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Tema 20: la poesía española posterior a 1936: tendencias, rasgos principales, autores y obras más significativas


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Lengua y Literatura II. 2º de Bachillerato. Curso 2014-15. Tema 20



TEMA 20:

LA POESÍA ESPAÑOLA POSTERIOR A 1936: TENDENCIAS, RASGOS PRINCIPALES, AUTORES Y OBRAS MÁS SIGNIFICATIVAS

1. LA POESÍA DURANTE LA GUERRA CIVIL. LA POESÍA DE LOS AÑOS CUARENTA: POESÍA ARRAIGADA Y DESARRAIGADA
Una figura de anclaje entre las generaciones del 27 y el 36, que desarrolla la mayor parte de su obra poética durante la contienda, es Miguel Hernández (Orihuela, Alicante, 1910), poeta del amor, del dolor y del pueblo, “genial epígono” del 27, a cuyos poetas admiró y con los que comparte la magistral combinación de tradición y modernidad, y es, a la vez, punto de referencia insoslayable para la poesía “humanizada” de posguerra. Su estilo poético se caracteriza por la forma auténtica y apasionada de expresar su mundo humano y doméstico, lo cual lo aleja de la frialdad de la vanguardia; destacan, además, la originalidad de sus metáforas, creadas a partir de un lenguaje inmediato y familiar, y el dominio de la métrica tradicional (sonetos, octavas reales, romances, serventesios, etcétera). Su poesía gira en torno a temas universales: la vida y su manifestación suprema, el amor; la muerte, siempre al acecho; el compromiso político y la lucha por la justicia social. La obra de Miguel Hernández puede dividirse en varias etapas ligadas a su biografía:


  • Primera época: tras algunos poemas poco relevantes, publica una primera obra de estilo gongorino, Perito en Lunas (1934), escrita en octavas reales, influida por el 27 y en la que se mezclan metáforas tradicionales e imágenes vanguardistas. Con El rayo que no cesa (1936) inicia su madurez artística. En esta obra sobresalen los sonetos; el autor se muestra sucesivamente enamorado, ilusionado y desdeñado por la amada. Aparecen también otros temas, como el destino y la muerte, destacados en la impresionante “Elegía a Ramón Sijé”.




  • Segunda etapa: con la guerra, su compromiso político queda plasmado en Viento del pueblo (1937), en el que la poesía de combate, escrita con un lenguaje directo y propagandístico, convive con la preocupación social en poemas como “El niño yuntero”. En esta etapa combina el verso libre y la métrica tradicional. Con El hombre acecha (1939) hace referencia a su desencanto ante la tragedia de la guerra y el sentimiento de haber sido vencido.




  • Tercera etapa: a ella corresponden los poemarios escritos en prisión. El Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941) supone la cima poética del autor, donde va desgranando temas como el amor, la libertad y la difícil situación de su familia, con un lenguaje intenso y depurado que se apoya en estrofas muy breves. Su dramática situación personal y la cercanía de la muerte dotan a esta obra de fuerza y autenticidad.

El fin de la Guerra Civil da comienzo a la dictadura y a una dura posguerra marcada por la pobreza, la censura – que nos mantiene aislados y hace que la cultura permanezca ajena a la europea – y el exilio de muchos intelectuales. A partir de los años cuarenta la poesía lírica se encuentra con un panorama de silencio, dolor y muerte impuestos por un conflicto que había durado tres años. Difícil era entonces asumir el papel de poeta en un país destrozado, tanto material como espiritualmente. Algunos poetas de las generaciones del 98 y del 27 estaban muertos (Unamuno, Machado, Lorca), otros expatriados (Guillén, Alberti, Cernuda, Salinas...) y otros obligados al silencio (Dámaso Alonso, Aleixandre...). El campo de la lírica quedaba así yermo.


