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Un cura en los años del cambio. Teodoro sánchez punter


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UN CURA EN LOS AÑOS DEL CAMBIO.

TEODORO SÁNCHEZ PUNTER.

Ángel Calvo Cortés

C
ircunstancias de diversa índole hacen cada vez más patente la necesidad de que la historia de la archidiócesis de Zaragoza conste por escrito. Es obvio que no pueden cubrir esta carencia ni el Boletín Oficial de Arzobispado ni la publicación “Iglesia en Zaragoza” y, desde luego, limitarse a usar como fuente la prensa diaria -que en cada momento tiene de hecho sus propios fines e intereses- sería pasar por alto las realizaciones más positivas para la evangelización y para la sociedad.

Tener noticia de la vida de nuestra iglesia en tiempos difíciles (realmente, no se conocen tiempos fáciles) puede y debe dar ánimo a quienes hoy están en la brecha. La composición actual del clero diocesano es también una razón para procurar que sea conocida esta historia, sobre todo en lo que se refiere al siglo XX. Bastantes de los sacerdotes no vivieron determinados episodios importantes porque se encontraban estudiando fuera o por simples razones de edad. Por otra parte, son cada vez más los incardinados que proceden de otros países. Conocer el pasado debe reforzar su integración y su sentir personal de pertenencia a esta iglesia. Dejarlo todo en meras situaciones canónicas podría producir la sensación de pertenecer a una familia, pero sin padres ni hermanos.

Una fórmula –entre las muchas posibles- es la de narrar los acontecimientos historiables a través de pequeñas biografías de los sacerdotes relacionados con los hechos. Teodoro Sánchez fue uno de los más implicados en la vida de nuestra diócesis durante el último tercio del pasado siglo; por ello y por la amistad que nos unió, he escrito este artículo. Las líneas que siguen no pretenden dar juicios indiscutibles sobre nada ni sobre nadie, pero sí animar a quienes pueden ser los autores de los próximos artículos de esta serie.
1.- ASÍ SE FORMABA UN CURA
1.1. Aquel monaguillo de Alcañiz

Teodoro Sánchez Punter nace en Alcañiz el 14 de febrero de 1940. Su padre se dedicaba al transporte de mercancías con dos camiones de su propiedad. En aquellos tiempos, la familia podía ser considerada como de clase media y, por tanto, no entra en el tópico de que el seminario era la única salida para sus hijos.

Nadie se explica el motivo, pero lo cierto es que desde los cinco años Teodoro manifestó su deseo de ser cura. En cuanto le fue posible, formó parte del grupo de los monaguillos. En 1950, ingresó en el Seminario Menor de Alcorisa, aunque las normas exigían que el candidato tuviese “once años cumplidos.
1.2. El Seminario Menor de Alcorisa

Aquel viejo caserón llegó a albergar más de 250 alumnos y sus instalaciones eran bastante deficientes. Disponía de 15 wateres, tipo “placa turca”, situados en el patio de recreo (lo que hacía necesario disponer de orinal en el dormitorio). Las duchas eran solamente cuatro. El carecer de cualquier tipo de calefacción era importante si tenemos en cuenta las “olas de frío” de aquellos años y el estar situado Alcorisa a 632 m de altitud. Da una idea de la temperatura que había en el dormitorio el hecho de que el agua se helaba en las palanganas situadas bajo las camas. Por otra parte, el pozo usado para el consumo humano se demostró no muy protegido de las aguas residuales.

