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Rufino María Grández Lecumberri


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Rufino María

Grández Lecumberri

SONETOS CELESTIALES
para mi madre

en la Comunión de los Santos

(Edición informática

en Mercabá)

Conmemoración de los Fieles Difuntos 2009

Nota: folleto de 40 páginas formateado en papel tamaño “Carta”, apaisado

Pórtico
Con un ruego al lector

Un cierto pudor, que entenderá perfectamente el lector, me ha retenido meses en tomar la decisión de entregar lo que ahora entrego. Son estos Sonetos Celestiales para mi madre en la Comunión de los Santos.

Ruego al lector que benignamente entienda estos Sonetos como filial homenaje; no vea otra intención. Mi madre, Saturnina, nacida el día de San Saturnino (29 de noviembre de 1908) en una sencilla aldea de Navarra, Salinas de Ibargoiti, fue una humilde mujer, llena de bondad…, como mi abuela María, su madre de ella. De niña y jovencita fue a la escuela como todas las chicas del pueblo, hasta los 14 años, y por cierto con muy buen maestro. Y luego, “sus labores”.

Por los caminos de la Providencia de Dios, conoció a un muchacho muy singular, Rufino, del todo afín con sus más nobles sentimientos. Se casaron y Dios bendijo el matrimonio con seis hijos. Murió mi padre, de santa memoria, con 40 años (1907-1947), y quedó mi madre viuda, 39 años, durante 61 años, hasta que se nos despidió el día de la Asunción de María (15 agosto 2008), rozando casi los 100.

A los dos les dediqué un librito: “Elogio cristiano de mis padres”, impreso para ese círculo de personas que rondan en torno a mi corazón o el corazón de mis hermanos de sangre.

Al morir mi madre, me puse a escribir sonetos. Era el modo de comulgar con ella. Y traje a mi recuerdo lo más bonito que encontré en ella (no, lo más bonito sólo Dios lo sabe)…

Dedico este Poemario a todas las madres que saben amar a sus hijos…, o, mejor, a todas las madres… del mundo entero, porque en todas hay un pedacito del corazón de Dios.

¡La madre…! Dicen: Lo más parecido a Dios…

El Director de Mercabá me sugiere:
A MI MADRE,

y en ella y por ella

A TODAS LAS MADRES

Sea.


Puebla de los Ángeles (México),

Ante la Celebración de los Fieles Difuntos 2009.



Rufino María Grández Lecumberri


Sonetos Celestiales

para mi madre en la Comunión de los Santos



(27 sonetos y un poema de recordatorio)
"Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora".
(Benedicto XVI, encíclica Spe salvi,

Salvados en la esperanza, n. 47)

I

DESDE LA PRESENCIA DE DIOS


Murió mi madre: en paz, cristianamente,

en Dios ya descansó, como quería;

con fe, y al irse a Dios, nos bendecía,

con una cruz sellada en nuestra frente.


Murió al amanecer resplandeciente

de la Asunción, Corona de María,

y quien le dio la vida y ser un día,

ahora le abrazaba dulcemente.


Murió en los suaves pliegues de la Asunta,

de amor transida y plácido deseo,

ya casi centenaria y peregrina.
Murió, ya vive en Dios, con Dios muy junta

y, al recordarla, gozo y me recreo,

y digo: ¡Madre, santa Saturnina!

II

ANHELO



Te anhelo, madre, dulce compañía,

y quiero platicar aquí, a tu vera,

que en pura fe no existe ya frontera,

y en Cristo somos una sinfonía.


Estás en la Presencia, eterno Día,

y yo en la oscuridad de Primavera;

tú eres pura, entera y verdadera,

que Cristo es toda luz, toda alegría.


Perdóname, mi madre muy amada,

las veces que mi amor no fue a tu altura,

mas nunca lo diré, que tu mirada
perdón en todo ha puesto con ternura.

El mundo pasa, queda la llamada:

Que Cristo sea paz, unión, ventura.

III


MI ETERNIDAD
El paso a lo infinito es gracia y don,

ofrenda de palabras y pensares,

confín azul en donde mueren mares:

silencio y abandono: ¡adoración!


