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Tecnica mixta al estilo de jorge macchi


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TECNICA MIXTA

AL ESTILO DE JORGE MACCHI

Texto: Sol Dellepiane A.

Fotos: Lucila B.

Producción: Marina Braun




Pero el paisaje de la devastación sigue siendo un paisaje.

En las ruinas hay belleza.

Susan Sontag


Escenas de la vida posmoderna

Londres. Un joven con mirada nostálgica y acento extranjero se afana en recortar noticias policiales de los diarios que descartaron sus vecinos. Desde los recuadros blanquinegros, nombres anónimos devienen celebridades efímeras. Los recortes se apilan en la mesa de trabajo, de la que salen convertidos en obras de arte.


Barracas. Un chico mira televisión. Cuadernito en mano, copia con esmero la técnica de dibujo que un profesor enseña en un micro del viejo Canal 7. Caballos y otros elementos de la tradición rural son las figuras favoritas del maestro mediático. Como al niño le salen bastante bien, en el colegio cada fecha sanmartiniana lo invitan al frente para que dibuje el cruce los Andes en el pizarrón.
París. Exposición de arte en la Galería Jorge Alyskewycz. La obra expuesta, 32 morceaux d’eau (32 pedazos de agua en la lengua argentina de su autor), juega a transformar la fluidez del Sena en trozos compactos de materia a partir de las divisiones diseñadas por los puentes reales que atraviesan la ciudad.
Boedo. Atelier del niño mimado de las artes visuales nacionales en propiedad horizontal de acceso laberíntico. Desde el patio se percibe clima de templada concentración, incurable perfil bajo, glamour bajo cero. En el taller (en el que se cuela la luz más agradable), una enorme cartelera fuerza a la convivencia a: estampitas de santos, historietas de ciencia ficción desactualizada, titulares de prensa -“Macchi se detendrá para reflexionar”. “Duhalde no tiene queja de Macchi”. “Eso no es una vuelta a nada”. “Macchi suspende viaje”. “Del futuro hablaré más adelante”-; y algún volante publicitario: “Matamos por encargo. Fumigaciones. 20 años en el barrio”.
Encuentros

Fragmentos. Retazos. Porciones interdependientes de un collage desafiante, de éstas y otras escenas se nutre la vida de artista de Jorge Macchi, uno de los personajes que el talento contemporáneo eligió para manifestarse.


Esto último suena grande. Sin embargo, el enunciado está avalado por un número apabullante de exposiciones, premios y becas que llevan el sello de los principales espacios de legitimación del universo de las artes plásticas aquí y en el mundo. Muy al modo Macchi, haciendo caso omiso de jerarquías institucionales, cronologías y otras formas del orden, mencionemos algunos: Konex, Fondo Nacional de las Artes, Guggenheim, Bienales internacionales varias, Feria Arco, Galería Ruth Benzacar, Premio Braque, Museo Nacional de Bellas Artes, Antorchas, Arte BA. Si a uno no le constara que -interrogado sobre su trayectoria- es incapaz de mencionar siquiera alguno de estos nombres, la lectura veloz de su currículum habilitaría a pensar que el tipo se manda la parte.
Nada más lejano a la realidad. Ni vanidoso ni inseguro, su tono desconoce los altibajos. Solo se entusiasma cuando, en el discurrir del diálogo, se produce algún hallazgo. ¿Ejemplos? El descubrimiento o la confirmación de que –si existe una constante en su trabajo- ésta tiene que ver con la transformación de algo en otra cosa. Y la reflexión sobre la posibilidad de que su propia experiencia personal (por cierto generacional), haya decantado en su obra bajo la forma recurrente del pasaje.
Estos son hallazgos o también encuentros, como él se refiere en algún punto de la charla a aquellas instancias de su labor que le provocan un placer superior. “Muchas veces el encuentro se da en situaciones totalmente impensables. No está estrictamente relacionado con la ejecución de un trabajo; puede darse en la calle, cuando uno va caminando y dos cosas que estaban separadas, de repente se unen. Si uno está con la disposición para verlo, queda; si no, lo deja pasar. Esos son los momentos donde uno le encuentra sentido a hacer esto; pero no son los más.”
Tal como él mismo lo describe, en Macchi estas iluminaciones están muy pegadas a la experiencia urbana en general (la tradición en la que se inserta en este sentido arranca por lo menos en Baudelaire), y a la porteña en particular. “En 1998 decidí que quería vivir aquí. Venía de residencias en Holanda e Inglaterra que no me habían dejado muy contento. En esos lugares perdía mi contexto y no podía armarme otro. Hay gente que tiene facilidad para armarse otro contexto, pero no es mi caso. Yo necesito estar tranquilo en determinados aspectos para trabajar en arte”.
El pasaje

La ciudad natal es un marco de referencia que parece proveerle esa tranquilidad pero, contrariamente a lo esperable, no en su estabilidad sino en sus contradicciones e imprevisibilidades: “De Buenos Aires me interesan los contrastes. Disfruto mucho de barrios como éste (Boedo), pero también del centro que es totalmente diferente. La ciudad me gusta porque tiene estilos y humores contrastantes. Buenos Aires es para mí una fuente inagotable de imágenes”.


