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Tenga para que se entretenga


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“Tenga para que se entretenga”

Alejandro Covarrubias V.

Así tituló José Emilio Pacheco uno de sus cuentos más celebres. Publicado en 1972, “Tenga para que se entretenga”, se convirtió en una más de las leyendas populares de la Cd. de México. Nadie sabe por cierto que pesó más en el ánimo social para, como luego ocurrió, convertir el relato en parte del lenguaje citadino de la chunga, la ironía perruna y el albur pendenciero del respetable.


Del populacho mexicano, pues. Sería su rostro de espíritus chocarreros, por los que el emperador Maximiliano de Habsburgo regresa del más allá. Mutó en un caracol espeluznante, viscoso y húmedo, para robarse el niño de una de las tantas familias enriquecidas al amparo de los generales de la revolución. O sería su crítica, de figurada a implícita, que el gran José Emilio destila en cada uno de sus renglones a la forma en que los presidentes y sus familias se apoderaban del País. Esa forma dictatorial e imperial que tanto perfeccionó el antiguo régimen para permitir que los ejecutivos y sus familias decidieran quiénes se beneficiarían con los presupuestos y las obras del gobierno; qué, quién y cómo se publicaba qué cosa; y, en fin, quién habría de vivir y quién morir por obra y gracia de su sacrosanta voluntad.


Pero aún hoy hay mucho más que ver en este fabuloso cuento. Mucho más que discernir, quiero decir, sobre qué influyó más para hacer de “Tenga para que se entretenga” desde el “Gran Misterio de Chapultepec” hasta el gesto dedal, la mítica y sabia despedida, de todo buen mechica que quiere mandar a alguien mucho a… freír camotes cuando ya lo puso hasta la… coronilla.


Por ejemplo, uno puede ver lo que era la libertad de expresión en aquel triste México de la impunidad del PRI-Gobierno. Así un pobre periodista que se atrevió a involucrar en la desaparición de aquel niño al entonces Secretario de Comunicaciones (el temible Don Maximino, curiosamente hermano del Presidente Manuel Ávila Camacho y aspirante a sucederle en el cargo), no vivió para contarla. Apareció muerto al siguiente día de publicar su infortunada sospecha. Nadie le dio mayor importancia al hecho. ¡Cómo era tan común entonces que aparecieran regados y desmembrados a las veras de los caminos periodistas que cometían el pecado de osadía de levantar su voz contra el gobierno!


De esas historias reales, con actores de carne y hueso, se construyó la trayectoria de donde viene el periodismo mexicano. Un periodismo que se pensó para ser y circular en torno al Gobierno en turno. Con periódicos y escritores abrumadoramente de pasquín: Aduladores del poder hasta poner los ojos en blanco frente a los ejecutivos en funciones; vendedores descarados de sus servicios; cómplices embozados de gobiernos primero concebidos para tranzar, mentir y robar.


Todo a cambio del embuste; todo a cambio del silencio o las palabras empeñadas por virtud de dineros mal habidos. Todo a cambio de gobiernos habituados a comerciar impunidad por vías de un “Toma todo” con las aristas cargadas. Los lados de la riqueza y las oportunidades para ellos, sus familiares y allegados. Los de la incertidumbre para los que todo ponen. Luego los mendrugos arrojados sobre ellos: Tierras desiertas a campesinos hambrientos, láminas de cartón a familias sin techo, permisos de puestos ambulantes a técnicos y profesionistas desempleados, regidurías y diputaciones para dirigentes sindicales corrompidos, “¡chayotes! y espacios en los medios para los articulistas consentidos.


No todos los diarios ni todos sus escritores se entregaron a semejante destino, sin embargo. Arriesgando su integridad física y sobreponiéndose a los clásicos cercos desde el gobierno, algunos supieron sobrevivir en la independencia. Hicieron honor a un periodismo concebido en su esencia (aquí como en todo el mundo) para ser un coto  frente a los excesos del poder.


El coto que actúa con las armas de siempre: Las de la fuerza de la información y el análisis veraz y oportuno. Gracias a ellos, al igual que gracia al trabajo de muchas más fuerzas sociales y políticas comprometidas con la verdad de un País mejor, es que México empezó a cambiar. El hecho es tan real que, para estas horas, nadie duda que sin este periodismo comprometido con la objetividad y el profesionalismo, no hubiera sido posible la derrota del viejo sistema y el inicio de la transición democrática del País (al respecto se puede leer Zepeda, 2006; Cacho, 2005).

  
Por nuestros días, mucha agua ha corrido bajo el puente. Tenemos una nación que, aunque penosamente, evoluciona y contamos con un periodismo donde tiende a desaparecer el entreguismo de antaño. El Estado, pésele a quien le pese, no es ya más el actor central de sus páginas.

Pero tampoco esta es la situación en todo el país, como -ahora a la inversa- tampoco lo es la de todos los periodistas. Particularmente en algunos estados prevalecen gobiernos que se niegan a aceptar que el país cambió. Alucinan contra cualquier medio que es fiel a la búsqueda de información. Detestan y agraden la crítica. Desean y se desvelan por tener una prensa y unos medios a la antigüita: De pastas pasquineras; de plumas lisonjeras. Reveladoramente, son los estados y son los gobiernos que se han convertido en la nota roja del país. Del “gobernador precioso” de Puebla al gobierno anti popular del Ulises Ruiz oaxaqueño.


En ese contexto resultan inquietantes los cada vez más frecuentes encuentros que ha tenido el gobernador Bours ante EL IMPARCIAL . Este diario ha sido parte de aquel periodismo independiente que ayudó -como hoy ayuda- a transformar nuestra sociedad.




Eduardo Bours es un político joven que puede tener un mejor y mayor futuro. Pero en su horizonte, como en el de cualquier político del presente, hay una condición. Es la de que sepa alentar y ampliar los espacios de pluralidad y libre expresión. Lo que, visto desde la perspectiva Pacheco, es igual a decir no a cualquier “Tenga para que se entretenga”.


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