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Soda en el Exilio


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Soda en el Exilio El Tío Carril

Soda en el Exilio
Habían pasado más de dos semanas desde que celebramos nuestro aniversario en Barcelona cuando me robé la primera chapita de marca de auto. Era la de un Panda viejo, como el de la canción, que habían dejado estacionado por Ferrán, a una cuadra del ayuntamiento. En verdad no era primer hurto, porque en la infancia teníamos esa costumbre de afanarnos las marquitas de los autos, las que venían en la parrilla del frente o en el capó, o en la puerta del baúl. No se trataba de un delito, robar era llevarse el estéreo, o el auto mismo, una rueda. Robar en la escuela estaba prohibido, pero no contaba para los nísperos del patio trasero, ese al que sólo se podía acceder después de quinto grado y con sobradas muestras de coraje. También era notoriamente excarcelable el martirio de trepar a un árbol ajeno para desfondarlo de mandarinas, incluso la gesta se volvía excelsa si la vuelta venía con la dificultad de una posta hecha de ligustrina y no alcanzaban las amenazas de penitencia y los recreos de florero, cuando todavía la dictadura regenteaba los juegos y la campana y había que formar cada vez para volver a clases, para ahuyentar el frenesí, particularmente veraniego, palmariamente provinciano y como corolario de siesta. Escasos medios de diversión y una condición improductiva y despilfarradora que convertía la zaga en un parangón inevitable con los que aún habíamos tenido la gracia de que, por mera cuestión de color quizás, alguno de nuestros regenteadores, padres o tutores, encargados o parientes para la ocasión nos evitaran la colección verde o roja de Billiken y nos ahorraran las lágrimas de Edmundo d’Amicis o de las desventuras de Charles Dickens, en todo caso, para obsequiarnos, quizás en la confianza de la abolición de toda censura previa o en un gesto de falsa complicidad, aquellos tonos de la colección azul que cobijaban en la semi clandestinidad de la buena fachada de la literatura para niños las irrupciones de los hijos de Mark Twain, apedreando al niño bueno y educado, amigos de esclavos a los que hay que liberar, robando globos aerostáticos para llegar al Sahara. Desde un principio estaba claro que se trataba de una cuestión de colores, tramposamente la colección roja abrigaba fáciles invitaciones a la acción extraordinaria, epopeyas fabuleras en tierras lejanas, exotismo barato de piratas y mosqueteros, correctamente educados que eran capaces de rezarle un padre nuestro al villano de turno al tiempo de ensartarlo como churrasco de croto. Seres sin gracia, distantísimos, que no alteraban las potencialidades a nuestro alrededor como alguien capaz trampear a los naipes, fumar aunque niño, huir de la escuela.

En la escuela, en cambio, hubo una época en que se había puesto de moda coleccionar marquitas. Yo me había chorreado la de Ford, la de Chevrolet, todas tenía, de Fiat, de Dodge, tenía una de un Alfa Romeo que me había costado un buen susto. Igual que la del Panda. Fue con bastante miedo que envolví con la mano la típica chapita, la saqué con una de las llaves, utilizándola como cuchillito, más bien como navaja de explorador, y me la metí en la manga del saco, primero, y después en el bolsillo. Al final, empecé a caminar con un cagazo padre y unas gotitas de transpiración que me bajaban por la espalda hasta donde el diablo perdió el poncho. Cuando me di cuenta, ya estaba en la Plaza Real. Emocionado, metí la mano en el bolsillo para verla de vuelta. Brillaba de lo linda, como la tarde en que me robé la primera, un hallazgo valioso, el Volvo gris que era del marido de la de Forastelo, la de química de segundo, que por esas cosas de la vida estaba estacionado a la vuelta de casa una tarde de verano. De un solo golpe, un golpe seco había salido, como la del Panda. Años después, casi sobre el avión, quise comprender un gesto de amor de Fabiana, la morocha que vivía en la casa del portón verde, de la cual me hallaba enamoradamente masturbado y que a la sazón retozaba ardiente aquella tarde con el marido de la de Forastelo en la que la furtividad de su siesta cornudezcamente culpabilosa había devenido en mi trofeo pubertario. Siempre quiero creer que a falta de coraje para el estupro, no había en aquella entrega ningún voraz apetito por un viejo baboso aunque platudo sino una señal de complicidad para el secreto amador que temblaba al verla regar las caléndulas del jardincito. Me preguntaba quien sería capaz de amarse a esa hora del barrio gótico con la suficiente enajenación por los jugos sexuales como para perder el cuidado de una marquita de un Panda y con falsa pretensión de envidiar, quise enamorarme de vuelta para sufrir con el escarnio de la primera peatona que atravesara mi dicha dispuesta a pisotearla. Pero resultó un bagayo local que hasta bigotitos tenía y entonces seguir caminando, frotar, atravesando el aire cambiado, brilloso, de la chapita. Por las dudas, esa cosa persecuta heredada de la paternidad de los setenta, derrotadísima paranoia, volví por la Rambla hasta el mercado.