A todas las carencias del edificio había que sumar las propias de aquella época. Las restricciones en la luz eléctrica obligaban con frecuencia a estudiar con velas o con carbureros. Estos artilugios consistían en recipientes donde se ponían piedras de calcita sobre las que se hacía gotear agua, generándose acetileno, cuya llama era muy luminosa. Al no tener ninguna válvula que regulase el gas sucedía con frecuencia que, por sorpresa, salía una llama horizontal de más de un metro de larga. En el tema de la alimentación, es conocido que entonces los alimentos no gozaban de libre circulación ya que estaban intervenidos por el Estado. Esto era problema en todos los hogares pero mucho más en el seminario donde había tantas voraces bocas que alimentar. Es significativo que como extra se diese medio huevo duro el día de San José. En 1952 se suprimió la cartilla de racionamiento y comenzó a cambiar la situación. En septiembre de 1953 se firmó el “Pacto de Madrid” entre Estados Unidos y España. Organizaciones católicas norteamericanas (National Catholic Welfare Conference) enviaron una ayuda alimenticia que distribuía Caritas: leche en polvo, queso de color rosado y mantequilla amarillenta.

En este centro de formación, la práctica religiosa estaba casi siempre sometida al contenido de un librito titulado “Prácticas de Piedad del Seminarista” (editado en 1946). Los cantos habituales estaban en “Canta et ambula”. Las letras -a veces tremendistas- de oraciones y cantos o las narraciones del anciano padre espiritual Juan Más Ron eran objeto de bromas, sobre todo por parte de los más mayores y casi nadie perdía el sueño por aquellas expresiones. En cuanto a política, no se percibía ningún deseo de indoctrinar ni apenas se recordaba la entonces reciente guerra civil. Por ejemplo, lo sucedido a mosen Domingo Buj Millán, cura de Alcorisa, nunca se contó en público.1 Desde luego, no se cantaba ningún himno político como expresión de convicciones ni había clase de Formación del Espíritu Nacional (Ley 1945).


1.3.Vida de un seminarista

En aquella época la campana para levantarse sonaba antes de las 6 de la mañana. Era comprensible que en lo duro del invierno se agradeciese el madrugón pues, al estar el dormitorio bajo cero, el frío se hacía notar incluso dentro de la cama. Para bajar a misa, Teodoro y sus compañeros se pusieron la sotana; era negra con cordoncillo y botones rojos (sin fajín). La beca roja y el bonete de cuatro puntas con borla roja se usaban en otras ocasiones. Integrado en una de las dos filas -era la única manera de circular tantos en tan poco espacio- bajó a la capilla donde se estaba más caliente. Tras la meditación y la misa, una vez hecha la cama y recogida la sotana, fue al refectorio. Allí el mobiliario eran mesas de “mármol” blanco y bancos fijados el suelo. Su vaso de metal, marcado con el número 277, guardaba sus cubiertos y su servilleta. Adosado a la pared, en el centro de la sala había un púlpito de color marrón claro. Durante la comida se leía primero el martirologio romano en latín y luego algún libro de aventuras en tierra de misiones tal como “El narcótico del fakir” de Celestino Testore u otras obras de acción.

La primera clase de latín lo dejó satisfecho: aquello ya lo sabía. Incluso tenía el voluminoso diccionario de Raimundo de Miguel y una gramática de José Guillén con páginas de papel oscuro. Las calificaciones iban del 0 al 7. Un suspenso con 1 era un coreano (la guerra de Corea empezó en aquel año) y un 2 (un patico) era ya un aprobado. A lo largo de los cuatro cursos se insistía en el dominio del latín, del castellano, la ortografía y la buena letra. En tercero se exigía aprender miles de exámetros latinos y traducirlos sobre la marcha.
Pronto descubrió Teodoro que él era un “picholo”; tal era la denominación que los “veteranos” daban a los novatos de primero. La verdad es que los de segundo curso usaban la palabra con cierto tono agresivo. Pero él tenía gente conocida: aquel curso estudiaban allí seis seminaristas de Alcañiz. Los de primero eran más de 42 alumnos; todos con su pantalón bombacho y su bata gris oscuro.2

El recreo de 1º y 2º cursos era en la pequeña plazoleta situada ante las puertas de la capilla. Se juntaban hasta 172 alumnos jugando3. Se jugaba al ajo, es decir, a dar pelotazos con una dura pelota de frontón a los del otro curso. Los de segundo se desquitaban así de lo sufrido el curso anterior y, dada su potencia y su puntería, muchos alumnos de primero preferían ir a la capilla.

Como todos los ambientes, también el seminario tenía su picaresca. Instrumento muy importante era conocer el alfabeto manual de los mudos: esto permitía comunicarse -incluso en los exámenes- sin ser detectado. Como amenaza de delación se decía “me gibaré”, en lugar de me chivaré. En una ocasión, ante la imposibilidad de faltar a clase, Teodoro manipuló el termómetro y hubo que llamar con urgencia al médico. Don Bienve pudo comprobar que la fiebre no existía. Hubo cachetes y amonestación pública para que no cundiese el ejemplo. Otro día, se subió en marcha a la caja de un camión para llegar antes al campo de fútbol, pero al pasar por aquel lugar el conductor aceleró y bajar fue bastante accidentado.4 Ah! Lo que tardó más en comprender era qué significaba lo de “amistades particulares”.

Los paseos del jueves por la tarde podían ser a lugares cercanos tales como la era de Andorra, el pantano de Gallipuén o el calvario. A veces, se recorrían los 6 kilómetros hasta llegar a Berge y volver. En los días de campo la caminata podía ser hasta Alloza (16 km) o a Mas de las Matas. La formación física era excelente.

Mención especial merecen los “superiores”. Así se llamaba a los sacerdotes (Operarios Diocesanos) que ejercían las tareas de organizar, dar clase y educar a aquellos más de 250 seminaristas. Eran solo 8 personas; dos de mucha edad. Desde luego, tenían sus limitaciones personales, pero eran incansables. Nunca estuvieron de baja. Aguantaban las mismas carencias de la casa y de la época. Se levantaban antes y se acostaban después. Un horario lleno de clases, charlas, presencia en el estudio, obras de teatro, caminatas animando a todos y organización de días extraordinarios. En 1953 llegó como rector Ángel Jiménez Sánchez, que con sus 32 años y su sacerdocio casi recién estrenado tenía ilusión por mejorar las cosas. Impuso el pelo un poco más largo, prohibió las alpargatas para ir de paseo y exigió corbata negra. Se pusieron altavoces en el comedor, hacía audiciones de música clásica con un viejo magnetofón ¡de hilo!, organizó turnos para usar las 4 duchas, hizo populares las canciones de Europa, leía poesía a los alumnos…
1.4. Resultados

La situación se vivió sin dramatismos ni miedo. En aquel entorno tan lleno de carencias, aunque los educadores lo hubieran programado, los resultados no hubiesen sido mejores. Lograron sacar (e-ducere) de los alumnos unos importantes niveles de cualidades humanas. Paradójico y sorprendente, pero cierto: Contra facta non sunt argumenta.

Sin orden de prelación ni pretensión de exahustividad se pueden enumerar algunas de las capacidades que más valoran los alumnos de aquellos años.
a) Espíritu de sacrificio, capacidad de autocontrol y de austeridad. Esto favorecía el equilibrio emocional. No había lugar para rabietas tontas ni para usar las lágrimas como chantaje. Todo ello sin ninguna norma ni castigo que no fuesen los habituales en la época.
b) El hábito de trabajo enseñaba a valorar lo que cuestan las cosas. Se fomentó el desarrollo de la memoria, pero no era un “empolle” mecánico: los miles de hexámetros latinos había que medirlos y traducirlos.
c) La maduración personal individualizada permitía ir asentando la personalidad sin “singularizarse”, sin necesidad de llamar la atención ante los demás. Se ejercía administrando la propia vida en temas como aceptar las consecuencias de las propias acciones, distribuir el tiempo de estudio o auto-cuidarse física y socialmente.
d) El compañerismo tenía manifestaciones que iban desde el no acusar nunca a nadie hasta el sacar del comedor (¡en el bolsillo!) pescado para el que había sido castigado a no cenar.
e) La alegría, propia de la edad pero también nacida del sentimiento interior, puede percibirse en las fotos que se conservan. Si las vocaciones aumentaban era, fundamentalmente, porque los seminaristas en vacaciones se manifestaban contentos de estar en aquel el Seminario.

