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Sin ser propiamente un collage


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Useche



Óscar Iván Useche

La colmena
Sin ser propiamente un collage, La colmena superpone la narración simultánea de cortos episodios en la vida de una serie de personajes que, sin tener nada en común, comparten la realidad de desolación y pobreza de Madrid en los primeros años de la post-guerra. El gran logro de la novela está en crear una conexión de estos fragmentos a partir de la relación entre espacios públicos y privados. De esta forma, dos fenómenos clave en la aparición de las grandes urbes: la multitud y la proliferación de espacios públicos diseñado para el intercambio comercial de la sociedad de consumo (cafés, bares, prostíbulos), permiten al lector recorrer una ciudad que nunca duerme y en donde lo invisible es tan, o más importante, que aquello que captura el lector en cada uno de los cortos segmentos presentados en la novela. La realidad se encuentra fragmentada, pero esta fragmentación obedece al interés de Cela por retomar y rearticular un tópico clásico, el de la tensión entre realidad y apariencia, ahora en un marco histórico concreto. En este sentido, la novela tiene un gran contenido de denuncia social que, aunque matizado por las complejidades de la técnica narrativa, no escapó a la censura del régimen franquista. Si la preocupación que movía la creatividad literaria en el siglo XVII se fundaba en el absurdo de conciliar una realidad decadente con el convencimiento de una grandeza imperial, en el siglo XX, tras la guerra civil, esta preocupación se hace patente cuando España, cerrada sobre sí misma, parece tener dos caras: la publica, con la que Franco promociona al país en el exterior; y la privada, en la que tienen que sobrevivir diariamente sus habitantes.

Los espacios que presenta La colmena, además de problematizar realidad y apariencia, público y privado, están contaminados completamente por la psicología propia de la ciudad. Las historias narradas están claramente localizadas en Madrid, y pertenecen a un espectro completo de los diferentes espectros sociales: desde el niño que vive de pedir dinero en la calle, hasta el empresario enriquecido, pasando por la propietaria del establecimiento donde, finalmente, convergen los personajes en su diario devenir. Todos los personajes de la novela están intoxicados por la ciudad; y, por tanto, la indiferencia y la individualización los asfixia, los corrompe. Homosexualidad, incesto, prostitución, enfermedad y suicidio, son algunas de las formas en las que los personajes canalizan la ansiedad del doble encerramiento: físico, en el que la pobreza, el cansancio o los intereses enfermizos los relegan a los mismos lugares; o psicológico, en el que la perdida de fe y la decepción permanente se contraponen con su impulso vital. El cansancio lleva a la resignación, a la desviación o al suicidio; hay una asfixia propiciada por lo urbano y tal vez por eso únicamente en el cementerio, con sus largos caminos y espacios abiertos, Martín, el personaje con el que Cela representa la oposición no sólo a la misma sociedad capitalista del espectáculo, sino a los rígidos principios impositivos de la dictadura (hay que recordar las insinuaciones que lo señalan como un personaje subversivo), puede respirar: “Se siente bien aquí – piensa – voy a venir con más frecuencia”. Irónicamente, parece que Martín ha descubierto esta forma de escapar muy tarde. Su regreso a la ciudad, que queda abierto a la imaginación del lector, le obligará a ser prisionero, ya sea escondiéndose o entregándose a las autoridades.



La novela no hace ninguna mención explícita a la dictadura, su narrador tampoco hace juicios de valor sobre los personajes, la ciudad, la sociedad o la historia narrada. Sin embargo, en el prólogo, el mismo Cela señala que en los tiempos modernos el escritor ha adoptado una actitud que evolucionó en cuatro estadios de respuesta ante la fuerza conductista de la política (entiéndase de la dictadura): así, al escritor político ha sucedido el escritor que es auspiciado por un político, a éste le ha sucedido el que se ha convertido en “lazarillo” del político y que llevará, por último, a que exista el que lo desprecie. Cela considera La colmena “un grito en el desierto”, un clamor que, sin embargo, no podrá ser oído por nadie; al contrario, será silenciado por su carácter subversivo. ¿Qué espacio podría ser más útil al aparato de control de la dictadura que el espacio urbano? La novela de Cela, en ese sentido, explora la posibilidad de entender la ciudad, metonimia de la nación, como una colmena, donde todas las abejas son obreros trabajando en espacios visibles que se tocan, pero que a su vez están separados, y donde la vigilancia está facilitada por la uniformidad de su laborar. A pesar de esto, en la colmena que construye el autor hay muchos más niveles, espacios privados, que los que se pueden ver en el exterior, en los espacios públicos. En este contexto, el café de Doña Rosa es sólo un espacio intermedio entre la individualidad, el anonimato de la calle, y la comunión de vidas privadas que en el fondo comparten una realidad común y desastrosa.


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