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Semblanza del jurista


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SEMBLANZA DEL JURISTA
El jurista es el cultor del derecho. El jurista es un garante de la sociedad en cuanto que debe procurar que en ella imperen la justicia y la seguridad. Para cumplir su insigne y excelso cometido social, el jurista, principalmente como abogado, debe ser libre, es decir no estar vinculado permanentemente a ningún sector público, privado o social, ni patrocinar solamente los intereses que este sector represente. Su libertad profesional lo faculta para atender cualesquiera negocios independientemente de los sujetos que en ellos sean protagonistas. Esto nos lleva a reflexionar que no hay “abogados de empresa” o “abogados al servicio del estado”. Los abogados deben ser los más libres de los hombres. El abogado no debe ser asalariado de nadie. No debe tener patrón que lo instruya en lo que tiene que hacer. No es un trabajador sino un profesionista que dirige al cliente en los casos en que éste solicita su patrocinio. Por esas razones no es admisible que los licenciados o doctores en Derecho, que estén al servicio de algún sujeto sea quien fuere, se llamen abogados, por competentes, capaces e inteligentes que sean.
Además de ser libre debe ser auténtico. La autenticidad se revela en un comportamiento acorde con lo que se piensa y se siente. La veracidad es otro de los ingredientes morales del jurista, atributo que no implica, obviamente, que posea la verdad como valor absoluto muchas veces inasequible al entendimiento humano. Sin valor civil ningún “homo juridicus” puede imaginarse sin esta cualidad cívica característica del jurista. De nada serviría a la sociedad la sapiencia sin la conciencia de seguridad y firmeza en lo que se cree sin el propósito de combatir por un ideal, que en jurista está encarnado en la justicia y en la observancia del derecho.
Una de las imprescindibles cualidades morales del jurista es la honestidad que en su sentido amplio equivale a no ser corrupto. La corrupción equivale a trastocar o alterar, echar a perder, depravar, dañar, podrir, sobornar para cohechar al juez o a cualquier persona con dádivas, incomodar, alterar o transformar algún asunto.
El cultor del Derecho, el “homo juridicus” como tipo paradigmático envuelve al hombre más sabio, en atención a la vinculación estrecha e indispensable que el derecho guarda con todas las ramas de las ciencias especializadas. Son conocerlas, aunque solo sea a través de sus elementos fundamentales, no podría formarse el verdadero jurista, que debe ser, a la vez, Historiador, filósofo y moralista. El vulgo cree que el escueto conocimiento de la ley y su aplicación resumen la cultura jurídica. Quien sólo se aprende la legislación y la aplica más o menos habilidad en el mundo real de los casos concretos, cuando mucho será un legista nunca un jurista verdadero. Conocer un árbol no implica conocer el bosque, y que bosque es, y a veces selva, el Derecho en donde sus conocedores suelen extraviarse con frecuencia. Invocando la descripción cualitativa del abogado, y por extensión la del jurista, expone Paillet, recordado por Molierac corroboramos la grandeza de la cultura jurídica: “Dad a un hombre, dice, todas las cualidades del espíritu; dadle todas las del carácter, haced que lo haya visto todo, aprendido todo y recordado todo; que haya trabajado sin descanso durante treinta años de su vida; que a la vez sea literato, Crítico, y moralista; que tenga la experiencia de un anciano y el empuje de un joven, con la infalible memoria de un niño; haced, por fin, que todas las hadas hayan venido sucesivamente a sentarse al lado de su cuna y le hayan dotado de todas las facultades y quizás, con todo ello, lograréis formar un abogado completo”, es decir un jurista.
TIPOLOGÍA DEL JURISTA
La actividad del jurista se realiza a través de distintos tipos interrelacionados que reconocen como presupuesto fundamental el del jurisconsulto. Su concepto es equivalente al del jurisprudente, pues ambos denotan sabiduría del Derecho o jurisprudencia. Así, “prudente” y “consulto” son sinónimos de “sabio”, “docto”, “entendido” o “maestro” en la ciencia jurídica cualidades que necesariamente deben concurrir en todos los tipos de actividad del jurista, como son, el abogado, el juez y el preceptor. Sería absurdo, en efecto, que ninguno de estos tipos debiese conocer la ciencia del Derecho y que su conocimiento sólo se reservase al jurisconsulto o jurisprudente, pues únicamente el llamado “legista” puede prescindir de él, toda vez que su “sapiencia” se reduce a la ley positiva, que de ninguna manera agota el amplio campo jurídico. El jurisconsulto o jurisprudente puede o no ser al mismo tiempo abogado, juez o maestro de Derecho, pero ninguna de estas calidades funcionales puede marginar el conocimiento jurídico.
La sabiduría del Derecho se adquiere con el permanente estudio y con la constante experiencia en el cultivo de esta disciplina, lo cual es evidente, el jurista paulatinamente deja de serlo, para conservar sólo los grados académicos de “licenciado” o “doctor” en Derecho, mismos que quedan relegados, en la mencionada hipótesis, a la posesión de un simple papel: el título o diploma respectivo. Con toda razón Eduardo J. Couture, en uno de los célebres mandamientos advertía: “Estudia: el Derecho se transforma constantemente, si no sigues sus pasos serás cada día un poco menos abogado” o jurista. Este fenómeno de “desjuridización”, valga la expresión, puede observarse en muchos licenciados y doctores en Derecho que, en atención a diferentes causas, han alejado a la ciencia jurídica en sus actividades cotidianas. No son ni abogados, ni jueces, ni profesores de Derecho y mucho menos jurisconsultos. La política o los negocios económicos suelen cancelarles las vía para mantener actualizado y actuante el grado académico que algún día obtuvieron, quedando al margen del mundo jurídico por imposibilidad, aleatoria o deliberada, de no estudiar ni experimentar el Derecho en ninguna de sus formas. La ambición del poder, el relumbrón burocrático o el anhelo de hacer dinero, elimina su débil y poca arraigada vocación colocándolos fuera de la jurisprudencia y convirtiéndolos en “jurisignorantes” y, por ende, en frustrados en lo que a los requerimientos científicos de su título o diploma concierne, aunque lleguen a ser prósperos y exitosos en las actividades que no determinaron su empolvados y hasta extintos estudios universitarios. ¡Cuántos licenciados y doctores en Derecho hay que no están a la altura de estas calidades, contrayéndose a ostentarlas en membretes o tarjetas de visita con afán de presuntuosidad! No estudian, ni enseñan, ni investigan el Derecho ni lo aplican como abogados o como jueces; y cuando se les presenta la necesidad de impetrarlo, acuden por vía de consejo, patrocinio o asesoría a un jurista, despecho de sus pomposos grados académicos.
Dentro de sus funciones de consejero y asesor al jurisconsulto le incumbe la importante tarea no sólo de opinar sobre proyectos de leyes sino de elaborarlos, sistematizando, en un todo preceptivo bien estructurado, los elementos de información que le proporcionen los especialistas en los ramos sobre los que verse el ordenamiento legal que se pretenda expedir. La ley es una obra de arte y quizás sea la más trascendental del espíritu humano. Su elaboración debe obedecer a un concienzudo estudio sobre la materia que deba normar y a la estructuración lógica de sus disposiciones. La confección de una ley no debe ser el resultado de la improvisación, de la ignorancia, o de la falta de metodología jurídica. En cambio, las malas leyes, contradictorias, vagas y confusas, provienen de criterios excesivamente especializados que, aunque conozcan el árbol, su estrecho campo epistemológico les impide ver el bosque.
El jurisconsulto debe de ser crítico de la legislación. Es labor inherente a sus funciones. Mediante ella y a través de los estudios que emprenda, contribuye al mejoramiento del Derecho positivo y a su dilucidación. Su obligación crítica, además, la debe extender a cualesquiera actos de autoridad, principalmente tratándose de sentencias judiciales. En su carácter de atalaya humana el jurisconsulto es depositario de la confianza general, que se asienta, más que en su sabiduría, en sus cualidades cívicas y morales.
Por otra parte, debemos enfatizar que para realizar con efectividad las diferentes labores que tiene a su cargo el jurisconsulto, la vocación por el Derecho debe ser el ingrediente anímico más importante y potente. Sin ella ni siquiera puede darse, ni aún concebirse, al homo juridicus. Es esa vocación, que superlativamente puede erigirse en mística, el factor emotivo y espiritual que lo impulsa al cumplimiento constante y permanente de sus deberes sociales. Quien no tenga una arraigada vocación jurídica como motor incansable en la actuación del jurisconsulto, quien sea víctima del pesimismo y de la indiferencia, o quien carezca de arrojo y decisión para enfrentar los problemas con que cotidianamente tropieza esa actuación, no puede merecer con propiedad exhaustiva ese nombre, aunque sea un eminente teórico del Derecho y luzca insignias, grados universitarios y preseas académicas. Y es que en el jurisconsulto se encarna la síntesis teórico-pragmática del Derecho y de su cultura. Sin la sabiduría jurídica o jurisprudencia, que sólo se adquiere con el estudio, el practicante del Derecho nunca podrá elevarse al rango de jurisconsulto; y sin la experiencia vivencial del Derecho el teórico será un estudioso a quien le falta esa vivencia, fuente imprescindible del conocimiento que se afina, perfecciona y amplía con el estudio científico. Desde el punto de vista epistemológico el jurisconsulto es, por ende, la síntesis aludida, cuyos elementos formativos, la teoría y la praxis, se eslabonan inescindiblemente. La ausencia de alguno de ellos impide la integración de la doble calidad del jurisconsulto, que no es sino el ser humano que mediante la sabiduría del Derecho pone su razón, su voluntad, su fe y su emoción al servicio de lo que honesta y sinceramente cree justo y recto.
EL ABOGADO
El abogado debe ser jurisprudente, esto es, un sapiente del Derecho. Sería absurdo que no lo fuese, es decir, que padeciese “ignorantia juris”. Sin los conocimientos jurídicos no podría ejercer digna y acertadamente su profesión. Ahora bien, el abogado es una especie de jurisprudente que se vale de su sabiduría para patrocinar, dirigir o asesorar a las partes contendientes en un litigio ante el órgano jurisdiccional del Estado que deba resolverlo. Litigar implica contender, disputar, pleitear o seguir un pleito. Así claramente lo sostienen distinguidos procesalista, entre ellos Calamandrei y Cranelutti. El litigio, que entraña la controversia inter partes, se substancía mediante un proceso o un juicio, en una o más instancias, que se inicia con el ejercicio de una acción contra el sujeto a quien se exija el cumplimiento de una prestación. El abogado, por ende, es el que a través de la demanda despliega la acción en nombre o con el patrocinio del actor, el que le contesta en representación del demandado o con la asesoría que éste le encomiende, el que ofrece y rinde las pruebas pertinentes en favor de la parte que patrocine, el que formula las alegaciones y el que por el actor o el demandado interpone los recursos procedentes. En todos los citados actos estriba su actividad primordial, pudiendo también fungir como jurisconsulto extra littem, o sea, como consejero jurídico para orientar a sus consultantes en una multitud de cuestiones que se suscitan en el campo inconmensurable del Derecho.
La sapiencia del Derecho o jurisprudencia no integra, por sí misma, la personalidad del abogado. En ella deben concurrir, además, cualidades psíquicas, éticas y cívicas. Ante todo debe tener vocación profesional, que es el llamado interior que lo impulsa a ejercer el Derecho con amor. Ya lo dice Eduardo J. Couture: “Ama a tu profesión (la abogacía) de tal manera que el día que tu hijo te pida un consejo sobre su destino, consideres un honor proponerle que se haga abogado”. Sin la vocación amorosa no puede concebirse al auténtico y verdadero abogado. Nuestra bella y noble profesión tiene numerosos adversarios que la embarazan y dificultan por factores negativos que no faltan en el medio ambiente donde se desempeña: la venalidad de los jueces, las consignas políticas, la influencia del dinero, y la perversidad de los protagonistas de los casos concretos en que el abogado interviene, sin excluir al mismo cliente, quien suele ser algunas veces su enemigo. Quien no tenga vocación arraigada en su espíritu, voluntad férrea para enfrentarse a la adversidad ni amor profesional, sucumbe como abogado y abandona el ejercicio de su labor para dedicarse a otras actividades más lucrativas y menos erizadas de peligros y riesgos. Pero la vocación por sí sola no hace al abogado. Éste debe tener talento jurídico, que es la predisposición natural de la inteligencia hacia el Derecho. Se desarrolla en tres capacidades sucesivas que son: la aprehensión, el análisis y la síntesis. El que no tenga facilidad de aprehender o captar la esencia de las cuestiones jurídicas que se le planteen, el que carezca de perspicacia y sensibilidad para comprenderlas, no es inteligente y está imposibilitado, por ende para ejercer, la capacidad analítica y la sintética sobre tales cuestiones. En otras palabras, sin la inteligencia, talento y vocación no se puede ser abogado en la amplia extensión del concepto, aunque posea el grado de licenciado o doctor en Derecho.
La libertad profesional es también substancial al abogado genuino. Consiste en depender de la voluntad de quien utilice sus servicios y en la posibilidad de desempeñarlos en los casos que el propio abogado determine. El abogado sujeto a un sueldo como si fuera un trabajador cualquiera o el que esté supeditado a determinado órgano del Estado o alguna entidad paraestatal, no disfruta de esa libertad, en cuyo ejercicio responsable, a nuestro entender, radica la felicidad. El don libertario, para Gibrán Jalil Gibrán es condición de grandeza al afirmar que “Un hombre puede ser libre sin ser grande, pero ningún hombre puede ser grande sin ser libre”. Es la libertad profesional, en consecuencia, la que puede hacer grande al abogado, no solo los sueldos elevados, los transitorios cargos públicos que ocupe o las preseas y diplomas que haya recibido. El ilustre jurista español Ángel Ossorio, al sostener que el abogado desempeña una función social, afirma que tiene la obligación de servir a la sociedad, lo cual es distinto de servir al Estado.
El abogado debe de ser, además emotivo, factor psíquico que deriva de la vocación. La emotividad es el gusto por la profesión nutrido por el sentimiento de justicia. “Hay que trabajar con gusto” recomienda Ossori, quien agrega: “Logrando acertar con la vocación y viendo en el trabajo no sólo un modo de ganarse la vida, sino la válvula para la expansión de los anhelos espirituales, el trabajo es la liberación, exaltación, engrandecimiento. De otro modo es insoportable esclavitud”. El abogado que trabaja a disgusto, sujeto a un horario, se rutiniza e incide en la mediocridad, enemiga de la grandeza.
La vocación, la libertad, la independencia y la emotividad invisten al abogado con una fuerza interior que le da firmeza y confianza en sí mismo, sin descartar, evidentemente, la sabiduría del Derecho. Faltando esos factores anímicos surge la inseguridad, el temor, la incertidumbre, la duda y, como se consecuencia, la pasividad­; y un abogado pasivo y pusilánime pierde combatividad y la eficiencia profesional, cualidades éstas que, a su vez, se apoyan en la veracidad, o sea, en la convicción respecto de la certeza de las propias ideas, mientras no se demuestre su falsedad o su error. El abogado que cree en lo que piensa se inmoviliza y se incapacita para ejercer, con denuedo, dignidad, gallardía y nobleza su profesión.
La rectitud de conciencia y la honestidad, que le es pareja, son las armas que tiene el abogado para emprender la lucha a que lo obliga esencialmente su actividad. De ambas calidades morales ya hemos hablado y recordamos que son opuestas a la corrupción. Es la conciencia el elemento rector de la actuación humana. Suele oscilar entre el bien y el mal y se erige un juez moral de la conducta del hombre, más severo que los tribunales del Estado en muchas ocasiones. El remordimiento es una sanción tan grave que algunas veces puede inducir al suicidio cuando la decreta una recta conciencia moral, la cual en el abogado debe ser más exigente, pues responsabiliza su libertad profesional en el sentido de aceptar el patrocinio de casos que no estén reñidos con la justicia y la juridicidad. Quien no tenga esa conciencia no será abogado en la dimensión ética del concepto respectivo, sino una especie de coautor de truhanerías y cómplice de fulleros, con deshonra en la profesión. Aconsejar y dirigir la burla y el fraude a la ley entraña una conducta vituperable del “anti-abogado”, por más hábil y astuto que se suponga. Es este espécimen la plaga que desprestigia a la auténtica abogacía, concitándola malevolencia general contra los verdaderos cultores del Derecho.
El abogado debe ser pues orgulloso, jamás vanidoso. El orgullo, que es signo de la dignidad personal, deriva de la auto-evaluación fundada en los resultados objetivos de la conducta humana, sin hiperbolización alguna. El orgulloso es veraz en cuanto que basa su autocalificación en lo que es y ha hecho en la realidad con el aval del consenso general que forma lo que se denomina “fama pública”. La vanidad, en cambio, es la mentira de uno mismo. El vanidoso se auto-inventa y ostenta méritos que no tiene y valía de que carece. Es un falaz que trata de impresionar en su favor a quienes no conocen su personalidad verdadera. Es sombra, no realidad. Es un fantasma que se recrea inflándose como globo, que, en tanto más se hincha, más peligro corre de reventarse. Con toda razón Ossorio asevera que la vanidad “es una fórmula de estupidez”, pues el vanidoso no comprende que tarde o temprano será descubierta su falsía y que se puede exponer al menosprecio de quienes la adviertan, una vez descorrido el velo del engaño en que estaban envueltos.
Otra de las cualidades cívico –morales del abogado es el valor civil, que es la libertad profesional y crítica al servicio de la sociedad. El espíritu combativo del ciudadano contra los desmanes, arbitrariedades e injusticias que lesionan a la comunidad. La falta de valor civil equivale a cobardía y está entraña, a su vez, la ausencia de hombría. El hombre, y por extensión el abogado, es un centro de imputación de múltiples deberes frente a su propia conciencia, a la familia y a la comunidad nacional a que pertenece. En su cumplimiento estriba su misma honra que equivale a su dignidad. Un sujeto indigno, es decir, sin honra o corrupto, es el que, por temor o interés mezquino de cualquier índole, no cumple sus diversos deberes. Por honra “se puede y debe aventurar la vida” asevera Miguel de Cervantes en la voz del ilustre idealista caballero de la Triste Figura, lo que equivale a afirmar que la vida sin honra es una mera existencia vituperable. “Quien oculta la verdad, le teme, porque la verdad vence todo”. Esta máxima debe siempre tenerla el abogado para que, al aplicarla en su actividad profesional, asuma el valor civil que exige su digno desempeño. De ese modo, indudablemente, mostrará la confiabilidad que corresponde a todo hombre honesto, valiente y auténtico, aunque también provoque en su contra la maledicencia y envidia de los mediocres o “parapoco” como los llama José Ingenieros. Frente a éstos, el abogado debe ser desdeñoso como lo anota Ángel Ossorio.
Uno de los deberes del abogado es luchar contra las injusticias y actuar, en su carácter de jurisprudente, con el ideal de contribuir al perfeccionamiento del Derecho positivo. Los abogados, en lo individual, no tiene la fuerza moral y cívica suficiente para lograr estos propósitos, en cuya mera manifestación un solo abogado, cuando mucho, puede ser un ejemplo a imitar, pero nada más. Por esta razón, entre todos los profesionales jurídicos debe haber un espíritu de solidaridad que los agrupe permanentemente con cohesión y en forma colegiada para que tales objetivos sociales se puedan alcanzar. La colegiación de los abogados es, consiguientemente, el medio indispensable para que pueda llegar a ser u factor real de poder que tenga influencia cultural y moral para mejorar el orden jurídico. El abogado cuya actuación no trasciende del ámbito de la casuística concreta, podrá adquirir la fama como profesional próspero y exitoso, pero no asumirá la ingente postura, de un “Quijote del Derecho” que lucha por dignidad aunque presienta su derrota en el combate, pues no debe ser la obtención de la victoria el factor teleológico que lo estimule, sino el compromiso con su propio honor y decoro. Así, el día en que los abogados se erijan juntos, sin discolerías ni egoísmos, en “pequeños quijotes” y se conviertan en jurisconsultos de los gobernantes, el destino luminoso del Derecho es estará en vías de realizarse.
Es evidente que el buen abogado y el buen juez se integran indisolublemente en la recta administración de justicia. La tarea de uno no podría realizarse sin la labor del otro, pues entre ambos existe una innegable interacción. Es más, las virtudes o los vicios del abogado influyen positiva o negativamente en el juez. Un abogado corrupto propicia el ambiente que genera los jueces corruptos y éstos, a su vez, suelen retraerse ante abogados honrados y valientes. La sociedad o, si se quiere, el estado como su personificación jurídica y política, ha depositado en ambos la más elevada de las funciones públicas: la procuración y la impartición de justicia, pues como sostiene Ángel Ossorio “Hacer justicia o pedirla constituye la obra más intima, más espiritual, más infalible del hombre”.
“Todo el que acepta la pelea por una causa justa, sin preguntarse si se puede o no vencer, todo el que es capaz de aceptar de antemano la derrota, si cree que el honor le impone librar la batalla, es un héroe y también es un Quijote”. Y todo auténtico abogado debe serlo.

EL MAESTRO DE DERECHO (MAGISTER JURIS)
Es inobjetable que el maestro de Derecho debe ser jurisprudente. Sería francamente inconcebible que no lo fuese, ya que no es posible transmitir conocimientos que no se tengan. Recuérdese la apotema que preconiza: “Nadie enseña lo que no sabe”.
La misión del magister juris se realiza en dos ámbitos diferentes pero poco complementarios: la enseñanza y la educación jurídicas. La primera evidentemente, consiste en la transmisión de conocimientos sobre el Derecho, pero como el campo epistemológico de esta ciencia cultural es muy vasto, es casi imposible abarcarla en su integridad con la profundidad, excelsitud, excelencia y extensión que requiere el tratamiento exhaustivo de todos sus múltiples ramos. Esta imposibilidad ha impuesto la necesidad académica de que el maestro de Derecho se especialice en determinadas áreas de enseñanza integradas por materias afines y sucedáneas. No debe olvidarse que el Derecho es un producto insigne de la cultura humana milenaria y que no se agota en la ley. Por tanto, su enseñanza debe tener substancialidad cultural, en el sentido de que el magister juris no debe contraerse a repetir y comentar los ordenamientos legales positivos, sino exponer, en su dimensión histórica, sociológica y filosófica, principalmente, las instituciones jurídicas. Sin cumplir esta obligación académica no puede hablarse de un auténtico maestro de Derecho; y es obvio que, para merecer esta elevada distinción, debe estudiar permanentemente a efecto de ampliar, profundizar y actualizar sus conocimientos jurídicos. Así, puede hacerse extensiva al magister juris la admonición que Eduardo J. Couture dirige al abogado: “Estudia. El Derecho se transforma constantemente; si no sigues sus pasos serás cada día un poco menos abogado”, es decir, “menos maestro”.
La enseñanza del Derecho, por otra parte, suele impartirse en la conferencia, en la exposición de clase y en la obra escrita, pues comprende la docencia y la investigación. Por consiguiente, su impartidor debe ser, al mismo tiempo, docente e investigador, calidades que integran indisolublemente la condición de maestro. El magister juris tiene el deber de procurar ser un expositor ameno para evitar el tedio y la distracción de sus alumnos. Este objetivo puede lograrse mediante la referencia histórica y la reflexión filosófica si las cuestiones que se traten, dada su naturaleza, así lo indican, sin dejar de recurrir a la anécdota; y cuando la oportunidad lo sugiera, la exposición de algún tema debe asumir el carácter de discurso substancioso, interesante y elocuente. Sin estos requerimientos, la exposición temática y los planteamientos problemáticos en cualquier curso son susceptibles de provocar el aburrimiento en el alumnado y de causar la disminución del aprendizaje, máxime si el expositor adopta como método de enseñanza la mera lectura y el solo dictado de textos escritos de cualquier índole. Quien así proceda está muy lejos de ser maestro de Derecho. Escuchar las dudas, las observaciones y las objeciones del alumno acerca de cualquier tópico que aborde el expositor, contribuye a perfeccionar la enseñanza del Derecho y a poner de relieve una de las cualidades que debe tener su profesante: la honestidad intelectual. Ésta implica el reconocimiento de los propios errores y la consiguiente rectificación del propio pensamiento.
Educar es entrañar la conducción del alumno hacia los valores del espíritu que concurren en la axiología jurídica, llevarlo más allá de la casuística y proyectarlo a espacios ultralegales para tratar de modelar su mentalidad. La educación es el cultivo de esos valores, entre los que descuellan la justicia y la libertad, y que rebasan, con mucho, los límites del utilitarismo jurídico.
El magister juris debe tener fe ardiente e intenso amor por el Derecho y sus valores humanos para contagiar con estos sentimientos a sus alumnos. Es la autenticidad otra de las prendas del magister juris en cuanto a educador. Consiste, en vivir y actuar como se piensa y se siente, en predicar con el propio ejemplo, en aplicar como hombre, ciudadano y profesionista lo que se enseña in cathedra. Hipócritas y falsos, y por ende indignos de confianza, son los que traicionan en su conducta externa lo que pregonan en la conferencia, en la clase o en la obra escrita, causando grave daño moral a sus alumnos y así mismos. Aunque estén preñados de erudición son despreciables por insinceros y cobardes. “La honestidad substancial, continúa Carrancá, es ser limpio en los pensamientos, en las palabras y en las acciones; con lo que he definido la regla de conducta del abogado. A nosotros sucede lo mismo que a los sacerdotes: lo que reclamamos lo debemos vivir”.
Para ser auténtico se requiere indiscutiblemente valor civil. El catedrático debe ser abierto, prodigar sus ideas hacia sus alumnos, discutir con ellos temas culturales diversos, desnudarse intelectualmente para darse a conocer en su integridad anímica y espiritual, comunicar todo lo que sepa en el terreno de su especialidad, y si no sólo es docente sino investigador, plasmar honradamente su pensamiento en su obra escrita sin reticencias ni limitaciones que lo deformen o anublen.
EL JUEZ
Una de las más excelsas aspiraciones de todos los pueblos del mundo ha sido la realización de la justicia como fin trascendental del Derecho. En torno a ese anhelo universal han surgido en la Historia las figuras del Juez y del Abogado como necesariamente complementarias integradas en un haz inescindible. Antes de hablar del juez mencionaremos algunas breves y someras alusiones sobre la “justicia”. Sería injusto aprisionar a la justicia en una definición de la justicia. La justicia no es el Derecho sino su aspiración, fin ideal. Por ello el juez no administra justicia pese a lo que tradicionalmente se ha sostenido. Su deber consiste en aplicar el Derecho, diciéndolo al dirimir las controversias que las partes contendientes en un litigio plantean, y decir el Derecho no es hacer justicia sino acatar sus normas que puedan ser justas o injustas. No hay, en puridad lógico-jurídica, “cortes de justicia”, sino “cortes de Derecho. Sin embrago, “juzgar según las leyes” no equivale a aplicarlas mecánicamente a los casos concretos que se presenten. El juez tiene la obligación de interpretarlas para extraer su razón, esto es, su sentido normativo. En esta tarea el juzgador, lejos de ser un “servus legis” puede eregirse en el constructor del Derecho, que no legislador, como lo fue el pretor romano.
Son tres los enemigos de la justicia, a saber, el abogado que soborna, la autoridad que da consignas y el juez que accede al soborno y se supedita a la presión autoritaria. La justicia o la injusticia pueden ser una virtud o una mácula de la norma jurídica escrita, o sea, de la Constitución o de la ley ordinaria. Por tanto, el juez aplica la justicia cuando ésta se contiene en el Derecho positivo legal constitucional, o comete injusticias en la hipótesis contraria. Al juez se le puede atribuir la violación del Derecho, pero, en rigor lógico, no se le puede tildar de injusto por sí mismo.
Los acertados comentarios de Calamandrei nos sugieren la observación de que le juez que no escucha al abogado, que permanece impasible antes sus alegaciones que se llama vulgarmente “de oreja”, que no cambia impresiones con él, que rehúye el diálogo asumiendo una actitud asumiendo una actitud petrificada, que no se interesa por el caso que se le trata porque ya lo tiene “resuelto” en su mente oscura, impenetrable y obtusa, que se aferra en “ley del encaje”, ese pseudo-juez exhibe su pusilanimidad, su inseguridad, su desconocimiento del Derecho o su corrupción, vicios todos estos derivados de su complejo de inferioridad y de la envidia que siente delante del jurisconsulto, porque en su conciencia, si no es vanidoso y ególatra, palpita la convicción de que le falta valía humana y cultura que aquél representa. El juez que así se comporta emplea la prepotencia que supone le suministra su cargo y que es rasgo común de la mediocridad, en ausencia de talento jurídico, de dignidad y de hombría de bien. Es, en síntesis, un falso servidor del Derecho y de la Justicia y, consiguientemente, una lacra social que debe extirparse.
Por otra parte las cualidades del juez son similares a las del abogado. A ambos se le une el presupuesto indispensable de la jurisprudencia, es decir, de la sapiencia del Derecho. Denotaría un ingente despropósito que el juez estuviese afectado de “ignorantia juris”. Sin embargo, en la realidad suelen darse ejemplos de jueces ignorantes que son un verdadero peligro social. Otras cualidades que el juez debe tener: la imparcialidad y el valor civil: la primera, para mantener el equilibrio entre las partes contendientes, y la segunda, para resistir a toda clase de influencias que provengan del poder público del Estado, principalmente cuando se trata de control constitucional. Un juez parcial y cobarde es un corrupto aunque no sea venal, es decir, no es un auténtico juez a pesar de que ostente un nombramiento inmerecido. Daña gravemente al Derecho y a la sociedad, que lo desprecia por su inmoralidad o le teme por su prepotencia abyecta y servil. El juez sapiente honesto, digno y valiente que cumple su deber con gallardía, firmeza y seguridad, en cambio, es un funcionario respetado y respetable, a quien hasta los poderes temen y acatan. Las calidades humanas del verdadero juez se propician, en cuanto a su proyección real, por dos factores importantes: la independencia y la inamovilidad judiciales. Aunque no es causa determinante, la independencia de los jueces proviene, generalmente de la forma de su nombramiento. El juez debe ser seleccionado por sus pares, que son los hombres de Derecho agrupados en asociaciones profesionales, académicas o pertenecientes a instituciones jurídicas, como las facultades y escuelas universitarias.
Un factor preponderante a afectar de manera grave la actuación judicial es la dependencia económica de los jueces. Su valor civil y su recto criterio pueden alterarse negativamente con los sueldos elevados que perciban y que paga el erario público manejado por las altas autoridades administrativas del Estado. El otorgamiento de ciertas prestaciones implica cierta psicoterapia que utiliza el fisco para tener sumisos y obsecuentes a los jueces, a quienes el temor de perder beneficios, se colocan en riesgo de incumplir su noble función. La inamovilidad no es ni puede ser el “factótum” determinativo de una sana, imparcial y serena impartición de justicia, ya que en ésta intervienen múltiples elementos propios de la naturaleza humana, la cual, sólo cuando está dotada de altos valores morales e intelectuales, puede personalizarse en buenos jueces. Por ello, la inamovilidad judicial entraña una garantía para la honrada administración de justicia y la recta aplicación del Derecho.

EL SIMULADOR DEL DERECHO


  1. Consideraciones Generales

La simulación es la acción de fingir o imitar lo que no se es. El simulador hace de su vida una farsa, o sea, una comedia. Su personalidad psíquica envuelve a muchos vicios como la vanidad, la egolatría, la megalomanía, la mentira, el engaño, el fraude, la falsedad, la mediocridad, la corrupción y otros que sería prolijo mencionar. Así el simulador, al ostentarse como lo que no es, al aparentar valía para cubrir su insignificancia, al fingir sabiduría para envolver su ignorancia se muestra vanidoso, es decir, vacío por dentro y engañoso por fuera. Por tanto, es una especie de defraudador que se apoya en sus propias mentiras sobre su persona para pretender dar la impresión de una importancia que no tiene. Sus actitudes obedecen a su incultura que proviene, o de su falta de inteligencia o de su falta de vocación por el estudio. Padece un complejo de inferioridad que trata de ocultar exteriormente con audacia y temeridad. Su vanidad lo presiona para no admitir que vale menos de lo que cree valer y lo empuja una sobreestimación de su ego, que no se funda sino en un subjetivismo enfermizo que no corresponde a la realidad de su ser. “Todas sus actitudes (de simulador) tienden a darle la ilusión de una superioridad que para demás no existe”. Concluyendo Samuel Ramos que: “Inconscientemente sustituye su ser auténtico por el de un personaje ficticio, que representa en la vida, creyéndolo real. Vive pues, una mentira, pero sólo a este precio puede librar su conciencia de la penosa idea de su inferioridad”


Por su parte, José Ingenieros, al aludir a la vanidad como signo del simulador, expresa: “El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez supremo de sí mismo; asciende a la dignidad. La sombra pone el suyo en la estimación ajena y renuncia a juzgarse; desciende a la vanidad. Hay una moral de honor y otra de su caricatura: ser o parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa a ser mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de parecer arrastra a cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad”.
La audacia del simulador, que no la inteligencia de la que carece, lo convierte en un farsante ante quienes no lo conocen, buscando su aplauso y admiración. Esta audacia se torna cobardía frente a las personas que están enteradas de sus limitaciones intelectuales, y culturales. Como su vocación se traduce en la ostentación falsa de su ego, por esencia hueco y postizo, rehúye el estudio de lo que podría libertar de incultura, cuya eliminación o atemperamiento impide su misma idiosincrasia utilitarista, incapaz de elevarse a niveles científicos y filosóficos, pues carece de idealidad. “El hombre sin ideales, afirma José Ingenieros, hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentación, a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulación”.
El complejo de inferioridad a que aqueja al simulador y todos los defectos que de él se derivan, la imposibilitan para ser autárquico o independiente en la vida. Como diría José Ingenieros es sombra de otro y no luz por sí mismo. Por ello busca siempre en quien apoyarse para actuar en los distintos niveles vitales. Se aprovecha de sus protectores para velar sus propios intereses. De ahí que se le tilde de convenenciero. Mientras pueda obtener beneficios personales cultiva celosamente la amistad de quien se lo proporcione, pero cuando esta ligazón se rompe o se extingue, se torna ingrato y renueva su vanidad hasta el extremo de menospreciar a su benefactor. Se ostenta como simpático y jovial, escondiendo o disfrazando muchas veces su verdadero temperamento, lo que le impide ser sincero. El éxito de su vida lo hace estribar en tener muchas relaciones para valerse de ellas en cualquier empresa y poder contar así con varias pequeñas o grandes luces que disipen la penumbra natural en que lo sumerge la falta de cualidades personales. Como está consciente de su opacidad, cuando su vanidad no lo ha proyectado hacia las megalomanías, que es el delirio patológico de grandeza, sus anhelos de triunfar lo hacen depender de su habilidad para entablar amistades a guisa de soportes de su actividad, la cual, sin ellos, sería completamente inane. Como no tiene vocación por la cultura, se aleja por inclinación natural del estudio. Los libros no le interesan, pues su objetivo vital no es el saber sino la obtención de ganancias económicas o beneficios personales de otra índole, hacia cuya consecución encamina sus más empeñosos y tenaces esfuerzos. Le apasiona el éxito, no la gloria, tendencia que acentúa su mediocridad.



  1. Simulador como espécimen contrario al jurista

Las características de la semblanza que brevemente hemos delineado se aplican, en sentido contrario, a los diversos tipos de jurista que describimos en este opúsculo. Por consiguiente el simulador del Derecho, aunque posea título de licenciado o doctor, no es ni jurisprudente, ni abogado, ni magister juris, ni juez. La titularidad mencionada y cualquier nombramiento que en su favor se haya extendido, no le confieren las cualidades de los aludidos tipos de juristas. Es más, por no tener sus respectivos atributos, macula, en su conducta, la egregia condición de cultivador del Derecho, o sea, la cultura jurídica.


No está por demás advertir que el simulador del Derecho no es la persona que realiza actividades fuera del campo jurídico aunque tenga la licenciatura o el doctorado correspondiente. En todo caso se trata de un “no jurista”, pudiendo ser político, funcionario público, banquero u hombre de negocios en general, cuya falta de vocación por el Derecho lo haya proyectado fuera de su esfera. Al no actuar como jurista en ninguno de los tipos que hemos reseñado, de ningún modo se le puede reputar como simulador, pues la característica de éste esencialmente consiste en que su conducta la despliega dentro del ámbito jurídico. Por ende, si el simulador es vituperable, el “no jurista” puede ser respetable como buen servidor del estado o de la sociedad, fungiendo su titulación académica como mero trasfondo de sus diversificadas relaciones pero no como base de su actividad, que incluso puede ser muy importante y trascendental.
Al simulador del Derecho le aterra su ignorancia juris, que, por su falta de vocación por el estudio y la investigación, no puede vencer. Permanece en ella y, para que no se advierta por quienes conocen la ciencia del Derecho, rehúye toda discusión, a menos que su extrema vanidad lo impulse a incurrir en graves despropósitos. No puede ser, sin embargo, pedante, porque la pedantería “es una forma de expresión adscrita casi exclusivamente al tipo humano intelectual”, según sostiene Samuel Ramos; y el simulador no pertenece a esta especie. En él hay presunción y petulancia, sin poder hacer “gala del talento, de la sabiduría o de la erudición”, que no de admiradores, ingenuos o ignorantes que se dejan sorprender por sus palabras”, afirma nuestro citado filósofo. Esos círculos están formados por sus “alumnos”, si los tiene, por sus amigos y familiares, generalmente más ignaros que él, y quienes inconsultamente suelen brindarle loas y alabanzas. Ante los verdaderos jurisprudentes el simulador asume una cautelosa actitud de silencio, en el supuesto de que su audacia tenga el límite de la conciencia de su ignorancia, que, por lo demás, no sólo abarca al Derecho sino a la cultura en general.
La ignorancia juris que afecta al simulador no sólo proviene de su falta de vocación por el estudio, sino la ausencia del talento necesario para determinarlos puntos esenciales de cualquier cuestión jurídica y brindar la solución pertinente. Por esta razón centra se atención en los detalles banales y, sobre todo, en la retribución económica que un negocio pueda generar y no en su substancialidad. Por sí mismo es incapaz de resolver un problema de Derecho y recurre a quien le pueda proporcionar el dictamen respectivo, que acostumbra a adjudicarse a sí mismo sin pudibundez profesional. Su vanidad llega al extremo de hacer ostentación de conocimientos que no tiene ante la ignorancia de los circunstantes. En resumen, el simulador del Derecho es la negación de la jurisprudencia, que evidentemente no se agota en el aprendizaje de la ley. No le interesa la justicia. Su proclividad pragmática le veda este interés. Las cuestiones jurídicas trascendentales son ajenas a su atención debido a su inclinación utilitarista que lo conduce por los caminos de la ganancia económica generalmente. Su principal preocupación estriba en la fijación y percepción de honorarios, aunque, por ausencia de perspicacia jurídica, no entienda bien el asunto que los pudiese generar. Los auténticos juristas, a quienes les solicita asesoría, se encargarán de estudiarlo y de plantear la solución que en Derecho proceda.
En el terreno de la abogacía, el simulador no es un verdadero abogado por la sencilla razón de que no sabe litigar, aunque presuma ante terceros que no lo conocen de ser un hábil postulante. El litigio, ya lo hemos dicho, es la esencial actividad del abogado que requiere indispensablemente la jurisprudencia o sabiduría del Derecho y las demás cualidades a que se ha aludido en el presente ensayo. Litigar implica el estudio del negocio que da origen a la controversia jurídica, la concepción y el planteamiento de su solución , la formulación de la demanda y de la contestación en que la litis se centra, el patrocinio de alguna de las partes en conflicto, la presentación de pruebas, la intervención en su desahogo, la asistencia a diligencias judiciales y audiencias en el proceso y la interposición de los recursos legales procedentes contra las diversas resoluciones judiciales que en él se dicten, además de otros muchos actos que sería prolijo mencionar y cuya índole varía en razón del caso concreto que se trate. Toda esa actividad exige el conocimiento del Derecho sustantivo y adjetivo en las distintas ramas que comprende. Por tanto, el simulador, que no es jurisprudente, no puede desempeñarla. La apariencia de abogado que ostenta la manifiesta en actitudes extrajudiciales. Halaga a jueces, secretarios y empleados de los tribunales, con los que empeñosamente traba relaciones cuasi familiares. Los frecuenta y agasaja para captar su simpatía, los saluda con abrazos estruendosos y con risas y carcajadas, procurando inspirarles amistad. Se finge “influyente” en base a la amistad que dicen le brindan los funcionarios judiciales. Todas estas actitudes las asume para remplazar su falta de capacidad de litigante, lo que le impide ser el patrono, por sí mismo, de los asuntos en los que interviene colateralmente, ya que tiene la cautela de no asumir directa y personalmente la responsabilidad profesional en ellos. No tiene bufete propio pues opera como gestor de distintos abogados simultáneamente y bajo cuyas directrices jurídicas actúa. Lo que es vituperable es que se exhiba como abogado sin comportarse como tal, actitud que entraña, según se ha dicho, una simulación, o sea, una ficción o apariencia.
Tratándose de magister juris la simulación no versa sobre la actividad respectiva sino sobre su calidad. A diferencia del simulador del de abogado, el profesor de Derecho sí actúa como tal, por lo que, en relación a este tipo de jurista, la ficción se contrae a la categoría de su comportamiento. Así, el mal profesor es un simulador de un buen profesor y está muy alejado de la excelencia académica. No estudia ni actualiza sus escasos conocimientos. No es tampoco, evidentemente, un jurisprudente. Apenas conoce medianamente la disciplina que imparte sin tener cultura jurídica y menos general, las cuales son indispensables para el maestro calificado. Por esta causa, su exposición es cansina, repetitiva y ayuna de sistematización. Como está muy lejos de ser brillante y ameno, suele dictar algunas ideas a sus alumnos leyéndolas de apuntes en que aborda con someridad temas fragmentarios de libros de texto o de consulta de los que lógicamente no es autor. Su labor docente es muy defectuosa, su actividad de investigación es nula. No tiene obra escrita. Su opacidad y mediocridad docentes no justifican estas omisiones, que maestro brillantes e insignes compensan con sus magnificas cátedras orales. La poquedad de sus conocimientos lo convierte en temeroso ante sus alumnos y otros profesores. Es un plagiario de ideas ajenas, pues carece de creatividad. Rehúye al dialogo y sobre todo, la discusión, y cuando llega a incursionar en ella, impulsado por su vanidad, comete graves dislates que se ponen de manifiesto en los exámenes profesionales. La egolatría que lo afecta ofusca su entendimiento, suele carecer de honestidad intelectual, al no reconocer sus errores, que pasan como “verdades” ante la credulidad de sus alumnos.
Por otra parte aunque el maestro de Derecho sea un portento de cultura y un brillante expositor, su calidad desmerece si no cumple sus deberes docentes con asiduidad , si es faltista, si permite que sus adjuntos o auxiliares lo sustituyan frecuentemente , si percibe una retribución que no devenga, si posterga su asistencia a clases por compromisos no ineludibles, o si evade el dialogo con sus alumnos para no arriesgarse a perder una determinada posición político-burocrática, temor éste que le impide ser veraz.
La situación del simulador judicial es análoga a la del simulador docente. La simulación en este caso no implica que finja la actividad que desarrolla como juez, magistrado o ministro, sino, lo que es peor, involucra una mancha con variada gama de defectos y vicios. Por “ignorancia juris” y a falta de un sentido de justicia, comete muchos desmanes que avergonzarían a la diosa Themis. Si permanece en el cargo que ocupa es por causa de conveniencia económica en atención al sueldo que perciba y a otras prestaciones numismáticas y materiales que recibe de generosidad del erario público para mantenerlo tranquilo y domeñado en su situación de indignidad. Por su ignorancia o interés personal no sirve ni a la justicia ni al Derecho.
Sobran los epítetos para calificar al simulador judicial. En

Su mediocre pero nociva personalidad concurren vicios como el desconocimiento del Derecho, la cobardía, la indignidad, la prepotencia y la proclividad adulatoria, que lo exhiben ante la opinión pública como un perverso personaje acuciado por la ambición económica y abrumado por el temor de perder el cargo que deshonra con su conducta antijurídica y antisocial. Una de las más lacerantes maldiciones que se pueden lanzar al hombre es la de “entre jueces simuladores te veas”.

El jurista y el Simulador del Derecho

Ignacio Burgoa Orihuela

17 a Edición

Editorial Porrúa



12 de marzo de 2007

Av. República Argentina 15 altos, col. Centro México D.F


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