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Tema 17- la pintura barroca española: principales escuelas. Velázquez


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TEMA 17- LA PINTURA BARROCA ESPAÑOLA: PRINCIPALES ESCUELAS. VELÁZQUEZ.

 

EL BARROCO ESPAÑOL



 

El Barroco Español ocupa los siglos XVII y XVIII, es decir, un largo período en el que en España reinan dos dinastías. Los Austrias o Habsburgo durante el siglo XVII (Felipe III, Felipe IV y Carlos II) y los Borbones de origen francés durante el siglo XVIII (Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV).

 

En este espacio de tiempo España pasó de ser la principal potencia mundial a un país de segunda fila. Curiosamente, mientras España vivía en el siglo XVII una lenta decadencia política y económica, se producía el gran siglo de la cultura española: El Siglo de Oro (Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, etc.). Durante el siglo XVIII, en cambio, España sufrió también una decadencia cultural, destacando al final del siglo una figura aislada excepcional: Goya.



 

PINTURA BARROCA ESPAÑOLA

 

Junto a la Literatura, la Pintura es posiblemente la aportación más importante y significativa del Siglo de Oro Español. No es extraño que la arquitectura no sea el campo artístico más importante pues no hay que olvidar que se trata de una época de crisis en España.



 

En el caso de la pintura el mecenazgo lo ejercerán la Corte de Madrid y las iglesias y conventos, ello incidirá en la preferencia por los temas religiosos.

 

La pintura española del Siglo de Oro puede ser calificada como Naturalista y muestra muchas relaciones con la Pintura Italiana y la de los Países Bajos.



 

Materiales y técnicas: domina la pintura al óleo sobre caballete.

 

Soporte: el soporte más habitual es el lienzo, en formato de pintura de caballete, en ocasiones de gran tamaño. La preferencia por este tipo de soporte indica la influencia de la Escuela Veneciana del siglo XVI.



 

Temática: la temática más abundante es la religiosa, sin embargo también aparecen los temas mitológicos, la pintura de género, el bodegón, el paisaje y la pintura de Historia, también es muy frecuente el retrato, y especialmente los retratos de seres monstruosos o deformes. Hay que decir que muchos de estos temas (especialmente los religiosos y mitológicos) se tratan como si fueran escenas de género y a menudo el paisaje o el bodegón conviven con la escena de género, la religiosa o la mitológica en la misma obra. La sensación de que las escenas religiosas parecen escenas de género se acentúa por la utilización de modelos “populares”. A menudo los modelos de la pintura española se caracterizan por su deliberada vulgaridad (mendigos, pordioseros y seres deformes protagonizan con mucha frecuencia estas obras, a veces encarnando a personajes que en el Renacimiento hubieran sido idealizados). Aquí se aprecia la influencia de Caravaggio.

 

Elementos Formales:



 

Domina el color sobre el dibujo, aunque los colores no son brillantes ni estridentes. En ocasiones se pinta sin dibujar previamente, mediante manchas de color.

 

Compositivamente dominan las líneas diagonales que tienden a crear una composición movida y dinámica. Los mejores pintores como Ribera y, especialmente Velázquez son maestros de las composiciones aparentemente “naturales” o casuales que en realidad están profundamente estudiadas. En esto, Velázquez se muestra similar a Rembrandt y su habilidad porque sus composiciones parezcan casi “fotográficas”. Otros pintores como Zurbarán utilizan composiciones más artificiosas.



 

Lumínicamente domina el Tenebrismo, es decir, el constraste brutal entre la luz y la sombra. Esto ocurre durante la primera mitad del siglo XVII, pero ya en la Primera Etapa Madrileña de Velázquez se aprecia la tendencia por aclarar la paleta y eliminar las sombras bruscas. También se utiliza en ocasiones la iluminación por planos de profundidad. Ribera suele utilizar la luz y la sombra compositivamente a través de acusadas diagonales.

 

La perspectiva lineal no se enfatiza aunque se respetan sus reglas. El Barroco Español, y especialmente Velázquez domina la Perspectiva Aérea.



 

Valoración Estética: la pintura barroca es fundamentalmente naturalista y gusta de los contrastes de todo tipo: contrastes lumínicos propios del Tenebrismo y sobre todo, contrastes chocantes entre lo bello y lo feo, tema y forma, tema principal y tema secundario, etc. En muchas ocasiones el pintor pretende captar lo fugaz, la inmediatez del momento el movimiento. Otro valor que hay que destacar es el dramatismo acentuado por la iluminación tenebrista, y por supuesto, el logro en la plasmación de las calidades.

 

Funcionalidad y Simbolismo: Hay que distinguir entre diferentes tipos de pinturas. Por un lado, las pinturas religiosas van en la línea de la Contrarreforma, la Iglesia las utiliza para despertar los sentimientos religiosos y mover a la piedad a los fieles, de modo similar a la Imaginería. Los cuadros de tema histórico suelen estar financiados por la Corona y tienen una función propagandística del poder político. Por otro lado, los temas mitológicos y los poquísimos casos que tratan el tema erótico tienen un uso privado dirigido a las clases dominantes. Los bodegones no son sólo ejercicios virtuosísticos de los pintores, sino que también esconden significados simbólicos filosóficos o religiosos



 

Principales Ejemplos


Escuela Valenciana: Ribalta

 

Escuela Sevillana: José Ribera (il spagnoletto): tras realizar un viaje a Italia recibe influencias muy fuertes de Caravaggio que hacen que su pintura sea marcadamente tenebrista. Prefiere la diagonal y los escorzos como ejes compositivos y suele utilizar la luz para marcar dichas diagonales. Ribera es uno de los pintores más naturalistas del Barroco Español. Tiene preferencia por los personajes monstruosos, deformes y hasta cierto punto grotescos, sin embargo los trata con una gran humanidad, no pretende hacer burla de ellos, sino despertar en el espectador la piedad y la compasión. El contraste en sus obras entre forma y fondo es brutal.



 

Martirio de San Bartolomé o San Felipe (1639): Ribera gusta organizar sus obras en torno a diagonales compositivas siempre que le es posible. En este caso, la diagonal la forma el propio cuerpo del santo que se recorta sobre un fondo oscuro. De todos modos la obra ya no puede considerarse como plenamente tenebrista. Ribera utiliza tipos populares tanto para el santo como para los sayones y hay que citar su capacidad de captar psicológicamente la gestualidad de los personajes (resignación, crueldad, etc.)

 

La Barbosa de los Abruzzos y El Patizambo (1642) son dos ejemplos de cómo Ribera trataba con gran compasión y dignidad a los personajes monstruosos o deformes. Nuevamente encontramos en El patizambo la importancia de la oblicua conseguida por el bastón.

 

Arquímedes (1630): Ribera muestra aquí un tremendo contraste entre la supuesta inteligencia del científico de la Antigüedad y el modelo elegido, probablemente un loco o un mendigo, cuya expresión está muy conseguida. El Tenebrismo es utilizado aquí para enfatizar el dramatismo de la representación. Este mismo contraste aparece en ciertas obras de Velázquez (Menipo, Esopo, etc.).

 

San Andrés: El cuerpo de un San Andrés viejo cargando su cruz mueve a piedad, sobre todo si lo contrastamos con su resignada expresión. El Tenebrismo ayuda a dar tintes dramáticos a la escena y el contraste de luces y sombras acentúa las arrugas e imperfecciones del cuerpo.

 

También podemos citar el Sueño de Jacob.



 

Escuela Extremeña: Zurbarán: también se enmarca en el Tenebrismo. En sus cuadros las figuras tienen una gran volumetría, mientras que la composición es excesivamente forzada y poco flexible. Su obra se caracteriza por el dominio de los temas religiosos, especialmente por las series de cuadros sobre historias de monjes y órdenes religiosas, (Vida de San Buenaventura, Serie del Monasterio de Guadalupe, Refectorio de los Cartujos) aunque también destacó en los bodegones. Aunque realizó casi toda su obra en Andalucía y Extremadura viajó a Madrid para participar en la decoración del Salón de Reinos con el Socorro de Cádiz.

 

Escuela Madrileña: Velázquez:



 

Se trata de uno de los principales pintores del Barroco. Recibe y sintetiza influencias de diferentes movimientos pictóricos: Escuela Veneciana, Pintura Holandesa, Tenebrismo y a su vez influirá en autores posteriores del siglo XIX como Goya, el Realismo, Manet y el Impresionismo.

 

Tiene su origen en Sevilla (es alumno de Pacheco), y allí recibe influencia del Tenebrismo Italiano, sin embargo, a partir de 1623, a instancias del Conde-Duque de Olivares, acude a Madrid, a pintar a Felipe IV. Allí obtiene el favor del Rey y será pintor en la Corte hasta su muerte en 1660. Estar en La Corte supone una gran ventaja para Velázquez, que podrá disfrutar de cierta libertad creativa. Además en la Corte conoce las Colecciones Reales, esto y sus viajes a Italia le ponen en contacto con los principales movimientos pictóricos de la Época. Así el conocimiento de la pintura veneciana y Holandesa permite a Velázquez desarrollar una evolución en su estilo a lo largo de su vida. Dicha evolución sigue más o menos las siguientes tendencias:

 

Del Tenebrismo pasa a colores más claros (cielos azul grisáceos).



De un dibujo casi escultórico pasa a la ejecución “alla prima”, sin dibujo previo y creando formas a base de manchas (precedente de la técnica impresionista). A veces mezcla ambas técnicas para crear efectos.

 

De un gran interés por la nitidez y la plasmación de las calidades de los objetos (bodegones) se pasa a la necesidad de plasmar los efectos atmosféricos y la perspectiva aérea, es decir, a “pintar el aire”.



 

Velázquez destaca por su maestría a la hora de realizar composiciones. La composición de sus cuadros parece “casual”, de una gran naturalidad, como si Velázquez sacara una “fotografía” pictórica y sorprendiera a sus personajes en plena acción. Esto, que permite al pintor captar el instante fugaz, es un artificio, pues Velázquez organiza cuidadosamente sus composiciones.

 

Los personajes populares, vulgares e incluso feos son protagonistas de muchas de sus obras, del mismo modo que los personajes aristocráticos, bellos e idealizados, sin embargo, los primeros están tratados siempre con una gran humanidad, sin sombra de burla.



 

La temática de Velázquez es muy variada (religiosa, retrato, bodegón, paisaje, erótico, mitología, alegoría, pintura histórica, etc.). Esta variedad, extraña en la pintura española del siglo XVII es posible gracias a la posición especial de Velázquez como pintor de corte.

 

Uno de los aspectos peculiares de Velázquez es su tendencia a la medida y a la prudencia. El pintor huye de las exageraciones y estridencias típicas del Barroco, y muy habituales en Caravaggio o Rubens. Las obras de Velázquez rezuman una reflexión y una mirada crítica sobre la realidad: la perspectiva aérea, el retrato psicológico, todo ello forma parte de un arte reflexionado y cuidadoso.



 

Etapa Sevillana (1617-1623): Se trata de una época dominada por el Tenebrismo, por el dibujo nítido casi escultórico y por el interés por introducir bodegones y tipos populares en sus escenas:

 

Vieja friendo huevos (1618): Esta escena de género encubre un elaborado bodegón en el que el pintor demuestra su dominio de las calidades. Las figuras se recortan contra el fondo oscuro nítidamente gracias a un foco de luz direccional que viene de la izquierda.

 

Aguador de Sevilla (1623): También es una escena de género con un bodegón. Se ha querido ver en esta obra una alegoría de las tres edades del hombre. El personaje del fondo está desdibujado lo que muestra el temprano interés de Velázquez por la perspectiva aérea.

 

Adoración de los Magos: En esta obra tenebrista el pintor mezcla el tema religioso con el retrato, pues utiliza como modelos a sí mismo, a su mujer, su hija y su suegro Pacheco. La familia del pintor está unificada y resaltada por una diagonal de luz compositiva.

 

Jesús en Casa de Marta y María: Nuevamente nos encontramos con un tratamiento equívoco del tema religioso, a la manera manierista, pues Cristo, Marta y María, el presunto tema principal, se sitúa en una ventana de perspectiva, mientras que el primer plano lo ocupa una escena de género y un bodegón.

 

Primera Etapa Madrileña (1623-1629): Tras realizar el retrato de Felipe IV joven, Velázquez se convierte en pintor de la Corte, allí abandona el Tenebrismo Sevillano.



 

Los Borrachos o la Fábula de Baco (1628): la obra más importante de este período es ésta en la que se confunde el tema: ¿escena mitológica o escena de género con bodegón?. Además el pintor juega con el espectador mediante un artificio, pues dos de los borrachos nos miran desde el cuadro como si nosotros les hubiéramos sorprendido. La captación del instante fugaz es uno de los elementos más destacables de esta obra. Por último, hay que resaltar el contraste entre los personajes (algo muy típico del Barroco), por su catadura física y sus vestiduras.

 

Bufón Calabacillas. Con esta obra comienza sus series de personajes de bufones y personajes vulgares. El pintor siempre trata a estos personajes con una gran dignidad y humanidad captando en ellos su parte más humana.

 

Primer Viaje a Italia (1629-1631): La Fragua de Vulcano (1630): en esta obra se vuelven a mezclar temas (mitológico, de género, bodegón), pero lo más interesante es la captación del momento fugaz y de las reacciones en los gestos de los personajes ante la noticia del adulterio de Venus que trae Apolo (Vulcano se muestra iracundo y uno de sus operarios tiene un gesto de sorpresa). Apolo está representado como un personaje divino e idealizado frente al resto de los personajes más vulgares y terrenales. La obra ya no es tenebrista pero a pesar de eso, el personaje de primer plano está dibujado con mucha nitidez mientras que los personajes se van desdibujando en los diferentes planos de profundidad. El personaje de primer plano está de espaldas, herencia del Manierismo.



 

Segunda Etapa Madrileña (1631-1649):

 

El Niño de Vallecas y Bufón Pablo de Valladolid: En esta última obra Velázquez prescinde del fondo y sitúa un fondo neutro sobre el que se recorta la figura del bufón. Esta idea de prescidir del fondo será utilizada por Manet en el siglo XIX. Esopo y Menipo, pretendidos retratos de escritores de la Antigüedad juegan con esa idea del contraste entre la altura intelectual de los retratados y la vulgaridad de su aspecto. En este sentido recuerdan el Arquímedes de Ribera.

 

Nuevamente a instancias del Conde-Duque de Olivares Velázquez se convierte en el protagonista de un gran proyecto pictórico: la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro (1635). En este salón en el que también participan Zurbarán, Carducho y Maino, destacan las obras de Velázquez (Las Lanzas o la Rendición de Breda, Retrato de Felipe IV a caballo, Retrato del Príncipe Baltasar Carlos a caballo , Retrato de Felipe III a caballo y otros). La decoración del Salón de Reinos tiene una función político propagandística de los logros militares de la Monarquía Hispánica en época de Felipe IV. Entre estas obras destaca el cuadro de la Rendición de Breda o Las Lanzas. Se trata de un cuadro de tema histórico, una de las principales obras de Velázquez en la que refleja la rendición de la ciudad holandesa de Breda ante los Tercios Españoles en 1625. Es admirable cómo Velázquez consigue crear una ilusión de enorme profundidad graduando ésta a base de planos de luz y sombra y por supuesto gracias a un dominio de la perspectiva aérea. Obsérvese el prodigioso cielo conseguido a base de grises plateados que se confunde con el humo de los incendios, efecto que ayuda a simular la perspectiva aérea. También hay que resaltar el tratamiento del tema. La victoria de los españoles no supone la humillación o escarnio de los vencidos, sino que éstos aparecen en un plano de igualdad. La actitud de Spínola con Mauricio de Nassau enfatiza esa idea. Velázquez engrandece a los vencedores al dignificar a los vencidos. Se trata nuevamente de una actitud propagandística que justifica el dominio español en los Países Bajos. Por último, hay que decir que Velázquez realizó una exhaustiva labor de investigación, convirtiendo a la obra en una galería de auténticos retratos. La composición simétrica está muy lejos de las composiciones un tanto artificiales del Renacimiento y da sensación de "naturalidad".



 

Muy relacionado con estas obras es el Retrato del Conde Duque de Olivares a caballo (1634).

 

Segundo Viaje a Italia (1649-1651): Este viaje lo realiza Velázquez para comprar obras de arte para Felipe IV.



 

Retrato del Papa Inocencio X: En este retrato Velázquez capta admirablemente el carácter duro y determinado del pontífice. Ya se aprecia en esta obra la manera de aplicar los colores a base de manchas en la camisola del Pontífice.

 

Paisajes de Villa Médicis: se trata de dos pequeños cuadros que se pueden considerar revolucionarios, pues Velázquez los pintó al aire libre lo cual rompía con la técnica imperante en la época de pintar en el taller. Esto y la manera de aplicar los colores sin dibujo previo (alla prima) anuncia las técnicas pictóricas del siglo XIX.

 

La Venus del Espejo (1650): es el único desnudo femenino de Velázquez, probablemente inspirado en los cuadros de tema erótico de la Escuela Veneciana. Sin embargo, nuevamente Velázquez huye de la vulgaridad tan presente en estos temas y trata el desnudo sugiriéndolo más que mostrándolo y recurriendo al truco del espejo en el que se desdibuja el rostro de la modelo para aumentar la sensualidad y misterio de la obra.

 

Tercera Etapa Madrileña (1651-1660): En su última época, Velázquez renuncia al dibujo nítido de su primera etapa y su pintura se hace vaporosa, se dice que Velásquez “pinta el aire”.



 

Las Meninas (1656): posiblemente su obra más conocida se llamó originalmente La Familia. Representa un momento cualquiera en la vida de la Corte. La Infanta Margarita, hija pequeña de los reyes, acaba de entrar seguida de su séquito en la sala donde Velázquez está pintando a los reyes. Por tanto nos encontramos nuevamente en un intento del pintor de captar el instante fugaz.. Otro elemento valioso del cuadro es la gran sensación de profundidad conseguida mediante la perspectiva aérea y la disposición de varios planos de luz y sombra. Por otro lado, nuevamente se recurre a un espejo para situar a los personajes que no se ven pero que también participan en la escena. Los límites del cuadro se prolongan así e incluyen al propio espectador en la acción que observa cómo algunos personajes del cuadro parecen dirigirse a él.

 

Las Hilanderas (1657): La última obra de Velázquez vuelve a jugar con la ambigüedad típicamente barroca. La obra se llamaba originalmente La Fábula de Aracne, la disputa entre Atenea y Aracne por ver quién tejía mejor y el castigo de esta última por parte de la Diosa. La escena propiamente mitológica aparece en un tapiz que se puede ver al fondo de la habitación, sin embargo, en primer plano encontramos una aparente escena de género, un grupo de mujeres que hilan en un taller típico del siglo XVII. Sin embargo, nuevamente las cosas no son lo que parecen, pues es muy probable que la escena del primer plano represente precisamente la disputa entre una Atenea disfrazada de simple hiladora y la propia Aracne.

 

En la segunda mitad del siglo XVII Sevilla volvió a convertirse en el principal foco pictórico de España.



 

Escuela Sevillana: En Sevilla destaca Murillo, que sufrió una evolución similar a la de Velázquez desde el Tenebrismo a una pintura llena de luz y vaporosa. Si bien su pintura se puede considerar naturalista, es mucho más idealizado que Ribera. Son famosas sus escenas infantiles de género en las que abundan los niños mendigos o pordioseros. En éstas no hay ninguna crítica social sino más bien una mirada idealizada hacia el mundo de la niñez. Esta imagen infantil destaca también en sus pinturas religiosas que siguen pareciendo escenas de género, como le ocurre a la Sagrada Familia del Pajarito, si bien en otros casos como el Niño Jesús Pastor (1660) la idealización es muy marcada. Dentro de su pintura religiosa Murillo cultivó el tema de la Inmaculada que era común a la Imaginería española.

 

Valdés Leal se encuentra en el extremo opuesto a Murillo, pues sus pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla (In ictu oculi y Finis gloriae mundi) representan alegorías de la muerte con una truculencia espeluznante. En cierto modo, Finis Gloriae Mundi se puede considerar un bodegón.



 

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