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Relatos de los viudas negrras


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RELATOS DE LOS VIUDAS NEGRRAS
Isaac Asimov

INTRODUCCIÓN

Debido a que mi estilo literario es personal y amistoso, los lectores

tienen una tendencia a escribirme en forma personal y amistosa,

haciéndome todo tipo de preguntas personales y amistosas. Y debido a que

realmente soy lo que mi estilo literario, así tal como es, me hace aparecer,

contesto esas cartas. Y ya que no tengo secretaria ni ningún otro ayudante,

todo esto me lleva una cantidad de tiempo que debería dedicar a escribir.

Me parece sólo natural, por lo tanto, haber tomado la costumbre de

escribir introducciones para mis libros con el fin de responder de antemano a

algunas de las preguntas que ya anticipo, deteniendo, de este modo,

algunas de las cartas.

Por ejemplo, debido a que escribo sobre muchas cosas, frecuentemente

recibo preguntas como éstas:

“¿Por qué cree usted, un humilde escritor de ciencia-ficción, que puede

escribir una obra de dos volúmenes sobre Shakespeare?”

“¿Por qué usted, un erudito en Shakespeare, decide escribir novelitas

sensacionalistas de ciencia-ficción?”

“¿Cómo usted, un bioquímico, tiene la audacia de escribir libros de

historia?”

“¿Qué le hace pensar a usted, un simple historiador, que sabe algo

sobre ciencia?”

Etcétera. Es casi seguro, por lo tanto, que algunos me preguntarán, ya

sea divertidos o exasperados, por qué escribo cuentos de misterio.

Por eso, aquí va la explicación. Comencé mi carrera literaria con la

ciencia-ficción y todavía escribo ciencia-ficción cuando puedo porque éste

continua siendo mi primer y principal amor literario. Sin embargo, hay

muchas cosas que me interesan, y entre ellas el misterio. Me he pasado

leyendo cuentos de misterio durante casi tanto tiempo como el que he

dedicado a leer ciencia-ficción. Recuerdo haber arriesgado la vida cuando,

teniendo no más de diez años, robaba ejemplares de La Sombra de debajo

de la almohada de mi padre mientras él dormía la siesta. (Le preguntaba por

qué la leía si a mí me estaba prohibido, y él decía que la necesitaba con el

fin de aprender inglés, mientras que yo tenía la ventaja de ir al colegio. Yo

pensaba que era una pésima razón.)

Escribiendo ciencia-ficción, sin embargo, a menudo introduje el

elemento de misterio. Dos de mis novelas, The Caves of Steel (Doubleday,

1953) y The Naked Sun (Doubleday, 1957) son típicas historias de

misteriosos asesinatos, además de ser de ciencia-ficción. He escrito

suficientes cuentos cortos de misterio y ciencia-ficción de uno y otro tipo,

como para permitir que se publicara una colección de ellos bajo el título de

Asimov's Mysteries (Doubleday, 1968).

También escribí una novela de misterio tradicional, The Death Dealers

(Avon, 1958) 1, que después fue reeditada, por Walker & Co., en 1968, bajo

mi propio título, "A Wiff of Death". Esta, sin embargo, trataba solamente

sobre la ciencia y los científicos aunque su atmósfera era la de una novela

de ciencia-ficción, como lo eran asimismo dos cuentos cortos de misterio que

vendí a revistas de misterio.

Fui sintiendo cada vez más el antojo de escribir misterios que no

tuvieran nada que ver con la ciencia. Lo único que me detenía, sin embargo,

era el hecho de que la novela de misterio había evolucionado en los últimos

veinticinco años y mis gustos no. Las historias de misterio, hoy en día, están

empapadas en licor, inyectadas de drogas, sazonadas con sexo y tostadas al

sadismo, mientras que mi ideal en misterio de detectives es Hércules Poirot

y sus pequeñas células grises.

Pero años atrás recibí una carta de Eleanor Sullivan, esa joven y

hermosa rubia preguntándome si consideraría la propuesta de escribir un

cuento corto para una revista. Por supuesto que acepté, jubilosamente,

porque pensé que si ellos me lo pedían, jamás podrían tener la crueldad de

rechazarlo una vez que éste fuera escrito, y eso significaba que podía

escribir, sin miedos, mi propia clase de cuento... Uno muy cerebral.

Comencé a dar vueltas en mi cabeza a diferentes posibilidades de

argumento, porque quería algo que tuviera un giro razonable y Agatha

Christie, por sí misma, había utilizado prácticamente todas las salidas

posibles.

Mientras mis células grises trabajaban laboriosamente, visité

casualmente al actor David Ford. Su departamento está lleno de

interesantes objetos exóticos y él me contó que estaba convencido de que

alguien se había llevado algo de su departamento pero que nunca pudo estar

seguro porque era incapaz de detectar lo que faltaba.

