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Selección 07


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Ciencia Ficción

Selección 07


ÍNDICE

Presentación - SF y xenofobia 3

Carlo Frabetti 3

Los zoólogos 4

Fred Hoyle 4

Bien venido, camarada 15

Simón Bagley 15

Huellas indelebles 28

Zenna Henderson 28

Cuidado con el perro 46

Gahan Wilson 46

El matemático chiflado 47

Richard Underwood 47

Un extraño en la casa 54

Kate Wilhelm 54



Presentación - SF y xenofobia

Carlo Frabetti

Xenofobia significa literalmente aversión a lo extranjero. Este irracional sentimiento, característico de nuestra sociedad, es una consecuencia directa del hecho de vivir en un mundo fragmentado por los intereses nacionalistas y siempre en pie de guerra. No hay sistema totalitario que no fomente la xenofobia –ya que, por reacción, consolida el nacionalismo–, ni demagogo que no aluda en sus discursos a un mítico «enemigo» que acecha e intriga en la sombra, y que es la causa directa o indirecta de casi todos los males.

El extraterrestre, personaje clave de la SF, era un buen pretexto para llevar al límite esta xenofobia, y así, el mayor de los demagogos, la llamada industria de la cultura, se apropió del símbolo para expresar –y por ende fomentar– el odio irracional hacia lo extraño. Por eso, en la subSF de consumo, el alienígena es casi siempre un perverso monstruo invasor, dispuesto a exterminar a los humanos para adueñarse de la Tierra; y a través de este tipo de relatos –o películas, o comics– se expresa y fomenta metafóricamente el terror y el odio irracional hacia «enemigos» más reales pero igualmente mitificados (los comunistas en el caso de los yanquis –y en el nuestro– y viceversa, por no citar sino los ejemplos más conocidos).

En la auténtica SF, sin embargo, el símbolo del extraterrestre sirve precisamente para todo lo contrario: para combatir la xenofobia y el racismo, para mostrar que «diferente» no es sinónimo de «malo», y que lo que se aparta de los principios éticos y estéticos convencionales, puede, lejos de resultar perjudicial, darnos una lección de objetividad.

En los relatos de esta selección encontramos diversos enfoque adultos, todos ellos desmitificadores, de la relación hombre-xenoide: desde el científico de Los zoólogos, que llega a apreciar el sentido de la justicia de sus captores extraterrestres, hasta la protagonista de Un extraño en la casa, que a través de una desgarradora relación telepática con un alienígena descubre la incomunicación de su vida familiar, pasando por la atónita maestra de Huellas indelebles, que se halla de pronto implicada en una familia extrahumana, asistiremos a diversas reacciones íntimas de personas que, venciendo el terror irracional hacia lo extraño, eligen la comprensión.

Los zoólogos

Fred Hoyle


En los relatos de ciencia ficción escritos por científicos se observa a menudo cierto esquematismo en la caracterización de los personajes y en los análisis psicológicos. Afortunadamente, este no es, en absoluto, el caso de Fred Hoyle, astrofísico de renombre internacional, tan conocido por sus actividades científicas como por sus brillantes narraciones, de las que Zoomen es un buen ejemplo.

El tema de la captura de especímenes humanos por una raza extraterrestre no es ninguna novedad en la ciencia ficción; pero pocas veces ha sido tratado con tanta sencillez y sensibilidad como en el presente relato.

En la segunda quincena de julio logré marcharme de vacaciones por un par de semanas; quería «seguir los pasos de Munro» en la región montañosa de Escocia. Como en verano es difícil encontrar alojamiento en un hotel de los Highlands, y en especial para una persona sola, alquilé un coche provisto de roulotte. El primer día llegué a la frontera escocesa, al sur de Jedburgh. Era un atardecer espléndido y pensé que no me convenía pasar todo el día siguiente en la carretera si el tiempo continuaba siendo tan bueno. Lo mejor era ponerse en marcha en cuanto amaneciera. A las diez podría cruzar los Lowlands; ello me permitiría alcanzar uno de los picos meridionales de la cordillera Ben Lawers por la tarde.