Por entonces, era el respectivo párroco quien decidía si enviaba a un chico al seminario. Desde luego, esto lo hacía después de recibir información -a veces, incitación- del maestro y solo con el beneplácito de los padres y del chico. Al aspirante se le preparaba, no solo para el examen de ingreso, sino que también se le enseñaba una buena parte de los contenidos de primer curso. Luego, entre los ingresados, eran las malas calificaciones académicas lo que causaba el mayor número de bajas involuntarias. Esta circunstancia, como la vida demostraría después, no indicaba incapacidad intelectual del sujeto sino simplemente se debía a no responder en aquel momento a las exigencias establecidas. Por este concreto motivo, en cuarto curso podían quedar la mitad de los ingresados en primero.5 A partir de esta criba, el dejar el seminario solía ser debido a decisión del alumno y, en algún caso, a expulsión por motivos de disciplina.

No todos los tiempos fueron iguales, por todo ello, no es extraño que algunos hablen de una “época de oro” del Seminario de Alcorisa y la sitúen entre 1950-1956. Hay un numeroso grupo de antiguos alumnos no sacerdotes que incluso han celebrado las bodas de oro de su ingreso en aquel centro y mantienen todavía sus lazos de amistad. Se confiesan contentos de haber estado allí: “Sabiendo lo que hoy sabemos, elegiríamos volver”. En expresión de Teodoro Sánchez: “nadie me robó mi adolescencia ni mi juventud y, por tanto, nadie me podrá convencer ahora de que me la habían quitado”. Parece evidente que no tienen porqué estremecerse las carnes de nadie al escuchar relatos de aquel seminario en aquellos años.
1.5. En el Seminario Mayor de Zaragoza

En el curso 1955-56, con solo 16 años, Teodoro comenzó a estudiar Filosofía en el Seminario Mayor de Zaragoza, entonces situado en Condes de Aragón, 32. Un mundo nuevo se abrió ante él: otros profesores, otros tiempos, otros horizontes personales y sociales. En opinión de muchos, el Seminario de entonces era intelectualmente más interesante que la misma Universidad de Zaragoza. Lo cierto es que el deseo de aprender y conocer era enorme. El hambre de pan padecido en Alcorisa se cambió por hambre de cabeza y espíritu. Interesaba más saber que aprobar.6 Estudiar en grupo era una delicia.

Estas inquietudes se veían potenciadas por la parte más joven del profesorado (varios menores de 30 años). Además, el Arzobispo Morcillo reforzó el claustro con Carlos Castro Cubells y José María Cabodevilla Sánchez. En los aspectos educativos, tuvo mucha influencia Cipriano Calderón Polo, vicerrector y encargado de teólogos. Era entonces un cura periodista de 33 años que daba ideas y renovaba cosas. Él hizo posible una sala de estar, con decorado y muebles modernos, donde el dominó y la radio eran menos importantes que los periódicos y revistas de que se disponía diariamente: Il Corriere della Sera, Le Monde, L’Osservatore Romano, Gaceta del Norte, El Ciervo y otros. Era idea suya que, si en lugar de rezar el “Oficio parvo”, se estudiase inglés en honor a la Virgen, ella estaría muy contenta y además sería muy útil. El popular Assimil se hizo presente entre los seminaristas.

