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Todo el evangelio, toda la iglesia, todo el mundo


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Todo el evangelio, toda la iglesia, todo el mundo

Christopher J. H. Wright

El Pacto de Lausana, elaborado en su mayor parte por John Stott, incluye la frase: La evangelización […] requiere que toda la Iglesia lleve todo el Evangelio a todo el mundo.1
Alguien podría señalar que las tres “totalidades” incluidas en esta declaración categórica, nada tienen de nuevo, y que podríamos encontrarlas ya en el apóstol Pablo, si acaso no hasta en el mismo patriarca Abraham. Veamos qué significa cada una de ellas.
Toda la Iglesia significa todos los creyentes. Todo el mundo significa todo hombre y toda mujer. Todo el evangelio significa todas las bendiciones del evangelio. Esto es, sin lugar a dudas, mejor que el concepto que algunos misioneros lleven algunas bendiciones del evangelio a algunas personas en algunas partes del mundo. Pero estas tres totalidades tienen también implicaciones más profundas, cualitativas, dignas de una Conversación Global.
Todo el evangelio

La frase sugiere que puede haber algunas versiones del evangelio que sean incompletas; que sean parciales, deficientes o no totalmente bíblicas.


En primer lugar, debemos otorgar todo su peso a las realidades espirituales del pecado y el mal, y debemos proclamar evangelísticamente las glorias de la obra redentora de Dios en la muerte y resurrección de Jesús. Sin la cruz, no habría evangelio. Por cierto, todas las bendiciones del evangelio derivan de ella, desde la salvación personal por medio de la muerte de Cristo en nuestro lugar, hasta la reconciliación de toda la creación. La cruz es la médula del Movimiento de Lausana, y el tema central del Congreso de Ciudad del Cabo será “Dios en Cristo, reconciliando consigo al mundo”.
La totalidad del evangelio debe extraerse de la totalidad de la Biblia. Por esta razón, debemos preguntarnos en qué manera se relacionan con la misión cristiana la dimensión social, la dimensión económica y la dimensión política del Antiguo Testamento. Durante muchos siglos, Dios reveló su pasión en contra de la tiranía política, la explotación económica, la corrupción judicial, el sufrimiento de los pobres y los oprimidos, la brutalidad y el derramamiento de sangre. Las leyes dadas por Dios y los profetas por Él enviados se ocuparon, precisamente, más de estas cuestiones que de cualquier otra cosa, salvo la idolatría (las consideraron manifestaciones de la idolatría). Por su parte, los salmistas hacían oír continuamente su voz en canciones de protesta social y de lamentación que nosotros tendemos a no incluir en nuestra adoración cristiana.
Lamentablemente, existe la leve sensación que, en algún momento entre Malaquías y Mateo, todo eso cambió. Como si tales cosas ya no despertaran la ira de Dios. Esto hace que el supuesto Dios del Nuevo Testamento sea imposible de reconocer como Jehová el Señor, el Santo de Israel. Es como si Él hubiese dejado de lado las prioridades de la ley mosaica y la carga por la justicia que puso sobre sus profetas, a tan alto costo para ellos.
Si toda la Biblia es la revelación confiable de la identidad, el carácter y la misión del Dios vivo, estos conceptos de Dios y de la misión me resultan no-bíblicos e imposibles de creer.
Las grandes verdades redentoras centradas en Cristo y en la cruz no anulan –más bien, completan– todo lo revelado en el Antiguo Testamento acerca del compromiso de Dios para con la totalidad de la vida humana, y la redención de toda su creación, para su propia Gloria en Cristo.
Como hombres y mujeres del evangelio, debemos creer, vivir y comunicar la totalidad de lo que hace del evangelio esa buena noticia asombrosamente abarcadora. Espero que esta Conversación Global nos muestre múltiples ejemplos de esto en funcionamiento.
Toda la iglesia

En sentido cuantitativo, la frase “toda la iglesia” insiste en que la misión es tarea de todos los cristianos, no solo de los clérigos o los misioneros. El Pacto de Lausana habla de que somos “llamados” para ser “enviados”. “Todo el evangelio” se expresa cabalmente solo cuando la Iglesia, el cuerpo de Cristo en la tierra, cumple fielmente los tres roles que Cristo mismo cumplió cuando estuvo en la tierra, y para los cuales nos reviste de poder por medio de su Espíritu. Estamos llamados a cumplir un rol sacerdotal en la adoración y en la oración; un rol profético al anunciar a este mundo el mensaje y las prioridades de Dios; y un rol de siervos. Al practicar todos estos roles de manera conjunta, reflejamos verdaderamente el amor redentor de Dios por el mundo. Veamos algunas dimensiones de totalidad que necesitaremos incluir en la conversación.


La iglesia misionera. ¿Qué otra clase de iglesia hay, sino aquella que Dios creó para las misiones? Como alguien dijo en una oportunidad: “No es que Dios tenga una misión para su iglesia, sino que tiene una iglesia para su misión en el mundo”.
La escandalosa carencia de totalidad. La iglesia no es solamente el mecanismo de transmisión del evangelio. Es el producto del evangelio, y debe ser la prueba viviente y visible del poder transformador ético del evangelio. Las fallas y abusos en la comunidad evangélica mundial son, en el sentido literal y neotestamentario del término, un escándalo mayúsculo: una piedra de tropiezo que impide que el evangelio se vea, se oiga y se acepte. La única respuesta para esto es el arrepentimiento y una reforma.
La comunidad cristiana global. Necesitamos que la iglesia en todo el mundo trabaje a mayores niveles de cooperación mutua y asociación. Hay mucho que escuchar, mucho que aprender, y mucho que “des-aprender”. Nuestra tarea, trascendiendo las fronteras y los ámbitos nacionales, es desempeñarnos mejor –según las palabras del apóstol Pablo– en aceptarnos unos a otros, considerar a los demás como superiores a nosotros mismos y velar por el bien de los otros antes que el nuestro. Una Conversación Global es un buen lugar para comenzar, aunque no para terminar.
Todo el mundo

Podemos tomar la frase “todo el mundo” en un sentido puramente geográfico. No hay lugar que no sea el campo misionero, incluido nuestro propio país. Hay todavía muchos pueblos no alcanzados, muchas lenguas que no tienen la Biblia, muchos lugares donde nunca se ha oído el nombre de Cristo. Todas estas son prioridades urgentes para la misión evangelística. Lo último de la tierra aún está esperando, y hoy día lo último de la tierra puede ser también nuestro vecino o personas de otros lugares que se encuentran entre nosotros. Sin embargo, debemos profundizar más y tener en cuenta otras dimensiones de la totalidad de nuestro mundo.


La historia del mundo. Si nuestra Biblia comienza en Génesis 3 y finaliza en Apocalipsis 20, corremos el riesgo de perder el verdadero sentido y la enseñanza completa de la gran historia de la redención de toda la creación, llevada a cabo por Dios. Pensaremos únicamente en salvar a los pecadores del juicio final, no en que vivan en la creación actual como quienes ya integran al aquí y ahora los valores transformadores y la verdad profética de la nueva creación.

El mundo de las cosmovisiones, filosofías y creencias. ¿Cuáles son los dioses que nos rodean, y cuál es la respuesta de Cristo –la que expresa el amor al prójimo– para con las personas que los adoran? No debemos limitar esto exclusivamente a las creencias religiosas que hay en el mundo. Existen verdaderas ideologías de secularismo y de ateísmo que necesitan ser incluidas, junto con los ídolos del patriotismo y hedonismo, los cuales proliferan alegremente en la adoración de quienes dicen ser discípulos de Jesucristo.

El mundo de la creación, y nuestra responsabilidad para con el mundo que Dios reconcilió consigo mismo por medio de la cruz (vea Colosenses 1.20). Si el planeta fue creado por Cristo, es sustentado por Él y le pertenece como su herencia, lo menos que podemos hacer es cuidarlo. La mayordomía bíblica de la tierra debería haber sido un tema evangélico mucho antes que la amenaza del cambio climático lo transformara en una cuestión de supervivencia.
El mundo de la globalización y la plaza pública. ¿Qué clase de compromiso misionero debería concretarse en relación con las tendencias y fuerzas económicas globalizadas, la migración masiva, el “cibermundo” de la Internet y las nuevas tecnologías, y todo lo que ocurre en el mercado y la plaza pública, en los negocios, en la política, en la educación, en los medios de comunicación, en el periodismo, en la medicina y en todo el mundo del trabajo humano?

El mundo de la violencia, la guerra y el terrorismo. Además de confrontar la espantosa medida de muerte y destrucción que producen estos ídolos, ¿no tenemos también la responsabilidad de cuestionar y exponer su falsedad, y preguntarnos a qué realidad del evangelio se refirió Jesús cuando dijo: “Bienaventurados los pacificadores”?

El mundo de la necesidad y el sufrimiento humanos. Si el evangelio es buenas noticias en relación con todo lo que el pecado transformó en malas noticias, entonces debe ser lo suficientemente grande, y nuestra misión debe ser lo suficientemente amplia, como para incluir el poder transformador de Dios en relación con la enfermedad, el hambre, la brutalidad, el tráfico de personas y todas las formas de odio y opresión étnicas.

Volviendo al versículo lema del Congreso en su rico y profundo contexto. Las palabras del apóstol Pablo en 2 Corintios 5:18-19 constituyen un maravilloso resumen del tema de este artículo: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo […]”.


El ministerio reconciliador y redentor de Jesús envía a quienes Él llamó. Así, nosotros somos enviados a llevar todo el evangelio de Dios a todo el mundo de Dios. Ninguno de nosotros puede participar en todas las áreas. Por esa razón, Dios creó la Iglesia con una multiplicidad de dones y llamados a fin de que podamos, como “la totalidad de la Iglesia”, dar testimonio de todo el evangelio en todo el mundo.
Le invito a unirse a la conversación global ahora en www.lausanne.org. Mi anhelo es que esta genere más comprensión inteligente y más acción específica, mientras trabajamos con Dios en su misión global.
Chris Wright es Director Internacional Langham Partnership International y Presidente del Grupo de Trabajo Teológico de Lausana.

1 For the Lord we Love: Your study guide to The Lausanne Covenant [Para el Señor a quien amamos: Su guía de estudio para el Pacto de Lausana], de John Stott, está disponible [en inglés] como parte de la colección The Didasko Files, en librerías cristianas o tiendas en línea. (64 págs. ISBN 978 1 906890 00 1)


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