Solté una risa y mis células grises lanzaron un hondo suspiro de alivio y

dejaron de trabajar. Ya tenía el giro de mi argumento.

Necesitaba luego un fondo en el cual desarrollar mi argumento y aquí

1 Bueno, fue rechazada por Doubleday, si tanto les interesa saberlo.

viene algo más.

Hace ya muchos años, en 1940, según dice la leyenda, alguien se casó

con una dama que encontraba inaceptables a los amigos de su marido y

viceversa. Con el fin de evitar que se rompiera una relación muy preciada,

esos amigos organizaron un club sin autoridades ni estatutos con el sólo fin

de realizar una cena una vez por mes. Sería una organización para hombres

solamente, de manera de poder invitar al marido a afiliarse y prohibir -en

forma legítima- la entrada a su señora. (Hoy en día, siendo el Movimiento

Femenino tan poderoso, puede ser que esto no hubiera resultado.)

La organización se llamó la Trampa de las Arañas, probablemente

porque los mismos miembros sentían que se hallaban escondidos.

Han pasado treinta años desde que la Trampa de las Arañas fue

fundada, pero aún existe. Aún es sólo para hombres, a pesar de que el

miembro en cuyo matrimonio se inspiró la organización se divorció hace

tiempo. (Como concesión al antichauvinismo masculino se ofreció un cóctel

el 3 de febrero de 1973, durante el cual las esposas de la Trampa de las

Arañas pudieron conocerse, y quizás esto se transforme en una costumbre

anual.)

La Trampa de las Arañas (o TDA para abreviar) se reúne una vez al



mes, siempre un viernes por la noche, casi siempre en Manhattan, algunas

veces en un restaurante, otras en el departamento de uno de los miembros.

Cada reunión es presidida por dos voluntarios que costean todos los gastos

en esa ocasión y que pueden llevar, cada uno, un invitado. La concurrencia

no pasa normalmente de doce. Desde las 6,30 hasta las 7,30 se bebe y se

conversa; desde las 7,30 hasta las 8,30 se come y se conversa; y de ahí en

adelante se conversa solamente.

Después de la comida cada invitado es severamente interrogado sobre

sus intereses, su profesión, sus hobbies y sus puntos de vista, y los

resultados son casi siempre interesantes, a menudo fascinantes.

Las principales, entre todas las excentricidades del TDA, son éstas: 1)

cada miembro recibe el tratamiento de “Doctor”, ya que el título es

inseparable de su calidad de miembro del club; y 2) se supone que cada

miembro debe intentar que el TDA sea mencionado en su obituario.

Yo he asistido como invitado en dos diferentes ocasiones; y cuando me

mudé a Nueva York, en 1970, fui elegido miembro.

Muy bien -pensé entonces-, ¿por qué no relatar mi cuento de misterio

utilizando como trasfondo las reuniones de una organización parecida al

TDA? Mi club se llamaría los Viudos Negros y lo reduciría a la mitad para

hacerlo más manejable: seis personas y un anfitrión.

Hay diferencias, naturalmente. Los miembros del TDA nunca han

intentado solucionar misterios en la vida real y ninguno de ellos tiene una

idiosincrasia tan definida como los miembros de los Viudos Negros. En

realidad, tanto en lo particular como en lo general, los miembros del TDA

son gente amable y existe un afecto mutuo que es conmovedor. Por lo

tanto, les aseguro que los personajes y los acontecimientos de los cuentos

de este libro son de mi propia invención y no tienen semejanza con nadie ni

nada perteneciente al TDA, excepto en la medida en que puedan parecer

inteligentes o amables.

Henry, el mozo, es particularmente una invención mía y no tiene

análogo, ni siquiera lejano, en el TDA.

De modo que, teniendo un argumento y un fondo en el cual

desarrollarlo, escribí un cuento que llamé La Risita aunque fue rebautizado

con el nombre de La Risita Adquisitiva 2. Después de vender el primero no

hubo quien me detuviera, por supuesto. Comencé a escribir un cuento tras

otro sobre los Viudos Negros y en poco más de un año había escrito ocho y

los había vendido todos a la EQMM.

El problema era que, a pesar de que me contenía y no escribía todo

cuanto quería, aún producía con más rapidez que la apropiada para que la

EQMM los publicara.

Finalmente cedí bajo la presión de no escribir, de modo que escribí tres

más a mi ritmo natural de producción y decidí no bombardear más a la

revista con ellos. Luego escribí un cuarto y se los vendí. Eso hizo un total de

doce, con un número suficiente de palabras como para un libro. Doubleday &

Company, mis leales editores, habían esperado pacientemente, entre

bastidores, desde la aparición del primer cuento, y por lo tanto hoy los reúno

todos bajo el nombre de Cuentos de los Viudos Negros. Y aquí los tienen.

¿Alguna pregunta?

2 Invariablemente, la EQMM cambia mis títulos. No me molesta porque siempre espero

ansioso la publicación del libro en el cual puedo volver los títulos a su original. Algunas

veces no lo hago, como en las rarísimas ocasiones en que un cambio de título de la editorial

recibe mi aprobación. Por ejemplo, creo que La Risita Adquisitiva es mejor que La Risita, de

modo que dejo este último.

LA RISITA ADQUISITIVA

Hanley Bartram era esa noche el invitado de los Viudos Negros, quienes

se reunían todos los meses en su silenciosa guarida y juraban matar a la

mujer que se entrometiera... durante esa noche del mes, al menos.

El número de concurrentes variaba, pero en esa ocasión estaban

presentes cinco miembros.

Geoffrey Avalon era el anfitrión de esa noche. Alto, de bigote

cuidadosamente recortado y una barbita ahora más blanca que negra,

conservaba, sin embargo, el cabello casi tan negro como siempre.

Como anfitrión era su deber ofrecer el brindis ritual que señalaba el

comienzo de la comida en sí. En voz alta y con placer, dijo:

—Por el viejo King Cole, cuya memoria es sagrada. Que su pipa esté

siempre encendida, su plato siempre lleno, su espíritu siempre alto, y por

nosotros, para que seamos tan felices como él durante toda nuestra vida.

Todos contestaron “Amén” se llevaron el vaso a los labios y se

sentaron. Avalon puso la copa a un costado de su plato. Era la segunda y

ahora se hallaba justamente por la mitad. Así permanecía durante el resto

de la comida, sin que la tocara nuevamente. Avalon era abogado en derecho

patentario y su vida social reflejaba toda la minuciosidad de su trabajo. Una

copa y media era todo lo que se permitía en esas ocasiones.

Thomas Trumbull irrumpió por las escaleras a último momento, con su

grito de siempre.

—¡Whisky con soda para un hombre moribundo, Henry!

Henry, camarero de esas reuniones desde hacía ya varios años (sin que

aún ningún Viudo Negro hubiera oído mencionar su apellido), tenía el whisky

y la soda ya preparados. Frisaba por los sesenta, pero tenía la cara lisa y sin

arrugas. Su voz parecía sonar a la distancia, aun mientras hablaba.

—Aquí está, Sr. Trumbull.

Trumbull vio a Bartram en seguida y en un aparte le preguntó a Avalon.

—¿Tu invitado?

—Él me pidió que lo trajera —dijo Avalon, procurando decirlo casi en un

susurro—. Buen muchacho. Te gustará.

La cena era tan variada como los asuntos de los que se ocupaban los

Viudos Negros. Emmanuel Rubin, que también gastaba barba -una barbita

escasa y desigual bajo una boca de dientes muy espaciados-, pertenecía al

género de los escritores y se hallaba ocupado en contar con fruición los

detalles de la historia que acababa de terminar. James Drake, de rostro

rectangular y bigote, pero sin barba, lo interrumpía de vez en cuando

recordando otras historias que guardaban cierta relación con ésa. Drake era

sólo especialista en química orgánica, pero poseía un conocimiento

enciclopédico sobre literatura de todo tipo.

Trumbull, experto en códigos, pasaba por ser un alto consejero del

gobierno y se le había metido en la cabeza demostrar su desprecio por los

pronunciamientos políticos de Mario Gonzalo.

—¡Maldición! —gritaba en su lenguaje menos escabroso—. ¿Por qué no

te quedas con tu idiota pintura abstracta y tus telas de arpillera y dejas los

asuntos mundiales a tus superiores?

Trumbull no se había recuperado de la magnífica exposición que

Gonzalo había hecho algunos meses atrás, y Gonzalo que lo sabía, rió en

tono tolerante y dijo:

—Muéstrame a mis superiores.

—Nombra a uno —replicó. Bartram, bajo y regordete, de cabello crespo,

se mantuvo estrictamente en su papel de invitado. Escuchó a cada uno,

sonrió a todos y habló poco.

El momento llegó, finalmente, cuando Henry sirvió el café y comenzó a

colocar los postres delante de cada invitado como un experto prestidigitador.

Era en ese instante cuando debía comenzar el tradicional interrogatorio del

invitado.

Casi por hábito, la primera pregunta correspondía (en las ocasiones en

que se hallaba presente) a Thomas Trumbull. Su rostro moreno, arrugado en

perenne descontento, parecía enojado cuando comenzó con la invariable

primera pregunta:

—Sr. Bartram, ¿cómo justifica usted su existencia?

Bartram sonrió y habló con precisión.

—Nunca lo he intentado. Mis clientes, en aquellas ocasiones en que mi

trabajo les brinda satisfacción, encuentran que mi existencia se justifica.