La obra de Charles Moeller “Literatura del siglo XX y cristianismo” (1955) daba pistas sobre lo que era importante leer. Camus, A. Huxley, Graham Greene, Bernanos, James Joyce, Arthur Miller, Maxence Van der Meersch, Mauriac, Casona… ninguno de estos autores estaba en la biblioteca. Se adquirían de forma particular en la colección Austral, Libros Plaza o le Livre de Poche; luego, el intercambio entre los poseedores permitía una “biblioteca móvil”. Cierto que determinados superiores no eran muy partidarios de que se leyese literatura moderna y de que algunos alumnos tampoco se enteraban mucho de la “movida”, pero eran la excepción.

Por el aula de conferencias pasaron entre otros el Padre Ignacio Elizalde, José Manuel Blecua, J.L. Martín Descalzo, Ildefonso Manuel Gil y también jugadores del Atleti de Bilbao. En teatro leído, por ejemplo, “Escuadra hacia la muerte” (censurada después de su 3ª representación en Madrid) o “La barca sin pescador” eran elegidas y representadas por los jóvenes alumnos de Filosofía que tenían entre 16 y 20 años. En cuanto al cine, lo proyectado solía tener notable calidad cinematográfica y el cineforum posterior a cada película aumentaba el interés. En las salidas personales a la ciudad -con su oportuna excusa justificativa- se aprovechaba a veces para ver alguna película.

Tampoco en las clases se educaba para atacar a la cultura del entorno sino para dialogar con ella. El hombre, su libertad, la solidaridad, el respeto y, sobre todo, el que las cosas se pueden cambiar eran temas de interés generalizado. Esto último dejó una huella muy clara en Teodoro. Tanto estudio y tanta lectura “provocaron” que los responsables cortasen la luz a una hora en la que se suponía que ya todo el mundo debería estar acostado. Pero los conocimientos de física hicieron inútil esta medida: un polo de la llave de la luz y otro conectado al radiador de la calefacción encendían la bombilla.

Carlos Castro Cubells, discípulo de García Morente (a su vez discípulo de Ortega y Gasset) era el puntal en cuestiones filosóficas. Ángel Berna Quintana, además de Teología Dogmática, daba también Sociología. Los problemas sociales y políticos de aquel momento interesaban y, en concreto, a Teodoro le atraían mucho. Se leían obras tan densas como “El pensamiento de Carlos Marx” de Yves Calvez, artículos de Arnold Toynbee o apuntes de personalidades cristianas como Alberdi, monseñor Ancel o Joseph Cardijn. La información sobre lo acontecido en el día había que sacarla -previa capacidad crítica- de los periódicos extranjeros o de la escucha de emisoras de onda corta (París, BBC, Pirináica, Moscú, etc). Esto era posible aguantando el ruido del molesto buzzer colocado por la censura gubernamental y gracias a un superheterodino de muchas lámparas montado por el sacerdote Alfredo Gil Muro cuando era seminarista. Las noticias normales se escuchaban de radio Zaragoza usando receptores de galena o de germanio hechos por los propios usuarios.

La afición a la práctica deportiva era grande. Tierra extraída en la construcción del estadio municipal de La Romareda (inaugurado en 1957) se porgó, se distribuyó y se apisonó hasta formar el campo de fútbol situado al este del Seminario y que por ello tiene cierta elevación sobre el nivel del entorno. Pocos años más tarde también los seminaristas harían en el duro mallacán el hueco de una piscina.

En el plano apostólico, algunos curas diocesanos se convertían, por su acción social y evangelizadora o por sus ideas, en modelo para los seminaristas. Había grupos organizados de Acción Católica especializada y muchos salían los domingos a colaborar en la catequesis de algunas parroquias de la ciudad. Teodoro iba a Valdefierro.

Era un ambiente joven y alegre, profundo y sin pedanterías, disciplinado y sanamente pícaro. En el lado este del edificio, a la altura del primer piso, había una cornisa que sobresalía unos cuarenta centímetros de la fachada. Saliendo por la ventana de la propia habitación se solía visitar a los compañeros a través de este estrecho corredor. No parecía importar el peligro de una caída desde más de cinco metros. Quien vigilaba la disciplina desde el pasillo y no veía a nadie salir de las habitaciónes, no podía sospechar el movimiento que realmente había.

En junio de 1962, Teodoro terminó 4º de Teología en Zaragoza pero no tenía la edad canónica exigida para el sacerdocio. En septiembre inició estudios en Roma. El 22 de diciembre de ese mismo año regresó para ser ordenado sacerdote por Don Casimiro Morcillo en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza y, días después, dijo su primera misa solemne en Alcañiz. Luego volvió a Roma donde se licenció en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana y, en 1965, terminó su licenciatura en Sociología en el Angelicum. En aquel entonces no eran muchos los españoles que podían estudiar en el extranjero. Hacerlo en Roma era una oportunidad de conocer a gentes de todos los continentes, de ver la situación española desde fuera, de comprobar el funcionamiento de las plenas libertades democráticas, de conocer la movida política italiana y de tener cerca el mayor y más interesante partido de izquierda en Occidente. A todo esto se sumaba una circunstancia sumamente especial: durante su estancia se celebró el Concilio Vaticano II. En el Pontificio Colegio Español de Roma se podía conocer a las personas más destacadas de la iglesia española.7
1.6. Cura de pueblo

A su regreso de Roma fue enviado a las parroquias de Cretas y de Lledó (14.09. 1966 hasta 29.09.1969). Un Seat 600 amarillo le facilitaba sus desplazamientos. Estos lugares, relativamente cercanos a Alcañiz, no le eran desconocidos y además le permitían estar cerca de su familia. Cierto que no era un nombramiento espectacular pero por aquel entonces todo recién ordenado iba a un pueblo. Durante los tres años de permanencia en este destino mantuvo una gran sintonía con sus feligreses y, sobre todo, con los jóvenes. Es verdad que en aquel tiempo los curas jóvenes eran muy valorados, pero fue su capacidad de cercanía lo que le dio mayor ascendiente. Tenía el don de entablar contacto enseguida aun en lugares que nunca antes había visitado. En su último año de estancia en estas parroquias recibió la visita del sacerdote Domingo Laín Sanz que en breve iba a marchar hacia Cuba para recibir preparación e incorporarse al ELN colombiano. Comieron en Horta de San Juan y, aunque Domingo no le dio ese tono, era claramente una despedida para siempre.8

El clero rural de entonces se movía mucho ante las necesidades de su entorno. Sin subvenciones y solo con la colaboración de los feligreses se hicieron cooperativas, clubs de juventud, grupos de teatro, excursiones al extranjero, campamentos, bandas de música, de trompetas y tambores, equipos de fútbol, bibliotecas, emisoras locales, tómbolas, guarderías, colegios, transporte escolar, cines, academias, clases nocturnas, restauración de iglesias, semanas de juventud... Fue un enorme esfuerzo que no sería justo olvidar.
2.- AÑOS DE ILUSIÓN Y DE TRABAJO
2.1. Tiempo de conflictos

En septiembre de 1969 se trasladó a Zaragoza. Había sido nombrado Director de la Oficina de Estadística y Administrador de la publicación diocesana “Mi Parroquia”, cargos que desempeñó hasta 1972. Se suponía que estas eran tareas a las que dedicar la mañana y, por ello, se le dio también nombramiento como coadjutor en la parroquia de San Agustín.

A partir de estas fechas, resulta complicado organizar una narración que describa la actividad de Teodoro porque se encuentra relacionado con campos pastorales muy variados: asuntos diocesanos, barrio de San José, instituto de enseñanza media, CRETA, parroquia, pastoral juvenil… Además, es imprescindible describir, siquiera someramente, las circunstancias para poder situar su actuación en cada caso. Los diez años siguientes iban a ser especialmente movidos tanto en la iglesia diocesana como en lo referente a los aspectos políticos de la sociedad civil. En lo estrictamente de iglesia, los posibles cambios derivados del Concilio Vaticano II originaban una ilusión que se explicitó también en diversas situaciones de crisis: la Asamblea Conjunta, la adecuación de los seminarios, posturas contestatarias en el clero, las multas gubernativas por homilías, las comunidades de base, los curas obreros9, etc. En lo político, dos meses de estado de excepción, detenciones, huelgas, encierros-protesta, manifestaciones, reuniones clandestinas, asambleas para buscar la convergencia de los diversos partidos, etc. Teodoro se implicó en todo.
2.1.2. Crisis en el seminario

