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Titulos y efectos de un quehacer cotidiano


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Autor: Néstor Caballero

Venezuela


PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN DE 1981
LA ÚLTIMA ACTUACION DE SARAH BERNHARDT

TITULOS Y EFECTOS DE UN QUEHACER COTIDIANO”
La primera impresión que nos ofrece La última actuación de Sarah Bernhardt de Néstor Caballero, es la de estar sumergidos en la galería de espejos de algún circo trashumante, observando con cierto jolgorio nuestras imágenes deformadas, para percatamos con horror, cuando ya casi salimos, que lo real es lo grotesco que se asoma en el espejo. Y es que Néstor Caballero, con un agudo instinto, nos remite mediante los quehaceres cotidianos de sus personajes a un estudio reflexivo de nuestra condición histórica. En la obra, la familia-sociedad es destrozada sin miramientos por dos hermanas que se atienen a sus patrones más estrictos. La frustración engendra fantasmas que crecen, toman café, dialogan y sufren con la misma intensidad que sus creadores. Un mundo binomio nace todas las mañanas y a medida que transcurre el día, procrea pesadillas dirigidas y concretadas con títulos y afectos. Al caer la noche son destrozadas después de devorar a las autoras que desfallecen inertes, desnudas y abrazadas, al mismo sueño intranquilo. Óvulo fértil que a la mañana siguiente gestará nuevas incertidumbres.

Día a día, estos personajes de Néstor Caballero en La última actuación de Sarah Bernhardt se mueven en una casa de particulares geografías y soledades. Es una casa de ámbitos descomunales, que extiende sus aleros sobre nosotros y nos apresan con precario equilibrio sobre la locura y esa particular lucidez propia de la razón a punto de estrellarse. La derrota encorva a los personajes y la victoria de Perla, que salva su íntima dignidad a través de la rebelión, el asesinato y su prisión, no contribuye a elevar la estatura y disolver los espectros de sus hermanas. mas bien las aísla y acentúa en sus miedos, en un comportamiento grotesco de inquietantes parecidos con aquellos que en nuestro país tienen los absolutos derechos a la rebelión y la venganza.


RODOLFO SANTANA


PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN
Sueño De Fantasmas
Mireya Tabuas*

Que una obra se llame “La Última Actuación de Sarah Bernhardt” y sea escrita por un francés, no es lo mismo que una pieza teatral se titule “La Última Actuación de Sarah Bernhardt” y haya sido invención de un venezolano. El personaje es observado desde la otra orilla del océano, desde el extremo occidental del Atlántico, desde el calor permanente, desde el reino de las contradicciones, desde un continente nuevo que se crea a sí mismo cada día. En la obra de un parisino, Sarah Bernhardt aparecería quizás como lo que fue: ese gran mito de la actuación, lleno de tormentas interiores. Desde la mirada de un latinoamericano, Sarah Bernhardt es el sueño imposible. A la vez -y para romper irreverentemente con su trayectoria de primera actriz- no es la protagonista ni el leit motiv, sino uno más de los fantasmas de la historia.

Esta pieza, escrita en 1978, no pierde vigencia en el tiempo, porque su tema se hace más actual en el nuevo milenio, convulsionado y terrible, del que muchos desearían huir para no enfrentarlo. La historia que lleva la trama es aparentemente muy sencilla: la convivencia de dos hermanas ancianas que viven en una cotidianidad creada por ellas mismas, mientras, temerosas, esperan a su hermana mayor, ausente desde hace más de treinta años. Esta ha sido la única en la familia capaz de rebelarse (para ser como Sarah Bernhardt) y, sin querer, las ha dañado de forma irreparable. Con su vuelta al hogar, amenaza un universo fantasmal, pero estable, donde ellas han erigido su existencia. Bajo esta superficie de índole familiar se esconde una mirada filosófica sobre las máscaras que utiliza el ser humano para protegerse de sí mismo.

Es clave en esta pieza la relación casi simbiótica entre la realidad y la fantasía, que conviven como siameses en un mismo entorno. Ana y Eloísa, para soportar una realidad abrumadora, se inventan su propio mundo, quizás más auténtico que el verdadero en sus mentes. Un mundo artificial, pero no perfecto, aunque necesario para aguantar un pasado que pesa demasiado sobre el presente, como si no quisiera retirarse para dar paso al tiempo. Juegan en un universo, hecho a la altura de sus sueños y con fantasmas propios, pero no por ello es un paraíso inverosímil. No imaginan una vida de reinas, de divas, de triunfadoras. Su universo es el de la cotidianidad, donde conviven con una familia que no existe, alternan con personajes que nunca fueron suyos. Sin embargo, como espectadores, sentimos ese artificio tan cierto que creemos en él, nos solidarizamos, y nos dejamos engañar porque no hay ningún motivo para no hacerlo. De la verdad que esconde toda esa fantasía sabremos muy poco y, como las propias protagonistas, no querremos finalmente conocer mucho. Preferiremos verlas en esa comodidad del mundo creado, donde andan tan a sus anchas, donde cada quien ha asumido un papel que sabe ejecutar a la perfección.

Y en este entorno, de dos mujeres viejas que practican su cotidianidad, enfrentan sus contradicciones y nadan entre recuerdos, aparece como símbolo, como gran imagen, Sarah Bernhardt, el gran mito del primer mundo, la mujer que rompió esquemas y se atrevió, en una época donde el sexo femenino estaba tan oprimido. Ella es la única fantasía trascendental que se atreven a soñar en su cosmos de simulacros rutinarios. Es ella la imagen universal de triunfo, la aspiración de rebelión que nunca lograron en sus vidas (porque tampoco supieron cómo imaginarla). Y junto a la Bernhardt, como una bella sombra, está la hermana Perla, la siempre joven Perla, el gran amor de sus consanguíneas, el gran orgullo, y quien a la vez –aunque no lo reconozcan- les impide hacer sus fatuas ilusiones realidad: Eloisa quería un esposo, Ana aspiraba ser monja. Perla –la más osada- quiso ser actriz. Más que eso aspiró ser la propia Bernhardt y de algún modo lo logró. Pasando por encima de todo, sacrificando la pobre vida, más conformista, de sus hermanas. Pero es que la trascendencia no mira hacia atrás, como no lo hizo Perla, aunque sólo lograra con su sacudida un pequeño lugar en el mundo. Perla es la revolución porque contradice toda dictadura: la de un padre agresor, la de un marido que también se muestra violento. Ella impide que la historia se repita interminablemente. Ella corta la cuerda del pasado, aunque para sus hermanas sea el hilo que aún las ata con lo ya vivido.

Mientras, la casa donde habitan Ana y Eloisa ha sido la misma casa de siempre: una casa vieja en medio de un mundo (lo vemos a través de las ventanas) que se renueva constantemente. Ese hogar quiere detenerse en ese pasado que permite la comodidad de ver la vida desde lo ya conocido, sin riesgo alguno. La casa intacta es el ancla que permite, con verosimilitud, la presencia de fantasmas. En ese medio, Ana y Eloísa son dos caras de una moral que intenta sostenerse en lo establecido, pero está venida a menos. Ana, la ferviente católica, critica el supuesto libertinaje de su hermana Eloísa, quien parece disipada, como lo expresa el descaro de su forma de hablar, pero que no se traduce en su hacer. Resulta que es Ana (quien se da golpes de pecho por la religión y se considera la ética personificada) la que ha cometido lo que para sus propias creencias podría ser el mayor de los pecados: amar a alguien de su mismo sexo. Pero su traición fue doble: con su religión al sentirlo, pero consigo misma al no atreverse nunca a asumirlo. Eloísa lo sabe y ésa es su arma ante las heridas que bien sabe propiciarle Ana. Eloísa tiene demasiadas costuras y es fácil saber que tras la personalidad dicharachera, libre, juvenil, amiga de los juegos de azar, enemiga de la religión, hay una criatura muy débil, que sufre al no haber podido conformar la familia que es tan indiscutible en sus sueños y que, sólo gracias a su hermana Ana, puede hacerse realidad, pues sabe seguirle sus invenciones y hacerlas así auténticas.

Ambas viven en el espacio de la derrota. Nada tienen, todas han perdido en esta historia. Ana no amó ni asumió la religión como modo de vida, Eloísa no formó un hogar. Sólo Perla, aunque no fue Sarah Bernhardt, luchó por ello y por eso, como una ficción más de sus hermanas, bien puede estar ahora, como “sentada a la diestra de Dios Padre”, en una tumba junto a la de la famosa actriz. Pero la frustración de lo que no se fue no es un regodeo para las hermanas Ana y Eloísa, ellas siguen viviendo en su firmamento paralelo, quizás de la misma manera que si éste fuera el reino real. Es el papel que les toca ejercer ¿y acaso no sería el mismo papel -el de la espera, el del orden, el del almuerzo preparado y las corbatas anudadas- si el esposo e hijo fueran de carne y hueso? ¿No se comunicarían con una Perla tangible de la misma forma que lo hacen con el fantasma de una Perla que se mantiene como una ilusionada joven de 18 años?

El fracaso hace que la mentira sea absolutamente necesaria, justa y lógica. Es un juego que ambas hermanas cimientan una y otra vez, se retroalimentan y por ello, además, es vital: hace a la una imprescindible para la otra. Sus fantasmas no son las alucinaciones del esquizofrénico que más nadie ve. Son, en cambio, imágenes compartidas, incluso con el espectador. No ha enloquecido Eloisa al crear un hijo imposible. Ese hijo existe en el juego dramático que realiza con su hermana y gracias a eso, entre ambas, logran cubrir las necesidades reales de esos espectros: ellos comen, visten, van a misa y eso es una forma de existir.

Definitivamente, el pasado está más presente que el mundo real. Es un círculo vicioso, como si la vida cotidiana fuese una obra de teatro que se repite por sécula seculórum para no mirar lo que pasa fuera de ella. No hay mayor escape que lo ya conocido, lo aprendido, lo aprehendido. Eso lo saben Ana y Eloísa, se aprendieron los parlamentos de memoria: los de las mentiras y los de las revelaciones.