Volviendo a la escena del dibujante precoz, el relato de la niñez es luminoso. Hogar, vereda, plaza, fútbol, amigos y -puertas abiertas mediante- el mundo interior se expande hacia el exterior. La etapa siguiente, la de los años de colegio secundario, es su perfecto reverso: encierro, sombra, repliegue y –aunque no hay conciencia sobre qué es lo que pasa verdaderamente- la sensación predominante es la pérdida de un tiempo pasado mejor. Sólo el dibujo y la música, vividos entonces como posibilidades de fuga, aportan alivio a la evocación.
Entre ambos períodos no hay recuerdos. La memoria dibuja un agujero. Claro que la razón y la historia, tanto menos emotivas que la memoria, logran reponer el vacío en un instante. Considerando que Jorge Macchi nació en 1963, no se le oculta a nadie lo que medió entre uno y otro momento. De ese salto, de esa íntima vivencia de dos etapas contrapuestas, parece haber subsistido en el artista un modus operandi: el cambio, la transformación. Más que una forma determinada de espacialidad, tanto más que una estética, la huella que dejaron los años fundacionales es el registro del pasaje mismo. Y el pasaje devino poética.
Generación X

“Cuando empecé la Escuela de Bellas Artes, volví a abrirme”. Esa sentencia lo dice todo. La vocación encontró su cauce, Macchi recuperó la ciudad (y la ciudad lo recuperó a él). Fue un tiempo gozoso. “Pasó algo muy extraño. La gente que termina Bellas Artes no continúa trabajando como artista, sino que se dedica a la enseñanza o deja absolutamente el terreno del arte. Y todo ese grupo siguió trabajando muchísimo. Para mí la experiencia de la Escuela fue maravillosa. Aprendí muchísimo de mis colegas, mucho más que de mis profesores”.


Pablo Siquier y Ernesto Ballesteros pertenecen como Macchi a esa “extraña” camada que se hizo conocida con el nombre del colectivo que formaron: Grupo de la X. Integrado en su origen por ellos tres y Carolina Antoniadis, Enrique Jezik, Ana Gallardo, Andrea Racciatti, Gladys Nistor, María Causa, Martín Pels, Juan Paparella y Gustavo Figueroa, el Grupo trabajó intensamente y logró acceder a un espacio que determinaría un antes y un después en la carrera de varios de ellos: la galería Ruth Benzacar. “A partir de ese momento la relación con la galería fue muy fluida.” (La inmensa fotografía de un paisaje encomillado con firma de Macchi que se topa quien se asome al escritorio de Orly Benzacar por estos días, atestigua esta fluidez).
Volviendo para atrás, comenzaron a llegar las muestras individuales, las becas, las estadías en el exterior. “Aunque afuera no la pasé bien, las residencias no fueron una pérdida de tiempo: ahí aparecieron imágenes que todavía sigo usando”.
Imágenes y también procedimientos. Aquí en Buenos Aires, Macchi ya había mostrado una preferencia por la utilización de materiales de desecho. No hubiera sido raro encontrarlo deambulando por La Boca –el barrio del taller donde moldeaba su obra y daba clases-, recolectando objetos que otros habían considerado basura, con los que él producía arte.
En Londres, el esquema se repetiría casi por casualidad. Relata: “Empecé a comprar diarios en inglés para mejorar la lengua y al poco tiempo me encontré poniendo mucho interés en determinadas noticias y usándolas en mi trabajo. Son textos de crónica policial que yo no considero desperdicio; hablan de gente anónima, que antes de ser asesinada no había aparecido en el periódico, que un día son noticia y al instante siguiente desaparecen. Imaginaba a esos personajes como si fueran fuegos de artificio que explotan en la mitad de la noche. Me interesaban mucho esas historias”.
Entre las instalaciones con soga vieja y chapas oxidadas de los años X, la puesta en valor de crónicas policiales viejas –con la consiguiente “transformación del horror en belleza”, en palabras del artista- y proyectos como el posterior Buenos Aires Tour, se lee la coherencia evolutiva de una obra en avance.
Buenos Aires, Venecia y otros tours

Más allá del colectivo con los pares generacionales, hubo una experiencia que resultó muy significativa en tanto aprendizaje de la riqueza del intercambio. Por una beca de la Fundación Antorchas, en 1998 Jorge Macchi participó del Taller de experimentación escénica coordinado por Rubén Szuchmacher y Edgardo Rudnitzky. “El taller consistía en reunirnos una vez por semana a discutir proyectos, cuatro artistas visuales, cuatro músicos, cuatro directores de teatro y cuatro escritores. Fue muy productivo, me hizo entender qué significa trabajar en grupo”.


Por eso, cuando pergenió el proyecto estético Buenos Aires Tour, no dudó en convocar a maestros en las otras disciplinas involucradas en la idea. Así, el músico Rudnitzky y la escritora María Negroni fueron llamados cada uno a su juego. El trabajo se hizo conforme al plan de Macchi: los tres tomaron un mapa de la ciudad de Buenos Aires, le superpusieron un vidrio que luego quebraron de un golpe y dibujaron sobre el plano los recorridos –azarosos- que diseñó la rotura del cristal. Sobre esas líneas, marcaron “estaciones”, que coincidían con esquinas de la ciudad real. En esos puntos urbanos (46 en total), los artistas tomaron respectivamente objetos y fotografías, sonidos y notas escritas, que volcaron en la obra. Así, desarrollaron un libro con “una visión irónica de lo que serían las guías de turismo. Porque, al contrario que ellas, este libro pone el énfasis en las cosas que son absolutamente provisorias, en lo que está ahí pero que al día siguiente puede desaparecer”.
Libro que no ilustra, guía que no informa, el Tour es la paradójica cristalización de la ciudad fugaz, de la que es y se evapora a cada instante. Como libro y en las diversas formas que adoptó después -instalación, cuadros varios-, itineró por varias galerías del mundo que reconocieron su inédita originalidad.
Y, si se trata de reconocimiento, hay que mencionar la doble participación de Macchi en la edición 2005 de la Bienal de Venecia. El artista estará presente en el espacio de la representación argentina, curado por Adriana Rosenberg, que los eligió a él y a Rudnitzky para intervenir el Oratorio San Filippo Neri, un edificio del siglo XVIII. Además, invitado por el comité organizador de la muestra realizará otra instalación que ocupará parte del Pabellón italiano bajo el título Still Song.
Durante la charla en el luminoso atelier de Boedo e interrogado sobre cómo sería una Historia del arte organizada por él (que es otra forma de hablar sobre la tradición en la que se inscribe), Macchi no titubea: la cosa empezaría en el románico, continuaría con Giotto –su ídolo máximo- “y ahí me pierdo un poco y llegamos a Duchamps y a los italianos del arte povera”.
Todas las listas que pretenden dar cuenta de siglos de cultura en algunos nombres son arbitrarias. La de Macchi también lo es, pero además es inquisidora, subversiva y sutil. Tanto como su obra, que día a día consolida, a fuerza de creatividad y trabajo serio, su pertenencia al canon del arte argentino contemporáneo.


Poner por favor:
Autorretrato

El procedimiento de recortar titulares de diarios y darles una nueva forma en interrelación con otros, ha derivado en una obrita absolutamente genial. Se trata de un libro en pequeño formato donde cada página en blanco solo es interrumpida por una frase en 1º persona, en su tipografía original. De la angustia a la euforia, del ego en su esplendor a la autoestima más vapuleada, el libello construye un yo múltiple, contradictorio y universal. De próxima publicación, esa obra es según Jorge Macchi su mejor autorretrato.



Breves
Un objeto- una bocha de espejos

Un material- papel

Un color- azul

Una textura- papel liso

Una palabra- no sé... ¡perdí el ping pong!

Un siglo- el XIV, por Giotto, después me perdí.

Un mueble- mesa

Una ciudad- Buenos Aires

Un museo- el del Prado -¿Ahí te gustaría estar?- No, para recorrerlo nada más.

Un maestro- Blas Castagna

Un lugar de Buenos Aires- la Reserva Ecológica, un milagro urbano.

Un árbol- palo borracho

Un objeto de colección- un juguete

Una disciplina en arte- música

Un libro- Maestros antiguos, de Thomas Bernhard, que estoy leyendo ahora.

El artista del siglo XX- Duchamp

Tu estética, en una palabra- basura. O reciclaje, pero está buena la palabra basura.

Destacados

A las imágenes trato de no interpretarlas, porque creo que es una forma de matarlas. Me parece mucho más interesante proponer una imagen que sugiera una multiplicidad de sentidos.
Los estímulos son variados y uno no sabe bien de dónde vienen las imágenes.
Encuentro mucho más placer e incluso información en la literatura que en los ensayos sobre arte.

Si hay una constante en la obra de Jorge Macchi, ésta es subvertir el material que viene dado.


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