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Territorios e identidades en la ciudad de La Habana, Cuba: el caso de El Vedado (1860-1940)


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Territorios e identidades en la ciudad de La Habana, Cuba:

el caso de El Vedado (1860-1940)
Jorge Pavez Ojeda*

Introducción

La historia muestra que La Habana ha sido una ciudad fecunda para la producción de textos. Múltiples escrituras se han detenido e inscrito en esta ciudad, se han adentrado y han rondado en torno a ella, en prosa y en verso, en pasado, en presente y en futuro. Sobre ella, en torno a ella y en ella, han proliferado los textos que cuentan sus historias, sus geografías, sus barrios, sus calles, sus gentes, sus religiones y sus cultos, sus luchas, sus construcciones, su puerto, sus mares, sus amos y sus esclavos, sus músicas y sus carnavales, sus textos propios y ajenos. El mismo nombre de La Habana es un significante fractal, profuso de sentidos genealógicos y etimológicos, articulador de muchos campos semánticos en que se despliegan los mapas de sentido de esta ciudad.

Como en toda genealogía libre y abierta, las búsquedas del sentido etimológico del topónimo Habana permiten acercarse no solo al origen del término como valor identitario, sino que también como origen de los valores que sustentan esa misma búsqueda. Y en esas empresas etimológicas, historiográficas, lingüísticas y poéticas, se originan los textos que contribuyen a la producción de la identidad habanera, como densidad significante propia de una trama de sentidos, que La Habana carga en su nombre, un nombre que es un valor al origen de ella y un origen de sus valores.

Basten tres o cuatro ejemplos, tomados al azar de las librerías habaneras, para abrir el espectro de sus significados posibles, la diseminación del topónimo en los registros de lenguaje, en los discursos habaneros y sus textos habanistas. Así, un libro naturalista se acerca en dos páginas al topónimo habana para señalar que:


“Con relación a La Habana, existe la misma confusión que con relación a sabana, y esto hace pensar que los nombres Sabana y Habana eran idénticos originalmente. Elisée Reclus lo cree así. Sven Loven ha expresado su opinión de que el nombre Habana no es más que la palabra haitiana sabana, porque la h y la s eran intercambiables en el lenguaje taíno. Lo más probable es que la Habana fuera una provincia donde prevalecían las sabanas.” (Waibel, 1984: 18)1
Habana y sabana, ciudad y naturaleza se ven indisolublemente unidas en sus orígenes semánticos castellanos, símbolos de un territorio arrebatado al habitante originario, usurpacion originaria que aflora en todos los intentos de explicar La Habana como nombre del lugar. Así en otro texto, propio de la tradición historiográfica habanera, Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, escribe:
“...ha de pesar mucho en nuestra opinión el hecho de que, al avanzar hacia Occidente en 1513, los conquistadores españoles dejarán testimonio sobre el jefe aborigen Habaguanex, señor indiano cuyo nombre es quizás la clave y origen del misterio del de la ciudad...” (Leal, 1986: 13).
Aparece en este discurso un nuevo componente que formará también parte sustancial de las connotaciones toponímicas habaneras y es la marcada presencia de un poder político al origen de la enunciación del espacio que produce y controla. El discurso historiográfico, hegemónico en La Habana, va entonces a sustituir en el orden de enunciación una genealogía de orden natural por una genealogía de orden político, para de esta manera fundar el discurso de la ciudad así como se ha fundado el espacio urbano, por dispositivos de dominación y control2.

El deslizamiento que se observa aquí es también una imagen de la polarización que implica la fundación de la ciudad, polarización también sometida a las condiciones naturales que se imponen a la voluntad de control territorial de los fundadores: La Habana fue primero pensada en la costa sur de la isla, luego en la costa norte (en la desembocadura del río Almendares). En esta provincia de sabanas, los conquistadores transportan de una localización a otra el nombre de San Cristóbal de La Habana, significando así su voluntad de ciudad, de un polo de cristiandad para dominar un espacio incontrolado de sabanas agrestes. El tercer emplazamiento en la costa de la Bahía de la Habana, llamado antes Puerto de Carenas, será el definitivo para la Villa San Cristóbal de La Habana. Este itinerario semántico y geográfico muestra como el nombre de La Habana constituye un valor casi ontológico, disputado como significante seminal del territorio en pugna, territorio que la ciudad está destinada a controlar para imponerle su hegemonía. La Habana es el semema portador de su propio valor, de lo que quiere ser y siempre ha sido, y en ese origen ya están la sabana tropical y Habaguanex, sin olvidar los que han señalado que habana viene de haven o gaven, es decir “puerto, fondeadero, abra” según el lingüista Whitney, y también la opinión de José Miguel Macías “acerca de la existencia en las costas septentrionales de Europa de un puerto con el nombre de Havanna-e, y ser muy probable que su apelativo equivaliera a puerto”. Y a estos significados el mismo Macías agrega los derivados como Aba, Abana, Abanatan, Saba, que en otros contextos aparecen como nombres indígenas (Roig de Leuschenring, 1940: 570-571).



