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Un viaje al pasado Evan Hunter


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Un viaje al pasado

Evan Hunter


El Gran Dios Blanco
Cuando Hernán Cortés y sus soldados españoles conquistaron México, Moctezuma, emperador de los aztecas, creyó que Cortés era Quetzalcoatl, el Gran Dios Blanco que volvía a visitar su pueblo, tal como lo prometiera varios siglos antes. Sólo después de descubrir que Cortés era un hombre de carne y hueso como todos los mortales, el Emperador trató de ultimarlo.

El Quetzalcoatl al que había adorado Moctezuma II era un ser humano que había existido en el siglo trece. Se afirma que fué1 un gobernante tolteca a quien trasladaron a la ciudad sagrada de Chichén ltzá como prisionero de guerra. Aunque los sacrificios humanos no eran tan frecuentes entre los mayas como entre los aztecas, se acostumbraba inmolar prisioneros de guerra en honor de varios dioses importantes. Los más importantes de estos dioses eran los de la lluvia, por lo que Quetzalcoatl fué arrojado al estanque sagrado de Chichén ltzá. Como era un hombre muy fuerte, pudo flotar largo tiempo, luego de lo cual lo sacaron los mayas y le acordaron el honor de convertirlo en un dios viviente. Le llamaron Kukulcán, en recuerdo de una antigua divinidad legendaria cuyo nombre significaba "serpiente emplumada". Con él transcurso del tiempo, Kukulcán llegó a ser él gobernante más poderoso de Yucatán.

¿Pero qué se sabe del dios legendario cuyo nombre aplicaron a este hombre? ¿Qué evidencia existe de la existencia de un Kukulcán anterior a este gobernante del siglo trece?

En los nebulosos comienzos de la civilización maya, adornaba los templos de Copan un extraño símbolo, mitad pájaro y mitad serpiente. Este símbolo representaba a Kukulcán, la serpiente emplumada. Presentado generalmente en forma de una gran S, el motivo de la serpiente estaba profusamente decorado con adornos en espiral, plumas y ornamentos humanos como tocados lujosos, protectores para las orejas y guarda-narices.

En Chichén ltzá floreció un culto misterioso, cuyos adeptos adoraron a un dios llamado Kukulcán, al que presentaban como una serpiente cuyo cuerpo, en lugar de escamas, estaba cubierto con las plumas del sagrado pájaro quetzal.

En Guatemala, y con el nombre de Gucametz que también significa "serpiente emplumada", se lo veneró como uno de los cuatro dioses creadores.

A través de toda la historia de los mayas existe la evidencia de la serpiente emplumada con gran anterioridad a la existencia del ser humano de ese nombre que vivió en el siglo trece.

¿Dónde nació aquel símbolo? ¿Cómo empezaron a adorarlo?

¿Quién fué el primer Kukulcán?

¡Si hubiera algún modo de volver atrás en el tiempo, e internarse en los recónditos rincones en que se oculta la historia desconocida de un pueblo, y llegar a la fuente misma de donde arranca la leyenda!...

Quizá pronto encontraremos un medio de hacerlo. Tal vez sea una máquina de viajar en el tiempo o algo con lo cual no nos atrevemos a soñar.

Sea cual fuere el método que se emplee, serán los muchachos de hoy, los muchachos como Neil Falsen, los que buscarán la verdad, seguirán el rastro a las leyendas y tratarán de hallar los numerosos símbolos como el de la serpiente emplumadaque representan los huecos dejados en la historia de los pueblos.

Por ahora supondremos que el medio de lograrlo es una máquina con la cual se puede viajar en el tiempo. El muchacho: Neil Falsen; su empresa: la búsqueda de Kukulcán, la Serpiente Emplumada de los mayas.

cap. 1

Viaje hacia el pasado
Levantóse el fusil y sus partes metálicas reflejaron los débiles rayos de la luna.

—¿Quién va? —exclamó una voz en la oscuridad.

Neil sonrió alegremente al reconocer aquella voz.

—Soy yo, Rusty —contestó.

—Avanza para que te identifique —ordenó Rusty en tono chancero.

Se Adelantó el muchacho hacia el hombre vestido de uniforme y le dio una palmada en el hombro.

—¿Alguna dificultad, Rusty?

El soldado posó en el suelo la culata de su fusil y se apoyó contra la cerca que rodeaba el espacio reservado, sonriendo luego con gran animación.

—En absoluto, pequeño —declaró—. Y no la habrá.

—Eso nunca se sabe.

—Yo sí lo sé —declaró Rusty—. Hace rato que estoy en el ejército. Hice la campaña de África y de Italia, y estaba por ir a Alemania cuando recibí un balazo. Te diré una cosa que nunca debes olvidar: cuando el ejército te hace vigilar algo, es seguro que no habrá dificultades.

—No acierto a comprender.

—Es muy sencillo, chico. Las dificultades se presentan cuando no hay guardias. Te confiaré un secreto. Esto de la guardia es una farsa; no es más que una argucia para que ningún soldado que se respete pueda dormir toda la noche.

Dicho esto, Rusty rompió a reír, mientras que Neil le hacía eco de buena gana.

—¿Viniste a echarle otro vistazo? —preguntó luego el soldado.

—Sí —admitió el muchacho, agregando—: Estoy algo impresionado por él....

Rusty escupió en la arena.

—¿Porque participas en el viaje?

—Sí. Todavía no me parece correcto.

—Olvídalo. Te aseguro que será emocionante. No hay nada como prestar servicio fuera de la patria.

Los ojos de Neil se habían acostumbrado a la oscuridad y el muchacho vió que Rusty volvía a sonreír. El soldado era un hombre de pequeña estatura, muy fornido, con una abundosa mata de rojos cabellos que siempre le caían sobre la frente. Tenía una nariz ancha que parecía haber sido aplastada contra su cara y salpicada luego con varias pecas. Su sonrisa era alegre y contagiosa, y Neil se sentía siempre animado al estar con él.

Ésta era una de las razones por las cuales había ido esa noche al espacio reservado. Se Había puesto a pensar de nuevo en el viaje hacia el pasado y se sintió algo abatido. Sabía que allí estaría Rusty con su uniforme descuidado y su inmaculado fusil. Nunca pudo comprender cómo era posible que un hombre cuidara tanto su arma y descuidara así sus ropas, pero estos detalles eran parte integrante de la personalidad del soldado a quien el joven admiraba mucho. En cierto modo, casi deseaba que los acompañara en el viaje que emprenderían el día siguiente.

Nuevamente se estremeció al pensarlo. Él, Neil Falsen, partiría en la máquina del tiempo, hacia Yucatán, la tierra de los antiguos mayas, en busca de una divinidad.

—¿Puedo entrar un momento? —preguntó a Rusty.

—Seguro. Pero vas a gastar esa máquina de tanto mirarla.

Rió de nuevo mientras abría la puerta que daba al interior del recinto cercado. Una vez que el muchacho hubo pasado, volvió a cerrar, aunque sin poner el candado.

La máquina del tiempo descansaba sobre una plataforma elevada. Se la veía limpia, reluciente y flamante. Un poco más arriba, en el fondo oscuro del cielo, brillaba la luna en cuarto creciente.

Parece un reloj de arena, pensó Neil.

El aparato medía lo menos ocho metros de altura; un aparato magníficamente modelado en aluminio y plástico. La sala de mando se hallaba en el centro mismo de la nave, formando una banda de aluminio que parecía constreñir las dos esferas de plástico que se destacaban encima y debajo de la cintura de avispa. El compartimiento inferior contenía los tanques de combustible, recipientes de aluminio fijados a las paredes de plástico. En el centro de la esfera inferior se hallaba la entrada, y, hacia la derecha, por el lado de adentro, se veía una delgada escala de aluminio que conducía a la sala de mando.

Encima de la sala de mando, y alojado en la parte superior de la burbuja de plástico, había un eje que se extendía hasta las hélices gemelas, situadas en la parte superior del aparato. Las hélices eran exactamente iguales a las de un helicóptero, y Neil sabía que constituían el medio de viajar en el espacio con aquella máquina tan extraña.

Su corazón aceleró un tanto sus latidos al recordar que la parte referente al viaje en el tiempo correspondía al cristal "temporium" que reposaba en una caja de aluminio reforzado, situada detrás del tablero de instrumentos.



Mañana viajaré en el tiempo. Yo, Neil Falsen, viajaré en el tiempo.

Era extraña la manera cómo sucedían las cosas. Todo marchaba como de costumbre; reinaba la calma en la universidad ubicada en las arenas del desierto, cuando de pronto cambió para él la perspectiva del mundo. Aquello resultaba absurdo y fantástico.

Neil trató de recordar los acontecimientos que precedieron a la extraordinaria aventura.

El día anterior se inició como todos los otros. Después de tomar el desayuno se dirigía hacia el campo de béisbol para ver si encontraba allí a sus amigos. Fue entonces cuando comenzó todo. Su madre lo había llamado en el momento en que se disponía a salir de la casa.

—Neil —le dijo—, papá desea verte un momento.

—Tengo que jugar, mamá. ¿Lo sabe papá?

—Es cuestión de un minuto —le aseguró la señora Falsen.

—Voy entonces —accedió el muchacho, muy a desgano.

Subió por la escalera a prisa, con el guante de béisbol todavía en la mano izquierda. Al llamar a la puerta, oyó la voz del autor de sus días que lo invitaba a pasar.

El doctor Falsen yacía en su lecho, apoyado sobre varias almohadas. Sonrió al ver a su hijo y se inclinó algo hacia adelante. El doctor Peter Falsen era un hombre de rostro anguloso, nariz recta y ojos de un azul profundo, muy parecidos a los de Neil. En esos momentos tenía una pierna envuelta en un abultado molde de yeso suspendido a un travesaño fijo al pie de la cama.

—Esta condenada pierna comienza a molestarme —comentó, meneando la cabeza—. ¿Sabes que tengo una comezón terrible?

Le sonrió Neil, mientras decía sin ambages:

—Espero que me llames por algo importante. Tengo que jugar al béisbol y...

—Bueno, no sé si tú lo considerarás importante...

—Magnífico. —Neil se puso el guante—. ¿De qué se trata, papá?

—De poca cosa. Sólo quería que hicieras el viaje al pasado en mi lugar.

Neil lo observó lleno de asombro.

—¿Qué?


El doctor Falsen lo miró con fingida extrañeza.

—El viaje al pasado, Neil. Quisiera que fueras en mi lugar.

Neil se repuso de su sorpresa y lo miró con recelo.

—¿Te sientes bien, papá? ¿Quieres que llame a mamá?

Su padre continuó, como si no le hubiera oído.

—Te explicaré, hijo mío. Los otros están ansiosos por partir y yo no sé cuándo se me curará esta pierna. No es justo que los demore más tiempo.

—¿No es justo?

—Claro que no —expresó el doctor Falsen—. Al fin los he convencido de que partan sin mí. Ese empecinado de Arthur Blake fue el que más se resistió, pero lo amenacé con enfadarme y al fin escuchó mis razonamientos.

El sabio rió entre dientes al ver que su hijo tragaba saliva con gran dificultad.

—Pero... pero... —balbució el muchacho—. Es imposible. Quiero decir que la máquina es tuya.

—No, Neil, no es mía, sino de la Universidad. La institución invirtió el dinero que hizo posible realizar mi sueño. Sin su apoyo no habría podido llevar a la práctica la construcción de la máquina.

—¡Pero la inventaste tú!

—Digamos que la inventé en parte. No debemos olvidar la valiosa contribución de Dave Saunders.

Neil guardó silencio durante un momento.

—No iré —dijo al fin.

—¿Por qué no?

—Porque no es justo. Tú hiciste todo el trabajo importante, y luego, a causa de un accidente imprevisto, tengo que ocupar tu lugar. ¡No, señor!

—¿Es que no deseas ir? —inquirió su padre, sonriendo maliciosamente.

—Me encantaría... —Neil se interrumpió antes de que fuera demasiado tarde—. No, no, no quiero ir.

—¿Por qué no?

—En primer lugar, no sé nada acerca de Yucatán. Ni siquiera sé por qué van allí.

—No necesitas saber nada respecto a Yucatán. El doctor Manning es arqueólogo y Arthur Blake historiador. Ellos se encargarán de lo que les corresponde.

—No —repuso el muchacho—. No me interesa.

—Te diré, van a buscar a un dios —expresó el padre.

—Sin embargo... ¿Van a buscar qué?

—Un dios.

—¡Tonterías!

—Puede ser, pero van a tratar de encontrar la Serpiente Emplumada.

—¿Qué clase de víbora es ésa? —exclamó Neil.

—No es una víbora —rió el doctor Falsen—. Lo que buscan es un dios al que llamaban Kukulcán.

—No acierto a comprender —dijo Neil, comenzando a sentirse interesado, a pesar de su resolución.

—Probablemente has oído hablar de Quetzalcoatl. Era un hombre que vivió en el siglo trece, un hombre que influyó muchísimo en la historia de toda la América Central.

—Sí, de él he oído hablar.

—Quetzalcoatl era el nombre que le daban los mexicanos. Los mayas lo llamaron Kukulcán. El nombre tiene el mismo significado en ambos idiomas. En azteca quiere decir "Quetzal-pájaro-serpiente", y en maya "serpiente emplumada".

—Bueno, y si conocen tan bien a ese Kukulcán, ¿por qué van a buscarlo? —preguntó el muchacho.

—Sabemos bastante respecto a ese hombre del siglo trece llamado Kukulcán —repuso el sabio—. Pero no vamos a viajar en el tiempo para buscarlo a él.

—¿A quién van a buscar entonces?

—El hombre del siglo trece recibió el nombre del dios conocido como Serpiente Emplumada. Queremos encontrar al Kukulcán original, a la deidad cuyo nombre le pusieron a él.

—Entonces hay dos Kukulcán —dijo Neil.

—Exactamente. Uno era un hombre. El otro... ¿Quién puede saberlo?

Al decir esto, el doctor Falsen se encogió de hombros.

—¿Qué quieres decir? —inquirió su hijo.

—No lo sabemos. ¿El Kukulcán original era también un ser humano? ¿O no existía y era sólo un cuento que se convirtió en leyenda? ¿O era una combinación de varios hombres? No lo sabemos.

—¿Y ésa es la razón del viaje al pasado?

—Sí. La Universidad me dio el dinero necesario para finalizar mis experimentos con la condición de que el primer viaje tuviera por destino Yucatán y de que halláramos a la Serpiente Emplumada. Sabes que la Arqueología es una de las materias a las que se da más importancia en esta institución.

Tras meditar un momento, Neil preguntó:

—¿Hasta dónde tendrán que remontarse en el tiempo?

—Hasta muy lejos. Quizás hasta el año 50 de nuestra era.

Neil dejó escapar un silbido de asombro.

—Y quizá más —agregó el sabio—. No podemos saber cuándo se originó la leyenda.

—Parece muy interesante —admitió el muchacho—. Pero no podría ir. Hay muchas razones para que no vaya.

—Dime una.

—Pues... —Neil meditó un momento, agregando luego—: Soy demasiado joven; apenas tengo dieciséis años. Es...

—Eso no importa. Además, cumplirás los diecisiete dentro de dos meses.

—Y mamá se afligirá si...

—Yo me encargo de mamá.

—Y el equipo de béisbol. Tengo que jugar...

—Bob Andrews puede jugar por ti. Todo el verano ha estado esperando la oportunidad de hacerlo.

—Y...

—¿Sí?


Neil corrió de pronto hacia la cama y apretó entre las suyas la mano de su padre. Por un momento se miraron con seriedad.

—¿De veras quieres que vaya, papá?

—Sí, Neil. Me sentiría honrado si ocuparas mi puesto.

—¿Y los otros? ¿El doctor Manning y el señor Blake? ¿Y Dave?

—Ellos ya han accedido. —Sonrió el doctor Falsen—. La verdad es que parten pasado mañana.

Aquello había sido el día anterior, y así fue cómo cambió por completo el rumbo de su vida. Neil volvió a contemplar el imponente aparato que relucía a la luz de la luna.

¡Mañana!

—Te conviene ir a descansar —dijo la voz de Rusty desde la entrada—. Mañana tendrás mucho que hacer.

—Sí —concordó el muchacho, marchando hacia la puerta—. Estarás aquí cuando partamos, ¿verdad, Rusty?

—No me lo perdería por nada del mundo. Ahora vete a dormir.

—Buenas noches.

—Buenas noches, chico.

Neil se encamin hacia la Universidad y por el camino se volvió para mirar de nuevo al aparato.

A semejanza de un reloj de arena gigantesco, seguía aguardando allí entre las sombras de la noche.

El día siguiente se presentó cálido y despejado. El cielo semejaba una gran sábana de un azul intenso y no se veía una sola nube en toda su extensión.

Ya se habían efectuado las despedidas. La madre de Neil lo abía besado y llorado un poco, recordándole luego que se cambiara la ropa interior todos los días. El padre le estrechó la mano con fuerza y le deseó buena suerte.

Ahora esperaba Neil al pie del aparato, mientras Dave Saunders calentaba el motor. El muchacho vestía una camisa de hilo abierta en el cuello; tenía descubierta la cabeza y su cutis bronceado brillaba a la luz del sol. El resto de su atavío lo constituían un par de fuertes pantalones azules y botas de suela gruesa.

A su lado se hallaba Arthur Blake, vestido de manera muy similar. Era Blake un hombre de estatura mediana, escaso cabello y ojos que revelaban gran inteligencia. De espesas cejas negras, tenía una larga nariz, y hablaba con voz muy suave.

—¿Es una hermosura, ¿verdad, Neil? —comentó.

—Así es —repuso el muchacho admirando la máquina de plástico y aluminio inventada por su padre.

—Aquí llega el doctor Manning —dijo Blake.

Manning medía lo menos un metro noventa de estatura y era un hombre de fuerte contextura física. Su rostro parecía haber sido cincelado en granito y sus ojos eran como dos negros carbones. Al hablar, su voz sonaba como un trueno que retumbara en el interior de su pecho enorme.

—Ya veo que Dave está calentando el motor —observó.

En ese momento se abrió uno de los ojos de buey de la cabina de gobierno y por el hueco asomó la cabeza de Dave.

—Vamos ya —dijo alegremente.

El doctor Manning y Arthur Blake se encaminaron hacia la máquina, mientras Neil iba hacia donde se hallaba Rusty apoyado en su fusil.

Se dieron la mano y el soldado le dijo:

—Buena suerte, pequeño.

—Gracias.

—Vuelve pronto. No sabré qué hacer de noche al no tener que montar la guardia junto a ese artefacto.

Sonrió Neil mientras se dirigía hacia el aparato y subía por la escalera portátil arrimada a la plataforma. Al ascender los escalones de metal para alcanzar la escotilla de plástico de la esfera inferior, recordó el accidente ocurrido en ese mismo lugar. Luego de inspeccionar la máquina, su padre había salido por la escotilla y buscado la escalera con el pie. Un obrero negligente había retirado la escala portátil y el doctor Falsen cayó a tierra desde cinco metros de altura. De no haber sido por aquel accidente, no sería Neil quien estaría subiendo ahora por aquellos peldaños.

El muchacho llegó a la escotilla, e hizo accionar la manija que la abría. Luego de haber entrado en el aparato, avisó a uno de los encargados de abajo que retirara la escalara. Después cerró la escotilla, quedándose mirando a través del plástico transparente. A cierta distancia se veían recortados contra el cielo los techos de los edificios altos de la Universidad. Hacia la derecha del campo estaba su casa, y en ella se encontraban sus padres. Neil se mordió el labio inferior y se encaminó hacia la escala de aluminio que subía a la sala de mandos. La escala estaba fija al piso del mismo metal y ascendía verticalmente hacia una abertura en el piso de la cabina de gobierno. Neil subió por ella y asomó la cabeza por la abertura.

—Hola— dijo.

Dave Saunders apartó la vista del tablero de instrumentos para volverse hacia él. Era un joven de veinticinco años de edad, de pelo y ojos castaños, pómulos algo salientes y boca de rasgos delicados y bien definidos. Hubiera sido muy bien parecido de no ser por su nariz aplastada y algo torcida. En su época de estudiante de ingeniería, Dave perteneció al equipo de boxeo de la Universidad. Según lo que contara el doctor Falsen, Neil sabía que su amigo era uno de los mejores del equipo, pero tuvo mala suerte en uno de los encuentros y su nariz era el recuerdo que le quedó de su brillante carrera pugilística.

—Magnífico —dijo Dave al ver al muchacho—. Te estábamos esperando.

—¿Ya estamos listos?

—Completamente. Ayúdame a echar de aquí a estos dos viejos, ¿quieres, Neil?

—Vamos, Arthur —dijo Manning—. Entiendo perfectamente la indirecta.

—¿No se van a quedar aquí para observar la partida? —preguntó Neil.

El arqueólogo se encogió de hombros.

—Sólo se permite la presencia de dos personas en la sala de mandos, Neil.

—Bueno, si quiere quedarse...

—Iremos abajo —le interrumpió Manning—. Quiero ver qué pasa. Habiendo una esfera de material transparente, sería tonto quedarse encerrado aquí. ¿Vamos, Arthur?

Inició el descenso y Blake lo siguió sin vacilar.

—Les tocaré el timbre de alarma cuando estemos a punto de partir —advirtió Dave.

—Convenido —contestó Blake al desaparecer por la escotilla.

Dave asintió luego de examinar los indicadores del tablero.

—Hasta ahora parece que todo está bien. Pondré en funcionamiento el cristal.

—¿El cristal del tiempo?

—Eso es, Neil —dijo Dave, con una sonrisa—. Lo llamamos cristal "temporium", pero sirve lo mismo el nombre que le has dado.

Tendió la mano hacia una palanca en el tablero y la bajó. Al instante se oyó un sonido bajo y ronroneante. Siguió a esto una especie de chasquido seco casi imperceptible. Dave frunció el ceño mientras estudiaba los indicadores.

—¡Qué extraño! —dijo.

—¿Qué pasa? ¿Algo que anda mal?

Dave vaciló un momento antes de contestar.

—No —repuso al fin—. Los instrumentos no indican nada y todo parece marchar bien; pero habría jurado que oí una especie de chasquido cuando puse en marcha el generador.

—Yo también oí algo.

—Será porque no hemos hecho funcionar el motor desde que lo probamos. —Dave se encogió de hombros mientras estudiaba de nuevo los indicadores—. ¿Quieres apretar el botón que tienes a la derecha?

Neil vió un voluminoso botón rojo situado a la derecha del tablero y lo apretó con el índice. Se oyó una campanilla que resonó en toda la nave.

—¿Listo, Neil?

—Sí.


—¿Estás nervioso?

—Un poco.

—No hay razón para ello. Todo saldrá bien y estaremos en Yucatán antes que te des cuenta de lo que pasa.

Así diciendo, Dave movió hacia adelante otra palanca y se oyó un rugido que estremeció todo el aparato.

Con gran lentitud y sin pausa alguna se elevó la máquina de la plataforma.

—Facilísimo —dijo Dave, sonriendo alegremente—. Pon en funcionamiento el intercomunicador. Veremos cómo lo pasan los pasajeros de abajo.

Neil bajó la palanquita del intercomunicador, en el que se encendió una lucecilla roja.

—¿Cómo andan allí abajo, muchachos? —preguntó Dave.

—Magníficamente bien —respondieron a coro los dos sabios.

—Ya nos hemos elevado de la plataforma —anunció entonces Dave—. Pondré a velocidad máxima los motores de viajar por el espacio y en seguida daré contacto al cristal.

—Hace mucho que esperaba ver esto —respondió la voz de Arthur Blake.

—No verá mucho, Arthur. Probablemente nos envolverá una especie de niebla gris. Recuerde que se irán sucediendo los días y las noches a razón de treinta veces por segundo.

—Así y todo, me resultará muy interesante presenciarlo —respondió Blake.

—Bien, ya iniciamos el viaje —declaró Dave.

Acto seguido levantó otra palanca que había en el tablero. Un ronco rumor llenó todo el aparato y Neil recordó lo que le había explicado Dave acerca de aquella nave. A toda velocidad, la máquina del tiempo era capaz de viajar unos trescientos años por hora. Cinco años por minuto, un mes cada segundo... El invierno sucedería al verano en sólo seis segundos.

Al mismo tiempo, la nave avanzaría en el espacio a una velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora. Naturalmente, la máquina estaba calibrada de modo que aterrizaría en el lugar y en la época ya previstos.

—Neil —llamó Dave.

El lugar sería Yucatán y la época el año 50 de nuestra era. ¿Qué encontrarían cuando...?

—¡Neil! —repitió Dave.

El muchacho salió de su ensimismamiento.

—¿Qué pasa?

—Hay algo que anda mal.

—¿Qué?

—Dije que algo anda mal.



—Pero no entiendo. Dijiste que...

Dave lo miró con expresión preocupada. Tenía el rostro pálido y los ojos agrandados por una emoción que no le era posible contener.

—No puedo gobernar el aparato, Neil ¡No puedo gobernarlo!

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