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Textos para el primer examen mercedes Suárez y Mercedes Pico de Coaña: misiones guaraníes


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TEXTOS PARA EL PRIMER EXAMEN


Mercedes Suárez y Mercedes Pico de Coaña:

MISIONES GUARANÍES (Editorial S. M., pp. 9 a 12.)
En la antigua región de Misiones, en territorios que hoy pertenecen a Paraguay, Brasil y Argentina, se desarrolló un fenómeno sociológico admirable: sin renunciar a los rasgos fundamentales de su propia cultura, el pueblo guaraní asimiló en poco tiempo lo mejor de la civilización occidental. En 1608 los monarcas españoles enviaron a la zona a un grupo selecto de jesuitas para que evangelizaran a sus habitantes, y les encargaron la gobernación de la provincia.

Los jesuitas basaron su labor en el respeto hacia las personas e instituciones locales y llegaron a crear poblados modélicos en valores humanos y religiosos.

Los nativos eran sensibles, trabajadores y disciplinados. Supieron conjugar las enseñanzas de los religiosos y sus propias experiencias. Conservaron su organización interna y nunca confiaron el gobierno civil a los extranjeros. Aunque no renunciaron a su lengua, pronto aprendieron español y llegaron a publicar diccionarios bilingües. Tuvieron imprentas mucho antes que otras grandes ciudades americanas, y publicaron valiosas obras en ambas lenguas.

Originalmente eran tribus nómadas; huían de los mercaderes de esclavos y, protegidos por los jesuitas, se instalaron en Misiones. Tras obtener piedra de las canteras y elaborar ladrillos en pequeñas factorías, construyeron ciudades de sólidas formas arquitectónicas. En ellas se asentaron más de cien mil aborígenes que pronto empezaron a destacar en la industria, en la agricultura y en las artes.

Mejoraron la producción ganadera y aprendieron nuevas formas de cultivar la tierra. En el terreno industrial desarrollaron pequeñas empresas textiles y modernas fundiciones de metales. Fabricaron cañones para defenderse de los asaltos de otros pueblos y construyeron barcos que posibilitaban la industria y el comercio.

Pero donde alcanzaron niveles más espectaculares fue en el campo científico y artístico. Los guaraníes son famosos por sus estudios astronómicos y matemáticos, y sus artesanos, pacientes y habilidosos, nos han legado magníficas obras de arte. Pintores, escultores y doradores trabajaban con mucho esmero y grandes dosis de imaginación.



Contaron incluso con fábricas de instrumentos musicales, y los religiosos escribían a España admirados por su capacidad y buen gusto para interpretar música autóctona y europea. Cada pueblo tenía su propia biblioteca a la que llegaban los indígenas a aprender y a disfrutar de la lectura. En San Ignacio Miní funcionó uno de los primeros conservatorios del continente, donde se llegaron a ejecutar óperas en ocasiones solemnes.

Tenían su propio sistema judicial; sin embargo no hubo excesivos conflictos pues los guaraníes supieron armonizar sus antiguos principios sobre la propiedad privada con las enseñanzas del Evangelio. Cada familia tenía asignada una pequeña parcela para cultivos destinados a su propio consumo y todos contribuían a la agricultura e industria comunales. Además de La Casa de los Desamparados —que acogía a huérfanos y viudas— los colegios, hospitales y templos eran cargas comunitarias.

Desgraciadamente, el rey Carlos III expulsó a los jesuitas de España y sus colonias. Los religiosos se vieron obligados a abandonar Misiones ciento sesenta años después de su llegada. Pronto llegaron otros misioneros y autoridades civiles que tardaron en sintonizar con los guaraníes. Los pueblos y sus instituciones empezaron a desintegrarse y los indígenas huyeron a la selva. Algunos fueron apresados por mercaderes de esclavos y otros sucumbieron a epidemias y calamidades. La minoría restante vive escondida en los bosques paraguayos.

Abandonadas también quedan las ruinas de sus ciudades. En medio de la selva permanecen, bellas y nostálgicas, las torres de las iglesias, los patios de los colegios y los muros de las casas. Pero cuidadosamente guardados quedan en los museos excelentes pinturas y esculturas, flautas y pergaminos que demuestran la calidad de las obras de arte de estos pueblos.



¡Lástima que una decisión política arbitraria frustrara la culminación de una experiencia que todavía hoy sigue asombrando al mundo!

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HISTORIA DE UNA ESCALERA (fragmento)

BUERO BALLEJO
[Fin del primer acto]
FERNANDO (Abrazándola por el talle). - Carmina, desde mañana voy a trabajar de firme por ti. Quiero salir de esta pobreza, de este sucio ambiente. Salir y sacarte a ti. Dejar para siempre los chismorreos, las broncas entre vecinos... Acabar con la angustia del dinero escaso, de los favores que abochornan como una bofetada, de los padres que nos abruman con su torpeza y su cariño servil, irracional.
CARMINA - ¡Fernando!
FERNANDO. - Sí. Acabar con todo esto. ¡Ayúdame tú! Escucha: voy a estudiar mucho, ¿sabes? Mucho. Primero me haré delineante. ¡Eso es fácil! En un año... Como para entonces ya ganaré bastante, estudiaré para aparejador. Tres años. ¡Dentro de cuatro años seré un aparejador solicitado por todos los arquitectos! Ganaré mucho dinero. Por entonces tú serás ya mi mujercita, y viviremos en otro barrio, en un pisito limpio y tranquilo. Yo seguiré estudiando. ¿Quién sabe? Puede que para entonces me haga ingeniero. Y como una cosa no es incompatible con la otra, publicaré un libro de poesías, un libro que tendrá mucho éxito...
CARMINA (Que le ha escuchado extasiada). - ¡Qué felices seremos!
FERNANDO. - ¡Carmina!
(Se inclina para besarla y da un golpe con el pie a la lechera, que se derrama estrepitosamente. Temblorosos, se levantan los dos y miran asombrados la gran mancha blanca en el suelo. )
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[Fin del tercer acto]
[Al cabo de los años, los personajes de la siguiente escena repiten la historia de los padres de Carmina, hija de quienes dialogan en la anterior.]
FERNANDO, HIJO. - Tenemos que ser más fuertes que nuestros padres. Ellos se han dejado vencer por la vida. Han pasado treinta años subiendo y bajando esta escalera... Haciéndose cada día más mezquinos y más vulgares. Pero nosotros no nos dejaremos vencer por este ambiente. ¡No! Porque nos marcharemos de aquí. Nos apoyaremos el uno en el otro. Me ayudarás a subir, a dejar para siempre esta casa miserable, estas broncas constantes, estas estrecheces. Me ayudarás, ¿verdad? Dime que sí, por favor. ¡Dímelo!
CARMINA, HIJA. - Te necesito, Fernando. ¡No me dejes!
(Carmina, la madre, sale de su casa con expresión inquieta y los divisa, entre disgustada y angustiada. Ellos no se dan cuenta.)
FERNANDO, HIJO. - Saldré de aquí. Dejaré a mis padres. No los quiero. Y te salvaré a ti. Vendrás conmigo. Abandonaremos este nido de rencores y de brutalidad.
CARMINA, HIJA. - ¡Fernando!
(Fernando, el padre, que sube la escalera, se detiene, estupefacto, al entrar en escena.)
FERNANDO, HIJO. - Sí, Carmina. Aquí sólo hay brutalidad e incomprensión para nosotros. Escúchame. Si tu cariño no me falta, emprenderé muchas cosas. Primero me haré aparejador. ¡No es difícil! En unos años me haré un buen aparejador. Ganaré mucho dinero y me solicitarán todas las empresas constructoras. Para entonces ya estaremos casados... Tendremos nuestro hogar, alegre y limpio..., lejos de aquí. Pero no dejaré de estudiar por eso. ¡no, no, Carmina! Entonces me haré ingeniero. Seré el mejor ingeniero del país y tú serás mi adorada mujercita...
CARMINA, HIJA. - ¡Fernando! ¡Qué felicidad! ... ¡Qué felicidad!
FERNANDO, HIJO. - ¡Carmina!

(Se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran y vuelven a observarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas. de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)



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LA BARCA DE ORO

LEÓN FELIPE
El gran poeta español León Felipe, muerto en Méjico, es autor de un conjunto de obritas teatrales cortas, reunidas bajo el título de El juglarón. He aquí una de dichas obras, cuyo comienzo está abreviado.

Un MENDIGO, que iba tocando un violín, cae desmayado en una joyería de Méjico. El joyero lo atiende y lo, deja reposar en un asiento. El violín queda sobre el mostrador. Entra un CABALLERO a hacer un encargo, y se da cuenta de que aquel violín vale una fortuna, pues procede de los Stradivarius, grandes constructores de violines y violas del siglo XVII. Aquel violín valdrá lo menos 200.000 dólares (unos doce millones de pesetas), y el pobre mendigo lo ignora. El CABALLERO dice al joyero MANUEL que él le pagará 20.000 dólares por el violín si consigue comprárselo al MENDIGO. El joyero ve que se trata de un gran negocio, y decide engañar al pordiosero.

MANUEL.- Pues mire usted... No suena mal este violín. No sé si son las manos o la calidad del instrumento. Antes, oyéndole tocar a usted La barca de oro, se me saltaron las lágrimas.
MENDIGO.- Es usted un joyero sentimental; cosa rara, porque los joyeros tienen duro el corazón como un diamante.
MANUEL.- El mío no es tan duro... y quisiera ayudarle. Una limosna de centavos no le sacaría a usted de pobre. Pero... Ie compro a usted el violín.
MENDIGO.- Tampoco la venta de este instrumento degollaría mi pobreza. Ya una vez me ofrecieron por él setenta pesos. Era una buena oferta, teniendo en cuenta que costó doce pesos; pero no era buen negocio. Yo no soy un gran músico, pero, con tres cancioncillas que he aprendido, sostengo a una nieta inválida y a mi pobre mujer que está llena de achaques. Hay días en que gano hasta veinte, pesos. Los sábados suelo llegar a treinta. Este violín es una finca a la que yo le saco buen rendimiento.
MANUEL .- Pero si yo le doy setecientos pesos, por ejemplo, usted se compra otro violín que no le costará arriba de setenta.
MENDIGO.- Pero si yo no sé tocar más que en este violín. Ya he hecho la prueba. En él aprendí, y en él he ido dejando mis tristezas: Llora como mi nieta y mi mujer. No lo vendería por todo el oro del mundo. Sería como si vendiese a un hijo.., Usted no entiende de estas cosas.
MANUEL .- Sí entiendo. Yo soy más artista que joyero. Soy también músico... Adoro los clásicos. Y este violín tiene un no sé qué... Ahora, mientras usted reposaba, mirándolo me he sentido cautivado, embrujado por esas dos eses que hay bajo las cuerdas, y que me parecen dos interrogaciones cargadas de misterio.
MENDIGO.- Algo debe tener, sin duda, cuando usted lo codicia. No parece usted buen comerciante.
MANUEL.- ¿Cómo?
MENDIGO.- Buen comprador, quiero decir. El comprador nunca alaba la mercancía que desea.
MANUEL.- Esto no es un negocio... Es un traspaso espiritual. Yo sé que no se vende a un niño, pero en mis manos no será un esclavo, sino una joya más. Véndamelo... Con lágrimas se lo imploro.
[En esta discusión, el joyero llega a ofrecerle diez mil pesos, cantidad insignificante comparada con los 20.000 dólares que le dará el caballero por él]
MENDIGO.- Diez mil ya es una cifra... Con diez mil... podría realizar ciertos proyectos... Con diez mil... podría yo...
MANUEL.- No cavile más. Diez mil... y trato hecho.
(Va a la caja, la abre, saca el dinero y vuelve al mostrador)

Aquí tiene: diez billetes de a mil.



(El MENDIGO los toma y se los guarda).

MANUEL.- El violín es mío. Venga acá.


MENDIGO.- Déjeme usted despedirme de éI. (Toma el violín, toca la primera parte de La barca de oro y canta estos versos)
Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme...

Adiós, mi bien,

adiós para siempre adiós.


(Se enternece, llora y besa el violín)
MANUEL.- Bueno, bueno. Ya está bien. El violín es mío. Vaya usted con Dios.
(El MENDIGO abre la puerta y sale. Cuando se cree a salvo de la vista del joyero, se quita los lentes negros y sonríe. Avanza hacia la calle, y a los pocos pasos se encuentra con el CABALLERO elegante. Lo toma del brazo y siguen cantando).
CABALLERO.- ¿Cuánto?
MENDIGO.-Diez mil.
(El CABALLERO extiende la mano, recibe su parte, se la guarda y se alejan silbando la música correspondiente a los versos de La barca de oro que había cantado el ciego al despedirse de su violín. El joyero sale a la puerta con el violín en la mano, y viendo al CABALLERO con el MENDIGO, comienza a sospechar que ha sido objeto de un timo)
MANUEL.-Gendarme... ¡Gendarme! ... ¡Me han robado! ... ¡Gendarme!
JUGLARÓN .

(Saliendo de la sombra)

Manuel, Manuel, Manuel,

cállate, Manuel;

No llames al gendarme

ni acudas ante el juez...

Porque en esta aventura de rateros,



tú eres el más ratero de los tres.

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LA COLMENA (fragmento)

CAMILO JOSÉ CELA (Premio Nobel de literatura)
Acodados sobre el viejo, sobre el costroso mármol de los veladores, los clientes ven pasar a la dueña, casi sin mirarla ya, mientras piensan, vagamente, en ese mundo que, ¡ay!, no fue lo que pudo haber sido, en ese mundo en el que todo ha ido fallando poco a poco, sin que nadie se lo explique, a lo mejor por una minucia insignificante. Muchos de los mármoles de los veladores han sido antes lápidas en las Sacramentales; en algunos, que todavía guardan las letras, un ciego podría leer, pasando las yemas de los dedos por debajo de la mesa: «Aquí yacen los restos mortales de la señorita Esperanza Redondo, muerta en la flor de la juventud», o bien «R.I.P. El Excmo. Sr. D. Ramiro López Puente. Subsecretario de Fomento».
Los clientes de los Cafés son gentes que creen que las cosas pasan porque sí, que no merece la pena poner remedio a nada. En el de doña Rosa, todos fuman y los más meditan, a solas, sobre las pobres, amables, entrañables cosas que les llenan o les vacían la vida entera. Hay quien pone al silencio un ademán soñador, de imprecisa recordación, y hay también quien hace memoria con la cara absorta y en la cara pintado el gesto de la bestia ruin, de la amorosa, suplicante bestia cansada: la mano sujetando la frente y el mirar lleno de amargura como un mar encalmado.
Hay tardes en que la conversación muere de mesa en mesa, una conversación sobre gatas paridas, o sobre el suministro, o sobre aquel niño muerto que alguien no recuerda, sobre aquel niño muerto que, ¿no se acuerda usted?, tenía el pelito rubio, era muy mono y más bien delgadito, llevaba siempre un jersey de punto color beige y debía andar por los cinco años.
En estas tardes, el corazón del Café late como el de un enfermo, sin compás, y el aire se hace como más espeso, más gris, aunque de cuando en cuando lo cruce, como un relámpago, un aliento más tibio que no se sabe de dónde viene, un aliento Ileno de esperanza que abre, por unos segundos, un agujerito en cada espíritu.

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LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

JORGE LUÍS BORGES
Jorge Luís Borges nació em Buenos Aires em 1899. Escribió poesía, ensayos, cuentos. Su prosa ágil, brillante, creadora, se corresponde con su deslumbrante fantasía. Es considerado como un maestro. Destacan obras como, El Aleph (a la que pertenece este texto), Cuentos breves y extraordinarios.
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían.
Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.
Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de fa tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día.
Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey.
Lo amarró encima de un camello veloz y lo Ilevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo:
« ¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso».
Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed.
La gloria sea con Aquel que no muere.



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SONATA DE OTOÑO

VALLE-INCLÁN
Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirlos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada. El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor.

Bajo la fronda de aquel laberinto, sobre las terrazas y en los salones, habían florecido las risas y los madrigales, cuando las manos blancas que en los viejos retratos sostienen apenas los pañolitos de encaje, iban deshojando las margaritas que guardan el cándido secreto de los corazones. ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche.



Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la hierba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas [...]
Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono.

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EL SÍ DE LAS NIÑAS

LEANDRO FERNANDEZ DE MORATÍN
[Fragmentos el Acto III]
[El cincuentón DON DlEGO dialoga con su prometida, la joven DOÑA PAQUITA (o doña Francisca), tras enterarse de que está enamorada de DON CARLOS.]
DON DIEGO. - Hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.
DOÑA FRANCISCA. -Y daré gusto a mi madre.
DON DIEGO. -Y vivirá usted infeliz.
DOÑA FRANCISCA. - Ya lo sé.
DON DIEGO. - Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.
DOÑA FRANCISCA. - Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da...
[DON DIEGO comunica a DOÑA IRENE, madre de PAQUlTA, lo que acaba de saber.]
DOÑA IRENE. - ¿Hay alguna novedad?
DON DIEGO. - Sí, no deja de haber novedades. [...] Hace ya cosa de un año, poco más o menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia. Y, por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuido eficazmente a hacerla mayor. En este supuesto...
DOÑA IRENE. - Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?
DON DIEGO. - Volvemos otra vez a lo mismo... No señora; no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.
DOÑA IRENE. - ¡Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad! ¡Conque la hija de mis entrañas, encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... ¡Pues bonita es ella para haber disimulado a su sobrina el menor desliz!
DON DIEGO. - Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión y la Soledad, y la Candelaria y todas las madres, y usted, y yo él primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija. [...]
[Entra DOÑA PAQUlTA]
DOÑA IRENE. - ¡Con que hay eso!
DOÑA FRANCISCA. - ¡Triste de mí!
DOÑA IRENE. - ¿Con que es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí. [...]
[Sale DON CARLOS del cuarto precipitadamente; coge de un brazo a DOÑA FRANCISCA, se la lleva hacia el fondo del teatro, y se pone delante de ella para defenderla. DOÑA IRENE se asusta y se retira]
DON CARLOS. - Eso no.... Delante de mí nadie ha de ofenderla.
DOÑA FRANCISCA. - ¡Carlos!
DON CARLOS (acercándose a DON DIEGO). - Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido contener.
DOÑA IRENE. - ¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué escándalo!
DON DIEGO. - Aquí no hay escándalos... Ése es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos, viene a ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza a tu mujer.
[DON CARLOS va a donde está DOÑA FRANCISCA, se abrazan y ambos se arrodillan a los pies de DON DIEGO.]
DOÑA IRENE. - ¿Con que su sobrino de usted?
DON DIEGO. - Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?
DOÑA FRANCISCA. - ¿Con que usted nos perdona y nos hace felices?
DON DIEGO. - Sí, prendas de mi alma... Sí.
(Los hace levantar con expresiones de ternura)
DOÑA IRENE. - ¿Y es posible que usted se determine a hacer un sacrificio?...
DON DIEGO. - Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita!... ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
DON CARLOS (besándole las manos). - Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar a consolar a usted en tanta pérdida...
DOÑA IRENE. - ¡Con que el bueno de don Carlos! Vaya que...
DON DIEGO. - Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

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Caperucita Roja Charles Perrault

   Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.



Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.

Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...

De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita- le dijo Caperucita.

- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.



Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles. Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes! -



Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! - Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para... ¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.



Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.

El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas! Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar.

Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.

FIN


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El puñal

Jorge Luis Borges

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César.

Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.



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El centenario

Augusto Monterroso
..lo que me recuerda - dije yo - la historia del malogrado sueco Orest Hanson, el hombre más alto del mundo (en sus días. Hoy la marca que impuso se ve abatida con frecuencia). En 1892 realizó una meritoria gira por Europa exhibiendo su estatura de dos metros cuarenta y siete centímetros. Los periodistas, con la imaginación que los distingue, lo llamaban el hombre jirafa.

Imaginen. Como la debilidad de sus articulaciones no le permitía hacer casi ningún esfuerzo, para alimentarlo era preciso que algún familiar suyo se encaramara en las ramas de un árbol a ponerle en la boca bolitas especiales de carne molida, y pequeños trozos de azúcar de remolacha, como postre. Otros parientes le ataban las cintas de los zapatos. Otro más vivía siempre atento a la hora en que Orest necesitaba recoger del suelo algún objeto que por descuido, o por su peculiar torpeza, se le escapara de las manos. Orest atisbaba las nubes y se dejaba servir. En verdad, su reino no era de este mundo, y se podía adivinar en sus ojos tristes y lejanos una persistente nostalgia por las cosas terrenales. En el fondo de su corazón sentía especial envidia por los enanos, y se soñaba siempre tratando, sin éxito, de alcanzar los aldabones de las puertas y echando a correr, como en las tardes de su niñez.

Su fragilidad llegaba a extremos increíbles. Mientras iba de paseo por las calles cada paso suyo hacía temer, aun a los transeúntes escandinavos, un aparatoso desplome. Con el tiempo sus padres dieron muestras de ávido pragmatismo (que mereció más de una crítica) al decidir que Orest saliera únicamente los domingos, precedido de su tío carnal, Erick, y seguido de Olaf, sirviente, quien recibía en un sombrero las monedas que las almas sentimentales se creían en la obligación de pagar por aquel espectáculo lleno de gravitante peligro. Su fama creció.

Recuérdenlo: no hay dicha completa. Poco a poco en el alma infantil de Orest empezó a filtrarse una irresistible afición por aquellas monedas. Finalmente, esta legítima atracción por el metal acuñado vino a determinar su derrumbe y la razón de su extraño fin, que se verá en el lugar oportuno. Barnum lo convirtió en profesional. Pero Orest no sentía el llamado del arte, y el circo sólo le interesó como fuente de dinero. Por otra parte, su espíritu aristocrático no resistía ni el olor de los leones ni que la gente le tuviera lástima. Dijo adiós a Barnum.

A la edad de diecinueve años medía dos metros cuarenta y cinco. Después vino un receso tranquilizador, y sólo a los veinticinco descubrió su estatura normal de dos cuarenta y siete, que ya no lo abandonó hasta la hora de la muerte. El descubrimiento se produjo así. Invitado a visitar Londres por un gracioso capricho de Sus Majestades Británicas, se dirigió al consulado de Inglaterra en Estocolmo para obtener la visa. El cónsul inglés, como tal, lo recibió sin mayores muestras de asombro, y aun se atrevió a preguntarle por sus señas particulares, y a dudar de que midiera dos metros cuarenta y cinco a la hora de hacer la filiación. Cuando el cartabón reveló que eran dos cuarenta y siete, el cónsul hizo el tranquilo gesto que significa ``Ya lo decía yo''. Orest no dijo nada. Se acercó en silencio a la ventana y desde allí, resentido, contempló durante largos minutos el mar agitado y el cielo azul en calma.

En adelante la curiosidad de los reyes europeos elevó sus ingresos. En poco tiempo llegó a ser uno de los gigantes más ricos del Continente, y su fama se extendió incluso entre los patagones, los yaquis y los etíopes. En aquella revista que Rubén Darío dirigía en París pueden verse dos o tres fotografías de Orest, sonriente al lado de las más encumbradas personalidades de entonces; documentos gráficos que el alto poeta publicó en el décimo aniversario de su muerte, a manera de homenaje tan merecido como póstumo.



De pronto su nombre descendió de los periódicos.

Pero a pesar de todas las maniobras que se han fraguado para mantener en secreto las causas que concurrieron a su inesperado ocaso, hoy se sabe que murió trágicamente en México durante las Fiestas del Centenario, a las que asistió invitado de manera oficial. Las causas fueron veinticinco fracturas que sufrió por agacharse a recoger una moneda de oro (precisamente un “centenario'”) que en medio de su rastrero entusiasmo patriótico le arrojó el chihuahueño y oscuro Silvestre Martín, esbirro de don Porfirio Díaz.


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