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Tres Prostitutas en el Teatro Chileno


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Universidad de Chile

Facultad de Artes

Departamento de Teatro

“Tres Prostitutas en el Teatro Chileno”

(La Chepita, la Pepa de Oro y la Negra Ester)
Tesis para optar al titulo de Actriz.

Jessica Vera Sánchez

Profesor guía: Sr José Pineda Debia

Santiago de Chile, 2004


Universidad de Chile

Facultad de Artes

Departamento de Teatro

“Tres Prostitutas en el Teatro Chileno”

(La Chepita, la Pepa de Oro y la Negra Ester)

Jessica Vera Sánchez

Profesor guía: Sr José Pineda Debia

PROLOGO

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL TEMA Y LAS OBRAS



La realización de esta tesis a más de diez años de haber egresado de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile me ha significado, la oportunidad de plasmar en ella algunas de las inquietudes e intereses que han ido surgiendo después de más de una década de ejercer en el mundo teatral, donde no solo me he desarrollado como actriz sino también en los aspectos técnicos del teatro junto a la pedagogía y la dramaturgia. Es este último punto el que me motiva a desarrollar esta investigación. Impulsada por Talleres de Dramaturgia con connotados autores nacionales, ha surgido el interés no solo por la escritura sino también por la lectura de nuestro teatro, lo cual, sumado a la orientación de mi Profesor Guía me ha permitido encausar esta memoria en una dirección que satisface mis intereses.
Nuestra dramaturgia nacional, es relativamente reciente si nos comparamos, por ejemplo, a la de las grandes potencias europeas, pero no por ello menos interesante y dentro del contexto de nuestro continente consecuente con su desarrollo. Podemos hablar de períodos, estilos, autores y obras clásicas de nuestro teatro. Y es precisamente una mirada global a estas obras y mi punto de vista de intérprete, lo que me ha hecho centrar mi atención en los personajes femeninos. Ha llamado mi atención la gran cantidad de prostitutas y la idealización que los autores nacionales han puesto en ellas a diferencia de la estigmatización con que la sociedad las ha tratado en la vida real. Y es desde esta coyuntura que surgen las interrogantes: ¿Cuál es el subtexto que hay detrás de este ennoblecimiento tan reiterado en nuestras dramaturgia?... ¿Qué significado encierra como ícono el personaje de la prostituta en el teatro chileno o qué nos han querido decir los autores a través de ellas?...
Las tres obras de teatro escogidas para la realización de este estudio pertenecen a tres autores contemporáneos. Dos de ellos, Alejandro Sieveking y Luis Alberto Heiremans son de una reconocida trayectoria teatral perteneciendo a la Generación de Dramaturgos del 57, que emergió a partir de la década del 50 y continuó durante los 60 entregando una importante cantidad de obras, a nuestro teatro, muchas de las cuales hoy en día son consideradas clásicas. Tal vez, la primera y única generación de dramaturgos en la historia de nuestro teatro, claramente identificable dentro de un periodo y con inquietudes similares, que a pesar de sus diferencias creativas pudieron igualar posiciones respecto a lo que debe ser el teatro, su valor y función dentro de la comunidad. Y que hoy, a poco más de 50 años desde que emergieran, muchos de ellos continúan hoy su labor.
Es el caso de "La Remolienda" de Alejandro Sieveking, que a casi 40 años de su estreno se ha constituido en una de las obras más representadas no solo en el ámbito profesional sino también en el educacional y el de aficionados, retratando con humor la ingenuidad y ternura del carácter campesino, que durante décadas ha hecho reír a un amplio segmento de espectadores, inclusive aquellos que no poseen ningún conocimiento escénico. Luego tenemos a "El Abanderado" de Luis Alberto Heiremans, una obra enmarcada en un teatro poético y simbólico. Y en último termino y entre las obras más recientes e importantes he seleccionado las décimas de la "La Negra Ester" del poeta y cantautor popular Roberto Parra, que dio origen a la obra de teatro del mismo nombre, que pusiera en escena la compañía Gran Circo Teatro bajo la mano de su creador y director Andrés Pérez, marcando un hito en el teatro chileno.
El método para abordar esta investigación es el análisis de las obras, cuyo énfasis está en el personaje de la prostituta, empleando una metodología similar a la que plantea Stanislavsky para abordar la interpretación de un rol y luego todo lo que es recopilación de material respecto a la mirada que nuestra sociedad chilena le da a la mujer prostituta, para finalmente hacer una comparación entre estas dos visiones, la teatral y la social, que permitan establecer diferencias y similitudes a partir de las cuales se podrían deducir posibles significados atribuibles al personaje de la prostituta, pudiendo ser éste el comienzo para nuevas investigaciones que permitan comprender mejor nuestra dramaturgia.

CAPÌTULO I




LA MUJER PROSTITUTA

Susana y los viejos” de Tintoreto


ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Algunos estudiosos del tema, han considerado que desde épocas remotas, la mujer se ha relacionado con el varón a través de una forma incipiente de prostitución. Ya en la Era Paleolítica, por ser la mujer considerada una divinidad con las virtudes esenciales del goce y la fecundidad, el hombre la adora entregándole el producto de su cacería o mediante la realización del coito. Esta relación entre religión y prostitución se hace más evidente aún hacía el año 2000 A.C., donde ciertos cultos a divinidades femeninas como: Millta, Astarte, Isis; supone la hospitalidad y entrega carnal de sus sacerdotisas a los forasteros como forma de celebración del culto y veneración a su divinidad.


Recién, durante la época del gran legislador griego Solón, la prostitución pasa a formar parte de las costumbres de la vida pública, como una forma de salvaguardar el orden y recaudar impuestos. Sin embargo, la mujer como tal no perdía su dignidad, a pesar que las que ejercían en estas primeras casas de tolerancias llamadas "Dicterion", eran esclavas explotadas cruelmente. El hecho que una mujer se entregara a más de un hombre pasó a considerarse vergonzoso e inmoral con el advenimiento de la moral latina, que estableció el matrimonio y la monogamia. En Roma surgieron los Lupanares que reunía a mujeres adúlteras, plebeyas que hubieran sido objeto de abusos por parte de los Patricios como mujeres jóvenes que se rebelaban a la autoridad paterna. Es así como en el año 180 A.C., surge el primer sistema de "cartillas" una manera de reglamentar y controlar a las mujeres que ejercía este oficio, calificándolas con el término de prostitutas.
Con el advenimiento del cristianismo surgió una moral específica que consideró pecaminosa la relación entre mujer y fornicación: "La iglesia y la moral rechazan la prostitución como todo comercio sexual fuera del matrimonio y la considera pecado

grave, independiente de la legislación estatal al respecto” 1 . Fue así como el emperador católico Teodocio El Grande, dio un duro golpe a la prostitución, al promulgar un decreto por el cual condenaba al exilio a toda persona que prostituyera a mujeres o esclavas. Siguiendo una política similar, el emperador Justiniano, en el siglo VI, estableció hogares para mujeres prostitutas donde se les daba alojamiento y enseñaba un oficio. A pesar de la enérgica condenación a la esclavitud de blancas durante la época medieval por parte de los monarcas cristianos tales como: Recaredo en España, Alarico en Francia, Carlomagno en las Capitulaciones o San Luis en el siglo XIII, es durante este periodo cuando las enfermedades venéreas se difunden más y aunque se ignora su causa, se supone que las prostitutas tienen que ver con ellas. No obstante, la sociedad cristiana debió aceptar la prostitución, limitándose a prohibir lo que ofendía o provocaba escándalo. Fue así como notables teólogos, a partir de San Agustín y Santo Tomás, terminaron por aceptar que el Estado no puede prohibir todas las inmoralidades y por ello no tiene otra opción que tolerar la prostitución en las grandes ciudades, como un mal menor.
Es así como en 1306, las autoridades de la ciudad de Regensburg, frente a la creciente propagación de las enfermedades venéreas, dictan las primeras leyes de control sanitario, lo cual no impide que la sífilis y la gonorrea viajen a los nuevos territorios americanos descubiertos por los europeos. Es así como en el siglo XVI una fuerte epidemia de sífilis azota a Europa llevando a las autoridades a poner fin a la legislación de control sanitario, promulgando una ley que termina de una vez con los burdeles y el comercio sexual. A pesar de estos esfuerzos, no se pudo controlar la prostitución clandestina ni a las mujeres públicas, que seguían a los ejércitos durante las campañas militares.
Es con el avance de las ciencias médicas que el tema de la prostitución alcanza una nueva dimensión. Se la considera un peligro para la salud pública, ordenándose la hospitalización de prostitutas y medidas de profilaxis, enfatizándose la represión de dicha actividad. Finalmente durante el siglo XVII en Europa se crean los primeros organismos de control, que se encargan de la salud de las prostitutas y de la seguridad de sus clientes. Se realizan Congresos y Conferencias de higiene y salud pública, tendientes a lograr acuerdos y reglamentar el comercio sexual, asegurando la salud de la población. Entre estas propuestas cabe destacar: que la administración pública ejerza una vigilancia en los prostíbulos y que las prostitutas porten obligatoriamente una cartilla o identificación. Sin embargo, con el correr del tiempo, estas medidas más allá de cumplir su objetivo han facilitado el surgimiento de la prostitución organizada y clandestina que funciona a espaldas de la autoridad y que logra mantenerse hasta nuestra días sin mayor control.


COMERCIO SEXUAL EN CHILE Y SUS TRANSFORMACIONES

Primeramente debemos entender que la prostitución ha sido considerada por los estudiosos del mundo entero como un fenómeno social que puede explicarse desde diversos puntos de vista. Las investigaciones les han dado mayor importancia a las condicionantes sociales, en el más amplio sentido de la palabra, que a las individuales o psicológicos. Vale decir a los elementos históricos, políticos, culturales y económicos que participan en la aparición y permanencia del fenómeno.



Si tuviéramos que dar una fecha de cuando surgió la prostitución en nuestro país, sin duda diríamos que fue un fenómeno que trajeron los españoles, pues no existen antecedentes que confirmen que se daba entre los indígenas, en cambio en la historia europea si los hay. Y sin duda que su llegada y la conquista de América significaron la implantación de su modelo religioso, político, económico y cultural, con todos sus vicios y virtudes.
Al pretender hacer una historiografía de la prostitución en Chile, nos encontramos que en nuestro país el tema ha sido poco estudiado por la disciplina histórica. Sin embargo, a través del material existente, y que se centra fundamentalmente en los siglos XIX y XX, podemos constatar una evolución del fenómeno prostitución a comercio sexual.
Gabriel Salazar en una de sus investigaciones sobre la historia del siglo XIX nos señala que, “...la crisis en la economía campesina, las guerras en los comienzos del siglo XIX y el incesante oleaje comercial extranjero, corroyeron la posición dominante de la mujer en la sociedad de los labradores; miles de mujeres se vieron desplazadas de la sociedad rural y se vieron obligadas a deambular de un lugar a otro.”2 Aquí el autor señala las causas que obligaron a muchas mujeres campesinas a emigrar a las ciudades, en busca de su sustento, debiendo establecerse en los suburbios de las grandes ciudades, dedicándose al pequeño comercio, venta de comidas y bebidas al burgués y entretención a campesinos de paso y peones itinerantes. El autor define este peonaje femenino ilegal como prostitución, pero hace una diferencia entre las mujeres semicampesinas “arranchadas”, que vivían solas dependiendo de sus actividades de aposentamiento, pues su mancebo solo paraba allí, donde solía llevar regalos, como, alimentos, vestidos, dinero y otras especies. Y las “asiladas”, que se ubicaban en el puerto y oficinas salitreras, y que vivían del pago de los servicio sexuales que prestaban a los hombres que allí laboraban.
Así es como en la segunda mitad del siglo XIX, Chile se encuentra en una controversia en cuanto a cómo enfrentar el tema de la prostitución y qué hacer con ella, “Por una parte los reglamentarista acogiendo formulas modernas privilegiando el punto de vista científico, propuesto como una “profilaxis”de las sífilis o de las enfermedades venéreas en general y como un control policial que evitase los excesos; por otro los antireglamentarista asumiendo una posición más conservadora, favoreciendo en esta materia el punto de vista religioso, combatiendo la medida por inmoral.”3 Sin haberse resulto esta controversia, en 1896 se publica para Santiago la primera reglamentación al respecto, la cual se centra en aspectos de salud venérea y morales, cuyas normas básicas establecen: “...el certificado médico obligatorio, registro de las prostitutas, burdel reglamentado, prohibición de ejercer la prostitución a menores de edad, control policial y la instalación de burdeles a más de 50 metros de distancia de templos, escuelas y cuarteles”.
Cabe destacar que la mayoría de las mujeres que se dedicaban a la prostitución, lo hacían por razones de sobrevivencia, pues no tenían educación, ni familia que respondiera por ellas y las opciones de trabajo eran humillantes en el trato y muy mal remuneradas. Muchas habían llegado a la prostitución por engaño. Al parecer, la población que no contaba con recursos y además tenía un estatus social bajo, se encontraba en el más absoluto desamparo. Era común escuchar que una niña había sido llevada del campo a la ciudad bajo engaño y encerrada en una casa de prostitución, donde era abusada sistemáticamente. Muchas prostitutas no recibían dinero sino que sus proxenetas o cabronas les daban la comida y la ropa y siempre ellas estaban en deuda y si se enfermaban eran abandonadas a su suerte. La vida útil de una prostituta era de diez a quince años. Por lo general comenzaban a los quince, debiendo aumentarse la edad, pues la prostitución de menores siempre ha sido penada, pero no siempre se ha velado por el cumplimiento de ésta legalidad.
Durante el S XIX y hasta mediados del S XX, el prostíbulo, llamado también burdel, casa de remolienda o de tolerancia, fue el espacio característico y más importante donde se desarrolló la vida de estas mujeres. La ubicación de estos espacios era de preferencia en los sectores donde había una mayor concentración de hombres, como puertos y poblaciones mineras y a la vez en calles periféricas de las ciudades. Aunque sin duda había para todos los gustos y de todos los precios, su pretensión no era ser un lugar clasista. En la cuidad o en el pueblo, el prostíbulo o casa de remolienda era un lugar de encuentro y de sociabilidad distendida e interclasial, donde mujeres mayoritariamente pobres y socialmente marginadas, se relacionaban con hombres de distintas situaciones y niveles socioculturales: comerciantes, estudiantes, intelectuales, trabajadores, políticos y traficantes. En estos lugares transcurría la vida de cientos de mujeres, que no tenían posibilidades de acceder a otros espacios de convivencia social y que por lo tanto dependían totalmente de sus protectores, cabronas o cafiches. Trabajaban de noche y dormían de día, pero sin importar la hora debían acudir al llamado de “llegó gente niñas”, viviendo un mundo cercano a la esclavitud, pero donde se aseguraban el techo, la comida e incluso el afecto de sus patrones. Estas casas contaban con piezas destinadas a los encuentros sexuales entre las niñas y los clientes y también con salones donde se podía conversar de variados temas, leer una obra literaria a viva voz, tratar negocios y por supuesto bailar, emborracharse y desinhibirse.

Las casas de remolienda eran un espacio de socialización.

Foto del estreno de “La Remolienda” de Alejandro Sieveking en el año 1965, en el Teatro Nacional bajo la dirección de Víctor Jara.

Otro espacio similar al anterior fueron las casas de cita, las cuales se distinguían de las anteriores, por el hecho de que en esos lugares, acudían prostitutas callejeras o mujeres que se prostituían en forma independiente. Allí esperaban durante el día a sus potenciales clientes. Las regentas o cabrona cumplían la función de alcahuetas, entre éstas y los caballeros que acudían en su búsqueda. Una vez que se concertaba el negocio pasaban a las piezas donde se llevaba a cabo la transacción sexual. Muchas de estas casas fueron prostíbulos que se quedaron sin prostitutas asiladas.


En la capital la prostitución tuvo una fuerte presencia, debido a las corrientes migratorias que generó el proceso de desarrollo del capitalismo en Chile, pues “...la afluencia de migrantes internos hacía las grandes ciudades, en especial Santiago, unida a la imposibilidad de proporcionar habitación a los recién llegados, dio origen a un amplio disgregado e inestable sector de marginados” 4. Un testimonio más descriptivo, lo encontramos en la novela naturalista de Joaquín E. Bello(1920) “El Roto”; allí se describe uno de los principales aspectos de la urbanización, el ferrocarril, lo cual significó que el sector de Estación Central se convirtiera en punto de llegada de quienes migraban a la capital, “...detrás de la Estación Central de ferrocarriles, llamada Alameda, por estar a la entrada de esa avenida espaciosa que es orgullo de los santiaguinos, ha surgido un barrio sórdido...se adivina que el barrio es nuevo...se siente el campo, se nota que el contacto con la parte verdadera de la capital es escaso; está marcado ese arrabal por el roce incesante con los campesinos. La parte nueva y la vieja se diferencian entre sí de una forma cortante y simbólica, como el roto y el futre, la leva y el poncho; ese maridaje fenomenal que constituye la sociedad chilena.” 5 Estas migraciones campo ciudad de principios del siglo XX, generaron sobrepoblación y pobreza. Hasta la década del treinta, las tres cuartas partes de la población de Santiago vivían en conventillos, que se caracterizaban por el hacinamiento, la falta de higiene y la miseria reinante.

La creciente migración campo ciudad originó problemas de vivienda y salud en los sectores más bajos. Ante ellos, el Estado no tuvo respuestas.

De tal manera, que la mujer que no podía acceder al mercado laboral, segmentado por género históricamente, excluyéndolas de una oportunidad de trabajo; podía sobrevivir bajo dos formas de servidumbre, la doméstica, que las separaba de sus hijos, para ponerla a servir en casas de familia, cuyo pago consistía la mayoría de las veces en la casa y la comida; o la sexual, que era similar, sólo que los servicios prestados eran sexuales, para lo cual se asilaban en algún prostíbulo.


Sin embargo, es durante estas primeras décadas del siglo XX, que también comienzan los primeros indicios que nos indican que la prostitución, está dejando de ser una estrategia de sobrevivencia ejercida por las mujeres más pobres, para convertirse en uno de los negocio más lucrativo de los inversionistas del ramo. Es así como en Iquique, se cree que existían a lo menos 70 burdeles clandestinos, con al rededor de 300 mujeres asiladas, “..según informes de los comités obreros de la zona, la mayoría de esas casas de tolerancia habían sido establecidas por los mercaderes más ricos que allí operaban.” 6 Por otra parte, en los puertos de Talcahuano y Valparaíso, un oleaje de marineros extranjeros comenzaba a ser frecuente, visitando a las mujeres allí arranchadas, eran sin duda, compradores naturales, que portaban dinero y que no tenían ningún lazo de fraternidad con ellas, por lo tanto, su relación solo podía ser mercantil.

A modo de respuesta a esta realidad, hacía 1920 comienza a tomar forma en Chile una lucha organizada en contra de la prostitución, bajo el concepto de lucha antivenérea, y cuya plataforma era la llamada Liga Chilena de Higiene Social, portavoz de una postura que luchaba por abolir la prostitución y no reglamentarla para que siguiera existiendo bajo una cierto control. Sus planteamientos correspondían a los elaborados en Europa, a propósito de la Gran Guerra, gracias a la cual los europeos habían podido dimensionar el impacto real de los males venéreos, por los contingentes de hombres que se enrolaban en las operaciones militares. Lo cual, forzó a los científicos a aportar soluciones que se tradujeron en mejoras a los métodos de detección y tratamiento de las enfermedades venéreas. Además, se sumó la preocupación por la pérdida de la vitalidad de la raza, que permitió sensibilizar a la opinión pública europea respecto a la necesidad de la intervención del Estado en estas y otras materias.


Entre los miembros que conformaban la Liga en nuestro país, convergían destacados profesionales, sociedades médicas, autoridades locales y superiores. Los cuales tuvieron una fuerte influencia en algunos sectores de elite que lideraban, quienes estaban convencidos de promover que se asumiera oficial y nacionalmente el combate contra las enfermedades de trascendencia social y la esclavitud blanca, comprometiendo al gobierno y a las fuerzas sociales en ello. Por otra parte estaba el antecedente que desde 1901 veníase discutiendo en la Cámara de Diputados la necesidad de un Código Sanitario, que finalmente había sido promulgado en 1918, pero que no había significado ningún cambio real. Por lo cual, La Liga, pretendía conseguir del gobierno una ley de Sanidad que comprendiese integralmente el problema de la prostitución, ya que, lo consideraba un problema bisexual, por intervenir una mujer que se vende y un hombre que la compra. Es por ello, que lucharon arduamente por abolir el sistema reglamentarista, que albergaba el Código Sanitario de 1918, ya que, la supuesta protección del orden y higiene pública que pretendía, a través de la supervisión policial y sanitaria a las rameras, no funcionaba y más bien fomentaba el tráfico y la trata de blancas. También lucharon contra las enfermedades venéreas, prestando asesoría a las autoridades locales, para que estas pudieran crear mejoras sanitarias y asistenciales que facilitaran el acceso a su tratamiento, brindando una atención eficientemente y de calidad a los pacientes, fuesen mujeres u hombres. Lo cual, se tradujo en mejoras modestas del sistema de atención al paciente. Pretendieron también crear una toma de conciencia masiva de la población, a través de campañas educativas, que abarcaran tanto a la juventud como al público en general, para lo cual, conspiró la extensión del territorio, la dificultades de comunicación, además del precario grado de ilustración del pueblo chileno y la burocracia e ineficiencia de las autoridades. También, a través de la Cruz Blanca, promovieron la iniciativa de reformar y liberar a las esclavas blancas, procurando su salvación, o sea, educarlas para posteriormente reinsertarlas en la sociedad.
Uno de los triunfos legales de la Liga fue lograr la promulgación de la Ley de Defensa de la Raza, en marzo de 1925, la cual, pretendía dar una lucha sin tregua a las enfermedades y costumbres susceptibles de causar degeneración de la raza. Por ello, entre las razones fundamentales para su dictación se hacía mención a la importancia del factor humano, en el desarrollo de las actividades económicas, denunciando que mientras los demás países de América veían incrementarse su población, las estadísticas demostraban que Chile iba hacía la despoblación y aniquilamiento. Para lo cual proponía poner en funcionamiento una policía sanitaria severa y justa contra: la sífilis, las enfermedades venéreas, la prostitución, la tuberculosis y el alcoholismo. Siendo la aplicación de esta ley muy costosa para el Estado y requiriendo de mucho personal para su funcionamiento, no alcanzó a entrar en vigencia, pues su duración fue de siete meses. Pero la Liga había realizado un buen trabajo a través de campañas y elaboración de proyectos de ley, logrando que tanto en el país como en sus autoridades, existiera la preocupación y el interés de estructurar un sistema de salud eficiente, lo cual se tradujo en que en octubre de 1925 se dictara un Código Sanitario, también conocido como Código Long, en honor a su autor, el médico de nacionalidad estadounidense John Long. El cuerpo legal era masivo y voluminoso, abarcando todos los aspectos relacionados con la salud y higiene pública. Respecto a la prostitución establecía severas sanciones para rameras y proxenetas, además de los procedimientos para su aplicación, lo cual, resultaba insólito. La prostitución había sido no solo habitual, sino tolerada desde siempre, tanto en el país como en el resto del mundo. Fue así como, tanto a nivel de las autoridades como de personalidades del mundo político, su aplicación fue considerada inadecuada a nuestra realidad, pues no disponía, materialmente de las condiciones para conseguir los objetivos que se proponía el legislador, en definitiva, como país no estábamos preparados para prohibir la prostitución. En la práctica tampoco tuvo repercusiones, fue “letra muerta”, como lo señalaba la propia autoridad edilicia de la capital; “...ni la prostitución había cesado, ni los prostíbulos habían cerrado sus puertas, es decir-concluía-los males seguían latentes, pero sin control alguno y con abierta infracción de las leyes”. 7 Es así como a finales de la década del veinte, prostitución, venérea y desorden público corrían parejo.
La segunda corriente migratoria se producen la década del treinta, por los efectos de la crisis que perjudicó de manera profunda las actividades productivas, sobre todo a los obreros de yacimientos extractivos y de industria. Así, bajo una situación política y social bastante crítica, en mayo de 1931, se promulga un nuevo Código Sanitario, que en su artículo Nº 73, establecía que: “Para las personas que se dedican al mercado sexual, se llevará una estadística sanitaria, no permitiéndose su agrupación en prostíbulos cerrados o casa de tolerancia. La vigilancia del cumplimiento del inciso precedente corresponde a las Prefacturas de Carabineros, las que podrán ordenar la clausura de los locales en que funcionan dichos prostíbulos.” Debiéndose complementar con el Reglamento sobre Profilaxis de las Enfermedades Venéreas, el cual logró conocerse en abril de 1934, pues las autoridades estaban preocupadas de solucionar la deteriorada situación política y financiera. Este nuevo cuerpo legal, dejaba la lucha contra las enfermedades venéreas en manos de la autoridad sanitaria, prohibiéndose únicamente los prostíbulos o casas de tolerancias, entendiéndose por tal “todo local o habitación donde residan dos o más mujeres con el fin de ejercer el oficio.” 8, lo cual, admitió subterfugios, ya que, muchos establecimientos evadieron la reglamentación argumentando que sus asiladas no vivían allí. De esta forma, queda demostrado que las autoridades de la época, consideraron la prostitución como un mal menor, que tenía una función social, que hacía necesario mantener a las mujeres que ejercían este oficio higienizadas y controladas.
Durante los años 33 y 34, viene una recuperación económica que permite la contratación de mano de obra y la creación de nuevas fuentes de trabajo, que incorporan también a la mujer, ya sea, en la industria textil, del cuero y calzado, de alimentos o farmacia. Muchos hombres llegaban a la ciudad con sus hermanas o éstas llegaban después. Es probable que haya existido en esas corrientes migratorias no solo el deseo de trabajar en nuevas actividades económicas sino también la atracción por la vida de la gran ciudad.
La urbanización había traído consigo el tendido eléctrico en el campo y con ello la radio, la cual a través del radio teatro y su ficción, fue universalizando personajes que se trasladaban del campo a la ciudad, transformando con ello el imaginario cultural de la población campesina.
Durante las décadas del cuarenta y cincuenta, nuestro país se encontraba en pleno proceso de industrialización, para sustituir los productos que hasta entonces se importaban. Cambiando con ello el aspecto de las ciudades, se ve emerger un sector medio y empobrecerse cada vez más a los campesinos que vivían hacinados en los conventillos. La creación de industrias provocó nuevas olas migratorias y desplazamientos dentro del gran Santiago, los cuales se producen por dos motivos: “..a raíz de las numerosas fábricas, instaladas principalmente en la zona sur, los trabajadores buscaban viviendas cerca de esta nueva zona industrial. Otra razón, es que la renta del suelo aumenta el valor de los alquileres de los conventillos ubicados en el centro de Santiago, obligando a sus moradores a desplazarse hacía la periferia.” 9 Así, fue tomando forma un cordón periférico de poblaciones callampas, que más tarde dio origen a tomas y ocupaciones de terreno. Estos desplazamientos incentivaron el comercio sexual practicado en la vía pública.
Por otra parte, los medios de comunicación de masas: la radio, el cine, las revistas y las novelas; influyen fuertemente en el comportamiento e imaginario de la sociedad que se comenzaba a configurar, impregnadas de un cierto modernismo mental, que orienta a la población al consumismo en pro de movilidad social y de la adquisición de un nuevo status. Las conductas sexuales fueron también modificadas, siendo el cine, su principal responsable. Aunque sus símbolos contrastaban con la cultura sexual de la población chilena de la época, caracterizada por un culto a la virginidad, y el rol pasivo de la mujer en la pareja. Dejó de manifiesto la falta de información, desconocimiento e ignorancia en el terreno sexual, facilitando con ello que los prostíbulos fueran lugares de ordinaria concurrencia, tanto para los hombres adultos como mayores, como para los que se iniciaban sexualmente.
La ampliación de la cobertura de la educación formal abrió nuevos horizontes para los sectores medios de la población, por sobre todo en el área cultural. La “...conformación de una pléyade cultural, compuestas de poetas y gentes del arte de la generación del 50, configura un estilo de vida más bohemio que frecuenta bares y lugares nocturnos como “El Bosco”, “La Piojera” y “Las Cachás Grandes” en el sector de la Alameda, San Diego, etc...” 10 Sin duda esta presencia masculina atrajo a prostitutas. Es así como en la revista Ercilla del año 1956 se da cuenta de un tipo de prostitución llamada ambulatoria, donde la edad de las rameras fluctúa entre los 13 y 17 años, ubicándose cerca de lo puertos, plazas, restaurantes y parques.
Ya avanzado el siglo XX, nuestro país, al igual que el resto del mundo, alcanzó un progreso importante en materia social y económica. A pesar de la presencia de dos guerras mundiales, y de crisis económicas profundas, se podría decir que todos estos elementos más temprano que tarde, impulsaron el desarrollo y el bienestar de la sociedad en general. Si bien la mujer prostituta siguió siendo discriminada y estigmatizada por la sociedad, comenzó a ser comprendida y compadecida desde un punto de vista humano y a su vez entró a justificarse su conducta, como producto de sus circunstancias económicas, sociales, familiares y culturales.
Los progresos del siglo y las mejoras económicas, sociales y educacionales; no impidieron que la mujer se siguiera prostituyendo, sino que más bien, contribuyeron a que ésta terminara instalándose solapadamente como una necesidad de placer y diversión. Así mientras continuaban existiendo las casas de tolerancia con prostitutas explotadas, decadentes y enfermas, otras se regeneraban obteniendo patente municipal. Esta modalidad de burdel patentado se llamó cabaret y recibía visitas de alta alcurnia: autoridades, políticos, artistas y aristócratas; que concurrían a estos establecimientos nocturnos, que además contaba con un cantante y orquesta. Los hombres podían consumir bebidas alcohólicas, escuchar música, bailar y obtener algún servicio sexual de las mujeres que trabajaban regularmente allí o venían de afuera en forma más o menos esporádica. Especialmente famoso han sido algunos cabarets de puerto como “La Tía Eliana” en Antofagasta, “El American Bar” en Valparaíso o “El Río de Janeiro” en San Antonio, donde tocó Roberto Parra. En la década del veinte ya se asociaba el término cabaret con prostitución encubierta. Sin embargo, este no era el único tipo de establecimiento que albergaba la prostitución en forma paralela a un comercio legal establecido, también existían hoteles, casas de cena, restoranes y más tarde salones de baile, que bajo el amparo de su fachada promovían el contacto de la prostituta con el cliente, el cual, no necesariamente se llevaba a cabo en el lugar.
Con el correr del siglo, la imagen de pecado, corrupción y enfermedad que pesaba sobre la prostitución, se limpió cada vez más. Contribuyó el hecho que la presencia femenina estaba mejor preparada y presentada; siendo más valorada, tanto por el cliente, como por el dueño de local. La mujer que se prostituían en estos locales, no era necesariamente ignorante o pobre, algunas eran bien parecidas y habían optado por la prostitución como una forma rápida de acceder a un estatus económico superior. Contaban con mayor libertad para elegir a sus clientes, eran más independientes de sus patrones, por lo general no vivían en el lugar y además recibían comisiones por las ganancias de consumo que reportan al local. Cabe destacar que estos espacios fueron instancias de sociabilidad, pero ahora para una clase social determinada.
Es así como nacen las boites, con una fisonomía netamente urbana. Son lugares amplios y céntricos donde se puede comer, bailar, beber y presenciar un show de tipo revisteril o de cabaret parisiense. Las encargadas del show son vedettes que cantan y bailan al ritmo de una orquesta en vivo. Algunas más osadas, hacen también striptease. Estos espacios son para concurrencia tanto femenina como masculina. Los hombres que iban solos, podían optar por la compañía femenina de las copetineras, que eran las encargadas de amenizarles la noche al calor de unos tragos. Ellas ganaban una comisión por el consumo del cliente. En estos lugares se realizaba el acuerdo para llevar a cabo el comercio sexual, ya sea, entre cliente y copetinera o cliente y vedette, pero éste se realiza fuera del local, en un hotel de propiedad del mismo dueño o donde el cliente estimara conveniente y siempre que la mujer estuviese dispuesta, previo pago de una suma de dinero al dueño. De alguna manera, la presencia femenina de mujeres que no se dedican a la prostitución, hacía que las mujeres que la ejercían fueran más recatadas tanto en la forma de vestir como en su comportamiento. Estos lugares eran espacios de diversión para la clase media urbana. Su símil para la clase baja era la quinta de recreo, que se encontraba en los bordes de la ciudad. Casas quintas con mesas bajo los árboles donde en un principio se iba a comer y bailar en familia, que con el paso del tiempo se convirtieron en lugares nocturnos donde se iba en pareja o en busca de una. Contaban con una pista de baile donde se alternaba música popular de raigambre campesina con cantores e instrumentos folclóricos, y los ritmos de moda, con orquesta y micrófono: el tango, mambo y cha-cha-cha.
En la década del sesenta, se sumó a la población marginal de las grandes ciudades como Santiago, Valparaíso y Concepción; los expulsados de sus fuentes laborarles producto de la crisis permanente por la atravesaba la economía chilena. En 1966 se promulga el decreto 169, que no ofrece mayores novedades respecto al Código Sanitario de 1931, sin embargo, en su articulo 12, nos dice: “Toda persona que a juicio de Carabineros o del personal competente del Servicio Nacional de Salud, ejerza el comercio sexual o actividades relacionadas con este comercio, será obligatoriamente enviada al establecimiento que corresponda.” Es así como en 1968, se aprecia una fuerte tendencia a la eliminación de los prostíbulos, lo cual dio como resultado la emigración de éstos y un cambio en su tipología, pasando a ofrecer mujeres más refinadas, pero con tarifas más onerosas. Como contrapartida surgió un mercado sexual compuesto por menores de ambos sexos que practicaban la prostitución durante el día, en lugares públicos y a muy bajo costo. Estas personas provenían de los estratos socioeconómicos más pobre y vivían en la periferia en condiciones marginales.
Sin embargo, es en la década del sesenta donde encontramos atisbos de un cambio de mentalidad respecto a las costumbres sexuales; diarios y revistas, tratan temas como la sexualidad y la condición de la mujer. Se intenta explicar la conducta sexual del hombre y la mujer al interior de la pareja y se habla de un derecho al placer; si bien, no se incorpora el fenómeno de la prostitución, por lo menos se reflexiona acerca de la conducta sexual. Durante esta década se inician procesos de modernización social, que permitieron una incorporación creciente de la mujer al mercado laboral, la posibilidad de una participación política y social, acceso a la educación y posibilidad de controlar la natalidad a través de la invención de la píldora anticonceptiva; permitiéndole su integración social, su salida al mundo público y la ocupación de espacios tradicionalmente exclusivos de los hombres. Con el tiempo, esto también se tradujo en una mayor libertad sexual, lo que repercutió negativamente en la importancia asignada a la prostitución, cuya función ya no fue tan necesaria. Por ejemplo, se perdió la tradicional función de iniciación sexual masculina que cumplía muchas veces el prostíbulo. La mujer asumió una nueva identidad y aspiró a un nuevo modelo de pareja, en el que el deseo y el placer sexual los empezó a visualizar como atributos y necesidades de ambos sexos. A su vez disminuyó el estigma social con que se veía a la mujer prostituta, lo cual, las rebajó en número.
Pero en el año 1973 tiene lugar en Chile el Golpe de Estado, que interrumpe y paraliza la normalidad del país. Se impone el Toque de Queda y con ello un estado de persecución y miedo generalizado, que significaron la ruptura total de la sociabilidad chilena, lo que afectó fuertemente la vida nocturna, en especial la rutina alegre y festiva de las boites. Si bien en un momento se vieron favorecidas por la reconcentración de recursos económicos de un sector de la población militar y civil, entrados los años ochenta comenzaron a ser desplazados por los emergentes topless, night clubs y un poco más tarde los saunas, que representaban las formas progresivas de modernización del comercio sexual, haciendo su aparición principalmente en las grandes ciudades.

El night clubs , funcionaba de noche y no poseía orquesta ni pista de baile, contaban con un escenario donde las bailarinas realizan un espectáculo de baile erótico bastante más audaz y explícito que el de las boites y para un público exclusivamente masculino que lo presenciaba desde su mesa en compañía de amigos o de una copetinera. Al principio había bailarinas, que solo se encargaban del espectáculo y las copetineras eran las que acompañaban a los clientes y los hacían consumir trago, pero con el tiempo ambas realizaban las dos actividades. Además dentro del local comenzó a incorporarse un espacio que se denominó privado, el cual era bastante reducido, pero el suficiente para que el cliente compartiera íntimamente con la mujer de su gusto.


No tardó en aparecer el café topless, un símil diurno del night clubs. Con la diferencia que aquí no se realizaba el acto sexual y los costos de instalación eran mucho menores, lo que se reflejaba en los valores que se cobraba por entrada y consumo. En general, eran locales pequeños bien decorados, con luces de colores e intermitentes que generaban una atmósfera estimulante y cómplice que contrastaba con la luz del día. Había una pequeña tarima donde las bailarinas realizaban alternadamente sus bailes, con un fondo de espejos que repetían sus movimientos. Los hombres se sentaban en sillas o butacas alrededor y en compañía de azafatas, que cumplían la función de las copetineras, pero acá lo que podían consumir era bebidas o café y si deseaban obtener un servicio sexual de alguna de las mujeres, se ponían de acuerdo para hacerlo fuera de su jornada.
Por esos años surgen también los saunas, relaxs o casas de masaje, publicitándose como establecimientos donde masajistas profesionales brindaban relajación. Incluso en 1982, a algunos se les otorgó patente de salas de masaje terapéutico o deportivo, ya que, muchos contaban con implementos que avalaban este giro; camillas, jacuzzis, y elementos para masaje. Pero con el tiempo se develó que todo esto era parte de una fachada y que lo que allí verdaderamente se realizaba era una prestación sexual, que ofrecía discreción y reserva tanto para el cliente como para la trabajadora. Por una parte, éstas no se exponían en fotografías como en los locales nocturnos, ni buscaban atraer clientes en las puertas o en la calle. Y los clientes que acudían tenían como único interés recibir una prestación sexual determinada. Se trataba comúnmente de departamentos con una sala o recibidor y múltiples habitaciones, que funcionaban de día, lo que les permitía captar la clientela que no podía asistir a los locales nocturnos debido a la represión social y política. Su atención era privada, anónima y rápida, por lo cual se podía visitar en medio de la jornada laboral, durante las pausas de colación o a la salida del trabajo.
Podemos decir que el régimen militar fue tolerante con este nuevo estilo de locales dedicados al comercio sexual en forma clandestina, pues de alguna manera, los municipios los amparaban otorgándoles una patente. Suerte totalmente distinta corrían los prostíbulos tradicionales, llegándolos a prohibir el año 1984. La oficialidad rechazaba y reprimía todas las expresiones de sexo no conyugal, especialmente las públicas, como la venta de pornografía o el comercio sexual callejero, atacando todas las conductas que podían ser argumentadas como ilegales, pues, se había dado a la tarea de reestablecer un modelo femenino conservador, donde la mujer era ante todo madre y justificadamente protagonista, pues como reproductora, podía fomentar el desarrollo del país dándole nuevos hijos, ya que éste, se encontraba en una supuesta situación de guerra que legitimaba la intervención militar. Por ende, se dio inicio a una política de promoción de la natalidad y de defensa del fortalecimiento ideológico de la familia. Utilizando voluntariado femenino que actúa en los llamados Centros de Madre, el régimen militar logra ejecutar y promover su proyecto, concibiendo a la mujer popular como madre forjadora del grupo familiar y la patria; las educa y capacita en labores domésticas, otorgándoles ciertos beneficios que motivan su participación y refuerzan una actitud pasiva frente a sus propias demandas.
La recesión económica de los años 80, impulsó a muchas jóvenes que egresan de la educación secundaria, que no tenían trabajo o lo buscan infructuosamente por primera vez, que sus esposos estaban cesantes, o que simplemente querían mejorar su situación de vida; a visualizar en el nuevo estilo de comercio sexual emergente una forma de ganar dinero. Fue así como las condiciones de trabajo para las bailarinas de los night clubs y los café topless empeoraron, pues había más mujeres dispuestas a desnudarse y hacer bailes eróticos. Los nuevos night clubs ganaron terreno haciendo que las antiguas boites modificaran su fisonomía, presionadas a su vez, por la proliferación de los café topless, que durante el día mantenían un espectáculo erótico continuo, cada vez más explícito, llegando a la realización del comercio sexual in situ. Finalmente el comercio sexual se despojó de su antigua fisonomía de fiesta, alegre y holgada y pasó a centrarse en la obtención de placer inmediato.
Cuando las autoridades tomaron conciencia del aumento que estaba teniendo el comercio sexual en el país, opinaron que la crisis moral y la descomposición familiar era producto de las permisividades que se venían desarrollando desde décadas anteriores; jamás asumieron que fue una respuesta de sobrevivencia, como se percibió en otros sectores del mundo social.
Fue así como el año 1983, se promulgó el Reglamento de Enfermedades de Transmisión Sexual, que en su artículo Nº 13 establecía que: “Prohíbase el funcionamiento de prostíbulos, casas de cita o tolerancia destinadas al comercio sexual, quedando igualmente prohibida toda forma de propaganda que tienda a promover el mismo. ” Esto permitió a la autoridad imponer la obligatoriedad del carné sanitario a todas aquellas mujeres que se encontraban trabajando en los nuevos establecimientos que no se reconocían como prostíbulos, pero si estaban vinculados al comercio sexual como: topless, night clubs o cabaterts. Al año siguiente, se diagnostica en Chile el primer caso de Sida, lo que derivó en una modificación del Reglamento de Enfermedades de Transmisión Sexual, para incluir el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida, en septiembre de ese mismo año.
Como siempre, los hechos han demostrado que el control y la represión al comercio sexual se ha ejercido y se seguirá ejerciendo sobre los locales menos pudientes y las trabajadoras más vulnerables, en casas de baja estofa y prostitutas callejeras. Sin embargo, en la década del noventa los saunas salieron del anonimato cuando se produjo la llamada “Guerra de los Saunas”, producto de una fiera competencia entre sus distintos dueños por apoderarse del monopolio de este rubro del mercado sexual. Así quedó al descubierto su vinculación al micro tráfico de drogas y el respaldo de fuertes intereses económicos, que durante años los habían librado de la prohibición de establecimientos destinados al comercio sexual que persiguió a las casa de tolerancia y de cita. La represión obviamente recayó principalmente sobre sus trabajadoras, las que eran detenidas por Carabineros y puesta a disposición del juzgado por las infracciones que ellos determinaban (alcohol, drogas, ofensas a la moral y las buenas costumbres), lo cual, resultaba altamente estresante, para ellas, pues la mayoría de las veces su entorno social y familiar no estaba en conocimiento de la actividad que realizaban. A pesar de todo, hasta hoy en día, los saunas siguen funcionando debido a una red de colaboradores (funcionarios judiciales) y a la variedad de recintos y artimañas de que se valen sus dueños. Entre éstos, está una variedad de este tipo de recintos, llamados privados, que son departamentos acondicionados para la atención de un cliente por trabajadoras contactadas previamente a través de una agencia, un aviso en la prensa o vía telefónica. También existe el llamado servicio de azafatas o modelos contactadas de manera similar por el cliente y cuyo encuentro se realiza en un lugar convenido por ambos.
También durante la década de los ochenta, se hizo más visible el comercio sexual ligado al expendió de bebidas alcohólicas, que se llevaba a cabo en los emergentes locales llamados choperías o sala de cerveza. Estos se encontraban concentrados principalmente en el norte, en zonas mineras y en el extremo sur, y tenían un funcionamiento diurno. Sin duda, esta modalidad es bastante antigua porque siempre han concurrido prostitutas a los locales donde se expende alcohol y hay una gran afluencia de público masculino. Pero en estos locales era distinto, pues existía un grupo de mujeres estables (azafatas o copetineras), que atendían y acompañaban al cliente, recibiendo un porcentaje por el consumo de éste y a veces un sueldo por su concurrencia, con las cuales se podía realizar una transacción sexual. Por lo general, se practicaba fuera del local, pero con el aumento de la competencia, los dueños comenzaron a acondicionar espacios en el local mismo. Este tipo de comercio sexual se ha hecho notorio en el norte del país, donde le ha ido ganando terreno a otros locales más tradicionales de comercio sexual, debido a que la chopería o sala de cerveza, es un espacio de sociabilidad masculina que permite el consumo de alcohol y de sexo, resultando más económico que un local nocturno, y al cual además, se puede ir a cualquier hora del día. En los últimos años, esta modalidad se ha trasladado también a otro tipo de recintos, de concurrencia más abierta, como pubs, específicamente los que se ubican en el barrio alto de Santiago. Aquí encontramos mujeres que trabajan de copetineras y otras que establecen acuerdos de servicios sexuales, protegidas por los garzones o guardias, los que también reciben una comisión por contactarlas.
Fue así como estas nuevas formas de comercio sexual, insertas en una dinámica de mercado, permitieron que las mujeres que se desempeñaban en esta nueva actividad, percibieran su labor como un trabajo formal para generar recursos económicos. Ciertamente habían cambiado las condiciones materiales del ejercicio del comercio sexual, las prostitutas ya no estaban asiladas en una casa como ocurría en las antiguos burdeles, lo que facilitaba separar la vida laboral de la privada. Se establecía una relación de trabajo con el empleador mediada por una remuneración y no por el miedo o el afecto que existía antes, entre ella y la cabrona, regenta o proxeneta; su trato con el cliente era anónimo, despersonalizado y centrado básicamente en la prestación sexual; en otras palabras, su labor sexual se había profesionalizado. Pero lamentablemente los cambios económicos resultaron mucho más dinámicos y radicales que los culturales. Y si bien las mujeres que participan en esta nueva forma de comercio sexual lograron percibirse como trabajadoras y empezaron a preocuparse de sus condiciones laborales, no tardaron en darse cuenta que sus empleadores seguían viéndolas como prostitutas, o sea como siempre, desde el estigma y la discriminación histórica, lo que seguía posibilitando condiciones laborales abusivas. Esto las llevó a cuestionar la labor del Estado, pues su normativa era tan ambigua, que las hacía vulnerables frente a los organismos fiscalizadores, que lo único que hacían era obstruir su trabajo y discriminarlas, pues comúnmente estas fiscalizaciones terminan en detenciones o abusos.
Desde que se promulgó el Código Sanitario en nuestro país en 1931, el comercio sexual ejercido por mujeres adultas no constituye delito. Lo cual nos colocó mundialmente, en una posición inclinada a reglamentar la prostitución más que a prohibirla (penándola y persiguiéndola) o a abolirla (ignorándola y no reglamentándola). Más tarde, durante la dictadura vino el Reglamento de Enfermedades de Transmisión Sexual. Sin embargo, no podemos desconocer que por otros mecanismos igualmente legales caemos en ambigüedades y contradicciones. Por una parte, están dos artículos del Código Penal, el Nº 373, que corresponde a la sección “De los Ultrajes Públicos a las Buenas Costumbres”, y que señala: “Los que de cualquier modo ofendieren el pudor o las buenas costumbres con hechos de grave escándalo o trascendencia, no comprendidos expresamente en otros artículos de este Código, sufrirán la pena de reclusión menor en sus grados mínimos a medio.” Luego en este mismo Código el artículo Nº 495, inciso quinto, señala, entre las faltas que serán castigadas con una multa de una unidad tributaria mensual: “El que públicamente ofendiere el pudor con acciones o dichos deshonestos”. Y finalmente encontramos en el Reglamento de Enfermedades de Transmisión Sexual, un artículo que dice: “Prohíbase el funcionamiento de prostíbulos, casas de cita o tolerancia, destinadas al comercio sexual. Queda igualmente prohibida toda propaganda que tienda a promover el comercio sexual.”
Este sistema normativo-jurídico, vigente hasta nuestros días, por una parte reglamenta el ejercicio de la prostitución a través del carné de sanidad que se le entrega a la prostituta cuando asiste en forma voluntaria o involuntaria a un Centro de Salud, sometiéndose a exámenes que la habilitan o no para ejercer; operación que deberá repetir mensualmente. Y por otra parte, la sanciona bajo el delito de ofensas a la moral o ultraje a las buenas costumbres, lo cual, viene a ser reforzado por la prohibición de establecimientos destinados al ejercicio de la prostitución y a toda forma de propaganda de ésta. Lo cual permite que a la hora de fiscalizar prime el criterio de quien realiza esta labor, lo que dificulta el control de las enfermedades de transmisión sexual como el ejercicio de la prostitución.
Fue así como un grupo de mujeres, provenientes principalmente de este nuevo tipo de locales establecidos, logró agruparse y constituirse en la primera Organización de Trabajadoras Sexuales de Chile Aprodem, el año 1993, durante el periodo de transición democrática. Siendo uno de sus logros más relevantes, la designación de su actividad bajo el nuevo concepto de trabajadora sexual, término que logran posesionar a nivel institucional y de opinión pública. Instituyéndose como interlocutoras válidas frente al Estado, lo que les permite tener un grado de incidencia frente a las políticas destinadas a mejorar sus condiciones laborales. Un logro también importante para estas mujeres, en términos subjetivos, es que la organización les ha dado un poder, una fuerza de lucha y les ha permitido mejorar su autoestima, ampliando y desarrollando sus capacidades y potenciando la creación de nuevos proyectos vitales. Sin embargo, una de las principales dificultades que enfrenta esta agrupación, es no poder ampliar su base social, pues muchas prostitutas que no trabajan en los nuevos locales de comercio sexual, perciben que al reconocerse como trabajadoras sexuales, sufrirán la discriminación y desprotección social. Pues, al parecer, si la prostituta está incorporada funcional y visiblemente a la economía de mercado, es mejor tolerada por la sociedad de consumo, en cambio, si está asociada a otro tipo de contexto más tradicional, sigue siendo fuertemente estigmatizada, como es el caso de la prostituta callejera, tan antigua como el comercio sexual mismo.
Es así como hoy en día, la callejera, como se le llama a la mujer que ejerce en la calle en la más absoluta indefensión, la seguimos encontrando en infinidad de lugares y a cualquier hora del día o de la noche. Es la que por excelencia realiza la prestación sexual requerida por el cliente con mayor prontitud y en el anonimato deseado. Lo cambios significativos que pueda experimentar están dados por el contexto en que ejerce, por ejemplo, en los últimos años el aumento de vehículos, ha agilizado aún más su labor, permitiéndole no alejarse de su punto de trabajo. Pero sin duda, esta forma de ejercer el oficio tan antigua, mientras exista seguirá siendo la más expuesta a la sanción social, pues “por definición cultural un espacio masculino, un lugar donde niños y jóvenes van aprendiendo a ser hombres”. 11
Por ello, cuando la prostitución es reprimida por la autoridad, lo cual es factible dado la ambigüedad de la legalidad existente, las primeras víctimas de abusos, multas y presidio son las callejeras y luego las que trabajan en establecimiento, pero muy difícilmente los dueños de prostíbulos y mucho menos los clientes.

PERFIL DE UNA PROSTITUTA

Para aproximarnos a los rasgos generales y comunes que pueden presentar las prostitutas, a la hora, de intentar elaborar un perfil que incluya varios de los aspectos que las caracterizan, debemos necesariamente basarnos en las diversas investigaciones realizadas con el afán de determinar el conjunto de condiciones existente en la sociedad que favorecen la aparición y permanencia del comercio sexual. Además de investigaciones que apuntan a dilucidar factores individuales o personales que favorecerían tomar esta opción como actividad. Es así como tomando en cuenta estos estudios, podemos decir, que una prostituta por lo general presenta los siguientes características:


Proviene de un nivel socioeconómico marginal o bajo.

Las investigaciones han señalada los factores socioeconómicos como las causas mayoritarias que llevan a una mujer a ejercer la prostitución. En países como el nuestro, hay factores a nivel de la estructura social como son el subdesarrollo y el desequilibrio en la distribución de los ingresos, los que limitan las posibilidades económicas, sociales y culturales; y predisponen a mujeres jóvenes que viven en la extrema pobreza, sin oficio y sin posibilidades de educación ni capacitación, a ver en la prostitución un medio para satisfacer sus necesidades más inmediatas. Sin embargo, cabe destacar que en los sectores sociales medios y altos, las necesidades de consumo pueden generar en las mujeres, expectativas y aspiraciones económicas lo suficientemente poderosas como para impulsarlas a prostituirse, pues resulta un medio rápido de lograr dichos anhelos.


Proviene de un hogar desintegrado y desorganizado a nivel de estructura familiar.

Un hogar donde uno o ambos progenitores no asumen el rol de guiar ni orientar su comportamiento, debiendo ésta hacerse cargo de funciones inadecuadas para su edad. Uno de los impedimentos muchas veces para cumplir estas funciones es el alcoholismo o la drogadicción de los progénitores. Esta falta de guía las lleva muchas veces a un abandono temprano de su educación escolar o trabajo, alejándolas del orden convencional.



Víctima de violencia intrafamiliar.

Habitualmente ha sufrido agresiones verbales, físicas y sexuales por parte de sus padres, padrastros o parientes a su cargo.

Es inestable emocionalmente

Suelen ser muy sugestionables, lo cual las hace influenciables y de un ánimo muy cambiante. En el plano familiar, esta inestabilidad es característica del núcleo de origen y del que más tarde llegan a conformar. Por lo tanto, la mayoría vive sola o tiene dificultad para mantener vínculos con una pareja estable, ya que, tienden a repetir los modelos de relación que aprendió en el hogar de su infancia. Sin embargo, son capaces de brindarle mucho afecto a sus hijos, los cual, se ve opacado por momentos de ambivalencia, donde coexisten sentimientos opuesto, lo que se traduce en conflicto, castigo, abandono y en caso extremo, olvido de los hijos. Y finalmente en el plano laboral está inestabilidad se expresa en la variedad de oficios realizados antes de iniciarse en la prostitución.
Teme involucrarse afectivamente

Son personas que desde muy pequeñas sufrieron el abandono de sus padres, o de quienes estaban a su cargo, generando en ellas sentimientos de inseguridad, vacío, desprotección. Por ello, los vínculos interpersonales que establecen son superficiales y cambiantes, manteniendo en general una actitud de desconfianza con las personas que las rodean. Podría ser que el temor a comprometerse afectivamente, las impulsara a entregarse a varios hombres evitando el vínculo amoroso. Sin embargo, cuando llegan a comprometerse afectivamente son posesivas, celosas y conflictivas, recurriendo fácilmente a la violencia cuando se sienten atacadas.


Tiende a la depresión

La asimilación de una vida marcada por las dificultades, el rechazo y la incertidumbre, no les permite asumir una postura positiva frente al futuro. La depresión es el trastorno afectivo más frecuente, su intensidad puede ir desde una ligera tristeza a la más profunda melancolía. Y para aliviarla recurren habitualmente al alcohol, estimulantes y estupefacientes; pudiendo llegar al suicidio.



Su conducta es impulsiva y primaria

Les cuesta auto controlarse y manejar sus impulsos, en particular los agresivos, y tienden a reincidir en conductas que con anterioridad las han llevado a cometer errores, mostrando incapacidad para sacar provecho de las experiencias pasadas y proyectarlas hacía el futuro.
Es egocéntrica.

Les cuesta empatizar con las necesidades y sentimientos de otro, por ello, pueden resultar frías e indolentes y con una capacidad de adaptación pobre y deficiente, pues su conducta está centrada en la satisfacción de sus propios deseos.


Su esquema valórico es poco consistente.

Debido a una socialización defectuosa, falta de guía y orientación, no han podido integrar adecuadamente las normas conscientes con sus impulsos. Presentando fuertes contradicciones entre su conducta y sus creencias.


Tiene una escasa internalización de las normas sociales

Existe una compresión intelectual de ellas, pero su adaptación y aceptación se ve interferida por un alto grado de oposición. Esta característica ha estado presente en muchas de ellas desde su infancia y /o adolescencia, presentando problemas de conducta, rebeldía y dificultades con la autoridad. Lo cual más tarde se traduce en problemas en los ambientes laborales donde les cuesta acatar las normas, horarios y relacionarse con sus superiores.


Se siente culpable por el ejercicio de su actividad.

Al no tener conciencia de las causas que generan y fomentan la prostitución, se sienten culpables por la actividad que realizan, aceptando como legítimo el rechazo social del que son objeto. Muchas de ellas para sobrellevar este sentimiento de culpa se justifican ante si misma argumentando que realizan un trabajo como cualquier otro, el cual es normal y necesario para la convivencia social, pues evita las violaciones, las relaciones prematrimoniales, otorga compañía al hombre solo y mantiene estable el matrimonio en los casos en que éste no recibe placer de su esposa o queda insatisfecho.


Sufre de ansiedad.

Es un síntoma habitual en ellas, que puede ser tan elevado que les cause dificultad para desarrollar sus tareas cotidianas, frenando sus ambiciones y fomentando conductas drogodependientes. El impulso que las lleva a prostituirse sería una manifestación más de esta ansiedad, pues la mayoría reconoce sentir un fuerte deseo de realizar contacto sexual.



Hay una disociación entre su corporalidad y sus emociones

Siente un fuerte rechazo por la figura masculina, sin embargo, se vincula íntimamente con el hombre, impidiéndose en ese momento sentir placer, para lo cual percibe su cuerpo como un instrumento de trabajo y la actividad sexual que realiza como un acto mecánico.


Tiene una identidad y orientación sexual poco clara

Por lo general, las prostitutas tienen relaciones tanto heterosexuales como homosexuales, sin tener claridad respecto a cuales son sus verdaderos deseos.



Baja autoestima

Se ha constatado que la mayoría de las mujeres prostitutas durante su infancia experimentó sentimientos de inutilidad, desamor y la firme convicción de que eran indignas de recibir amor. Es así como estas jóvenes que tienen un muy bajo concepto de si misma, podrían sentirse gratificadas, necesitadas y útiles por medio de la entrega de sus favores sexuales .

La forma y edad en que se iniciaron sexualmente no corresponde al general.

La mayoría se ha iniciado a una edad más temprana que el general de la población y a través de la violación o el incesto.


Se encuentra inmersa en una cultura patriarcal.

En la sociedad patriarcal, en la cual todos estamos inmersos, gravitan valores y concepciones en torno a la mujer y su sexualidad que tienden a desvalorizar su identidad y dignidad como persona, reduciéndola a su capacidad para poner su cuerpo al servicio de las necesidades sexuales del hombre. Es así como para la mujer la alternativa de la prostitución resulta un camino natural frente a experiencias que la degradan (violación o incesto) o en las cuales se siente considerada un objeto sexual.

Luego de esta enumeración y descripción, creo necesario hacer presente, que algunos investigadores han señalado: que ciertas características de personalidad de las mujeres prostitutas, serían comunes a las mujeres de los estratos sociales de los cuales provienen, y por lo tanto, no de su exclusividad.

También es necesario destacar que los estudios sicológicos realizados con el fin de determinar el origen de los síntomas presentes en la conducta de las prostitutas, han arrojado como resultado que éstos se derivan fundamentalmente de la relación con padre o figura masculina y las causas serían las siguientes:


La carencia de afecto por parte del padre, produciría una gran ansiedad básica que se manifiesta en la forma de hablar, en una inquietud psicomotriz, en una sensación de malestar psíquico, y en sentimientos de soledad y aislamiento.
La frustración infantil por la imposibilidad de seducir al padre, originaría un deseo inconsciente de vengarse de él. Que luego a través de ejercicio de la prostitución se lograría satisfacer, pues en cierta forma se estaría compensando el deseo de degradar al padre, al seducir al cliente y luego cobrarle dinero por los favores sexuales.
El deseo de rebelión y venganza, que en algún momento se generó al sentirse sobrepasadas por una situación de abuso ocasionada por una figura masculina, lo cual, las impulsaría a la elección futuras de conductas proscritas socialmente, a manera de compensación.
Una vinculación erótica mal resuelta con el padre, sería la causa del rechazo y desprecio hacia la figura masculina y de la aversión a los hombres.

Finalmente, creo necesario destacar, que si bien, la prostituta se define básicamente por la actividad que ejerce, no se puede ignorar ciertas distinciones entre ellas, al momento de intentar tipificarlas enmarcándolas dentro de un perfil standard, las cuales están dadas por el lugar y la forma de ejercicio de la actividad. En nuestro país, la Brigada Investigadora de Delitos Sexuales, de la Policía de Investigaciones Chile, elaboró una clasificación, imposible de no considerar:


1.-Asiladas

Viven en un inmueble destinado a prostíbulo, el que está a cargo de una regenta, albergando a unas 15 a 30 prostitutas. Otras viven fuera de este lugar y ejercen una actividad paralela, concurriendo en algunas horas del día o algunos días de la semana a trabajar al prostíbulo. En general, pertenecen a un nivel socioeconómico bajo y tiene escolaridad básica incompleta.


2.-Organizadas en torno a locales de fachada

Pertenecen a un nivel socioeconómico medio y bajo. Se dividen en tres subgrupos:



Masajistas

Trabajan en un inmueble que funciona con patente actividad de “Casa de Masaje” o “sauna”, aparentando ser masajista, pero su única actividad es tener relaciones sexuales con los clientes.

Azafatas

También conocidas como “copetineras”, se encargan de acompañar a los clientes varones, en bares y cabarets, estimulando su consumo de alcohol. Suelen tener relaciones con ellos en el mismo local o fuera de éste.

Bailarinas

Ofrecen un espectáculo de baile erótico en locales con patente de “Cabarets, “Café Espectáculo”, “Club Nocturno” y similares. Suelen tener relaciones en los privados del local, y concertar citas también fuera de él.
3.-Callejeras
Buscan clientes en la vía pública, y tiene relaciones sexuales en el interior de vehículos, o bien concurren a hoteles, con los cuales tienen un convenio de palabra. En general, pertenecen a un nivel socioeconómico bajo, viven en sectores marginales y su nivel de escolaridad es muy bajo.
4.- Independientes y encubiertas
Se organizan a través de redes telefónicas o bien se vinculan a hoteles de alta categoría, formando parte de un “servicio de acompañantes”. Su nivel socioeconómico y educacional es alto, habiendo cursado, la mayoría, estudios superiores.

CAPITULO II



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