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Sexualidad, homosexualidad y cristianismo


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SEXUALIDAD, HOMOSEXUALIDAD Y CRISTIANISMO

Conferencia pronunciada en el VII Encuentro “Cristianismo y Homosexualidad. Madrid, 28-29 de mayo de 2005

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones "Ignacio Ellacuría". Universidad Carlos III de Madrid

Las relaciones homosexuales están castigadas en 80 países y algunos gobiernos aplican la pena de muerte a quienes las practican. Es el caso de Arabia Saudí, Chechenia, Mauritania, Sudán, Afganistán y Pakistán. Este comportamiento institucional constituye un gravísimo atentado contra la libertad sexual de las personas y es una muestra de intolerancia, que suele estar vinculada al carácter represivo de las religiones en esta materia.

En esta exposición no puedo abordar el tema en toda su complejidad y en todos sus aspectos. Mi punto de mira es mucho más modesto y de menor alcance: se centra en la relación entre sexualidad, homosexualidad y cristianismo. La finalidad no es otra que poner un poco de serenidad y de racionalidad en un debate que percibo crispado y con una carga política y emotiva que dificulta la objetividad.

Empezaré por decir que la relación entre sexualidad, homosexualidad y el cristianismo es un tema complejo, sobre el que no se suele pensar y hablar con serenidad y equilibrio. Con frecuencia se opera con estereotipos, prejuicios y concepciones míticas, debidos a una educación católica represiva. Faltan, por tanto, objetividad y rigor en el tratamiento. Pero falta también respeto: la tendencia generalizada en una sociedad homófoba como la nuestra es a la descalificación y a la condena. Antes de escuchar y de informarse, la gente opina y no precisamente para comprender sino para condenar.

En este conferencia, que tiene lugar en pleno debate social, político, religioso y legislativo tras la aprobación de la ley sobre los matrimonios homosexuales y su derecho a la adopción con una movilización convocada por el Foro Nacional de la Familia para el 18 de junio, con el respaldo implícito de la jerarquía católica, a la que van a sumarse partidos políticos conservadores, instituciones católicas, empezaré analizando los planteamientos y las tomas de postura de la jerarquía católica, tanto romana como española, ante el tema de la sexualidad y de la homosexualidad. A continuación, estudiaré las causas de estas actitudes o los problemas de fondo que subyacen a ellas. En tercer lugar, reformularé el tema de la homosexualidad en las nuevas coordenadas culturales desde una perspectiva teológica abierta, tolerante y respetuosa, con la propuesta de una teología del matrimonio, basada en el amor y no en la homofobia, como ha caracterizado a la mayoría de las teologías del sacramento del matrimonio.

El primer dato a tener en cuenta es el amplio pluralismo que existe entre los cristianos (aquí me circunscribiré a los católicos): de una parte las posiciones de la jerarquía católica en bloque, sin fisuras, al menos externas, y de algunas organizaciones católicas que la apoyan contra la homosexualidad, a la que se califica, o mejor, se descalifica, con adjetivos gruesos e inmisericordes, que desembocan en condenas de personas; de otra, los planteamientos de colectivos cristianos: teólogos, teólogas, movimientos de mujeres cristianas, católicas por el derecho a decidir, lesbianas y gays cristianos, que disienten abiertamente de la jerarquía y justifican argumentadamente, desde los diferentes campos del saber, la homosexualidad como una forma de ejercicio de la sexualidad.

I. Algunos documentos y declaraciones de la jerarquía católica sobre sexualidad y homosexualidad

1. Directorio de la Pastoral Familiar de la Iglesia en España (aprobado en la LXXXI Asamblea Plenaria del Episcopado Español, 21 de noviembre de 2003).

El Directorio describe el ambiente cultural en relación al tema con estas características: extensión del secularismo y de la ignorancia religiosa; expansión del pansexualismo; falta de educación afectiva; relativismo moral; utilitarismo materialista e individualismo dominante. Estos factores conforman una persona débil. Considera que la violencia doméstica y las violaciones sexuales son frutos amargos de la revolución sexual, cuyo estallido tuvo lugar en la década de los sesenta del siglo pasado y, "aunque fracasada en sus mensajes y propuestas, ha producido la ruptura de los significados intrínsecos sobre la sexualidad humana, conforme a la tradición cristiana" (n. 11).

Hace un recorrido muy peculiar por las distintas etapas de la revolución sexual: primero, la sexualidad se separa del matrimonio, con la absolutización del amor romántico sin compromiso; después, la sexualidad se desvincula de la procreación, conforme demanda la cultura hedonista, que banaliza la sexualidad; el final de este proceso es convertir el amor en un objeto de consumo.

Critica la "ideología de género", "que considera la sexualidad un elemento absolutamente maleable cuyo significado es fundamentalmente de convención social".

2. Carta del cardenal Ratzinger a los obispos católicos sobre la Homosexualidad

La Iglesia católica es uno de los organismos internacionales que más veces se ha pronunciado públicamente sobre la homosexualidad, y la mayoría de ellas, por no decir siempre, en contra, con tonos negativos y condenatorios. Otros organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, el Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, etc. se han mostrado más comprensivos, tolerantes y abiertos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger dirigió una carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, de 1 de octubre de 1986[i], en la que considera éticamente desordenada la mera inclinación de la persona homosexual:

“La particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye, sin embargo, una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada objetivamente desordenada. Quienes se encuentran en esta condición deben, por tanto, ser objeto de una particular solicitud pastoral, para que no lleguen a creer que la realización concreta de tal tendencia en las relaciones homosexuales es una opción moralmente aceptable” (n. 3).

Afirma que sólo dentro de la relación conyugal es moralmente recta la práctica de la sexualidad. En consecuencia, toda actividad homosexual es inmoral y contraria a la sabiduría creadora de Dios. Dos son las razones de alto magisterio eclesiástico para emitir un juicio moral negativo sobre la homosexualidad: a) Dios creó al ser humano varón y hembra para expresar la complementariedad de los sexos y la unidad interna del creador; b) hombre y mujer colaboran con Dios en la transmisión de la vida, a través de la entrega recíproca como esposos. La actividad homosexual anula el rico simbolismo y el significado del plan de Dios Creador sobre la sexualidad; no expresa una unión complementaria capaz de transmitir vida; refuerza una inclinación sexual desordenada, que se caracteriza por la auto-complacencia; impide la propia realización y felicidad (n. 7).

El documento reacciona ante quienes creen que oponerse a la actividad homosexual y a su estilo de vida constituye una forma de discriminación injusta. La actitud de la Iglesia, afirma, no comporta discriminación alguna. Lo que busca es la defensa de la libertad y de la dignidad de la persona.

Pide a los obispos que no incluyan en ningún programa pastoral a organizaciones de personas homosexuales sin antes dejar claro que toda actividad homosexual es inmoral. Manda retirar todo apoyo a organizaciones que pretendan subvertir la enseñanza de la Iglesia en esta materia. Prohíbe el uso de locales “propiedad de la Iglesia” para actos de grupos homosexuales. Insta a defender los valores del matrimonio frente a proyectos legislativos que defiendan las reivindicaciones de los colectivos homosexuales.

Si la homosexualidad es calificada como inmoral, abominable y ceguera, cabe preguntarse: ¿pueden salvarse los homosexuales? Sí, responde el documento vaticano. ¿Cómo? Uniendo los sufrimientos y las dificultades que puedan experimentar al sacrificio de Cristo en la cruz, dominando su inclinación, sacrificando sus pasiones y asumiendo responsablemente la continencia como virtud:

“La personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad. Si se dedican con asiduidad a comprender la naturaleza de la llamada personal de Dios respecto a ellas, estarán en condición de celebrar más fielmente el sacramento de la Penitencia y de recibir la gracia del Señor, que se ofrece generosamente en este sacramento para poderse convertir más plenamente caminando en el seguimiento de Cristo” (n. 12).

3. Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española "Matrimonio, familia y uniones homosexuales" (24 de julio de 1994)

En una Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española titulada Matrimonio, familia y ‘uniones homosexuales’, de 24 de junio de 1994[ii], los obispos españoles se opusieron a la resolución del Parlamento Europeo sobre la igualdad de derechos de los homosexuales y de las lesbianas, aprobada el 8 de febrero del mismo. La resolución solicitaba a la Comisión Europea que recomendara a los Estados miembros la eliminación de la “prohibición de contraer matrimonio o de acceder a regímenes jurídicos equivalentes a las parejas de lesbianas o de gays” y que se pusiera fin “a toda restricción de los derechos de las lesbianas y de los gays a ser padres, a adoptar o a criar niños”.

La Nota episcopal afirma de manera tajante, y entrando en un terreno en el que no parece sea de su competencia, que la Comisión no tiene capacidad para determinar nada en esta materia y acusa a la resolución europea de gran debilidad jurídica. Sin embargo le reconoce un considerable valor simbólico, ya que contribuye a difundir la idea defendida por algunos grupos de la equiparación de las parejas homosexuales con el matrimonio.

Los obispos condenan el empleo de expresiones malevolentes y las acciones violentas contra las personas homosexuales porque atentan contra la dignidad de la persona y lesionan los principios más elementales de la convivencia cívica (n. 3). Reconocen que las personas homosexuales tienen los mismos derechos que los demás seres humanos, pero en cuanto personas, “no en virtud de su orientación sexual” (n. 5). Sin embargo, afirman que “la orientación sexual sí que ha de ser tenida en cuenta por el legislador en cuestiones directamente relacionadas con ella, como es el caso, ante todo, del matrimonio y de la familia”. ¿No contradice esta afirmación el aserto anterior? ¿Por qué en el caso del matrimonio debe tenerse en cuenta la orientación sexual y en el de las parejas homosexuales no?

Dos son las conclusiones que sacan de este planteamiento: a) cuando las leyes no legitiman la práctica homosexual, están respondiendo a la norma moral y tutelando el bien común de la sociedad; b) cuando las leyes legitiman la práctica homosexual carecen de base ética y tienden a socavar el bien común (n. 8).

El documento episcopal distingue entre condición o inclinación homosexual y comportamiento sexual (n. 6). La inclinación no se considera éticamente reprobable; el comportamiento, sí lo es por las razones expuestas en el documento vaticano de 1986. Con todo, matizan los obispos, “no hay que olvidar tampoco que, dada la habitual complejidad de esas situaciones personales, habrá que juzgar con prudencia su culpabilidad que incluso, en algunos casos, puede ser subjetivamente inexistente” (n. 109). Se establece aquí una distinción entre conducta moralmente reprobable y culpabilidad: la primera no lleva necesariamente a la segunda. Los obispos españoles siguen la lógica argumental del cardenal Ratzinger y defienden los mismos principios teóricos, pero se muestran menos rígidos en lo que se refiere a la culpabilidad.

Con todo establecen una contraposición, que se me hace asaz maniquea, entre las “uniones homosexuales” y el matrimonio, entre el genuino amor conyugal y el amor de benevolencia o de amistad. El comportamiento homosexual puede situarse del lado de este último. Sin embargo, en realidad, constituye una grave distorsión del amor de amistad y perjudica el desarrollo integral de las personas que lo practican, afirman. En las uniones homosexuales no se dan las notas de totalidad y fecundidad, que definen la naturaleza misma del amor matrimonial.

Matrimonio y uniones homosexuales son dos realidades no equiparables jurídicamente. El primero contribuye de manera insustituible al crecimiento y a la estabilidad de la sociedad. La convivencia entre homosexuales, por el contrario, carece de esas características. Por eso, no puede tener el reconocimiento de una dimensión social semejante a la del matrimonio y de la familia (n. 13). A ello añaden los obispos que las uniones homosexuales no pueden tener derecho a la adopción (n. 14). La conclusión es que las leyes no pueden equiparar a éstas con el matrimonio y que deben proteger las uniones matrimoniales:

“El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial, esencialmente heterosexual, como base ineludible de la familia. Por lo tanto, no es aceptable la legalización que equipare de algún modo las llamadas uniones homosexuales con el matrimonio. Las leyes no tienen por qué sancionar ‘lo que se hace’ convirtiendo el hecho en derecho. Es verdad que las normas civiles no siempre podrán recoger íntegramente la ley moral, pues ‘la ley civil a veces deberá tolerar, en aras del orden público, lo que puede prohibir sin ocasionar daños graves’ (Congregación para la Doctrina de la Fe, El don de la vida, III). Pero esta tolerancia no podrá extenderse contra los derechos fundamentales de las personas, entre los cuales se cuentan ‘los derechos de las familias y del matrimonio como institución’. En estos casos, el legislador, lejos de plegarse a los hechos sociales ha de ‘procurar que la ley civil esté regulada por las normas fundamentales de la ley moral’ (ibíd.). De lo contrario es responsable de los graves efectos negativos que tendría para la sociedad la legitimación de un mal moral como el comportamiento homosexual ‘institucionalizado’ (n. 19).

4. Catecismo de la Iglesia Católica (Ciudad del Vaticano, 1992) y Compendio de la doctrina social de la Iglesia (Ciudad del Vaticano, 2004)

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que la Tradición, basándose en textos de la Biblia (Gn 19,1-29; Rom 1,24-27; 1Cor 6,10; 1Tm 1,10), ha condenado siempre los actos homosexuales como “intrínsecamente desordenados” y no pueden ser aprobados en ningún caso, ya que son contrarios a la ley natural, cierran el acto sexual al don de la vida y no proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual (n. 2.358). Reconoce que hay un número apreciable de hombres y mujeres que no eligen su condición homosexual, sino que presentan tendencias homosexuales instintivas. ¿Cuál debe ser el comportamiento cristiano de estas personas? La castidad, que se logra a través del dominio de sí mismo, del apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y de la gracia sacramental. La actitud hacia ellos, según el Catecismo, ha de ser de acogida, respeto, compasión y delicadeza, evitando en todo caso y momento cualquier signo de discriminación.

El Compendio de la doctrina social de la Iglesia afirma que la familia es sólo la unión entre un hombre y una mujer. Las parejas de hecho no forman auténticas familias. La familia es superior a cualquier otra realidad social, incluido el Estado, que debe protegerla.

Los divorciados casados en segundas nupcias no pueden acceder a la comunión eucarística ni pueden se perdonados, hasta que dejen de "vivir en contradicción con la indisolubilidad del matrimonio".

Condena el uso de método anticonceptivos y la esterilización, las técnicas reproductivas que usan útero o gametos extraños a la pareja o que separan la concepción del acto conyugal. Condena la homosexualidad y la clonación en los mismos términos. Califica el aborto de "delito abominable y desorden moral particularmente grave".

5. Descalificaciones contra las personas homosexuales

Cuando el sacerdote José Mantero, vicario de Valverde del Camino (Huelva) hizo pública su homosexualidad fue acusado por los obispos de "desorden moral" (J. J. Asenjo, entonces secretario de la CEE) y "enfermo" (Gea Escolano, obispo de Mondoñedo-Ferrol). El obispo de Huelva le retiró enseguida licencias sacerdotales, alegando incumplimiento de su compromiso de vivir en castidad e incompatibilidad entre sacerdocio y sexualidad.

Antes de la aprobación de la actual ley sobre matrimonios homosexuales, las descalificaciones fueron más desconsideradas y gruesas todavía. Los obispos llegaron a afirmar que los parlamentarios no podían legislar sobre esta materia aprobando la ley porque la única forma de pareja que puede calificarse como matrimonio es la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, y ello porque así lo establece la ley natural, de la que los obispos se consideran intérpretes. "No puede ser en derecho lo que no puede ser en naturaleza", argumentaba Rafael Termes, haciéndose eco de los pronunciamientos episcopales[iii]. El secretario de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, llegó a calificar los matrimonios homosexuales de "virus" y "moneda devaluada"[iv].

Durante la discusión de la ley, los obispos recordaron a los parlamentarios que no podían votar a favor. Tras la aprobación inicial de la ley por el Congreso de los Diputados por la mayoría de los grupos parlamentarios el 21 de abril de 2005, se sucedió una cascada de declaraciones condenatorias procedentes tanto de la Curia Vaticana como de la jerarquía católica española. El Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española emitió una Nota (5 de mayo de 2005), en un tono bronco, en la que llamaba a jueces, alcaldes y concejales a que hicieran objeción de conciencia contra la ley negándose a celebrar dichos matrimonios, ya que, a su juicio, se trataba de “una ley radicalmente injusta que corrompe la institución del matrimonio”. Las personas de recta formación moral, argumenta el Ejecutivo episcopal, han de oponerse a la ley; no pueden adoptar una actitud de indecisión, y menos aún de complacencia, ante la ley; Oponerse a disposiciones inmorales y contrarias a la razón, argumenta el Ejecutivo episcopal, no va contra nadie, sino que es una opción “a favor del amor a la verdad y del bien de cada persona”. Lo que pedían los obispos en realidad era un acto de desobediencia e insumisión contra una ley aprobada democráticamente por el Parlamento.

La Nota niega que la unión de personas del mismo sexo pueda ser matrimonio; en realidad se trata de una corrupción y de una falsificación legal de la institución matrimonial “tan dañina para el bien común como lo es la moneda falsa para la economía de un país”. La ley se considera un retroceso en el camino de la civilización y una lesión grave de los derechos fundamentales del matrimonio y de la familia. Llama la atención, a continuación, sobre los perjuicios que la ley va a causar: a los niños que se entreguen en adopción a “a esos falsos matrimonios”; a los jóvenes a quienes se les va a dificultar o impedir una educación adecuada “para el verdadero matrimonio”; a las escuelas y a los educadores, que se van a ver en la obligación de explicar al alumnado que, en nuestro país el matrimonio no es ya la unión de un hombre y de una mujer.

En una Nota anterior de 15 de julio de 2004, firmada también por el Ejecutivo episcopal, se daba otro argumento contra la equiparación de las uniones homosexuales con los verdaderos matrimonios: que introduce un peligroso factor del justo orden social.

Un paso más en el rechazo de la ley es el que han dado algunos obispos al apoyar una manifestación multitudinaria convocada por el Foro Español de la Familia: José Gea Escolano, obispo de Modoñedo-Ferrol, Antonio Dorado, obispo de Málaga y Fidel Herráez, obispo auxiliar del cardenal Rouco Varela.

5. Y, sin embargo, insensibilidad ante los malos tratos

Sorprende, empero, la insensibilidad de la jerarquía católica ante los malos tratos, la violencia doméstica, las violaciones y su mantenimiento de la excomunión para personas que interrumpen o colaboran en la interrupción del embarazo en situaciones extremas, como la niña de 9 años nicaragüense, violada por un familiar suyo.

La violencia de género, sobre todo contra las mujeres, está a la orden del día y se produce en todos los terrenos: en las calles y los hogares, en los lugares de trabajo y en los de diversión, en las pantallas cinematográficas y en las vallas publicitarias, en los medios de comunicación y en las instituciones religiosas. En los años setenta del siglo pasado escribía la escritora afroamericana Ntozake Shange:

“Cada tres minutos, una mujer es golpeada;/ cada cinco minutos, una mujer es violada;/ cada diez minutos, una muchacha es acosada.../ Cada día aparecen en callejones,/ en sus lechos, en el rellano de una escalera/ cuerpos de mujeres...”.

Y no es algo esporádico, sino estructural. La violencia y los abusos sexuales constituyen el instrumento del patriarcado contra las mujeres y los niños y las niñas para mantener, indefinidamente y sin concesión alguna a la igualdad, el dominio de los varones sobre las mujeres.

He hablado de violencia contra las mujeres en las instituciones religiosas, y sobre todo eclesiásticas, porque también ahí se ejerce a través de métodos más sutiles que no dejan marcas físicas, pero sí psíquicas y mentales. La historia del cristianismo es una sucesión ininterrumpida de agresiones contra las mujeres, contra su dignidad, su integridad física, su libertad de pensar, su subjetividad, su modo de entender la relación con Dios, su forma de vivir la sexualidad, en definitiva, su mundo interior y exterior, y en todos los campos de la vida cristiana.

Se aprecia una actitud de insensibilidad de algunos dirigentes eclesiásticos hacia los malos tratos, que resulta ofensiva para las mujeres que los sufren. Juan José Asenjo, secretario general de la Conferencia Episcopal Española, no considera los malos tratos contra las mujeres causa de nulidad matrimonial y cree que no deben aportarse como pruebas ante los tribunales eclesiásticos. El planteamiento del portavoz episcopal venía a ratificar así la tesis del juez-instructor del Tribunal Eclesiástico de Mérida-Badajoz, José Gago, para quien los malos tratos físicos y psicológicos no son, de por sí, causa de nulidad del matrimonio por parte de la Iglesia, ya que se habían producido después de la celebración del sacramento. Los obispos operan, quizás inconscientemente, con una concepción sacrificial del cristianismo, que aplican de manera especial a las mujeres, a quienes se pide aceptación resignada del sufrimiento causado por las agresiones de los varones, ya que el sufrimiento las asemeja más a Cristo y tiene carácter redentor.

6. Conclusión razonable

A la vista de estas actitudes tan rígidas, poco humanitarias y condenatorias de aquellas concepciones y prácticas de la sexualidad y de la homosexualidad no coincidentes con las de la Iglesia católica oficial, no resulta extraña la baja valoración que tienen los ciudadanos y las ciudadanas de ella. Según la encuesta Latinobarómetro elaborada por el CIS simultáneamente en España y 17 países latinoamericanos, la televisión y la Iglesia católica son las instituciones en las que menos confían los españoles. Sucede, además, que el 73% de los encuestados se declara católico, lo que refleja el elevado grado de rechazo de los propios miembros de la Iglesia a la institución a la que pertenecen. Resultados similares entre los jóvenes, según el estudio de las Fundación Santa María Jóvenes 2000 y religión (Madrid, 2004).

II. Las razones de fondo

Varias son las causas que están en la base de la actitud de la jerarquía católica ante la sexualidad y la homosexualidad y de las leyes que las regulan. Sin ánimo de agotar esas causas, aquí me fijaré en estas cinco: concepción dualista del ser humano, lectura fundamentalista de los textos bíblicos, resistencia a reconocer y aceptar el estado laico, tendencia a considerar como ley natural la doctrina defendida por la jerarquía católica y no aceptación de una ética laica.

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