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Sujetos e identidades en Filosofía. La travesía del sujeto moderno. Jorge Larrosa. Universidad de Barcelona. España


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La difícil conquista de la infancia.

Puesto que el otro nombre del niño de "Las tres metamorfosis" es creación, quisiera ahora reflexionar sobre esa fascinación por la infancia que recorre las vanguardias artísticas del siglo que termina. Tomemos, por ejemplo, la declaración de Paul Klee: "... quiero ser como un recién nacido, no saber nada, absolutamente nada de Europa... ser casi un primitivo". O la de Pablo Picasso: "... a los doce años pintaba como un adulto... y he necesitado de toda una vida para pintar como un niño". Pensemos en la purísima mirada de Joan Miró, en esos ojos brillantes, intensos e infantiles de sus fotografías de anciano. Tomemos los "Exercicios de ser criança" del poeta Manoel de Barros, o esa "Didática da invençao" que empieza por el imperativo de "desaprender oito horas por dia". O ese "hay que mirar con ojos de niño y pedir la luna" en que Federico García Lorca cifraba la clave de la inspiración en una conferencia dictada en 1928. O esa declaración programática de Peter Handke que podría utilizarse como emblema de toda su obra: "¿Quién dice pues que ya no hay aventuras? El camino que va de lo amorfo, sencillamente salvaje, a lo formalmente salvaje, a lo salvaje repetible, es una aventura (del espíritu de niño al niño de espíritu)". O releamos, por ejemplo, los "Tanteos de niños; dibujos de niños" en los que Henry Michaux expone alguna de las claves de su pintura. O las "Reflexiones sobre los niños, los juguetes y la educación" de Walter Benjamin en las que late ese ansia mesiánica de comienzo que atraviesa su teoría de la historia. O la reivindicación de la inmadurez y de lo informe, del "ferdydurkismo", en la que Witold Gombrowicz veía la exigencia y la posibilidad de la creación. O ese imperativo de desaprendizaje que Dubuffet considera como premisa de todo descubrimiento. Y podríamos multiplicar los ejemplos.

Se trata de una fascinación que tiene correspondencias, sin duda, con otras curiosas figuras como la huida de Europa y la búsqueda de una cierta renovación espiritual en otras tradiciones (el viaje a oriente sería aquí clásico), el descubriento del primitivismo, o el uso experimental de sustancias alucinógenas o psicotrópicas. Figuras todas ellas de la evasión. Es como si el artista moderno estuviera cansado de sí mismo, preso de su propia historia, harto de su propia cultura. Demasiado peso, demasiado lastre, demasiados condicionamientos, demasiada madurez, demasiado trabajo, demasiada conciencia. Y en ese contexto, el regreso a la infancia, la difícil conquista de la infancia, aparece como una figura de la inocencia recuperada, como una imagen de lo nuevo. La búsqueda que el artista hace de su propia infancia está ligada, me parece, a una voluntad de desprendimiento de sí, de desubjetivación, de alcanzar un estado más allá o más acá de sí mismo. Como si sólo a partir de ahí, a partir de su propia destrucción como sujeto, pudiera surgir lo nuevo.

Lo nuevo, sin embargo, la pasión de lo nuevo, no se da sin ambigüedades. A veces aparece revistiendo un progresismo tan ingenuo como exaltado: esa idea de que el futuro será siempre mejor que el presente, de que el tiempo no es otra cosa que la continua superación de lo viejo por lo nuevo. La lectura, siquiera superficial, de muchos de los manifiestos vanguardistas, nos da idea de un ansia de novedad que no se refiere sólo al anuncio profético de un arte nuevo sino también, y sobre todo, de una manera nueva de estar en el mundo. Y nuestra época permanece, en parte, obnubilada por el progreso, inmersa en una acelerada huida hacia adelante, en una carrera desenfrenada hacia el futuro. Y lo nuevo se degrada en novedad, en una permanente fabricación de lo novedoso con vistas a su venta en un mercado ávido de novedades.

