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Robar la luna Veladas poéticas en la Granja Gavà


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Robar la luna

Veladas poéticas en la Granja Gavà

—¡Crear!... [Recapacita.] ¡No, no, no, no!... ¡Criar! [Baja los ojos, como pasmado.] ¡No, no, no, no! ¡Criar! ¡Sí, criar!... [Se detiene en seco y se desinfla.] Joder con la palabrita…

Y bebe cerveza.

El poetista (poeta+periodista) Xavi Sastre (Barcelona, 1973) organiza las veladas poéticas nocturnas, todos los miércoles de primeros de mes por la noche, de nueve y media a doce, en la Granja Gavà (Joaquín Costa, 37), donde nació el escritor y mitómano Terenci Moix, en el barrio del Raval de Barcelona.

Previamente, había enviado este correo electrónico a los estudiantes de la Facultat de Comunicació Blanquerna, de la Universitat Ramon Llull, en la que imparte clases de primer grado de periodismo: “[…] por cierto, para quien quiera, os invito esta noche a una hermosa velada de poesía en la granja de Gavà, con música y poemas canallas para ver si de una vez por todas podemos conseguir robar la PuTA luna. Besos y abracios. Paz, risa y baile”. Las veladas poéticas llevan el título de “Ven a robar la luna”.

Vestido como Johnny Depp en Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990), con alambres apresando las bocamangas y pendientes de aro, y con la cara pintada como el indígena maorí de Moby Dick, Xavi Sastre, con estudios de interpretación en su haber, se hace el dueño del local, del tamaño de uno de esos cafés de la plaza Saint-Michel de París, donde Hemingway y los demiurgos de los años veinte se bebían la noche a lingotazos. Preside la estatua Carne Trémula, motivo de la película homónima de Pedro Almodóvar (1997). Como un showman, dirige la orquesta, dando versos a quien no los tiene, y pregonando la necesidad de la confabulación colectiva, a base de inspiraciones. De repente, calla, y, súbitamente, explota con oraciones limpias insubordinadas:

—¡Cuando todo va bien, yo…!

Y bebe de morro de otra mediana de cerveza Damm, a medio empezar.

Quien toma la palabra no sigue ningún orden ni concierto, simplemente se levanta, cual Thomas Jefferson leyendo la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. La recién licenciada en Periodismo Marta Casanovas (Barcelona, 1990), que está realizando las prácticas de máster en la emisora de radio RAC1, ha garabateado un texto con bolígrafo de tinta azul, en catalán y en castellano. Ella no escribe poesía, sino “prosa poética”, como su abuelo: “Una pared de piedra, fría, simple y, a la vez, mágica. En un anochecer de invierno, unos amigos se sientan tranquilamente mientras beben cerveza. Comienzan a hablar, de todo y de nada. Sueños, viajes, ilusiones, miedos… Brindan. Mientras tanto, una luz blanca comienza a despuntar de entre las montañas que perfilan el horizonte. La luna. Uno de ellos se da cuenta en seguida. Es curioso, todos habían visto alguna vez el alba, o bien la puesta de sol. Pero lo cierto es que ninguno de ellos había visto nada como aquello. Es difícil encontrar un nombre para describirlo: el despertar de la luna. Cualquiera podría probar de restarle importancia al momento. Lo cierto es que era indescriptible. Se ha de vivir. Un hecho tan natural como la salida de la luna. Lo que hace que uno se aperciba de la insignificancia del ser humano respecto al mundo que le envuelve. Acostumbrados a un entorno que, por desgracia, da más valor a las cosas materiales, toman consciencia de que no hace falta gran cosa más. Ese momento no tiene precio. Veinte años y mil cosas todavía por vivir y descubrir. Aquel día yo también quise robar la luna. Y esta noche, recordando las palabras, quiero volver a intentarlo”.

Los aplausos de la docena de asistentes, la mayoría veinteañeros, acompañados por un guitarrista con el aspecto de Lluís Llach, envalentonan a Marta, que se persigna con las pestañas, gesto impreciso que denota en ella un enorme respeto por el arte.

Marta Casanovas se han enganchado a estas sesiones, porque se despierta en ella un prurito efervescente de rabia: “Me gustan estas veladas poéticas porque la gente recita con mucha naturalidad, y eso me llama la atención. A lo mejor, es lo que deberíamos hacer todos. Me gusta la libertad de poder demostrar quién eres”, declara, aguijoneada por las musas. “Mi profesión, el periodismo, requiere contacto, impregnarse de los conocimientos y las experiencias de los demás. Cuando tenía 12 años visité la redacción de Catalunya Ràdio y me dije: ‘Yo quiero estar delante de un micro, que todo el mundo me oiga’. A pesar de mi pánico escénico, seguí mis instintos.”

Marta se dirige a la barra. Los azulejos de ese lado incluyen los mensajes de la clientela, con rotulador: “És quan dormo que hi veig clar”; “El sentido de la vida es el sentido de la espera… Y viceversa”; “¡Vivan los ladrones de lunas!”.

Hace unos minutos que ella ha engullido, en el Pepe (Valldonzella, 20), una pizza de cuatro quesos Panzerotto, rellena de tomate, mozzarela y albahaca. En la pizarra de la Granja Gavà lee: “Vi blanc/negre. Sangría, sidra, cava. Mojito, caipirinha, caipiroska… Pizxata+caña, 4 euros”. Y en carteles sueltos: “Nachos con salsa dip y jalapeños”. 

Se pide una Estrella Damm (2 euros).

El botellín se lo ha servido la dueña de la granja, Escarlata Leoni (Barcelona, 1980), la diosa protectora de los bates: “Estas veladas poéticas las he heredado de mi padre, Carlos Leoni, poeta. Comenzaron a mediados de los noventa, y yo he querido continuar con ello, con la bohemia, con la noche. Cada uno es libre de recitar lo que quiera, no hace falta subir a ningún escenario”.

Cabe la puerta, a la derecha, al lado de la salida a Joaquín Costa, el expositor con la propaganda de turno: curso de español, etc.

Al otro lado, al fondo, Xavi Sastre se lanza al abismo, sin red. Declama:

—¡Hay un niño que simplemente se demora!...



Jesús Martínez


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