Pero no se trata de una obra que mira el ombligo de un círculo familiar. A través de estas relaciones puede interpretarse el papel de toda una sociedad que para sobrevivir al dolor, a la mediocridad, al abuso del poder, busca sus propios medios de protección. La religión puede ser uno de ellos, el azar otro, la frivolidad, la indiferencia, la magia, algunos más. Se trata de cerrar los ojos, así no vemos lo que no queremos ver. Tan sencillo. La sociedad, el país, como las hermanas de la obra, sabe de dictaduras, de negativas, de miedo, de represión, de rabia, de impotencia y el país, como Ana y Eloísa, tiene sus estrategias de salvavidas. Un país artificial, a la medida, es más fácilmente soportable. Latinoamérica ha convivido con ello.

Perla es el símbolo de la insurrección, que sin embargo no triunfa absolutamente en su rebelión, produce cambios, eso sí, y es victoriosa sólo por su gesto. Ella también pierde: Nunca será Sarah Bernhardt. Aunque su ganancia está en el sueño de querer serlo, al menos fue un sueño mayor que el de sus hermanas y luchó por él y no se resignó al destino de la humillación y de tener que bajar la cabeza. Nunca midió el efecto de su acto de liberación, pues sin querer perjudicó a sus hermanas. En ese mundo del conformismo y la estabilidad pasmosa cualquier movimiento puede causar tempestades. El parangón con la política de los pueblos latinoamericanos es innegable. Sin embargo, no hay reproches en esta familia, pues, como dijimos, Perla representa al menos la constancia de que la ventana existe, de que el mundo se mueve allá afuera, aunque ni Ana ni Eloisa se atrevan a saltar. Sólo ese instante de magia y de triunfo que es la salida de Perla (y desde el simbólico espejo de la escenografía, la salida a escena y los aplausos) vale para Ana y Eloísa por toda una vida de conformismo y repetición.

La omnipresencia de la mujer como protagonista, como hogar, como familia, como pasado y como futuro, en comparación con un hombre que representa la autoridad, la agresión y el miedo, pero que también forma parte del paraíso mágico de los personajes. Un hombre que es a la vez dolor y deseo. La mujer se muestra como la gran hacedora de vida y de muerte, la gran creadora, la gruta, la madre protectora, el Dios Hembra que llegó para transformar una sociedad de caníbales en un sueño de fantasmas.



Más sobre el autor y su obra

Néstor Caballero (Caracas, 1951) es un hombre de teatro a tiempo completo. Además de ser uno de los más importantes dramaturgos latinoamericanos de las últimas décadas, conoce el medio escénico en toda su dimensión, en los más de 30 años que lleva en las tablas. Fue en sus inicios actor y técnico teatral, ha sido y es director y productor, profesor, gerente cultural, investigador, crítico y teórico del arte dramático. No conforme con esta tarea intelectual, Caballero ha sido uno de los principales defensores de los derechos de los artistas venezolanos y así lo ha demostrado en artículos de prensa, al igual que en su posición firme y coherente ante las instancias de poder. No es el artista que se ha mantenido indiferente, sino que se ha arriesgado a ser una voz disidente y esto no ha ido en detrimento de su obra dramatúrgica.

Como dramaturgo, la obra de Caballero actualmente trasciende las fronteras venezolanas. Es estudiada en las principales universidades del país y en instituciones educativas de España, Argentina, Estados Unidos, Alemania, Francia, Méjico, entre otros, donde conocidos grupos teatrales han montado alguna de sus numerosas piezas. La obra de Caballero es bastante prolífica (tiene más de 35 obras escritas, de las cuales aproximadamente la mitad están publicadas y han sido montadas) y abarca desde monólogos, piezas históricas y obras de experimentación escénica hasta espectáculos infantiles. El escritor tiene en esta variedad de géneros un estilo y una temática que son reconocibles y originales y es por ello que se puede hablar de un autor con voz propia. Según el investigador Orlando Rodríguez este escritor “en variada gama de géneros y estilos ha realizado su propia interpretación de momentos importantes del pasado y presente venezolanos”. Rodríguez considera que la obra de Caballero “es un serio intento de querer comprender, de penetrar lo que podríamos llamar el subtexto de la Historia”. En este punto es importante detenerse para especificar algunos de los aportes del estilo de Caballero a la dramaturgia venezolana, con ejemplos de algunas de sus principales obras:
-Juego espacio temporal:

Las obras de Caballero no son lineales ni se circunscriben a cumplir la estructura convencional del drama. El autor ha hecho un serio intento de experimentar con la estructura teatral, jugando con los planos temporales y espaciales que recuerdan por momentos el tratamiento de la escena cinematográfica. En la mayor parte de sus obras son constantes las idas del pasado al presente e incluso al futuro del personaje y hay momento en que pasado y presente conviven en el mismo espacio dramático. Se podría afirmar que la obra Con una pequeña ayuda de mis amigos es pionera en la dramaturgia venezolana en el rompimiento de estructuras y la adaptación a las tablas de movimientos propios de la cinematografía. Otra obra como es Desiertos del Paraíso rompe la estructura misma del escenario, al presentar un área construida para que el público (sólo 10 espectadores) penetren en un todo que es el escenario, donde el espectador será sin saber parte activa, de una obra que es también una ambiciosa reflexión sobre América Latina.


-Reflexión sobre la Historia:

En los textos de Caballero, sean o no históricos, se da especial importancia a la contextualización de los personajes en un momento de la realidad histórica venezolana y el análisis de este contexto a través de las vivencias del personaje que tiene una relación particularísima con ella. Esta característica cobra mucha importancia en monólogos como Los Taxistas También Tienen Su Corazoncito; La Semana De La Patria; o Chocolat Gourmet, donde momentos de la historia del país se narran a través de un personaje del común, un perdedor, un antihéroe. Bien lo dice el sargento Matute de la “Semana de la Patria”: “Es muy jodido, Negra, que estando tan cerca de la Historia te dejen fuera de ella”.


-Profundización en los Héroes Patrios:

Caballero tiene una serie de obras de largo aliento donde se ha encargado de hacer un corte transversal de alguno de los próceres de la independencia venezolana, desde esa mirada que los hace a la vez más heroicos y más humanos. De esto dan cuenta obras como: Dados (sobre el general Rafael Urdaneta), Toñito (sobre el mariscal Antonio José de Sucre) o Longanizo (sobre El Libertador, el general Simón Bolívar). También ha hecho el análisis desde una mirada dialéctica y artística de momentos históricos del país como la guerra federal en El rey de los Araguatos.



-La fuerza de la mujer:

El autor da especial importancia al personaje femenino y la búsqueda de penetrar el complejísimo universo del sexo femenino es una constante en sus obras. Sus personajes mujeres son el sustento de muchos de sus textos, como La Última Actuación De Sarah Bernhardt; Musas; Seis Monólogos Para Dalila; o Chocolat Gourmet.


-El valor del monólogo:

Caballero es uno de los autores más prolíficos en la creación de monólogos. Sus obras para un solo actor son verdaderas reinterpretaciones de la realidad y una lectura penetrante del alma del venezolano. Vale recordar piezas como Los Taxistas..., donde el país –especialmente el siglo XX- es diseccionado desde la mirada del conductor de un taxi, o Mister Juramento, donde a través de un travesti se puede conocer la vida del cantante Julio Jaramillo y por medio de ella, la anécdota, analiza toda la poética de la mitad del siglo pasado, así como temas como el amor y la diferencia de clases.


-El respeto al niño:

Capítulo aparte merecen sus piezas teatrales para niños. Su obra infantil galardonada Los Juguetes Perdidos de Aquiles, reflexiona sobre el valor de los viejos juegos frente a la tecnología y a través de eso profundiza en el valor de la identidad nacional. Años después crea dos obras que van a marcar pauta en la escena nacional: Oliverio y Se llama Simón, ambas interpretadas por Niños Actores de Venezuela y que se han convertido en referencia en cuanto a espectáculos destinados a todo público de alta factura internacional. En sus obras infantiles el niño espectador es valorado y tratado con gran respeto.

-La palabra poética:

El lenguaje de Caballero no es burdo. La cotidianidad está escrita con palabras mayores, tanto que una prostituta puede hablar en sus obras con una frase como “ahora mi vulva es un pesebre”. Las obras de Caballero están plagadas de imágenes literarias, metáforas y símiles no son un simple adorno, sino parte del todo que es la pieza y están presentes desde las acotaciones hasta la puesta en escena.

-De Venezuela al mundo:

Caballero habla desde Venezuela. Es local y universal al mismo tiempo. Para el investigador Orlando Rodríguez “sus textos, profundizando en lo local, se vuelven universales, como ratificando el pensamiento tolstoyano. Esas obras, si bien hablan un lenguaje venezolano, son identificables con multitud de realidades de otras latitudes o de la geografía más cercana”. En este punto, cabe destacar el valor que ha dado Caballero a la cotidianidad venezolana como objeto de arte. La celebración de fechas como Fin de Año, Navidad o un aniversario de boda, son pretextos de algunas de sus piezas, y a través de ello es posible vernos como país. El propio Caballero explicó este interés en una entrevista: “Además de las necesidades intrínsecas del creador, si éste no le toma el pulso a la colectividad, si no está presente en el quehacer diario, si no es capaz de convertirlo en el pequeño Dios que es el personaje, el interés social no se espeja en él”.


Caracas, 1 de Noviembre de 2001
* Periodista, Magíster en Literatura Venezolana.


La Última Actuación De Sarah Bernhardt
PERSONAJES
ANA: Anciana.
ELOISA: Anciana. Usa una peluca de color caoba. Permanentemente llevará, no importa como vista, un prendedor en forma de interrogación.
PERLA: 18 años. Vestida a la usanza del 1923. Debe estar arreglada en forma fiel a la época.
SARAH BERNHARDT

ESCENOGRAFÍA
Al centro fondo un gran espejo de cuerpo entero y de dos hojas.