Otras veces, la pasión por lo nuevo tiene un sentido eminentemente negativo. Ya Adorno vio con claridad de qué forma la vanguardia estaba traspasada de negatividad, de ese espíritu que avanza declarando sospechoso y caduco todo lo recibido. También Lyotard señaló como "la idea de modernidad está atada al principio de que es posible romper con la tradición e instaurar una manera de vivir y de pensar absolutamente nueva"23. Y seguramente la apología del olvido que Nietzsche hizo en la segunda intempestiva contra el peso de la historia tenga aún mucho de negativo. Como si el olvido activo formara parte de ese espíritu vanguardista básicamente negativo y destructor.

A veces también, la pasión por lo nuevo está implicada con esas estéticas de la fugacidad, de la caducidad, de lo efímero, del acontecimiento instantáneo y único en suma, que rompen con toda voluntad de permanencia y, por tanto, de historia. Pero no deja de ser irónico que los productos de las vanguardias hayan venido finalmente a ordenarse cronológicamente, que sea tan importante el momento exacto en que aparece tal corriente, tal moda o tal estilo, o que nuestra comprensión del arte moderno esté basada en ordenaciones llenas de "evoluciones" y "desarrollos", de "neos" y de "posts", de listas de "ismos" que se suceden los unos a los otros, de historia en definitiva, aunque sea una historia cada vez más acelerada y más prolífica.

Da la sensación, a veces, de que la voluntad de ruptura con la tradición, además de haberse hecho ya tradicional, estuviera más ligada a la tradición de lo que parece a primera vista. Parece también, a veces, que las constantes declaraciones de primitivismo no son otra cosa que síntomas de decadencia y senectud creativa, de captura de lo cada vez más arcaico y cada vez más primitivo para su transformación en mercancía de urgencia para el insaciable mercado de la novedad. También da la impresión, a veces, de que el elogio de la infancia como actitud estética y vital no deja de ser sospechoso en una época en la que funcionan a toda máquina los aparatos de infantilización masiva de los individuos y de producción sistemática del olvido. Y, en medio de todas esas perplejidades, el así llamado "arte postmoderno", sometiendo a crítica ese entusiasmo por lo nuevo propio de las vanguardias o, tal vez, agotado y aburrido, incapaz ya de innovar, o, quizá, inmerso en la debilitación de la idea de progreso de la que las vanguardias eran aún deudoras, o, acaso, sospechando de un inconformismo que se había hecho ya demasiado conformista y de una libertad que se había hecho ya obligatoria, nos invita a transitar por un paisaje de citas, de imitaciones irónicas, de plagios evidentes, de continuaciones espúreas y de recuperaciones paródicas.

Pero, más allá de todas esas paradojas, más allá del peligro de degradación en cliché que siempre acecha a cualquier forma de expresión artística o de pensamiento, lo que la reiteración de la figura de la infancia, tanto para afirmarla como para negarla, revela, es la relación inquieta que el arte mantiene con la historia (la tensión no dialectizable entre continuidad y discontinuidad) y, quizá más importante, la relación tormentosa que el artista mantiene consigo mismo como sujeto creador. El niño de las tres metamorfosis es, otra vez, más un catalizador de nuestras perplejidades que una figura teóricamente unívoca y doctrinalmente asimilable.

El niño es, en Nietzsche, origen, comienzo absoluto. Y el origen está fuera del tiempo y de la historia. El artista busca su propia infancia porque se quiere pura posibilidad. Y busca también devolver la infancia a la materia con que trabaja, a la palabra en el caso del poeta: el poeta quiere que las palabras recuperen su primitiva inocencia, su primitiva libertad, al margen o más acá de las contaminaciones a las que las ha sometido el uso de los hombres. Por eso el origen no tiene que ver con lo nuevo como futuro, puesto que ahí estaría preso de un tiempo lineal y progresivo, aliado de la historia, ni con lo nuevo como renacimiento o como "revival", puesto que ahí estaría próximo de la nostalgia superficial, despreocupada y acrítica, que en el fondo no encuentra sino lo mismo de siempre, sino con lo nuevo como intemporal, como éxtasis del tiempo, como instante o como eternidad o, si se quiere, como instante eterno o como eternidad instantánea. Y por eso es capaz de borrar tanto el carácter de pasado del pasado como el carácter de futuro del futuro. El niño no tiene nada que ver con el progreso. Tampoco tiene nada que ver con la repetición. La figura del niño no remite a una puntuación del tiempo hacia el pasado, como aún hacía la vieja cultura humanística para la cual la edad de oro ya pasó y es irrecuperable, aunque susceptible, eso sí, de una emulación siempre insuficiente. Y tampoco remite a una puntuación del tiempo hacia el futuro para la cual el paraíso se proyecta siempre en un horizonte inalcanzable, aunque susceptible, desde luego, de una aproximación siempre incompleta. El niño no es ni antiguo ni moderno, no está ni antes ni después, sino ahora, absolutamente actual pero fuera de la actualidad, como sacando a la actualidad de sus casillas y separándola de sí misma, absolutamente presente pero fuera de la presencia, como separando al presente de sí mismo. El niño suprime lo histórico por la alianza del presente con lo eterno. Su tiempo no es lineal, ni evolutivo, ni genético, ni dialéctico, sino que está hecho de destellos, de intermitencias. El niño es un presente fuera del presente, es decir, un presente inactual, intempestivo.
Cronos y aión, o el acontecimiento.

La figura del niño está dirigida contra el tiempo, es una figura del contratiempo, al menos desde el punto de vista del tiempo puntual, homogéneo, infinito, cuantificable y sucesivo que es el tiempo dominante desde hace siglos en occidente. Por eso quisiera volver, como última exposición de las perplejidades de la libertad liberada, a los motivos que aparecieron en la cita de Heidegger con la que terminé el primer relato de la liberación de la libertad: ese motivo heracliteano de la lucha entre cronos y aión como dos figuras opuestas y complementarias del tiempo, y ese motivo también heracliteano del juego al que se refieren también en algún momento casi todos los comentaristas del niño nietzscheano. Como si para liberar la libertad, para que la libertad tuviera la forma de aión y del acontecimiento, hubiera que liberarla del tiempo continuo y crónico en el que está atrapada.

El tiempo crónico es el tiempo según el antes y el después, el tiempo dotado de una dirección y de un sentido, el tiempo irreversible representado por una línea que va de atrás hacia adelante. Esa experiencia del tiempo tiene su origen matemático en la Física aristotélica; se modifica sustancialmente al cristianizarse, sobre todo al incluir una dimensión apocalíptica, una dimensión de fin de los tiempos, que es la que le dota de sentido; y llega hasta nosotros configurado por la experiencia del trabajo en las manufacturas, convertido ya en proceso, en un proceso-sucesión abstracto, en una sucesión de ahoras que pasan siempre en fila, ordenadamente; el tiempo se nos ha convertido ya en una mera cronología que, para conservar un cierto sentido, una cierta orientación, debe preservar la idea de un progreso o, al menos, de un desarrollo continuo e infinito.

A ese tiempo crónico se le opone, como contratiempo, la figura de aión. Aión es un nombre derivado de aieí, que podría traducirse por "siempre", y que viene de la misma raiz que da el latín aeternus. En el fragmento de Heráclito, aión podría referirse al tiempo considerado de una vez, al tiempo-todo, al tiempo sempi-terno. Pero lo sorprendente es que ese tiempo-todo es un niño que juega y que acaba coronado como el rey del juego. Al relacionar el tiempo-todo con un niño que juega y no, como parecería más evidente, con un viejo al final de su vida, o con algo que diera sensación de eternidad y completud, de permanecer fuera del tiempo, el tiempo fuera del tiempo de la eternidad o del final se confunde con el tiempo fuera del tiempo del instante o del principio, pero con un instante que ya no es un momento matemático, un mero pasar, sino un instante original, un origen. El juego tiene por modelo la jugada, la ocasión, la decisión, el kairós, el estado de excepción, el acontecimiento imprevisto e imprevisible que hace saltar el continuo del tiempo en una jugada instantánea que, sin embargo, como momento decisivo, concentra en sí misma el todo del tiempo y a la vez cierra el tiempo y abre el tiempo. Aión o el niño o el juego es, entonces, una figura de la interrupción, de la discontinuidad, pero también de la decisión, y también del final, y también del origen. Por ejemplo la figura an-árquica y a-teleológica de la revolución en política, o de la creación en arte, o del nacimiento y el renacimiento en la vida discontinua y metamórfica de los hombres. Por ejemplo, la figura de aquello en que lo que somos y lo que devenimos está cada vez, y cada vez de nuevo, puesto en juego.


Para no concluir.

Hasta aquí un cuento, el cuento o la historia de la liberación de la libertad, y una serie de motivos que nos pueden dar una idea de lo que se nos da a pensar en el ámbito de la libertad liberada. Y todo ello, repito, con la intención de abrir un espacio de interrogación en cuyo interior inscribir nuestras inquietudes y nuestras perplejidades.



A partir de aquí, se trata de continuar con otros ejercicios de liberación a propósito de las otras palabras, o ideas, que en mi cuento aparecían ligadas a esa libertad moderna desfalleciente y desfallecida, esas palabras mayúsculas que son Razón, Hombre o Sujeto, e Historia, igualmente arruinadas por mucho que sigan atronando en nuestros oidos con intenciones fundamentalmente represivas. Si estamos liberándonos de la Libertad, o si estamos empezando a vislumbrar algo así como una libertad liberada, una libertad a la que quizá no le convenga ya la palabra o el concepto "libertad", también estamos empezando a liberarnos de la Razón y estamos empezando a vislumbrar algo así como una razón liberada, una razón a la que quizá no le convenga ya la palabra o el concepto de "razón", y estamos también liberándonos del Sujeto y empezando a vislumbrar algo así como una subjetividad liberada, una subjetividad a la que quizá no le convenga ya la palabra o el concepto de "hombre", y estamos también empezando a liberarnos de la Historia y a vislumbrar algo así como una temporalidad liberada, una temporalidad a la que quizá no le convenga ya la palabra o el concepto de "historia". O, si se quiere, estamos empezando a pensar algo así como una relación con el tiempo que no pasa ya por la idea totalizante y totalitaria de la Historia, una relación con el sentido que no pasa ya por las ideas totalitarias y totalizantes de la Razón o de la Verdad, una relación con nosotros mismos y con los otros que no pasa ya por las ideas totalitarias y totalizantes del Hombre o del Sujeto, y una relación con nuestra propia existencia, y con el carácter contingente y finito de nuestra propia existencia, que no pasa ya por la idea totalitaria y totalizante de la Libertad.

1 P. Sloterdijk. En el mismo barco. Madrid. Siruela 2000. Pág. 20

2 I. Kant. "Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?" en AA.VV. ¿Qué es Ilustración?. Madrid. Tecnos 1988. pág. 9.

3 E. Husserl. La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Barcelona. Crítica 1991. pág. 328.

4 Idem.

5 Op. Cit. pág. 329.

6 Op. Cit. pág. 16.

7 Op. Cit. pág. 10.

8 Idem.

9 Op. Cit. pág. 13.

10 M. Horkheimer y T.W. Adorno. Dialéctica de la Ilustración. Madrid. Trotta 1994. pág. 59.

11 Op. Cit. pág. 53.

12 T.W. Adorno. Dialéctica negativa. Madrid. Taurus 1975. págs. 213-215.

13 Op. Cit. pág. 230.

14 M. Heidegger. Kant y el problema de la metafísica. México. Fondo de Cultura Económica 1981. pág. 218.

15 M. Heidegger. La proposición del fundamento. Barcelona. Ediciones del Serbal 1991. pág. 151.

16 Op. Cit. pág. 176.

17 Op. Cit. pág. 178. Cito a continuación la traducción que da A. García Calvo del fragmento de Heráclito en su Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito. Madrid. Lucina 1985. pág. 255: "El tiempo-todo es un niño jugando-niñeando, que juega al tres-en-raya: ¡de un niño la corona!".

18 F. Nietzsche. Así habló Zaratustra. Madrid. Alianza 1972. pág. 32.

19 M. Hopenhayn, "Opúsculo I. Las tres metamorfosis: un relato de liberación" en Después del nihilismo. De Nietzsche a Foucault. Barcelona. Editorial Andrés Bello 1977. pág. 73.

20 M. Foucault. Las palabras y las cosas. México. Siglo XXI 1979. pág. 3.

21 M. Hopenhayn. Op. Cit. pág. 76.

22 Op. Cit. pág. 79.

23 J.F. Lyotard. La postmodernidad explicada a los niños, Barcelona. Gedisa 1987. pág. 90
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