Página principal

Sugerimos cambiar el formato si va a imprimir en papel con otras dimensiones. Curso de preparación para la Confirmación Un curso de religión -multimedia- a distancia y personalizado para mayores de 17 años


Descargar 142.95 Kb.
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño142.95 Kb.


NOTA: El formato del documento es para HOJA A4. Sugerimos cambiar el formato si va a imprimir en papel con otras dimensiones.

Curso de preparación para la Confirmación
Un curso de religión -multimedia- a distancia y personalizado para mayores de 17 años


14to. envío

El Espíritu Santo en el bautismo y en la vida

Catequesis del Papa Juan Pablo II del miércoles 3 de junio de 1998.

1. Otra intervención significativa del Espíritu Santo en la vida de Jesús, después de la de la Encarnación, se realiza en su bautismo en el río Jordán.

El evangelio de san Marcos narra el acontecimiento así: «Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”» (Mc 1, 9-11 y par.). El cuarto evangelio refiere el testimonio del Bautista: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él» (Jn 1, 32).

2. Según el concorde testimonio evangélico, el acontecimiento del Jordán constituye el comienzo de la misión pública de Jesús y de su revelación como Mesías, Hijo de Dios.

Juan predicaba «un bautismo de conversión para perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Jesús se presenta en medio de la multitud de pecadores que acuden para que Juan los bautice. Éste lo reconoce y lo proclama como cordero inocente que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1, 29) para guiar a toda la humanidad a la comunión con Dios. El Padre expresa su complacencia en el Hijo amado, que se hace siervo obediente hasta la muerte, y le comunica la fuerza del Espíritu para que pueda cumplir su misión de Mesías Salvador.


Ciertamente, Jesús posee el Espíritu ya desde su concepción (cf. Mt 1, 20; Lc 1, 35), pero en el bautismo recibe una nueva efusión del Espíritu, una unción con el Espíritu Santo, como testimonia san Pedro en su discurso en la casa de Cornelio: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38). Esta unción es una elevación de Jesús «ante Israel como Mesías, es decir, ungido con el Espíritu Santo» (cf. Dominum et vivificantem, 19); es una verdadera exaltación de Jesús en cuanto Cristo y Salvador.

Mientras Jesús vivió en Nazaret, María y José pudieron experimentar su progreso en sabiduría, en estatura y en gracia (cf. Lc 2, 40; 2, 51) bajo la guía del Espíritu Santo, que actuaba en él. Ahora, en cambio, se inauguran los tiempos mesiánicos: comienza una nueva fase en la existencia histórica de Jesús. El bautismo en el Jordán es como un «preludio» de cuanto sucederá a continuación. Jesús empieza a acercarse a los pecadores para revelarles el rostro misericordioso del Padre. La inmersión en el río Jordán prefigura y anticipa el «bautismo» en las aguas de la muerte, mientras que la voz del Padre, que lo proclama Hijo amado, anuncia la gloria de la resurrección.

3. Después del bautismo en el Jordán, Jesús comienza a cumplir su triple misión: misión real, que lo compromete en su lucha contra el espíritu del mal; misión profética, que lo convierte en predicador incansable de la buena nueva; y misión sacerdotal, que lo impulsa a la alabanza y a la entrega de sí al Padre por nuestra salvación.

Los tres sinópticos subrayan que, inmediatamente después del bautismo, Jesús fue «llevado» por el Espíritu Santo al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt 4, 1; cf. Lc 4, 1; Mc 1, 12). El diablo le propone un mesianismo triunfal, caracterizado por prodigios espectaculares, como convertir las piedras en pan, tirarse del pináculo del templo saliendo ileso, y conquistar en un instante el dominio político de todas las naciones. Pero la opción de Jesús, para cumplir con plenitud la voluntad del Padre, es clara e inequívoca: acepta ser el Mesías sufriente y crucificado, que dará su vida por la salvación del mundo.

La lucha con Satanás, iniciada en el desierto, prosigue durante toda la vida de Jesús. Una de sus actividades típicas es precisamente la de exorcista, por la que la gente grita admirada: «Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen» (Mc 1, 27). Quien osa afirmar que Jesús recibe este poder del mismo diablo blasfema contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3, 22-30), pues Jesús expulsa los demonios precisamente «por el Espíritu de Dios» (Mt 12, 28). Como afirma san Basilio de Cesarea, con Jesús «el diablo perdió su poder en presencia del Espíritu Santo» (De Spiritu Sancto, 19).

4. Según el evangelista san Lucas, después de la tentación en el desierto, «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu (...) e iba enseñando en sus sinagogas» (Lc 4, 14-15). La presencia poderosa del Espíritu Santo se manifiesta también en la actividad evangelizadora de Jesús. Él mismo lo subraya en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16-30), aplicándose el pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Is 61, 1). En cierto sentido, se puede decir que Jesús es el «misionero del Espíritu», dado que el Padre lo envió para anunciar con la fuerza del Espíritu Santo el evangelio de la misericordia.

La palabra de Jesús, animada por la fuerza del Espíritu, expresa verdaderamente su misterio de Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 14). Por eso, es la palabra de alguien que tiene «autoridad» (Mc 1, 22), a diferencia de los escribas. Es una «doctrina nueva» (Mc 1, 27), como reconocen asombrados quienes escuchan su primer discurso en Cafarnaúm. Es una palabra que cumple y supera la ley mosaica, como puede verse en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7). Es una palabra que comunica el perdón divino a los pecadores, cura y salva a los enfermos, e incluso resucita a los muertos. Es la Palabra de aquel «a quien Dios ha enviado» y en quien el Espíritu habita de tal modo, que puede darlo «sin medida» (Jn 3, 34).

5. La presencia del Espíritu Santo resalta de modo especial en la oración de Jesús.

El evangelista san Lucas refiere que, en el momento del bautismo en el Jordán, «cuando Jesús estaba en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo» (Lc 3, 21-22). Esta relación entre la oración de Jesús y la presencia del Espíritu vuelve a aparecer explícitamente en el himno de júbilo: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra...”» (Lc 10, 21).

El Espíritu acompaña así la experiencia más íntima de Jesús, su filiación divina, que lo impulsa a dirigirse a Dios Padre llamándolo «Abbá» (Mc 14, 36), con una confianza singular, que nunca se aplica a ningún otro judío al dirigirse al Altísimo. Precisamente a través del don del Espíritu, Jesús hará participar a los creyentes en su comunión filial y en su intimidad con el Padre. Como nos asegura san Pablo, el Espíritu Santo nos hace gritar a Dios: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 15; cf. Ga 4, 6).

Esta vida filial es el gran don que recibimos en el bautismo. Debemos redescubrirla y cultivarla siempre de nuevo, con docilidad a la obra que el Espíritu Santo realiza en nosotros.
Reflexiones pedagógicas
1. La vida filial es el gran don que recibimos en el bautismo. ¿Cómo podemos redescubrirla y cultivarla siempre de nuevo?

PARA SALVARTE del P. Jorge Loring



EL MÁS ALLÁ

98.-EL QUE PECA MORTALMENTE Y MUERE SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES SE VA AL INFIERNO.

98,1. «Vive siempre como quien ha de morir», pues es certísimo que, antes o después, todos moriremos.

En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: Hodie mihi, cras tibi que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti». Esto es evidente.

Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad.

Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios.

Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena.

Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías.

Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido.

Aunque es posible que a última hora Dios ilumine al alma de un modo especial en orden a su salvación eterna, quien se apoyara en esta esperanza «para seguir quebrantando tranquilamente los mandamientos de Dios cometería una temeridad indecible y se expondría, casi con toda seguridad, a la condenación eterna»1 .

Es impresionante la muerte de Voltaire (Francisco Mª Arouet).

Murió la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, a los ochenta y cuatro años de edad.

Fue un hombre impío y blasfemo.

«Vinculado a la masonería, tenía por lema: “Destruid a la Infame”, es decir, a la Iglesia. Dijo: “Jesucristo necesitó doce apóstoles para propagar el cristianismo. Yo voy a demostrar que basta uno sólo para destruirlo”»2.

Pero se fue a la tumba sin conseguirlo.

En la hora de la muerte pidió un sacerdote, pero sus amigos se lo impidieron.

Murió con horribles manifestaciones de desesperación, bebiéndose sus propios excrementos, como cuenta la marquesa de Villete, en cuya casa murió3 .

Es frecuente que ateos y anticlericales pidan un sacerdote en la hora de la muerte.

Azaña, que siendo Presidente de la República Española, tanto persiguió a la Iglesia, antes de morir se confesó con el obispo de Montauban, en Francia, Mons. Theas, quien afirmó que confesó y dio la extremaunción, que recibió con plena lucidez, y por petición suya, a Manuel Azaña en el Hotel du Midi, de Montauban, donde murió diciendo: «Dios mío, misericordia»4.

François Mitterrant, Presidente de Francia, encarnizado anticlerical, agnóstico puro y duro, quiso morir con los sacramentos de la Iglesia5.

También Picaso, que vivió tantos años apartado de la Iglesia, quiso morir en el seno de la Iglesia Católica. Así lo afirma su biógrafo Juan Maldonado en su obra Picaso, único6.

«Con la muerte termina para el hombre el estado de viajero, y se llega al término que permanecerá inmutable por toda la eternidad.

»Más allá de la muerte no hay posibilidad de cambiar el destino que el hombre mereció al morir.

»Después de la muerte nadie puede merecer o desmerecer.

»Ha terminado para el alma el estado de vía y ha entrado para siempre en el estado de término»7 .

Hay personas que se acomodan en esta vida como si ésta fuera para siempre y definitiva.

Esto es una equivocación.

Debemos vivir en esta vida orientados a la otra, a la eterna, que es realmente la definitiva.

Por lo tanto debemos aprovechar esta vida lo más posible para hacer el bien.

En la muerte se separa el alma del cuerpo8.

El cuerpo va a la sepultura y allí se convierte en polvo.

El alma, en cambio, constitutivo esencial de la persona, sigue viviendo.

En el mismo instante de la muerte Dios nos juzga9.

A la muerte sigue inmediatamente el juicio particular10 .

Dice la Biblia: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después haya un juicio»11.

«El Nuevo Testamento habla de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno»12.

Es dogma de fe13 que inmediatamente después de la muerte los que mueren en pecado mortal actual se van al infierno; y al cielo -después de sufrir la purificación, los que la necesiten- las almas de todos los santos14. «Cada cual dará a Dios cuenta de sí »15 ; «Dios dará a cada uno según sus obras»16 . Dice San Pablo: «Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir el pago de lo que hicimos en la vida presente»17 .

Si hemos muerto en paz con Dios, sin pecado mortal, el alma es destinada a ser eternamente feliz en el cielo; pero si hemos muerto en pecado mortal, es destinada a ser eternamente desgraciada en el infierno.

Dice San Juan: «Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación »18 .

La retribución inmediata después de la muerte se deduce de las palabras de Cristo al buen ladrón19 : «Hoy estarás conmigo en el paraíso»20 .

«De la misma manera que el cielo comienza ya para las almas justas (si no tienen nada de qué purificarse previamente) inmediatamente después de la muerte, también el infierno empieza para el alma del impío al morir»21 .

El hombre materialista es vencido por la muerte.

Sólo Dios nos da la vida eterna.

La fe y la fidelidad a Dios es el supremo modo de vivir en esta vida, y de esperar con ilusión la eternidad.

99.- EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES.

99,1. El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno.

La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio lV de Letrán22 .

«Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno»23 .

«Dios quiere que todos los hombres se salven»24.

Pero el hombre puede decir «no» al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él.

El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado.

El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados25 .

Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe.

Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego26 .

Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego.

Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus27 , Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite.

La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra “fuego” es sólo una “imagen”, debe ser tratada con todo respeto»28 .

En el infierno hay otro tormento que «es el más terrible de todas las penas del infierno»29 .

Según San Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego30 .



San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar31

Los teólogos lo llaman «pena de daño».

Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre.

Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror32 .

La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: «Me he equivocado»33 .

Como el que va volando sobre el Atlántico en un «Jumbo» 747, y al ver en la pantalla la ruta del viaje, se da cuenta de que se ha equivocado de avión, pues su deseo es ir a Australia.

Y en el viaje a la eternidad no es posible rectificar: no hay retorno.

No hay que confundir el infierno con los «infiernos» a los que fue Cristo después de morir.

Rezamos en el credo de los Apóstoles: «Descendió a los infiernos».

Aquí los «infiernos» se refiere al lugar de los muertos, como se dice en el Canon IV de la Misa. Se trata de los justos que esperaban la redención del Mesías prometido.

Allí fue Cristo a anunciarles la Redención.

A la morada de los muertos también la llamamos «el limbo de los justos»34 .

Si un condenado, después de haber probado el infierno, pudiera volver a la Tierra para hacer méritos y así librarse del infierno, ¿qué haría? ¿Cómo atesoraría méritos?

Pues nosotros podemos todavía hacerlo, sin haber probado el infierno.



Los Testigos de Jehová niegan la existencia del infierno basados en que Cristo, a veces, empleó la palabra sheol que significa tumba.

Pero la palabra sheol significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son librados por Dios del sheol, éste no podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos35.

«Al ser libradas del sheol las almas de los justos, y llevadas con Dios, el sheol que antes abarcaba a todos los muertos, se convierte en destino para sólo los impíos, es decir, se convierte en infierno»36 . «“Sheol” es la morada de los malvados»37 después de la muerte.

Pero la doctrina católica sobre la existencia del infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.

Como dice acertadamente Arístides R. Vilanova: «el infierno está lleno de personas que no creían en él»38 .

99,2. «El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad»39.

El infierno es la condenación eterna.

Es el fracaso definitivo del hombre.

«Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien , luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre»40 .

Puede ser interesante mi vídeo El infierno: fracaso definitivo41 .

A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno.

Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe42 .

Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno43 ; somos nosotros los que libremente lo elegimos.

Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado.

Por el pecado he renunciado a Dios y he elegido a Satanás. Dice San Juan que el que peca se hace hijo del diablo44. Dios lo acepta con pena, pero me respeta. Como los padres apenados por el hijo que se ha ido de casa.

Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios.

Pero también nos dice que el infierno es eterno.



Cristo afirmó la existencia de una pena eterna: «... DONDE EL GUSANO NO MUERE Y EL FUEGO NO SE APAGA»45 . «Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo »46. Y después añade que los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna»47.

«Es preciso subrayar que la verdad más veces enunciada en el mensaje moral del Nuevo Testamento es la existencia de un “castigo eterno” para quienes no obran correctamente. (...) Negar que la conducta humana merece “premio” o “castigo” no sólo se opone a la fe, sino que es carecer de un mínimo de rigor intelectual en la lectura e interpretación del Nuevo Testamento»48 .

El infierno eterno es una pena tremenda. Pero hay que caer en la cuenta que es para ofensas graves y deliberadas (no con atenuantes) al SER SUPREMO = DIOS.

Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse. Aunque Dios es misericordioso, también es justo.

Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia»49 .

Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.

Aunque la justicia de Dios no es inexorable, sino que está dulcificada por su misericordia, y siempre inclinada a tener en cuenta todos los atenuantes50 .

Como Dios es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente. «Dios no nos perdona si no estamos arrepentidos».51

La justicia exige reparación del orden violado.

Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo.

Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento52 .

Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse.

Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente53 .

El mismo Jesucristo pone el arrepentimiento como condición previa al perdón54 .

Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible55 , porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse56.

Después de la muerte no se puede rectificar. La muerte fija irrevocablemente a las almas57 .

Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer58.

«La muerte aparece como punto final del estado durante el cual el hombre puede hacer opciones en las que se abra o cierre a Dios»59 .

La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo60.

En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar61 . Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes62 .

«El hombre que disfruta de la visión del Creador, ya no puede dejarse arrastrar por un bien creado»63 .

Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo.

¿Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo?

Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo.

El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios.

Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es.

Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad. Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él.

Se oye decir de labios irresponsables: «Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades».

Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles.

Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.

«La doctrina sobre el infierno podríamos sintetizarla así:

a) El Nuevo Testamento afirma que el destino de los justos y el destino de los impíos, en el estado escatológico, son diversos.

b) El elemento más característico del estado escatológico de los justos es “estar con Cristo”. De modo paralelo, la nota más esencial del estado escatológico que corresponde al impío es el rechazo del Señor.

c) La situación de condenación se describe como un estado de sufrimiento.

d) Se insiste en la eternidad del sufrimiento del condenado»64 .

El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después.

La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable65 .

Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.

La idea de que al final todos se salvan por aquello de San Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven»66 , requiere explicación.

Hay que distinguir entre el deseo de Dios y su decisión absoluta. El verbo utilizado aquí por San Pablo no implica eficacia absoluta, sino una voluntad que respeta la libertad de los hombres67 .

99,3. Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con amorosa Providencia.

Debemos tener confianza de que todo lo que Dios hace o permite es en bien nuestro. Todo por amor a nosotros, aunque algunas veces con nuestro pequeño entendimiento no comprendamos los planes de Dios.

«La Divina Providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce, con sabiduría y amor, todas las criaturas hasta su último fin»68 .

Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos ayuda y protege continuamente.

Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando nos falta para respirar.

Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque a veces no entendamos su Providencia.

Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras una peñas.

El buen padre de familia quita a su hijo de «botones» para que aprenda un oficio.

De momento deja de ganar unas pesetas; pero de «botones» sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil.

Aprender un oficio es a la larga mucho mejor.

Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.

Debemos aceptar de buena gana la PROVIDENCIA DE DIOS.



San José María Rubio, S.I. aconsejaba: «Hacer lo que Dios quiere, y querer lo que Dios hace».

El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios.

No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida.

Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre.

Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SÍ. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo69.

El gran misterio del infierno es que aunque Dios desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos.



Dios nos ha creado libres y quiere que nos comportemos como tales.

Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre. Es anular al hombre.

«Sin esta posibilidad, el hombre ni siquiera sería verdaderamente hombre»70 .

Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la libertad del hombre.

Dios ofrece la salvación, no la impone.

El infierno es el respeto de Dios por tu última voluntad.

Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te retractes, Dios te respeta.

Y como con la muerte se acaba tu libertad, no cambiarás eternamente.

No recuerdo dónde leí este pensamiento: «Nuestro por enemigo somos nosotros mismos, porque los otros lo más que pueden hacernos es quitarnos la vida terrena; sólo nosotros mismos podemos condenarnos al infierno eterno».

El hombre es libre para elegir el bien o el mal; pero, «si bien somos libres para elegir lo que se nos antoje, jamás podremos decidir las consecuencias de nuestra elección»71.

99,4. Se presenta el problema del mal.

El mal es un misterio que supera el entendimiento humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males72 .

Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.

A veces, es difícil consolar a unos padres que han perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro.

Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus padres.

Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy diferente el día de mañana. Confiemos en que los planes de Dios son siempre para nuestro mayor bien.

Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a ver el bien que Dios saca de ese mal.

Pero ya nos dice San Pablo que «para los que aman a Dios, todo coopera en su bien»73 .

«Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad»74 .

Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.

Mal es la carencia de un bien debido.

Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí lo sería para mí.

En cambio para mí no es mal no poder volar, pero sí lo sería para un águila.

Por eso dice Santo Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de un bien propio de una determinada criatura.

El único mal absoluto es el infierno:

Todos los demás males son relativos: para unos sí, y para otros no; en un sentido sí y en otro no.

Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha conseguido más estabilidad en su masa.

Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco más para el cielo.

En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal moral es producido por el pecado.

El mal físico es consecuencia de las leyes de la Naturaleza.

El mal moral es consecuencia del mal uso de la libertad humana.

El mal moral Dios no lo quiere, pero respeta la libertad del hombre.

Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la libertad al hombre.

Dice el filósofo ruso Nikolai Berdaiev: «El problema del mal no es otra cosa que el problema de la libertad»75.

Todo hombre libre es capaz de pecar.

Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre.

«Si el hombre no fuera libre, no sería hombre»76 .

«Es la libertad la facultad por la que somos hombres»77 .

La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace meritorio ser bueno78 .

Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que Dios nos ha puesto en la Tierra.

Si Dios impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad.

Dios tiene sus razones para permitir el mal.

A nosotros nos basta con saber que Dios tiene Providencia, aunque desconozcamos sus caminos.

«La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna79 .

Dice San Pablo: «Sabemos que Dios hace converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman »80 .

Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con otras leyes físicas.

Pero todo mundo imaginable es perfectible.

Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto.

Dios ha pensado que este mundo es suficientemente bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para el cual ha sido creado.

Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo, que quiso pasarlo primero para animarnos a sufrir.

Como la madre que prueba primero la sopa delante del niño, que no quiere comer, para animarle.

El sufrimiento humano, individual o colectivo, a veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.

«Al que sufre no se le puede ir con razonamientos. Se le acompaña y se le consuela. Por eso la mejor respuesta al dolor es Cristo crucificado»81 .

La Redención de la humanidad se ha hecho por el dolor.

Por eso muchos santos han amado el dolor.

El calvario se ha convertido en la meta ideal, según aquello de San Pablo que no quería gloriarse de «otra cosa que no fuera la cruz de Cristo»82 .

Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de consuelo. También lo dijo San Pablo: «Sobreabundo de gozo en medio de mis tribulaciones»83 .

Y es que el sacrificio realizado por amor pierde toda su dureza. Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad84.

Y además, la esperanza de la gloria.

«El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás»85 .

Por eso dice San Pablo:«¿qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa gloria que nos aguarda en la eternidad?»86 .

«El cristiano no permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno, y procura paliarlo con todos los medios lícitos de que dispone. (...)

»Cuando los recursos humanos se han venido abajo, cuando la CIENCIA Y EL AMOR SE HAN DECLARADO IMPOTENTES, EL CRISTIANO TIENE Todavía un refugio.

»Para él, el cielo no está vacío.

»En él vive un Dios bueno, sabio y omnipotente del cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio, y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.

»Y cuando la oración no es oída enseguida, el cristiano no se desanima.(...) Sabe aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres»87 .

99,5. Todas las cosas tienen «pros» y «contras».

La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación, telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por cortocircuito y matar por electrocución.

A pesar de los peligros que supone la electricidad no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica.

El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos.

Son consecuencias de que el mundo es un ser en evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos88.

A veces ocurren cosas que no comprendemos.

Pero es absurdo querer entender a Dios al modo humano.

Es como si un animal quisiera entender las ideas filosóficas humanas: es imposible.

Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios.

A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y permite el sufrimiento para nuestro bien.

Lo mismo que una madre le pone a su hijo una inyección que éste necesita, aunque le duela.

Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.

Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias, en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana resignación.

Es consolador saber que «el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente».

En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna89 .

No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos.

En primer lugar, porque el triunfo del malo se limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y libre de mal.

Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable.

El único que triunfa es quien se salva.

Reflexiones pedagógicas



Lea la pregunta, encuentre la respuesta y transcríbala o “copie y pegue” su contenido.

(Las respuestas deberán enviarse, al finalizar el curso a juanmariagallardo@gmail.com . Quien quisiera obtener el certificado deberá comprometerse a responder PERSONALMENTE las reflexiones pedagógicas;

no deberá enviar el trabajo hecho por otro).


  1. ¿Qué sucede inmediatamente después de la muerte?

  2. ¿Qué es el infierno?

  3. ¿Qué es la pena de daño?

  4. Dios ¿“manda” al infierno? ¿Cómo lo explicaría Ud.?

  5. ¿Por qué existe el mal?

  6. ¿Cuál es el fin del hombre?

1 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: ¿Se salvan todos? 2ª, VIII, 3,4. Ed. BAC. Madrid. 1995.

2 ALFREDO SÁENZ, S.I.: La cristiandad y su cosmovisión, Vi, 1, 3, a. Ed.Gladius. Buenos Aires.

3 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología de la salvación, 3ª, I, nº 192. Ed. BAC. Madrid

4 Revista Vida Nueva, 1764 (17-XI-1990) 32

5 VITTORIO MESSORI: Algunas razones para creer, II. Ed Planeta+Testimonio. Barcelona. 2000.

6 ACI Prensa, 10-XI-2003.

7 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología de la salvación, 3ª, III, nº 168. Ed. BAC. Madrid

8 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nº 1016

9 CÁNDIDO POZO, S.I.: Teología del más allá, 3º, Vlll. Ed. BAC. Madrid, 1980

10 DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 530 . Ed. Herder. Barcelona

11 Carta a los Hebreos: 9:27

12 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1021

13 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología de la salvación,3ª, II, nº 205; 3ª, X, nº 455. Ed. BAC. Madrid

14 DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 530s. Ed. Herder. Barcelona

15 SAN PABLO: Carta a los Romanos, 14:12

16 SAN PABLO: Carta a los Romanos, 2:6

17 SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 5:10

18 Evangelio de San Juan, 5:29

19 JOSÉ ANTONIO SAYÉS: Más allá de la muerte, IV. Ed. San Pablo. Madrid. 1996.

20 Evangelio de SAN LUCAS, 23:43

21 CÁNDIDO POZO, S.I.: Vida más allá de la muerte, III, 5. Cuadernos BAC nº 78. Madrid.1984.

22 DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 428ss.y 531. Ed. Herder. Barcelona

23Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1056

24 SAN PABLO: Primera Carta a Timoteo, 2:4

25 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1033

26 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología de la salvación, 3ª, IV, nº 230. Ed. BAC. Madrid

27 DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 531. Ed. Herder. Barcelona

28 Revista ECCLESIA del 10-Vlll-79

29 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología de la salvación, 3ª, IV, nº 227. Ed. BAC. Madrid

30 SAN JUAN CRISÓSTOMO: Homilía in Mat. XXlll, 7s. MIGNE: Patrología griega, 47,290ss.

31 SAN AGUSTÍN: Ciudad de Dios, XX, 22; XXl, 9s. MIGNE: Patrología latina, 40,285.

32 HERIS, O.P.: El infierno, lll, 9. Ed. Criterio. Buenos Aires

33 Libro de la Sabiduría, 5:6

34 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 633

35 CÁNDIDO POZO, S.I.: Teología del más allá, 2ª, lll, 7, 2, H. Ed. BAC. Madrid, 1980

36 CÁNDIDO POZO, S.I.: Vida más allá de la muerte, II, 1. Cuadernos BAC nº78. Madrid.1984.

37 CÁNDIDO POZO, S.I.: La venida del Señor en la gloria, III , 3, 2. Ed. EDICEP. Valencia. 1993.

38 ARÍSTIDES R. VILANOVA: Toda la verdad sobre la Sábana Santa, 2ª, XII, 3. Fundación S.Pío X

39 Conferencia Episcopal Española: Catecismo Escolar, 8º EGB, XVlll, 4. Edice. Madrid, 1983

40 Secretario Pontificio para los No Cristianos: Presentación de la fe cristiana,2ª,35. Ed. PPC. Madrid

41 Pedidos a: Apartado 2546. 11080-Cádiz. Tel.: (956) 222 838. FAX: (956) 205 810

42 Cardenal RATZINGER: Escatología, lll, 7, 1. Ed. Herder. Barcelona, 1980

43 JOSÉ ANTONIO SAYÉS: Más allá de la muerte, VI,4. Ed. San Pablo. Madrid. 1996

44 SAN JUAN: Primera carta, 3:8

45 Evangelio de SAN MARCOS, 9,48

46 Evangelio de San Mateo, 25:41

47 Evangelio de San Mateo, 25: 46

48 AURELIO FERNÁNDEZ: Compendio de Teología Moral, 1ª, V, 1, 9. Ed.Palabra. Madrid.1995.

49 Eclesiástico, 16:12s

50 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: ¿Se salvan todos?, 2ª, II. Ed. BAC. Madrid. 1995

51 LAMBERTO DE ECHEVARRÍA: Creo en el perdón de los pecados, VII. Cuadernos BAC, nº 67.

52 FELIPE CALLE, O.S.A.: Razona tu fe, XXXVII, 4. Ed. Religión y Cultura. Madrid

53 SANTO TOMÁS: Summa Theologica, III, 86, 2. Ed. BAC. Madrid

54 Evangelio de SAN LUCAS, 17:3s

55MICHEL: Los misterios del más allá, l, 2, 2; V, 2, 3. Ed. Dinor. San Sebastián

56CÁNDIDO POZO, S.I.: Teología del más allá, 3ª, Vll, 3. Ed. BAC. Madrid, 1980

57 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: ¿Se salvan todos?, 2ª, VIII,3,2. Ed. BAC. Madrid. 1995

58DENZINGER: Magisterio de la Iglesia, nº 778. Ed. Herder. Barcelona

59 CÁNDIDO POZO, S.I.: La venida del Señor en la Gloria, VI, 4. Ed. EDICEP. Valencia. 1993.

60 GARRIGOU-LAGRANGE, O.P.: La vida eterna, 3, ll.. Ed. Rialp. Madrid.

61 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice 3º, B, 4, nº 690. Ed. BAC. Madrid.

62 JOSÉ ANTONIO GALINDO: La libertad en SAN AGUSTÍN. Revista AGUSTINUS, 35(190)308s.

63 PAUL O’CALLAGHAN: 39 Cuestiones doctrinales, I, 9. Ed. Palabra. Madrid. 1990.

64 CÁNDIDO POZO, S.I.: La venida del señor en la gloria, X, 4. Ed. EDICEP. Valencia.1993.

65 ANTONIO ROYO MARÍN: Teología de la salvación, 2ª, III, nº 152. Ed. BAC. Madrid.

66 SAN PABLO: Primera Carta a Timoteo, 2:4

67 CÁNDIDO POZO, S.I.: La venida del Señor en la gloria, X, 4. Ed. EDICEP. Valencia. 1993.

68 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica nº 321

69 JOSÉ LUIS RUIZ DE LA PEÑA: La otra dimensión: escatología cristiana, Vlll, 3. Ed. Sal Terrae. Santander.

70 FRANCISCO DE MIER: Apuesta por lo eterno, V, 4. Ed. San Pablo. Madrid. 1997.

71 MADRE ANGÉLICA: Respuestas, no promesas, XI,6. Ed. Planeta+Testimonio. Barcelona. 1999.

72 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 312

73 SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:28

74 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice, III, A, 4, nº 642. Ed. BAC. Madrid.

75 VITTORIO MESSORI: Algunas razones para creer, XII. Ed. Planeta+Testimonio. Barcelona 2000

76 JUAN ANTONIO GALINDO: Dios no ha muerto, XV, 5,1. Ed. San Pablo. Madrid.

77 ANTONIO GARCÍA FIGAR, O.P.: Matrimonio y Familia, V,6. Ed. FAX. Madrid.

78 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1745

79 Nueva Catecismo de la Iglesia Católica nº 324

80 SAN PABLO: Carta a los Romanos, 8:28

81 JEAN DANIELOU: Dios y nosotros, II. Ed. Taurus. Madrid.

82SAN PABLO: Carta a los Gálatas, 6:14

83 SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 7:14

84 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice, 3º B, 3, nº 680. Ed. BAC. Madrid.

85 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice, 3º B, 4, nº 690. Ed. BAC. Madrid.

86 SAN PABLO: Segunda Carta a los Corintios, 4:17

87 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice, 3º, B, 2, nº 678. Ed. BAC. Madrid

88 JUAN LÓPEZ PEDRAZ, S.I.: Cristianos en busca de respuestas, VI, 3. Ed. Sal Terrae. Santander

89 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Dios y su obra, Apéndice, 3º A, III, 6, nº 664. Ed. BAC. Madrid.





La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje