Página principal

San alexander briant


Descargar 68.44 Kb.
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño68.44 Kb.



SAN ALEXANDER BRIANT

Jaime Correa Castelblanco S.J.

Nihil Obstat

Imprimi Potest

Guillermo Marshall Silva, S.J.

Provincial de la Compañía de Jesús en Chile

Santiago, 14 de julio de 1994

Imprimatur

Sergio Valech Aldunate

Vicario General de Santiago de Chile

Santiago, 11 de agosto de 1994

Presentación

Esta vida de San Alexander Briant es la séptima de una serie dedicada a los Santos de la Compañía de Jesús.
San Alexander Briant es el más joven de los diez santos jesuitas ingleses. Todos dieron la vida durante la larga persecución conocida como la Reforma de Inglaterra. Otros dieciocho jesuitas son venerados en los altares como Bienaventurados.
La Compañía de Jesús tiene un entrañable cariño y devoción a San Alexander Briant, porque en él ha visto siempre la encarnación del deseo de San Ignacio: los jesuitas son un grupo de amigos en el Señor.
San Alexander Briant.

San Alexander Briant es el más joven de los mártires ingleses de la Compañía de Jesús. La crueldad a que es sometido y su extraordinaria valentía ante los sufrimientos lo hacen aparecer como un gigante. Se distingue por la fidelidad y amor profundo a los compañeros religiosos. Su natural simpatía, juventud y las muestras de amistad lo hacen especialmente atrayente.

Niñez y juventud.
Alexander nace alrededor del año 1556 en Somersetshire, en Inglaterra. Pertenece a una acaudalada familia de terratenientes.

Por cierto, es casi un niño en el reinado de María Tudor. No interviene para nada en las tentativas de restauración de la fe católica. Antes de alcanzar Alexander el uso de razón, Isabel está ya en el trono de Inglaterra.

Alexander parece haber vivido, desde sus primeros años en una atmósfera católica. Pero no es seguro.

Los estudios de Oxford.

En 1574, a la edad de diecisiete o dieciocho años, es enviado por sus padres a Hart Hall (hoy Hertford College), en Oxford, a iniciar los estudios universitarios. En unos informes del Hart Hall se describe a Alexander como un muchacho caballero y de gran simpatía.

Con gusto Alexander asiste a los diversos cursos. Entre otros sigue los de Roberto Persons, profesor entonces en el colegio de Balliol, en la misma universidad. "Fue mi alumno y mi pupilo, en Oxford", escribirá más tarde el célebre jesuita Persons.

Regreso a la fe católica.

Gracias a la influencia espiritual de Philip Roundell, el Principal de Hart Hall, Alexander confirma su fe católica y promete reconciliarse con la Iglesia que, en la práctica, ha abandonado en la Universidad.

Richard Holtby, su tutor, lo ayuda en el discernimiento vocacional. A los tres años de vida universitaria responde, decidido, a la gracia de Dios. Determina ir al exilio, al continente, con la idea de ser sacerdote y servir después a la Iglesia de Inglaterra.

En el Continente.


En agosto de 1577 cruza el Canal de la Mancha. En el Colegio Inglés de Douai, en Flandes, se reconcilia formalmente con la Iglesia católica. El doctor Sir William Allen lo acepta como alumno de teología. La ciudad de Douai pertenece hoy a Francia.

El Colegio inglés de Douai.


Este Colegio de Douai, en Flandes, fue toda una institución para la restauración del catolicismo en Inglaterra. Fue fundado, en 1568, por Sir William Allen. La ciudad de Douai pertenece hoy a Francia.

Al producirse los primeros cambios religiosos en el reinado de Isabel, Sir William decidió abandonar Oxford . En Lovaina se ordenó de sacerdote. Desde entonces vive con la mente en la patria. Fundó el Colegio a los 36 años.

Inglaterra sufre mucho. Enrique VIII la separó de Roma, en 1534, al fracasar su matrimonio con Catalina de Aragón y al no permitirle el Papa la unión con Ana Bolena. De esa época son los martirios del Arzobispo San John Fischer y del canciller del reino, Santo Tomás Moro. También, otros. Hubo una fuerte persecución. Sir William Allen no ha nacido.

El niño Eduardo VI, de formación protestante, manejado por los grandes, continuó la Reforma de su padre. Las esperanzas de los católicos están ahora en María Tudor, hermana y heredera. Tal vez el rey muera, tan escasa es su salud. Sir William es un pequeño adolescente católico. No interviene para nada.

María, la hija de Catalina subió al trono en 1553. Todo parece volver a los principios católicos. Se restaura la fe antigua, a veces con demasiada fuerza. El matrimonio de la Reina María con Felipe, heredero de España puede asegurar la sucesión. De todos modos, Isabel, la heredera, hija de Ana Bolena, se ha declarado por la antigua fe católica. Sir William Allen tiene entonces 20 años. Participa entusiasta en la restauración.

Al subir Isabel, en 1558, todo cambió. La Reina abandona la fe católica y se decide continuar la reforma de su padre. Entonces Sir William Allen, desfraudado, se exilia voluntariamente. Habrá que prepararse para tiempos mejores. En el continente organizará la reconquista.

La principal tarea del Colegio de Douai consiste en la visita y la agrupación de los ya numerosos ingleses que, como Allen, han abandonado a Inglaterra y viven muy diseminados en los países de Europa. En su Colegio, Sir William quiere dar formación católica y preparar sacerdotes que puedan predicar, algún día, la fe en la patria.

Unos años más tarde, Sir William Allen, cardenal de la Iglesia, fundará otro Colegio similar en Reims y, después, el célebre Colegio Inglés de Roma.

Todos los años se ordenan en Douai unos 20 sacerdotes. Y una buena parte ya está en Inglaterra. Con entusiasmo, están dispuestos a dar la vida. Con alegría y prudencia.

Ordenación sacerdotal.

San Alexander Briant recibe la ordenación sacerdotal el 29 de marzo de 1579, en Cambrai, Francia.

Sus primeros ministerios sacerdotales los ejercita en la ciudad de Reims, adonde ha sido trasladada una parte del Colegio de Douai. En especial atiende a los ingleses, que por la fe y el comercio han dejado la patria. Su amabilidad atrae a muchos a la fe católica. Para todos es excelente teólogo y predicador.

Regreso a Inglaterra.

El 3 de agosto de 1579, Alexander Briant decide regresar a Inglaterra. Con un buen disfraz puede llegar hasta Somersetshire.

En su ciudad natal trabaja con incansable celo reconciliando a muchos con la fe de Roma. Entre éstos, tiene el consuelo de hacer volver a la Iglesia al padre del ahora jesuita Robert Persons, su antiguo profesor en Oxford.

Ejerce los ministerios sacerdotales durante dos años, sin mayores molestias. Su familia es querida y existe un tácito acuerdo para no delatarlo.

Reencuentro con el P. Persons.

En abril de 1581, San Alexander Briant decide viajar a Londres. Hay rumores, cada día más seguros, acerca del regreso a Inglaterra de su amigo, el P. Roberto Persons. Desea contactarse con él. Hay mucho de qué hablar. Además podrá darle noticias de su anciano padre.

El reencuentro de los dos sacerdotes es emocionante. Hablan mucho, de la Iglesia, de los amigos, de la Compañía de Jesús que llega a Inglaterra. Hacen planes. El contacto con el P. Edmundo Campion, quien viene y sale constantemente, lo llena de admiración. ¡Qué bueno sería ser como él!. En Inglaterra debería haber mil Campions.

San Alexander, a invitación del P. Persons, se queda a vivir con él en su casa, cerca de la iglesia de San Bride, en Strand. Colabora, acompaña alguna vez al P. Campion. Distribuye libros y vigila la imprenta clandestina. Así Alexander empieza a conocer de cerca la vida comunitaria de los jesuitas. Están en dispersión, es cierto, y es muy peligroso vivir con ellos. El P. Robert Persons es el Superior de la comunidad. Las autoridades inglesas lo saben y lo buscan, afanosamente. Alexander decide correr el riesgo. Es su vida la que está en juego. El quiere hacer, tranquilo, su discernimiento vocacional.

Detención.
El 28 de abril de 1581, por informes de un espía, los cazadores de sacerdotes católicos ubican el domicilio del P. Robert Persons. Vienen a arrestarlo.

Registran la casa. No lo encuentran, por estar él ausente, debido a sus ministerios.

En el registro dan con San Alexander. No lo buscan a él, pero quedan contentos con su caza. Le preguntan quién es, qué hace en esa casa, qué relación tiene con Persons.

Alexander puede dar una respuesta evasiva, tal vez inteligente, para muchos. Pero la trasparencia natural de su personalidad no le permite ese camino tan legítimo.

Alexander calla, no responde. Ese silencio lo lleva a la prisión.

Prisión.
San Alexander es llevado a la cárcel de Counter, lugar de muy triste reputación. Allí es mantenido en estricta incomunicación. Los verdugos están furiosos, porque no quiere hablar. Lo tildan de obstinado. Especialmente se ensañan, porque Alexander no reclama, no grita, y mira tranquilo con sus ojos azules.

En Counter Alexander casi muere de hambre. Así, literalmente. Permanece seis días sin alimentos y con muy escasa bebida. ¿Qué quieren?. Por supuesto, obligarlo a hablar. Sólo uno de los carceleros pareció tener piedad. Conmovido al verlo tan mal, le da un queso duro, medio pan añejo y un vaso de cerveza.

Ninguna otra cosa en seis días. Sediento, trata infructuosamente de recoger con su sombrero las gotas de lluvia que caen por las grietas de la prisión. San Alexander debe contentarse con lamer el suelo y las paredes.

En la Torre de Londres.

Al sexto día, primero después de la Fiesta de la Ascensión, es trasladado a la Torre de Londres, donde hay mejores instrumentos de tortura. Llega allí casi muerto de sed y tan débil que no puede mantenerse en pie.

A pesar de su miserable condición, le ponen pesadas cadenas. Quebrantado e imposibilitado, es obligado a permanecer de rodillas. Humildemente, con casi una sonrisa de ruego, pide al carcelero le permita conservar el trozo de queso que le queda.

Primeros interrogatorios.

La orden del Consejo de la Reina es clara y es seguida puntualmente en la Torre. En ella se autoriza el empleo de torturas para obtener las respuestas que se necesitan.

Las preguntas son concretas. Se le pregunta acerca de su misión en Inglaterra y qué relación tiene él con la expedición que pretende restablecer el catolicismo en Irlanda. Debe decir el número y los nombres de todos los reconciliados por él con la Iglesia romana. Especialmente debe hablar sobre su relación con el P. Robert Persons, dónde dice él la Misa habitualmente, quién lo ayuda, quiénes se confiesan con Persons.

No queda registro alguno de las respuestas de Alexander Briant, ni siquiera consta de que haya contestado. Solamente se conserva una corta narración, en los Archivos de la Provincia inglesa de la Compañía de Jesús.

Respecto a la autoridad del Papa para deponer a la reina Isabel, la narración dice:



"El dijo que con agrado reconocía a la reina Isabel como a su soberana. Pero, agregó, que él no podía decir nada más. No contestó si lo es legalmente, o que deba serlo. Tampoco respondió si debería ser obedecida por él, si el Papa declarara o dijera lo contrario. Alexander dijo que esa pregunta era muy profunda y que él no estaba en condiciones de contestarla. Dijo, eso sí, que no sabía si el Papa tenía autoridad para prohibirle la obediencia a la reina".

Sin duda, en la respuesta de San Alexander Briant, están presentes las recomendaciones dadas por Sir William Allen en el Colegio de Douai. Ningún sacerdote inglés debe intervenir en asuntos políticos. Les queda especialmente prohibido hablar, o dar clases sobre la Bula de excomunión a la Reina Isabel. No deben discutir acerca de la autoridad del Papa en orden a deponer a los gobernantes.

Alexander Briant fue enfático en negarse a contestar acerca de sus relaciones con el P. Robert Persons. Para obligarlo a la delación, los verdugos deciden torturarlo.

Torturas.


Primero le hincan agujas entre las uñas. Esta tortura no está en la costumbre inglesa, y parece haber sido el único caso, el de Alexander, en que se ejecuta.

Alexander, valiente, guarda silencio. No dice una palabra. Sólo recita el Miserere, que sabe de memoria. Pide por sí mismo y por sus verdugos. No hay gritos. Sí, las lágrimas corren por las mejillas. Pero está entero, inconmovible.

El mismo Dr. Hammond, presente en los tormentos, exclama:

"¡Qué terrible!. Este hombre tiene que estar muy firme en su religión, para no ceder. Evidentemente esto es un milagro, pero un milagro de la pertinacia de este sacerdote papista. Cualquier otro, con estos tormentos habría confesado todo, los hechos, sus relaciones, y aún los pensamientos más profundos. No quiero que nadie esté presente aquí, a no ser que sea muy sólido en la fe de Inglaterra".

En el calabozo.

Terminada la sesión de tortura, Alexander fue llevado a un sucio calabozo subterráneo. Allí permanece ocho días, solo y en absoluta obscuridad. Pero lejos de quebrarse, se mantiene firme y resuelto.

Al final, lo arrastran fuera y le preguntan una vez más. Pero Alexander no responde. Nada dice acerca del P. Robert Persons, ni dónde vive, ni dónde está su imprenta. Tampoco acerca de los libros que Persons ha distribuido.

La tortura del potro.

De inmediato es sometido al tormento del potro. Uno a uno le son descoyuntados los miembros. Tendido y desnudo, en la mesa de torturas, le atan las manos y los pies. Las cuerdas son tiradas por un torniquete.

El P. Robert Persons afirmará, más tarde, que Alexander Briant, en el potro, durante tres horas sufrió también la incrustación de agujas bajo las uñas de las manos y los pies. ¿Confunde el P. Persons con las primeras torturas?.

Norton, el verdugo cojo, mientras tira las cuerdas le dice con ira: "Te dejaré una pierna más larga que la otra; en peores condiciones de lo que Dios hizo conmigo. Díme dónde está Persons".

San Alexander, con un rictus de sonrisa, le contesta: "¿Eso es todo lo que puedes hacer?. Si tus potros no son otra cosa, trae otros cien más, porque yo seré capaz de sufrir tormentos mil veces más duros por la Fe católica".

El cansancio de la larga sesión de torturas llega primero a los verdugos. San Alexander vuelve al calabozo para ser traido nuevamente al día siguiente.

Un testimonio impresionante

En una carta escrita, después, a los jesuitas, San Alexander atestiguó:



"Tan pronto como empezó a torturarme yo me uní muy firmemente a los sufrimientos de Cristo. De inmediato me sumergí en El, y no sentí dolor. Pero cuando la tortura terminó, me sentí morir".

De nuevo a las torturas.

Cuando Alexander vuelve, al día siguiente, a la sala de tortura, su aspecto es deplorable. El quebranto es total, los sentidos parecen muertos y la sangre que cubre sus heridas está coagulada.

Y, sin embargo, esta vez Alexander es torturado con mayor dureza. El mártir cree, así lo dirá después, que lo van a despedazar. Se desmaya. Los verdugos le arrojan agua fría y aprietan más el torniquete de las cuerdas.

Pero Alexander no cede. El mismo Norton, el cojo, atestiguará que los tormentos de Alexander fueron los más duros de todos los impartidos en la Torre. Los otros verdugos dijeron que había sido asistido por el demonio. El obispo Challoner, anglicano, comparó este martirio con el de los mártires de la Iglesia primitiva.

En el climax de la tortura, Norton le grita:



"¿La Reina, es la Cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, sí o no?".

Alexander contesta:



"Yo soy católico y creo lo que todos los católicos creen".

Norton vuelve a gritar: "¡Ellos dicen que es el Papa!".



"Yo también lo digo", replica Alexander, de inmediato.

El capitán de la Torre lo abofetea en la cara.

Después los verdugos, cansados, deciden terminar la sesión. Lo dejan en el potro, tendido como un cadáver, toda la noche.

En el calabozo Pit

Al día siguiente Alexander es llevado a Walesbourne. Permanece dos semanas en un obscuro calabozo, el trístemente célebre Pit, a cinco metros bajo tierra. Solo y desnudo.

Poco después es sometido al tormento llamado la Hija del Buitre. Consiste en un aro de hierro, dividido en dos mitades unidas por una bisagra. El prisionero debe arrodillarse y contraerse lo más posible. El verdugo le coloca una parte del aro bajo las piernas, le hunde la cabeza entre las rodillas y aprieta la segunda parte del aro sobre los hombros. La fuerte presión hace brotar sangre por la boca, la nariz y las extremidades. La sesión dura una hora y media.


La gran decisión de Alexander.

En los días de prisión San Alexander tiene tiempo para orar mucho y terminar el discernimiento de su vida. Cree que no debe esperar más. Ahora es urgente.

Hace dos años hizo voto de entrar en la Compañía de Jesús. Lo ha diferido con mil pretextos. La principal excusa han sido los ministerios sacerdotales. En la cárcel de Counter prometió darle cumplimiento, pero apenas quede en libertad. Y, ahora, sin embargo cree, que jamás será liberado. Debe decidirse.

El P. Robert Persons afirma que en los interrogatorios al mártir Edmundo Campion, por intermediarios católicos, se pudo hacer llegar papel e intrumentos a San Alexander Briant.

Alexander escribe una carta al P. Robert Persons. En ella pide formalmente ser contado en el número de los jesuitas. En esa carta dice que su discernimiento comenzó en el Colegio de Douai. Que su decisión la ha ofrecido, con voto, al Señor. Que su determinación es el mayor honor que puede dar a Dios y la Iglesia. Y que además, así asegura su eterna salvación. Promete obediencia a los Superiores de la Compañía, presentes y futuros. Cumplirá fielmente las Constituciones. Con humildad suplica ser aceptado.

Ingreso a la Compañía de Jesús.

Muy gozoso, el P. Roberto Persons, el Superior de la Compañía de Jesús en Inglaterra, lo acepta y le permite hacer los Votos en la prisión.

Con las mismas personas que sirven de intermediarios, Persons provee a San Alexander los medios para que en la prisión pueda celebrar la santa Misa.

La Compañía de Jesús conserva con veneración, hoy, el corporal de lino, con las cuatro cruces en sus extremos, usado por San Alexander.

Los Votos en la Compañía de Jesús.
Al hacer los votos en la Compañía, San Alexander, con sus manos, talla un pequeño crucifijo para recordarlos siempre. Lo cuelga al cuello y jamás permite que alguien se lo quite. ¿Recuerda a San Francisco Javier que llevaba las firmas de Ignacio y de los primeros compañeros en un saquito colgado también al cuello?.

La oración es ante ese Cristo. La Misa, él la preside. Alexander se siente en cruz, por los votos y por el martirio. Contento con su suerte, está tranquilo.

Ante los tribunales.
El 15 de noviembre de 1581, es llevado desde la Torre a Westminster Hall. San Alexander entra, junto a otros seis sacerdotes. Se les acusa de alta traición, lo cual es negado por ellos, inútilmente. Este es el primer juicio. Todos saben que es una costumbre y nada puede hacerse.

El 21 de noviembre, para cumplir las formalidades, de nuevo debe presentarse en la Corte. Ese día tiene el consuelo de estar junto a San Edmundo Campion.

En esta segunda audiencia es acusado de haber tomado parte, en Roma y en Reims, de una conspiración para asesinar a la Reina Isabel. San Alexander dice que él ni siquiera conoce Roma, ni de vista, menos puede haber vivido en ella. En Reims, dice haber vivido. Pero afirma que dejó la ciudad ocho meses antes de la fecha indicada en la acusación y que jamás ha vuelto a ella.

La cruz de madera.

San Alexander lleva en las manos su pequeño crucifijo de madera, con la imagen de Cristo dibujada al carbón. En la víspera también, ha recortado en la mejor forma posible la tonsura de su cabeza, pues quiere demostrar que no se avergüenza de su consagración a Dios.

Un Ministro protestante pretende que deje a un lado el crucifijo de los votos. San Alexander le dice, con firmeza:



"No lo haré, porque soy un soldado de la cruz. No voy abandonarlo, hasta morir".

Furioso, otro ministro se lo quita de las manos. Alexander entonces, por primera vez, grita:



"Tú puedes quitarme la cruz, pero jamás podrás sacarla de mi corazón. Yo derramaré mi sangre por El. Cristo lo hizo por mí en el Calvario".

La condena a muerte.

En el tribunal, a igual que San Edmundo Campion, a igual que todos, es condenado a la pena de muerte, por traidor.

En una carta, fechada el 21 de diciembre de 1581, el P. Roberto Persons señala algunos detalles de esta condenación. Se le acusó de haber conspirado con el Papa, el rey de España y el duque de Florencia y de favorecer la invasión a Inglaterra.

Entonces, Alexander, en el tribunal, hace una corta profesión de fe católica. Manifiesta a todos su inocencia acerca de los cargos en contra de la reina.

"Jamás pretendí, dice, ofender a mi reina, ni con obras, palabras, ni siquiera con el pensamiento".

La asamblea se conmueve con su declaración, tan sencilla y trasparente. Especialmente cuando dice que se siente feliz de haber sido aceptado por Dios para morir por la Fe católica como su amigo el P. Edmundo Campion a quien reverencia con todo el corazón.

San Alexander afirma también, que es su amor a la Compañía de Jesús la principal causa de su muerte. Por el bien de la Iglesia no ha querido revelar, a pesar de las torturas, las actividades de sus hermanos.

"Deben regresar a la cárcel desde donde fueron traídos. Allí deben permanecer hasta ser llevados al lugar del suplicio. Serán ahorcados. Se les bajará con vida de la horca. Se les arrancarán las entrañas y se quemarán. Se les cortarán las cabezas y los cuerpos serán divididos en cuatro partes para ser exhibidos ante el pueblo. Dios tenga piedad de Uds".

Camino a la muerte.


Por dos días, en la Torre, permanece encadenado, como castigo por haber llevado su cruz tallada.

El 1º de diciembre de 1581, muy temprano, es sacado de su celda en la torre Coldharbour. Llueve fuertemente. En el patio saluda cariñosamente a Ralph Sherwin, también condenado a muerte.

Con frio deben esperar al P. Edmundo Campion. Este, al llegar emocionado los abraza. A Alexander le dice que es su gran compañero en este glorioso combate, que no es el fin y que el martirio es el mejor premio de sus vidas preparadas para el cielo.

Después los llevan a saludar a las autoridades de la Torre. Es la costumbre. Se les atan las manos y son subidos a los carros. Alexander y Ralph en uno, Campion en otro.

Por Cheapside y Holborn los llevan hasta el Arco de Newgate. Allí hay una imagen de la Virgen María. La saludan con cariño. Una multitud los acompaña hasta Tyburn, el lugar del suplicio. Algunos se muestran hostiles, otros compasivos. Todos se asombran: "Parecen sonreir, no tienen miedo a la muerte".

La muerte.

San Alexander Briant tiene el triste privilegio de ser el último en morir.

Primero San Edmundo Campion. Alexander lo admira. Valiente exige hablar ante el pueblo, porque es su derecho.

Soy inocente de todo lo que se me ha acusado. Soy católico. Soy sacerdote de la Compañía de Jesús. En esta fe he vivido y en ella quiero morir".

Alexander oye los gritos de la gente que pide a San Edmundo solicitar perdón a la Reina.



"¿En qué la he ofendido?. He rezado y rezo mucho por ella".

A la exigencia de un cortesano, San Edmundo agrega:



"Por Isabel, vuestra Reina y la mía, a la que deseo un largo reinado, tranquilo y feliz".

 Alexander ve cuando San Edmundo es ahorcado. Asiste a la carnicería conque es destrozado su cuerpo. Contempla los fuegos y los peroles de agua hirviente donde son arrojadas sus entrañas. Asombrado percibe el cambio en el aristócrata Enrique Walpole alcanzado por unas gotas de esa sangre de mártir. La oración de Alexander es profunda.

Después pasa al suplicio San Ralph Sherwim.

"Ven, Sherwim", le dice el verdugo. "Recibe tu merecido".

Sherwim esboza una sonrisa, abraza a Briant y le besa las manos. Después, con voz fuerte, le pide a Dios que reciba su alma.

Cuando le llega el turno, San Alexander habla espléndidamente. Hace mención de su fe católica desde los tiempos de Oxford. "¿A qué viene recordar Oxford?. Reconoce tu traición", le gritan.

"Yo no soy culpable de nada, no merezco esta muerte", contesta.

Después empieza a rezar el salmo Miserere. Y le retiran el carro ubicado bajo sus pies.

El verdugo ha sido negligente. No ha ajustado bien la cuerda, ésta se resbala hasta la cara. Los pies tocan tierra. Con prisa los verdugos cortan la cuerda. Briant trata de incorporase. El verdugo lo derriba y con el hacha destroza su cuerpo.

Ya muerto le corta la cabeza. Y por último, saca el corazón y lo quema.

San Alexander Briant tiene apenas 26 años. No ha cumplido tres, de sacerdocio.

La glorificación.


San Alexander Briant fue canonizado el 25 de octubre de 1970 conjuntamente con San Edmundo Campion y ocho jesuitas, ingleses y galeses, mártires de la fe. Uno de ellos es San Enrique Walpole. También ese día fue glorificado San Ralph Sherwim.

SANTOS JESUITAS


. San Ignacio de Loyola

. San Francisco Javier

. San Estanislao de Kotska

. San Francisco de Borja

. San Luis Gonzaga

. San Edmundo Campion

. San Alexander Briant

. San Pedro Canisio

Jaime Correa C., S.J.

Casilla 597



Santiago




La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje