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Respuesta a crítica de Altamira y Ramal


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Respuesta a crítica de Altamira y Ramal
En Prensa Obrera Nº 1192, del 1/09/11, Jorge Altamira y Marcelo Ramal publicaron una nota titulada “La reivindicación contra los impuestos al consumo”, en respuesta a mi nota “ElFITylosimpuestosindirectos”, publicada en este blog. La idea que expuse en esa entrada es que la estructura impositiva no determina, en una coyuntura determinada, el valor de la fuerza de trabajo. En su respuesta, Altamira y Ramal sostienen, centralmente, que el cambio de la estructura impositiva afecta a la determinación de la fuerza de trabajo siva acompañada de un programa de transición al socialismo, que incluya la apertura de los libros comerciales de las empresas y el control obrero de la producción. Mi respuesta a la crítica de Altamira y Ramal parte de afirmar que estoy de acuerdo en que un gobierno revolucionario, que aplique un programa de transición al socialismo, puede darle un sentido enteramente progresista al cambio de la estructura impositiva. Pero esto no altera el planteo que hice en la nota criticada por Altamira y Ramal. Allí afirmé que en condiciones “normales” de dominio burgués (esto es, en una situación no revolucionaria), el cambio de la estructura impositiva no modifica la tasa de explotación. Esto es, en tanto la clase obrera no pueda establecer un poder por sobre el poder de la burguesía (es la manera de establecer el control obrero), el cambio de la estructura impositiva no altera nada sustancial.
Algunas precisiones
A partir de lo anterior, son necesarias algunas precisiones. En primer lugar, cuando sostengo que la posición de Marx es similar a la de Ricardo, me estoy refiriendo a que ambos piensan que los impuestos se pagan con plusvalía. Éste es el punto de partida para el análisis del efecto de los impuestos sobre la distribución del ingreso. No me queda claro si Ramal y Altamira coinciden con esto. En segundo término, pensaba que en mi nota quedaba claro que existe un componente histórico y social en la determinación del valor de la fuerza de trabajo. Si no quedó claro, lo vuelvo a afirmar ahora, el salario está determinado por las condiciones históricas y sociales, lo cual implica que no necesariamente está al nivel de subsistencia fisiológica. Además, cuando Marx afirma que en un período histórico el salario está “dado”, no quiere significar que no se pueda modificar, sino que la plusvalía debe considerarse un “residuo” (exactamente a la inversa de lo que pensaban los keynesianos de Cambridge, o Sraffa). Aclarado esto, hay que señalar que tengo sin embargo una diferencia con Altamira y Ramal en lo que respecta a la importancia relativa de los factores que afectan lo “histórico y social”. Es que Altamira y Ramal sostienen que “entre los factores históricos que determinan el valor de la fuerza de trabajo, se encuentra por sobre todo el nivel de organización y de conciencia de clase de los trabajadores, e incluso su influencia entre las capas intermedias de la sociedad” (énfasis mío). No lo veo así. El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas tiene un rol más relevante para la determinación del valor de la fuerza de trabajo; y la fase del ciclo económico tiene, por lo menos, un rol tan importante como el grado de organización y lucha de la clase obrera, dentro del sistema capitalista.

En lo que respecta al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, constituye la base material del valor de la fuerza de trabajo. Por empezar, porque si no existe un determinado grado de desarrollo de la productividad del trabajo, no sería posible siquiera el sistema capitalista. En segundo lugar, porque ese nivel de desarrollo de las fuerzas productivas constituye la restricción materialista que pone un techo a las posibilidades de aumentar el valor de la fuerza de trabajo. Por más que luche la clase obrera de Bangladesh, Paquistán o Costa de Marfil, hoy no puede establecer una canasta ni siquiera aproximadamente similar a la que reciben los trabajadores de los países adelantados. Pero lo mismo se aplica a la comparación entre países adelantados. Por ejemplo, en los años 1960 el grado de conciencia y organización de la clase obrera francesa o italiana era, por lo menos, tan avanzado como el de la clase obrera de EEUU. Sin embargo, los salarios reales de los obreros norteamericanos eran muy superiores al de sus pares europeos. Y aún el triunfo de una revolución obrera en un país atrasado seguramente no permitirá establecer, al menos en un plazo mediano, un ingreso para los trabajadores superior, o siquiera igual, al ingreso promedio que tienen los trabajadores de EEUU o Alemania.

En cuanto a la fase del ciclo, también es un factor importante. Por ejemplo, en una fase de depresión económica las luchas obreras -en tanto se mantenga la propiedad privada de los medios de producción- a lo sumo detienen el deterioro de las condiciones laborales y la caída de los salarios. Es muy difícil que en un escenario de desocupación generalizada la clase obrera mejore el valor de la fuerza de trabajo. La experiencia de todas las crisis capitalistas es similar: los salarios bajan durante las crisis. Por otra parte, en las recuperaciones y más especialmente en el auge, las luchas reivindicativas tienen más posibilidades de arrancar mejoras; y la clase obrera tiene más posibilidades de lanzar ofensivas. Es en este marco que debería ubicarse la incidencia de la lucha, organización y conciencia de la clase obrera. Por este motivo también es que hay límites para las luchas reformistas sindicales dentro del sistema capitalista. Son luchas necesarias e indispensables para impedir que la ofensiva del capital lleve a la degradación completa de la clase obrera; y porque siempre constituyen el posible punto de partida de batallas mayores. Pero en sí mismas no pueden dar más que esto.

En tercer lugar, Altarmira y Ramal escriben: “Astarita cita, aunque en forma incompleta, las Instrucciones a la Asociación Internacional de Trabajadores (1866), donde Marx señala que 'no hay modificación de la forma de gravámenes impositivos que produzca cambios importantes en las relaciones entre el trabajo y el capital'. No olvida (Marx), sin embargo, subrayar a renglón siguiente: 'No obstante, de tener que elegir entre los dos sistemas de gravámenes impositivos, recomendamos la total abolición de los impuestos indirectos y su sustitución completa por los directos'”. No entiendo por qué Altamira y Ramal dicen que cito de manera incompleta. En la nota señalo que Marx dice que “puestos a elegir”, los trabajadores prefieren los impuestos directos, y presento las dos razones de esa preferencia.


Coincidencia y programa político
A pesar de las diferencias que tengo con Altamira y Ramal, tenemos una coincidencia importante: el cambio impositivo, en tanto no se cuestione el poder del capital, no modifica la relación entre el capital y el trabajo. Es lo que dice Marx en sus instrucciones a los delegados de la AIT, en 1866, y Altamira y Ramal afirman que están de acuerdo con ello. Pero éste es un punto a subrayar, porque está en el centro de la confrontación con los reformistas que generan falsas ilusiones en los cambios impositivos. Carrió, Cruciani, Nun, burócratas sindicales de varios tipos, incluso respetados economistas del establishment, para mencionar solo algunos casos, sostienen que habría una mejora sustancial de los salarios, y una disminución de las diferencias de ingresos, si se eliminaran los impuestos indirectos, en particular el IVA. Es necesario salir al cruce de esta propaganda. Sin embargo, no veo que se haga esta polémica. Incluso para mucha gente de izquierda el planteo de Marx que expliqué en mi nota anterior fue una novedad. Por este motivo, yo estaría de acuerdo en que podemos preferir los impuestos directos (personalmente los preferiría porque ponen en evidencia que los impuestos son plusvalía), pero esto debería afirmarse luego de haber explicado que un cambio a los impuestos directos no modificará la tasa de explotación. Lamentablemente, en la izquierda siempre se puso el énfasis en la segunda “instrucción” de Marx (son preferibles los impuestos directos) y se barrió debajo de la alfombra la primera, que el cambio impositivo no es importante para la relación entre el capital y el trabajo. Pero es la primera la que se opone por el vértice a la ilusión reformista. Por eso hay que destacarla. Hay que explicar que en condiciones normales de dominio del capital, el cambio impositivo es neutro. Vale la pena aclarar que es por este motivo que Marx y Engels nunca agitaron por el cambio de la estructura impositiva de forma aislada. La inclusión de la abolición de los impuestos indirectos en el programa de El Manifiesto Comunista se explica porque se trata de un programa a ser aplicado por la clase obrera en el poder. Cuando muchos años después algún reformista agitó medidas transicionales de manera aislada, en una situación de dominio capitalista “normal”, Marx explicó que eso no tenía sentido. Y antes de la publicación de El Manifiesto Comunista, Engels había aclarado esta cuestión (véase Engelsyelarte... ).

Ahora bien, si esto es así, se puede plantear el cambio impositivo diciendo que se trata de una medida a aplicar por un futuro gobierno revolucionario. O se puede convocar a luchar ya mismo por abolir los impuestos indirectos y establecer los impuestos directos y progresivos sobre el capital. Estaría de acuerdo con la primera formulación, pero no estoy de acuerdo con la segunda. Pienso que hoy no están dadas las condiciones para convocar a la clase obrera a salir a la lucha por el control obrero de la producción, la apertura de los libros comerciales, los comités obreros, etc. Mi posición es que estamos en un período de luchas defensivas, y que no hay condiciones para lanzar una ofensiva revolucionaria del trabajo sobre el capital y su Estado. Pero esto es parte de las diferencias que tengo con el PO y el FIT en general. En cualquier caso, si se agita por el cambio de la estructura impositiva, debería explicitarse en qué condiciones políticas la medida sería progresiva. Y se debe aclarar también que, en la medida en que esas condiciones no existan, la eliminación del IVA no alterará la relación entre el capital y el trabajo. Este último punto es crucial para combatir las ilusiones reformistas sobre el tema. Pero esta parte del problema no se pone de relieve.


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Rolando Astarita
Buenos Aires, 2011


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