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Reinado de dios e imperio


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González - Reinado de Dios e imperio.



Antonio González

REINADO DE DIOS E IMPERIO

Ensayo de Teología Social

Editorial Sal Terrae

Santander

2003


Entre corchetes, se indica el número de página del párrafo precedente, en el original.




-2-

EL SISTEMA ECONÓMICO

En el capítulo anterior hemos pasado revista a algunos de los pro­blemas más importantes del mundo actual. Muchos de ellos parecen relacionados directamente con el sistema económico vigente. Lo que se globaliza es el capitalismo, y es en el marco de este sistema eco­nómico donde aparecen masas de pobreza y abismos de desigualdad nunca antes conocidos en el planeta. Es también en este sistema económico donde la actividad humana está dañando gravemente el medio ambiente.

Podría aducirse, sin embargo, que el sistema económico no es directamente el culpable de todos esos males, sino una configuración concreta del mismo. También podría pensarse que, aunque el siste­ma económico capitalista fuera el responsable de tales catástrofes, no habría otro sistema disponible. El hundimiento del «socialismo real» en los países del Este de Europa mostraría la inviabilidad de cual­quier intento de sustituir el capitalismo por otra forma de organiza­ción social y económica.

Todo esto va definiendo las tareas que tenemos que afrontar en este capítulo. En primer lugar, tendremos que preguntamos por el funcionamiento del sistema económico vigente. De este modo podremos averiguar en qué medida los problemas del mundo actual están relacionados con sus estructuras esenciales. Sólo entonces esta­remos en condiciones de preguntarnos por la posibilidad de encon­trar otra forma de organización humana en la que se puedan superar esos problemas. Y esto incluye la pregunta por el fracaso del llama­do «socialismo real». [39]


2.1. UN MODELO DE CAPITALISMO
Podemos definir el capitalismo como un sistema económico que reúne tres características: el mercado, la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado. Otros sistemas econó­micos pueden poseer una o dos de estas características, pero sólo cuando se juntan las tres se puede hablar propiamente de capitalis­mo. Así, por ejemplo, un sistema económico en el que hubiera mer­cado y propiedad privada de los medios de producción, pero donde la mano de obra no fuera asalariada, sino esclava, no sería un sistema económico capitalista. Frente a la ecuación entre capitalismo y mer­cado, hay que afirmar que el mercado no es exclusivo del capitalis­mo, y puede aparecer también en otros sistemas económicos, inclu­so en aquellos sistemas económicos que se pueden proponer como alternativa al capitalismo (Schweickart, 1997).

Todo sistema económico tiene que dedicar una parte de lo que produce al consumo, y otra a la inversión. En el capitalismo esto se resuelve mediante la conjunción de los tres elementos mencionados. En el mercado, quienes disponen de dinero expresan sus necesidades y sus gustos demandando unos productos u otros. Los propietarios de los medios de producción llevan los productos de sus empresas al mercado, tratando de obtener de ellos la máxima ganancia posible. Del mismo modo, los trabajadores ofrecen en el mercado su capaci­dad de trabajo, que es comprada por aquellos capitalistas que lo necesitan para sus empresas. La llamada «teoría de la plusvalía» afir­ma que hay una diferencia entre lo que los trabajadores realmente entregan a los capitalistas y lo que los capitalistas realmente les pagan. Precisamente esta diferencia sería la «plusvalía».

La mayor parte de las exposiciones de la teoría de la plusvalía comienzan haciendo consideraciones enormemente generales, casi filosóficas, sobre la naturaleza del valor y su último fundamento en el trabajo humano. Esto se debe, en buena medida, al modo un tanto farragoso en que la teoría fue inicialmente expuesta (Menéndez, 1977). Sin embargo, hoy es posible hacer una exposición mucho más simple e inteligible de esa explicación del capitalismo (Menéndez, 1984). Diseñemos un modelo económico sencillo, compuesto por las tres características propias del capitalismo: mercado, propiedad pri­vada de los medios de producción y trabajo asalariado. En este modelo, los miembros de la sociedad están en capacidad de ofrecer [40] en el mercado laboral 5.000 horas de trabajo. Supongamos que el precio de cada hora de trabajo es de un dólar. Supongamos también que en esa sociedad las horas de trabajo se aprovechan eficientemen­te, de manera que los bienes y servicios que se crean se producen utilizando únicamente el «tiempo de trabajo socialmente necesario», es decir, el trabajo necesario para producir una mercancía de acuerdo con el estado de la técnica en un momento dado.

Supongamos también que en esa sociedad los medios de produc­ción se gastan al final del año (hay que invertir de nuevo en medios de producción), y que todos los salarios se gastan en consumo al cabo del año (no hay ahorro). Supongamos, además, que todo lo que pro­duce esa sociedad se logra vender en el mercado, de modo que no quedan stock de mercancías sin vender. De este modo, las 5.000 horas de trabajo empleadas por los miembros de la sociedad revier­ten a ellos en forma de bienes y servicios. Si el sistema está en equi­librio, estos bienes valdrán 5.000 dólares, dado que el valor de la hora de trabajo era de un dólar. Ahora bien, estos bienes tienen que ser de dos tipos: bienes que se emplean en consumo a lo largo del año y bie­nes de equipo que renuevan los medios de producción gastados a lo largo de ese período.

El problema, en un modelo así, es que no queda claro de dónde salen las ganancias que los capitalistas obtienen en todo este proce­so. Si los miembros de la sociedad entregan 5.000 horas de trabajo a las empresas, y éstas entregan a la sociedad 5.000 dólares en bienes y servicios, no ha habido aparentemente ninguna ganancia. Pero no es así. Lo que sucede en cualquier economía es que no todo lo produ­cido se consume. Una parte de lo producido son medios de produc­ción (bienes de equipo y materias primas) que permiten seguir pro­duciendo en el año siguiente. Supongamos que lo que necesitan los miembros de esa sociedad para reproducir su capacidad de trabajo son 3.000 dólares, que gastarán en alimentación, ropa, vivienda, des­canso y educación. Estos gastos, por supuesto, varían en cada socie­dad y están sujetos al influjo de factores culturales. Por otra parte, lo que se necesita invertir para crear nuevos medios de producción serí­an los 2.000 dólares restantes. De este modo, los trabajadores tendrán que dedicar 3.000 horas de trabajo a producir bienes de consu­mo, y 2.000 horas de trabajo a producir bienes de equipo.

Pues bien, en una sociedad capitalista los trabajadores venden las 5.000 horas que pueden trabajar a los capitalistas. Pero éstos les [41] pagan únicamente 3.000 dólares, que es lo que esa sociedad gasta en consumo de alimentos, ropa, vivienda, descanso, educación, etc. Dicho en otros términos, los capitalistas solamente pagan a los trabajadores el valor de su fuerza de trabajo. El resto, los 2.000 dólares, constituyen las ganancias del capitalista, que tendrá que invertir en renovar los medios de producción. Por supuesto, el modelo está tan simplificado que se prescinde del consumo privado de los capitalis­tas, que habría que descontar del conjunto de lo que esa sociedad gasta en consumo. Pero el modelo nos muestra de dónde salen las ganancias. Estas no provienen de la aportación de maquinaria que hacen los capitalistas, porque en nuestro modelo los 2.000 dólares que se invierten en bienes de equipo y materias primas provienen de las 2.000 horas de trabajo que se emplean en crearlos. Las ganancias surgen de la diferencia que hay entre las horas de trabajo entregadas por los trabajadores (5.000) y las horas de trabajo que éstos necesi­tan para reproducir su fuerza de trabajo (3.000). Hay, por tanto, una plusvalía de 2.000 horas de trabajo, que es la que permite la ganan­cia capitalista y las futuras inversiones.


2.2. LAS RELACIONES BÁSICAS
A partir del descubrimiento de la plusvalía es posible esbozar algu­nas relaciones básicas en el capitalismo. Seguiremos aquí la exposi­ción de autores como Ernest Mandel (1975) y Javier Martínez Peinado y José María Vidal Villa (Martínez Peinado, 1999a, 34-45).
2.2.1. La ley del valor

Esta ley expresa que el valor de una mercancía es la suma de tres ele­mentos: el capital constante (e), el capital variable (v) y la plusvalía (p):

V=c+v+p

El capital constante designa el valor de los medios de produc­ción, entendido como el número de horas socialmente necesarias para producirlos. Incluye tanto el capital fijo como las materias pri­mas. El capital variable se refiere al valor de la fuerza de trabajo que el capitalista compra a los trabajadores. Este valor de la fuerza de [42] tra­bajo es el número de horas socialmente necesarias para asegurar el consumo que la mano de obra necesita para su mantenimiento y reproducción. Es interesante observar que en la compra de capital variable los trabajadores adelantan al capitalista su fuerza de trabajo (el capital variable), que solamente es pagada al final de un determi­nado período de tiempo, por ejemplo, un mes. Finalmente, la plus­valía es el excedente de horas de trabajo no pagadas, que pasan ínte­gramente a disposición del capitalista. Estas se invertirán en la repo­sición de la maquinaria (como en nuestro modelo), en la ampliación de los medios de producción, en el progreso técnico o en el consumo privado del capitalista.



Desde este punto de vista, el capital no es propiamente una cosa, sino una relación. Es la relación establecida entre el capitalista y los objetos materiales o los servicios personales que le permiten aumen­tarlo. En términos económicos, el capital es todo valor producido en condiciones de propiedad privada de los medios de producción y de fuerza de trabajo asalariada (Martínez Peinado, 1999a, 43).

A partir de la definición de estos tres elementos (c, v, p) podemos ya obtener algunas sencillas relaciones:


2.2.2. La tasa de plusvalía

La tasa de plusvalía expresa la relación entre el trabajo no pagado (plusvalía) y el trabajo pagado, o capital variable. A veces se le deno­mina también «tasa de explotación»:

p’=p/v

Obviamente, el capitalista está interesado en aumentar la plusva­lía. Y esto puede hacerse de varias maneras. Se puede incrementar el tiempo de trabajo manteniendo inalterados los salarios reales de los trabajadores. Es lo que ha sucedido en los últimos treinta años, refor­zado en parte por la incorporación de la mujer al mercado laboral (aumento de la oferta de mano de obra). Pero se puede también aba­ratar los medios de consumo del trabajador, sus gastos en transpor­te, en educación, en descanso, etc. O también se puede hacer que la sociedad en su conjunto pague esos gastos. Además, es posible aumentar la intensidad del trabajo mediante aumentos de ritmo, cadenas de montaje, etc. De este modo, el trabajo es más «producti­vo»: [43] se requiere menos tiempo para recuperar el valor de v, lo que significa, en otros términos, un descenso en el valor de la fuerza de trabajo


2.2.3. La composición orgánica del capital.

La composición orgánica del capital se refiere a la relación entre el capital constante y el capital variable, dentro del total del capital invertido (Mandel, 1975, I, 143). Mide la intensidad del capitalismo como una relación entre el trabajo que se ha convertido en maqui­naria (trabajo cristalizado o trabajo muerto) y el trabajo vivo actual­mente empleado.

c’=c/v

2.2.4 La tasa de ganancia.

Es la relación entre la plusvalía y el capital total invertido. De este modo, la tasa de ganancia mide la rentabilidad del capital:



p

g’= ------



c+b

A través de unas sencillas operaciones aritméticas, podemos tra­tar de establecer una relación entre la tasa de plusvalía p’, la compo­sición orgánica del capital c’, y la tasa de ganancia g’.



p p/v p’

g’= -------- = -------- = --------



c+v c/v+c/v c’+1

Es decir, la tasa de ganancia varía directamente con la tasa de plusvalía, e inversamente con la composición orgánica del capital. Una observación importante, como veremos. [44]


2.3. VALORES y PRECIOS
Las relaciones que hemos estudiado hasta aquí han sido expresadas en valores, es decir, atendiendo a las horas de trabajo necesarias para fabricar un producto. Sin embargo, en el mundo real no son visibles los valores, sino únicamente los precios. Por eso hemos de ir acer­cando nuestro modelo, enormemente abstracto y simplificado, hacia la realidad. Y para ello hemos de tener en cuenta, en primer lugar, el carácter social de la producción (Martínez Peinado, 1999a, 45-47; Mandel, 1975, I, 147-150).
2.3.1. La tasa media de ganancia

