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Tema 19: la narrativa española posterior a 1936: tendencias, rasgos principales, autores y obras más significativas


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Lengua y Literatura II. 2º de Bachillerato. Curso 2014-15. Tema 19


TEMA 19:

LA NARRATIVA ESPAÑOLA POSTERIOR A 1936: TENDENCIAS, RASGOS PRINCIPALES, AUTORES Y OBRAS MÁS SIGNIFICATIVAS



  1. La narrativa del exilio y la novela en los años cuarenta: novela nacionalista, novela fantástica, tremendismo y novela existencial

La producción literaria durante la Guerra Civil es escasa y panfletaria, maniqueísta y tendenciosa, al servicio de los intereses de cada bando. Son obras de urgencia y de escasa calidad. La contienda provoca un corte muy profundo con la tradición anterior: quedan rotas o abandonadas las tendencias renovadoras y experimentales impulsadas por Baroja, Unamuno o Valle-Inclán. Al acabar la guerra, buena parte de los intelectuales españoles que habían luchado al lado de la República tienen que marchar al exilio o han muerto. Es el caso de Pérez de Ayala, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sénder, Francisco Ayala. Así las cosas, los novelistas jóvenes al inicio de los 40 se encontraron con un ambiente absolutamente empobrecido; además, la gran novela occidental no podía ser debidamente conocida, pues se sufre un importante aislamiento cultural con el exterior. Y no olvidemos la censura, no sólo para los jóvenes creadores, sino para cualquier obra del pasado o del presente que pudiese difundir ideología desafecta al régimen. En estas circunstancias, pues, se desenvuelven los primeros novelistas de la posguerra. Es una época marcada por la desorientación, los múltiples tanteos en busca de un cauce por el que pueda transcurrir una literatura acorde con los momentos que se viven.




    1. Narrativa del exilio

Los escritores exiliados tras la guerra, con sus reflexiones sobre España, en torno a la guerra civil y sus secuelas, crearán un valioso corpus narrativo que refleja el mundo peculiar del expatriado. A menudo la distancia les proporciona una visión inventada de la patria, en la que mezclan atracción y rechazo. Son continuadores del impulso realista y humanizado de la novela social de los años 30, pero también incorporan técnicas innovadoras. Algunos autores ya escribieron obras interesantes antes de esta etapa1. Más apegados a la tradición son Arturo Barea (La forja de un rebelde) o Ramón J. Sénder (Crónica del alba; Réquiem por un campesino español, ya de1960). Más innovadores resultan Max Aub (El laberinto mágico, 1938 – 68: ciclo en torno a la guerra de España); Rosa Chacel (La sinrazón, 1960; Barrio de Maravillas, 1976), heredera de la estética de vanguardia; Francisco Ayala, que comenzó en la órbita del arte deshumanizado y destacó con sus cuentos y novelas, plenos de técnicas novedosas de perspectivismo y polifonía (Muertes de Perro, 1958; Los usurpadores, 1949).




    1. Narrativa en los años 40

Los que se quedaron en el país retomaron el pulso de la narración en la década de los cuarenta con variadas propuestas. Dadas las dramáticas circunstancias de la primera posguerra, no sirven de modelo ni la novela “deshumanizada” novecentista ni las formas vanguardistas de autores como Ayala o Gómez de la Serna. Sólo la obra de Baroja puede servir de ejemplo. Podemos constatar distintas tendencias en la narrativa de estos años:


La nueva coyuntura política ha dado al traste con el realismo crítico de preguerra, por lo que no es de extrañar que se sigan los cauces tradicionales. Así, dentro del realismo convencional y nacionalista podemos citar a Juan Antonio de Zunzunegui, con novelas que pretenden ser “trozos de vida” (La úlcera, 1949), donde no rehúye aspectos sórdidos y descarnados. Otros narradores en esta línea son Ignacio Agustí o José María Gironella, que ofrece una interpretación católica y muy convencional de la guerra.
En un primer momento se acogen a las técnicas del realismo tradicional, pero luego evolucionarán a formas más innovadoras autores como Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada, 1948) o Gonzalo Torrente Ballester (Los gozos y las sombras, 1957 – 1962).
También se cultivó durante aquellos años la novela fantástica2: Álvaro Cunqueiro poblará sus novelas de seres prodigiosos, de sombras y espectros que tienen sus raíces en la literatura clásica, en los relatos orientales o la materia artúrica (Las crónicas del sochantre, Merlín y familia). Y Joan Perucho combina muy bien la erudición curiosa, el anacronismo y un tono desenfadado y tierno (Las historias naturales, El médium, El país de las maravillas…).
Se puso de moda tras la guerra, impulsada por el favor oficial, la novela tremendista. Relata historias truculentas, en muchos casos de ambiente bélico. Es el suyo un neorrealismo áspero, de lenguaje bronco, expresivo, que refleja ambientes miserables. Son historias violentas y desgarradas, que ofrecen una visión degradante de la vida y el hombre. Para algunos, el tremendismo es una versión española del existencialismo. Decae la corriente al final de la década. Antecedentes son la picaresca, Quevedo, el Naturalismo decimonónico, el esperpento o las novelas expresionistas de principios de siglo. La corriente se inició con autores que exaltaban la victoria bélica: Rafael García Serrano (La fiel infantería, 1943), pero Camilo José Cela irrumpe en ese panorama con un drama humano más hondo y no marcado por el maniqueísmo partidista: La familia de Pascual Duarte, de 1942, agria visión de realidades míseras y brutales desde la perspectiva de un asesino confeso.
Se desarrolla paralelamente al tremendismo el realismo existencial. Son novelas que giran en torno a la incertidumbre de los destinos humanos y la ausencia o dificultad de comunicación personal, desde una postura negativa, como un reflejo amargo de la vida cotidiana. Sus temas son la soledad, la inadaptación, la frustración, la muerte... Las pueblan personajes marginales, desarraigados, desorientados, angustiados. Es el suyo un malestar de raíz social que en estas novelas se muestra desde la perspectiva EXISTENCIAL, no como testimonio directo de la España de la época, si bien su raíz está en el desconcierto que provocan la guerra y sus secuelas. En cuanto a los aspectos técnicos, tienden a la reducción del espacio; los personajes sufren presiones insoportables en un ámbito enrarecido, irrespirable. Por otra parte, los narradores prescinden de los artificios estilísticos, aunque algunos se muestran innovadores. La mayoría de los autores derivan luego hacia un enfoque social. Obras clave son Nada, de Carmen Laforet y Algo pasa en la calle, de Elena Quiroga.


  • Nada es la primera novela que presenta el ambiente real de la situación degenerada en la inmediata posguerra: En primera persona, cuenta la historia de una muchacha que ha ido a estudiar a Barcelona, donde vive con sus familiares en un ambiente sórdido de ilusiones fracasadas, rodeada de personas desquiciadas por la guerra, y que al acabar el curso viaja a Madrid “sin haber conocido nada de lo que esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor”. Se constata, a través de la figura de la protagonista, un estado colectivo de miseria, material y moral, con un tono desesperadamente triste.



2. La novela de los cincuenta: novela social y novela neorrealista
Hacia 1951 la literatura española, andadas ya las trochas del tremendismo, dio un giro a su intención y empezó a marchar por la senda del realismo objetivo”, dirá Cela. Los años cincuenta suponen el renacer de la novela española: aparece una nueva y fructífera generación de escritores (generación de medio siglo) que, junto a la primera generación de posguerra (generación del 36), desarrollarán una narrativa comprometida.
Camilo José Cela toma de nuevo la delantera con La colmena, 1951, germen de una actitud crítica que luego desarrollarán muchos novelistas. Prohibida por la censura, se trata de una novela de protagonista colectivo, cuya unidad proviene del ambiente de miseria en que viven los personajes. Es ejemplo de relato objetivista, pues el autor se limita a presentar desde fuera lo que sucede, como si se tratara de un testigo imparcial; el tiempo queda reducido a tres días, y el espacio limitado a una zona de Madrid, que simboliza a toda España.
Esta novela social y neorrealista refleja la realidad española y sirve como instrumento de denuncia de las injusticias sociales.


  • El tratamiento formal (técnicas narrativas) se caracteriza por:

El objetivismo: el narrador se limita a dar cuenta de los hechos, sin emitir juicios de valor; actúa como una cámara cinematográfica. Es lo que se llama tratamiento “behaviorista o conductista”. Aún así, hay una inevitable selección de los hechos, ambientes y personajes, por lo que la objetividad no puede ser total. En relación con lo anterior, predomina el diálogo (novela prototípica es El Jarama).


Suele haber un protagonista colectivo: no interesa la caracterización de un personaje en particular (al contrario que en la novela psicológica o en el realismo decimonónico). Como mucho, habrá alguno más representativo de un grupo social.
Se da un desarrollo breve de la acción (a menudo, muchas pequeñas acciones sin importancia, intrascendentes, como un mosaico) y en reducidos espacios (ciudades como Madrid, Barcelona...; a veces una habitación). Parece desaparecer la fábula, entendida en sentido tradicional: no hay un argumento definido. Esa concentración también es temporal: en muchos casos la acción transcurre en poco tiempo: unas dieciséis horas en El Jarama; poco más de dos días en La Colmena; unos días en Tormenta de Verano o en Los Bravos...
Se ha hablado de un lenguaje sencillo, con un estilo poco elaborado. Esto es sólo cierto a medias: hay obras con pasajes profundamente líricos. Incluso la tremenda sencillez del uso coloquial en El Jarama requiere un trabajo cuidadoso. Las frases, eso sí, suelen ser cortas y el léxico ajustado a la simplicidad de las anécdotas intrascendentes que suelen recrearse.
Estas novelas pretenden reflejar fielmente la realidad. Con esa intención utilizan a menudo la técnica cinematográfica y se detienen más en las conductas de los personajes que en su psicología. El deseo de transformación social, más que inculcarse se deja entrever de modo que sea el lector quien extraiga conclusiones (objetivismo).


  • Temas:

El mundo de lo cotidiano: El fulgor y la sangre (1954), de Ignacio Aldecoa, que muestra la épica de los pequeños oficios; Los Bravos, de Fernández Santos, con la monotonía y dureza de la vida del campo. La burguesía deteriorada y superficial, frívola, es analizada, entre otros, por Delibes o Juan Marsé. El caciquismo, en Los gozos y las sombras, de G.Torrente Ballester.


La soledad y la incomunicación del individuo dentro de una sociedad provinciana (enlazando con las inquietudes existenciales, pero desde una perspectiva global, colectiva): Entre visillos o Fiesta al noroeste (1953), de Ana María Matute.
La visión crítica del pensamiento y la cultura de la época. Aunque es un tema común a todos los autores sobresale El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio.


  • Tendencias del realismo social:

Es habitual distinguir dos grandes tendencias o enfoques dentro del REALISMO SOCIAL DE LOS CINCUENTA: objetivismo y realismo crítico, si bien no se puede establecer una división tajante entre ambas:


El OBJETIVISMO tiene como modelo la narrativa conductista americana y como referente más próximo el Nouveau Roman francés del que toman técnicas como el objetivismo en las descripciones, la narración en tiempos simultáneos, la importancia del entorno y los objetos... A estos rasgos hay que sumar todo lo dicho sobre desaparición del narrador, técnica cinematográfica, predominio del diálogo, condensación espacial y temporal, protagonista colectivo, linealidad narrativa.
El REALISMO CRÍTICO comparte esos mismos rasgos en muchas ocasiones (incluso el principio objetivista de la desaparición del narrador, muy útil frente a la censura). Pero muestra una intencionalidad de crítica social más explícita: sus personajes suelen ser tipos predefinidos que encarnan los valores propios de la clase social o grupo al que representan (obreros explotados o resignados, campesinos sufridos y esforzados, burgueses frívolos y egoístas). Su actuación adquiere un valor más genérico que individual.


  • Autores y obras

Se ha considerado objetivistas a Rafael Sánchez Ferlosio y Juan García Hortelano. Próximos al objetivismo a Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite. Dentro del realismo crítico se hallarían Armando López Salinas, Jesús López Pacheco y las primeras novelas de Juan Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, Alfonso Grosso, Daniel Sueiro, Juan Marsé...


Difícil es encuadrar en alguna tendencia concreta la figura de Miguel Delibes. Al igual que Cela, pertenece a la primera generación de posguerra y, como él, va evolucionando: en su caso, del realismo de corte tradicional, con tono existencial en La sombra del ciprés es alargada, pasando por novelas centradas en el mundo de la burguesía, Mi idolatrado hijo Sisí, o rural, El camino, hasta obras más próximas al realismo social, como Las ratas.
Juan Goytisolo se considera el autor más importante de la generación de medio siglo. Representante del realismo crítico, comienza interpretando poéticamente la realidad en Juegos de manos o Duelo en el paraíso; adopta después una postura crítico-social en Campos de Níjar, e intenta, después, dar una visión global del ser de España, etapa que lo sumerge en las nuevas tendencias de los años sesenta. Pero la novela que recibió el Premio Nadal en el 55 y que tuvo gran repercusión es El Jarama, de R. Sánchez Ferlosio. Está considerada el más claro exponente del conductismo.


  • El Jarama carece de protagonista. Cuenta un día de ocio de unos jóvenes y su interés argumental es escaso, pues apenas ocurre nada; el autor se limita a transcribir los momentos de ese día con una precisión desusada, todo para mostrar la alienación de la vida cotidiana, su vacío y vulgaridad. En la novela domina por completo el diálogo y se recrea eficazmente el lenguaje coloquial, con una técnica cinematográfica.



3. La novela de los sesenta y principios de los setenta (Luis Martín-Santos, Miguel Delibes, Juan Benet, Juan Goytisolo, etc.).

Durante los años sesenta se produce de manera paulatina la decadencia del realismo social y su progresiva sustitución por nuevos modos expresivos: se produce una renovación de estructuras, forma, lenguaje y estilo, la llamada renovación formal de los sesenta. Se ha denominado a este conjunto de textos literatura experimental e incluso neovanguardismo. Con todo, no supone un cambio generalizado ni un abandono del propósito social, aunque sí se produce un alejamiento de la concepción de la literatura como arma de lucha política. Los novelistas ya no creen –como en el periodo anterior- que sus obras vayan a tener repercusión social directa. No falta la intención crítica, pero se centra el interés del escritor en la renovación formal y en la experimentación técnica y lingüística.


Las obras literarias tienden a bucear en la memoria, a indagar en la experiencia personal y reflejar estados de conciencia. Año decisivo es 1962, con la publicación de Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, que influye poderosamente en los novelistas españoles de la época. Importante también es el inicio del Boom hispanoamericano, con la publicación, en el mismo año, de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Otros antecedentes son los novelistas extranjeros del XX: Marcel Proust, James Joyce, Franz Kafka, William Faulkner...; los del nouveau roman francés: Natalie Sarraute, A. Robbe-Grillet, etc., de los que extraen técnicas novedosas y una ruptura con la narrativa tradicional. También influyen en estos cambios el desarrollo económico y la pérdida de valores: el escritor, decepcionado, critica la alienación consumista y tiende a replegarse hacia sí mismo.


  • Se suman a la renovación novelistas ya consagrados por esas fechas como Cela o Delibes , y narradores del realismo social (Juan Goytisolo o Juan Marsé), además de otros nuevos, como Juan Benet.



  • Características de la novela experimental de los sesenta

La trama narrativa pierde importancia, el argumento se difumina, la acción es mínima, se mezclan sucesos verosímiles con otros imaginarios o fantásticos. Los personajes sufren profundas transformaciones: normalmente, se reduce el número de los secundarios. El protagonista vuelve a ser el centro de la novela pero no es un ser definido (del que conozcamos todo, como en el realismo tradicional), sino un ser amorfo, sin perfiles nítidos; a veces el escritor lo emplea para focalizar el punto de vista narrativo. El espacio tiende a reducirse e incluso se convierte en un marco impreciso. Hay cambios en el tiempo novelesco: se evita el relato cronológicamente lineal. La temporalidad se fragmenta con saltos atrás y anticipaciones prospectivas, de modo que el desorden cronológico es el principio rector de la narración. En ocasiones el caos temporal puede convertir el texto en un rompecabezas que el lector debe recomponer. En cuanto a la estructura, al no haber progresión lineal de la acción, suele perderse la distribución tradicional en exposición, nudo y desenlace. Encontramos novelas de estructura abierta; a veces ni siquiera hay un final definido.


Hay un empleo flexible de las personas narrativas, que supone una fluctuación del punto de vista: Desde el objetivismo, pasando por el narrador omnisciente, el narrador-personaje o el uso de la 2ª persona, a la combinación de estos métodos en una misma obra. Son habituales las intromisiones del narrador con digresiones y comentarios.
La renovación lingüística y estilística es también significativa: léxico rebuscado, rupturas sintácticas, oraciones largas y complejas combinadas con frases breves, telegráficas, uso de lenguaje coloquial y vulgar. Se ponen en juego recursos técnicos de inusitada variedad: descripciones, diálogos, monólogos, composición, disposición externa... En ocasiones se suprimen los signos de puntuación, se eliminan los capítulos y se sustituyen por fragmentos separados por espacios en blanco, o incluso se da la ausencia de divisiones. Hay innovaciones tipográficas: distintos tipos de letra, páginas en blanco, inclusión de grabados…
En cuanto a las técnicas narrativas, destacan el contrapunto o estructura caleidoscópica; el monólogo interior (y su variante, el flujo de conciencia); la incorporación de otros textos literarios o no literarios… Todo ello exige del lector una sólida preparación cultural para advertir las estrategias narrativas y una participación activa para desentrañar el sentido de la obra.


  • Autores y obras significativas

En estos años Miguel Delibes llega a su cumbre narrativa con Cinco horas con Mario, largo monólogo interior en que una mujer vela a su marido recién fallecido durante una noche en la que salen a relucir las frustraciones y culpabilidades que compusieron sus vidas. Posteriormente parodiará la vanguardia literaria, volverá a una narrativa más convencional, recuperará el tono social con Los santos inocentes y, entre otros caminos, abordará el de la novela histórica (ya en los noventa) con El hereje.


Juan Benet, ingeniero que al calor de la influencia de Faulkner, compuso novelas muy personales en un espacio inventado y de rasgos míticos (Herrumbrosas lanzas, Volverás a Región). Por su parte, Torrente Ballester alcanza fama con La saga-fuga de J.B. (1972), en la que lleva a cabo la parodia de la novela experimental y la recuperación del arte de contar historias. Logra una original síntesis de realismo y fantasía.
Juan Goytisolo se une a este nuevo rumbo con Señas de Identidad, que alberga todas las innovaciones posibles: cambios de punto de vista, disertaciones, monólogos interiores, textos periodísticos, de folletos turísticos, de informes policiales; frases en otros idiomas, ruptura de la línea y escritura en versículos, páginas enteras sin signos de puntuación, entrecruzamiento y superposición de planos temporales… Todo merced a la búsqueda del personaje-narrador de su propia identidad y, a la vez, la revisión del pasado nacional. Continúa esta indagación en el experimento narrativo con La reivindicación del conde don Julián y Juan sin tierra.

EPÍLOGO. LA NARRATIVA DESDE 1975
El fin de la dictadura, la restauración monárquica y la llegada de la democracia abren un nuevo periodo. El ambiente de libertad, la desaparición de la censura y el acercamiento a Europa son hechos relevantes de esta nueva etapa. Así, se publican en España obras prohibidas y editadas en el extranjero (Goytisolo, Marsé); textos inéditos o mutilados aparecen ahora en su integridad (Martín Santos); se recupera la obra de los exiliados (Sénder, Ayala, Rosa Chacel); se traducen obras extranjeras antes prohibidas... Además, la novela se convierte en objeto privilegiado de consumo literario. Algunos de sus rasgos vienen dados, de hecho, por los gustos de los lectores y los intereses de la industria editorial. Se maneja un eficaz aparato publicitario que, basado en la proliferación de premios, publicación de listas de ventas, ferias del libro, incorporación a la literatura de rostros conocidos, etc., a veces genera obras sin demasiada calidad. Rasgos destacables de la narrativa de la democracia son el interés por recuperar la importancia del argumento o la preferencia por personajes a menudo desdibujados, mediocres, que representan problemas de comunicación.

1 Ver narrativa del 27

2 Durante mucho tiempo marginada y desaparecida de los manuales de literatura, hoy se vuelve a valorar una narrativa de corte fantástico y gozosamente imaginativa.





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