Desde finales de los años 50 los seminaristas se cuestionaban la funcionalidad de la formula “Seminario” para preparar a los futuros sacerdotes. Pensaban que se deberían adoptar otros cauces para formar con más eficacia en los planos pastoral, académico, espiritual y humano. A finales de los 60, el tema tuvo una expresión más externa y notoria. Paradójicamente, mientras el Seminario de Zaragoza atravesaba una aguda crisis, en la ciudad había más seminarios que nunca porque existía también el Seminario de San Carlos para vocaciones tardías (1965-1974) y, además, el sacerdote José Solans Allué, disconforme con el funcionamiento de los dos existentes, organizó un seminario en la zaragozana calle Mariano Escar.

Los hechos que más transcendieron comienzan en 1967 cuando algunos seminaristas teólogos manifiestan su disgusto con algunos profesores. En 1968, la protesta es contra el régimen interno del centro. Un grupo de sacerdotes escribe al prelado pidiéndole información y ofreciendo su ayuda. Como era norma constante en él, monseñor Cantero contesta individualmente a cada uno (nunca a grupos). Con la debida autorización, hay seminaristas que residen en un piso de la calle Oviedo, bajo la dirección de un sacerdote. Los cursos siguientes tampoco se viven con serenidad. Las cartas, las comisiones y los pequeños incidentes continúan.10

A mediados de 1973, el Arzobispo pide la opinión de los seminaristas de último curso y ellos, para contestarle con más fundamento real, le encargan a Teodoro Sánchez -su profesor de sociología religiosa- una encuesta para que la responda la totalidad de los 44 seminaristas. Serán finalmente 139 preguntas que responden todos a la vez. De las contestaciones se deduce que en el funcionamiento del seminario hay ciertas “anomalías”, pero los resultados que menos le gustan al arzobispo son los referentes a la vida espiritual. Solo el 37 % participa diariamente en la Eucaristía; el 31 % no se confiesa; el 25 % no lo hacen ni siquiera una vez cada seis meses; el 11 % cada tres meses; el 70% hace menos de media hora de oración diaria… Sin quitar importancia a los datos, hay que tener en cuenta que poner en porcentajes los resultados de 44 seminaristas impresiona más que dar la cifra de personas (el 2,2 % es una persona). Además, 8 de los encuestados habían decidido dejar el seminario antes de cumplimentar la encuesta (18 %).11

Monseñor Cantero se explaya sobre el tema: ha habido dos experiencias de grupos formados por seminaristas teólogos que han vivido en pisos fuera del Seminario en los últimos años de estudios eclesiásticos bajo la tutela de un sacerdote. En uno de los grupos los tres seminaristas llegaron a ordenarse de Diáconos y al cabo de cuatro años ninguno mantiene el menor contacto con la diócesis. En el otro grupo, llegaron a ordenarse de sacerdotes los tres prometiendo obediencia a su obispo: cuando se les nombró curas de pueblo se negaron a ir. Se dialogó con ellos, se les retiraron las licencias y están trabajando como obreros. Visto lo cual toma la decisión de que a partir del curso que comience todos deberán solicitar por escrito el ingreso y firmar el compromiso de aceptar las normas de residencia, de piedad y académicas.

Hacia 1977, se vuelve a la calma pero -en opinión de muchos- el problema sigue sin solucionarse y se patentiza en la deficiente preparación en conocimientos, habilidades y destrezas para el ejercicio de la pastoral en esta diócesis.

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