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Título: ¿Quién está dispuesto a cambiar? Los electorados permeables a las campañas en las elecciones generales de 2011. Autora: Dra. Carolina Bescansa Hernández. Institución: Universidad Complutense de Madrid


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Título: ¿Quién está dispuesto a cambiar? Los electorados permeables a las campañas en las elecciones generales de 2011.
Autora: Dra. Carolina Bescansa Hernández.
Institución: Universidad Complutense de Madrid
email: carolina.bescansa@cps.ucm.es / carolina.bescansa@gmail.com

Resumen

Esta ponencia analiza algunos problemas metodológicos en la investigación del comportamiento electoral y se interesa por algunas tencencias el el proceso de toma de decisiones del electorado español en 2011. Primero, reviso algunas características de la cultura política de los españoles que históricamente se han relacionado con el el grado de permeabilidad a la campaña. Después, identifico algunas relaciones significativas entre variables sociodemográficas e ideológicas y el momento en que los distintos tipos de electores toman su decisión de votar –o no- y por quién hacerlo. Por último, concluyo que de mantenerse las actuales condiciones de descrédito de la política y sus actores, la influencia de las campañas electorales será cada vez mayor.


Nota biográfica de la autora:

Carolina Bescansa es profesora en la Facultad de CC Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, donde se doctoró con una tesis dedicada al estudio del sistema de los discursos ideológicos. Cursó estudios en el ISCTE de Lisboa, en la UCM y en UCSD, San Diego. Desde 1998, desarrolla su actividad investigadora en el campo de los estudios sociales y políticos de base cualitativa y cuantitativa.




Palabras clave: campañas electorales, motivación del voto, elecciones generales, España.

El estudio del proceso de toma de decisiones de los electores en los regímenes democráticos constituye un tema central en la ciencia política y la sociología electoral. Desde mediados del siglo XX, se han sucedido las investigaciones centradas en conocer la importancia de los principales efectos de las campañas electorales identificados por Lazarsfeld, Berelson y Gaudet (1948), los perfiles de electores y abstencionistas, el papel y la influencia de los medios, la propaganda y las encuestas, etc.

Esta ponencia analiza algunas problemas metodológicos en la investigación del comportamiento electoral y señala algunas tencencias el el proceso de toma de decisiones del electorado en los últimos comicios generales celebrados en España. El texto está organizado de la siguiente manera. En primer lugar, reviso algunas características de la cultura política de los españoles que históricamente se han relacionado con el el grado de permeabilidad a la campaña de los distintos perfiles de electores (nivel de interés por la política), o que considero podrían estar empezando a estarlo (nivel de descrédito y crítica a los políticos y los partidos). En segundo lugar, identifico algunas relaciones significativas entre variables sociodemográficas e ideológicas y el momento en que los distintos tipos de electores toman su decisión de votar –o no- y por quién hacerlo. Para ello, me he basado en el análisis de los datos elaborados por el CIS en los contextos post-electorales de 2000, 2004, 2008 y 2011. La revisión de indicadores y tendencias incluye el caso de una campaña en la que irrumpe un acontecimiento extraordinario (2004) y deja fuera de la investigación la campaña de las elecciones municipales y autonómicas de Mayo de 2011 por tratarse de comicios de distinto nivel. En tercer lugar, a modo de propuesta para la discusión y el debate, por una lado, sostengo que, si se mantienen las actuales condiciones de descrédito de la política y sus actores, la influencia de las campañas electorales será cada vez mayor. Y, por otro lado, identifico cómo, de manera transversal a los electorados de los partidos principales, los electores que deciden su voto antes de que comience la campaña ofrecen razones distintas razones para dar cuenta de su preferencia que los que lo hacen a lo largo de la campaña, con independencia de que unos y otros terminen apoyando al mismo partido.

Algunas características de la cultura política de los españoles relacionadas con la influencia de las campañas electorales

Los indicadores de los estudios postelectorales destinados a dar cuenta de la influencia de las campañas electorales en España señalan cómo, en los últimos años, se ha producido un incremento más o menos constante de la proporción de electores que deciden su voto a lo largo de la campaña. De los que acudieron a votar en 1996, la proporción de los que declararon haber decidido a qué partido apoyar a lo largo de las tres semanas de campaña se situó en el 9%. En 2011 esa proporción fue del 25%.

En pararelo, para este mismo período de análisis, los bajos niveles de interés por la política se han mantenido constantes y el descrédito de los políticos y los partidos se ha agravado de manera progresiva, hasta su masiva expansión entre los años 2009 y 2010. Las valoraciones mayoritariamente negativas del funcionamiento del sistema democrático y las instituciones centrales de la representación -partidos y parlamento, fundamentalmente- constituyen una constante de la cultura política del país desde la transición. Sin embargo, la desconfianza hacia los partidos y los políticos ha alcanzado cotas hasta ahora no conocidas coincidiendo con la emergencia de la gran crisis del sistema financiero mundial de 2008, el estallido de la burbuja inmobiliaria española entre 2009 y 2010 y la extensión de la apertura de procesos judiciales por corrupción contra políticos (causa contra F. Camps, trama Gurtell, caso Palma-Arena, entre otros) o, más recientemente, contra representantes de los partidos en algunos consejos de administración de los bancos y cajas públicas en situación de nacionalización por quiebra.

El análisis de los datos en serie revela cómo, de manera constante, dos tercios de la población española expresa opinones negativas sobre los políticos y los partidos. Esta proporción se ha incrementado de manera significativa en los último tres años. En 2011, los partidos recibieron una puntuación media de 3.6 sobre 10 en una una escala destinada a medir el grado de confianza/desconfianza en varias instuticiones (CIS, ES2920). Las percepción de distante indiferenica se incrementó y tres cuartas partes de la población respaldaron la idea de que los políticos no se interesan por los problemas de la gente.



Descrédito de la política y de los políticos que, en las encuestas, se expresa como generalización de las opiniones críticas y equiparación de todos en la corrupción de sus ideas y sus prácticas. Los barómetros más recientes mantienen estas y otras tendencias consistentes en lo sustantivo.


A su vez, los datos empíricos continúan describiendo un escenario de mayoritario desinterés por la política y muy bajas tasas de participación asociativa en lo común. Como tendencia estabilizada en la década de los años 80, las grandes mayorías se expresan desinteresadas por la política y una amplia minoría –en torno al 40%- se describe a si misma como poco capacitada para entender de política. Si comparamos los datos de interés por la política con los de interés por las campañas, la contienda electoral suscita mayor atención. Pero, en todo caso, son más los que votan que los que se interesan, tanto si se trata de la política en general o de las campañas. En el estudio postelectoral elaborado por el CIS tras las elecciones generales de 2011 (ES2920), la mayoría de los que declararon haber votado dijeron también estar poco o nada interesados por la política (54%). En España, estos datos no constituyen una excepción. La mayoría de los que votan no están interesados y las campañas, aunque suscitan un interés significativamente mayor -previsiblemente como resultado de su dimensión mediático-espectacular-, despiertan el interés de algo menos de la mitad de la población.

El argumento que defiendo en esta ponencia es que la proporción de los que deciden su voto a lo largo de la campaña en las elecciones generales en España se ha incrementado en los últimos años, lo que significa, en la práctica, que las campañas se han vuelto más importantes e influyentes sobre los resultados. A modo de hipótesis, considero que el incremento de la proporción de los que deciden su voto a lo largo de la campaña (del 9% al 24% entre 1996 y 2011) está relacionado con dos pautas características de la cultura política de los españoles: el desinterés por la política y las muy negativas valoraciones de los principales actores e instituciones de la democracia representativa (partidos políticos, congreso, etc.). El descrédito de la política y los partidos está ampliando la proporción de nuevos y antiguos votantes que se resisten a apoyar a las viejas formaciones mayoritarias, las más afectadas por el desprestigio. A su vez, el mantenimiento de niveles tan bajos de interés por la política desemboca en que una proporción creciente de estos nuevos y viejos votantes se mantenga indiferente a su propia decisión de voto hasta el momento en que la campaña intensifica su presión mediática y ambiental. En la medida en que no se reviertan estas condiciones (desinterés y descrédito), es previsible que el electorado disponible y la influencia de las campañas sea cada vez mayor.




Problemas específicos de las encuestas de orientación electoral: la cuestión del sobrerrecuerdo del voto y el sub-recuerdo de la abstención
Las encuestas electorales se enfrentan, de manera general, a las mismas constricciones que el conjunto de las encuestas distributivas y, de manera específica, a ciertos problemas derivados de su propia naturaleza. No es este el lugar para discutir los límites de la encuesta como herramienta y los continuos abusos a los que se ve sometida, pero sí querría, al menos, mencionar algunos de los problemas propios a los que se enfrentan las encuestas de tipo pre y post electoral.

En España, como en muchos otros países, el sobrerrecuerdo del voto se ha convertido en un problema constante en las encuestas electorales. Un porcentaje de entre el 10% y el 40% de los abstencionistas olvida que no votó. Muchos estudiosos de la cuestión han vinculado este sobrerrecuerdo a la comprensión de la participación electoral como deber cívico y, en ese sentido, a la negativa sanción social que eventualmente reciben los que no participan. Existen muchos datos que avalan esta tesis y considero que explica una parte del sobrerrecuerdo. Sin embargo, si la compresión del voto como deber cívico explicase la totalidad del sobrerrecuerdo, cabría esperar que el descrédito de los partidos, los políticos y las instancias de representación supusiese, en la práctica, un ablandamiento de ese sentido del deber y una cierta legitimación de la abstención en lo social que, de hecho, sí aparece en los estudios electorales de tipo cualitativo. Pero los datos cuantitativos no caminan en esa dirección. En las elecciones generales de 2004 y 2008 un 34% de los abstencionistas recordaron haber votado y ese porcentaje subió hasta el 43% en 2011, cuando todos los indicadores señalaban un agravamiento del descrédito de los políticos y los partidos. A mi juicio, el fenómeno del sobrerrecuerdo del voto es posible que encuentre explicación –también-, en las dinámicas de la entrevista a las que se enfrentan los trabajos de campo de las encuestas de tipo político-electoral. Como hipótesis interpretativa sugiero que muchos de los abstencionistas que acceden a responder a la encuesta, llegados a la pregunta sobre recuerdo directo de voto, entienden que todas las respuestas que ha ofrecido hasta ese momento se volverán inútiles si declaran que no votaron, como de hecho sostienen algunos de los ideologemas sobre el voto más extendidos en lo social (si no votas, tu opinión no vale para nada). Así, la sobreinterpretación errónea del uso de los datos o quizá también el deseo de no deteriorar el vínculo con el encuestador/a llevan a una parte importante de que se abstuvieron a recordar haber votado. Muchos abstencionistas, en la situación de la entrevista, se declaran votantes porque (mal)interpretan que el hecho de haber votado constituye un requisito para poder seguir jugando al juego de la encuesta.


Como perspectiva complementaria al análisis del sobrerrecuedo conviene no perder de vista que no afecta a todos los electorados por igual. Las interpretaciones más extendidas suelen mencionar la cuestión del sobrerrecuedo al ganador como efecto arrastre de los propios resultados. Sin embargo, en el caso español, el partido más votado –ya sea el PP o el PSOE- no es el que condensa proporcionalmente tasas más altas de sobrerrecuerdo. Por el contrario, históricamente IU ha sido la formación que ofrecía mayores tasas de distorsión entre la proporción de quienes decían haberle votado y los que realmente lo habían hecho. Hoy, la emergencia de UPyD en el escenario de la competición estatal apunta datos en otra dirección. Ambos partidos, IU y UPyD obtuvieron en la encuesta postelectoral del CIS de 2011 tasas de sobrerrecuerdo del 23% de su electorado declarado. Como hipótesis de trabajo, cabe sugerir que la condensación de altas tasas de sobrerrecuerdo pudiera ser un fenómeno que vincula más a los abstencionistas situados en los márgenes de los terceros partidos, que una práctica ideológicamente anclada en la izquierda o la derecha, como muchos hemos creído analizando las series de datos del sobrerrecuerdo histórico del voto a IU.



Esta cuestión se vuelve tácticamente relevante a la hora de definir el espacio de crecimiento potencial de las terceras fuerzas y, también, para establecer un punto de partida en la caracterización del electorado más vulnerable a las presiones de la movilización/desmovilización.


Midiendo la Influencia de las Campañas. La elección de indicadores.
La elección de los indicadores destinados a dar cuenta de la influencia de las campañas electorales presenta dificultades. De manera general, sea cual sea la relación causal que queramos valorar, la medición en lo social se enfrenta a problemas insuperables cuando trata de aislar y cuantificar en sentido positivo la influencia de un único fenómeno sobre otro. Negar estas limitaciones conduce a la banalización. Pero negar la existencia de relaciones causales -aunque sean muy complejas- sería negar lo social y la historia, en el mismo sentido en el que renunciar a su comprensión –e inevitablemente a su cuantificación tentativa- supondría negar el para qué de las ciencias sociales. Las campañas electorales influyen; a veces sobre más gente, otras veces sobre menos, en una dirección o en otra, pero construyen contexto y, en aunque sólo fuese en ese sentido, definen e influyen (sobre la movilización y el comportamiento de los votantes, sobre las estrategias de competición de los partidos, sobre la selección de la agenda mediática, etc.).

La aproximación a la cuantificación de los efectos de las campañas electorales a través de datos de encuesta obliga a seleccionar indicadores de los que exista serie histórica. Habida cuenta de los estudios a los que tenemos acceso, esta primera consideración reduce a dos el número de variables sobre las que es posible llevar a cabo el análisis. La primera pregunta directamente a los/as encuestados/as si tuvieron en cuenta la información recibida a lo largo de la campaña para decidir qué hacer el día de los comicios (votar o abstenerse, apoyar a un partido u otro). La segunda variable de la que existe serie histórica se refiere al momento de decisión del voto y divide a los encuestados entre lo que decidieron lo que iban a hacer antes del inicio de la campaña, los que lo hicieron durante la campaña (al comienzo, durante o el mismo día de las elecciones).

Tomando como referencia los datos elaborados por el CIS en el contexto postelectoral de 2004, no existen diferencias significativas entre la proporción de personas que declararon haber tenido en cuenta la información recibida durante la campaña y los que dijeron haber decidido su participación o el sentido de su voto en las semanas previas a la celebración de los comicios. Ambos grupos rondan el 15% del electorado. Muy probablemente esta convergencia de proporciones es expresión de una convergencia sustantiva, pero desde el punto de vista metodológico considero la pregunta relativa al momento de decisión del voto más ajustada y pertinente. Aunque ningún indicador es invulnerable a las reelaboraciones, en todos los sentidos es más fácil ser consciente e identificar el momento en el que hemos tomado una decisión que identificar y separar el tipo de razones y argumentos que tuvimos en cuenta para tomar esa decisión. En este sentido, la variable centrada en el momento de decisión del voto se ajusta mejor a las capacidades analíticas de la encuesta distributiva como herramienta exploratoria y permite dejar más abierto el problema del peso y la dirección de las mediaciones contextuales.



En un sentido distinto, el análisis de la influencia de las campañas debiera incorporar información sobre el grado de identificación o convicción con el que votamos, en tanto que indicador indirecto de los niveles de disponibilidad al cambio y, en último término, permeabilidad a las campañas. De manera consistente con los hallazgos anteriores, los datos de 2008 y 2011 señalan una disminución de seis puntos en la proporción de los que tenían decidido a qué partido votar antes del comienzo de la campaña y una distribución muy desigual de los electorados potencialmente más volátiles dependiendo del tipo de partido por el que finalmente votaron (primeras o terceras fuerzas políticas).




Indicadores sobre la influencia de elementos concretos: Debates y Encuestas

Subrayando las limitaciones de los indicadores destinados a dar cuenta de la influencia de elementos concretos –derivadas fundamentalmente de dificultades para hacer consciente lo que nos influye en un proceso de toma de decisiones-, parece necesario al menos mencionar los resultados cosechados por el CIS al preguntar sobre la influencia de los debates y las encuestas. En unos casos y en otros, más de la mitad de los electores que supieron del/os debate(s) o de las encuestas dijeron no haber tenido en cuenta esas cuestiones a la hora de votar. Y, en congruencia con las viejas tesis de Lazarsfeld y Berelson, aquellos que declaran haber tenido en cuenta los debates o las expectativas generadas por las encuestas dicen haberlo hecho, en su mayoría, para reforzar la decisión que ya habían tomado y, en menor medida, para animarles a participar. Al igual que en el estudio pionero de los años 40 para el contexto norteamericano, en 2008 y 2011 en España, el efecto de conversión (transferencia del voto de un partido a otros) es marginal.






¿A quién influyen las campañas alectorales? Niveles de identificación con el voto según electorados, características sociodemográficas e ideológicas de los que deciden su voto durante la campaña y motivaciones diferenciales entre los que deciden antes y despúes
De acuerdo con las consideraciones metodológicas planteadas, entenderé que las campañas electorales ejercen influencia sobre aquellos/as que deciden su voto en las semanas previas a los comicios y, en mayor medida, sobre aquellos que, habiendo votado, expresan niveles muy bajos de identificación con los partidos a los que han respaldado. Comparando los datos disponibles, la proporción de los que votaron con convicción se mantuvo estable a lo largo de la primera década del siglo en torno al 70%. Algo más del 30% declara haber apoyado al partido al que finalmente respaldó con dudas o como mal menor. Sin embargo, como se desprende de los datos, las diferencias son notables entre los electorados de unos y otros partidos y, nuevamente, son los votantes de las terceras fuerzas los que expresan menores niveles de identificación. En el caso de 2011, conviene interpretar estos datos con cautela. En estos últimos comicios generales, el PSOE obtuvo los peores resultados desde la restauración de la democracia, por lo que resulta congruente pensar que los que declaran haberle votado son su suelo electoral más firme e identificado.



El electorado menos identificado y potencialmente más volátil se distribuye de manera desigual entre las bases de los distintos partidos y, también, posee características sociodemográficas e ideológicas específicas. Aunque conviene no perder de vista las relaciones que muchas variables sociodemográficas mantienen entre si, el análisis de los datos correspondientes a 2011 pone de manifiesto la existencia de correlaciones significativas entre el grado de identificación con el que se vota y la edad, el nivel de estudios, el nivel de ingresos, el tamaño del hábitat, la posición en la escala ideológica y el grado de interés por la política.


La probabilidad de votar con bajos niveles de identificación con el partido se incrementa cuando los votantes son más jóvenes, poseen niveles de estudios y renta más altos, viven en ciudades más grandes, se sitúan en posiciones más a la izquierda y expresan menos interés por política. Es decir, las mismas características de los que deciden su voto a lo largo de la campaña. El análisis de las relaciones entre todas estas variables y el momento de decisión del voto en las elecciones generales de 2004, 2008 y 2011 pone de manifiesto la existencia de covariaciones significativas de mayor o menor peso en todos los casos.


La ampliación del mapa de indicadores descarta la influencia del cálculo de resultados como variable determinante en la decisión del voto. De manera transversal a todos los electorados, la práctica totalidad de los votantes sostiene que habría apoyado al mismo partido si hubiese sabido cuál iba a ser el resultado de los comicios.

De nuevo, los datos disponibles sobre el momento en el que se decide el voto y las bases electorales de los distintos partidos revelan diferencias de peso entre los que apoyan a unos u otros partidos. En 2011, cuatro quintas partes del electorado del PP había decidido su voto antes del inicio de la campaña, mientras que, de los que finalmente apoyaron a UPyD, sólo la mitad habían decidido su voto antes del inicio de la campaña.

Por último, los datos correspondientes a 2000, 2008 y 2011 también revelan diferencias importantes en el elenco de motivos que cada electorado aduce para dar cuenta de su voto. Mientras en los casos de los votantes de PSOE, IU y UPyD el componente de identificación partidista constituye el argumento más mencionado, en el caso del PP sus electores dan cuenta de su voto refiriéndose, sobre todo, a razones construidas desde la valoración del partido en la gestión o su actuación a lo largo de la legislatura.

Pero más allá de estas diferencias entre las razones aducidas para explicar el sentido de su voto por las bases de unos y otros partidos, los datos correspondientes al estudio postelectoral de 2011 ponen de manifiesto que el peso de unas y otras razones no es el mismo si comparamos a los que deciden su voto antes de la campaña con los que deciden durante la campaña, sea cuál sea el partido al que finalmente se respalda. Es decir, los que deciden su voto a lo largo de la campaña tienen en cuenta cuestiones distintas para respaldar a su partido que aquellos votantes que sabían lo que votarían antes del comienzo de la campaña.

Las diferencias en los argumentos de los que votan al mismo partido pero lo deciden en momentos distintos son evidentes, pero resulta sorprendente que, de manera común a los votantes del PP, PSOE, IU y UPyD, el peso del voto negativo entre los que deciden su voto a lo largo de la campaña vincula a una cuarta parte de todos los electorados, mientras que esa proporción no llega al 10% en el caso de los que deciden antes.
En conclusión, el análisis de los datos señala que el descrédito de la política y los partidos está, de manera indirecta, incrementando la importancia de las campañas electorales. La extensión e intensificación de las críticas a las instancias centrales de la representación afecta a todos los partidos, pero, en mayor medida, a los dos primeros. Al menos en las elecciones generales, el incremento de las opiniones negativas sobre la política y los políticos no está significando una mayor abstención, pero sí el aumento significativo de la proporción del electorado potencialmente volátil que decide su voto a lo largo de la campaña electoral (10% en 1996; 25% en 2011). El mantenimiento como constante de las elevadísimas tasas de desinterés por la política que se registran en España -en torno al 60%- y a existencia de una proporción significativa de electores -10%-15%- que se interesa por la política sólo a través de las campañas refuerza la tendencia. En este sentido, las campañas son cada vez más importantes, en la medida en la que más gente decide el sentido de su voto en ese contexto y, es previsible que su importancia continúe creciendo si no se modifican las condiciones que se encuentran detrás de este efecto (agravamiento del descrédito de los partidos y desinterés por la política).

A su vez, las campañas no parecen influir a todos por igual. El análisis de los datos correspondientes a 2011 pone de manifiesto la existencia de correlaciones significativas entre el grado de identificación con el que se vota y la edad, el nivel de estudios, el nivel de ingresos, el tamaño del hábitat, la posición en la escala ideológica y el grado de interés por la política. Es decir, las mismas características de los que deciden su voto a lo largo de la campaña.

Por último, los datos revelan que, al menos en 2011, las razones aducidas por los que deciden su voto a lo largo de la campaña son significativamente distintas a las alegadas por los que deciden su voto antes de que se inicie la campaña, visibilizando diferencias importantes en los argumentos utilizados por los votantes de un mismo partido.


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