El Mercat de la Boquería me generaba una atracción especial, pleno imaginario, habitado por tiempos de chupete aún, por la feria de Tapiales, o Mataderos, para mí “Bernal”, del otro lado del conurbano, porque eran los setenta y vio que los chicos no saben estarse callado y entonces pescado sobre hielo picado que jamás podría recordar, porque no hubo ferias en el después modernizante de los supermercados y la televisión color. Terriblemente familiar, cómodamente maternal me resultaba aquella plaza, solía atravesar media ciudad vieja por día para comprar, a pesar de que el mercado de la Barceloneta estuviese a dos cuadras de La Bombonerita y le empardara en belleza, pintoresquismo o precios. Nunca había estado en el Abasto pero aquel mercado era de lo más gardeliano que había conocido. Y sin embargo, leyendo la última carta de Soda descubro que tampoco pude darme cuenta de ese otro también cabo suelto y queda la puerta del quizás, del uno nunca sabe.

Porque en ese festejo del aniversario había bastante indicio como para ir pegoteando el horizonte, cuando el Tibi se puso a cantar la marcha peronista y claro, vino después de la de San Lorenzo, febo asoma, aquí está la bandera idolatrada, demasiado alcohol como para no olvidarnos del General Subín, el único que gracias a la sinalefa del ingenio popular rompía los culos de los enemigos, entiendan que había vino como para entonar también la marcha de las Malvinas, tras su manto de neblinas, como si viera la celeste y blanca flameando en el patio de la escuela industrial, no las hemos de olvidar, y no había lugar para ninguna seria reflexión porque esa noche estábamos sitiados. Firus se asomó varias veces a la ventana para advertirnos que como cuarenta tangos habían rodeado la manzana y al menor descuido, al menor paso en falso, una carnicería de lágrimas, ráfagas de silencios, estampitas en blanco y negro de un Buenos Aires construido a pura mierda de no estar. Por eso la feroz resistencia, reziste, chaval, y otros estereotipos que hizieron con zeta que nadie se percatara de que cuándo carajo había sido el Tibi peronista, si venía de una familia de gorilas, bien pensante, universitario, claro que después de todo habían sido menemistas, o justamente por eso adoraban a Menem. Y ese desliz de la marcha peronista en boca del Tibi se perdió concatenado a otro indicio, conjetura para campeonato de Yérloc Jolm, porque Firus insistía con lo de los tangos y en un descuido dijo “chabón, en cualquier momento empezamos con ‘Volver’, Gardel a pleno, vieja”. Pero no fue sino hasta la bendita carta que terminó por caer aquella ficha, a pesar de ser tan evidente Firus, más concheto todavía que el Tibi, más provinciano, diciendo “chabón”, “vieja”, exacerbando el rolingst-onanismo porteño de pizza, birra y faso, bastaba un golpe de suerte, un instante de lucidez al entrar al mercado, remember la chapita del Panda, y no hubiera habido carta, el rojo por el verde, el azul por el naranja, ni mar de fondo por la ventanilla del avión.



Pero no hubo nada de eso porque la chapita me había excitado por demás, era una de las tantas otras formas de jugar a Rayuela con la ventaja del idioma, aunque los catalanes jodieran a veces con hablar ese dialecto que seguramente ni ellos entendían, era también un gran juego, protagonizado por todo el pueblo, para cargar a los inmigrantes.
II
Ninguno de los cuatro había salido con las papas quemando del Buenos Aires del nuevo siglo. Soda y Tibi habían caído por distintos rumbos, alelados por el fetichismo de Manu Chao, loco, loquísima marcha que tal vez hubiera comenzado en una esquina del secundario cuando su banda panki se diera de narices ante la contundencia rítmica de la fusión latinoamericana, traída en conserva desde las entrañas de las madres patrias. Réquiem para un viaje guevarista inverso, por el prejuicio barroco sobre el continente, ahora en color y con las ventajas de la Internet y el sólido respaldo de un subcomandante Marcos, tan inteligente como para diseminar en la poesía bienintencionada el traqueteo verdadero de los fusiles, capaces de asustar a ingenuos niños que anhelan revoluciones nacidas en los relatos infantiles. Entonces había sido un nuevo bautismo generacional en Cemento, pero ya no con vanguardias parkulturales de acidez de la década del ochenta sino con el pastiche revoltoso del ska combativo de Todos Tus Muertos cantándole loas a Zapata, Sandino y todo póster que superara en look a la tronadora mirada del Che en aquella foto que se cansó de facturar recorriendo el mundo. Una perspectiva encantadora hasta que llegara el día en que se acabara la cantinela y se pudiera seguir ostentando la sensual, y educada en los insultos, rebeldía contra la hegemonía del imperio de la pizza con champán sin que viniera la en serio morochaza muchachada a copar la parada, a reclamar un recital en cualquier piquete o toma de fábrica, o en la mismísima Plaza de Mayo una noche de frío y de ronda y de resistencia y de que la posibilidad de cobrar, pero de en serio, de que duele el palo y los dedos pisando el pianito. Por eso, ante los primeros vientitos, es así la cosa, se huele, se palpita, antes de ser pensada, el brillo monetario del one on one empujaba al arrebato de Ezeiza, el hechizo del pasaporte sellado, Cuba, las fotos de San Cristóbal de las Casas. Pero el comunismo verdadero era una constipación eterna de arroz con frijoles o bien la contrariedad de los dólares desbordando toda eventualidad ética. Y para llegar a la selva mexicana había que sortear demasiados obstáculos no previstos en una épica de todos modos adolescente. De manera que el derrotero se fue reconstruyendo hacia la inevitable tentación de una Europa redimida a costa de un mayo francés increíblemente reflotado en el onanismo de viajes con descuentos de libreta universitaria, primer mundo barato y llamativamente freak, o cool, pero de izquierda y tránsito por el Renfe, desde la Puerta del Sol, llena de negros, había que reconocerlo, hasta la Plaza Real de Barcelona. Obertura para una zaga prominente, rozagante, garantizada, con el crisol de razas y mestizajes de toda laya, argelinos y alemanes en el mismo cambalache que de ninguna manera se podían comparar con el miedito transandino o guaraní que podría respirase en una quebrada ciudad como Buenos Aires, el Mont Juic y el Mediterráneo, montaña y mar y sin embargo no se respiraba el hastío de la humedad porteña. En cambio, podría rastrearse el eco de la Federación Anarquista Ibérica y las Brigadas Internacionales en el orgullo catalán a tono con las necesidades de bajista y baterista, respectivamente, que además les sobraba plafond para hacer malabares en una esquina o improvisar una serie de temas de fogón con un tacho fashion y una criolla un poco desafinada, por lo que rápidamente hubieron de agenciarse un rincón en la Rambla para pasar la gorra ante la prepotencia canchera y bien porteña que no iba a permitir que ningún galleguito blandengue los apurara con cualquier reclamo de derecho de piso de ultramar. Y el albergue estudiantil se convirtió de inmediato en un departamento compartido en el Barri Gotic, una tertulia, compuesta por una Andrea, peruana interesantísima, celada alternativamente por un parroquiano local y un inglés venido a menos. Una pocilga reciclada a la que solamente le faltaba la morochita simpática de Amelié.

La morocha que seguramente habría ido a buscar Firus detrás de su fetiche de sueño gardeliano, o correctamente cronopio, de anclarse en París, Montmatre semble triste, e le lilas sont morts – como que esas estrofas son más o menos lo único que pudiera recordar de mis años en la Alianza Francesa, a parte de pedir ‘pulé rotí’, que por el precio era una articulé de luxe que jamás- casi para los mismos finales de los noventa en que se había iniciado el otro periplo, también de corte iniciático, pero éste con distintos rumbos en apariencias más cultivados y pulidos, y que tampoco tenían un carajo que ver con las tribulaciones desgraciadas del intríngulis que se denominaba pomposamente Argentina. El programado travel pass y la tarjeta ISIC como salvoconducto para la belleza sin par de los museos italianos, el Vaticano, Roma repleta de japoneses gatillando sin piedad sobre la Fontana de Trevi. Aunque el desencanto de no encontrar allí a Anita Eckber sacudiendo las tetas mojadas ni de hallar en la Piazza Spagna a Naomi Campbell zarandeando finamente el orto cabalgado por un modelo Dior o Vercacce. Era Firus, en verdad, un mujeriego insaciable, poco menos que un degeneradito que no le hacía asco a nada que saliera cero pesos, incluso en ocasiones agenciaba el verso tercer mundista perseguido que alelaba particularmente a las turistas nórdicas, como para cambiar de aire ante tanta indiada y gallegada y tanada que se repetía en envasados en origen, las rubias de cachetes regordetes eran lo más parecido a la idea de película porno europea y además contribuían financieramente con el peregrinaje del mártir. Entonces al carajo el Uficci y el culo de mármol del David o las tetas igual de frías y duras de cualquier estatua, había que llegar como pudiera hasta Ámsterdam o alguna otra meca de erotismo. Aunque tarde o temprano, inevitablemente la utopía del amor libre occidental y civilizado se derrumbara ante el ardiente exotismo de las latinas y africanas que pululaban por el viejo continente. Una colombiana tostada de Cartagena de Indias que le arrebató las carnes en una fría noche de Milán y que le enseñó, como para desangelarlo de cualquier jactancia del ser nacional, a colarse en el tranvía. Le cambió además el rumbo, porque volver a Venecia sin ti era la sosedad a ultranza de perder al ajedrez en cinco minutos con el viejo que regalaba partidas al costadito del puente de la universidad. Pero la piel no se enfriaba con los salpicones de mar helado, agujas hirientes que formaban parte del costo de viajar en la línea cuatro del vaporetto. Derrotero carente de glamour como si fuera en el cuatro que va hasta Mataderos, de feria de invierno y de gauchos de exportación, comiendo en el único Mac Mierda, que al menos habían tenido la decencia de esconder por la zona de la calle dei Fabri. Una eme no tan estruendosa que insultaba no obstante el pasaje pero mantenía libre de contaminación los alrededores de la Piazza San Marco. Y aún así, nada se podía respirar en el aire que fuera capaz de doblegar la promesa fogosa de un nuevo encuentro en París desviando ciertamente la hoja de ruta. Y entonces, nada de cortar clavos por los Balcanes y los todavía restos soviéticos de Bulgaria, la temeridad novelesca de la Transilvania rumana, hasta trepar al entramado jónico, corintio y dórico del Peloponesio o la intrigante sencillez desconocida de Estambul. Entonces, la siguiente noche, nuevamente la vigilia en la cama de la pensión sobre la Vía Scarlatti de Milán, a pesar de que se hubiera esfumado del ambiente hasta el más mínimo detalle de aquel sexo churrigueresco, aguardando un día más completamente al pedo pero por las dudas, antes de abordar con la oscuridad el coche cama, una cucheta rabiosa, para amanecer, ya sin ganas de vigilia, en la Gare de Lyon.

Previsiblemente, la huella del sudor de Joy, que tal vez fuera venezolana o panameña aunque Firus la recordara como colombiana -admitía que su acento no era de lo más delicado que pudiera rescatarse en el Caribe sur- se perdería irremediablemente en el trayecto compuesto por la estación del ferrocarril, la legendaria pensión de la Avenue Ledru- Rollin -donde habitaba el monstruo calvo que alquilaba por menos dinero que el resto de los albergues de la ciudad piezas realmente dantescas y oportunamente heladas- y el Boulevard de la Bastille, donde Firus habría de hallar un torrente – cardumen de conchas se había acostumbrado a decir el Tibi en su etapa peronista – de señoritas de color, es decir negras, hembras primas de la Naomi Marca de Sopa que se le había negado en Roma, hijas de las clases pudientes del mestizaje colonial, familias de Senegal, Congo, etcéteras desconocidos que todavía mantenían la costumbre de enviar a sus vástagos a educarse a la metrópoli. Ejemplares símil las bestias incontenibles, seriamente comprometedoras para la histeria del argentino medio, que uno podía hallar en el malecón de La Habana pero vistiendo trajecitos tallieur, peinadas a la moda, oliendo caro. Y eso que no se había cruzado todavía con el metro a las seis de la tarde o por los alrededores de las Galeries Lafayette o recalado en alguno de los boliches de Rochechuart. Así de cruel había sido París, llegada y despedida sin colombiana y con Agnes, tramposamente griega, a la que terminó por correr hacia Barcelona, así llegó a la cortada del Barrio Gótico en la que se le interfirió Margie, de cuño irlandesa, como para variar. Las dos, como la colombiana, la negra, etc, al fin y al cabo eran una misma fiesta y a la vez eran siempre el paso en falso desde donde se podía ver bien que en realidad la otra siempre era la otra.



III
Sólo yo había estado en el Río de la Plata aquel diciembre de revueltas, los ojos gaseados, balas repiqueteando cerca, barricadas, pero admitido como un flaneur, entre centenares que resistían sobre las avenidas con el paladar agriado por tantos gases lacrimógenos. Un día antes me había recibido y junto con la licenciatura en pedorradas que había obtenido había decidido el inicio de la gran marcha por Andalucía, Tánger, y luego subir decididamente hacia el fervor de San Fermín, sin sospechar que tendría mi rodeo en horas y que en lugar de toros habría chanchas arrojando agua y cabezas de tortuga tirando con plomo y goma.

Yo había soplado también los vientos de novedad rescatando el entusiasmo pasado de moda pero, en definitiva, otro dandy de la revolución bien comida, me había aburrido con las inevitables desilusiones del día después del orgasmo, y con suficientes dólares como para coquetear con pasajes y horizontes vedados a los verdaderos cabecitas, nada de piqueteros, camiseta argentina, de Boca, para hacer rabiar a los del Real, y a buscar terrones de azúcar en los bares.



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