Puse en práctica este plan y llegué a Killin poco después de las diez; encontré un camping; en el pueblo compré carne y otras provisiones, y salí en dirección a Glenlyon, con el fin de escalar el Meall Ghaordie. La tarde era hermosa y despejada. Dejé el coche lo más cerca posible de la montaña que había decidido escalar y emprendí el camino por la pantanosa ladera, después inicié el ascenso con lentitud, en parte porque era mi primer día en las montanas y también porque el sol calentaba mucho. Recuerdo la cantidad de flores multicolores que hollaban mis pies. Tardé unas dos horas en llegar a la cumbre, pero una vez allí, me senté y saboreé con fruición un par de manzanas. Después me tendí sobre la hierba del suelo y usé mi mochila como almohada. El madrugón y el calor me infundieron un sueño invencible y creo que no tardé ni un minuto en quedarme dormido.

Lo había hecho ya en la cumbre de una montaña en numerosas ocasiones. Al despertar, se sufre invariablemente un ligero sobresalto, motivado sin duda por la costumbre cotidiana de levantarse entre cuatro paredes. Siempre transcurren unos momentos durante los cuales uno se pregunta dónde está. También fue así en aquella ocasión, pero el sobresalto tuvo mayores proporciones. En el primer momento me imaginé que estaba en un dormitorio normal, después recordé que en realidad me encontraba en la cumbre de una montaña, pero una vez tomé conciencia de mi emplazamiento, comprendí que no era en absoluto el lugar donde debía estar; aquello no era la cumbre del Meall Ghaordie.

Me hallaba en el interior de una gran caja rectangular. Me puse en pie y empecé a inspeccionarla, aunque tal vez resulte absurdo decir que una habitación parecida a una caja requiera una inspección, sobre todo teniendo en cuenta que estaba totalmente vacía. Pero tenía dos características muy extrañas. La luz era artificial, porque la caja estaba cerrada y era completamente opaca; sólo había una abertura en una de las paredes que conducía a un pasillo. La distribución de la luz también era extraña; se me hacia imposible determinar de dónde procedía, ya que no había bombillas ni lámparas, por lo que tuve la impresión de que la luz irradiaba de las mismas paredes, las cuales estaban compuestas de un material que a mis ojos inexpertos se antojó una especie de plástico. Pero, si realmente era así, ¿cómo podía despedir luz un material de esta clase?

La caja no era tan grande Como había pensado al principio. De hecho, sus dimensiones debían ser aproximadamente de nueve metros de anchura por quince de longitud y unos seis de altura; era la iluminación lo que daba a la estancia el aspecto de una catedral, un efecto que yo ya había observado en algunas cuevas.

La segunda peculiaridad era mi sentido del equilibrio. No es que me fuera difícil mantenerme en pie o algo por el estilo. Cuando se escala una montaña, las piernas adquieren pronto una gran sensibilidad para el equilibrio, y es probable que yo no hubiese notado ninguna diferencia de no haber practicado el alpinismo. Pero dicha diferencia existía, aunque de una forma casi imperceptible.

Mis exploraciones me condujeron hacia el pasillo, que continuaba durante un trecho muy corto, bifurcándose después. Me detuve para recordar la dirección de donde venía, pero encontré otras muchas curvas, hasta el punto que tuve la firme impresión de hallarme en un laberinto. Esto me produjo la normal sensación de pánico que uno tiene al saberse perdido. Entonces me dije a mí mismo que no podía «perderme», y, acto seguido, recobré la calma y seguí caminando al azar. El pasillo terminó por conducirme a la misma habitación en forma de caja, en el centro de la cual estaba mi mochila, sobre la que apoyé mi cabeza en la cumbre del Meall Ghaordie. Intenté salir repetidas veces, pero siempre acababa volviendo a la misma habitación. Aunque los pasillos parecían tener multitud de bifurcaciones, resultó que también esto era una ilusión, pues sólo había ocho caminos para recorrer todo el laberinto. Logré cronometrar el tiempo requerido para recorrer uno solo de los pasillos, y conté noventa segundos. Esto me demostró que, si bien no era un espacio reducido, tampoco era de gran tamaño; pero lo hablan diseñado para que pareciese grande.

Quise inspeccionarlo todo una vez más; en esta ocasión me alarmó oír unos pasos apresurados que corrían delante de mi. El corazón empezó a latirme con fuerza, el miedo no me abandonaba. Me acerqué a una esquina y por ella salió corriendo una joven de unos dieciocho años, vestida con una bata. Al verme allí, bloqueando su camino, prorrumpió en un grito ensordecedor, pero de pronto se echó violentamente en mis brazos.

–¿Dónde estamos? –sollozó–. ¿Dónde estamos?

Siguió repitiendo la pregunta mientras se cogía a mi con toda su fuerza. Yo, sin abusar en absoluto de que estuviera indefensa, la apreté contra mi; era lo natural, dadas las circunstancias. De pronto sentí un fuerte acceso de náusea, parecida al mareo que acomete en el mar. Algo hizo que nos separásemos el uno del otro: debió ser que la chica sintió el mismo mareo y fue víctima de un repentino ataque de vómito.

Nos miramos ambos, jadeantes. Yo me apoyé en la pared del pasillo porque las rodillas se me doblaban.

–¿Puedo saber quién es usted?

–Giselda Horne –contestó ella. Su acento era americano.

–Será mejor que se quite eso –dije, señalando su bata, que el vómito había ensuciado.

–Sí, es verdad. Cuando volví en mí estaba en una habitación que da a este pasillo.

La chica me condujo hasta una caja que, efectivamente, daba a aquel mismo pasillo y que me pareció cuadrada. Yo tenía la seguridad de haber pasado muchas veces por aquel sitio, pero en ninguna de ellas había visto una abertura. Giselda Horne entró en la estancia tambaleándose y emitiendo débiles gemidos. Yo la seguí, pero pronto me detuve, porque, tan pronto como entré me acometió un nuevo acceso de náusea. Retrocedí hasta el pasillo; entonces vi que un tabique se deslizaba, cerrando la caja. El mareo me dejó exhausto, pero grité, no obstante, llamando a la chica, y golpeé la pared con los nudillos. Ignoro si me contestó; en cualquier caso ya no podía oír nada.

Traté de vencer el mareo recorriendo el sistema de pasillos, pero no lo logré. Seguía sintiéndome muy enfermo. Al cabo de un buen rato, porque debí recorrer el laberinto muchas veces antes de encontrarla, llegué a una caja cuadrada, exactamente igual a la de Giselda Horne, y entré en ella con una sensación de temor. Entonces sucedió que un tabique se cerró a mis espaldas, al tiempo que desaparecía el mareo.

Esta caja era un cubo de unos tres metros y medio en el que sólo se distinguía una pesada puerta de metal en una de las paredes. La puerta se abrió lentamente bajo una presión moderada. Dentro había un hueco del tamaño de un horno, que contenía una bandeja llena de una substancia tal vez comestible. Antes de que pudiera examinarla, la náusea volvió a acometerme, y esta vez me pareció que yo también vomitaría. El tabique se abrió oportunamente y salí tambaleándome al pasillo, pensando, con incoherencia, que tenía que encontrar el lavabo antes de vomitar. Pero una vez fuera de la caja, la náusea desapareció casi por completo y a los pocos minutos me encontraba perfectamente. Después la sentí de nuevo; el tabique se abrió, como invitándome a entrar en la habitación y, una vez en su interior, el mareo volvió a desaparecer. Este proceso se repitió tres veces más, dentro y fuera de la caja. Mucho antes de que terminase la lección, ya conocía exactamente su significado: mis entradas y salidas eran dictadas por ciertas órdenes. ¿De dónde provenían? No tenía la menor idea, pero la lección me sirvió de algo: mis temores se habían desvanecido. Era evidente que me hallaba bajo vigilancia, una vigilancia cuya finalidad me era imposible adivinar. Entonces, en lugar de asustarme, me tranquilicé y desde aquel momento no sólo aparenté serenidad, sino que recobré mi propio dominio.

Cuando pasó el mareo, me sentí muy hambriento. Si se exceptúa el frugal almuerzo en la ladera del Mean Ghaordie, no había comido desde las cinco de la madrugada en la frontera escocesa. Probé la substancia de la bandeja. Era parecida a un puré de verduras. Como no podía determinar su valor nutritivo, comí hasta haber saciado mi hambre.

Recobradas las fuerzas, observé que el pavimento era más blando en el lugar donde me encontraba en aquellos momentos que en el pasillo o en la gran caja rectangular y que no debía ser muy incómodo para dormir. Era más duro que una cama normal, pero después de dos o tres días resultaría bastante aceptable. ¿Y el retrete? En la caja no había nada que pudiera hacer sus veces. ¿Qué haría si el tabique estaba cerrado en un momento de necesidad acuciante? Decidí poner la cuestión a prueba y adopté una posición que indicase mi propósito de utilizar el suelo para mis fines. No tuve que esperar mucho. Volvió la náusea, el tabique se abrió y, un minuto después, apareció la entrada de otra caja en el pasillo. Al penetrar en ella descubrí dos compartimentos, uno grande y otro pequeño; éste era evidentemente el retrete, pues tenia en el suelo un agujero de unos treinta centímetros de diámetro. Lo utilicé como pude, preguntándome dónde encontraría algún substituto del papel higiénico. Mis dudas sobre tan embarazosa cuestión se vieron interrumpidas por un verdadero diluvio que descendió del techo sobre mi cabeza. De un salto me trasladé al compartimiento grande. Allí el chaparrón era menos intenso, pero así y todo, a los pocos segundos me encontraba totalmente empapado. La ducha se cerró, y entonces empecé a despojarme de la ropa. Cuando ya estaba casi desnudo, el agua volvió a caer. Por lo visto se ponía en marcha a intervalos regulares, como en los urinarios. El chaparrón sobre la piel desnuda me resultó muy agradable, porque había sudado copiosamente durante el ascenso a la cumbre de la montaña. El líquido que descendía sobre mi cabeza era agua, pero contenía algún elemento jabonoso. Disfruté de seis duchas consecutivas, que aproveché para lavarme la ropa lo mejor que pude. Después volví a mi caja con mi chorreante indumentaria. Como tardaría varías horas en secarse, especialmente las prendas gruesas, como los pantalones, intenté echar un sueñecito. Mientras me adormecía, pensé en las cosas que podrían hacerme falta en esta situación tan singular. Carecía de máquina de afeitar, pero no tenia inconveniente en dejarme crecer la barba. Por suerte, en mi mochila llevaba siempre unas tijeras pequeñas. Por lo menos, podría comer, atender a mi limpieza personal y cortarme las uñas.

Dormí mucho más de lo normal, casi diez horas. Al despertarme, observé que la puerta de la caja, o de la celda, si lo prefieren, estaba abierta. Antes de volver a recorrer los pasillos o de beneficiarme del retrete y sus notables propiedades de humectación, abrí la puerta del horno. Encontré otra bandeja, repleta del mismo puré de verduras.

Mi ropa estaba completamente seca, lo cual denotaba que el porcentaje de humedad era muy bajo, como ya había supuesto. Me dirigí a las duchas con sólo los calzoncillos, que se secarían en seguida en el caso de que se repitiera el proceso anterior. Afortunadamente, el tabique estaba abierto y así se mantuvo desde entonces, como tuve ocasión de comprobar. Esperé a que cayera el chaparrón y después me alejé de un salto, antes de que volviera a dispararse. Mi ropa de alpinista era muy resistente, pero tras aquel continuo lavado y secado, su aspecto era lamentable. Consideré innecesario ponerme las botas y me quedé descalzo, como un marinero después de un naufragio.

Enfilé el pasillo, sabiendo que más pronto o más tarde llegaría a la «catedral», calificativo que ya daba a la gran caja rectangular. Vi otra caja abierta, muy diferente de la mía y acaso también de la de Giselda Horne. Estaba a punto de entrar en ella cuando oí que una voz a mis espaldas decía con acento extranjero:

–¡Hola!

Di media vuelta y vi a un hindú que me pareció de mediana edad. Me miró con extraña fijeza durante unos treinta segundos. Después se apoyó en la pared. Sorprendido, le oí proseguir:



–No se trata del mareo. Me he asombrado al verle, señor, porque el año pasado asistí a una conferencia que dio en Bombay. Es usted el profesor Wycombe, ¿verdad?

–Es cierto que pronuncié una conferencia, en Bombay. ¿Estaba usted entre el auditorio?

–Si, pero no puede acordarse de mí; había mucha gente. Me llamo Daghri, señor.

Nos estrechamos las manos.

–¿Ha estado ya en la sala grande, señor?

–Si, muchas veces.

–¿Recientemente, señor?

–Ayer. Es decir, antes de quedarme dormido. Hará unas diez horas.

–Entonces advertirá usted un cambio.

Daghri y yo recorrimos apresuradamente los pasillos hasta que dimos con la catedral. Ahora centelleaban en las paredes innumerables puntos de luz, evidentemente estrellas. Su proyección sobre las superficies planas presentaba las naturales distorsiones, pero, en realidad, nos hallábamos ante una representación completa de la bóveda celeste.

–¿Qué significa esto, señor? –murmuró el hindú.

De momento, no intenté siquiera responder a tan critica pregunta. Interrogué a Daghri sobre las circunstancias de su llegada a aquel lugar. Me dijo que recordaba estar dando un paseo vespertino por el campo, en la India, su país natal, cuando de repente, con la rapidez del relámpago, se había encontrado en la habitación con aspecto de catedral. Fue como si hubiera llegado a una curva del camino y, unos pasos más allá, el campo hubiese desaparecido. Se encontró en el centro de esta habitación, más o menos en el punto exacto donde yo me había despertado.

Partiendo de la base de que tanto Daghri como yo estábamos cuerdos, sólo podía haber una explicación.

–Daghri, creo que nos hallamos en una enorme nave espacial. Esto que vemos en las paredes es la vista que se disfruta desde la nave. Podemos contemplar el espacio tal como lo ve el piloto.

–Mi única dificultad en aceptar este hecho, señor, es que no puedo encontrar el sol.

Yo señalé el rayo luminoso que entraba desde el pasillo.

–Creo que eso es lo que busca.

–¿Existe algún medio de cerciorarse de ello, señor?

–Es muy fácil. No tenemos más que sentarnos y esperar. El movimiento de la nave, si realmente estamos en una, producirá cambios en los objetos. Lo único que hemos de hacer es fijarnos en las cosas más brillantes.

Al cabo de media hora ya estábamos orientados; mirando en la dirección apropiada, era fácil distinguir la coordenada Tierra-Luna y el aparente movimiento de la primera. Una hora después reconocimos Venus y Marte.

Ya iba comprendiendo la dirección que llevábamos en nuestro viaje: nos dirigíamos hacia la constelación de Escorpión. También pudimos calcular la velocidad de la nave, que sobrepasaba las dos mil millas por hora.

Suponiendo que la nave aceleraba gradualmente, y guiándome por mi reloj, pude calcular incluso la aceleración.

Era casi la gravedad normal, sólo algo mayor, lo cual podía explicar la diferencia que yo había notado en las piernas desde el principio.

Mientras contemplábamos el espectáculo proyectado en las paredes de la catedral, los demás fueron llegando paulatinamente, uno tras otro, en un intervalo de unas cinco horas. El primero en aparecer fue un hombre de cabellos rubios y hombros estrechos. Se presentó como Bill Bailey, un carnicero de Rotherham, Yorkshire; quería saber dónde diablos estaba, si le darían huevos con tocino y quién era la chica medio desnuda que había visto en aquellas malditas duchas; no es que tuviera nada que objetar contra esto último: cuanto más desnuda fuera, mejor para él. Fue un discurso bastante coherente para un hombre que estaba tan asustado. Pese a que nunca simpaticé mucho con Bill Bailey, su interminable y procaz cháchara sirvió en los meses que siguieron para distraernos de la gravedad dé nuestra situación, por lo menos en lo que a mi concierne.

Entraron otros dos hombres y cuatro mujeres, nueve prisioneros en total. De entre los nueve, solamente dos se habían conocido antes, Giselda Horne y Ernst Schmidt, un industrial alemán. Este y el padre de la chica se dedicaban al mismo negocio, las conservas de carne.

Schmidt había visitado en ciertas ocasiones a la familia Horne en Chicago. El y Giselda se estaban bañando en la piscina de la casa cuando se produjo el «secuestro», como yo me complacía en llamarlo. Schmidt se encontró de repente en el centro de la catedral, con el traje de baño como única vestimenta. Giselda se sorprendió a sí misma en una de las cajas, envuelta en su bata.

A él le fastidiaba mucho encontrarse en traje de baño, pues era evidente que en aquel lugar no tendría oportunidad de conseguir una ropa adecuada. Puesto que no se nos permitía el mutuo contacto y que la temperatura de la nave era de veintiún grados, no existía, en realidad, un motivo lógico para usar vestidos. Sin embargo, yo comprendía el punto de vista de Schmidt. Le di el «anorak» de mi mochila, y, aunque la prenda junto con el traje de baño resultaba ridícula, se la puso muy satisfecho.

Jim McClay era un australiano alto y fornido, de unos treinta y cinco años, que se dedicaba a la cría de ovejas. Su secuestro tuvo lugar cuando recorría su granja al volante de un «Land Rover». También él se encontró de repente en el centro de la catedral. Como era de esperar, aquella experiencia le restó algo de su ecuanimidad habitual. Pero ya recobraría pronto la confianza en sí mismo; lo comprendí en cuanto observé su modo de mirar a Giselda Horne. La chica era una pareja ideal para el australiano: también ella era alta y de contextura fuerte.

Bill Bailey saludó a las cuatro mujeres, haciendo gala de su campechana verbosidad y se dirigió a Giselda Horne, que ya se había lavado la bata, sin rodeos:

–Quítatela, cariño, y ven aquí a refrescarte.

No hizo muchos progresos con Hattie Foulds, la esposa de un granjero del norte de Lancashire, a la que saludó diciendo:

–Entra, cariño, entra y siéntate a mi lado; verás qué bien te arrullo.

–¿Quién es este repugnante globo hinchado? –replicó al momento ella.

Sin embargo, desde el principio tuvimos la certeza de que Hattie Foulds y Bill Bailey estaban hechos el uno para el otro. Durante los días y semanas siguientes hicieron todos los esfuerzos imaginables para entrar en contacto físico, y pronto se convirtió en parte de nuestra existencia cotidiana el sonido de vómitos violentos procedentes de alguna de sus cajas. Las otras mujeres simulaban sentir repugnancia, pero yo sospecho que sus vidas hubieran sido muy aburridas allí sin estos incidentes sexo–gastronómicos. Bailey no cesaba de mencionar el tema.

–No puedes abrazarte sin que te entre el mareo –decía–, pero no hay más remedio que seguir intentándolo. Roma no se construyó en un día.

Las otras dos mujeres eran mucho más interesantes para mi. Una era inglesa, y yo recordaba haber visto su cara. Cuando le pregunté cómo se llamaba, contestó únicamente con su nombre de pila, Leonora Mary, pero dijo que la llamáramos como quisiéramos. El primer día apareció luciendo un abrigo de visón que le llegaba hasta los pies. Era más bien alta, esbelta, morena y, tenía la nariz y los labios muy hermosos. Bailey le dedicó un largo silbido y una frase:

–¿Te ha probado la ducha, muñeca?

Es decir, que era ella a quien Bailey había visto.

Seguramente la ducha la sorprendió del mismo modo que a mí. A falta de ropa seca, se cubría con el abrigo de visón.

La otra mujer era china. Llevaba un sencillo traje. Nos miró en silencio a todos, con expresión impasible. Su mirada imperiosa provocó a Bailey, que la interpeló así:

–¡Eh, mirad quién ha entrado! ¿Te han hecho ya el amor, preciosa?

Querían saber cosas de las estrellas, de los cálculos que habíamos hecho Daghri y yo sobre nuestro posible destino y muchos detalles más. A medida que pasaban los días, los planetas desfilaban lentamente por las paredes. Vimos desdibujarse los interiores, mientras Júpiter apenas se movía. Pero, después de tres semanas, incluso Júpiter se fue desvaneciendo. La nave estaba abandonando el sistema solar.

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