Las primeras corrientes poéticas de posguerra, que muestran su preocupación por los temas humanos, se fragmentarán en dos tendencias fundamentales: la poesía arraigada y la poesía desarraigada. Estos nombres, asignados por Dámaso Alonso, implican dos maneras distintas de analizar y vivir el momento histórico.
A la poesía arraigada pertenecen casi todos los autores de la generación del 36 que permanecieron en España y que se identifican con el régimen franquista, aunque posteriormente se distancien de él. Nacidos en torno a 1910, estuvieron vinculados a las revistas Garcilaso y Escorial, dirigidas respectivamente por José García Nieto y Dionisio Ridruejo. En la primera se publicaban poemas de corte tradicional, con Garcilaso de la Vega como símbolo del equilibrio y recuperación de los valores del imperio español. Las características principales de esta corriente son:


  • Una visión del mundo distanciada de la realidad cotidiana del país. Los poetas se cobijan en una existencia agradable y ordenada que vuelve la vista a lo doméstico y familiar, al paisaje, al amor, a las cosas bellas...




  • Una religiosidad armónica en la que Dios, como elemento fundamental de orden, les aporta serenidad y confianza.




  • Una métrica clásica que refleja ese espíritu equilibrado; por ello van a retomar estrofas y composiciones clásicas, sobre todo el soneto. Posteriormente, la mayoría de ellos utilizará el verso libre.

Los poetas “arraigados” son Luis Rosales, cuya obra “La casa encendida”, de 1949) ha sido considerada una de las mejores de nuestra lírica; Leopoldo Panero (“Escrito a cada instante”, 1949), Luis Felipe Vivanco (“Continuación a la vida”, 1949) o Dionisio Ridruejo (“En la soledad del tiempo”, 1944).


Opuesta a la corriente anterior, tanto temática como formalmente, la poesía desarraigada se decanta por una mirada existencial que expresa la desorientación y el caos de la vida humana. La influencia de Miguel Hernández se hace notar. Estos poetas se reúnen en torno a una serie de revistas, como Espadaña, dirigida por Victoriano Crémer y Eugenio de Nora. Características principales de esta tendencia son:


  • Un sentimiento de angustia y desesperación ante las circunstancias; la idea de haber sido arrojados a un mundo absurdo produce en ellos un vacío difícil de llenar. Dios no es ya un símbolo de equilibrio y serenidad, sino la única posibilidad de salvación del hombre, por lo que se dirigen a él increpándole y mostrándole el sufrimiento del mundo. La existencia se ve como una lucha con el medio o con el mundo interior.




  • El abandono del ámbito personal en un intento de solidarizarse con los que sufren; esta idea sentará, años después, las bases de la poesía social.




  • El estilo deja de ser clásico y se torna desgarrado, casi violento; esto se refleja en la utilización de un lenguaje coloquial brusco y duro; la métrica tradicional se sustituye a veces por el verso libre y el versículo, que dejan mayor libertad para la manifestación de la angustia existencial.

A esta corriente pertenecen autores de diferentes épocas y procedencias: Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre (“Sombra del paraíso”, 1944), como representantes de la Generación del 27, junto a poetas más jóvenes como Gabriel Celaya (“Movimientos elementales”, 1947) y Blas de Otero (en poemas como “Hombre”), que evolucionarán posteriormente hacia la poesía social. Otros autores son: Carlos Bousoño, Eugenio de Nora, Ramón de Garciasol, Victoriano Crémer, José Luis Hidalgo o Josefina Rodríguez.


Cabe destacar un poemario de Dámaso Alonso que lo identifica plenamente con esta corriente tras haber cultivado una poesía pura en su etapa anterior. Se trata de Hijos de la ira (1944), libro que supone un grito terrible contra la injusticia y el sufrimiento humanos, en el que se pide a Dios que dé sentido a una vida dominada por el caos. El lenguaje es agresivo, con una combinación de símbolos y metáforas que configuran imágenes alucinantes. Poemas emblemáticos son “Mujer con alcuza”, que clama contra la injusticia y la suerte de los abandonados del mundo, o “Insomnio”, donde se ofrece la visión de un Madrid poblado de cadáveres reales y simbólicos en versículos que expresan una enorme desazón.
Por último, debemos referirnos a dos tendencias minoritarias. De un lado, el postismo, llamado así como abreviatura de postsurrealismo y título de una revista, de un solo número, fundada en 1945 por Carlos Edmundo de Ory, uno de los mejores poetas de posguerra. Con él domina la escena poética un arte lúdico, social y antiacadémico que consagraron poetas como J.E.Cirlot y Ángel Crespo. De otro lado, en Córdoba aparece en 1947 la revista y el grupo Cántico, que propugna una poesía intimista, sensual y neobarroca, encabezada por poetas como Pablo García Baena o Ricardo Molina.



  1. LA POESÍA SOCIAL DE LOS AÑOS CINCUENTA: GABRIEL CELAYA, JOSÉ HIERRO Y BLAS DE OTERO

Durante los años cincuenta las circunstancias sociales y políticas empiezan a cambiar gracias al reconocimiento internacional del régimen de Franco y la ayuda económica de otras naciones, que traerá consigo un incipiente desarrollo industrial y una mayor apertura de las costumbres. En este nuevo contexto sociopolítico se crea la necesidad de dar testimonio de la situación de España a través de la literatura de compromiso. Es así que a mediados de la década surge un nuevo concepto de poesía, alejado tanto de la expresión de la intimidad de los poetas arraigados como de las angustias existenciales de los desarraigados. El poeta se convierte en testigo de su época y utiliza su palabra para cambiar el mundo, tomando partido ante las circunstancias sociopolíticas españolas. Partiendo, pues, de la poesía “desarraigada” se ha pasado a la “poesía social”. Según Celaya, un poeta no puede ser neutral, por ello, los mismos que en la década anterior gritaron contra el dolor y manifestaron su angustia, a partir de 1950 denunciaron la marginación, el paro, la falta de libertad, y exigieron la justicia y la paz para España, una patria amada y rota que se convertiría en protagonista de sus versos: Victoriano Crémer, Eugenio de Nora, José Hierro, Ramón de Garciasol, Celaya, Blas de Otero...


La publicación en 1955 de Cantos Iberos, de Gabriel Celaya, y Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero marcará el comienzo de esta tendencia, que llega hasta los años sesenta. Las características de la poesía social son:



  • Un lenguaje inmediato y desnudo de recursos retóricos, a veces cercano al prosaísmo y al panfleto, que se distancia de preocupaciones estéticas. Los poetas se dirigen “a la mayoría”, de ahí la pretensión de claridad y el tono coloquial. Por tanto, se valora más el contenido que el aspecto formal de los poemas, si bien los grandes poetas aciertan a descubrir los valores poéticos de la lengua cotidiana.




  • El paso del yo (existencial, personal) al nosotros (social y colectivo) en un intento de crear una conciencia solidaria que proteste por la injusticia social.




  • El tema de España, tratado desde una perspectiva con tintes políticos. De ello pueden dar cuenta algunos títulos: Que trata de España (Otero), Tierras de España (Garciasol), Canto a España (José Hierro), Dios sobre España (Bousoño), etc.

El poeta más importante fue, sin duda, Blas de Otero (1916-1979). Su obra ofrece una evolución que va desde el desasosiego casi místico en sus libros más propiamente existencialistas, hasta la entrega de su vida y su obra por la paz del hombre y la justicia. En su primera etapa, cultivó una poesía desarraigada y existencial, en la que utiliza un lenguaje tenso y violento, quebrado por continuos encabalgamientos que producen un ritmo muy marcado y original, sobre todo en los sonetos. Es una poesía, estremecedora por su tono desgarrado, que se centró en la búsqueda angustiosa de Dios, del amor y del sentido de la existencia humana, como se aprecia en “Ángel fieramente humano” (1950) y “Redoble de conciencia” (1951).


Más tarde, se convirtió en una de las figuras más representativas de la poesía social. Se aleja de lo personal para volverse solidariamente hacia lo colectivo. Utiliza un lenguaje coloquial y sencillo, en un intento de llegar “a la inmensa mayoría”1. A esta segunda etapa pertenecen obras como Pido la paz y la palabra (19552): Ahora ya no es Dios quien le importa, sino los hombres que desasosegadamente viven y mueren sin encontrar la paz para sus almas ni la felicidad para sus cuerpos. Pero el poeta, ante tanto sufrimiento, no se siente vencido: “Yo soy un hombre literalmente amado / por todas las desgracias – y gracias tan grande la esperanza”, nos dice en otro poema.
Finalmente, en lo que podríamos llamar tercera etapa, iniciada a mediados de los sesenta, intenta recuperar la palabra poética del prosaísmo en el que había caído. Retorna a lo íntimo y utiliza básicamente el verso libre, el versículo y algunos recursos del surrealismo. A esta etapa pertenecen Hojas de Madrid (1968-1979) y un libro en prosa, Historias fingidas y verdaderas, de voluntad experimentalista. Cabe señalar como rasgos destacables en su lengua poética la sintaxis abrupta, los abundantes recursos fónicos (aliteraciones, paronomasias), las reiteraciones, el uso de antítesis y oxímoron, los juegos de palabras, el uso del léxico popular y, en particular, el uso transgresor del lenguaje literal.
Gabriel Celaya defendió una poética de extrema sencillez y transparencia, de defensa de la solidaridad humana (Tranquilamente hablando, Las cartas boca arriba, Cantos iberos). Aunque es bien famoso su verso “la poesía es un arma cargada de futuro”, sin embargo su poesía no solo estuvo dirigida por lo explícito y lo utilitario, sino que también buscó, en ocasiones, territorios más experimentales (Los espejos transparentes, Lírica de cámara).
José Hierro también es un ejemplo de esta poesía directa en el que la identidad personal, el paso del tiempo y la derrota son temas fundamentales de unos poemas que él mismo llamaba a veces “reportajes” (Quinta del 42, Cuanto sé de mí). Aunque igualmente comprometida moralmente, desarrolló más tarde una lírica más imaginativa y fantástica (Libro de las alucinaciones) o más íntima y humorística (Agenda).



  1. LA POESÍA EN LOS SESENTA Y PRIMEROS SETENTA: LA GENERACIÓN DEL 50 Y LOS NOVÍSIMOS

Hacia 1955 comienzan a percibirse algunos cambios en el panorama político español. El despegue económico y la elevación del nivel de vida en los años sesenta provocan una actitud de conformismo social que hace que los poetas comprometidos de los cincuenta pierdan la esperanza en la poesía como instrumento para cambiar la realidad. Por otra parte, los poetas más jóvenes muestran cierto cansancio de la poesía social, a la que reprochan su excesivo prosaísmo y la ausencia de lo personal en sus poemas. Este nuevo grupo de poetas, nacidos entre 1924 y 1936, comienza a publicar a finales de la década de los cincuenta. Es la llamada generación del 50.


Son los llamados “niños de la guerra”, que vivieron la contienda en su niñez o adolescencia, por lo que este tema estará también presente en su obra. Los nombres que se harán más notorios son los de Ángel González (1925), Jaime Gil de Biedma (1929-1990), José Ángel Valente (1929-2000), Francisco Brines (1932), Claudio Rodríguez (1934-1999). Éstos y otros (Carlos Barral, José María Valverde, Félix Grande, Caballero Bonald, J.Agustín Goytisolo, Carlos Sahagún, A.Gamoneda, Eladio Cabañero, etc.) han sido recogidos en ciertas antologías bajo el rótulo de grupo poético o promoción de los años 50. Tal denominación parece poco acertada porque, si bien comienzan a escribir en los cincuenta, su poesía marcará, sobre todo, la década siguiente, cuando alcanzarán su madurez creadora, coincidente con el agotamiento del realismo social.
No parece muy apropiado hablar de “grupo”: en nada se parecen el lenguaje cotidiano y directo de J. A. Goytisolo, el intelectual y simbolista de Valente o Gamoneda y el clasicista impregnado de surrealismo de Claudio Rodríguez. No obstante, es indudable que presentan rasgos comunes, indicio de que la poesía se orienta por nuevos derroteros. Se observan en ellos las siguientes características:


  • Una preocupación fundamental por el hombre, por los problemas éticos, sociales, existenciales e históricos que enlaza con el “humanismo existencial”, aunque en este caso huyen de todo tratamiento patético. “La finalidad de la poesía, como la de todo arte – señala Claudio Rodríguez – consiste en revelar al hombre aquello por lo cual es humano, con todas sus consecuencias”. Cabe señalar, en este sentido, el magisterio de Antonio Machado, y la influencia de otros poetas como Cernuda, Vicente Aleixandre, Leopoldo Panero o Luis Rosales.




  • Sus muestras de inconformismo frente al mundo en que viven, aunque cierto escepticismo los aleja de la poesía social. Lo propio de estos poetas es la creación y consolidación de una poesía de la experiencia personal.




  • De acuerdo con ello, sus temas se caracterizan, en buena parte, por un retorno a lo íntimo: el fluir del tiempo, la evocación nostálgica de la infancia, lo familiar, el amor y el erotismo, la exaltación de la amistad como valor supremo y universal... La anécdota realista es el punto de partida para exponer sus propias vivencias; no rehúyen la expresión directa de los sentimientos y comunican sin pudor su intimidad, a veces teñida de un escepticismo dolorido.




  • En cuanto al estilo, rechazan por igual el patetismo de la poesía desarraigada y el habitual prosaísmo de los poetas sociales. Si muchos siguen fieles a un estilo conversacional, antirretórico, ello no debe ocultar una exigente labor de depuración y de concentración de la palabra. Sin embargo, no les tientan las experiencias vanguardistas: se quedan en un tono cálido, cordial, compensado con un frecuente empleo de la ironía. Normalmente hay ausencia de estrofas y rimas; prefieren una estructura “narrativa” en el poema, y usan mucho las reiteraciones y los paralelismos. Introducen el léxico urbano, con coloquialismos y prosaísmos de clara intención irónica.

De entre los títulos publicados por estos autores podemos destacar Don de la ebriedad (1953), de Claudio Rodríguez; Salmos al viento (1958), de J.A.Goytisolo; La memoria y los signos (1966), de J.A.Valente; Tratado de urbanismo (1967), de Ángel González; Poemas póstumos (1968), de Gil de Biedma.


Hacia mediados de la década de los sesenta vuelve a cambiar el rumbo de la poesía española. Un grupo de jóvenes poetas, nacidos entre 1939 y principios de los cincuenta, manifiesta una actitud de ruptura con la estética anterior. Los autores de los años setenta comienzan su actividad en pleno desarrollo económico: se han formado en una situación de mayor apertura internacional, por lo que han podido leer la obra de escritores extranjeros y están influidos por los medios de comunicación de masas. Son los llamados novísimos, cuyos planteamientos estéticos son los dominantes desde 1966 hasta 1985, aunque algunos evolucionaron de forma más personal a partir de 1975.
Se dan a conocer a través de la antología de J.M.Castellet “Nueve novísimos poetas españoles” (1970), título que da nombre a la generación. Son Leopoldo María Panero, Pere Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán, Vicente Molina Foix, Ana María Moix, Félix de Azúa, Antonio Martínez Sarrión, José María Álvarez y Guillermo Carnero. A éstos habría que añadir otros como Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca o Luis Antonio de Villena, que participan de algunos de los rasgos de los Novísimos, si bien no siguen todos sus planteamientos estéticos. Otra fecha importante es 1966, año de publicación de Arde el mar, de Pere Gimferrer, libro que marca la ruptura con las poéticas anteriores.
Los novísimos fueron presentados como un movimiento de ruptura vanguardista con la poesía social e indagador de un nuevo lenguaje que llegó al experimentalismo formal. No creían que la poesía pudiera cambiar la realidad y rechazaron conceptos tan extendidos como compromiso, testimonio y solidaridad. Adoptaron, pues, una actitud formalista. Características de la poesía “novísima” son:


  • Deseo de ruptura con la poesía anterior: se manifiesta claramente en el rechazo del uso directo del “yo”, en la oposición al estilo realista y en la ausencia de posturas éticas o sociales.




  • Modelos poéticos muy variados: por un lado, recuperan la vanguardia (el cubismo, el surrealismo, a través de Aleixandre y los postistas...); por otro, recogen influencias del simbolismo francés, del modernismo y de poetas ingleses contemporáneos.




  • Exhibicionismo cultural: introducen elementos temáticos provenientes de mitologías exóticas y decadentes (ambientaciones lujosas, exóticas, en la línea modernista) o de la cultura de masas (el cine, la televisión, el rock, las novelas policíacas, la publicidad, los cómics, las revistas de modas, la música pop, etc.). Así los medios de comunicación de masas se convierten en referente cultural y fuente de nuevos mitos populares. Los poemas se llenan de nombres de ciudades o de personas, de descripciones de vestidos, fiestas, mitos orientales o clásicos, y mitos contemporáneos (Marilyn, Bogart, Che Guevara, Kennedy, etc.). Asimilan, pues, una mitología frívola o vuelven a temas y asuntos de otras épocas, de origen cultural e histórico, por lo que también se les llama culturalistas.




  • Experimentación lingüística: buscan una expresión poética llamativa, caracterizada por un lenguaje rico y barroco. Practican la escritura automática, que evita el discurso lógico, con la ruptura del verso, la disposición gráfica original, o la supresión de los signos de puntuación, y emplean técnicas como la del collage: extensas citas preceden al poema o se incorporan a él versos completos de otros autores, letras de canciones, frases publicitarias, textos de manuales de instrucciones... Este uso de la intertextualidad, en ocasiones excesivo, hace del poema un objeto metaliterario, cargado de referencias culturales. Además, alternan un lenguaje exuberante de imágenes opacas y visionarias con otras técnicas, como la métrica culta del modernismo, pero tampoco abandonan el tono coloquial de algunos poetas de la generación anterior.

Los novísimos de la tendencia culturalista y surrealista son Gimferrer: Arde el mar, La muerte en Beverly Hills (1968), El vendaval (1989); Guillermo Carnero: Dibujo de la muerte (1967), El sueño de Escipión (1971), El azar objetivo (1975); Antonio Colinas: Truenos y flautas en un templo (1972), Sepulcro en Tarquinia (1975), Astrolabio (1979)) y Luis Alberto de Cuenca: Elsinore (1972), Scholia (1975).


En la tendencia más coloquial, irónica y crítica destacamos a M.Vázquez Montalbán: Una educación sentimental (1967); Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973), A la sombra de las muchachas sin flor (1973), Praga (1982) y Leopoldo María Panero: Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973), Dioscuros (1982).

EPÍLOGO. LA POESÍA A PARTIR DE 1975.3
En la poesía contemporánea existe una extraordinaria complejidad debida, entre otras causas, a la convivencia literaria de poetas procedentes de distintas promociones y a la multiplicidad de corrientes o tendencias que se han venido sucediendo. Han seguido apareciendo libros de poetas consagrados en etapas anteriores como Bousoño, José Hierro, Valente, Brines o Claudio Rodríguez, entre otros. Al mismo tiempo se publican numerosos textos de autores más jóvenes, que ya cuentan también con abundantes antologías de época, de grupo generacional. La poesía de estos últimos años es rica en cantidad y calidad, y no es posible reducirla a listas ni a esquemas, ni resulta fácil enunciar unas características comunes a los distintos autores. Tan sólo indicaremos que ahora, en general, los poetas renuncian a menudo a la ambición de explicar el mundo y prefieren expresar limitadas experiencias íntimas. Este carácter individualista puede favorecer la mencionada diversidad de tendencias: neorromanticismo, neopurismo, prosaísmo elegíaco… Y, en las últimas décadas: poesía de la experiencia, poesía del silencio, neosurrealismo, neosimbolismo, nueva épica, poesía metafísica, etc.



1 Recuérdese el lema de Juan Ramón en su ideal de poesía pura, liberada de lo anecdótico humano: “a la minoría, siempre”.

2 En los libros siguientes, En castellano (1959) y Que trata de España (1964), más irónico, en el que incluye estrofas de la tradición popular castellana, sigue dirigiendo su poesía a la inmensa mayoría y a la patria que lo vio nacer.



3 De la poesía posterior a 1975 nos ocuparemos en otro tema.



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