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Sudamerica


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El Arte Precolombino (II)

(Sudamerica)






(Sudamerica) 1

Presentación 4

Introducción 6

La geografía 7

Áreas culturales 9

Otras clasificaciones 13

El arte de los cazadores andinos 15

El neolítico americano 22

Primeras manifestaciones artísticas 24

Los primeros ceramistas 27

Las características figurillas 29

La importancia de la cerámica Machalilla 32

El arte cerámico de Chorrera 33

El Formatívo peruano. Chavín 36

La escultura 38

Un diseño muy característico 40

El centro ceremonial de Cerro Sechín 42

Oro y cerámica en el Area Intermedia 44

San Agustín 45

El culto al jaguar 48

Colombia 50

Tierradentro 50

Calima 51

La orfebrería Quimbaya 52

Centroamérica 54

Ecuador 56

Tumaco-Tolita 57

Jama-Coaque 59

Bahía 61

Guangala 62

El arte en la sierra de Ecuador 63

De Paracas a Tiahuanaco 64

La costa sur 65

Los tejidos. Paracas 66

La cerámica de Nazca 69

Los dibujos de la Pampa de Nazca 71

El arte cerámico de Moche 72

Centros ceremoniales 75

La cerámica 76

Los estilos regionales peruanos en las Tierras Altas 78

Tiahuanaco 81

El Arte en los Andes meridionales 84

La cerámica Condorhuasi 85

La Candelaria 86

La Ciénaga 87

La Aguada 89

El arte Santamariano 90

El Arte cerámico en la Amazonia 92

El Arte taíno en las Antillas 95

Manifestaciones artísticas 99

Arte del Período tardío 101

Venezuela occidental 101

Colombia 103

Centroamérica 107

Ecuador 110

El apogeo del urbanismo 113

Chan-Chan y el arte Chimú 115

Chancay y otras culturas costeras 120

Las ciudades perdidas 121

121

Las chulpas de Sillustani 122

El Arte inca 123

Arquitectura 125

El Corícancha y Sacsahuaman 127

Otras artes 128

Presentación


Este segundo volumen de Arte precolombino está dedicado al arte del denominado subconti-nente suramericano o Suramérica. Sus límites se fijan, por el norte, en las regiones hasta donde llegaron las influencias culturales meridionales, por lo que, a rasgos generales, incluimos Pana­má y la mayor parte de Costa Rica. Dichas in­fluencias se manifiestan en la existencia de un tronco lingüístico determinado y también en la presencia de muchos rasgos culturales, como, por ejemplo, la agricultura de la mandioca o el culto de la cabeza-trofeo. El arte, como parte de la cultura, recogerá también esas influencias y, en muchos casos, alguno de esos rasgos se hará patente en una iconografía peculiar. El tema de la cabeza-trofeo mencionado es uno de los más característicos.

Se incluyen también en este volumen las An­tillas y otras islas del Caribe, ya que, al ser pobladas desde Suramérica, su cultura y, por tanto, su arte, aun poseyendo una originalidad peculiar, es de tradición sura-mericana.

Es obvia la inmensidad del objeto de estudio, el arte de todo un continente y a lo largo de milenios de desarrollo; su visión será necesariamente general, desta­cando aquellas regiones en las que una mayor complejidad cultural permitió la existencia de una mayor variedad y sofisticación en las manifestaciones artísticas.

Para intentar, de algún modo, ordenar este estudio del arte suramericano, se ha utilizado, por un lado, un criterio especial, utilizando el concepto de área geo-gráfico-cultural. Dentro de esta división en áreas del continente se ha dedicado ma­yor espacio a las de mayor complejidad cultural y artística que son, asimismo, las mejor conocidas. Perú y el área Intermedia (Centroamérica, Colombia y Ecuador) aparecen de manera destacada.

Por otro lado, se ha utilizado también el criterio de clasificación en grandes pe­ríodos cronológicos, de los que interesa, no tanto reflejar las fechas entre las que se sitúan, sino porque significan modelos culturales distintos. Veremos de esta ma­nera el arte de los cazadores andinos o el de los primeros horticultores. Y, a con­tinuación, se considerarán las artes de las comunidades sedentarias de Ecuador o de Perú, de sus culturas regionales y de sus Estados, pero sin olvidar hacer alguna mención al arte de otras áreas tradicionalmente menos consideradas, como la re­gión caribe, la Amazonia o los Andes meridionales.

Y no hemos querido olvidar que el arte es una manifestación de la cultura, por lo que, en cada caso, se ha analizado ese arte en relación con otras manifesta­ciones culturales, con la idea rectora de acercarnos a la comprensión del pasado de las culturas indígenas suramericanas a través de los testimonios que ellas mis­mas dejaron.



Emma Sánchez Montañés

Introducción

TRATAR de encerrar en unas cuan­tas páginas la realidad artística y cultural de todo un subcontinente como el Suramericano, es indudable­mente una compleja y ardua tarea. Se trata de hablar del arte de un conjunto de culturas que florecieron hace más de 16.000 años y que se desarrollaron so­bre más de 18 millones de kilómetros cuadrados. Además, la variedad am­biental contribuyó a la existencia de una serie de regiones ecológicamente muy variadas, entre las que se cuentan los climas más extremados de la tierra. En Suramérica se encuentran los desiertos más áridos, los pantanos más húmedos, las selvas más espesas, elevados altipla­nos y extensas praderas. Pero antes de la llegada de los europeos no hubo un rincón en todo el continente donde el hombre no hubiera puesto su pie, don­de no hubiera logrado, no solamente sobrevivir, sino incluso producir cultu­ras de una complejidad y sofisticación extremas, cuyas manifestaciones artísti­cas fueron de una enorme variedad y originalidad.

El arte indígena suramericano cami­nó por derroteros muy distintos al del arte occidental. Con él nuestros esque­mas tradicionales se derrumban, ya que calificativos usuales como el de Bellas Artes o Artes Mayores o Menores son completamente inválidos a la hora de enfrentarse con la realidad artística su-ramericana. Es escasa la existencia de arquitectura monumental, ya que la ma­yoría de las veces se utilizaron materia­les perecederos. Cuando existe, gene­ralmente unida a grandes centros reli­giosos de carácter expansivo, recurre a originales y particulares soluciones. La pintura y la escultura, por lo general uni­das a la anterior, han desaparecido al perderse su soporte. Pero se mantiene una gran tradición de grabado y de pin­tura rupestre o la realizada sobre otros materiales, como la cerámica. Y encontraremos también escultura en piedra exenta, por lo común en contextos fu­nerarios.

Pero el desarrollo de lo que suele de­nominarse un tanto despectivamente artes menores fue absolutamente es­pectacular en América del Sur. La cerá­mica, sin las limitaciones impuestas por el torno, se desenvolvió en un variadísi­mo muestrario formal, apareciendo todo tipo de formas imaginables. O se utilizó para la elaboración de escultura, fusayolas o volantes de huso, moldes, apoya-nucas y una gran variedad de ob­jetos que explotaban al máximo las po­sibilidades plásticas del barro.

El trabajo de los metales, de origen peruano, se desarrolló también de un modo espléndido, alcanzándose la maestría en las piezas fundidas de tum­baga, aleación de cobre y de oro, en la vecina Colombia. El tejido, en el que destacó el antiguo Perú, desplegando una interesante variedad de técnicas, con una fineza y una maestría no igua­ladas por ninguna civilización antigua. La talla en madera, la cestería, de anti­gua tradición; la plumería, la pintura o la ornamentación corporal... Aunque de muchas de estas artes, dada su realiza­ción en materiales perecederos, no te­nemos constancia más que a través de su representación en otros objetos, como cerámica o escultura en piedra.

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