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…Textos con cuerpos…o …Textos que son cuerpos…o


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…Textos con cuerpos…o

…Textos que son cuerpos…o

…Textos y cuerpo, dos ficciones a recorrer…o, o, o,

Las ganas tendrían que ver con recorrer textos que interpelen explícitamente lo corporal.

Cómo a la hora de hacer un rastreo de algo de esto en internet, la mayoría de los vínculos son entre cuerpo y enfermedad, o cuerpo como memoria del horror, o que un texto sólo puede pensar el cuerpo cuando la autora es una mujer. Quiero apuntarlo para otro lado, el cuerpo como posibilidad de alegría, de baile, de sensaciones nuevas, también puede ser como cicatriz pero no querría darle un tono tan dramático.

Los destinatarios: en principio, miembros de un grupo de baile (ballet), gente que esté acostumbrada a hacer cosas con su cuerpo, desde el movimiento, a habitarlo con músicas y quizás letras, pero no de ficciones por escrito. Digo por escrito, porque muchas veces realizan espectáculos que tiene mucho de actuación, encarnan personajes, etc…pero nunca hay, en esos ensayos, un tiempo para detenerse en el armado de la ficción. Simplemente le prestan el cuerpo y lo llevan adelanta (que no es para nada poca cosa), pero quizás estaría bueno pensar en que puedan utilizar los cuerpos (el suyo, el de otros, los textos, la escritura) desde la ficción como trabajo de escritura consciente.

Objetivo final: Armar unos textos propios que puedan narrar oralmente, quizás incluyéndolos en algún cuadro de baile.

El tema es que quiero encontrar muchos textos para ir viendo varios por encuentro y que desde ellos se pueda ir dando una consigna de escritura en la que se trabaje con elementos de ficcionalización.

Hasta ahora (sin ser obligatorios y sin necesariamente seguir este orden):

La hora del timbre

He pasado el día preparando el corazón

para cuando suene el timbre de la puerta.

Sin embargo, desde las nueve cincuenta y tres,

me golpea las costillas reclamando de inmediato tu presencia.
A la hora del timbre por la mirilla se ven

caramelos asomándose a un escote

y una gran sonrisa rodeada de mujer

con olor a hierbabuena presagiando la gloria en cinemascope.
Saldrán a su encuentro mis orejas y mi nariz

y mis ojos ansiosos y el corazón consentido

y mi mano izquierda decidida a investigar

los ojales y los botones de tu vestido.
A la hora del timbre con caricias y café

cicatrizan las heridas cotidianas

en el cuarto oscuro del enamorado amor

donde una estufa ilumina justo apenas una pata de la cama.
Luego, a beso limpio a salvo en el pequeño edén,

nos gastaremos los labios en un cuerpo a cuerpo fiero.

Huirán al exilio el miedo y la soledad

y la muerte perderá por dos a cero.
A la hora del timbre las campanas del reloj,

que anuncian alborozadas tu presencia,

repiten tenaces que empezó la cuenta atrás

y que vaya preparando de a poquito el corazón para tu ausencia.

Letra de José Luis Pérez Mosquera y J.M. Serrat


Música de J.M. Serrat

La migala

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

Juan José Arreola



  • Pensar en las repercusiones corporales de alguna sensación o sentimiento y describirlas. Sugiriendo sin nombrar directamente, que las evaluación sobre esa sensación se manifiesten más por las marcas corporales que por su adjetivación.

Temores injustificados de Fernando Sorrentino.

Las manos que crecen de J. Cortázar.


  • Luego de esta lectura, marcar, en estos textos, las maneras de expandir una sensación. Luego aplicar alguna de estas maneras y otras a la sensación anteriormente descripta (agregarle algunos personajes, un lugar, algunas acciones que causen o sean consecuencia de esa sensación.

Otros textos posibles (sin consigna):

.Algún fragmento de Instrucciones para John Howell de Cortázar. Acá siempre me gustó como está manifestado el tema de recurrir a gestos que no tienen más significación que ser refugios ante miradas, ante el aburrimiento, etc. El personaje está metido en una cosa absurda (es obligado a ser actor de la obra que había ido a ver), completamente confuso, no sabe que es lo que debe hacer, sin embargo, en un momento decide llegar hasta la boca del escenario para contarle al público lo que realmente estaba pasando y, sin darse cuenta, realiza una serie de gestos (encender un cigarrillo, pitarlo largamente, aplastarlo contra el suelo, cerciorándose de que quede apagado, etc) con un dominio de su cuerpo llamativo para la circunstancia. Bueno, Cortázar lo explica mejor..pero algo de eso trabajar.

. Alguna crónica de Pedro Lemebel en Loco afán.



. Hay otra canción de Serrat que se llama Me gusta todo de ti (pero tú no).

. Contemplación de beso de Fernández Moreno en relación a Toco tú boca de Cortázar.


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