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Temario: Las faltas al honor


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INSTITUTO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS DE BUENOS AIRES
El Honor Militar Argentino
TEMARIO:

  • Las faltas al honor.

  • Concepto.

  • Organismos que ejercen la Jurisdicción del Honor.

  • Procedimiento.




  1. EL HONOR COMO BIEN JURÍDICO TUTELADO.




  1. La Reputación en la Teoría General de la Conducta.

El honor es, en su esencia, un problema de conducta. Partiendo de la base del libre albedrío, se considera que el hombre puede decidir su manera de proceder, en un sentido o en el otro. Es decir, que es libre y depende de su voluntad cómo ha de dirigir sus actos. Ello hace lógicamente posible su responsabilidad toda vez que, de no existir en forma absoluta esa libertad, resulta eximida de las consecuencias punitorias del hecho u hechos que cometiere, lo cual ha sido receptado por la legislación común de todas las naciones, en mayor o menor medida. En nuestro caso, por el Artículo 34 del Código Penal de la Nación.


Ahora bien; a una decisión cualquiera sólo se llega o se debe llegar por parte del individuo, luego de una valoración y discriminación de las causas, algunas de las cuales lo mueven en el sentido que en definitiva elige y otras que suelen impulsarlo en dirección opuesta.
Cabe tener presente que los móviles subjetivos que lo determinan a obrar, que deben estar condicionados a normas objetivas fijadas ya por la sociedad y que lo compelen a coordinar sus decisiones con tales principios, los que suelen estar fijados por las leyes, o ser religiosos, o morales y que ejercen en el ánimo de una natural y benéfica coerción para que la conducta individual no sea atentatoria de la sociedad.
Los móviles que lo impulsan contribuyen a definir su personalidad y al ser valorados por los demás, determinan la reputación y, por consiguiente, la estima y consideración de que se goza.
La valoración de esos móviles surge en ocasiones del aspecto social y son apreciados por el legislador, influyendo en la responsabilidad, sea para aumentarla o disminuirla (alevosía o ensañamiento en el homicidio; homicidio por emoción violenta), en las circunstancias que las circunstancias hicieren excusable, según está taxativamente detallado en el Código de fondo y según —también— la evolución de la Jurisprudencia al respecto.
En otros casos se prefiere dejar incluso impune al delito, como en las acciones de instancia privada (Artículo 72 del Código Penal: violación, estupro, rapto y ultraje al pudor), subordinando la iniciación del juicio a la voluntad del afectado, que ha de medir las consecuencias que puede importar la publicidad de su deshonra.


  1. El Honor Militar.

Desde el punto de vista general puede estimarse que el hombre, para decidir sus actos, se guía por tres móviles principales:




  1. El interés:

  2. El placer; y

  3. El deber.

Éste último consiste en el cumplimiento de las obligaciones morales, religiosas, jurídicas y las demás impuestas por el ejercicio del Comando, en el tradicional y universalmente virtuoso Servicio de las Armas.


El honor no está ni debe estar alejado de este concepto, toda vez que es, según su definición «una virtud que nos induce a cumplir con nuestros deberes».
Pero cabe señalar que, si bien existen deberes comunes a todos los hombres (deberes de hijo, de padre, etc.), no existen otros que resultan de la situación social, o de la profesión. No todos tienen los mismos deberes, ni éstos se imponen con la misma estrictez. Así, suele hablarse del honor del campesino, del comerciante, del militar... cobrando distintas graduaciones o matices, según sean las obligaciones o deberes del titular, sin que implique desvirtud la existencia de un concepto esencial del honor.
En la institución armada —una de cuyas misiones es elevar al máximo los valores morales— el honor considerado como el cumplimiento del deber, ocupa un lugar preeminente.
El Honor, se dice en la introducción del Reglamento de los Tribunales de Honor, es la riqueza más grande que puede poseer un Militar. Observar en todo momento una conducta ejemplar —agrega luego— es la mejor defensa del propio honor.” Como se observa, el mismo reglamento da —pues— a la conducta, el valor de ser la base de un honor incólume.
Muchas son las obligaciones morales que impone la institución castrense, en la que el hombre se prepara para la defensa de la Patria y para dar la vida por ella. Emanan —por consiguiente— de la condición propia del estado militar.
Carlos Pellegrini, en un discurso, el último que pronunció en el Congreso Nacional, ha fijado las particularidades de tales deberes:
Al discutirse una Ley de Amnistía, en la sesión del 11 de junio de 1906, expresó: «El militar tiene otros deberes y otros derechos; obedece a otras leyes, tiene otros jueces, viste de otra manera, hasta habla y camina de otra manera. Él está armado, tiene el privilegio de estar armado, en medio de los ciudadanos desarmados. A él le confiamos nuestra bandera, a él le damos las llaves de nuestras fortalezas, de nuestros arsenales y a él le entregamos nuestros conscriptos y le damos autoridad para que disponga de su libertad, de su voluntad, hasta de su vida. Con una señal de su espada se mueven batallones, se abren nuestras fortalezas, se baja o sube la Bandera Nacional. Y toda esta autoridad y todo este privilegio, se lo damos bajo una sola y única garantía, bajo la garantía de su honor y de su palabra. Nosotros juramos ante Dios y la Patria, con la mano puesta sobre los Evangelios; el Militar jura sobre el puño de la espada, sobre esa hoja que debe ser fiel, leal, brillante como un reflejo de su alma, sin mancha y sin tacha. Por eso, la palabra de un Soldado tiene algo de sagrado y faltar a ella es algo más que un perjurio. Y bien, Señor Presidente, es éste el cartabón en que tienen que medirse nuestros jóvenes militares, para saber si tienen la talla moral necesaria para ceñir la espada, que es el legado más glorioso de aquellos héroes que nos dieron Patria; para vestir ese uniforme lleno de dorados y galones sería un ridículo oropel si no fuera el símbolo de una tradición de glorias, de abnegación y de sacrificios, que obligan como un sacerdocio al que lo lleva. »
Resulta interesante también transcribir la opinión de Alfredo de Vigny sobre el Honor, y especial sobre el honor militar, en su libro “Servidumbre y grandeza militar”: «El honor es la conciencia exaltada. Es el respeto a sí mismo y a la belleza de la vida llevada hasta la más pura elevación y hasta la pasión más ardiente... Ya lleva al hombre a no sobrevivir una afrenta, ya a sostenerla con un esplendor y una grandeza que reparan y borran la mancha... Siempre y en todas partes, mantiene en toda su belleza la dignidad personal del hombre. El honor es el pudor viril... Ese principio, que puede creerse innato, al que no obliga más que el asentimiento interior de todos, no es, por sobre todo, ¿de una soberana belleza cuando es practicado por el hombre de guerra?»
Por su parte Henry Bourdeaux, distinguido biógrafo de San Luis y diplomático, escribió: «El honor es una especie de galantería del alma que impulsa a la defensa de los débiles, al olvido de nuestros intereses, a la generosidad, al respeto a la palabra dada, cualesquiera que sean las consecuencias. Consiste en algo que es más y menos que el deber, pues extrae sus obligaciones de un culto íntimo y rebasa lo necesario. »
Von Ihering ha definido —también— con precisión al honor militar en su obra básica: “La lucha por el derecho”: «Tomemos un caso cualquiera de un ataque al honor y en la clase en que el sentimiento del honor suele estar más desarrollado, la clase de oficiales militares. Un Oficial que ha soportado pacientemente una ofensa a su honor, se incapacita. ¿Por qué? La defensa del honor: ¿acaso no es un deber meramente personal? ¿Por qué el Cuerpo o la clase de Oficiales viene a darle una importancia tan especial? Es que considera con razón que su estado depende necesariamente del valor que muestran sus miembros en la defensa de su personalidad y que una clase que es por naturaleza la que representa el valor personal, no puede sufrir la cobardía de uno de los suyos sin sacrificarse y desacreditarse toda ella. »
El honor cobra, pues en el Ejército una importancia trascendental y éste ha tratado de asegurar el cabal cumplimiento de las obligaciones relacionadas con el mismo. Hay figuras penales en el Código de Justicia Militar que lo tienen como bien jurídico tutelado, sin perjuicio de la disciplina en general. Véase la calumnia o la injuria, como delitos militares, las falsedades y los “delitos” contra el honor militar, en el Código de Justicia Militar.


  1. RELATIVIDAD DEL CONCEPTO DEL HONOR

1. El “valor” del Honor.


Es menester señalar que se considera como una de las características del Honor la relatividad de dicho concepto.
El Honor, como dice Díaz [Díaz, C. – El Código Penal para la República Argentina Comentado, Buenos Aires, 1942] tiene el valor que le asigna el individuo y la sociedad. Cambia —por ende— según el criterio con que se interrelacionan los individuos con sus respectivas sociedades y las mismas se van modificando, evolucionando o involucionando, con el correr de los tiempos. El concepto de valoración del honor, hoy es ponderado en forma diferente que a principios del Siglo XX y aún respecto de este período, era distinto del que se tenía en la Edad Media, por ejemplo.
Resulta ilustrativo a este respecto, transcribir un párrafo de uno de los cuentos filosóficos de B. Saintine [“Notes on duels”, Boston, 1855]: “Un joven había recibido una injuria. Dos amigos caritativos le hicieron comprender que perdería su honor si no demandaba razón de tal ultraje. Deseando contar con un consejo sano, consultaron con un filósofo, a quien lo había recomendado su padre, sobre la forma en que debía reclamar satisfacciones por el insulto sufrido. «Hijo mío —contestóle aquel— el Honor es un fantasma que cambia de forma al cambiar de país. Yo tuve en Pennsylvania la equivocación de aplicar un fuerte y rudo bofetón a un bravo cuáquero, que se contentó con ofrecerme la otra mejilla, siendo ponderado por todos por esa acción. Un corso, con el que había sido rival en mi juventud, consideró como un compromiso de honor asesinarme y murió de pena ante la imposibilidad de llevar a cabo tal acción. Un inglés me ofreció un día boxear para terminar una discusión un tanto vivaz y con toda seguridad que me reprocha hasta hoy, que yo eludiera la proposición. Encontrándome en el Japón y por haber ofendido a un japonés, éste se abrió incontinenti el vientre, invitándome a que lo imitara, siendo despreciado por sus compatriotas al no seguir tan bello ejemplo. »”
Dejando de lado la paradoja e ironía que encierra la historia en cuestión, es de resaltar las características de relatividad y convencionalidad del Honor, según el lugar y la sociedad donde se lo pondere.



  1. SÍNTESIS HISTÓRICA. ORIGEN DE LA JURISDICCIÓN DEL HONOR

1. Inexistencia de la Institución en la Antigüedad


El Honor es una concepción relativamente moderna que los antiguos no conocieron jamás. Es una institución cristiana y representa la fe completa en la omnisciencia y la ingerencia divina y servirá de base —más tarde— “el juicio de Dios”, del que el duelo y luego los Tribunales de Honor, serán sucesores directos.
Siguiendo a Du Verger de Saint Thomas en su “Noveau Code du Duel”, la antigüedad ignoró el duelo —según el autor— y así, entre otras, la actitud y la frase de Temístocles —por ejemplo— al levantarle la mano Euribíadades, y la de Catón, al permanecer impasible el ser escupido en el rostro en el Senado, demostrarían que no se tenía noción en esa Edad de las normas y los principios caballerescos que condicionan los incidentes personales.
Los combates individuales de la antigüedad, como los de David y Goliat, Héctor y Paris, Paris y Menelao, Turno y Eneas, los Curiacios contra los Horacios, etcétera, eran sólo formas de solucionar querellas de orden público, no privado, remitiendo en algunas ocasiones los beligerantes a la decisión de las armas la suerte de la guerra.
En la Ilíada, la pelea de Aquiles con Agamenón, a raíz de quedarse éste con su esclava Briseida, es muy propia para poner de manifiesto que el duelo era desconocido entre los antiguos; estos dos reyes, por más que se insultan públicamente, nunca tienen la idea de cruzar los aceros.
Carrara, en su obra “Derecho Criminal” también opina que el duelo no se conocía entre los griegos y latinos, por el respeto que éstos tenían por la Ley y su firme decisión de someter a la Justicia la resolución de las cuestiones aún personales, por la consideración que ésta les merecía.


  1. Origen del duelo.

La Era Antigua está finalizando con la decadencia del Imperio Romano escindido y corrupto desde su interior. Las tribus bárbaras que habitan allende el Rin, al irrumpir sobre el mundo romance, terminaron con la civilización que el Imperio había extendido por medio de la conquista del orbe conocido y que su prolongada pax había fijado y sedimentado.


Una nueva manera de vivir y, por consiguiente, un nuevo derecho iba a regir las relaciones entre los hombres. Bandas armadas que no reconocían más autoridad que la de su jefe, se posesionaron de las tierras y, al romper todo vínculo con la autoridad central, llevaron a cabo la pulverización microscópica de la soberanía, fenómeno que hoy se conoce bajo el nombre de feudalismo.
Estos germanos, al decir de Tácito, no se hacían asistir por augures ni buscaban en las entrañas de los animales los signos de la voluntad de los dioses y para prever el resultado de una batalla, por ejemplo, hacían que se batiera un prisionero enemigo con un guerrero del propio bando y, según el éxito del combate se vaticinaba el resultado de la lucha. Éste era el duelo adivinatorio, antecedente del duelo judicial.
En tanto, el origen del «duelo judicial» habrá de buscarse en las costumbres germanas, por una parte en las ordalías, y por otra en los particulares medios de prueba de los Francos Ripuarios, tribu germana que habitaba en la margen izquierda del Rin.
Cabe recordar que las leyes bárbaras eran personales, esto es que, para su aplicación no se tenía en cuenta el territorio, sino el grupo o tribu a la que pertenecían los intervinientes. Las leyes seguían al individuo a través de los continuos desplazamientos de las masas sociales, que singularizan la primera parte de la Edad Media.
Entre esas leyes, la de los Francos Ripuarios admitía la prueba negativa, o sea que el acusado podía justificarse jurando con cierto número de testigos que no había cometido el hecho imputado; el número dependía de la importancia del caso y, en ocasiones, podía llegar hasta setenta y dos, bastando el juramento para establecer la inocencia del acusado.
Dada la posibilidad de ser declarado culpable y siendo suficiente el simple testimonio para salvarse, no es de extrañar que frecuentemente éste no fuera veraz.
Por lo demás, la decadencia de las costumbres del mundo romano había producido un aumento notable de la falsedad en juicio, que se infiltró lentamente en la legislación bárbara. Se quiso evitar dicho inconveniente requiriendo, como ya se expresara, un mayor número de testigos, pero con tal procedimiento sólo se consiguió multiplicar el mal. Los “conjuradores sacramentarios”, como se les llamaba, juraban que tenían por cierto lo manifestado por la parte a la que apoyaban; lo hacían poniendo la mano sobre los Evangelios, la Hostia Consagrada o sobre las reliquias de los Santos, pero ello no disminuía los falsos testimonios.
Desesperando, pues, describir la verdad por el dicho de los hombres, algunos legisladores se determinaron a seguir el instinto supersticioso de los pueblos y a consultar a la divinidad misma mediante pruebas diversas, siendo la principal el combate entre las partes contendientes. La prueba del duelo fue precisamente sustituyendo poco a poco a la prueba testimonial, viciada por el hábito de la falsedad y del perjurio, como un medio de restituir a la declaración prestada en juicio, su jerarquía y autenticidad.
Ergo, el duelo nació como un remedio jurídico para establecer la verdad y castigar el falso testimonio. Se basaba en la sincera creencia de que Dios protegía en la suerte de las armas al que se expresaba con veracidad. Con él se eliminaba el perjurio y también las restantes ordalías —la prueba del agua fría, el agua hirviente, el hierro candente o las brasas—, decidiéndose las causas por el valor y la habilidad guerrera, y no por la suerte.
Así, cualquier Caballero denunciado podía manifestar sencillamente que quería defenderse “mediante batalla”, arrojando a los pies de los jueces su guante en calidad de desafío. Si el acusado era una mujer, eclesiástico o imposibilitado, se permitía que un tercero —llamado “campeón”— asumiera la representación. Éste defendía a su representado con el mayor interés, pues –si era vencido- se le cortaba la mano.
La prioridad que en un mundo convulsionado y en lucha permanente debía concederse al valor y a las virtudes guerreras, decretó la preponderancia del duelo sobre las restantes ordalías. Así, en el año 501 se introdujo el primer Código de Honor, sancionado por Gundebald, rey de los Burgundios, conocido también como la Ley Gombetta, extendiéndose a toda la cristianidad.


  1. Antecedentes remotos de la Jurisdicción del Honor.

Los primeros tribunales de honor de la Historia fueron aquellos consejos a quienes los padrinos recurrían para que decidan sobre cualquier desacuerdo de importancia que podía surgir durante el trámite caballeresco.


Eran los organismos que, implantado por el Poder Público, tuvieron como misión específica reprimir o restringir el duelo con carácter general y que, instituidos posteriormente en el orden militar, añadieron a la función indicada la de juzgar y sancionar con penas especiales a quienes habían afectado con su conducta su propio honor; el del cuerpo de oficiales, o el de la institución castrense.
Su precedente más remoto está dado por la intervención dada en cuestiones de honor por el monarca respecto de miembros del Ejército, o de personas importantes de la Corte. Sea para que lo aconsejaran o para que decidieran con facultades propias.
Los tribunales que se analizan se concretan por primera vez en Francia, con el Tribunal de los Mariscales, cuya jurisdicción alcanzaba tanto a civiles como a militares.
Los establecidos para el Ejército exclusivamente, tuvieron su nacimiento en Prusia, y los creados en nuestro país se encuentran vinculados históricamente con los que funcionaban en España en los Siglos XVIII y XIX.
Los Tribunales de Honor —entonces— encuentran su nacimiento en una disposición de Carlomagno del año 805, por la cual ordenaba a sus Oficiales que intervinieran para avenir a todos los vasallos que tuvieran entredichos o diferencias. De no ser obedecida la orden, las partes eran conducidas ante el Emperador y si su resolución no era acatada y el duelo se llevaba a cabo, el culpable de ocasionar la muerte de su contrincante, además de la compensación pecuniaria por el homicidio, perdía la mano que había utilizado en jurar cumplir el fallo.
La intervención del Ejército en tales funciones pacificadora comenzó a tomar auge — luego— con la creación del citado Tribunal de los Mariscales, debiéndose señalar que cuando el duelo judicial concluyó, por negarse a dar la autorización pertinente el Parlamento de París. Desde entonces, los monarcas que ejercieron tal prerrogativa se hicieron aconsejar por personas prominentes de la Corte cuando se planteaban cuestiones relacionadas con el Honor.


  1. El Honor Militar Argentino.




  1. Antecedentes Coloniales.

La legislación española estuvo en vigencia en América durante el período colonial. En ocasiones eran las mismas leyes que regían en la península y, en otras, ante los problemas distintos que presentaba el continente descubierto, se aplicaron leyes especiales que en su conjunto constituyen el denominado “derecho indiano”. Ésta legislación rigió a las Instituciones de nuestro país hasta 1887, año en el cual entró en vigencia en toda la Nación el primer Código Penal, esto es, el redactado por Carlos Tejedor para la Provincia de Buenos Aires. Hasta entonces, y en muchas otras cuestiones no criminales, siempre y reiteradamente fueron invocadas las leyes españolas para decir el Derecho.


Las Siete Partidas, la célebre recopilación de Alfonso el Sabio, trataba detalladamente —VIIª Partida, Títulos 3 y 4— “De los desafíos y los duelos”. Solamente los “fijosdalgos” podían retarse entre sí. “Rétanse los fijosdalgos según costumbre de España, cuando se acusan unos a los otros, sobre yerro de traición o de aleve... Lid es una manera de prueba que usaron a fazer antiguamente los omes, quando se quieren defender por armas, del mar sobre que los reptan... Tuvieron los fijosdalgos de España que mejor les era defender su derecho a la lealtad por armas, que meterlo a peligro de pesquisas o de falsos testigos...”.


  1. El Honor Sanmartiniano.

Los Tribunales Militares de Honor en la Argentina fueron instaurados por el General Don José de San Martín, en el Regimiento —que él creara— de Granaderos a Caballo.


Dada su formación profesional militar en el Ejército Español y su participación en las luchas contra las huestes invasoras de Napoleón, que —como se expresara— hicieron sentir la necesidad de reglamentar estos organismos en la Madre Patria, fácil es admitir su creación en nuestro país, como consecuencia lógica de la influencia de tales antecedentes en el Libertador.
Por lo demás, el mismo General San Martín asegura, en el acta constitutiva pertinente, “experiencia” le había mostrado la utilidad de dicha institución.
Para la organización y educación de ese Regimiento que figura —sin desmedro— entre las más famosas unidades de èlite de la Historia, como que intervino desde su origen en las luchas para liberar a medio continente, San Martín, junto con la adopción de medidas de índole diversa, se preocupó esencialmente de la formación moral de los oficiales.
Para completar su obra —dice el General Mitre— “necesitaba inocularles un nuevo espíritu, templarlos moralmente, exaltando en ellos el sentimiento de la responsabilidad y de la dignidad humana que, como un centinela de vista, debía velar día y noche por sus acciones. Evitando los inconvenientes del espionaje que degrada y los clubes militares, que acaban por relajar la disciplina, planteó algo más eficaz y más sencillo: Instituyó una especie de Tribunal de Vigilancia compuesto de los mismos oficiales, en que ellos debían ser los celadores, los fiscales y los jueces, [facultados para] pronunciar las sentencias y hacerlas efectivas por la espada, autorizando, por excepción, el duelo para hacerse justicia en los casos de honor”.
La institución se concretó en el” Establecimiento de la Reunión Mensual de los Oficiales y Cadetes del Regimiento de Granaderos a Caballo”.
Se expresa en dicho documento:
Cada primer domingo del mes deberán reunirse todos los oficiales y cadetes en casa del Comandante del Regimiento. Éste abre la sesión por un pequeño discurso en que demuestre la utilidad de tal establecimiento y la obligación que tiene todo Oficial de honor de no permitir en el seno del cuerpo ningún Oficial que no corresponda a aquél. Concluido el discurso mandará salir Oficial por Oficial a otra pieza en la que habrá tarjetas en blanco, para que cada uno escriba lo que haya notado en la comportación de algún compañero. Concluido esto, se levantará el Sargento Mayor o Capitán más antiguo en defecto de éste, y correrá el sombrero en el que cada Oficial depositará su papeleta con la mano cerrada para introducirla; recogidas que sean las pasarán al Jefe principal para que las revise en secreto y, si encontrase alguna acusación y el acusado se hallase presente, lo mandará salir, lo que, verificado, hará presente al Cuerpo de Oficiales la papeleta que ha dado motivo a la salida anterior. Cada Oficial tiene derecho para hablar sobre el particular, que se propone, lo que discutido a satisfacción, se nombrará una comisión de tres Oficiales que serán a elección de todo el Cuerpo para la averiguación del hecho; pero dichos Oficiales deberán ser más antiguos y de superior graduación que el acusado. Hecha la averiguación, se citará a la Junta Extraordinaria, a la que la Comisión de Residencia dará parte del encargo que se le ha confiado, que según lo que resulte de la exposición se volverá a discutir sobre ello, cuya discusión incluida se pasará a la votación secreta, es decir, por papeleta, y en los mismos términos en que se verifican las acusaciones; pero firmando cada Oficial su dictamen, que poco más o menos deberá ser concebido en éstos términos: El Teniente Don Fulano de tal no es acreedor a ser individuo del Cuerpo. La pluralidad de votos será la que decida la suerte del Oficial, y en caso de empate el jefe principal valdrá por dos. Si el Oficial acusado saliese inocente, se le hará entrar en presencia de todo el Cuerpo de Oficiales, y se dará una satisfacción por el presidente. Si el Oficial acusado saliese reo, se nombrará una comisión por Clase, para anunciarle que el respetable Cuerpo de Oficiales manda [que] pida su licencia absoluta, y que en el ínterin que ésta se le conceda, no se presente en público con el uniforme del Regimiento; y en caso de contravenir le será arrancado por el primer Oficial que lo encuentre”.
Se establecía, como se aprecia, la necesidad de una reunión mensual el primer domingo de cada mes; la constitución de una Comisión de Honor de tres Oficiales a elección de los restantes Oficiales del Cuerpo más antiguos que el imputado, para la averiguación de los hechos; citación a junta extraordinaria a la que la Comisión dará cuenta de lo investigado; votación secreta, firmando cada Oficial su voto; condena a simple pluralidad de sufragios. Esto significa que, a diferencia del sistema actual, donde el Tribunal de Honor es un simple asesor de la Superioridad; el organismo sanmartiniano tenía facultades decisorias; y sólo en caso de empate el voto del Jefe de Regimiento valía por dos.
Se enumeraban —luego— bajo el título que sigue, los hechos que se consideraban indignos:
“Delitos por los que deben ser arrojados los Oficiales”


  1. Por cobardía en acción de guerra en la que aún el agachar la cabeza será reputado como tal.




  1. Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.




  1. Por no exigir una satisfacción cuando se halle insultado.




  1. Por no defender a todo trance el Honor del Cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia, o sepa que ha sido ultrajado en otra parte.




  1. Por trampas infames como de artesanos.




  1. Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se le haya suministrado para ella.




  1. Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros Cuerpos.




  1. Por publicar las disposiciones interiores de la Oficialidad en juntas secretas.




  1. Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.




  1. Por poner la mano a cualquier mujer, aunque haya sido insultado por ella.




  1. Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo verificarlo.




  1. Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas.




  1. Por concurrir a casas de juego que no sean pertenecientes a la Clase de Oficiales, es decir, jugar con personas bajas e indecentes.




  1. Por hacer un uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable, con perjuicio del Honor del Cuerpo.

Termina el texto que se transcribe con las siguientes palabras y notas:


Yo estoy seguro que los Oficiales de Honor tendrán un placer en ver establecido en su Cuerpo unas instituciones que los garanticen de confundirse con los malvados y perezosos, y les prometo (porque la experiencia me ha demostrado) que esta medida les hará ver los más felices resultados, como la segura prosperidad de las Armas de la Patria.”... “Nota: El Cuerpo de Oficiales tiene derecho a reprender (por la voz de su Jefe) a todo Oficial que no se presente con aquel aseo propio del Cuerpo, y en caso de reincidencia sobre este defecto, quedará comprendido en los artículos de separación de él”.


  1. La Defensa del Honor en la tradición militar argentina.

Digno de ser citado, fue el lance sostenido en España entre el Coronel Moldes y un militar francés en 1809, duelo que si bien por la fecha es anterior a la Revolución de Mayo, se encuentra espiritualmente vinculado con los sentimientos que animaron a nuestra emancipación.


Don José de Moldes, de brillante actuación en nuestra independencia, residía en Madrid en el año indicado. Al participar de un banquete, tuvo un incidente con un militar de alta graduación, apellidado Reguières, enviado especial del Emperador Napoleón. Molesto por un brindis de dicho Oficial, toda vez que aquél expresó que el Emperador podía sojuzgar en un instante a España y sus Colonias, le contestó que en cuanto a Buenos Aires lo creía difícil, toda vez que los ingleses lo habían intentado por dos veces, conservando de ello amargos recuerdos. Ante una réplica insultante del militar francés, Moldes lo derribó de un puñetazo, concertándose el lance para el día siguiendo, falleciendo el Oficial francés a raíz de las heridas que recibió en el encuentro.
El fuerte espíritu religioso en que estaba imbuido nuestro pasado colonial y que no se debilitó —por cierto— durante las guerras de la Independencia, era un serio obstáculo para el arraigo del duelo como medio para deslindar ofensas al honor. Belgrano criticó discretamente a San Martín su edicto del Honor en el Regimiento de Granaderos, mediante una carta privada, aduciendo la falta de cultura general de los integrantes de los ejércitos patrios, propiciaría los duelos, si su Código se generalizaba. Cualquier alférez de dieciséis años —diría luego, en sus Memorias, el General Paz— podría retar a duelo a su Comandante por considerarse agraviado en su honor por un mero reproche relativo al servicio... El hecho es que, aún así, el código sanmartiniano tuvo profundos efectos, como se verá a través de los siguientes ejemplos históricos.
Luis Carrera, rencoroso de no haber obtenido el apoyo de Buenos Aires, retó a duelo, en 1814, al General Mackena, por ser amigo y partidario de O’Higgins, que a la sazón se hallaba también en Buenos Aires y a quien consideraba uno de los responsables. “Usted ha insultado el honor de mi familia y el mío, con suposiciones falsas y embusteras; y si usted lo tiene me ha de dar satisfacción, desdiciéndose en una concurrencia pública de cuanto usted ha hablado, o con las armas de la clase que usted quiera y en el lugar que le parezca. No sea señor de Mackena que un accidente tan raro como el de Talca, haga que se descubra esta esquela. Con el portador espero la contestación.”
El General Mackena contestó: “La verdad siempre sostendrá y siempre sostendría: demasiado honor he hecho a usted y su familia. Si usted quiere portarse como hombre, pruebe tener este asunto con más sigilo que el día de Talca y Mendoza. Fije usted el lugar y hora para mañana a la noche y esta de ahora podría decidirse si me viera usted con tiempo para tener pronto pólvora, bala y un amigo que aviso a usted, llevo conmigo”.
Realizado el duelo, en los bajos de La Residencia, actual Parque Lezama, al cambiarse el primer disparo resultó agujereado el sombrero de Carrera. Habiendo los adversarios rechazado una tentativa de reconciliación, en el segundo disparo cayó muerto el General Mackenna. Ante la denuncia de que el duelo había sido irregular intervino la autoridad. Detenido Carrera, finalmente fue puesto en libertad por Alvear.
Pero el Gobierno Patrio, a través del Directorio encabezado por Gervasio Posadas, había establecido, en 1811, que “...para que las vidas de los ciudadanos, que sólo deben exponerse por el bien de la Patria no queden pendientes de los caprichos de la venganza...”, se prohibía el duelo, como principio general.
Aún así, pasando por alto la comunicación de la Primera Junta, nos encontramos nuevamente con el Coronel Moldes, esta vez en nuestro país.
Sabido es que en la batalla de Tucumán por los movimientos imprevistos, tanto de las fuerzas realistas como patriotas, incluso el General Belgrano ignoró durante los primeros momentos el resultado de la acción.
El general estaba triste y pensativo —dice Paz— Uno de los primeros en aparecer fue el teniente de Dragones Juan Carretto, a quien preguntó el general: “Qué hay, qué sabe de la plaza?”. A lo que éste contestó: “Nosotros hemos vencido al enemigo que teníamos al frente, pero creo que el enemigo ha ocupado la ciudad”. Moldes, que sin duda pensaba de otro modo —prosigue Paz— y que quería persuadirlo al General, le dijo: “No crea Usted a ese Oficial, que está hablando de miedo.” “Señor Coronel —repuso Carretto—. Yo no tengo miedo y sí tanto honor como usted”. A continuación lo desafió a duelo, que Moldes aceptó en el acto. Ambos se separaron para llevarlo a efecto y habrían andado veinte o treinta pasos, cuando un Oficial peruano, Don Manuel Vera, le dijo al General Belgrano: “Señor, aquellos hombres van desafiados”. Prosigue Paz cómo, volviéndose en sí, y como si recién lo advirtiera, gritó el General: “Señor, ¿qué insubordinación es ésa?” Entonces muchos de los presentes se interpusieron y los duelistas no consiguieron su propósito, no volviendo luego a reanudarse la cuestión.
Belgrano, severo en cuestiones de disciplina, no toleraba el duelo. Por haber Dorrego prohijado uno, que acabó trágicamente entre los Oficiales Aguirre y Videla, ordenó el procesamiento de aquél y así Manuel Dorrego fue separado del Ejército definitivamente. Su primera exoneración había tenido lugar —justamente— en el Regimiento de Granaderos a Caballo, del cual fue separado por San Martín tras una Junta Consultiva, el primer domingo del mes, por no ser apto para vestir el uniforme de Granaderos.
Sin embargo, el mismo Belgrano se vio envuelto en un procedimiento caballeresco en Europa, en el año 1815, en ocasión en que, juntamente con Rivadavia, desempeñaba en Londres una misión diplomática, encomendada por Posadas. Sabido es que ambos patriotas se encontraron en dicha ciudad con Sarratea, el que propició el viaje del famoso conde de Cabarrús ante Carlos IV, desterrado a la sazón, en Roma, para interesarlo en el proyecto de coronación del infante Don Francisco de Paula en el Plata.
Cabarrús, cuya misión no tuvo éxito, presentó las cuentas por dos viajes que efectuó a Roma, cuentas que —para el espíritu escrupuloso de Belgrano y su delicadeza para el manejo de los fondos públicos— no aparecían suficientemente acreditados. Cabe acotar que los viajes se financiaban con los fondos asignados a Rivadavia y Belgrano, así como también que incluso se puso en duda la efectividad de los viajes del mencionado conde, cuyos antecedentes no eran —por cierto— muy recomendables.
La cuestión de referencia motivó una seria nota de Belgrano a Sarratea analizando las cuentas, en la que concluía: “...espero que usted tendrá la bondad de atender este negocio, cosa que yo pueda presentarla a nuestro gobierno en el modo y forma más regular, pues ni a usted ni a nosotros ni al señor conde mismo, conviene que aparezcamos en un aspecto tan poco decoroso en estas materias de interés, que son las que generalmente fijan la atención y hacen formar el concepto del hombre.” Sarratea pasó la nota a Cabarrús y hasta le facilitó —al estafador— las armas necesarias para un duelo. Éste —de todos modos— no se consumó. Citado por el conde a una vaga y misteriosa conferencia, el General Belgrano, que no dudaba de su objeto, acudió en compañía de su padrino, Don Mariano Miller; y no viendo a su adversario, iba a retirarse, cuando aquél se presentó, acompañado de José Olaguer. Cambiáronse al punto las palabras que son de imaginar. Cabarrús pretendía una satisfacción y Belgrano, además de negársela, le declaró que si le ofendían las reflexiones de su carta se dirigiera a quien se las había enseñado. Acalorase con esto la disputa, e interviniendo en ella Olaguer: “—Basta, señor conde –exclamó- Hasta aquí lo he acompañado a usted como un amigo...” Y volviéndose a Belgrano: —“En nombre de los americanos, protesto de cualquier paso inconsiderado que usted dé...”. De todas formas, al ver la decisión de Belgrano, el conde Cabarrús se retiró del lugar, y nunca volvióse a saber de él.
El siguiente duelo nos obliga a cambiar de ambiente. Corre el año 1816. Mendoza, febril y patriota, multiplicaba sus fuerzas bajo el impulso del General San Martín para la magna empresa del cruce de Los Andes. Allí tuvo lugar un incidente entre dos Oficiales de su Ejército, de descollante actuación posterior en nuestra Historia: nos referimos a los —luego— generales Juan Lavalle y Juan O’Brien.
Un día O’Brien, que era tan firme en los campos de batalla como galante en los salones sociales, insinuó en media lengua que una niña de Buenos Aires, -a cual en aquel momento no nombró- no poseía la virtud que forma el adorno más preciado de su sexo y, como se le exigiese por los Oficiales porteños que diese su nombre, no admitiendo la reserva, al tratarse de una probable calumnia de su comprovinciana, O’Brien lo hizo sin recato y haciéndose eco de lo que él había oído.
La aludida tenía parentezco con Lavalle y éste, ofendido de la calumnia arrojada sobre una distinguida señorita más como caballero que como miembro de la familia, espetóle: “Miente usted !!!” –Contradiciéndolo con violencia- y convenció a O’Brien, tras breve ardorosa discusión, de que su frase, dura y atrevida, era -sin embargo- exacta.
O’Brien, con la delicadeza y hombría de bien que fue norma de su conducta, aceptó la rectificación pero, declarando ufano, que el sable que colgaba al cinto no podía quedar envainado, sin medirlo con el de su contrincante, para que la impusiera por las armas. Lavalle, con la misma energía que mostró en la defensa de la dama, manifestó que no tenía inconveniente y aún añadió que le sería satisfactorio sostener sus palabras en las eventualidades de un lance y convino en éste, batiéndose al día siguiente, en un sitio apartado de la alameda, que se estaba formando por iniciativa y bajo la vigilancia de San Martín.
En estos casos sobraban padrinos entre aquel almácigo de valientes y, cuatro de ellos, acompañaron a sus amigos en una aventura tan extravagante como dramática. Un buen rato cruzaron sus sables afilados a molejón los futuros generales, hasta que Lavalle, más afortunado, dio a su adversario un hachazo en la muñeca de la mano derecha, tan profundo, que O’Brien mostraba la cicatriz cuarenta años después, riéndose de la calaverada de su juventud. Reconciliados sobre el mismo terreno del combate, Lavalle se preocupó que fuese curada una herida que pudo inutilizar el brazo de tan generoso y digno Soldado de la libertad.”
Muchos años después O’Brien le obsequió a Lavalle el sable de la contienda, grabado con la siguiente inscripción: “Al Señor General Juan Lavalle, argentino, cuya espada brilló en Chacabuco, Maipú, Nazca, Cerro de Pasco, inmortal en Riobamba, invencible en Ituzaingó, de su amigo y antiguo compañero de armas, Juan O’Brien”. Ambos sables, el de Lavalle y el de O’Brien, se encontraban —juntos— en el Museo Histórico Nacional, hasta hace pocos años...
Hablando de Chacabuco, recordemos que la actitud del General O’Higgins —al lanzarse al ataque sin esperar el concurso de la columna de Soler, para completar la maniobra ideada por San Martín— casi hunde en el desastre a las fuerzas libertadoras. Esto dio motivo a que el General Miguel Estanislao Soler retáse a duelo al futuro Director Supremo de Chile. El lance fue convenientemente evitado por una orden directa de San Martín, fundada en motivos políticos evidentes. Soler nunca se recuperó del agravio.
Los duelos también fueron muy frecuentes en el período posterior a la Independencia. A veces los incidentes personales se resolvían en una forma muy particular y bien contundente por cierto, como lo cuenta Julio B. Jaimes Répide en su obra “Paseos Evocativos por el viejo Buenos Aires”.
Un ex teniente del ejército italiano, que al parecer se las daba de perdonavidas, provocó varias veces al Señor Jorge Arnold Brown, llegando a prometer que públicamente lo abofetearía donde lo encontrara; el Señor Brown, a su vez, hízole saber que de ocurrir tal suceso lo mataría de un tiro. Cabe agregar que los dos cumplieron lo prometido, al tener lugar el incidente en un teatro.
Fotheringham, también relata lo usual de tales incidentes ya muy avanzado el Siglo XIX. Los duelos, pues, tornáronse comunes, y figuras prominentes de la política, del Ejército y del periodismo llegaron sin hesitaciones hasta el terreno del Honor, produciéndose una sucesión alarmante de encuentros en que no siempre los motivos revestían la gravedad suficiente.
En el mismo año —1870— fue recogido en el bosque de Palermo, con el corazón atravesado por una bala, Florencio Varela, hijo del destacado periodista que emigró a Montevideo en la época de Rosas. El hecho era la consecuencia del duelo que sostuvo con el Coronel peruano Pedro Orfila.
Años después, en 1878, el Coronel Lucio Mansilla retaba a duelo a Pantaleón Gómez, que se había referido en forma hiriente a la actuación de Mansilla como gobernador de El Chaco, mofándose de la figura del militar. Dijo, en este caso, que era “más para un escenario de teatro que para las filas del Ejército.” Los combatientes tenían extraordinaria puntería, y ya acordado el lance, Gómez expresó que apuntaría “al ridículo penacho del Coronel Mansilla”. Éste, a su vez, manifestó que lo haría al primer botón de la chaquetilla de su adversario. Ambos llevaron a cabo su propósito, perdiendo Mansilla el penacho, y Gómez la vida...
Antes de finalizar el Siglo, en 1894, otro duelo de consecuencias trágicas conmovería a Buenos Aires: Lucio V. López, hijo del historiador y nieto del autor del Himno Nacional; catedrático y literato de relieve, también autor de “La Gran Aldea”, hizo detener —en su carácter de ministro, en la intervención de la provincia de Buenos Aires— al Coronel Carlos Sarmiento. Éste, al recobrar su libertad, lo retó a duelo, el que se llevó a cabo a pistola en el viejo Hipódromo Nacional de Belgrano. López, que desconocía el uso del arma, recibió un tiro en el estómago, falleciendo al día siguiente.
Ya en el Siglo XX, se recuerda que la mayoría de los lances caballerescos eran llevados a cabo en la vieja casa de la calle Cuba, en las barrancas de Belgrano, perteneciente a Don Carlos Dellcase, amigo de Jorge Newbery y gran deportista. Como sede obligada de los encuentros que se concertaban, sobrepasaron el centenar. Muchos otros, entre militares; o entre militares y civiles, se desarrollaron en el Campo de Instrucción del Ejército, en Campo de Mayo, recordándose todavía el coraje de Caballeros de la talla de Lisandro de la Torre, Alfredo Palacios y distinguidos periodistas, o Jefes militares, que no le iban a la zaga.


  1. EL SISTEMA VIGENTE.




  1. La Ley actual: Reglamento para los Tribunales de Honor.

a. Antecedentes Legislativos sobre la tipificación y Jurisdicción del Honor


El primer acto legislativo respecto de la regulación de las cuestiones de Honor se produjo con la sanción de la Ley 9675, de 1915, y su Reglamento, en 1935. Luego reformada en 1938, y en 1953. Recién en el año 1970 se prohibió formalmente al duelo como medio para dirimir las cuestiones de honor entre Oficiales. El decreto Nº 1180, de mayo de 1893, le dio la actual conformación al Reglamento de los Tribunales de Honor, con reformas posteriores que, en definitiva —y como lo hemos de ver— cayeron en desuetudo.
El Reglamento [actualmente denominado Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas (PC 28-01)] define al Honor como “la cualidad moral que nos lleva al más severo cumplimiento de nuestros deberes respecto de los demás y de nosotros mismos... El Honor militar es insita competencia y responsabilidad del personal militar, el que, en consecuencia, es único ejecutor de su custodia y juzgamiento, por ser el patrimonio ético fundamental de las Instituciones Militares y de la profesión castrense... Es algo que está por sobre la misma vida y los valores materiales, porque la primera termina con la muerte, y lo material es cosa transitoria. En cambio, el honor sobrevive y trasciende como preciado legado a través de las generaciones, configurando el magno patrimonio espiritual de familias, instituciones y pueblo... El Honor militar impone una severa conciencia y la estricta preservación de la ética profesional”.
b. Regla de valoración del honor.
Dice el Reglamento que, constituyendo el Honor la más alta prenda moral de un militar, no puede considerárselo vulnerado por hechos de escasa importancia. En consecuencia, los procedimientos que determina el Reglamento sólo deben seguirse en aquellos casos que por su carácter lo justifiquen.


  1. Faltas al Honor. Concepto.

Son transgresiones al honor todos los actos y omisiones imputables a Oficiales que, al lesionar su propio honor, o el de camaradas, resulten contrarios a las tradiciones de las Instituciones Militares. Sin perjuicio de otras transgresiones al honor comprendidas en este concepto general, se consideran como tales, las siguientes:




  1. Faltar a la palabra de honor, o a las reglas que el honor impone a todas las personas de bien.




  1. Observar conducta equívoca o que deje dudas acerca de la honorabilidad que corresponde a un Oficial.




  1. Incurrir en actos de deslealtad para con las Instituciones o camaradas de las Fuerzas Armadas.




  1. Faltar a la verdad o dar informes inexactos para perjudicar a camaradas, considerándose como agravantes cuando sea en detrimento de subalternos.




  1. Ofender a un camarada en forma que implique afrenta o menosprecio.




  1. No adoptar oportunamente las correspondientes medidas encaminadas a dejar a salvo el honor lesionado.




  1. Sustraerse maliciosamente al cumplimiento de las deudas y otras obligaciones contraídas, u obtener ventajas en forma desdorosa.




  1. Verter intrigas o versiones que puedan perjudicar el buen nombre, reputación o prestigio de otro Oficial.




  1. Encubrirse en el anónimo para hacer críticas a camaradas y/o resoluciones o proyectos de sus superiores.




  1. No socorrer a un camarada que se encuentre en peligro, pudiendo hacerlo.




  1. Atentar contra la honestidad de las mujeres, no defenderlas o proceder contra ellas, aunque haya sido insultado por las mismas.




  1. Hacer, con cualquier finalidad, publicaciones que afecten la jerarquía o cargos militares, siendo tanto más grave el hecho cuando más elevado sea el grado o cargo del afectado por la publicación de quien las haga.




  1. Hacer uso indebido de estupefacientes, o ingerir bebidas alcohólicas en forma inmoderada o en circunstancias que perjudiquen el buen nombre del Cuadro de Oficiales.




  1. Presentarse en público o prestarse a publicaciones gráficas en forma que no condiga con la corrección que corresponde al prestigio del personal superior de las Instituciones Armadas.




  1. Utilizar el título del grado en actividades de las que resulta desdoro para el mismo y desprestigio para la Fuerza Armada a la que pertenece.




  1. Integrar o haber integrado grupos o entidades, que por su doctrina o acción, aboguen, hagan pública exteriorización o lleven a la práctica, actividades que lesionen los principios del honor o sean contrarios a los fundamentos morales de las leyes y reglamentos militares.




  1. Organismos que ejercen la Jurisdicción del Honor.

La intervención de cualquier Tribunal de Honor puede ser solicitada por el afectado, y puede generarse por denuncia, dentro de las 48 horas hábiles. También puede tomar injerencia por decisión del Superior respecto de sus subordinados.


La jurisdicción la ejercen:


  1. El Tribunal Superior de Honor de las FFAA;

  2. El Tribunal Superior de Honor del Ejército;

  3. El Tribunal Superior de Honor de la ARA;

  4. El Tribunal Superior de Honor de la FAA; y

  5. Los respectivos tribunales de honor para Jefes y Oficiales de cada Arma.

El Tribunal Superior de Honor de las FFAA tiene un Presidente y seis Vocales, contando, además con tres vocales suplentes, uno de cada Fuerza. El Presidente es designado por Decreto del PEN, dura 4 años en sus funciones y es suplantado, rotativamente, por otro Oficial Superior (General de División, Vicealmirante o Brigadier Mayor) de la Fuerza que sigue en orden de turno.


Los Tribunales Superiores de Honor de cada fuerza, están conformados por cinco miembros. Juzgan en única instancia a Oficiales Superiores y otros Oficiales implicados.
Los Tribunales de Honor para JJ y OO, están compuestos en forma similar, y juzgan en primera instancia a JJ y OO.


  1. Procedimiento.

La causa se inicia en el Tribunal de honor que corresponda, con totalidad de la asistencia. El Tribunal tiene una reunión previa para analizar la causa, estudiar los antecedentes de la Comisión de Honor, prepara el interrogatorio y resuelve los incidentes de recusación y excusación. Todas las declaraciones son hechas bajo palabra de honor. Se cita al imputado, se le informan los cargos, éste toma conocimiento por escrito y tiene 72 horas hábiles para contestar a las imputaciones, estando facultado para agregar o copiar documentación, pudiéndose hacer acompañar por un camarada de grado similar o superior. El tribunal cita a testigos, puede suspender actuaciones en forma fundada y hasta ordenar comisiones investigadoras especiales, que informan por escrito. También está facultado para practicar careos. Luego se pasa a votación, teniendo en cuenta los siguientes puntos:




  1. Si el imputado ha incurrido en los hechos que se le atribuyen.

  2. Si el hecho en sí constituye falta al honor.

  3. Si lo que se le imputa es un acto aislado o es, por el contrario, su conducta habitual.

  4. Si tiene atenuantes.

  5. Si tiene agravantes.

Resueltas estas cuestiones, se absolverá sin más trámite al acusado o bien se pasará a votar la resolución del Tribunal.


La resolución puede graduarse en:


  1. Amonestación por falta leve al honor;

  2. Amonestación por falta grave al honor; y

  3. Descalificación por falta gravísima al honor, en cuyo caso corresponde la privación del título del grado y el uso del uniforme, medida que decide y publica el Poder Ejecutivo.

Los imputados tienen el derecho a la reconsideración, dentro de las 48 horas hábiles siguientes a la notificación respectiva, o bien puede apelar contra la resolución, que se sustenta por un procedimiento análogo. En cualquier término, sin embargo, el imputado puede pedir la revisión de resoluciones definitivas y un nuevo Tribunal de Honor y –transcurridos los 10 años- pedir el indulto al Poder Ejecutivo. Denegado que fuera éste, después de otros 10 años tiene derecho a reiterar la solicitud.


El duelo está prohibido y el ofendido tiene la obligación de dirimir las cuestiones de honor entre camaradas con arreglo a este Código, o bien —las afrentas impartidas por civiles— mediante el inicio de querella por calumnias y/o injurias, informando el resultado dentro de las 48 horas. Los civiles pueden denunciar faltas al Honor de Oficiales.



  1. Sistema procesal tras la reforma de 1991.

El aspecto fundamental de la última reforma al Reglamento de los Tribunales de Honor (según el decreto de “necesidad y urgencia” 1287/91) es la subordinación de los mismos al Presidente de la Nación, como Comandante en Jefe de las FFAA y la implantación definitiva de su carácter de tribunal administrativo asesor.


Su composición se redujo, además, por razones evidentemente presupuestarias y por el menor número de causas.
Se habilitó a cualquier civil a plantear una cuestión de honor a cualquier Oficial, lo que origina la intervención obligatoria del Tribunal respectivo.
Aún así y ante la multiplicidad de denuncias y planteos contra militares por parte de civiles, supuestamente afectados, se desestimaron la mayor parte de ellas, así como los planteos, ante la falta de reciprocidad disciplinaria, o responsabilidad penal de los civiles —como consecuencia de un falso o inexacto planteo— lo que funcionaba en descrédito de los militares.
Por Boletín Público de Ejército del año en curso, entonces, se oficializó el desuetudo fáctico, rechazándose, de allí en más, los planteos de civiles, volviéndose, de hecho, al sistema anterior.



  1. CONCLUSIONES

El decreto 1287/91, publicado en Boletín Oficial Nº 27.177 es la última reforma legal al Código de Honor Sanmartiniano, titulada —definitivamente— «Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas». Éste constituyó, probablemente, la última palada de tierra de su propio funeral. La Jurisdicción del Honor, tantas veces protegida con la sangre de los integrantes de la más hoplita de las instituciones patrias, se desmoronó como las murallas de Roma cuando se introdujo la reforma al Capítulo 7 [“Incidentes Personales”], declarando la ante citada universalidad de legitimación activa para denostar al Cuadro de Oficiales de las FFAA. Por tal razón, el boletín público que suspende el curso favorable a la multitud de planteos que se presentaron como consecuencia, en realidad no posee la jerarquía kelseniana suficiente para derogar a la ley.


Las cuestiones de honor parecen, en definitiva, haber virtualmente «desaparecido» entre Oficiales, a pesar de la necesidad y la urgencia que decidieron a la reforma del estigmatizado reglamento. Ya nadie las plantea, en la práctica, porque la solución de la ley no satisface ninguna probidad mancillada.
Suprimida que fue la legitimidad del duelo entre iguales se demostró —una vez más— que la naturaleza jurídica de estos tribunales no excede del marco disciplinario administrativo que, según razones de mérito, oportunidad o conveniencia, no sirven —en realidad— a las instituciones armadas, sino a la política proselitista y a la oportunidad de las campañas electorales y los fines neoliberales del Poder Ejecutivo... muy lejanos, por cierto, de los ideales sanmartinianos que fomentaron su institucionalización en la Patria de los Argentinos.




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