Y desde otros registros y latitudes, llegan nuevas etimologías: Boris Lukin ha rescatado el significado que a mediados del siglo XIX fue acuñado a la palabra en Europa Oriental, por medio de dos textos poéticos indigenistas de la literatura sajona. El autor glosa primero la “leyenda toponímica en cuatro cantos” Habana, poema lírico de Adolf Böttger, escrito en Leipzig (1853), que concluye con “un canto-epílogo apocalíptico”, resumido como sigue:
“La isla arde. Sánchez quema las aldeas indígenas. Hatuey es enviado a la hoguera. Su pueblo es exterminado. El paraíso terrestre es destruido. Una cadena de oro con la que es premiado Sánchez, no lo regocija. Vaga por las cenizas, llama a Guara, que ha perecido en el fuego, repitiendo la palabra india Habana (o sea “locura”). Así sufrirá hasta el final de sus días” (Lukin, 1991: 194)
Al origen de la inspiración de Bottger estaba la visita de un viajero letón amigo suyo, Jegor von Sivers, quien volvía de un largo periplo por las Antillas. De esta viaje, Sivers escribirá una obra conocida Cuba, la perla de las Antillas (1861), en la cual también relata, con variantes, la leyenda de la india Guara y la fundación de La Habana sobre las cenizas indígenas, leyenda que en esta época, ya era motivo de un monumento en la Alameda del Prado (la “Fuente de la India” múltiples veces trasladada hasta su actual emplazamiento en el Parque de la Fraternidad). La versión cuenta que:
“Una joven, madre de un pequeño mestizo, a la que implacablemente condenaban por haber creído en el amor del español Sánchez, dio la señal para que los usurpadores arrasaran la fortaleza indígena, la que incendiaron y a cuyos habitantes cortaron las cabezas. Al ver la desgracia traída por su mano, la india se volvió loca y maldiciendo su traición se arrojó sobre el fuego. El victorioso Sánchez perdió con ello la esperanza de ser feliz. Las plañideras que enterraban a la mujer, en su idioma repetían en estribillo ciertas sílabas: “Habana”, que como entendiera Sivers significaban su justificación: Sie its wahnsinnig. Ella estaba loca” (Lukin, ob.cit: 199)
Coincidentemente, en estos años del siglo XIX, los poetas y trovadores criollos están recuperando la temática indígena para sus textos, como fuente renovadora de los símbolos de la naciente identidad nacional3. Así también, el monumento de la “Fuente de la India” será objeto de numerosos textos poéticos a lo largo de su alegórica existencia (Augier, 2001), al igual que La Habana como ciudad y nombre es y ha sido ese objeto de escritura y habla, ese objeto ciudad que me interesa aquí conocer y presentar. El conquistador Sánchez hablando solo en las cenizas, declamando en aruaco la palabra locura, las plañideras llorando la india Guara, acusando la locura de su amor, las sabanas de Habaguanex destruidas y arrasadas por la conquista, el puerto fondeadero de San Cristóbal varias veces trasladado hasta encontrar su emplazamiento entre las sabanas conquistadas: en todos estos momentos y actos de fundación histórica del territorio habanero vemos huellas del topónimo. Juntos dan una idea del espesor y los pliegues semánticos del nombre, acercándonos así a su densidad histórica como espacio de encuentros y desencuentros, de creación y destrucción, como ciudad, espacio e historia.
Los símbolos en el paisaje habanero: monumentología del Vedado
Caminando unas pocas cuadras por un barrio de La Habana como el Vedado, sale al encuentro una escultura, una figura ya clásica en Cuba, un busto de color blanco, anchos bigotes y entradas de calva pronunciadas. Es el busto de José Martí, poeta, periodista, viajero americanista, luchador revolucionario y anti imperialista, héroe nacional, “el Apóstol” de la independencia de Cuba y de América, nuestra América. José Martí (1853-1895) es un semema de la cubanía, tal como lo atestigua esa cabeza blanca, de idéntico tamaño (más o menos doble tamaño real), que trona sobre patios de escuelas, de clubes, bodegas, sindicatos, esquinas, cuarteles de policía y bomberos, Comités de Defensa de la Revolución, empresas, fábricas, edificios públicos y residencias privadas. Su discurso político, social y poético desplegado en obras de historia, crítica literaria, literatura infantil, reportajes, poemas, cartas, abarca todas las dimensiones de la modernidad americana naciente. Por obra de los cubanos, en Cuba y particularmente en La Habana donde nace el Apóstol, este discurso ha adquirido el aura de lo que Foucault llama un “documento/ monumento”4, tomando en este caso un sentido literal. El discurso martiano es un documento de la memoria histórica de Cuba y de su proyección en la conciencia nacional, documento cristalizador de la identidad nacional que contribuye a forjar. En sus textos, encontramos también pensamientos dedicados al medio construido, a la ciudad, al lugar de la arquitectura en el proyecto de emancipacion latinoamericano del cual fue un ferviente promotor. Para Marti, la arquitectura tenía un papel que cumplir en esta gesta:
“Catedral debiera hacerse, escribe Marti, porque los edificios grandiosos entusiasman, conservan y educan; pero no catedrales de ritos, a que los hombres solo se apegan para salvar su hacienda y privilegios en esta hora oscura, y son, más que catedrales, murallas, y más que altares, parapetos; sino una arquitectura nunca vista, donde se consagrara la redención del pensamiento y fuese al entrar en ella como en la majestad, y como sublimarse en la compañía de los héroes, vaciados en bronce; ¡y las puertas, siempre abiertas! La libertad debiera ya tener su arquitectura. Padece, por no tenerla.” ("El monumento de la prensa” 1887, citado por E. Cárdenas, 1988: 7)
En La Habana, el encuentro periódico con el busto de José Martí recuerda este anhelo, el de una arquitectura de la libertad. Si bien la libertad no ha dejado de ser una utopía documentada en sus textos, la profusión diseminada de su busto, pequeño y humano monumento, recuerda la necesidad de “consagrar la redención del pensamiento” y “sublimarse en la compañía de los héroes, vaciados en bronce”. Así Martí, por su discurso, su texto creador de monumentos, es a su vez objeto de monumentos, lo que nos sugiere la importancia de la monumentología como estrategia de acercamiento a la identidad urbana habanera. Si bien no se han construidos aún esas catedrales de la libertad que iluminaban su inspiración, con su texto revolucionado Martí se ha convertido en el principal Apóstol de las imágenes que adornarían esas catedrales5.

En el Vedado, barriada costera de La Habana, de origen decimononico, también proliferan las imágenes de Martí, los bustos inconfundibles del Apóstol. Los bustos parecen crecer como la hierba en los parques, jardines y parterres que caracterizan la arquitectura de este territorio. En los catastros municipales no se han contado los bustos existentes, no porque sean muy pocos o muy poco visibles, sino porque hay muchos, demasiados, y son todos iguales. El catastro enumera 61 tarjas con textos instaladas en las paredes del territorio, con detalles sobre lo que identifican. También enumera uno por uno 220 sitios y monumentos históricos, y no aparece Martí (Couceiro/Perera/Ramirez, 2000: 216-227). Enumerar a Martí en el Vedado sería como enumerar adoquines en La Habana Vieja. Solo se destaca el Memorial a Martí, en el límite sur del Vedado, en la Plaza de la Revolución (antigua Plaza José Martí), principal plaza cívica de la metrópolis, explanada gigantesca donde un no menos gigantesco Martí apoya su mentón sobre su mano, pensando, a punto de volar, ante la torre más alta de toda la Isla, construida en su honor en los años 50, a partir de un proyecto seleccionado después de cuatro concursos y más de 20 años de discusiones.

La multiplicación de los bustos de Martí en la ciudad desde los mismos inicios de la República al entrar al siglo XX, fue también el argumento desencadenante de una excelente comedia como es la película La muerte de un burócrata (1966), uno de los primeros filmes del maestro de la cinematografía cubana Tomás Gutiérrez Alea, “Titón”. En esta película, un humilde trabajador se gana la vida como marmolero y haciendo bustos de Martí. Los pedidos son tantos que forma una pequeña empresa. Cuando llega la Revolución, se transforma en un “obrero ejemplar” al inventar una máquina que automatiza la producción de bustos de Martí. Un día, mientras intentaba reparar un desperfecto de la máquina, el obrero ejemplar se cae en su interior de cal, yeso y cemento, la máquina hecha a andar a todo vapor, y el cuerpo del obrero inventor pasa a formar parte de la mezcla de la cual salen varios bustos de Martí y un último busto de él mismo convertido en estatua. Este es solo el comienzo muy chaplinesco de una película que ha hecho reír a varias generaciones de cubanos y que, no por casualidad, ocurre principalmente en el Vedado, donde se encuentra la Necrópolis de Colón, principal cementerio habanero. La historia contará como desde la velada de este obrero destacado, la burocracia empieza a entorpecer todo el trámite para pensionar a la viuda, con desentierros y nuevos entierros del cuerpo, estertores maquinales del invento martiano y una Revolución en acción que tiene entre sus lemas iniciales “Muerte a la burocracia”...

Pero no solo Martí es objeto de una monumentalización reiterada y multiplicada, como práctica recordatoria, productora de memoria localizada topográficamente en el espacio urbano. La estatua, la escultura, el monumento, la tarja, y por supuesto el nombre del lugar son todos significantes que conforman la densidad del texto urbano habanero, texto barroco, ecléctico y profuso, como su literatura y su misma arquitectura.