Ya nada, nada: sólo el corazón:

atrás deseos, dudas y pesares,

y pasen solo amor y sus cantares:

y Dios será la nueva creación.


Eternidad: concédeme el abrazo,

oh Dios de todo ser y Padre mío,

de todo suelto, atado con tu lazo,
y muerto ya a todo desvarío.

Y desde ahora, vivo en tu regazo,

muriendo digo: ¡Oh Dios, en ti confío!

IV

INTERCESORA


Intercesor después de su partida

mi padre se ha mostrado desde el cielo:

que sea intercesora, este consuelo

espero de la madre de mi vida.


Amor que Dios creó, amor no olvida,

amor que Dios sembraba en nuestro suelo,

amor de altar, de comunión y vuelo,

amor es de presencia y no de huida.


Los santos interceden, son ayuda,

que es única la causa del Señor;

en mi necesidad, antes que acuda,
sé, madre, intercesora en mi favor;

si en el peligro caigo o en la duda,

ruégale, madre, a Cristo Vencedor.

V

BENDICIÓN


Que sea tu semblante bendición

y Paz y Bien la luz de tu mirada;

tu vida en Dios, mi senda iluminada,

que sea tu silencio mi canción.


Conviértase el recuerdo en oración,

Liturgia de alabanza en Cristo alzada;

y ahora junto a Dios glorificada,

que sea tu plegaria intercesión.


Bendita quien nos dio leche materna,

quien enseñó a sus hijos el camino;

el premio sea la morada eterna,
la Trinidad la paz de tu destino.

A Dios, el Creador que nos gobierna,

a Dios, adoración y amor divino. Amén.

VI

FESTÍN EUCARISTÍA CARA A CARA


Sin velos, sin encajes, sin cortinas:

festín Eucaristía cara a cara,

ni altar, ni pan ni vino sobre el ara

y Cristo sin la cruz y sin espinas.


Así, al pensar con ráfagas divinas,

la Misa que en mis manos se prepara,

mi corazón al cielo se dispara:

¡mi madre en alabanzas vespertinas!


Y ¿cómo unirme yo desde esta Misa

a la fiesta nupcial del Paraíso?

Concédeme, Señor, una sonrisa,
para gozarme en eso que diviso:

amor en el Señor, amor sin prisa

mi madre en Dios con vínculo indiviso.

VII


APOCALIPSIS
Tomé el Apocalipsis de San Juan

para ver dónde moras, madre mía,

y cuál es tu celeste compañía,

en el festín sin lágrimas ni afán.


Los ángeles y arcángeles están

cantándole la gloria y melodía;

el cielo es fiesta, ¿y quién contar podría

a la salvada pléyade de Adán?


Mi madre es ella, ya transfigurada,

divinizada en Cristo, que es amor;

envuelta en la bandera desplegada
de Cristo, nuestro Hermano y Redentor.

Mi madre vive, está santificada:

¡a Dios sean las gracias y el honor! Amén.

VIII


LA PAZ
La paz vino hacia mí; me dio su beso:

estréchame; derrámate en mi ser,

y en mí desaparece tras poner

tu suave unción en alma, en carne y hueso.


La paz es luz por dentro, dulce peso

de un gran amor rendido a tu querer:

mi Dios, tú guías todo acontecer,

mirando a nuestro bien, yo lo confieso.


La vida y muerte en plácida balanza

le dejan paso a Dios, el amoroso;

y labran en el mundo la esperanza:
¡dichoso quien lo vio en la fe: dichoso!

Mi madre entró en la paz, tras la mudanza:

me amparo yo en tu paz, yo, silencioso.

IX

HIJO DE DOS SANTOS


Benedicto XVI ha dado dos catequesis sobre san Gregorio Magno (540-604) el 28 de mayo y 4 de junio de 2008. Bajo la inspiración de estas catequesis y alguna noticia más está compuesto este soneto.

“Los ejemplos de sus padres Gordiano y Silvia, ambos venerados como santos, y los de sus tías paternas Emiliana y Tarsilia, que vivían en su misma casa como vírgenes consagradas en un camino compartido de oración y ascesis, le inspiraron elevados sentimientos cristianos” (Benedicto VI, 28 de mayo de 2008).

La Enciclopedia Católica anota este dato que nos interesa:

“... Silvia fue notoria por su gran piedad, y dió a sus hijos una excelente educación. Después de la muerte de su esposo se dedicó enteramente a la religión en la "nueva celda, al lado de la puerta del beato Pablo" (cella nova juxta portam beati Pauli). El Papa San Gregorio Magno tenía un retrato en mosaico de sus padres, ejecutado en el monasterio de San Andrés, que es descrito minuciosamente por Juan Diacono (Johannes Diaconus, Patrologia Latina, LXXV, 229 30).


Gregorio Magno es hijo de dos santos:

Gorgonio y Silvia, dos padres bendecidos.

¡Qué dulce pensamiento a mis oídos

en días consagrados por mis llantos!


Gregorio, que salvó los bellos cantos

en la liturgia santa transmitidos:

nuestra preciosa fe tiene sonidos

para gozar misterios sacrosantos.


Gregorio, la Escritura, la homilía

que al pueblo alimentaba y deleitaba

y a nuestra madre Iglesia embellecía.
Jesús, en tu designio arcano estaba

los padres santos que me diste un día:

ahora pido el Verbo de tu aljaba.

X

AMÉN


¡Amén del todo, madre mía, amén!

¡Amén con Cristo Eucaristía,

Amén en el altar de cada día,

Amén en la feliz Jerusalén!


¡Amén! Yo voy cantando: Paz y Bien,

paciente en la penosa travesía,

mas todo es dulce, si el amor nos guía.

¡Amén: ya vengo pronto, Cristo, ven!


Hagamos filigrana de esta historia

dejemos que Dios sea maravilla,

en su verdad, sin nuestra vanagloria.
La vida es comunión y Cristo brilla:

Madre, juntos, en cruz y en la victoria,

y guárdame la palma en la otra orilla.

XI

PRESENCIA



La vida trasparece y es presencia

y el corazón atento la percibe:

silencio en lo interior: mi madre vive,

convive en donde el gozo es convivencia.


De aquí hasta el cielo sube mi querencia,

y allí mi amada madre la recibe:

que si Dios por sus hijos se desvive,

por ella me dará benevolencia.


Catálogo de santos oficiales,

modelos de virtud y protectores,

alivio y medicina en nuestros males.
Al altar de mi madre irán mis flores,

que el Creador de bienes inmortales

también en ella puso sus amores.

XII


QUIERO DESCANSAR
Así decías: ¡Quiero descansar!

Detrás de este gemido yo sentía

que el fondo de tu alma adolecía

de enfermedad de Dios y de su hogar.


Pues ¡qué será, Dios mío, al fin entrar

en el fulgor de Dios - que el alma ansía -:

la vida divinal y la alegría,

la paz y el puro amor en su hontanar!


¡Oh tránsito final, Beatitud,

descanso en esta tierra presentido,

el éxtasis, dulzura y plenitud!
Resurrección: la Cruz ha florecido,

y Dios que me traspasa es mi virtud,

su corazón amante, el dulce nido.

XIII


A TU COBIJO
¡Oh, qué feliz me siento a tu cobijo,

seguro por la luz de tu mirada:

ternura y paz, y el alma ensimismada:

así te veo junto al crucifijo!


Te pienso, te contemplo, y no me aflijo:

no hay lámpara que alumbre tu morada

que el sol es el Cordero en su majada

que da serenidad y regocijo.


Saberse así mirado no amedrenta,

pues mirada de amor es luz y amparo;

oh, mírame, maternamente atenta
igual que me mirabas en Alfaro,

y yo sabré, si el mal se me presenta

vivir mirado con la luz del faro.
XIV

CUM ANGELIS ET OMNIBUS SANCTIS


Et ideo cum Angelis et omnibus Sanctis

gloriam tuam praedicamus, una voce dicentes:

Sanctus, Sanctus, Sanctus...

(Prex Eucharistica II).
Confieso que celebro en Asamblea,

que tierra y cielo hacemos unidad,

confieso que amor puro es amistad:

y atónito lo veo en esta oblea.


Yo sé que aquel final que el alma otea

es “hoy” en su divina majestad:

me asocio al Sanctus, y entro en la Ciudad:

contigo, madre, el alma saborea.


Allí es la Gloria, aquí el sincero anhelo:

mas uno es nuestro canto y uno el coro:

la misa que celebro es ya mi cielo.
La Santidad yo canto, yo la adoro,

yo santo y pecador en este suelo,

que amando estoy, oh madre, en el trascoro.
XV

EL LECHO DE MI MADRE


Aquí murió mi madre, en esta cama,

y un extraño placer es el que siento

de abandonar mi cuerpo y pensamiento

en este lecho que palpita y ama.


Es el mismo el colchón, la sobrecama,

pequeño y recoleto el aposento;

en la pared con mucho sentimiento

Jesús en cruz: ¡qué bello panorama!


Durmiendo aquí, yo pienso y sueño en ella:

¡qué buena era mi madre!, ¡qué bondad!,

y ahora que se ha ido, ¡qué gran huella!
Que no se rompa, madre, esta unidad:

te guardaré en el pecho como estrella,

y alumbrarás mi senda de humildad.

XVI


Asunción y Todos los Santos
El 1 de diciembre de 1950 el Santo Padre Pío XII, Siervo de Dios, proclamaba a María Asunta en cuerpo y alma al cielo. Yo estaba en tercer año del Seminario Menor y aquella vivencia quedó inolvidable. Hace dos meses y medio, en la madrugada de la Asunción, mi madre subía al cielo. Vive con Cristo.

Mi madre es una de la inmensa multitud, que es la Corona de Cristo. Y lo mismo mi padre.

Hoy vuelven los recuerdos de muy lejos

aquel Todos los Santos del Cincuenta:

María Virgen, de pecado exenta,

fue proclamada Asunta entre festejos.


Y brillan en el alma más reflejos:

en la Asunción, de amor y luz sedienta,

envuelta en la azulada vestimenta

se unió mi madre a ella, en sus cortejos.


Es el cielo la paz de nuestros cantos

el gozo siempre nuevo que no acaba:

olvidemos la pena y los quebrantos,
amor divino en la divina cava:

feliz la siento a ella entre los Santos,

dichosa en Dios eterno que anhelaba.
Todos los Santos, amanecer, 2008.

XVII


CENTENARIO

(San Saturnino, 29 nov.)

1908-2008
Ahora y siempre en cada aniversario,

¿qué ha de ser tu recuerdo, madre amada?

Sea ese mismo amor y esa lazada

que nos reúne en este Centenario.


Ante el altar de Dios y ante el sagrario

tu vida agradecida y recordada

para nosotros sea luz sagrada,

nos una como cuentas de un rosario.


¿Cuál quieres tú que sea el homenaje,

a ti ofrecido, cuando todo pasa,

cual es, querida madre, tu mensaje?
La unidad y el amor en cada casa:

hermanos sois de sangre y de linaje,

y pan de buena harina y una masa.
27/XI/2008

XVIII
AQUEL BESO FINAL EN LA MEJILLA

Mi padre, que había dicho al Párroco: “Don José, ¿cuándo se va a separar el alma del cuerpo para estar con Dios”, antes de morir pidió agua. No le convenía...; pero mi madre, al instante y con cierta energía, le ofreció un vaso de agua cristalina. Le tomó de la espalda para levantar un tanto la cabeza; le dio el agua que pedía... Luego le dio un beso... Al poco mi padre expiró.
Aquel beso final en la mejilla,

aquel vaso de agua cristalina...,

¡qué escena más humana y más divina

de dos esposos fieles sin mancilla!


El beso fue de adiós a la otra orilla,

y el vaso no era fresca medicina;

“soy tuya” era decirle, “ven, reclina

en mí tu muerte, lúcida y sencilla”.


Y así murió mi padre en dulces brazos

diciendo: Sátur, todos..., hasta el cielo.

Los dos se fueron, quedan firmes lazos
de comunión en pos del mismo vuelo.

¡Mi padre y madre, gracias, bendiciones:

unidos quedan nuestros corazones!
XIX

ENTRE EL CIELO Y EL MAR

Oramos a los santos y dialogamos con ellos... No creamos con ello un mundo imaginario, aunque nos servimos de la imaginación para dar soporte a la fe.

En este sentido cristiano de la comunión con los santos está escrito este soneto entre el cielo y el mar


Yo vuelo por las nubes junto al cielo

y pienso que mi madre ausente vive:

mostrad su rostro, aguas del Caribe

para belleza vuestra y mi consuelo.


Yo le hablo pensamientos mientras vuelo

y creo que mi madre los percibe;

el mundo es uno y nadie me prohíbe

el ver cómo se abrazan cielo y suelo.


Viviendo estas vivencias necesito

un místico sentir más afinado,

pero el Amor existe a lo infinito
y ronda de este lado al otro lado.

¡Oh dulce comunión en que medito,

amor invicto, amor resucitado!
Volando sobre las aguas del Caribe, 17 de enero de 2009 al regreso unos Ejercicios.

XX

QUE FUERA UN SACERDOTE



SABIO Y SANTO

Cuántas veces mi madre me ha contado lo que le dijo mi madrina, que se llamaba Marina, cuando aquel 9 de diciembre de 1936, de crudo invierno, tras el bautismo, me entregó a los brazos de mi madre.

- Sátur, el he pedido a la Virgen que este niño sea un sacerdote sabio y santo.

Y entonces mi madre (corazón de madre-madre), ruborosa, añadía:

- Y creo, hijo, que el Señor me lo ha concedido.
“Que fuera un sacerdote sabio y santo”

tal fue la petición de mi madrina

el día en que la fuente cristalina

me cristianó y me dio el divino encanto.


“Y así lo voy pidiendo yo entretanto,

hijo mío, en tu vida capuchina:

sacerdote del Señor y su doctrina;

la Virgen te proteja con su manto”.


Y entonces me mirada dulcemente

mi madre y con sus ojos asentía:

Y yo creo, hijo mío, humildemente
que Dios me concedió lo que quería.

Así mi buena madre confidente,

así se lo pensaba y me decía.

XXI


SI EN ESTA PAZ ME PONGO A RECORDAR

Los sentidos no pueden captar y aprisionar lo que está detrás; pero existe. Y la fe penetra como el perfume de la rosa.

Si en esta paz me pongo a recordar

la vida de mi madre, tan hermosa,

se queda quieta el alma silenciosa,

y quiere ver, oír, sentir y... amar.


Quisiera yo romper el valladar

y entrar como el perfume de una rosa,

y verla sonreír, muy amorosa,

porque el hijo la quiere contemplar.


Callad, sentidos míos, atrevidos,

porque es más pura su presencia en fe.

Mas ¿qué es la fe, doctores distinguidos?
Entrega y abandono de un bebé,

y comunión de dos en Cristo unidos:

Jesús es luz y en Él todo se ve.

XXII


AMOR ETERNO

“La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial. ... Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1Cor 13, 8-10.13).


Que duela el corazón de tanto amar,

lo dice un amador muy pobrecito,

que amar es despertar a lo infinito

ofrenda de holocausto en el altar.


El puro amor no puede terminar,

no queda en este mundo circunscrito,

traspasa la barrera, y callandito

en más amar será su bienestar.


Es grande mi ignorancia, lo confieso,

si quiero dialogar del Paraíso;

la fe con la esperanza harán su egreso,
muriendo el cuerpo, al Creador sumiso;

y vencerá el amor en nuevo exceso,

el puro amor en Dios que aquí diviso.

XXIII


EL VESTIDO DE LA ESPOSA

Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura   el lino son las buenas acciones de los santos. Luego me dice: « Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. » (Ap 19,7-9).

“Su amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: « Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia » (1, 24).

Esta profunda realidad está admirablemente expresada también en un pasaje del Apocalipsis, en el que se describe la Iglesia como la esposa vestida con un sencillo traje de lino blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: « El lino son las buenas acciones de los santos » (19, 8). En efecto, en la vida de los santos se teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.

Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del « tesoro de la Iglesia », que son las obras buenas de los santos. (...) Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo.” (Juan Pablo II, Bula para el Jubileo del año 2000 Incarnationis mysterium, 10). “La historia de la Iglesia es una historia de santidad” (n. 11).

La esposa engalanada resplandece

y va toda de lino luminoso

de blanco celestial para su Esposo

Jesús, que con su don nos embellece.
Allí mi madre, que en nada desmerece,

unida en gracia al séquito glorioso,

cantando pura el canto jubiloso

y en la mano la palma que alza y mece.


Tesoro de la Iglesia, bello y mío,

amor eternamente acumulado,

tejido día a día su atavío.
Ornato de Jesús Resucitado,

a ti, mi dulce madre, yo te envío,

mi parabién, mi súplica y recado.
XXIV

DESCANSEN YA MIS VERSOS

“En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás” (Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 10).

Con este poema, en vísperas de cumplirse los seis meses de la muerte de mi madre, pongo fin a estos deliquios, mas no a estos amores, hasta que al Señor le plazca.


Descansen ya mis versos, madre amada,

mas dentro el manantial manando siga...,

recuerdo allí, al lado de La Higa,

la fuente de tu infancia, sosegada.


Tu vida fue rumor sin algarada

sin algarada sea mi cantiga,

hoy eres ya descanso sin fatiga

sea paz mi palabra perfumada.


Adiós, bendita madre, y hasta el cielo,

perfume de Evangelio, néctar suave,

benéfica memoria, buen consuelo.
Y cuando, al fin, mi vida en Dios acabe

y cuando la verdad levante el velo,

seremos la unidad que a Cristo alabe.
XXV

DEL FONDO DE TU ESPÍRITU APRENDÍ

Mi madre no tuvo problemas teológicos. Por de pronto, porque no había estudiado Teología. Dios era para ella muy sencillo y transparente. y, en consecuencia, mi madre era una hija del todo confiada. ¡Quién tuviera esta gracia para afrontar la vida y la muerte!
Del fondo de tu Espíritu aprendí

el más puro secreto de la vida:

la sencillez humilde y decidida,

el verle a Dios viviendo junto a ti.


Ni dudas ni temores son aquí,

porque la paz de Dios es quien nos cuida;

la paz es la coraza guarnecida,

decorada con perlas de rubí.


De frente a frente, ella y su Señor,

sin trampa se veía, y bien segura;

y no tenía miedo al Creador
sino amor y muchísima ternura;

el cielo era Dios en derredor,

su Dios, el Padre de esta creatura.

XXVI


NO PUEDO YO DECIR EN POESÍA


No puedo yo decir en poesía el tanto y mucho que a mis padres debo: a mi padre, el afán; a mi madre, la armonía. A mi padre, la pasión; a mi madre, la ternura. A mi padre, la inteligencia; a mi madre, la suavidad. A mi padre, el celo radical; a mi madre... Y así seguiría.

Mas no somos clonación, ni nuestra herencia se mide parte a parte, porque el ser humano es unidad desde su raíz. Y lo masculino y femenino son indivisible. Nada más masculino en el varón que el anhelo puro de la mujer; y nada más femenino en ella que el sublime anhelo del varón.

Yo siento que, de algún modo, mi padre se ha posado en mí; mi madre está igualmente en mis venas y sentimientos. ¿Lograré decirlo...? Pero, por encima de todo, el hombre es unidad; y, por gracia, proyecto y logro.
No puedo yo decir en poesía

el tanto y mucho que a mis padres debo:

su afán y su ternura en mí los llevo,

amor de sangre es más que membresía.


Yo soy mayor en esta travesía,

y como sabio a hablar me atrevo:

¿Y qué diré sin ser aún longevo?

Que Dios es Dios de amor y koinonía.


Él une a fondo aquello que ha creado

y de uno pasa al otro lo que a él place:

la vida es savia, jugo soterrado,
que trae el ser humano cuando nace.

Mas Dios me dijo: Sé mi enamorado,

que tú eres tú, y nada te disfrace.

XXVII
PRIMER ANIVERSARIO


SATURNINALECUMBERRI

* 29 nov 1908 + 15 ago 2008


Con esos ojos llenos de ternura

Queremos recordarte, madre amada,

Con esa dulce y cálida mirada,

Tan llena de verdad, tan honda y pura.


Así mirabas desde tu clausura,

tu voluntad con Dios configurada,

dispuesta, desprendida y preparada

para la eternidad, en paz, segura.


No vino ni notario ni albacea,

tu vida sola era el testamento.

Pasó, pasó la lucha y la marea,
y solo quedas Tú, cual suave viento,

que nuestra vida dulcemente orea:

¡Qué hermoso será siempre el pensamiento!

RECORDATORIO




(En el anverso del Recordatorio,

foto de mi madre)

SATURNINA LECUMBERRI LABAIRU
Nació en Salinas de Ibargoiti (Navarra)

el 29 de noviembre de 1908.

Casada con Rufino Grández García

(4 de agosto de 1934),

de cuyo matrimonio nacimos seis hijos:

Esperanza, Francisco Javier (Rufino María),

María Josefa, Emilia (María del Burgo),

Roque y María Jesús.

Enviudó el 1 de diciembre de 1947,

murió cristianamente rodeada de sus hijos

el 15 de agosto de 2008,

fiesta de la Asunción de María.

Con frecuencia repetía:

En la vida y en la muerte

somos del Señor (Rm 14,8).
(En el reverso del Recordatorio, poema de su hijo, compuesto antes de morir ella y después de haberle pedido su bendición)

LA BENDICIÓN DE LA MADRE


Tu hermosa vida, madre, es nuestra herencia,

y gracias te decimos con un beso;

acepta el homenaje de tus hijos,

haciendo una corona junto al lecho.


Tu santa bendición hemos pedido,

y tú has cumplido nuestro buen deseo:

la cruz sobre la frente ha sido el signo:

nos has querido y seguirás queriendo.


Tú fuiste en el bautismo consagrada:

que Cristo, tu Señor, sea tu premio;

tu senda fue el amor y fue el servicio:

que eternamente vivas en el cielo.


Mirándote en tu vida centenaria,

el triunfo de Jesús cantar queremos:

humildemente hiciste tu camino,

tratando de ser fiel al Evangelio.


Florezca para siempre tu bondad,

tu amor sin condiciones, tu silencio;

y seas la unidad de la familia,

oh madre, que intercedes en el Reino.


¡A Cristo, Hijo de Dios, toda la gloria,

que en vida y muerte a Él pertenecemos;

un día señalado nos veremos,

y el Santo eterno juntos cantaremos! Amén.

Í N D I C E
Perspectiva: El amor pueda llegar hasta el más allá

I. Desde la presencia de dios

II. Anhelo

III. Mi eternidad

IV. Intercesora

V. Bendición

VI. Festín eucaristía cara a cara

VII. Apocalipsis

VIII. La paz

IX. Hijo de dos santos

X. Amén

XI. Presencia



XII. Quiero descansar

XIII. A tu cobijo

XIV. Cum angelis et omnibus sanctis

XV. El lecho de mi madre

XVI. Asunción y Todos los Santos

XVII. Centenario (San Saturnino)

XVIII. Aquel beso final en la mejilla

XIX. Entre el cielo y el mar

XX. Que fuera un sacerdote sabio y santo

XXI. Si en esta paz me pongo a recordar

XXII. Amor eterno

XXIII. El vestido de la esposa

XXIV. Descansen ya mis versos

XXV. Del fondo de tu Espíritu aprendí

XXVI. No puedo yo decir en poesía

XXVII. Con esos ojos llenos de ternura



Recordatorio





Sonetos Celestiales













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