Sala de casa colonial del 1800.

La atmósfera es de ruinas.

Un deteriorado juego de muebles estilo vienés del 1900.

Una mesita sobre la que se encuentra, como adorno, una alcancía de yeso en forma de perro, blanco y negro, de largas orejas.

Una vitrina de madera labrada en arabescos. En la parte de arriba tiene dos puertas de madera y vidrio por el que se pueden ver copas de diferentes épocas y un juego de tazas para tomar café. A una de las tazas le falta un platico. En la parte de abajo tiene un descanso labrado donde pueden observarse los siguientes retratos: Una mujer de finales del siglo diecinueve, de cabellos muy largos, sentada, con un prendedor en forma de interrogación sobre su pecho; un militar con polainas y mostachos, recio; Perla, muy niña, vestida como bailarina; un joven, con toga y birrete, de pie, diploma en mano. En sitio preferencial hay una gran fotografía donde está el padre, la madre, Perla, Ana y Eloisa. En esta fotografía se debe notar que Perla es la mayor de las tres hermanas.

Pequeña mesa de recibo con alfombra verde que ya está blanca por el uso. Lámparas de pie, sostenidas y amarradas con parches de madera.

Las paredes cubiertas por raídas y espesas cortinas de color rojo.

Escalones que suben hacia una puerta que da a las habitaciones.

Otra puerta que conduce a la cocina y al patio interior.

Un pequeño pasillo que da a una puerta de dos hojas y la cual conduce a la calle. Sobre esta puerta cuelga un retrato de San Miguel Arcángel y más abajo una penca de zábila amarrada con una cinta morada. Al lado de la puerta un perchero donde guindan varias carteras de colores escandalosos.

Un estropeado y gran ventanal da hacia unos edificios modernos que pareciesen aplastar esta vieja casa de estilo colonial.

En una descascarada pared una reproducción de “La Ultima Cena”.

Un reloj de péndulo, inservible.

Una rasgadura en la cortina que ha sido cosida con un parche de otro color, un mueble que cojea y al cual se le ha colocado una tapa de refresco en una de sus patas para evitar que tambalee, nos dan la sensación de antigualla, de remoto, de estropeado, y también que, en ese hogar, viven seres que luchan por sacar adelante lo poco que queda, por evitar el inevitable deterioro de un tiempo ya lejano y mejor. Toda la escenografía debe dar la impresión de una lejana nobleza y de muchísima sequedad.

Potes de leche pintados en vivos colores sirven de materos donde viven helechos, malanga y caucho. Entre los potes, un pequeño baúl.

Aunque la obra está ambientada en 1900, la acción se desarrolla en la época actual.

PRIMER ACTO
Al comenzar la obra, Ana se encuentra puliendo con compulsión los muebles. Viste un deteriorado camisón de casa, un pañuelo que le cubre el cabello y unos viejos zapatos, negros, de tacones cortos.

De la calle llega, trotando, Eloísa. Viste un ultramoderno mono deportivo con capuchón y un paño al cuello. Lleva un cinturón koala. Da varias vueltas trotando por la sala, quebrando la cintura de izquierda a derecha como si evitara golpes. Se detiene y hace boxeo de sombras. Luego saca del koala una cuerda y comienza a saltar con muchísima agilidad, como un boxeador profesional, ante las miradas recriminatorias de Ana que continúa limpiando apremiante la casa.

Eloisa descansa de su rutina. Respira profundo, se relaja, y se sienta despatarrada sobre uno de los muebles. De repente suelta una carcajada.
ELOISA: (Riendo) ¡Qué ocurrencia!
ANA: (Puliendo los muebles y sin voltear) ¿Cuál?
ELOISA: Me acordé de un chiste que me contó Abraham, ayer. ¿Quieres oírlo?
ANA: No.
ELOISA: (Ignorando lo anterior) Preguntó una gran dama a una de sus amigas. (Impostando la voz) ¿Qué edad tenía usted cuando se casó? (Con otra voz) No lo recuerdo, señora, pero

indudablemente no había llegado a la edad de la razón. (Ríe a carcajadas) ¡A la edad de la razón! ¿Qué te parece?


ANA: Me parece que los militares no tienen otra cosa que hacer que pasarse el día inventando chistes acerca de las mujeres.
ELOISA: Pero pobrecito, Ana, qué quieres que haga. Todo el tiempo acuartelado. Debe buscar la manera de divertirse.
ANA: Acuartelado, válgame Dios, Eloisa. Si ya casi hablas como los soldados.
ELOISA: Treinta años casada con un militar, termina una pareciéndose. (Saluda militarmente) ¿Verdad, mi sargento?
ANA: No juegues
DE UN SALTO ELOISA SE LEVANTA Y SE DIRIGE, TROTANDO, HACIA EL ESPEJO.
ELOISA: (Arreglándose frente al espejo) Estas ojeras. Anoche no dormí casi. Mucho menos soñé... así que no sé qué voy a jugar. Tengo que apurarme, voy a cobrar la jubilación y de allí iré a ver qué número salió. Estoy jugando un quintico, a medias, con una vieja. ¡Estas ojeras!
ANA: Te acuestas muy tarde. ¿A qué hora llegaste anoche?
ELOISA: ¿Anoche?
ANA: Sí.
ELOISA: Será esta mañana.
ANA: ¡Eloísa!
ELOISA: Serían como la una, poco más o menos. El boxeo salió a las once y media, caminé hasta la parada. Ah, no, antes me tomé un cuartico de leche, me comí un cuarto de pollo también, horneado no te preocupes, y me vine. Sí, serían como la una, tomando en cuenta que el taxi se tardó en llegar.
ANA: ¡Boxeo! Toda una señora en el boxeo, rodeada .de hombres de mal vivir, mirando cómo dos seres humanos se destrozan a golpes.
ELOISA: Qué se van a destrozar. Me parece que fue una pelea arreglada. Perdí unos tres mil bolívares.
ANA: ¡Y para colmo, apostando!
ELOISA: Sí, apostando, pero hubiera ganado. Lo que pasó es que el Kid estaba comprado.
ANA: ¿El Kid?
ELOISA: El Kid Suárez. A leguas se notaba que estaba vendido. Se la pasó escondiéndose en el ensogado, ni una sola vez contraatacó. Mantuvo una pelea defensiva.
ANA: Ay, Eloisa, tú estás mal.
ELOISA: ¿No voy a estarlo? Con boxeadores como Kid Suárez.
ANA: No deberías estar yendo al boxeo.
ELOISA: Tienes razón. Ya no se puede ir al boxeo. Estos pugilistas de ahora no tienen mística, lo que hacen es payasear, aparte de que son muy flojos de piernas. El boxeo, Ana, está en el juego de piernas. Fíjate. (Hace unos pasos de boxeo) ¿Te fijas? ¡Piernas! Eso es lo que hace falta. Pero eso no se logra en el cuadrilátero. No señora. (Trota en su sitio) Hay que trotar por las calles. (Trota saltando por encima de los muebles) Trotar saltando obstáculos, trotar por los cerros. (Salta en su sitio) Saltar a la cuerda. (Deja de saltar) Boxeadores los de antes. ¡Joe Louis! Ah, qué te parece. ¡Joe Louis, El Bombardero de Detroit! (Boxea por toda la habitación, hasta llegar donde Ana y lanzarle unos golpes, alejados, sin pegarle) Gancho de izquierda de Louis. ¡Recto de derecha de Louis! ¡Gancho de derecha de Louis! ¡Upper de izquierda de Louis! ¡Derecha! ¡Izquierda! ¡Jab de Louis! ¡Jab de Louis! ¡Jab de Louis!
ANA: (Tapándose la cara para evitar los alejados golpes de Eloisa) ¡Ya basta! ¡Déjame!
ELOISA: ¡Y se cae el retador! (Deja de boxear) Ni te imaginas qué le dijo Joe Louis al señor Roxborough.
ANA: ¿El señor Roxborough?
ELOISA. Sí, John Roxborough, el que iba a ser su promotor.
ANA: No tengo ni el más mínimo interés en...
ELOISA: Roxborough se le acercó a Louis, que para esa época sólo tenía diez y siete años y ya era un noqueador de los arrabales de Chicago. (Camina balanceando los brazos y mascando chicle. Imita una voz) “¡Oye, Joe Louis, soy John Roxborough! ¿Quieres ser campeón de los pesos pesados del mundo?” (Como ella. Emocionada) El muchachón se golpeó con el puño derecho su mano izquierda y le dijo... (Imita a Joe Louis) “¿A quiénes tengo que noquear?” (Como ella) ¡Ese sí era un campeón! (Imitando a Joe Louis) “¿A quiénes tengo que noquear?” (Como ella, exultante) ¡El Bombardero de Detroit! ¡Un campeón! ¿A quiénes tengo que noquear? Eso sí era un gran boxeador. No esos pendejitos de ahora que...
ANA: No digas groserías.
ELOISA: ¡Pendejitos! Apenas tres o cuatro golpes y van al clinch o se tiran al suelo haciéndose los noqueados. Tres mil bolívares me hizo perder el Kid Suárez. Tres mil bolívares con lo caro que está todo.
ANA: Es lo que yo te digo.
ELOISA: (Se sienta agotada en la mecedora y estira las piernas) ¡Uf! Estoy fuera de entrenamiento.
ANA: Fuera de todo es lo que estás. ¡A tu edad! No sé. ¿Qué crees que piense tu esposo si sale y no te encuentra?
ELOISA: Será si llega.
ANA: Tú entiendes lo que te digo. ¿Qué pasa si llega y no te encuentra? ¿Y si me pregunta? ¿Qué le digo? ¿Ah?
ELOISA: Le dices que hacer deporte es hacer patria, y que por lo tanto me encuentro haciendo patria.
ANA: Dios mío, no quiero ni pensar cómo se pondría ese hombre de molesto si se llegara a enterar que tú llegas de madrugada por estar en el boxeo.
ELOISA: Abraham es demasiado pavoso. Cada vez que voy al comando a visitarlo, pierdo.
ANA: ¡La esposa de un Comandante en esas lides!
ELOISA: Qué nombre más divertido. ¡Lides! Parece que no fueran golpes lo que se pegaran sino flores. (Riéndose) Vamos a lanzarnos lirios en las lides.
ANA: Búrlate. Búrlate. No te basta con el ludo, con el dominó, con el monopolio, con las carreras de caballos, sino que ahora también es el boxeo.
ELOISA: Digamos que tengo un alma muy deportiva.
ANA: ¿Deportiva? Yo no le veo nada de deportivo a eso.
ELOISA: La verdad es que voy a dejar de apostar en el boxeo.
ANA: Es lo mejor.
ELOISA: Porque, viéndolo bien, mi fuerte está en la lotería. Sueño que tengo, sueño que juego, sueño que gano.
ANA: ¿Y lo que pierdes?
ELOISA: Eso forma parte de la lid. (Ríe la ocurrencia)
ANA: No te das cuenta de que existen otras cosas más sublimes. Dios, su iglesia, la devoción. A tu edad, deberías pensar más en la religión.
ELOISA: Si yo soy un ser religioso en cierta forma. ¿No te parece que hacer de los sueños un número de lotería es algo de creyentes? Y también sublime, como le llamas. Sí, es, como una devoción, como un fervor. Jugarse los sueños es toda una religiosidad. Además estoy haciendo yoga.
ANA: ¡Hasta atea y pornográfica te has vuelto!
ELOISA: ¿Pornográfica?
ANA: Acaso vas a negar que el yoga ese, no es una religión pornográfica donde se contorsionan así, como pervertidos y que respiran excitados y luego rugen Ommmm Ommmm, así, como... como orgásmicos y además prenden unos inciensitos perfumados, sensuales, incitantes y que a hasta drogas eróticas serán. Yo te he visto, allá en tu cuarto, con los pies al aire.
ELOISA: ¡Ah, Sarvangasana!
ANA: ¿Qué? ¿Sinvergüenzona yo? ¿Ah? ¿Qué me dijiste?
ELOISA: (Riendo) Sarvangasana. Sarvangasana. Así se llama lo que me espiaste hacer. (Se acuesta en el suelo. Levanta las piernas a lo alto y se sostiene la espalda con las manos y los codos apoyados en el suelo. Explica como dando una clase) Sarvangasana, o postura de todos los miembros. Posición con la nuca y hombros al suelo. Las piernas rectas al aire. Es eficaz para la tiroides, la neurosis y los ovarios. (Se pone de pie) También es muy buena para la descalcificación y la gonorrea, así que te la recomiendo.
ANA: (La abofetea) Cállate.
Silencio. Se ven por unos segundos.

Eloísa corre hacia los dormitorios.

Ana continúa limpiando. Luego va hacia la foto del seminarista, la acaricia, la deja en su sitio y se arrodilla. Saca un rosario y reza por lo bajo. Luego se levanta y continúa limpiando.

Se escucha a todo volumen el Mambo Número 5 de Pérez Prado. Entra Eloisa bailando. Viste una falda muy corta, azul, una blusa roja, muy descotada y un largo collar de perlas. Calza unos zapatos de tacones, de un color amarillo escandaloso.

Ana se escandaliza, se persigna. Eloisa la persigue y la obliga a bailar. Ana logra zafarse y corre hacia las habitaciones y apaga la música.

Eloisa va hacia el perchero y toma una cartera verde y comienza a buscar algo en ella.

Llega Ana, molesta, y continúa limpiando.
ELOISA: ¿No has visto mis cigarrillos?
ANA: No.
ELOISA: Los había dejado en mi cartera, estoy segura.
ANA: No los he agarrado. No fumo.
ELOISA: Lo sé. (Va hacia el armario y en una de las gavetas los encuentra) Llegaron caminando hasta aquí. Un verdadero misterio. (Saca de la cartera un encendedor desechable. Lo enciende y fuma con gran placer) Un cigarrito, para variar.
ANA: Por favor, Eloísa, no fumes.
ELOISA: No pienso seguir creciendo, si lo que te preocupa es que me quede pasmada.
ANA: Hoy pasé cera en el piso. Además la ceniza... la alfombra.
ELOISA: (Se sienta) No te preocupes. Tiraré la ceniza dentro de mi cartera. (Lo hace)

ANA: (Suspirando hondo) Dame paciencia Dios mío.


ELOISA: Quedarán las huellas.
ANA: (Acercándose al mueble donde está sentada Eloisa con la intención de limpiarlo) Un permisito, Eloisa, que voy a pulir el mueble.
ELOISA: Pero sí ya lo hiciste.
ANA: No.
ELOISA: Pero si hace un rato... Está bien. (Se levanta y se sienta en otro mueble Pausa corta) Quedarán las huellas. ¿Oíste?
ANA: (Limpiando frenéticamente) Sí.
ELOISA: En las cenizas quedarán las huellas.
ANA: (Sin dejar de limpiar) No entiendo.
ELOISA: Sí que lo entiendes.
ANA: En verdad que no.
ELOISA: ¿No?
ANA: De verdad, verdad.
ELOISA: Cuando alguien me registre la cartera dejará impresas sus huellas.
ANA: ¿Quién habría de registrarte la cartera?
ELOISA: La misma persona que me escondió los cigarrillos.
ANA: (Con intención de limpiarlo, va hacia el mueble donde está sentada Eloisa) Permisito.
ELOISA: (Imitando a Ana) Dame paciencia, Dios mío. (Suspira) Oh, perdón, el suspiro viene antes. (Suspira profundo e imita a Ana) Dame paciencia, Dios mío.
Ana se queda parada dándole vueltas el trapo y zapateando constantemente con la punta del pie, al lado del mueble donde está sentada Eloisa, esperando que ésta se levante. Eloísa, fastidiada, se levanta y se sienta en el mueble que Ana acaba de limpiar.
ELOISA: Y esta vez no me vas a decir que no lo has limpiado.
ANA: Odiosa.
Pausa larga.
ELOISA: ¿Estás brava?
ANA: No.
ELOISA: (Sin que lo note Ana, apaga el cigarrillo en el piso y lo oculta debajo del zapato) Huele muy bien.
ANA: Será que prendiste tus inciensos.
ELOISA: En serio, la sala huele muy bien.
ANA: Sí, ¿te gusta?
ELOISA: Aroma de escuela.
ANA: Qué ocurrencia.
ELOISA: En mayo la escuela olía a jazmines.
ANA: Es natural.
ELOISA: Pero nunca hubo jazmines en la escuela.
ANA: Verdad que sí. Era bien raro que en la escuela oliese a jazmines, si nunca los hubo. (Pausa) ¿Eloísa, te has olvidado?
ELOISA: ¿De qué?
ANA: Sé que no has olvidado el día que es hoy.
ELOISA: La lección que más me gustaba dar, era la de zoología. A los alumnos les fascinaba eso de la reproducción de las distintas especies.
ANA: A mí siempre me entristecieron.
ELOISA: Es que no tuviste una maestra parecida a mí. ¡Sensual y moderna!
ANA: Estoy hablando en serio.
ELOISA: Y yo.
ANA: Eso de que los insectos nacen huérfanos porque la madre, después de poner los huevos en algún sitio donde encuentre comida, los abandone, nunca lo he comprendido. Me entristece.
ELOISA: El padre muere antes.
ANA: Lo peor.
ELOISA: Pero había una lección que a ti te hubiese gustado mucho oirla.
ANA: (Limpia los muebles con más afán) No es de eso de lo que yo quería hablar. ¿Sabes qué día es hoy, verdad?
ELOISA: ¡Viernes veinticinco!
ANA: ¿Y?
ELOISA: De julio.
ANA: Sabes muy bien a qué me refiero, no te hagas la inocente.
ELOISA: ¡La clase del salmón!
ANA: ¡Compórtate seriamente!
ELOISA: ¡Viernes veinticinco! Es muy bello, ¿no te parece? Viernes veinticinco. Es de esos días que te estallan en la boca. Viernes veinticinco. Un día hermoso para una lección hermosa: La clase del salmón.
ANA: No me vengas con tus juegos ni adivinanzas. Esto es un asunto muy serio para... Debemos ponernos de acuerdo. No en vano...
ELOISA: Pero no me dejas terminar.
ANA: Porque tú no me prestas atención.
ELOISA: Es que esto también importa.
ANA: ¿Y lo de ella, no?
ELOISA: (Transición. Se levanta y como una maestra, toma a Ana por una oreja y la obliga a sentarse) ¡Niña! ¡Venga acá!
ANA HACE TRANSICION Y SE COMPORTA COMO UNA NIÑA. SE QUEDA SENTADA DONDE ANTES LO ESTABA ELOISA.

ELOISA: O deja ya el secreteo y la risita con su amiga Elena o la saco de clase y mando a buscar a su representante.


ANA FINGE TENER UN CUADERNO Y UN LAPIZ Y ESTAR EN UNA ESCUELA.

MIENTRAS ELOISA DICTA LA LECCIÓN ALREDEDOR DE ANA, ÉSTA TOMA APUNTES.

ELOISA: (Como una maestra dictando una clase, camina alrededor de Ana) El salmón. El salmón es un pez muy particular. (Pausa Corta) Apenas nace y sale a recorrer el mundo. Punto y aparte. (Se acerca a Ana, le toma el lápiz imaginario y coloca un acento en el cuaderno imaginario. Le entrega el lápiz y le jala una oreja) ¡Anita, cuántas veces debo decirle que salmón es una palabra aguda que termina en la consonante “N” y que por lo tanto lleva acento! (Continúa caminando, dictando la clase) Imagínense, niñas, qué cantidad de mares logra conocer ese salmón, qué de aventuras, qué de peligros. Quizás hasta un pez más grande lo devore en un océano extraño... pero... si no sucede... regresa... Regresa cuando presiente que va a morir, presiente no. Él sabe que va a morir y retorna a la cabecera del río de donde partió y entonces nada, nada y nada contra la corriente y a medida que nada va envejeciendo lo que no envejeció en otras aguas. Nada y envejece. Nada y envejece, hasta que llega exactamente a su lugar de origen, al mismo sitio donde él fue un huevo. Una vez ahí, coloca un huevo, así chiquitito... y muere. (Pausa. Transición, ya sin jugar a la maestra) ¿Triste, verdad?


ANA: (Transición. Ya sin jugar a la niña que está en la escuela) Lo dices porque hoy regresa Perla.
ELOISA: Solamente es una lección.
ANA: Sí, lo dices por ella. (Pausa corta) Debemos ponernos de acuerdo al recibirla. Ha pasado tanto tiempo. Es nuestra hermana mayor, no debes olvidarlo.
ELOISA: No lo he olvidado.
ANA: Necesito que traigas del abasto algunas cosas. ¿Te acuerdas de aquellos dulces de leche, y los de coco, y los de merey? Puedes traer varios, a Perla le encantaban.
ELOISA: ¡Ya no se consiguen! Esta vez no habrá dulces. (Pausa corta, para sí) Ni el salmón pondrá su huevo.

Silencio
ANA: (Descubriendo el cigarrillo dejado en el suelo por Eloísa) ¿Te fijas? ¿Te das cuenta cómo eres tú? Ya ensuciaste el piso. (Recoge el cigarrillo) Toma, bótalo en el basurero. Ahora tendré más trabajo, ahora tendré que volver a pulir el piso. Después no quieres que te lo esconda.
ELOISA: Te descubriste.
ANA: (Nerviosa, limpiando el retrato del joven con toga y birrete y cambiando el giro de la conversación al ser descubierta) Me imagino que Alejandro vendrá.
ELOISA: (Se deja arrastrar, entusiasmada, por la insinuación de Ana) Me dijo que hará lo posible. Se le acumuló una serie de casos en el tribunal y ahora está hasta aquí de trabajo.
ANA: Deberías decirle a tu hijo que no trabaje tanto.
ELOISA: Lo que sí me aseguró, es que para el lunes vendrá a rezar el rosario contigo.
ANA: Es un ángel mi sobrino.
ELOISA: (Quitándole el retrato y besando la foto) Como su mamita.
ANA: Sí, sobre todo por ti. Oye, ¿cómo es eso que vendrá a rezar el rosario contigo? Será con nosotras. Me lo prometiste. Mejor dicho, me lo has estado prometiendo desde hace más de veinte anos.
ELOISA: (Colocando el retrato en su sitio) He estado demasiado ocupada desde entonces.
ANA: Por supuesto, has estado ocupada con las carreras de caballos, la lotería y el boxeo.
ELOISA: ¿Y el póquer, dónde lo dejas? (Rompe a reír)
ANA: Eloísa, cuándo será que te vas a componer.
ELOISA: Será cuando me eche a perder, porque lo que soy yo, me siento de lo más compuesta.
ANA: Entonces, ¿rezamos el rosario este lunes que viene?
ELOISA: ¡Imposible!
ANA: Lo sabía.
ELOISA: Para el otro lunes de arriba, sí.
ANA: No lo harás.
ELOISA: Te lo prometo.
ANA: No te creo.
ELOISA: Pues bien, lo juro.
ANA: Juremos entonces.
ANA Y ELOISA SE ACERCAN Y HACEN AL UNÍSONO UN JURAMENTO, CÓMICO Y GROTESCO, QUE ELLAS MISMAS SE HAN INVENTADO.
ANA: (Recordándole el juramento) ¡Ya sabes! ¡Ya juraste! ¡Ahora no te puedes negar!
ELOISA: No fallaré. (IMITANDO A UNA VIEJA DECRÉPITA) Estaré aquí a las siete en punto de la noche, rosario en mano, como toda una viejita beata respetable.
ANA: (Afectuosa) Boba. (Va hacia el espejo y comienza a limpiarlo teniendo sumo cuidado de no mirarse en él)

ELOISA: (Viendo a Ana. De repente da un grito espantoso). ¡Cuidado te va a picar!


ANA: (Corre y se aparta del espejo sacudiendo el paño sobre su cabeza) ¡Ay! ¿Qué? ¿Qué me va a picar?
ELOISA: (Soltando una carcajada) El espejo. El espejo te va a picar.
ANA: Me asustaste. No me gustan esos juegos.
ELOISA: Deberías acicalarte un poco.
ANA: Para lo que tengo que mirarme.
ELOISA: Creo que deberías ir a la peluquería, hacerte un peinado moderno. Yo, yo te acompañaría. Luego, de ahí, iríamos a comprarte varios vestidos nuevos, un poco más actuales. (Tomándole las manos) Ay, hermanita, y estas manos, qué desastre. Las tienes todas callosas.
ANA: Es de tanto trabajar en la casa. Siempre hay algo que hacer.
ELOISA: Qué limpiar, querrás decir. Te la pasas todo el día friega que friega. Si te dieran una casa sucia de cabo a rabo, estarías feliz limpiándola toda la vida.
ANA: Alguien tiene que hacerlo.
ELOISA: Y estas uñas, Ana, por favor, sin pintar, largas, sin forma.
ANA: La edad y los sentimientos tristes hacen crecer las uñas.
ELOISA: Pero mi amor, me dejas sorprendida. Si estás vuelta toda una filósofa. Hasta podrías escribir un libro y titularlo: “Repertorio de Pensamientos Propios y Ajenos.”
ANA: (Soltándose de Eloisa, vuelve a limpiar la mesa) Estoy demasiado ocupada para reírme de tus bromas.
ELOISA: No te molestes, si es jugando. Para mí siempre serás una gran poetisa.
ANA: ¡Has estado mirando mis cosas!
ELOISA: ¿Yo?
ANA: (Va corriendo hacia el baúl que está escondido entre los materos) No quiero que estés esculcando en mis cosas. (Se sienta en el suelo y del baúl saca una caja de zapatos forrada en papel verde. De la caja extrae un grueso de cartas atadas por una cinta color rojo; varias hojas de cuaderno, sueltas, escritas a pluma; un frasquito de perfume, vacío) Te he prohibido una y mil veces que toques mis cosas personales. No puedo pasarme la vida entera escondiendo este baúl en diferentes sitios porque tú, siempre, llegas a husmear en él. ¡No quiero que revuelvas mis cosas!
ELOISA: ¿Verdad que es desagradable?
ANA: (Al desamarrar el lazo que ata las cartas, caen algunos pétalos de violetas, secos) ¡Son mis recuerdos!
ELOISA: Pues vas a ensuciar el piso con ellos.
ANA: Además, no soy ninguna gran poetiza. Las poesías las copié de un libro, de una revista, no son mías.
ELOISA: No lo decía por ellas, sino por tu frase. La edad y los sentimientos tristes, hacen crecer las uñas. ¡Es muy poética!
ANA: Es un dicho filosófico, solamente.
ELOISA: Ah, un dicho. Te tengo uno muy bueno para tu colección.
ANA: Si es otra broma tuya me pondré brava.
ELOISA: No, no, no. Te lo aseguro. No es ninguna broma. Es un dicho filosófico, como tú le llamas.

ANA: (Del baúl saca un cuadernillo, un lápiz y se prepara a anotar) Dímelo.


ELOISA: ¡De cuarenta para arriba, no te mojes la barriga! (Ríe a carcajadas) ¿Qué te pareció?
ANA: (Revisa el cuadernillo) Ya lo conocía, aquí lo tengo escrito. (Leyendo el cuadernillo) Es un dicho que se remonta al año 1865. (Sigue revisando la caja)
ELOISA: Mija, púrgate, porque cada día tienes menos sentido del humor.

ANA: ¡Mira lo que encontré! Una poesía que Perla recitó en un acto de fin de curso y esta otra es una carta que te envió ella desde el internado.


ELOISA: ¡Dame la carta!
ANA: ¡No!
ELOISA: ¡Es mía!
ANA: Pero yo fui quien la guardó. Además, tú la quieres romper.
ELOISA: Te prometo no hacerlo.
ANA: ¡Vamos a jurarlo!
ELOISA: Está bien.
ANA Y ELOISA HACEN SU GROTESCO Y CÓMICO JURAMENTO.
ANA: ¿Y me la devolverás?
ELOISA: Sí, sí, sí.
ANA: (Le entrega la carta) Toma.

ELOISA: (Para sí. Sin abrir la carta) Desde el internado. (A punto de desdoblar la carta para leerla)


ANA: Espera, Eloisa. No la leas. Primero escucha el poema.
ELOISA: ¿Quieres?
ANA: Sí. Por favor.
ELOISA: (Enciende un cigarrillo.. Se sienta) Bien. Cuando quieras.
ANA: Perla lo recitó vestida de azul. Era un vestidito que le había hecho mamá.
ELOISA: Mija, qué memoria.
ANA: Perla se veía muy linda sobre el escenario, cuando la monja directora del Colegio de Niñas Teresianas anunció el poema. (Se levanta y toma la actitud solemne de la Directora) “Memento” de Felipe Tejera.
ELOISA: ¿Cómo dijiste?
ANA: (Como ella misma) “Memento” de Felipe Tejera.
ELOISA: (Ríe. Corrigiéndola) Será Momento. ¡Momento!
ANA: Eloísa, no hables de lo que no sabes. Es “Memento” que quiere decir en latín: “Acuérdate. Parte del canon de la misa, en que se reza por los fieles vivos o muertos. Libro de memoria o apuntes.”
ELOISA: ¡Querida, estás convertida en un diccionario con falda! Eres toda una intelectual. Permíteme que me quede con la boca abierta. (Lo hace)
ANA: No seas ridícula. De todo tienes que burlarte. Ahora no voy a recitar nada.
ELOISA: Está bien, está bien. Te juro, te prometo que no te volveré a interrumpir.
Ana se queda mirando a Eloisa. Ésta se tapa la boca con una mano. Al fin, Ana se decide y se prepara a recitar. Eloisa continúa fumando.
ANA: “Memento” de Felipe Tejera. (Mira hacia Eloísa esperando una reacción. Al ver que ésta observa seriamente sin intención de burla, recita inveteradamente)

Risueñas alegrías

de los tempranos días.

Recuerdos sacratísimos

del adorado hogar.
Hoy cruzan por mi mente

con un fulgor doliente

como destellos pálidos

de un astro muerto ya.


ANA SE ENTUSIASMA Y RECITA EXAGERADAMENTE, RISIBLEMENTE, CREYENDO QUE ESTÁ HACIENDO UNA GRAN INTERPRETACIÓN.
ANA: ¡Ay! Padre, madre, amigos,

y hermanos. ¡Ay! Testigos

de la florida, rápida,

pasada juventud;

ya duermen místicos, yertos

el sueño de los muertos

en el angosto límite del lóbrego ataúd...
ELOISA: (Aplaudiendo y dando vivas) ¡Bien! ¡Bravo! ¡Que lo repita! ¡Es toda una artista! ¡Sublime! ¡Bravo!
ANA: (A Eloisa, fingiendo calma, entredientes, disimulando ante un público imaginario) Aún no he terminado de recitar.

ELOISA: ¡Ah, perdón! ¡Discúlpeme! Continúe usted y perdone mi ignorancia.


ANA: (Recitando nuevamente, caricaturescamente, pero siempre creyendo que lo está haciendo de una manera sublime)

Como un clamor venido

de allá, del negro olvido

vuestra memoria en lágrimas

me llena el corazón.

Y hoy, cuando alegres otros,

yo, triste, por vosotros

al sacrosanto Espíritu

dirijo mi oración.
ANA HACE UNA REVERENCIA AL PÚBLICO IMAGINARIO.
ANA: (Al público imaginario) Esta poesía les fue recitada por la niña Perla Guerrero y fue escrita por el poeta venezolano Felipe Tejera y fechada el primero de enero de mil novecientos. Gracias.
ANA CONTINÚA, EMOCIONADA, HACIENDO REVERENCIAS COMO SI UN GRAN PÚBLICO LA APLAUDIERA.

ELOISA: Ahora... ¿sí puedo aplaudir?


ANA: Si quieres.
ELOISA: No, no quiero.
ANA: No aplaudas. (Pausa corta. Va hacia Eloísa y se sienta a su lado) Lee la carta.
ELOISA: Me perdonas, pero no tengo tu talento para rezar, corrección, para recitar.

ANA: Lee de una vez.


ELOISA SE LEVANTA PARA IR HACIA EL PÚBLICO IMAGINARIO, PERO ANTES LE ENTREGA A ANA LO QUE QUEDA DEL CIGARRILLO. ESTA NO ENCUENTRA QUÉ HACER CON ÉL Y LO APAGA PISÁNDOLO CON EL ZAPATO, MUY MOLESTA.
ELOISA: Respetable público, les ruego me sepan disculpar al no tener para el arte declamatorio, el talento desbordante de mi hermana Ana. (Se aclara la garganta y lee de manera burlona) “Querida hermanita Eloísa, te escribo... (Se enseria y continúa leyendo en silencio, para si)
ANA: ¡Lee para todos!
ELOISA: (Pausa. Se voltea, mira a Ana. Lee ahora sin ninguna intención de burla) Querida hermana Eloísa. Te escribo desde este aburrido internado. Aquí una se aburre muchísimo. Las monjas te ponen a coser o a cocinar... (Vuelve a hacer silencio y continúa leyendo para si)
ANA: ¡Lee la carta de Perla en voz alta, Eloisa!
SE ILUMINA EL GRAN ESPEJO Y VEMOS TRAS ÉL A PERLA, VESTIDA COMO SARAH BERNHARD EN “LA DAMA DE LAS CAMELIAS”

PERLA: Querida hermana Eloísa. Te escribo desde este insoportable internado. Aquí una se aburre muchísimo. Las monjas te ponen a coser, bordar, cocinar, a lavar o a limpiar las aulas. Si no estás en clases tienes que hacer todo eso. (PAUSA CORTA) Te confío un secreto. Me voy a fugar de aquí. Regresaré a casa para decirle a papá que quiero ser actriz. Sí, actriz, como la gran Sarah Bernhardt. ¿Te acuerdas cuando hizo Medea? ¿Te acuerdas? Tienes que acordarte porque yo te mostré los recortes de revistas donde aparecía Sarah Bernhardt como Medea. (RÍE) Después Jugamos a que yo era Medea. (ASOMBRADA) Leí, en un periódico que compré en la ciudad a escondidas de las monjas, leí que Sarah Bernhardt podía ganar hasta más de cuatrocientos mil bolívares en un año. Imagínate que yo gane ese montón de plata.



Lo puedo hacer. ¡Seré actriz! Seré una actriz tan famosa como sarah Bernhardt y cuando lo sea, dejaremos para siempre a papá y nos iremos a viajar por el mundo. Sí, por todo el mundo donde voy a actuar. Imagínate, ¿quién quita que Sarah Bernhardt y yo nos presentemos juntas en París? Nos iremos Eloisa, nos iremos tú, mamá y, bueno, también Ana. Ella es buena, aunque no lo parezca, ella es buena. Nos iremos. Ya nunca más veremos a papá. Claro que de seguro cuando lea los periódicos y me vea triunfante, irá hasta donde estemos, pero yo le ordenaré a la gente del teatro que no lo deje pasar a mi camerino. Claro que si él necesita algún dinero, o está enfermo, pues yo lo ayudaré. Pero no quiero seguir viviendo con él. Papá nos humilla demasiado. No quiero que lo haga más. Espérame pronto, querida Eloisa, ya tengo todo planeado para mi fuga. Te quiere. Perla.
EL ESPEJO SE VUELVE A OSCURECER Y DEJAMOS DE VER A PERLA.

ELOÍSA SE SIENTA, ESTIRA LA CARTA EN SU REGAZO.
ANA SE LEVANTA Y VA HACIA EL ARMARIO, SACA UNA CAJA DE CIGARRILLOS Y OTRA DE FOSFOROS QUE MANTENÍA ESCONDIDA EN UN COMPARTIMIENTO SECRETO. SE DEVUELVE CON ELLOS HASTA ELOISA.

ANA LE OFRECE LA CAJA A ELOISA. ESTA TOMA UN CIGARRILLO. ANA SE LO ENCIENDE.
ELOISA: Gracias.
ANA REGRESA AL ARMARIO, ESCONDE LOS CIGARRILLOS Y LOS FOSFOROS EN EL COMPARTIMIENTO SECRETO., LUEGO, DE OTRO LUGAR, TOMA UN CENICERO. SE REGRESA CON EL MISMO, AGARRA, CON ASCO, LA COLILLA DE CIGARRILLO QUE HA PISADO ANTES Y LA ECHA EN ÉL. COLOCA EL CENICERO EN LA MESITA, CERCA DE ELOISA.

ANA VA Y SE SIENTA.

ELOISA FUMA , CORRECTÍSIMA, TIRA LAS CENIZAS EN EL CENICERO.
GRAN SILENCIO.
ANA: (Refiriéndose a la carta) ¿Me la devuelves?
ELOISA: (Apaga el cigarrillo en el cenicero. Dobla, cuidadosamente, sobre su falda, la carta) Estas cosas deberían acabarse.
ANA: Dame la carta, por favor.
ELOISA: ¿Y si la rompemos?
ANA: Me dolería.
ELOISA: ¿Mucho?
ANA: Más o menos.
PAUSA LARGA.
ELOISA: (Entregándole la carta) Tómala. Te lo prometí.
ANA TOMA LA CARTA Y LA GUARDA EN SU CAJA DE CARTÓN. LUEGO INTRODUCE LA CAJA EN EL BAÚL Y LO LLEVA A ESCONDER AL MISMO SITIO DE SIEMPRE.

ANA SE LEVANTA, OBSERVA LA SALA Y SUSPIRA PARA TOMAR NUEVOS BRIOS.
ANA: Ya pasó media mañana y todavía me falta arreglar un corotero.
ELOISA: (Ríe) ¡Corotero! ¿Pero de dónde desencarnas esas palabras?
ANA: Son palabras normales.
ELOISA: Normales hace cien años años. El otro día saliste con una que me dejó estupefacta. Déjame ver si me acuerdo... era... era... No me acuerdo. Déjame pensar. Yo salía a cobrar mi pensión, como siempre, y entonces tú me dijiste algo de un rosario con reré... roseta... rerota. ¿Un rosario con qué?
ANA: Así no fue. Hay que ver cómo cambias todo lo que yo digo. Yo, lo que te dije fue que si del dinero de la pensión te quedaba algún repele, me compraras un rosario.
ELOISA: ¡Repele! ¡Repele! Es que si publicas todas esas palabras, todas esas frases, tu libro tiene la venta asegurada y volveremos a hacer millonarias..
ANA: Gracias, que tu boca sea la medida. Así que cuando venda mi libro, cuando tenga mucho dinero, será que pueda comprarme un rosario porque tú, por lo que veo no piensas ni siquiera en...
ELOISA: Alejandro me habló que te tenía una sorpresa. Seguro que...
ANA: ¿Una sorpresa? ¡Sí!¡Seguro! Seguro que me va a regalar un rosario. El me oyó quejándome de que el mío estaba ya tan viejo que se le había quitado el olor a rosas.
ELOISA: El rosario de Elena.
ANA: ¡No! ¡Es mío! Ella misma me lo regaló.
ELOISA: ¿Antes de casarse o el mismo día?
ANA: Bueno... más o menos... no sé... no lo recuerdo... total, eso pasó hace tanto tiempo que ni recuerdo ya si fue antes o después. ¿Por qué habría de recordarlo? ¿Qué importancia tiene?
ELOISA: Es que eran muy buenas amigas.
ANA: (Comienza a barrer, compulsivamente) Sí... de la niñez... de la escuela... pero... una crece y una cambia y deja de verse y cada quien en sus cosas.
ELOISA: Los amigas, siempre son las amigas.
ANA: Pero una cambia, ya te dije... y más cuando una se casa.
ELOISA: Y mucho más cuando se tienen hijos. ¡Los hijos mantienen unido al matrimonio de las malas tentaciones!
ANA: Sí, así dice la Biblia.
ELOISA: ¿Y qué más dice tu Biblia sobre los hijos y las mujeres y las tentaciones y los pecados de la carne?
ANA: Muchas cosas, muchas cosas. Ahorita estoy muy ocupada, Eloisa, para ponerme a hablar sobre esos temas sagrados. Si quieres, hablamos cuando regreses. Déjame terminar de limpiar en paz.
ELOISA: Me enteré, que el marido de Elena es un borrachín.
ANA: (Pasándole la escoba por los pies a Eloísa, a propósito, para apartarla y hacer que salga de la casa) Ese es problema de ella y... y... además... una no tiene por qué estar metiendo las narices donde no la llaman.
ELOISA: Pero hay que enterarse de todo, es parte de la vida, y si a una le cuentan ¿qué va hacer!
ANA: No oír. No escuchar. Es lo mejor para evitar la tentación.

ELOISA: ¿Pero cómo no va a oír una? Hay que escuchar y más cuando le cuentan algo tan picante.


ANA: (Igual, barriendo y apartando a Eloisa) ¿Picante?
ELOISA: Sí, picante. Fíjate que el marido le pega a Elena porque ella no puede tener hijos varones y... ¿Sabes tú cuántas niñas tiene, una tras otra?
ANA: No sé, ni me interesa.
ELOISA: ¿Ni siquiera te lo imaginas?
ANA: No sé, no sé, me imagino que una chorrera.
ELOISA: ¡Chorrera! Ahora sí, Ana, ahora si vas directo a la Real Academia de la Lengua Española.
ANA: Eloisa, ahora tengo que pasar la cera para pulir el piso, así que es mejor que te vayas a cobrar tu pensión de una buena vez.
ELOISA: Tener un varón es lo más fácil del mundo, claro, tiene sus trucos. Por ejemplo. (Persigue a Ana y la acosa) Dime, ¿estás de mal o de buen humor?
ANA: ¡Ya deja el fastidio, por favor!
ELOISA: ¿Lo ves? Estás de mal humor, eso quiere decir que si estuvieras embarazada tendrías una niña.
ANA: ¡No seas necia, te digo! ¡Ya déjame en paz!
ELOISA: (De espaldas a Ana, sosteniéndola por la cintura) Te doy otro ejemplo, si una monedita resbala por tu espalda y cae de cara, nace un niño. Si cae del otro lado, parirás una niña.
ANA: (Se gira y enfrenta, amenazante con la escoba a Eloisa) ¿Pero es que estás dispuesta a fastidiarme todo el día?
ELOISA: (Le sostiene una parte de la escoba a Ana. Esta se niega a dejársela quitar y se aferra a la otra parte) ¡Y la horquilla del pollo! ¿Qué me dices de la horquilla de pollo? A mí no me falló, cuando tuve a Alejandro. (Empieza a forcejear con Ana por tener la escoba) Mira, agarras la horquilla de pollo, así, bien duro, igual que sostienes la escoba. Ahora jala, jala, intenta quitármela. (Ana lo hace, inútilmente) Así, muy bien. Ahora imaginemos que yo soy tu marido y tú eres mi mujer. Entonces tú jalas la horquilla de pollo por un lado y yo por el otro. (Forcejean por la escoba) Ajá, así, muy bien, lo estás haciendo muy bien Ana. Ahora, si la parte más larga queda en la mano de tu esposo, nacerá un niño. Si la parte más chiquita de la horquilla de pollo te toca a ti, tendrás una niña. ¡Es facilísimo! (Eloisa jala con fuerza y le arrebata la escoba a Ana) Te jodiste, tendrás una niña.
ANA: ¡Grosera! ¡Grosera! ¡Mal hablada! ¡Ya me tienes harta con tus estupideces!
ELOISA: ¿Estupide...
ANA: Sí, estupideces, no es otra cosa, todo el santo día has estado hablando pazjuatadas.
ELOISA: ¡Pazjuatadas! ¡Qué maravilla! ¡Otra de tus palabras antañonas! ¡Tú libro será todo un best sellers! ¡El Nóbel, Ana, quién quita que te nominen al Nóbel por lo menos!
ANA: Pazjuatadas, tonterías, sandeces, eso es lo hablas.
ELOISA: ¡Ajá! ¡Te descubrí! ¿Qué escondes en la mano?
ANA: (Se mira rápidamente la mano izquierda) ¿Qué? Nada.
ELOISA: ¿Lo vez? ¿Lo vez? A las pruebas me remito. Ese es otro ejemplo. Te miraste la mano izquierda. Ya es indudable, tendrás una niña.
ANA: (Intenta salir de la sala para huir hacia su cuarto) No te soporto más.

ELOISA: (La persigue y le cierra el pasó) Pero lo más efectivo para tener un niño, lo mejor y lo más sabroso y que te lo recomiendo abiertamente y por experiencia, es acoplarse con fuerza en el período de luna creciente. (Hace un gesto largo y lujurioso y grotescamente sexual frente a Ana) Así, así, así.


ANA: (Horrorizada, levanta la mano para abofetearla pero da un traspiés y se sostiene adolorida la cadera) Ay, ay.
ELOISA: (Ayudándola. Preocupada). ¿Qué te sucede?
ANA: (Intensamente adolorida) Es la espalda, otra vez.
ELOISA: Eso te pasa por porfiada. No tomas los remedios que te mandó el médico.
ANA: Asco, saben horrible.
ELOISA: Tampoco te has hecho la cura que te dije.
ANA: Porque es ridícula.
ELOISA: Pero efectiva. Ven. (La sienta en la silla sin brazos y le quita un zapato

)

ANA: Devuélveme mi zapato. No quiero, no quiero.


ELOISA: Es una cura egipcia, muy antigua y efectiva. (Va con el zapato hacia el armario, saca un serrucho y corta el tacón del zapato)
ANA: Ay, no, no, no cortes mi zapato. No lo voy a usar así. Prefiero morirme del dolor antes de hacer el papel de loca.
ELOISA: Ninguna loca. Fíjate que Cleopatra, que tenía tu mismo problema, se hacía esta cura.
ANA: Es un invento tuyo.

ELOISA: No señora, es algo científico, fíjate que hasta el médico lo recomendó.


ANA: No oí nunca que hubiera dicho eso.
ELOISA: (Termina de cortar el tacón del zapato) Yo sí, muy claramente.
ANA: Mentirosa.
ELOISA: Sí, señorita. El fue enfático, Aparte de los jarabes dijo que para esa desviación de la columna, lo mejor era que usaras un tacón sí y otro no.
ANA: No, no, yo nunca oí eso. El habló de zapatos ortopédicos, de unos especiales, de un zapato con unos centímetros más alto que el otro y hasta te dio la receta para que me los mandarás hacer.
ELOISA: Ah, porque los médicos ahora son todos unos comerciantes. Ya tú vas a ver que esto es lo mismo y nos ahorramos un dinero que nos hace falta para otras cosas.
ANA: Para tus apuestas, por ejemplo.
ELOISA: Dame el pie.
ANA: No quiero y no quiero.
ELOISA: (LE COLOCA A ANA, A LA FUERZA, EL ZAPATO CON EL TACÓN RECORTADO) Es por tu bien. Ajá, así, ya está. Ahora levántate y camina un poco para ver cómo te sientes.
ANA: No voy a dar ni un solo paso con estos bichos.
ELOISA: Pero si es por tu bien. Mira, si quieres yo recorto el mío y caminamos las dos para que no te sientas tan sola y hasta podemos formar un dúo y bailar y cantar en algún bar. (Como un presentador) “Damas y Caballeros, con ustedes, el dúo Las Cojas”
ANA: No te burles.

ELOISA: Bueno, camina, un poquitico.


ANA: No. Nunca. No lo voy a hacer.
ELOISA: Allá tú, pero te digo, no me pidas después que deje de fumar.
ANA: Más tarde lo hago.
ELOISA: No, ahora.
ANA: No, no, cuando esté sola lo hago, te lo prometo.
ANA HACE EL GESTO GROTESCO Y SOLEMNE DE PROMESA CONVENIDO POR ELLAS.

ELOISA LE RESPONDE CON EL MISMO GESTO.
ELOISA: Ya sabes, lo prometiste y eso es sagrado.
ANA: (Aliviada y quitándose ambos zapatos) Sí, sí, está bien, pero ahora vete que estoy atrasada.

ELOISA: También puedes hacer lo siguiente. Caminas quince minutos con los zapatos y quince minutos descalza.


ANA: No he hecho nada hoy. Ni siquiera el almuerzo. De repente se aparece tu esposo y aquí no hay ni café. No puedo estar pendiente cada quince minutos de quitarme y ponerme los zapatos.
ELOISA: Tengo una idea mejor. Mientras vas haciendo los oficios de la casa, vas contando hasta con los zapatos puestos y luego mil cuando estés descalza, para descansar.
ANA: Mil.
ELOISA: Sí.
ANA: ¿Para descansar?
ELOISA: Sí.

ANA: Muy divertido. Tengo otra idea mejor.


ELOISA: ¿Sí? ¿Cuál?
ANA: Acaba de irte.
ELOISA: Bueno, está bien, ya me voy, pero acuérdate de lo prometido, te colocas los zapatos.
ANA: ¿Puedo pedirte algo?
ELOISA: (Ya para salir, al pie de la puerta) Por supuesto.
ANA: Compra unas flores y se las colocas a papa.
ELOISA: Mamá también está muerta.
ANA: Pero es que de la tumba de papá nunca te acuerdas.
ELOISA: Eso te lo dejo a ti, que eras su consentida.
ANA: No era su consentida, lo que pasa es que él se sentía muy solo. Hablaba conmigo porque se sentía solo.
ELOISA: Después de pegarle a mamá.
ANA: Eso ya pasó. Están muertos.
ELOISA: Yo no.
ANA: No es de cristianos odiar.
ELOISA: Soy atea pornográfica, tú misma lo dijiste.
ANA: Estaba disgustada, no lo dije en serio. (Pausa corta) Sufría. Él sufría mucho y más en las noches. ¿Te acuerdas que yo o mamá debíamos dormir cerca de su cama?
ELOISA: Perfectamente.
ANA: ¿Sabes por qué era?
ELOISA: No, ni me interesa. Adiós, se me hace tarde.
ANA: Era por un sueño.
ELOISA: Cuéntamelo. Tal vez lo juegue.
ANA: Papá siempre soñó que entraba a una casa que le era conocida. La casa no tenía muebles, solamente habitaciones cuadradas, vacías, blancas, sin ventanas. Pero papá estaba seguro que en esa casa vivía alguien. Que ahí vivían muchas personas conocidas, como de la familia.
ELOISA: ¡Familia!
ANA: Recorría LAS habitaciones y no encontraba a nadie. Quería salir y no encontraba la salida, Corría por esa casa, desesperado, mudo, tratando de gritar y no podía. Corría por esa casa subiendo y bajando escaleras que conducían a otras habitaciones blancas, vacías. El decía que era como una casa ciega, sin ojos.
ELOISA: ¡Viejo loco!
ANA: Pero cuando ya sentía que se ahogaba, que no podía respirar, se acordaba que estaba en un sueño. Que era otra vez el mismo sueño que siempre tuvo de niño y que debía que despertarse, a juro. Tenía que despertarse porque sino se iba a quedar en esa casa perdido para siempre. Entonces se detenía en medio de una de las habitaciones y con todas las fuerzas se quejaba. Pero sólo le salía un quejido muy finito, que nadie oía y tenía las manos paralizadas y las trataba de mover, pero solamente el dedo meñique le comenzaba a temblar. Mi mamá o yo teníamos que estar a su lado mientras dormía y estar pendiente, siempre mirándole el meñique. Cuando veíamos que el meñique se le movía un poquitico, enseguida mamá o yo sabíamos que estaba soñando otra vez con esa casa, que estaba ahí perdido. Inmediatamente le movíamos la cabeza de lado a lado y él se despertaba casi sin poder respirar y nos miraba, nos miraba agradecido, nos miraba como bueno. (Pausa Corta) Él nos contó que la casa era siempre la misma, sólo que en cada sueño se hacía cada vez más grandes, con más cuartos vacíos.
ELOISA: Tendré que buscar ese sueño en el libro de San Cono, para saber que número le toca. Puede ser que el maldito viejo después de arruinarse nos dejara como herencia un sueño y volvamos a hacernos millonaria.
ANA: A Perla, a Perla, aunque era nuestra hermana mayor, no quiso que le vigilara el sueño porque descubrió que ella nunca lo despertaba de su pesadilla. Desde ese día fue que empezó a tratarla mal, a no hablarle. Por eso fue que también la mandó fuera del país, a ese internado de señoritas. No, Perla nunca lo llamó.
ELOISA: Y cuando se despertaba de su pesadilla de borracho, le pegaba y le pegaba con su correota, sin misericordia, hasta levantarle el pellejo.
ANA: ¡Tenía miedo!
ELOISA: Con esas borracheras en las que llegaba cayéndose, cómo no iba a tener miedo de morirse.
ANA: Estás equivocada, lo de las borracheras fue después de lo que hizo Perla.
ELOISA: Aún lo defiendes.
ANA: Siempre.
ELOISA: Eres una buena cristiana.
ANA: Espera, no te vayas, escúchame.
ELOISA: ¿Aún hay más?
ANA: La última vez se levantó contento. Yo creí que no había soñado con la casa, pero no, no era así. Me dijo: “Por fin alguien me abrió la puerta de esa casa grande. No pude verle la cara, pero yo sé que es de la familia”. (Pausa Corta) Esa misma noche murió, dormido, en su cama. Yo no lo vi. mover el dedo. Murió, sereno, tranquilo y... y parecía feliz.
ELOISA: Tenía que estarlo porque esa noche llegó más borracho que nunca, nos golpeó a ti, a mi mamá, a mí, luego se atragantó de comida, se acostó y murió. Cuenta la historia completa. En la mañana nadie aguantaba su olor.
ANA: Por Dios, Eloísa.
ELOISA: Esa casa era el infierno, ahí debes estar junto con sus amigos, los otros borrachos. Papá tenía el alma podrida.
ANA: ¡Respeta!
ELOISA: Te voy a contar algo de lo que siempre me acuerdo. Cuando a mamá la hospitalizaron, por su culpa.
ANA: ¡Estaba enferma de unos puyasos que sentía en la cara!
ELOISA: ¡Porque él la mortificaba!
ANA: ¡No es verdad! Los doctores dijeron que eran los nervios.
ELOISA: Nervios de su marido. Nervios de él, de ese viejo inmundo que la maltrataba, que la llamaba vaca paridora de vacas. “¡Ven, vaca, ven a la cama y abre las patas, vamos a ver si esta vez te nace un becerro!” Eso le gritaba.

ANA: No te voy a oír. (Se tapa los oídos y canturrea como una niña que no quiere escuchar) Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.


ELOISA: No importa, hablaré para mí. Me contaré cómo nos paraba en ese rincón de la sala y él bebía con sus amigos, mientras mi mamá estaba en el hospital. En ese maldito hospital donde nunca nos dejaron subir a verla.
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.

ELOISA: Me seguiré contando una y otra vez cómo él junto con sus amigos se reían a carcajadas, cuando arrugábamos la cara al tragar ron. Sí, ¡ron!


ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: ¡Ron! ¡Ron! ¡Ron! Nos tapaba la nariz y nos empinaba la botella de ron en la boca. ¡Y él festejaba! ¡Él reía con sus amigos cuando corríamos al baño a vomitar!
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: Y en el baño nos escondíamos, las dos, abrazadas, llorando. ¿No te acuerdas de eso? Hasta que a algunos de sus amigos se les antojaba orinar y lo hacía, ahí, delante de nosotras mientras nos miraba, babeante.
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: Y luego llegaba él y nos arrastraba, cayéndose de la borrachera, nos arrastraba hasta la sala y arrimaba a patadas esos muebles y te ponía adelante y a mí atrás de ti y yo tenía que ponerte la mano en el hombro
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: Y nos hacía marchar en círculos, con la correota en la mano porque estábamos castigadas por estar en el baño de los hombres mirando lo que no se debía. Castigadas por... por... “Putas desde chiquita” “Putas, todas son putas desde niña” ¿No te acuerdas de eso, Ana?
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: Y entonces, él y sus amigos coreaban mientras nosotras marchábamos por la habitación. Coreaban: “Tua Tua

Tua La Pava, Tua Tua, Tua El Pavito”


ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: “Tua Tua Tua, La Pava. Tua Tua Tua, El Pavito”
ANA: Lero, lero, lerito, lero, lero, lerito, no te escucho nada, no te escucho nada, lero, lero, lerito.
ELOISA: Y yo no quise cantar más. No quise marchar más. Y me puse a llorar y mi papá me sacó ahí afuera, a la calle, me llevó hasta la esquina y ahí me dejó.
ANA: El fue a buscarte.
ELOISA: Al otro día.
ANA: Pero te buscó y tú no estabas ya ahí, sino que te encontró como veinte cuadras más abajo, en la plaza, dormida. Claro que me acuerdo, yo lo acompañé, él estaba desesperado y cuando te encontró te abrazó.
ELOISA: ¡Llorando de arrepentimiento!
ANA: Debes aprender a perdonar.
ELOISA: No tengo nada que perdonar.
ANA: Dios quiera que sea así.
ELOISA: Bienaventurados los que sufren porque...
ANA: ... ellos serán consolados.
ELOISA: (Aplaudiendo) Muy bien... muy bien, niña, tienes veinte puntos en religión.
ANA: Lo dice la Biblia.
ELOISA: Pero no dice que cuando nos tocó a nosotras, cuando esperábamos que nos consolaran, nadie apareció.
ANA: Eso es el pasado. Ahora tienes un esposo que te adora, un hijo que te idolatra. Hay un tiempo para todo.
ELOISA: No. Antes sí. Ahora no tenemos tiempo.
PAUSA
ANA: (Como si nada hubiese ocurrido) Perla debe llegar de un momento a otro.
ELOISA: (Igual que Ana, como si nada hubiese ocurrido) Debes darte prisa.
ANA: (Barriendo compulsiva) Media mañana... media mañana perdida.
ELOISA: Media mañana. (Abre la puerta de la calle)
ANA: ¡Eloísa!
ELOISA: Ya sé.
ANA: ¡Rosas rojas para mamá! ¿Y?
ELOISA: ¡Rosas blancas para papá!
ELOISA SALE CERRANDO LA PUERTA TRAS DE SI.

ANA, ESCOBA EN MANO, SE ACERCA A LA PUERTA DE LA CALLE, LA ENTREABRE, SE CERCIORA QUE ELOISA SE HA IDO. CIERRA LA PUERTA Y CORRE, SIN SOLTAR LA ESCOBA, HACIA DONDE ESTÁN SUS ZAPATOS.
ANA SE CALZA EL ZAPATO QUE ESTÁ BIEN Y EL OTRO QUE ELOISA LE HA MOCHADO EL TACÓN.

SE PONE DE PIE.

BARRE Y CAMINA COJEANDO MIENTRAS RECITA, FELIZ, Y EXAGERADAMENTE.
ANA: ¡Ay! padre, amigos, madre,

Y hermanos ¡ay! testigos

de la florida, rápida, pasada juventud

MIENTRAS ANA RECITA COJEANDO, CAE TELÓN LENTO.

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