La historia de los monumentos urbanos que se erigen en las primeras décadas de la república nos muestra como estos representan ciertos hitos, prácticas y discursos fundacionales de la identidad nacional, de una voluntad de cubanía, cubanía forjada en la articulación de referentes nacionales (los monumentos a Antonio Maceo, Calixto García, Máximo Gómez, todos héroes de las guerras de independencia; y también Mariana Grajales, madre de los revolucionarios de color José y Antonio Maceo) tanto como de referentes locales (el caso de Frías y Jacott, fundador del Vedado6). Estos objetos inscritos en el espacio público forman el texto visible de la historia nacional, una cartografía urbana cuya visualidad la ha hecho objeto de los conflictos por la apropiación de su significación histórica, por su recuperación como referente articulador de uno u otro discurso identitario, uno u otro proyecto histórico nacional, conflictos que abarcan diversos registros discursivos, diferentes niveles de locución y acción, ya sean historiográficos, cinematográficos, o propiamente políticos (en el sentido de la acción política). Los habaneros, intelectuales, autoridades, estudiantes y obreros, interactúan con estos objetos, mostrando una forma de participación donde incluso los sujetos marginados de los procesos históricos hegemónicos logran subvertir simbólicamente (en el texto urbano) ese orden, en discusión con el monumento, asumiendo que el monumento es casi siempre un dispositivo de poder, imagen de estos procesos desplegándose sobre el espacio urbano. El caso cinematográfico del obrero escultor que inventa la máquina productora de bustos de Martí, máquina que termina tragándoselo para transformarlo a él mismo en busto es un caso bastante sugerente. Así también otros casos pueblan el imaginario histórico habanero asociado a esta interacción con los monumentos, interlocutores de su identidad. La gráfica de la prensa habanera, por ejemplo, mostró humorísticamente el incidente producido en Regla en 1957 durante la dictadura de Batista, cuando militantes reglanos del Movimiento 26 de Julio colocaron la bandera rojinegra del M-26-7 en la cima del Obelisco José Martí en la Loma del mismo nombre, y por haberse roto la cuerda bajante, un bombero tuvo que subir, como en el juego del palo encebado, hasta la cima del Obelisco para bajar la bandera (Portada de la revista Zigzag, reproducida en Gonzalez/Rodriguez, 1986: 115).

Otra caricatura muy simbólica es la del guajiro cubano llevándose el águila norteamericana que reinaba sobre la cima del Monumento al Maine, reemplazándola por un loro que articula “Soy cubano”, mientras que los dos cañones en la base del monumento han sido reemplazados por dos salchichones (Reproducida en Suarez, 1995: 44). Esta caricatura, publicada en 1925, un año después de la inauguración del monumento, muestra la polémica que significó la erección de este monumento en la costa del Vedado. El caso del acorazado U.S. Maine es para los cubanos un triste recuerdo de lo que fue capaz el gobierno yanqui con el fin de ocupar la isla de Cuba y arrebatarle su independencia. En 1898, cuando las tropas libertadoras asediaban la capital de Cuba colonial, el acorazado llega a La Habana en misión de paz, y atraca en la bahía del puerto. En la noche, el gigantesco buque explota, hundiéndose bajo el agua con toda su tripulación (264 marineros y dos oficiales), salvándose la plana de oficiales por estar en tierra en una recepción de honor. Con la excusa de que España no había garantizado la seguridad de una nave de un país neutro, Estados Unidos le declara la guerra a España, iniciándose así la guerra hispano-cubana-americana, a veces mal llamada hispano-americana. El incidente real nunca se esclareció, varias autoridades yanquis se negaron a dar la información que poseían, y el gobierno norteamericano se negó a aceptar una comisión investigadora neutral. España intentó probar que la explosión se originó al interior del buque, y Estados Unidos, que esta tuvo su origen afuera. Pero la explosión era la excusa eficaz que necesitaba para intervenir en una guerra casi ganada por las tropas cubanas, para hacerse de la Isla. En 1913, el presidente Menocal designa una comisión a cargo de la erección de un monumento a las víctimas del Maine. En 1922 estaba levantada la base del proyecto del arquitecto Cabarrocas, compuesta de la base de granito, los dos cañones, la cadena del ancla y otras piezas rescatadas de la nave. En 1925, se inaugura el monumento completo en el Malecón frente al mar donde fueron sepultados los restos del Maine. El escultor Moisés de Huertas termino la obra, con figuras alegóricas de las repúblicas cubanas y estadounidense unidas, bajorrelieves de la nave frente al Morro habanero y de su hundimiento, una tarja con la relación completa de los fallecidos, una dedicatoria al pueblo de Cuba y otro texto en inglés del artículo de la Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos que reconoce el derecho de los cubanos a la libertad y la independencia. Por ultimo, “En el nivel superior, dos bellas columnas exactamente iguales sirven de sostén al águila, símbolo de Estados Unidos” (Suarez, 1995: 7)

En 1926, el dictador Gerardo Machado decide levantar alrededor del monumento una plaza diseñada por su paisajista francés Forestier. En ella colocarán bustos de los presidentes norteamericanos William Mac Kinley y Teodoro Roosevelt, y de Leonardo Wood, gobernador militar de Cuba durante la primera intervención (1898-1903). Eran épocas de dictadura en la llamada neo colonia o seudo república, en la que Estados Unidos llevaba la tutela política de la Isla enarbolando la Enmienda Platt, y sostenía los imperios económicos del azúcar cubano, de los cuales sus ciudadanos eran en gran parte dueños, al igual que de la mayoría de los recursos nacionales7. Como veremos, no es casualidad que esta modelación norteamericanizada del espacio se hiciera tan visible precisamente en este lugar, el borde costero del Vedado, barrio primado por el capitalismo azucarero dependiente, durante la “danza de los millones” de los años 1919-1921. Pero la caricatura muestra como el pueblo tenía algo que decir respecto al monumento, adelantándose en muchos años al hecho ahora histórico:
“El 18 de enero de 1961, luego de la nacionalización de las empresas norteamericanas radicadas en Cuba, el pueblo derribó el águila que coronaba el monumento y los bustos que lo rodeaban” (Suarez, ob.cit: 8)
Para terminar esta lectura de algunos textos inscritos en el espacio urbano, identificados como referentes espaciales de la memoria colectiva habanera, quiero detenerme en algunos casos más específicos al Vedado, barrio al cual esta dedicado este ensayo, y que muestran claramente como los monumentos son significantes espaciales que desencadenan procesos históricos de semantización y resematización del espacio público, poniendo en juego las fuerzas que se disputan la apropiación de este espacio. Por ser una pugna de símbolos, esta se inscribe en textos que circulan por los campos semánticos donde se encadena cierto significante, desplegándose en los textos como narrativa histórica de la emergencia, confluencia, divergencia de los locutores oficiales y populares, alcanzando diferentes resultados en el tiempo, ya sea la polisemia, la doble enunciación, la sobre posición o el deslizamiento de los locutores hacia otros registros de lenguaje, de manera a continuar una disputa inacabable que es la de la legitimidad de los hitos de la memoria colectiva y de su expresión en el espacio.

Los presidentes en el Vedado

Entre los años 1928 y 1936, una Comisión de Historia, Ornato y Urbanismo, liderada por el doctor Emilio Roig de Leuchsenring elabora y gestiona una propuesta para “regular la denominación de las calles de La Habana y restituirles sus nombres antiguos y tradicionales” tal como establece su informe. En 1935, el ingeniero Mario Guiral Moreno, Presidente de la Sección de Estética Urbana de los “Amigos de la Ciudad”, escribe su apreciación de este informe, en la cual coincide en casi todos los puntos de la propuesta, salvo algunos. Entre estas discrepancias, está la relativa al nombre definitivo que debe guardar uno de los ejes estructurantes del Vedado (en sentido mar/ cerro), como es la calle G o Avenida de los Presidentes. Reproduzco el comentario del Ing. Guiral para mostrar la estrecha vinculación de su análisis con la monumentología que intento aquí. Mario Guiral señala que:


“(...) debe mantenerse exclusivamente el nombre de G a la anchurosa calle del Vedado que fue bautizada por el pueblo con el nombre de Avenida de los Presidentes al ser emplazada en su primer tramo la estatua de Don Tomás Estrada Palma, primer Presidente de la República, en gracias al propósito que existió, de que en cada uno de los parques existentes en los tramos o cuadras siguientes fueran erigidas las estatuas de los que sucesivamente ocuparan la Primera Magistratura de la nación; nombre de origen popular que más tarde sancionó nuestro Consistorio al dar oficialmente dicha denominación a la mencionada vía del Vedado.
Desechado en la práctica aquel plausible proyecto, por no haberse cumplido en la forma originariamente concebido, puesto que la estatua del general José Miguel Gomez, segundo Presidente de la República, por dificultades materiales de emplazamiento y otras circunstancias, está siendo erigida al final de la citada avenida, en el extremo opuesto y en posición invertida a la del primero, Estrada Palma; y habiendo elegido el Ldo. Alfredo Zayas, cuarto Presidente de la República, otro emplazamiento distinto del que le hubiera correspondido en aquella Avenida de los Presidentes a su estatua, levantada en vida, durante su período de gobierno y en sitio de mayor preferencia, frente el mismo Palacio Presidencial, resulta indudablemente impropia e inadecuada aquella denominación primeramente escogida, que debe desaparecer en lo futuro, siéndole restituida a la referida calle vedadeña el nombre primitivo de G” (Guiral, 1936: 120)
Este texto dedicado a la reivindicación de un nombre de calle está estrechamente vinculado a la lógica monumental y a los conflictos de resemantizacion que en los años 20 y 30 atraviesan los procesos de urbanización del espacio. El autor señala que el nombre de la Avenida de los Presidentes no es legítimo ya que se ha desvirtuado el proyecto inicial. Se da la paradoja que el nombre surgido en el habla popular era un significante literal del proyecto oficial, y que este nombre es luego oficializado. Pero en ese acto de oficialización del nombre, el proyecto significado en él se tergiversa y desacredita, al menos ante los ojos de un especialista de la estética urbana. Este especie de desorden del proyecto que acusa Guiral es bastante sintomático de la lógica monumental del período en que se desarrolla. Recordemos que la construcción de la Avenida misma se inicia en 1913, pero es entre los años 25-30 en que está se suma al Plan de Obras Públicas propugnado por Gerardo Machado en su primer periodo presidencial (Couceiro, Perera, Ramírez, 2000: 82). Este Plan de urbanización y embellecimiento de la ciudad, encargado por Machado al paisajista Forestier, incluía la construcción del Capitolio, la remodelación del Paseo del Prado y de la Plaza del Maine (que reseñamos más arribar), la extensión del Malecón desde la Plaza de Maceo hasta la calle G (los Presidentes) pasando por la mencionada Plaza del Maine.

Es este un período en que el poder político recupera la ciudad como objeto monumental, en una lógica que ante la crisis simula la consolidación de la identidad nacional y de la era republicana, buscando inscribir formalmente en el espacio simbólico su impronta como gestor y articulador de este proceso en la historia republicana8. Sin embargo, esta documentado que tanto Machado, como sus funcionarios se enriquecieron enormemente con este Plan de Obras Públicas, gracias a los empréstitos acordados para su realización, empréstitos que iban en buena parte a bolsillos privados, y que terminaron con el fracaso del Plan9. Por otra parte, el mismo texto de Guiral da algunas claves para entender como la erección de monumentos se constituyó en una forma de escritura formal de la historia republicana, dejando igualmente entrever las luchas caudillescas y los personalismos que minaban esa democracia, de la cual los monumentos ofrecían la interpretación más visible y alegórica. Y como veremos mas adelante no es casualidad que este proyecto monumental, que es también un proyecto de simulación visual de la memoria histórica, se despliegue en el barrio del Vedado.

De esta manera el nombre popular que representaba de alguna manera una necesidad histórica colectiva de identificar en el espacio urbano la sucesión de los primeros representantes de la República, fue rebatido con el tiempo por especialistas y vulgos, aprendiendo durante su mismo proceso de construcción que, finalmente, esos presidentes no merecían tal avenida, y se volvió así a insertar la calle en la trama vedadeña con el nombre inicial de G.

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