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Una de las citas habituales de las novedades de edición es la que se refiere a las Navidades. Tras ella suele ser necesario esperar a junio para poder encontrar más libros para reseñar en páginas como estas


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Libros recientes de Ensayo y

Ciencias Sociales

Una de las citas habituales de las novedades de edición es la que se refiere a las Navidades. Tras ella

suele ser necesario esperar a junio para poder encontrar más libros para reseñar en páginas como

estas. La selección que ofrecemos contiene algunos que no han merecido la atención debida por

parte del público y alguno objeto de aparición reciente que ha obtenido éxito importante.
JAVIER TUSELL



Historia
Quizá pertenezca a la primera categoría el libro de Stanley G. Payne, "La primera democracia española. La segunda república, 1931-1936", Barcelona, Paidós, 1995 a pesar de que se trata de un autor bien conocido que trata acerca de una cuestión que en otro tiempo hubiera atraído el interés del público lector.
Casi todo es excelente en este libro, empezando por el mismo título, si uno es capaz de enten­der una traducción detestable que debiera avergonzar a la Editorial que lo publica. Es, en efecto, cierto que la experiencia republicana equivale a la pri­mera aproximación a la demo­cracia que nuestro país tuvo en el transcurso de su Historia. El mérito indisputable que le correspondió a aquella ocasión no debe hacer olvidar, sin embargo, las limitaciones de aquel intento y las abrumado­ras culpas de algunos de los principales responsables de la vida pública. Quizá lo mejor de aquella experiencia es que evitó muchos errores decisivos en la segunda.
Nadie mejor que Stanley Payne para tratar de este período. Quizá menos conocido que otros autores anglosajones, es, sin duda, en este momento, aquel que tiene tras de sí una obra más abundante, inteligen­te y concienzuda de todos los que se dedican al período contemporáneo. Maravilla, por ejemplo, su conocimiento de la bibliografía, incluso aquella que se refiere al ámbito local y que en España llega a ser casi inabarcable. En la Historia más reciente de España los especialistas extranjeros desde hace tiempo no llevan a cabo las aportaciones más decisivas debido a su alejamiento de las fuentes originales y primarias. Sin embargo sus enfoques tie­nen la indudable ventaja de integrar los acontecimientos españoles en un marco más amplio, el de la Historia Uni­versal. Eso resulta de especial interés cuando se trata de los períodos más controvertidos de nuestra Historia como puede ser la Segunda República.
P

ayne acierta, sin la menor duda, al presentar a la Repúbli­ca como el resultado de un impresionante proceso de modernización de la sociedad española. Además, en compa­ración con las democratizacio­nes que acontecieron en otras partes de Europa, el contenido de las reformas intentadas o lle­vadas a cabo por dirigentes republicanos fue impresionante en muchos terrenos (el educati­vo, la protección social, la orga­nización territorial del Estado o las obras públicas). En otros aspectos Payne, sin embargo, detecta errores graves como, por ejemplo, en materia religio­sa o en la reforma agraria, falli­da desde un principio cuando se trataba de uno de los proble­mas más graves de la vida espa­ñola en aquellos tiempos. De todos los modos hubo un error en el punto de partida que a nuestro autor le parece más grave todavía como es el de asentar las instituciones en un consenso tan sólo parcial y desde el primer momento pre­tender dar a la República el contenido de un programa de izquierdas un tanto sectario en vez de convertirla en un área de convivencia para todos. Hasta aquí la posición de Payne viene a ser la ratificación de lo que habitualmente se sostiene por los autores mejor informados acerca del período. La compa­ración que sugiere resulta muy oportuna. En Francia, durante la Tercera República, el régi­men pasó por un largo período de asentamiento político antes de llegar a emprender reformas y estas se produjeron de forma pausada y sucesiva y no todas a la vez. Los dirigentes de la izquierda española en vez de seguir el ejemplo francés opta­ron por el portugués, una República muy sectaria y con una base social de apoyo muy reducida.


De todos los modos una peculiaridad del libro que comenta­mos es no haberse centrado en la primera etapa republicana, como es habitual, sino dedicar­se mucho más a la segunda por­que lo que al autor principal­mente le interesa es la razón por la que este intento refor­mista, nacido con tal buenos auspicios, concluyó mal.

Llegados a este punto el autor, dando por supuesto cuanto de negativo hubo en la derecha, insiste de manera especial en sus críticas a la izquierda inclu­yendo a sus dirigentes más sig­nificados, incluso aquellos que con el paso del tiempo parecen haber adquirido poco menos que una aureola de santidad en la óptica de no pocos historia­dores españoles. Para Payne los socialistas cometieron el error de, a base de denunciar un fas­cismo que aún no existía, aca­bar por provocar su nacimien­to. En cuanto a la izquierda republicana identificó al régi­men con su propio programa de un modo por completo abusivo. La crítica de Payne no duda en individualizarse también en dos personas que suelen ser vistas con buenos ojos desde una perspectiva actual o con respec­to a las cuales las críticas se refieren tan sólo a su proceden­cia social o a lo limitado de su programa. Alcalá Zamora no sólo le parece vanidoso y alam­bicado en su intervencionismo politice, sino incapaz de dejar funcionar a su aire el parlamen­to, y menos en su papel que el tan criticado Alfonso XIII. En cuanto a Azaña, explica hasta qué punto su estilo político fue contrario a cualquier consenso mientras que con frecuencia era tentado por la voluntad de ale­jarse de la política e ignoraba o daba poca importancia a cues­tiones decisivas (las económicas o la reforma agraria).


L

a etapa final de la República es una prueba abrumadora de hasta qué punto aquella no era una democracia normal. Ahora que estamos ya a sesenta años de aquella ocasión no es apenas necesario decirlo sin que el hacerlo signifique ningún tipo de justificación de la subleva­ción que vino después.


Si en otro tiempo —por ejem­plo, en los años sesenta— la etapa republicana era la que mayor atención despertaba en el público lector ahora, en cam­bio, es la Historia más reciente. A ella pertenece el libro de Felipe Agüero, "Militares, civi­les y democracia. La España posfranquista en perspectiva comparada", Madrid, Alianza Editorial, 1995 que ha apareci­do de un modo que no ha lla­mado la atención sino en círcu­los académicos.
En efecto, con una cierta tar­danza con respecto a lo que ha sido habitual en las publicacio­nes acerca de la transición, acaba de aparecer un libro que ofrece bastante interés para explicarla. Se trata de un texto muy académico, que recuerda la factura habitual en las tesis doctorales. Mas específicamen­te pertenece al género de las que los sociólogos y politólogos españoles hacen en Estados Unidos. Eso implica que se trata de un texto abundante en referencias comparativas con otras latitudes en donde la información de primera mano no siempre abunda pero el aná­lisis suele ser inteligente.

Todo el mundo admite a estas alturas que el Ejército constitu­yó la gran incertidumbre para los reformistas durante todo el proceso de la transición, mucho mayor de lo que se admitió durante el mismo. Los militares dieron siempre la sensación de imponer un techo limitado a la trasformación política. Sin embargo su punto de partida fue poco propicio a que pudie­ran controlarla por completo. El régimen de Franco, paradó­jicamente, se había convertido en su última etapa en una dicta­dura en realidad bastante civil más que militar. El generalato, aunque poco propicio a la democracia estaba muy dividi­do y carecía de un liderazgo claro y prestigioso. El Rey, punto de referencia obligado por su condición de sucesor de Franco y permanente recorda­torio de la necesidad de disci­plina, sirvió a la vez de receptor de protestas y de encauzador de las directivas del poder civil. La operación de la transición, por otro lado, fue ejecutada de una manera tal que la sorpresa constituyó un rasgo decisivo y no permitió la reacción adversa; además los partidos democráti­cos mantuvieron siempre una actitud solidaria sin apenas fisu­ras. Al final el techo impuesto por los militares se redujo a un mínimo, como fue el de no aceptar el reingreso de los mili­tares de la UMD en el Ejército. Mientras tanto se iniciaba una reforma del mismo que en rea­lidad no se llevó a cabo en su plenitud sino durante la etapa socialista y de manera más lenta de lo que ha sido habitual-mente admitido.

El libro inteligente y oportuno que ha escrito Agüero se resiente quizá del olvido del papel de las individualidades en el proceso de la transición y el exceso de confianza en fuentes tan sólo periodísticas. Pero es un aportación meritoria sobre una cuestión clave de nuestro pasado.

Para no limitar nuestras suge­rencias de lectura a tan sólo las materias históricas convendrá citar un libro aparecido tardía­mente como el anterior pero que tiene todas las posibilida­des de convertirse en una obra duradera. Me refiero a Gerhard L. Weinberg, "Un mundo en armas. La segunda guerra mun­dial: una visión de conjunto", Barcelona, Grijalbo Mondado-ri, 1995,2 vols.


De modo algo descompasado con los intereses comerciales — es decir cuando ya hace algún tiempo que el resto de las edito­riales han hecho aparecer nove­dades acerca del acontecimien­to— ha publicado Grijalbo el libro de Weinberg acerca de la segunda guerra mundial. El autor, un gran especialista en la política exterior alemana en el período precedente, había publicado su extenso manual en Cambridge en 1994 y quizá haya sido la dificultad de tradu­cir tantas páginas lo que ha retrasado la edición española. Ahora que se publica hay, sin duda, que certificar que se trata de un gran libro, destinado a perdurar y muy por encima de cualquier otro, publicado en España o no, hasta el momento.
L

a conmemoración del cin­cuentenario de la segunda gue­rra mundial tuvo como resulta­do en España la consabida eclosión de publicaciones pero, al margen de las dedicadas específicamente al papel de España en el conflicto, revistió un carácter más bien divulgati-vo. Sin embargo fueron traduci­das dos obras importantes: la de Andreas Hillgruber (Alianza Editorial), dedicada principal­mente a los aspectos estricta­mente militares del conflicto, y la de John Keegan (Planeta) más propia para el gran públi­co. Ambas, en especial la pri­mera, suponen una renovación importante de la bibliografía hasta ahora existente, en espe­cial las obras de Henri Michel, traducidas en España por Akal, o la de Gordon Wright. Llama la atención que, entre las tra­ducciones realizadas con oca­sión de la conmemoración cin-cuentenaria de la guerra, no haya habido ninguna traduc­ción francesa, por ejemplo, de los libros de Philippe Masson que, por su modesto volumen y contenido no erudito, hubieran podido ser accesibles para el gran público.


Pero, como ya se ha advertido, el libro de Weinberg es el mejor. El autor, como buen his­toriador, resume en muchas ocasiones lo que son unos conocimientos adquiridos a través de la inmensa bibliografía exis­tente pero también recurre a fuentes originales y, sobre pun­tos concretos, ofrece informa­ción abundante y novedosa. Su enfoque es el de la Historia militar, pero trata también de forma detenida sobre cuestio­nes políticas y de relaciones internacionales. No aborda, en cambio, otros aspectos, como pueden ser los relativos a las cuestiones culturales, pues eso le alejaría del centro de grave­dad de su narración.
No es este el lugar para tratar de cada una de las novedades que ofrece esta interpretación de acontecimientos tan decisi­vos. Me limitaré, por tanto, a señalar algunos aspectos que pueden tener especial interés para un lector no especializado. Acerca de la posición española ante el conflicto, Weinberg rompe con la que ha sido bas­tante habitual posición de la bibliografía anglosajona. Para él Franco fue cauteloso pero tenía un apetito territorial con­siderable. En última instancia la razón que explica que no inter­viniera en la guerra fue que en el verano de 1940 ya Hitler estaba pensando en la invasión de Rusia, que fue el objeto principal de su atención estraté­gica y no el Mediterráneo.
E

n una vertiente interpretativa más general llaman la atención en el libro de Weinberg dos cualidades que son demostrati­vas de su maestría como historiador. En primer lugar la extremada precisión acerca de los datos: por citar tan sólo un ejemplo la indicación de que fueron 25 millones los muertos soviéticos, de los que sólo un tercio en el campo de batalla, lo que explica —para un total de unos 60 millones— lo mucho que significó para la URSS la guerra de 1939. En segundo lugar se debe recalcar también una peculiar manera de narrar que implica presentar los acon­tecimientos como reversibles y motivados a veces por acontecimientos inesperados. La victo­ria de Hitler en el verano de 1940 se presenta, por ejemplo, como un resultado de una deci­sión ofensiva propia contraria a la voluntad de los responsables militares. Si triunfó fue debido no a la inferioridad técnica adversaria sino a sus insuficien­cias organizativas y si, en última instancia, esa victoria no acabó en un definitivo triunfo alemán fue por una percepción por completo errada de lo que era la potencia norteamericana.


En definitiva, se trata de un excelente libro que no debiera pasar desapercibido para el público lector. Es una lástima que su aparición se haya produ­cido en un momento tan tardío lo que sin duda le ha alejado de las listas de éxito.

Ensayo político

En el momento en que se escri­ben estas páginas estamos en plena campaña electoral. Nin­guna campaña ha producido espectaculares meditaciones destinadas a perdurar, pero quizá convenga levantar acta de la existencia de un libro que puede ser significativo del grado de aspereza en la vida política con que se llega a estos momentos. Me refiero a Ramón Cotarelo, "La conspira­ción. El golpe de Estado difu­so". Barcelona, Ediciones B, 1995.


Con cierta antelación sobre el calendario de la campaña elec­toral ha aparecido, en efecto, un libro cuyo contenido se debe poner en relación con ella. Ramón Cotarelo, que hasta el momento tenía tras de sí una obra de analista despegado de la directa participación activa en la lucha política, desciende a ella con un entusiasmo de neó­fito para devolver, golpe a golpe, los ataques de los adver­sarios del gobierno.
Lo hace con el estilo del fervo-rín mitinero aunque tenga el buen gusto de mantener a pie de página las citas bibliográfi­cas que hasta ahora han apare­cido de manera habitual en sus libros. No hay que negarle el mérito de la valentía a su gusto por la confrontación que a veces incluso resulta refrescan­te. Tiene razón en alguna de sus réplicas, en especial a una parte de las dirigidas en contra de los escándalos revelados —o consi­derados como tales — por el diario "El Mundo". Es cierto, por ejemplo, que la supuesta connivencia del Gobierno con Roldan ha demostrado ser una filfa, que el informe Crillón tenía su justificación o que en el asunto GAL ha habido un exceso de filtraciones tal que convierten al secreto del suma­rio en una broma de mal gusto mientras que no pocos tran­seúntes más que dudosos del género de Ruiz Mateos lo han fomentado cuando no obtenido beneficios obvios por la coinci­dencia en los adversarios. Es también cierto que en el asunto CESID la judicatura ha llegado a la misma conclusión respecto de responsabilidades penales que esgrimió el gobierno.

Pero todo ello en absoluto justi­fica ni la línea argumental más importante de este libro ni tam­poco algunas de las otras afir­maciones defendidas en él. Si en España no haya una "dicta­dura silenciosa", como dice Jiménez Losantes, menos aún existe "un golpe de Estado difuso", expresión muy desa­fortunada por lo contradictoria.

Tampoco se urde una conspira­ción, sino varias con intereses contradictorios que a veces se entrecruzan como una maraña pero que el comentarista debie­ra distinguir y no subsumir en una especie de reedición del Ángel exterminador con el que batirse.

Lo malo de la excitación crispa­da en que vivimos es que, como consecuencia de ella, parece permisible la circulación de semiverdades y semisilencios que concluyen con la final pre­tensión de descubrir en la polí­tica española la existencia del Mal y del Bien en estado puro para, en consecuencia, crucifi­car al primero e identificarse con el segundo. El problema del gobierno no son unos cuan­tos periodistas, unos pocos jue­ces y la insolvencia de la oposi­ción, sino que ha gobernado trece años en los que ha cometi­do errores graves. Uno tiene derecho a pensar, como Cota­relo, que Felipe González es el mejor gobernante del siglo pero no puede pretender convencer al lector de que los únicos erro­res que ha cometido han sido de comunicación o de recluta­miento de colaboradores. El asunto GAL —del que no viene nada mal recordar que fue denunciado por periodistas que hoy ejercen en el diario principal objeto de las inquinas del autor— no puede resolverse pretendiendo explicarlo porque no hubo purga en la policía de la dictadura o justificarlo con los precedentes de tiempo de UCD, que correspondieron a otro tipo de antiterrorismo. No se puede pretender remitir la sustanciación de las responsabi­lidades políticas a la subjetivi­dad de los afectados o al momento posterior a la deter­minación de las penales. Pensar que en una democracia el poder legislativo debe ser superior al judicial resulta una reedición de la muerte de Montesquieu, tan injustificable como cuando la propuso Guerra. La pura des­calificación de la derecha a base de decir que carece de Historia no es un buen argumento, por mucho que no guste Aznar.


Todas estas son, sin embargo, afirmaciones que aparecen en el libro de Cotarelo acompa­ñando a su tesis principal. Es lástima que una persona valiosa se empecine en tal tipo de dis­curso que se agota en la pura polémica, no resulta en absolu­to constructivo y, a fin de cuen­tas, en su simplificación, no diferencia tanto sus argumentos principales de los adversarios. Quizá España necesite una buena oleada de moderación y sensatez para descargar una atmósfera sobrecargada de argumentaciones inaceptables.

Memorias

Vamos a concluir este recorrido de la panorámica editorial con la breve reseña de tres libros de memorias (Eugenio Vegas La-tapié, "La frustración de la vic­toria. Memorias políticas, 1938-1942", Madrid, Actas, 1995; "Cándido ", "Memorias prohi­bidas", Barcelona, Ediciones B, 1995 y Francisco Bustelo, "La izquierda imperfecta. Memorias de un político frustrado", Barce­lona, Planeta, 1995). Ninguno de ellos es un libro de primerísi-ma fila pero todos ellos ofrecen una buena muestra de un géne­ro de creciente éxito entre el público lector.

A

quella incapacidad para escri­bir buenos libros de memorias que en otro tiempo detectó Ortega y Gasset parece que, desde hace algunos años, se demuestra injustificada. Lo habitual es, en cambio, tener cada año una cosecha de cierta importancia de libros de este género. Importa señalar que hay un progreso evidente en la calidad literaria y, lo que es más difícil en el caso español, en la sinceridad. La transmisión de la experiencia de la vida parece que ha empezado a sentirse, a la vez, como una obligación y un gozo. De entre los títulos recientemente aparecidos me­rece la pena seleccionar tres por su relevancia histórica, pe­riodística o política.


Eugenio Vegas Latapié, un decisivo mentor de la extrema derecha durante años republi­canos, fue autor de unas memo­rias que cubrían esa experiencia y de otro libro, postumo, relati­vo al comienzo de la guerra civil. En el que ahora se publica trata de los momentos finales de esta última y de los comien­zos de la conspiración monár­quica en contra de Franco. Por desgracia el relato concluye en 1942 y en ocasiones se pierde en minucias, pero ha sido com­pletado con un epílogo que narra el resto de la vida política del personaje con interesantes citas documentales. Menos jus­tificada está la inclusión de un panfleto, de contenido deliran­te, acerca de masonería y su supuesto papel en la España de Franco. Vegas era una recia personalidad que en ningún momento dudó de la maldad de la democracia y que nunca dejó de despreciar, sin embargo, el régimen de Franco. Mucho más documentadas y sinceras que las de Sainz Rodríguez, sus memorias confirman el tempra­no alejamiento de D. Juan, aún muy distante por el momento del liberalismo, respecto del dictador y ofrecen una intere­sante galería de retratos políti­cos.
Carlos Luis Álvarez, "Cándi­do", ha tenido la valentía de escribir unas memorias, cosa infrecuente en un periodista español y, menos aún, cuando está todavía en ejercicio. Aun fragmentarias, pues aparecie­ron previamente en forma de artículo, lo que da la sensación de restarles coherencia argu­mentativa, ofrecen un retrato vivo y veraz del mundo perio­dístico durante el régimen de Franco. El lector, al pasar las páginas, tiene la sensación de revivir un mundo un tanto miserable y humillante para quien en aquellos tiempos se decidía a incorporarse a esta profesión. "Cándido" practica respecto de él una evocación que se refugia en ocasiones en lo literario y, más a menudo, en cierta autocompasión. Visto el panorama —que describe como la hostilidad del monte bajo en donde se caza a tiros a los cone­jos— no cabe la menor duda de que está justificado sentir alivio por haber conseguido sobrevi­vir. Más discutible es que para hacerlo hubiera que "estar pasándose siempre a los nacionales, que es el prontuario del buen sobreviviente". El retrato que "Cándido" hace de la redacción de "ABC" o del peregrino seudoizquierdismo de la revista "índice" merece­rán, sin duda, ser citados en cualquier Historia del franquis­mo. En cuanto a la experiencia del autor en RTVE al

c

omien­zo de la etapa socialista resulta simplemente estremecedora y nada deja mejor la personali­dad de "Cándido" que la mez­cla de vergüenza y asco con que la cuenta.


Francisco Bustelo tiene el indu­dable mérito de reconocerse en sus breves memorias como un político fracasado, más que frustrado. Eso hubiera podido haber producido un libro con­sistente en tan sólo la acumula­ción de maledicencias de sus adversarios de antaño —como fue el de Pablo Castellanos—, pero el autor ha tenido capaci­dad para practicar la ironía acerca de sí mismo lo que, ade­más, es prueba de bondad. Además Bustelo no escatima la autocrítica con respecto a algu­nas posiciones suyas del pasa­do, lo que parece señal de inte­ligencia. En ello reside el interés de este libro, junto con la descripción de la peculiar tolerancia represiva del fran­quismo y el ambiente universi­tario de mediados de los cin­cuenta. En cambio el diagnóstico de la derrota del sector radical del partido es insuficiente al basarse tan sólo en razones personales (la acti­tud de Redondo o la incapaci­dad de los críticos para explotar su pírrica victoria en 1979). Es digno de mención que Bustelo encontró luego en Anguita una reedición empeorada de ese Felipe González a quien dice haber soportado muy mal.

Estas tres memorias, tan dife­rentes como sus autores, sin tener grandes revelaciones enriquecen un género que, con independencia de sus limitacio­nes, está, sin embargo, muy por encima de esas biografías perio­dísticas de actualidad que sue­len aparecer en las listas de éxito.








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