Página principal

Teología paratodos un curso de religión -multimedia- a distancia y personalizado


Descargar 82.41 Kb.
Página1/2
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño82.41 Kb.
  1   2



TEOLOGÍA PARATODOS

Un curso de religión -multimedia- a distancia y personalizado


Seminario: Teología Bíblica

Envío 12°

“Introducción General a la Biblia” del P. Miguel Ángel Tábet



Capítulo II

Historia de la exégesis cristiana

La historia de la interpretación bíblica cristiana se puede dividir en cuatro grandes periodos: patrístico (siglos I-VII), medieval (siglos VIII-XIV), moderno (siglos XVI-fines del XIX) y contemporáneo (fines del XIX-XX).


1. Época patrística

Los orígenes — Los primeros cristianos siguieron el modo de interpretar la Escritura que Jesús y los apóstoles habían practicado; una interpretación que se puede caracterizar, entre otros, por los siguientes factores: un cristocentrismo, en la que la historia bíblica es considerada en su orientación hacia Jesús y la predicación del Reino; una perspectiva histórica dividida en dos etapas, una ya realizada, con la venida de Jesús, el Mesías prometido, otra que habría de extenderse hasta al final de los tiempos, con la segunda venida de Jesús; y una lectura de los textos realizada a dos niveles, en sentido literal y, según el caso, en sentido espiritual o típico.

Los Padres de los primeros dos siglos, tanto los apostólicos como los apologistas, y los escritores eclesiásticos de este período, aunque no escribieron en sentido estricto comentarios a la Escritura, sin embargo, se sirvieron de ella con frecuencia en sus instrucciones a los fieles o en sus obras escritas con finalidad pastoral o apologética. Algunos adoptaron principalmente la interpretación alegórica (el Pseudo-Bernabé), otros más bien la interpretación histórico-literal (san Ireneo). San Justino y san Ireneo merecen una mención especial por el uso particular que hicieron de los textos bíblicos y por el método hermenéutico empleado. San Justino († 165/167), en su Apología y en el Diálogo con Trifón, obras con las que defiende la fe cristiana y su máxima dignidad, se basa en una interpretación exegética que intenta alcanzar el significado literal de las profecías y de la narración bíblica, aunque también se sirve de la exégesis tipológica. San Ireneo († 202), al final de la época de los Padres apologistas, en un contexto apologético antignóstico, optó decididamente por una exégesis literal y teológica. De este modo, contribuyó notablemente al desarrollo de la exégesis cristiana en dos ámbitos específicos: en la valoración de la Tradición de la Iglesia, entendida como contexto natural para la interpretación de los textos bíblicos, y en la formación de una concepción hermenéutica basada en el principio de la unidad de toda la Escritura y la analogía de la fe.

Ante la interpretación cristiana de la Sagrada Escritura, los heresiarcas del siglo II, principalmente Marción, concibieron una exégesis que contraponía entre sí los dos Testamentos, deshacía el principio de unidad bíblica y anulaba cualquier posibilidad de una exégesis tipológica. Algo análogo ocurrió con los representantes del pensamiento gnóstico, los cuales, en sus comentarios continuos a la Biblia, establecieron criterios hermenéuticos que sacaban la Escritura del álveo natural de interpretación, la Tradición viva de la Iglesia, dejándola abandonada a interpretaciones subjetivas y, por tanto, arbitrarias.
La tendencia exegética alejandrina — Aunque a veces se habla de 'escuela de Alejandría', se trata más bien de una corriente de pensamiento caracterizada por una determinada concepción bíblico-hermenéutica. Surge en Alejandría de Egipto, hacia el año 180, y se mantuvo activa hasta mediados del siglo V. Se atribuye a Panteno, filósofo estoico de origen siciliano que más tarde se convirtió al cristianismo, el haber dado vida a esa tendencia de interpretación bíblica.

Con este movimiento hermenéutico alejandrino se inicia en ámbito cristiano el estudio científico de la Escritura, y en una ciudad en la que ya funcionaba una escuela exegética judía. Movimiento y escuela se caracterizan fundamentalmente por la utilización del método alegórico. Nace así el método alegórico cristiano, cuyos máximos exponentes fueron Clemente de Alejandría († 215), el primer pensador que formalizó y codificó este método, especialmente en el libro IV de los Stromata (Tapices), y sobre todo Orígenes († 254), que da a la hermenéutica bíblica una sistematización bajo muchos aspectos definitiva. En sus numerosos escritos de carácter exegético —de crítica textual, escolios, comentarios bíblicos, homilías sobre pasajes selectos de la Biblia, escritos apologéticos—, Orígenes comenta casi toda la Biblia, aunque desafortunadamente solo nos han llegado algunos fragmentos de su gran obra. Su método exegético y sus principios de interpretación bíblica se encuentran especialmente mencionados en el libro IV del Peri Archôn (De Principiis), auténtico tratado de hermenéutica bíblica. Los principios son fundamentalmente los siguientes: toda la Biblia está inspirada y goza de un origen divino; no es, por tanto, una palabra muerta, encerrada en el pasado, sino una Palabra viva, dirigida directamente al hombre de hoy; existe una unidad tal entre el Antiguo y el Nuevo Testamento que el Nuevo ilumina el Antiguo, recibiendo a su vez, de éste, luz para su comprensión; la Biblia no solo no admite error, sino que es la misma verdad; en ella no pueda haber nada de inútil o de escaso provecho; su centro es Cristo. Con respecto al método exegético, Orígenes, sin desatender el sentido literal, se dedicó con fervor a explicar el sentido alegórico, convencido de que detrás de cada texto bíblico se escondía un misterio profundo, que debía ser interpretado y explicado, y de que era precisamente a través de la alegoría como se podían determinar las relaciones entre ambos Testamento. Orígenes no negaba por tanto el sentido literal, aunque a veces lo retuviera menos útil para el conocimiento del misterio cristiano. Su aprecio por el sentido literal lo demuestra su colosal obra, las Hexaplas (una Biblia séxtupla), el primer intento histórico encaminado a establecer un texto crítico del Antiguo Testamento, con el que Orígenes dejó a las generaciones posteriores un amplísimo material para un correcta comprensión de la Escritura. En sus comentarios bíblicos, por otra parte, Orígenes no se eximió de la obligación de determinar, con meticulosidad y equilibrio, el significado exacto de las palabras o frases bíblicas.

La exégesis de Orígenes influyó notablemente en los Padres y escritores eclesiástico de los siglos sucesivos, como san Dionisio de Alejandría († 265), san Gregorio Taumaturgo († 270), Eusebio de Cesarea († 340), san Atanasio († 375), san Cirilo de Alejandría, († 444) y san Hesiquio († 451), los cuales supieron valorar en sus obras el significado que comportaba la exégesis alegórica sin descuidar, no obstante, la interpretación literal, especialmente en sus comentarios continuos a los libros bíblicos y en sus escritos en defensa de las verdades de fe. No faltaron, sin embargo, quienes se opusieron a los excesos de la exégesis alegórica, lo que dio lugar a las disputas conocidas con el nombre de ‘controversias origenistas’; entre otros, el obispo egipcio Nepote de Arsinoe, autor de una obra Contra allegoristas (siglo III), san Metodio mártir († 311) y san Epifanio, obispo de Salamina (Chipre, † 403). A pesar de ello, el sistema de Orígenes se difundió y enraizó de tal modo en el pensamiento cristiano que el mismo Epifanio lo utiliza en una de sus obras, De duodecim gemmis, obras escrita el año 394, en la que interpreta alegóricamente las doce piedras preciosas del pectoral que llevaba el sumo sacerdote de Israel.
La tendencia exegética antioquena — Hacia el año 280, cuando ya la tendencia exegética alejandrina había alcanzado su época de oro y tendía a declinar, surgió un movimiento bíblico en Antioquía de Siria que durará hasta fines del siglo V. Se atribuye a Luciano de Samosata († mártir el 312), de quien no se conoce ningún escrito, haber dado vida a esta corriente hermenéutica.

El método seguido por los exégetas antioquenos era, en cierto modo, opuesto al alegorismo alejandrino, de modo que entre ambas tendencias se creó una fuerte contraposición. Su diferencia radicaba fundamentalmente en que la tendencia alejandrina dirigía toda su atención a encontrar a Cristo en la Escritura, no solo en algunos episodios sino en todos los detalles de la palabra inspirada; la exégesis antioquena, por el contrario, daba primacía al sentido literal, interpretado a la luz del texto y del contexto, y con la ayuda de la gramática, la filología y la historia. Buscaba descubrir, por tanto, el sentido más obvio del texto bíblico, fundada sobre el principio de que el sentido literal existe siempre y es el primero que se debe determinar. Sobre la base de la primacía del sentido literal, en la corriente hermenéutica antioquena se desarrolló la doctrina de la 'theoría' (o visión), cuya diferencia con la tipología consiste en que la tipología considera el 'tipo' o 'figura' en sí misma, objetivamente; la theoría, lo hace desde el punto de vista del profeta o del escritor sagrado. Los exégetas antioquenos también admitían la alegoría, pero la concebían en el sentido clásico de la antigua retórica, es decir, como una metáfora continuada y, en cuanto tal, dentro de lo que hoy se designa sentido literal impropio. Por todo esto se entiende que los principios hermenéuticos de la escuela de Antioquia hayan influido en la exégesis científica posterior.

Entre los principales representantes de la tendencia antioquena se encuentran cuatro grandes escritores: Diodoro de Tarso († 391), considerado su verdadero fundador por haber sistematizado el método y los principios de interpretación; san Juan Crisóstomo († 407), que interpretó con sensibilidad pastoral muchos libros y textos de la Escritura; Teodoro de Mopsuestia († 428) y Teodoreto de Ciro († 458), que escribieron comentarios según la exégesis literal. A la mentalidad de esta corriente hermenéutica se vincula también san Efrén, el más ilustre de los exegetas sirios († 373), que escribió un comentario sobrio, pero de gran valor doctrinal, sobre casi toda la Biblia.
Los Padres capadocios — A los Padres capadocios se les reconoce una posición intermedia entre las tendencia alejandrina y antioquena, aunque su método exegético es más cercano a esta última. Sus principales exponentes fueron san Basilio el Grande († 379), san Gregorio Nacianceno († 390) y sobre todo, desde el punto de vista bíblico, san Gregorio de Nisa († 395). Entre los escritos de san Gregorio de Nisa, junto a la exégesis literal, orientada a describir el plan divino en la historia de la salvación (Explicatio in Hexaemeron), encontramos la exégesis topológica y mística (principalmente en De vita Moysis) y la alegórica, en sus comentarios a los Salmos y al Cantar de los Cantares. Aquí su exégesis se extiende en una lectura cristocéntrica de la Biblia en la que Cristo aparece como Aquel que da sentido a la historia y como modelo de vida cristiana. Este criterio exegético se encuentra formulado specialmente en dos ensayos sobre los títulos de los Salmos (In psalmorum inscriptiones), en los que el Niseno afirma que «la divina Escritura no utiliza los relatos históricos solo para comunicarnos el conocimiento de determinados hechos y para que aprendamos las acciones y sentimientos de los antiguos, sino para darnos una enseñanza sobre la vida según la virtud. La historia debe concurrir a una intención más elevada».
Los Padres latinos — En Occidente, durante la época patrística, no surgieron tendencias exegéticas propiamente dichas. No obstante, desde el inicio, aparecen grandes figuras, que contribuirán de modo eficaz al desarrollo de la teorización exegética, elaborando de modo casi definitivo los principios esenciales de la hermenéutica cristiana. Entre los Padres latinos predominó, por otra parte, un interés práctico por los problemas de orden moral. Quizá por esto, solo a partir del siglo IV, con san Hilario de Poitiers († 367), ven la luz los primeros grandes comentarios a los libros bíblicos. Antes de san Hilario, estos comentarios se centraban en aquellos textos que se prestaban a una inmediata aplicación pastoral y, por el mismo motivo, la Biblia era comentada a través de la predicación, como también había hecho Orígenes en sus Homilías.

En el siglo III se impone la figura de Tertuliano († 220), el cual, aunque no compuso ningún comentario exegético, acude con frecuencia en sus obras a los textos bíblicos, siendo en este sentido el más antiguo testimonio de la existencia de un texto latino de la Biblia ya en el siglo II/III. En su exégesis, Tertuliano concede la prioridad al sentido literal y se mantiene alejado de los excesos de la alegoría de la escuela de Alejandría. De esta misma época es san Hipólito Romano († 235), considerado el primer comentador de la Biblia en Occidente. Hipólito mostró una clara preferencia por el método alegórico, pero, igual que Tertuliano, sin caer en excesos.

A partir del siglo IV, en Occidente, comienzan a aparecer grandes comentarios de la Biblia, orientados hacia una u otra de las tendencia exegéticas del tiempo, aunque generalmente en una equilibrada armonía. La exégesis alegórica alejandrina está presente en los escritos de san Victorino de Pettau († 304), y san Hilario de Poitiers († 366). El Tractatus Mysteriorum de san Hilario, considerado una de las primeras obras específicamente exegéticas realizadas en Occidente, es una exposición magistral en línea con la exégesis tipológica, en la que confluyen los principios de la exégesis oriental y occidental. Otros exégetas de tendencia alejandrina de este mismo siglo IV son san Gregorio de Elvira († 392) y san Ambrosio de Milán († 397). Entre los seguidores del método exegético antioqueno se encuentran, por el contrario, Juliano, obispo de Eclana (Italia, † 455), el donatista Ticonio († 400), a quien se debe la composición del primer tratado de hermenéutica bíblica, y el hereje Pelagio († 418), que redactó un breve comentario a las cartas de san Pablo.

Pero las más importantes obras de exégesis aparecen a finales del siglo IV y en el V: el Ambrosiaster, san Jerónimo y san Agustín.

Con el nombre de Ambrosiaster, es decir, Pseudo-Ambrosio, se designa, a partir del siglo XVI, al autor desconocido de un comentario a las trece cartas de san Pablo, escrito hacia el año 380, y que durante mucho tiempo fue atribuido a san Ambrosio (lo que origina el nombre ‘Ambrosiaster’, dado por Erasmo). La finalidad de este comentario es la formación moral de los lectores. El Ambrosiaster sigue una exégesis de tipo histórico-literal, atenta a mostrar las motivaciones teológicas de las expresiones paulinas, abundando en citas bíblicas, y animada por discusiones polémicas contra herejes, paganos y judeocristianos. No desdeña, sin embargo, la interpretación tipológica ni se opone formalmente al método alejandrino.

San Jerónimo († 419) es considerado el Doctor Maximus Sacrae Scripturae en la exposición científica de la Biblia. A ella dedicó todo su esfuerzo, acompañado de su gran cultura y su vasta erudición. Vivió gran parte de su vida en Tierra Santa, donde aprendió las lenguas bíblicas, se puso en contacto con las tradiciones del judaísmo y asimiló los escritos de quienes habían comentado la Biblia antes de él. En la exégesis de san Jerónimo se nota una evolución metodológica, desde un amplio uso de la exégesis alegórica, que adopta en sus primeros escritos, redactados bajo la influencia de Orígenes, a un método exegético atento al sentido literal. A esta evolución contribuyeron las controversias origenistas y la relación que san Jerónimo instauró con los maestros hebreos y con la exégesis rabínica, lo que le permitió ponerse en contacto directo con el texto hebreo y con la exégesis literal-histórica. No obstante, Jerónimo nunca abandonó la exégesis alegórica bien entendida, a la que llama ‘inteligencia mística de la Escritura’, utilizándola en sus escritos, siempre de modo sobrio. Entre las obras de san Jerónimo, además de la versión latina de la Biblia llamada Vulgata, que es su mayor trabajo en el campo bíblico, se encuentran diversos escritos exegéticos y homilías sobre los textos sagrados. Referencias, comparaciones, y explicaciones de pasajes bíblicos también están presentes en sus obras dogmáticas y polémicas, y en sus numerosas cartas, alrededor de 154.



San Agustín († 430), el otro gran Padre de la Iglesia latina, realizó, a diferencia de san Jerónimo, una interpretación de la Escritura prevalentemente teológica y doctrinal. El valor de sus obras exegéticas no se encuentra por tanto en la explicación filológico-gramatical del texto sagrado, porque san Agustín no poseía en ese terreno la preparación de san Jerónimo. Sin embargo, su amplia visión teológica le permitía expresar, en sus comentarios a los libros bíblicos, los principios de la exégesis literal. En san Agustín, en efecto, conviene hacer una distinción: en sus obras de oratoria, sermones y homilías, recurre con frecuencia a la interpretación alegórica y mística, para captar la atención de sus oyentes y moverlos a una práctica más intensa de la vida cristiana; por el contrario, en sus comentarios propiamente bíblicos y dogmáticos, se esfuerza por atenerse al sentido literal-histórico. El santo obispo de Hipona estuvo siempre atento, por otra parte, a fundamentar la interpretación alegórica sobre el sentido literal-histórico del texto, reconociendo la primacía de éste último. Sus principios hermenéuticos están expuestos sobre todo en el De doctrina christiana, donde establece detalladamente las normas para la investigación científica del texto bíblico. Entre los escritos bíblicos se encuentran sus comentarios al Génesis, al Heptatéuco (los siete primeros libros de la Biblia), a los Salmos y al Nuevo Testamento.
La época de decadencia (siglos VI-XI) — A partir del siglo VI, la exégesis bíblica cristiana entra en un largo periodo de estancamiento. En Oriente, ya desde finales del siglo V, había cesado prácticamente la producción exegética. Sólo se encuentran algunos comentarios compuestos con la finalidad de reproponer las ideas de los escritores antiguos, actualizándolas según las circunstancias. En Occidente, aunque la elaboración exegética es escasa, no faltan algunos comentadores dignos de ser recordados: san Pedro Crisólogo († 452), autor de 176 homilías sobre los evangelios, en las que sigue el método alegórico; Casiodoro († 570), que escribe una introducción bíblica, las Institutiones divinarum litterarum, que tendrá un gran influjo en el medioevo, compone comentarios a los Salmos y a casi todo el Nuevo Testamento, y publica, ampliándolo y con las necesarias correcciones doctrinales, el comentario de Pelagio a las cartas de san Pablo; san Gregorio Magno († 604), autor de varias obras exegéticas —sobre Job (Moralia in Iob), los evangelios, Ezequiel, el Cantar de los Cantares y el libro primer libro de los Reyes— con una clara finalidad pastoral, lo que explica su recurso a la interpretación alegórica; san Isidoro de Sevilla († 636), el cual, aunque no escribió propiamente hablando comentarios bíblicos, trató de muchas cuestiones exegéticas en los libros VI y VII de las Etimologías y en otras obras; y por último, san Beda el venerable († 735), que se dedicó con fervor al estudio y enseñanza de la Biblia y compuso muchos comentarios al Antiguo y al Nuevo Testamento buscando siempre el sentido literal y la aplicación moral. San Beda se distingue por la profundidad y la amplitud de su cultura y por su estilo sobrio, especialmente en los comentarios a los evangelios. Otros escritores de un cierto interés son Alcuino († 804), Rábano Mauro († 856) y Walafrido de Strabón († 849).

Sin embargo, en su conjunto, el periodo comprendido entre los siglos VI y XI no supuso un verdadero progreso en la exégesis bíblica. La mayor parte de la producción bíblica se limitó al trabajo de recopilación, dándose inicios a las catenae, una serie de notas exegéticas sobre un texto bíblico o todo un libro, entresacados de las obras de los Padres y escritores antiguos, y puestos una a continuación de otra, sin comentarios. El valor de estas catenae se debe a que, gracias a ellas, se han conservado numerosos textos patrísticos que de otro modo se hubieran perdido. La primera catena conocida se remonta a fines de la época patrística y su autor fue Procopio de Gaza († 528).


2. El periodo medieval (siglos XII al XV)

A partir del siglo XII se verificó un despertar de la exégesis bíblica. Esto se debió a tres motivos principales: el renacimiento de la teología (siglo XII), la utilización de la filosofía aristotélica (siglo XIII) y la difusión de los estudios filológicos (siglos XIV y XV). Sobre este renacimiento exegético, León XIII escribe en la Providentissimus Deus: «Nuevos y consoladores progresos se realizaron gracias al método de los escolásticos, quienes […] dirigieron principalmente sus estudios y cuidados hacia la interpretación y explicación de las Escrituras. Se distinguieron, como no se había hecho nunca hasta entonces, los diversos sentidos de las palabras sagradas y se sopesaron la importancia de cada una para la ciencia teológica; se definieron las partes de los libros bíblicos y sus argumentos; se investigaron las finalidades de los escritores y se explicaron las conexiones y las relaciones de las distintas frases entre sí. Considerando estas cosas, nadie podrá negar que se hizo mucha luz sobre los pasajes oscuros. Lo abundante y escogida que era la doctrina [de estos autores medievales] sobre las Escrituras lo manifiestan del mismo modo ampliamente tanto los libros de teología, como los comentarios a las mismas Escrituras; también desde este punto de vista, el primer puesto corresponde a santo Tomás de Aquino».


Los precursores de los grandes doctores de la Escolástica (siglo XII) — Hacia el siglo XII se componen dos grandes obras, que se impondrán por su autoridad durante los tres siglos siguientes: la Glossa Ordinaria, debida en gran parte a san Anselmo de Laón († 1117), un comentario a toda la Biblia sobre la base de textos patrísticos intercalados en el texto bíblico, y la Historia Scholastica, de Pedro Comestor († 1179), obra de gran erudición, referida a los libros históricos del Antiguo y Nuevo Testamento, que fue adoptada como manual en las escuelas teológicas medievales.

En la misma época se escribieron numerosos comentarios bíblicos, los cuales oscilaban entre un método básicamente literal hasta una exégesis claramente alegórica. Entre los autores más representativos se encuentran Bruno de Asti († 1123) y Ruperto de Deutz († 1135), que comentaron casi todos los libros de la Escritura siguiendo una exégesis teológico-doctrinal, y principalmente Hugo de san Víctor († 1141), uno de los más famosos intérpretes del siglo XII, que practicó una exégesis literal. Para mejor precisar el sentido del texto bíblico, Hugo adopta, junto a los principios de la tradición patrística, el recurso a la historia y al contexto literal (litterae circumstantia). En el célebre Didascalicon, el maestro victorino presenta una sistematización de la doctrina de los cuatro sentidos bíblicos, literal, alegórico, tropológico y anagógico, que tuvo una gran influencia en la teología posterior.

De esta época hay que mencionar también las obras de san Bernardo de Claraval († 1153), en cuyos sermones, sobre todo sobre el Cantar de los Cantares 1,1-3,1, explica con profusión los textos bíblicos; Pedro Lombardo († 1160), que compuso unos comentarios sobre los Salmos designados con los apelativos de Glossa magistralis y Magna glossatura, por ser una ampliación de la Glossa de san Anselmo de Laón; y Ricardo de san Víctor, que se esforzó por realizar interpretación literal del texto bíblico († 1173).

En una visión de conjunto de este siglo, lleno de gran vitalidad teológica, sobresalen algunas características generales : una gran variedad de orientaciones y métodos exegéticos; la finalidad de los estudios bíblicos deja de ser de modo exclusivo la edificación pastoral inmediata, característica de la exégesis patrística y monástica, para transformarse en un trabajo con valor por sí mismo; y se introduce la quaestio en el comentario bíblico, que se irá desarrollando gradualmente hasta convertirse en una explicación teológica de índole sistemática más que un comentario verdadero y propio de los textos sagrados. Esta transformación se completa en el siglo XIII, cuando se consolidan los modelos teológicos de las Summae theologiae y las Quaestiones Quodlibetales. En el siglo XII aparecen además diversos instrumentos de trabajo, como los glosarios, las colecciones de allegoriae y de distinctiones, y los correctoria biblica.

  1   2


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje