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Santa eulalia


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CINE

De La Habana ha venido un barco...

Çel cine iberoamericano entra triunfalmente en la modernidad
MARY G.

SANTA EULALIA



Una media docena de títulos ha despertado una gran curiosidad en España propiciando el estreno de películas de países desde Chile a Méjico. El entusiasmo suscitado por "La estrategia del caracol", "El mariachi", "Guantanamera", y otros miembros de la misma cofradía, del mínimo equipaje argumental y algunos más complejos y dramáticos ("Como agua para chocolate" y "Fresa y chocolate"), ha puesto en candelero la cinematografía nacida entre el cabo de Hornos y Tijuana. Para más concreción, el área de habla española y Brasil, en el Nuevo Continente. Paulatinamente han irrumpido en la arena directores colombianos, argentinos, mejicanos, chicanos, bolivianos, etc., despertando un común interés, principalmente, por la modernidad de sus propuestas y la frescura de sus tomas y expresión. Asoman con un rostro que desconocíamos. Los más innovadores han retirado a sus desvanes al "charro", al cantor de tangos, al gaucho, al mestizo indolente y cualquier estereotipo del género.
Recomendación boca-a-boca
Lo extraño del suceso es que el inesperado éxito no se ha alcanzado mediante campañas publicitarias hábilmente urdidas y ejecutadas. No. Es fruto de genuina admiración colectiva, comunicada por vía oral. En realidad, en el punto de partida, estuvo la confianza depositada en cada película por su distribuidor o exhibidor o por ambos —uno después de otro—. Por ejemplo, "Como agua para chocolate", del mejicano Alfonso Arau, basada en la novela homónima escrita por su esposa, Laura Esquivel (un bestseller previo a la versión fílmica) fue distribuida aquí por Lauren Films y, contra todo pronóstico —ya que nadie la quería estrenar, según declaración de Antonio Llorens— se convirtió en la cinta hispanoamericana más taquillera de España, entre 1992/94. Hizo una recaudación de 524.640.116 pesetas. Muy poca gente acudía a los primeros pases. Sólo la certeza de su excelente calidad, permitió que se mantuviera fija en cartelera, más días de los aconsejados por un empresario de tipo convencional. En esa espera, ocurrió el fenómeno: actuó la recomendación boca-a-boca y la suma de muchos comentarios favorables cuajó en una aprobación general que, por otro lado, coincidió en otros lugares. En Estados Unidos, parece que batió el récord en la historia del cine en lengua castellana, con 19 millones de dólares, en taquilla, y el mérito añadido de registrarse como la pieza extranjera más vista hasta hoy.

Al amparo de esta coyuntura, han menudeado en Madrid los estrenos de cintas iberoamericanas, en las últimas temporadas: "El callejón de los Milagros", de Jorge Fons; "Sicario", de José Novoa; "La ley de la frontera", y "Un lugar en el mundo", de Adolfo Aristarain; "El lado oculto del corazón" y "No te mueras sin decirme dónde vas", de Eliseo Subiela; "Cronos", de Guillermo del Toro; "La Frontera", de Ricardo Larrain; "La reina de la noche" y "La mujer del puerto", de Arturo Ripstein; "Caballos salvajes", de Marcelo Piñeyro; "Abierto hasta el amanecer" y "Desperado", de Robert Rodríguez; "Águilas no cazan moscas", de Sergio Cabrera; "Joñas y la ballena rosa", de Juan Carlos Valdivia, etc.


De padres conocidos


Pecaría de ignorancia quien negara la existencia, antaño, de parientes y, por tanto, de árbol genealógico de este cine, en la zona dicha. Donde lo hubo, de envergadura y altamente cualificado. Igual error se cometería pensando que no queda memoria de él en España, desde la primera película de aquella procedencia —mejicana, por más señas— "La Llorona", de Ramón Peón, que cruzó el Atlántico para exhibirse, en Madrid, en el entonces modernísimo Palacio de la Prensa, en 1933, a los cinco años de su inauguración. De entonces acá, muchas bobinas de celuloide impresionadas, fundamentalmente, en estudios mejicanos, argentinos, chilenos y brasileños se han proyectado en nuestras salas con altibajos.

Hubo épocas de hartura y épocas de vacas flacas, dependientes tanto de la estimación del material en sí, como de conflictos de orden político, financiero o social internos, en los respectivos países, o de dificultades en las contrataciones de distribución.


"La muralla verde", del peruano Armando Robles Godoy, sólo se proyectó en el Aula de Cine del Ateneo de Madrid, salvo error, y muchas otras cintas no es factible verlas más que en las programaciones de la Casa de América.

Pese a esta precariedad reinante, probablemente no le hayan faltado al cinefilo español las obras más significativas del cine iberoamericano.
En todo caso, dejaron huellas imperecederas series de imágenes que funden la lírica indigenista de Emilio Fernández, a quien gustaba que le llamaran "Indio" Fernández ("Flor Silvestre", "María Candelaria") con el regocijante, aunque vacío, parloteo del original Mario Moreno, "Cantinflas" ("Ahí está el detalle"), la solvencia intelectual de Leopoldo Torre Nilsson ("Fin de fiesta"), la observación crítica de las desigualdades y los fallos de las relaciones en la comunidad humana, de Miguel Littin, Ruy Guerra, Gonzalo Justiniano ("Las actas de marusia", "Los fusiles", "Los hijos de la guerra fría") y la barroca y arrebatadora imaginería del "sertao", bronco y polvoriento, inspirador de Glauber Rocha ("Antonio das Mortes"), además de muchos otros elementos sobre los que no podemos detenernos, por exceso de abundancia, que constituyen una renta de crédito y la garantía de que la cosecha presente no ha brotado por generación espontánea. En última instancia, proporcionan un "curriculum" continental apto para publicar con orgullo.

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rofeta en su pueblo

Complementando la extraordinaria sensación provocada en el espectador anónimo, los activos cineastas del otro lado del charco, van coleccionando plácemes de parte de sus colegas y autoridades del ramo. La concesión del Osear, por primera vez, a una película del Cono Sur, "La historia oficial", del argentino Luis Puenzo, en 1986, contribuiría a darle un espaldarazo de universalidad a una producción un tanto marginada, aunque valiosa en casos puntuales como los antedichos— y que acopiaba galardones y homenajes en los certámenes internacionales. Fernando Pino Solanas, también argentino, se alzaba con el título de "mejor director", en Cannes-88, por "Sur". San Sebastián-92 premiaba, con la Concha de Oro, a "Un lugar en el mundo", de Adolfo Aristarain.

Arturo Ripstein, mejicano, recibía la Concha de Oro, en la edición del 93 del Festival de San Sebastián, por su "Principio y fin", asimismo distinguido con el primer premio Coral del Festival de La Habana-95. "El Callejón de los Milagros", del mejicano Jorge Fons, obtuvo mención especial del jurado del Festival de Berlín-95. "Fresa y chocolate" ganó el Oso de Plata del Festival de Berlín, el Goya de la Academia del Cine Español, y la nominación al Osear como "mejor película extranjera", para satisfacción de sus coautores, los cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. En cuanto a los actores y actrices, varios de ellos

han sido nominados como candidatos al Osear: Olmos, Pérez, García, etc.

En la linde de los "80" a los "90" y en los primeros años de la presente década se acumulan previsiones halagüeñas, como la buena tendencia del público que puede convertirse en un mayor respaldo, cara al mañana, para las obras de esas nacionalidades, eventualmente, observadas con cierto recelo o duda. Lo cual es un síntoma de esperanza, insisto, si se tiene en cuenta la fase de desdenes hacia este espectáculo que acusan sus protectores y agobian al sector.



Compitiendo en campo ajeno
Añádase a esa columna de influencias favorables, la llegada a la Meca del Cine, el dorado Hollywood, de profesionales oriundos o nacidos en las vecinas repúblicas que compiten intensivamente con directores, intérpretes, técnicos, guionistas, productores, músicos nativos, como, verbigracia, sucede con el realizador mejicano Alfonso Arau; el chicano, Robert Rodríguez, el asimismo director y actor chicano Edward James Olmos; el actor cubano, Andy García; Emilio Estévez y su familia: Martin y Charlie Sheen; el colombiano, John Leguizamo; el prestigioso, y ya desaparecido, Raúl Julia; la actriz puertorriqueña, Rosie Pérez; la mejicana, Salma Hayek; la guatemalteca, Daphne Zúñiga, entre las celebridades del momento más destacadas.

Un aspecto relevante en este fenómeno diría que se refiere al papel que se les reparte. En otro tiempo, también se advertía la presencia de extranjeros en los "platos" holliwoodienses, pero con una condición casi inevitable, que eran absorbidos por su nacionalidad. A Charles Boyer, por caso, se le contrataba por francés, y a Leslie Howard, por británico, para que hicieran de ídem. Anthony Quinn pervivió, durante muchos largometrajes, en la piel del mejicano con la que vino al mundo y solamente su versatilidad y su longevidad le han preservado de morir tal cual. Por no citar a Rodolfo Valentino, el máximo símbolo de varón latino.

En los tiempos que corren, esa exigencia o rutina decae. Véase, a modo de ilustración confirmante, la carrera de Andrés Arturo García Menéndez, nacido en La Habana, en 1956, y exiliado de niño a Estados Unidos, donde, con tenacidad, vocación y estudio, se ha labrado un nombre, Andy García, el cual le sitúa al nivel de los más famosos representantes del firmamento cinematográfico, como Sean Connery, Al Pacino, Meg Ryan, John Malkovich, Dustin Hoffman, Geena Davis y bajo las órdenes de realizadores ilustres, como Sidney Lumet, Kenneth Branagh, Hal Ashby, Brian de Palma, Stephen Frears, Francis Ford Coppola, Ridle Scott o Andrew Davis, etc., sin que se le encasille permanentemente por su cabello moreno. Desde 1983 ha encarnado figuras diferentes, para no sentirse engullido por el policía o mafioso eterno, aunque fue en un secundario de "El Padrino III" donde le seleccionaron para la nominación a un Osear. "Los intocables de Elliot Ness", "Black Rain", "Héroe por accidente", "Cuando un hombre ama a una mujer", entre otros proyectos, contaron con él. Lo que prueba que se la ha admitido en el oficio, sin cortapisas. Otras películas anunciadas, que protagoniza, incluyen su interpretación de García Lorca, en "La sangre de un poeta", que ha dirigido este mismo año de 1996, Marcos Zurinaga.

Por otra parte, también aspira a dirigir personalmene y ha puesto manos a la tarea en un largometraje «Cachao... como su ritmo no hay dos", donde rinde homenaje al compositor cubano, Israel "Cachao" López, creador del mambo e intérprete de bajo.




Yo canto opinando
José Hernández pone en labios de Martín Fierro estos versos:” Yo he conocido cantores que era un gusto escuchar; mas no quieren opinar y se divierten cantando; pero yo canto opinando que es mi modo de cantar".

Justamente, bastantes de los realizadores contemporáneos latinoamericanos o iberoamericanos —como se prefiera— hacen cine exponiendo su pensamiento. Esa es una de sus peculiaridades, por la que algunos rechazan la integración en producciones ajenas. Se temen que, en la operación, se les van a cobrar las ventajas que obtengan, en pérdidas de sus señas de identidad, de su autonomía y de sus herencias raciales y artísticas, algo equivalente a una ruptura con las raíces patrias. Se trata de realizadores celosos de sus tradiciones locales, de su ética, de la pureza de sus intenciones, no contaminadas por ninguna sombra de mercantilismo exterior (En Méjico se ha hecho proverbial aquello de "Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos", con connotaciones de un peligro latente que esconde el imperio del dinero).

El mejicano Paul Leduc ("Frida, naturaleza viva"), portavoz de esta postura, condena la emigración de sus compañeros: "Muchos están planeando irse a los Estados Unidos y a mí no me parece una salida porque seguirán haciendo cine, pero norteamericano".

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ntre los que se han atrevido a intentar la suerte de trabajar al norte de Río Grande, se encuentran: Arau; el chicano Robert Rodríguez ("El mariachi", exquisito "corto", al que le prolongaron el metraje, para su mal; no puede disimular que el añadido le estorba); el asimismo chicano, actor y director, E.J. Olmos, militante de la solidaridad hacia sus compatriotas y defensor de los chicos de la calle ("American me"); la actriz Rosie Pérez ("Haz lo que debas"), y, entre otras colegas, Salma Hayek ("Abierto hasta al amanecer").

En cífrente del dólar


Aunque se discute su determinación, se están afianzando en sus trabajos, escalando categorías y ganando reconocimiento, hasta con alarde. Se les supondría representar un hispano o latino "power".
Para quienes apuestan por instalarse en la industria de USA, más desarrollada que el resto, las opciones son: dejarse arrastrar por la marea o plantar sus banderas y hacerle frente. Entiéndase: ir a la deriva o enviar su mensaje. Porque, con las excepciones de rigor, los cineastas de habla castellana, asumen la fórmula de Martín Fierro, "cantan opinando". Usan un tono de poetas de la sencillez, más volcados en el contenido profundo de los temas que en la manera o las técnicas de elaborarlos (alguien les censura una cierta falta de formación, de especialización). Cultivan el melodrama. Se estima su romanticismo, su individualismo, su capacidad de fantasía, de humanismo y ternura. Entre las corrientes o escuelas habidas en la historia de la cinematografía han preferido la del neorrealismo italiano. Arau, escogió "Quattro passi tra le nuvole" de Alessandro Blasetti, para su "remake" "Un paseo por las nubes" ("A walk in the clouds"), por si no bastara la contemplación de los filmes propios con su inclinación hacia los más débiles, los que no detentan poder alguno, el ciudadano medio y, en fin, sus películas de bajo coste. Que conste que no son necesariamente las peores, corno a menudo podemos confirmar. El escritor mejicano Carlos Monsivais, en referencia a este cine, lo explica de este modo: "Las condiciones de producción y la improvisación extrema obligan a América Latina a un cine pobre donde la necesidad es virtud que prodiga sinceridad y espontaneidad".

La marca hispánica (mágica)

La aventura de estos profesionales tan dignos y resueltos podría entenderse como el botón o tecla que hay que presionar en el ordenador de la producción cinematográfica mundial, para que sea propulsada hacia arriba esta constelación de artistas ambiciosos y desafiantes, a quienes —descontados los brasileños—, en Estados Unidos, llaman "hispanos". Lo cual es un honor para España, aun cuando al hacerlo se les despoja del carácter americano, que también les corresponde. Como si los estadounidenses quisieran reservárselo en exclusiva.

A los españoles nos enaltece porque resalta el factor del idioma sobre el geográfico. Y, por añadidura, porque, a la larga, los hispanos responderán como legados, portadores y dispensadores de la cultura suya y nuestra. Andy García —ya lo he anticipado— ha devuelto a la vida, en la ficción de un telefilm, a Federico García Lorca, pero, además, en la más reciente de sus películas, "Días de fortuna", inserta una secuencia, una joya, que apoya mi teoría.

Su personaje, Rubén, está al borde del mayor desánimo. Quería librar su rancho de una tribu de especuladores insaciables, pero todo se le pone en contra. Paso a paso le va flaqueando la voluntad. Siente la tentación de arrojar la toalla. En ese instante, se le aparecen dos caballeros. El uno enjuto y tieso, jinete sobre flaco rocín; el otro, rechoncho y plácido, sobre una muía. El primero, adarga y lanza en ristre, le insta a continuar luchando por su ideal. La inesperada voz de estímulo, levanta su moral. La literaria estampa de Don Quijote y Sancho que, pocos más que un cubano, podían incorporar a una trama del siglo XX, ilustra cómo este grupo de cineastas enriquecería el medio en que se desenvuelve. Independientemente de que el guiño, por imaginativo e insólito, resulta divertido. Una especie de marca hispánica mágica.





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