—¿Sus clientes? —preguntó Rubin—. ¿En qué trabaja usted, Sr.

Bartram?


—Soy investigador privado.

—¡Qué bien! —dijo James Drake—. Creo que hasta ahora no había

venido ninguno. Manny, esta vez vas a poder conseguir algunos datos

correctos para ese héroe de folletín sobre el que escribes.

—No por mi intermedio, —dijo Bartram rápidamente. Trumbull arrugó el

ceño.


—Si no les importa, caballeros, ya que a mí me corresponde dirigir el

interrogatorio, les rogaría que me dejasen esto a mí. Sr. Bartram, usted

aludió a las ocasiones en que su trabajo brinda satisfacción. ¿Es siempre así?

—Hay veces en que este asunto es discutible, —dijo Bartram—. En

realidad, esta noche quisiera hablarles respecto a una ocasión en que resultó

particularmente discutible. Puede ser incluso que uno de ustedes sea útil en

relación con esto. Pensando en eso fue que le pedí a mi buen amigo, Jeff

Avalon, que me invitara a una de estas reuniones, una vez que me hube

interiorizado de los detalles de la organización. Él tuvo la amabilidad de

hacerlo y yo estoy encantado.

—¿Está listo ahora para hablar de la dudosa satisfacción que brindó o

dejó de brindar en este caso en particular?

—Sí, si ustedes me lo permiten.

Trumbull miró a los otros buscando algún signo de oposición. Los ojos

prominentes de Gonzalo estaban fijos en Bartram mientras decía:

—¿Podemos interrumpir? —Rápidamente y con una gran economía de

trazos estaba dibujando una caricatura de Bartram en el reverso de la carta.

Esta se uniría a las que, para inmortalizar a otros invitados, ya se hallaban

en gallarda sucesión sobre una de las paredes.

—Dentro de limites razonables —dijo Bartram. Hizo una pausa para

tomar un sorbo de café y luego agregó—: La historia comienza con

Anderson, al que sólo me referiré con ese nombre. Era un "adquisidor".

—¿Un inquisidor? —preguntó Gonzalo, frunciendo el ceño.

—Un "adquisidor". Ganaba cosas, las adquiría, las compraba, las

tomaba, las coleccionaba. El mundo se movía en una sola dirección con

respecto a él: se movía hacia él, nunca desde él. Esa marea de objetos, de

todo tipo y valor, iba a parar a una casa que él poseía y ya nunca volvía a

salir de allí. A través de los años, esa marea fue engrosándose gradualmente

y volviéndose increíblemente heterogénea. Anderson tenía además un socio

de negocios al que llamaré Jackson solamente.

Trumbull lo interrumpió frunciendo el ceño, no porque hubiera algo

respecto a qué fruncir el ceño, sino porque lo hacía siempre.

—¿Es ésta una historia verídica? —preguntó.

—Cuento solamente historias verídicas —dijo Bartram lentamente y con

precisión—. Me falta imaginación para mentir.

—¿Es confidencial?

—No contaré esta historia de modo que resulte fácilmente reconocible;

pero si así fuera, sería confidencial.

—Advierto que emplea Ud. el potencial —repuso Trumbull—; pero

quiero asegurarle que, lo que se dice entre las cuatro paredes de esta

habitación, jamás se repite ni se menciona, ni siquiera en forma tangencial,

fuera de ellas. Henry también lo sabe.

Henry, ocupado en volver a llenar dos de las tazas de café, sonrió

levemente e inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

Bartram sonrió también y continuó.

—Jackson también tenía una enfermedad. Era honrado, ineludible y

profundamente honrado. Su alma estaba impregnada de esta característica

como si desde muy temprana edad lo hubieran puesto a remojar en ella de

pies a cabeza. Para un hombre como Anderson, era sumamente útil tener al

honrado Jackson como socio, debido a que su negocio, al que evito

cuidadosamente describir en detalle, requería cierto contacto con el público.

Este contacto no era para Anderson, debido a que su tendencia a adquirir se

interponía en el camino. Con cada objeto que adquiría, otra arruga de

astucia le cruzaba la cara hasta que se asemejó a una tela de araña que

asustaba a todas las moscas a la vista. Era Jackson, puro y honrado, quien

daba la cara ya quien acudían las viudas con sus óbolos y los huérfanos con

sus centavitos. Por otro lado, Jackson, también encontraba necesario a

Anderson, porque con toda su honradez, o quizás debido a ésta, carecía de

habilidad para multiplicar el dinero. Dejado a su suerte, perdería

completamente, sin que fuera ésta su intención, cada centavo que le fuera

confiado, y luego rápidamente se vería forzado a matarse como dudosa

forma de compensación. Las manos de Anderson, sin embargo, eran para el

dinero como el fertilizante para las rosas; y él y Jackson, juntos, eran una

exitosa combinación.

Ningún paraíso dura cien años, sin embargo, y si se hace caso omiso de

una situación habitual, ésta se profundizará, se agrandará y se volverá cada

vez más extrema. La honradez de Jackson alcanzó proporciones tan

colosales que Anderson, con toda su astucia, a veces se veía arrinconado

contra la pared y forzado a pérdidas monetarias. De igual modo, la

tendencia a adquirir de Anderson tocó profundidades tan infernales, que

Jackson, con toda su moralidad, se encontró a sí mismo ocasionalmente

envuelto en prácticas cuestionables. Naturalmente, como a Anderson no le

gustaba perder dinero y Jackson aborrecía perder su personalidad, surgió

cierta frialdad entre ambos. En tal situación, la ventaja estaba claramente

del lado de Anderson, quien no ponía límites razonables a sus acciones,

mientras que Jackson se sentía atado a su código de ética.

Anderson trabajó y maniobró astutamente hasta que, eventualmente, el

pobre y honrado Jackson se encontró forzado a vender su parte de la

sociedad bajo las condiciones más desventajosas posibles.

La tendencia adquisitiva de Anderson había llegado a su clímax,

podríamos decir, porque adquirió total control sobre su empresa. Su

intención era retirarse en ese momento y dejar el manejo cotidiano a sus

empleados para no preocuparse más que de embolsar sus ganancias.

Jackson, por su parte, se quedó sin nada, a excepción de su honradez, y

aunque ésta es una característica admirable, tiene bajo valor directo en una

tienda de empeños. Fue en ese punto, caballeros, cuando yo entré en

escena. Ah, gracias, Henry.

Las copas de coñac estaban siendo distribuidas.

—¿Usted no conocía a ninguna de esas personas, al principio? —

preguntó Rubin, mientras sus ojos penetrantes parpadeaban repetidamente.

—En absoluto —dijo Bartram, oliendo delicadamente el cognac y

llevándoselo a los labios—, aunque creo que uno de los que están en esta

habitación sí los conocía. Fue hace algunos años. Conocí a Anderson cuando

éste irrumpió en mi oficina absolutamente trastornado. "Quiero que

encuentre lo que he perdido", dijo. Yo he manejado muchos casos de robo

en mi carrera de modo que, como era natural, le pregunté: "¿Qué es lo que

ha perdido exactamente?" Y él respondió: "¡Maldita sea, hombre! Eso es lo

que acabo de pedirle que averigüe". La historia fue surgiendo en forma

deshilvanada. Anderson y Jackson habían tenido una disputa de

proporciones. Jackson estaba indignado, como sólo puede estarlo un hombre

honrado que descubre que su integridad no le sirve de escudo contra la

astucia de otros. Juró vengarse y Anderson descartó estas palabras con una

risa.

—"Cuídate de la ira de un hombre paciente" —citó Avalon, con ese aire



de precisión que ponía hasta en las menos ominosas de sus afirmaciones.

—Así lo he oído —dijo Bartram— aunque nunca he tenido ocasión de

probar esa máxima. Ni tampoco la había tenido Anderson, aparentemente,

ya que no sentía ningún miedo de Jackson. Según me explicó, Jackson era

tan psicóticamente honrado y su obediencia a la leyera tan fanática que no

había ninguna posibilidad de que cayera en algún hecho delictuoso. O así

pensaba Anderson. Ni siquiera se le ocurrió pedirle a Jackson que le

devolviera la llave de la oficina; lo que era incluso más sorprendente ya que

la oficina estaba situada en la misma casa de Anderson, entre todas las

chucherías. Anderson recordó esta omisión unos pocos días después de la

pelea, porque al regresar de una cita a media tarde, encontró a Jackson en

su casa. Jackson tenía su viejo portafolio y lo estaba cerrando justamente

cuando Anderson entró; pero lo cerraba con rapidez alarmada, según le

pareció a Anderson. Este frunció el ceño y le preguntó, sin poder evitarlo:

“¿Qué estás haciendo aquí?” Jackson repuso: “Vengo a devolverte algunos

papeles que estaban en mi poder y que ahora te pertenecen, y también la

llave de la oficina”. Con esta observación le entregó la llave, indicó algunos

papeles sobre el escritorio, y aseguró la cerradura de combinación de su

portafolio con dedos que, Anderson podría jurar, temblaban un poco.

Jackson echó una mirada alrededor de la habitación con una sonrisa que a

Anderson le pareció curiosa, casi secretamente satisfecha, y dijo: “Ahora me

iré”. Lo que procedió a hacer. Sólo cuando oyó el motor del coche de

Jackson partir y luego perderse en la distancia Anderson pudo despertar de

un tipo de estupor que lo había paralizado. Sabía que le habían robado y al

día siguiente vino a verme.

Drake frunció los labios, hizo girar su copa de cognac casi vacía y dijo:

—¿Por qué no a la policía?

—Había una complicación —dijo Bartram—. Anderson no sabía qué era

lo robado. Cuando tuvo la certeza del robo, se abalanzó hacia la caja de

caudales como es natural. Su contenido estaba a salvo. Registró a fondo su

escritorio. No parecía faltar nada. Fue de habitación en habitación. Todo

parecía estar intacto según todas las evidencias.

—¿No estaba seguro? —preguntó Gonzalo.

—No podía estarlo. La casa se hallaba increíblemente repleta de todo

tipo de objetos y él no recordaba todas sus posesiones. Me dijo, por

ejemplo, que durante un tiempo. Había coleccionado relojes antiguos. Los

guardaba en una pequeña gaveta de su estudio; había seis de ellos. Los seis

estaban allí, pero lo atormentaba el vago recuerdo de un séptimo. Por más

esfuerzos que hacía no podía recordar precisamente. De hecho, le sucedía

algo peor, porque uno de los seis le parecía extraño. ¿Podría ser que él

tuviera sólo seis, pero que uno de mayor valor hubiera sido sustituido por

uno de menor valor? Algo así le sucedió una docena de veces y se repitió en

cada uno de sus escondrijos, y con cada una de sus extrañas adquisiciones.

De modo que acudió a mí.

—Un momento —dijo Trumbull, dando un fuerte golpe sobre la mesa—.

¿Qué hacía que estuviese tan seguro de que Jackson se había llevado algo?

—Ah —dijo Bartram—, ésa es la parte fascinante de la historia. El modo

de cerrar el portafolio y la secreta sonrisa de Jackson mientras examinaba la

habitación, sirvieron en sí para despertar la sospecha de Anderson; pero al

cerrar la puerta tras él, Jackson lanzó una risita. No fue una risita

cualquiera. Pero permítanme contárselo con las mismas palabras de

Anderson, tan fielmente como pueda recordarlas. “Bartram”, dijo él, “he

escuchado esa risita innumerables veces en mi vida. Yo mismo me he reído

de ese modo miles de veces. Es una risita característica, inconfundible,

imposible de ocultar. Es la risita adquisitiva; es la risita del hombre que

acaba de obtener algo que deseaba ardientemente a expensas de algún

otro. Si hay alguien en el mundo que conozca esa risita y que pueda

reconocerla incluso detrás de una puerta cerrada, ése soy yo. No puedo

haberme equivocado. Jackson se ha llevado algo mío y se vanagloriaba de

ello”. No se podía discutir con ese hombre sobre ese punto. Estaba

prácticamente esclavizado por la idea de haber sido víctima y, en realidad,

yo tenía que creerle. Yo tuve que suponer que, a pesar de la honradez

patológica de Jackson, éste se había sentido tentado a robar cuando su

paciencia, por una sola vez en su vida, se agotó. Lo que debió haberle

ayudado fue su conocimiento de Anderson. Debió de conocer la fuerte

atracción que Anderson sentía hasta por la menos valiosa de sus posesiones

y darse cuenta de que el daño sería más profundo y más grande que el valor

del objeto robado, por muy elevado que éste fuese.

—Quizá fue el portafolio lo que se llevó —dijo Rubin.

—No, no, ése era de Jackson. Hacía años que lo tenía. De modo que

aquí tiene el problema. Anderson quería que yo descubriera lo que había

sido robado, porque hasta que él pudiera identificar el objeto y probar que

ese objeto estaba, o había estado, en poder de Jackson, no podía

demandarlo —y lo que más deseaba era demandarlo. Mi tarea, entonces,

consistía en registrar su casa y decirle lo que faltaba.

—¿Cómo podía ser posible, si él mismo no podía decirlo? —gruñó

Trumbull.

—Le señalé esto —dijo Bartram—, pero él se hallaba desesperado y no

razonaba. Me ofreció una gran cantidad de dinero: o lo encontraba o nada.

Era una linda suma, no había duda, y dejó como anticipo una cantidad

considerable. Estaba claro que lo que más le dolía era el deliberado insulto a

su tendencia adquisitiva. La idea de que un “no-adquisidor” amateur como

Jackson se atreviera a burlarse de la más sagrada de sus pasiones había

llegado a trastornarlo, y estaba dispuesto a cualquier gasto para evitar que

la victoria del otro fuera final. Yo soy sólo humano. Acepté el anticipo y el

pago ofrecido. Después de todo, razoné, tengo mis métodos. Me ocupé

primero del problema de las listas de seguro. Todas eran anticuadas, pero

sirvieron para eliminar los muebles y los objetos más grandes como posibles

víctimas del robo de Jackson, ya que todo lo que figuraba en las listas se

hallaba aún en la casa.

Avalon interrumpió.

—Estos se hallaban eliminados de antemano, de todos modos, ya que el

objeto robado debía caber en el portafolio.

—Suponiendo que fuera realmente el portafolio lo que se usó para

transportar el objeto fuera de la casa —señaló Bartram pacientemente—.

Pudo haber sido fácilmente un señuelo. Antes que Anderson regresara,

Jackson pudo haber tenido un camión de transporte frente a la puerta y

haber sacado el piano de cola si así lo hubiera querido y luego cerrado el

portafolio en las barbas de Anderson para despistarlo. Pero dejemos eso. No

era probable. Lo llevé a través de la casa, habitación por habitación,

siguiendo un procedimiento sistemático, examinando piso, paredes y

cielorraso, estudiando todas las estanterías, abriendo todas las puertas,

registrando todas las piezas del mobiliario y dando vuelta todos los

armarios. Tampoco olvidé la buhardilla y el sótano. Nunca Anderson se había

visto forzado hasta entonces a pensar en cada objeto de su vasta y

heterogénea colección con el fin de que en algún lado, de alguna manera,

uno de ellos estimulara su memoria a pensar en otro objeto similar que no

estuviese allí. Era una casa enorme, sin fin. Nos llevó días, y el pobre

Anderson estaba más confundido cada día. Después ataqué desde otro

flanco. Era obvio que Jackson, deliberadamente, se había llevado algo que

pasara inadvertido, quizás algo pequeño; sin duda algo que Anderson no

extrañara fácilmente y algo, por lo tanto, que él no apreciase demasiado.

Por otro lado, tenía sentido suponer que sería algo que Jackson deseaba

llevarse y que encontraría valioso. En realidad, el hecho le daría mayor

satisfacción si Anderson también lo considerara valioso una vez que se diera

cuenta de que había desaparecido. ¿Qué podría ser, entonces?

—Un pequeño cuadro —dijo Gonzalo rápidamente—, alguno que

Jackson sabía que era un auténtico Cézanne, pero que Anderson pensaba

que era una basura.

—Una estampilla de la colección de Anderson —dijo Rubin—, en la que

Jackson notó una falla de grabado muy poco común. —Una vez había escrito

una historia que giraba alrededor de este punto en particular.

—Un libro —dijo Trumbull— que contenía algún oculto secreto de familia

con el que, a su debido tiempo, Jackson podría chantajear a Anderson.

—Una fotografía —dijo Avalon dramáticamente— que Anderson había

olvidado, pero que era el retrato de un antiguo amor y por la cual,

eventualmente, él daría una fortuna para recuperarla.

—No sé en que negocios estarían —dijo Drake pensativamente—, pero

puede haber sido de aquellos en que una chuchería insignificante pudiese

ser en realidad algo de gran valor para un competidor y llevar a Anderson a

la bancarrota. Recuerdo un caso en que una fórmula de hidracina...

—Aunque parezca extraño —interrumpió Bartram firmemente—, pensé

en todas esas posibilidades y las examiné con Anderson. Era claro que no

tenía ningún gusto artístico y que las piezas que poseía eran realmente

inservibles, sin lugar a dudas. No coleccionaba estampillas, y aunque tenía

muchos libros y no podía decir con certeza si alguno de ellos había

desaparecido, me juró que no tenía ningún secreto de familia escondido que

pudiera merecer la atención de un chantajista. Ni jamás había tenido

tampoco antiguos amores, ya que en los días de su juventud se había

dedicado exclusivamente a damas profesionales cuyas fotografías no tenían

ningún valor para él. En cuanto a sus secretos de negocios, eran más bien

de los que podían interesarle al gobierno más que a algún competidor, y

había mantenido todo lo referente a ellos fuera de la mirada honrada de

Jackson en primer lugar. En segundo lugar, éstos se hallaban todavía en la

caja de seguridad (o en el fuego, desde hacía mucho). Pensé en otras

posibilidades, pero una por una fueron descartadas. Por supuesto, siempre

cabía la posibilidad de que Jackson se traicionara a sí mismo. Podía aparecer

floreciente de un día: para otro e indagando sobre la fuente de su riqueza,

podríamos descubrir algo sobre la identidad del objeto robado. Anderson

mismo lo sugirió y pagó generosamente para que se vigilara a Jackson

durante las veinticuatro horas. Fue inútil. El hombre llevaba una vida sencilla

y se comportaba precisamente como era de esperar de una persona que sólo

poseía unos ahorros. Vivía una vida muy moderada y eventualmente tomó

un empleo doméstico donde su honradez y su conducta tranquila le ganaron

una buena reputación. Finalmente, sólo me quedó una alternativa.

—Espere, espere —dijo Gonzalo—; déjeme adivinar, déjeme adivinar. —

Terminó el resto de coñac que le quedaba, le hizo señas a Henry para que le

sirviera otro y dijo—: ¡Le preguntó a Jackson!

—Me sentí muy tentado de hacerlo —dijo Bartram en tono lastimero—,

pero eso habría sido difícilmente factible. En mi profesión no conviene

insinuar siquiera una acusación sin tener algún tipo de pruebas. Nuestras

matrículas profesionales son muy frágiles y en cualquier caso, de ser

acusado, él simplemente negaría el robo y se pondría en guardia contra

cualquier incriminación.

—Y, entonces... —dijo Gonzalo, pero no continuó. Los otros cuatro

fruncieron el entrecejo al unísono, pero sólo hubo silencio.

Habiendo esperado cortésmente, Bartram dijo:

—No adivinarán, caballeros, porque ustedes no están en esta profesión.

Ustedes conocen sólo lo que leen en revistas de aventuras y por lo tanto

creen que las personas como yo tienen un número ilimitado de alternativas y

solucionan invariablemente todos los casos. Yo, por mi parte, como

pertenezco a la profesión, sé que es de otro modo. Caballeros, la única

alternativa que me quedaba era confesar mi fracaso. Anderson me pagó, sin

embargo. Eso, por lo menos, tengo que reconocerlo. Cuando me despedí, él

había perdido casi cinco kilos. Sus ojos tenían una expresión vacía, y

mientras nos estrechábamos las manos aún recorrían la habitación en que

nos hallábamos, buscando, buscando. Entonces musitó: “le repito que no

puedo haberme equivocado con esa risita. Él me robó algo. Me robó algo”.

Lo vi en dos o tres ocasiones después de eso. Nunca cesaba de buscar;

nunca encontró el objeto perdido. Comenzó a decaer. Los sucesos que les he

descrito tuvieron lugar casi cinco años atrás y el mes pasado él murió.

Hubo un breve silencio.

—¿Sin encontrar jamás el objeto perdido? —preguntó Avalon.

—Sin encontrarlo jamás.

—¿Acude a nosotros para que le ayudemos a solucionar el problema

ahora? —inquirió Trumbull con un tono de desaprobación.

—En cierto modo, sí. La ocasión es demasiado buena para perderla.

Anderson está muerto y lo que se diga dentro de estos muros no saldrá de

aquí, según todos nosotros hemos convenido, de modo que ahora puedo

preguntar lo que no pude hacer antes. Henry, ¿me puede dar fuego?

Henry, que había estado escuchando con una cierta deferencia ausente,

sacó una caja de fósforos y encendió el cigarrillo de Bartram.

—Permítame presentarlo, Henry, a quienes usted sirve en forma tan

eficiente. Caballeros, les presento a Henry Jackson.

Hubo un momento de evidente turbación y Drake dijo:

—¿Este es Jackson?

—Exactamente —afirmó Bartram—. Sabía que estaba trabajando aquí, y

cuando me enteré de que ustedes realizaban en este club sus reuniones

mensuales, tuve que rogar, casi descaradamente, que me invitaran. Era

solamente aquí donde yo podía encontrar al hombre de la risita adquisitiva y

verlo en una atmósfera de amabilidad y discreción.

Henry sonrió e inclinó la cabeza.

—Hubo momentos durante el transcurso de la investigación —prosiguió

Bartram— en los que no pude menos que preguntarme, Henry, si Anderson

no se había equivocado y si, acaso, no habría habido ningún robo. Siempre,

sin embargo, volvía al tema de la risita adquisitiva y confiaba en el juicio de

Anderson.

—Hizo bien —dijo Jackson suavemente—, porque en realidad le robé

algo a mi ex socio, al caballero al que usted se ha referido como Anderson.

Nunca me arrepentí de ese acto ni por un momento.

—Era algo de valor, supongo.

—De mucho valor, y no pasó un día en que yo dejara de pensar en el

robo y de alegrarme por el hecho de que ese hombre inescrupuloso ya no

tuviera lo que le había robado.

—¿Y usted provocó deliberadamente sus sospechas de manera de poder

experimentar un placer mayor?

—Sí, señor.

—¿Y no temió ser apresado?

—Ni por un momento, señor.

—Por Dios —rugió Avalon, de pronto, con una voz que rompía los

tímpanos—. Vuelvo a repetirlo. Cuídense de la ira del hombre paciente. Soy

un hombre paciente y ya estoy cansado de este interminable interrogatorio.

Cuídese de mi ira, Henry. ¿Qué fue lo que se llevó en su portafolio ese día?

—Nada, por supuesto, señor. Estaba vacío.

—¡Por amor de Dios! ¿Dónde puso lo que le robó?

—No tuve que ponerlo en ningún lado, señor.

—Entonces, ¿qué fue lo que le robó?

—Solamente la paz, señor —dijo Henry suavemente.



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