiando de este modo a los habitantes de la misma. Los empresarios son los que toman riesgos e invierten su capital, su tiempo y sus conocimientos en la búsqueda de beneficios que esperan recibir en recompensa por el trabajo y el riesgo asumido.
Ahora bien, por qué aparecen estos agentes de progreso en unas sociedades y no en otras. La respuesta hay que buscarla por el lado de las condiciones necesarias que deben estar presentes para que los emprendedores puedan desarrollar su actividad. Estas condiciones son la existencia de libertad política y económica, junto a un marco institucional estable. Esto asegura al emprendedor que existen reglas de juegos claras y conocidas de antemano, las cuales no están sometidas al cambio discrecional de la autoridad de turno. Cuando se dan estas condiciones existen más posibilidades de encontrar emprendedores dispuestos a tomar riesgos para llevar a cabo sus iniciativas comerciales.

¿Por qué se produce un desplazamiento de estos centros económicos de una región a otra? Muchas veces esto sucede cuando la sociedad en cuestión comienza a perder (o reglamentar) la libertad de la que gozaba, en ese caso los emprendedores comienzan a buscar otras regiones que les brinde más libertad. Por ejemplo, no han sido pocas las circunstancias en las que el gobernante de turno quiso apoderarse de la riqueza generada por el emprendedor exitoso por medio de la presión tributaria. Otro ejemplo, puede ser el de los emprendedores e innovadores del Norte de Italia que tuvieron que enfrentarse a la censura inquisitorial de la Iglesia por sus experimentos y descubrimientos. Es por esta razón que muchos emprendedores se desplazaron hacia el Norte de Europa donde pudieron gozar de un mayor grado de libertad, dando inicio al predominio económico de la región de los Países Bajos, al tiempo que el Norte de Italia veía cómo disminuía su influencia por esta pérdida de libertad y por el descubrimiento de las rutas de navegación del Atlántico lo que daría un cambio rotundo en el eje económico conocido hasta ese momento.


Como síntesis podríamos decir que aquellos países que restringen las libertades individuales y no respetan los derechos de propiedad provocan una caída en la calidad de vida de su población, mientras que por el contrario, aquellos que ofrecen mayores garantías se ven beneficiados con la llegada de capitales y emprendedores desde otras regiones, los cuales promoverán cambios positivos en las condiciones de vida de la gente. En última instancia, lo que explica la dirección que sigue “la ruta de la generación de riqueza e innovación” es el mayor o menor grado de libertad que se le ofrezca al emprendedor para la búsqueda de sus fines.29
Surgen grandes compañías mercantiles.

Recién a partir del siglo XVII en países como Inglaterra y Holanda podemos apreciar los antecedentes de un comportamiento de tipo capitalista en empresas agrícolas. Esto se debió a que las mismas comenzaron a producir bienes para mercados cada vez más amplios. Por este motivo se vieron en la necesidad de adoptar nueva tecnología y realizar cálculos de flujos financieros. Estos cambios implicaron aumentar la inversión para mejorar la productividad y establecer sistema contables más eficientes de los que utilizaban hasta ese momento. La modernización de los sistemas administrativos en la explotación agropecuaria fue la que luego se iría adaptando a otros sectores como la minería y la industria.30


En los siglos XVI y XVII se produce una expansión de los países europeos que salen a buscar nuevos mercados en territorios de ultramar. Los viajes alrededor de África y el descubrimiento de América implicaron una revolución total en el mundo europeo. A partir de ese momento el eje comercial pasó del Mediterráneo al Atlántico, apareciendo con mayor relevancia países como España, Portugal, Inglaterra y Holanda en detrimento de las casas comerciales con cede en Génova y Venecia. Las nuevas expediciones comerciales implicaban un aumento en el volumen transportado así como también en el riesgo asumido en cada una de las travesías, sobre todo en las primeras décadas donde las rutas eran todavía poco conocidas y las relaciones comerciales con culturas lejanas no estaban del todo asentadas.
De todos modos, si bien el riesgo era mayor, también eran mayores las ganancias esperadas de cada una de estas expediciones. Para llevar adelante este tipo de expedición comercial se requería de grandes capitales, esto dio lugar a la conformación de nuevas compañías que obtenían su carta de funcionamiento gracias al monopolio que otorgaban las monarquías europeas sobre las rutas comerciales. Así surgieron las “chartered companies” como la East India Co., Moscow, Hudson Bay, etc. Estas compañías eran entidades complejas, que básicamente representaban el esfuerzo de gobiernos y mercaderes por quedarse con la mayor parte de las riquezas del mundo que iban descubriendo. Algunas veces, el propio monarca reclamaba para sí parte de las acciones de las compañías. Todo esto trajo aparejado un nuevo tipo de colonialismo que diversificó e incrementó la competencia entre estados nacionales, dando lugar al comercio triangular entre Europa, América y Asia.31
La posibilidad de obtener ganancias mucho más suculentas, derivadas del comercio de ultramar, atrajo a nuevos competidores, razón por la cual las compañías que tenían asignados monopolios reales debieron competir (a pesar de ellos mismos) con emprendedores de otros países (principalmente con piratas, corsarios y comerciantes privados). Esto llevó en muchos casos a un enfrentamiento armado entre compañías de diversas naciones. Por ejemplo, una de las instrucciones que tenían las compañías holandesas era la de atacar a los españoles y portugueses donde se cruzaran con ellos. Esta circunstancia aumentó el riesgo de las empresas, las cuales adoptaron una estrategia diversificadora en su participación accionaria, mediante la cual los inversores eran propietarios de acciones en distintas expediciones para no concentrar el riesgo en una sola compañía. La idea era crear una red de contactos, basada por lo general en la relación de parentesco o, inclusive, afinidad religiosa, por la cual la administración de la empresa quedaba en manos de empleados de confianza, los cuales muchas veces también tenían una participación en los beneficios de la empresa. Esto último se aplicaba muy especialmente a los corresponsales que representaban a la empresa en las regiones más distantes de Europa, como un modo de mantener su fidelidad hacia la compañía.32
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