Para estudiar el carácter social de la producción, recordamos que en el capitalismo hay un conjunto de empresas que compiten entre sí en el mercado. Nos imaginamos que esta competencia no se ve afecta­da por otros mercados (es un sistema cerrado) y que no hay inter­vención del estado. Y nos imaginamos también que en esa economía hay tan sólo tres sectores (I, II, y lII). Nos imaginamos, además, que en todos los sectores se emplea el tiempo de trabajo socialmente necesario: las empresas que desperdician capital variable o constante han sido expulsadas del mercado. Y, para simplificar, postulamos una situación en la que el capital variable y la masa de plusvalía son igua­les en todos los sectores. Sin embargo, se invierten diferentes capita­les constantes c. Según la ley del valor, V=c+v+p. Si esta ley actua­ra de forma independiente en cada sector, ocurriría lo siguiente:






c

v

p

V

g’

I

100

100

100

300

0,50 = 50%

II

200

100

100

400

0,33 = 33,3%

III

300

100

100

500

0,25 = 25%

De acuerdo con este esquema, nos encontramos con tasas de ganancias diferentes en cada sector, de modo que el sector con una composición orgánica del capital más baja es el que tiene una tasa de ganancia más alta. Pero esto no puede ocurrir en una economía como [45] la que hemos supuesto, justamente porque en ella funciona el mer­cado. Los capitales se mueven hacia los sectores con mayor tasa de ganancia, con lo que aumenta la oferta de esos bienes. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando los capitales se trasladan hacia sectores o regiones en que la composición orgánica del capital es más baja. Pero si el mercado funciona correctamente, al aumentar la oferta dis­minuyen los precios y disminuyen las ganancias. Inversamente, los capitales abandonan los sectores con menor tasa de ganancia, con lo que disminuye la oferta y suben los precios. De este modo, en un mercado perfecto, la tasa de ganancia se iguala entre los diversos sec­tores. Es la tasa media de ganancia:

G’= Σp/Σ(c+v)

En nuestro ejemplo, esto significa:

G’ = 300/600+300 = 33,3%

La tasa media de ganancia en el modelo de sociedad que hemos propuesto es del 33,3%. Esto nos permite calcular cuál es la masa de ganancia correspondiente a cada sector. La masa de ganancia viene dada por la siguiente fórmula:

g = G' (c + v)

Esto significa que, siendo la misma la tasa de ganancia para toda la sociedad, la masa de ganancia en cada inversión es proporcional al volumen total del dinero que se ha invertido.


2.3.2. El precio de producción

Todo esto nos permite aproximamos ya de los valores a los precios. Primero hemos de calcular el precio de producción, es decir, el pre­cio del producto en la fábrica, antes de llegar al mercado. El precio de producción, o precio de coste, incluye la ganancia que se espera obtener más la amortización de los capitales invertidos. Es decir:

Pp = c + v + G'(c+v) [46]

Si seguimos suponiendo que la hora de trabajo cuesta un dólar, nos encontramos con el siguiente cuadro de transformación de valo­res en precios:







c

v

p

V

G'

g

Pp

I

100

100

100

300

33,3%

66,6

266,6

II

200

100

100

400

33,3%

99,9

399,9

III

300

100

100

500

33,3%

133,3

533,3

Total

600

300

300

1.200




300

1.200

Este esquema nos permite observar que en algunos sectores la masa de ganancias es superior a la plusvalía, mientras que en otros secto­res la plusvalía supera la masa de ganancias. Sin embargo, en los tota­les se cumple que

Σg = Σp

ΣV = ΣPp

Lo cual significa que, en la totalidad social, no hay más ganancia que la que proviene de la plusvalía. El hecho de que en unos secto­res la plusvalía sea superior a la ganancia, mientras que en otros la ganancia es superior a la plusvalía, se explica diciendo que hay una «transferencia de plusvalía» de unos sectores a otros. En nuestro ejemplo se puede observar que los sectores más beneficiados por esta transferencia de plusvalía son aquellos que tienen una composición orgánica del capital más alta, mientras que en los sectores con una composición orgánica del capital más baja la ganancia es claramente inferior a la plusvalía. En cualquier caso, para la totalidad social sigue siendo correcta la ley del valor:

V=c+v+p
2.3.3. El precio de mercado

Finalmente, las mercancías son llevadas al mercado, donde experi­mentan oscilaciones de precio de acuerdo con la oferta y la deman­da. Si el precio de mercado es superior al precio de producción, el [47] capitalista obtiene no sólo la masa de ganancias correspondientes a su inversión (según la tasa media de ganancia), sino, además, un beneficio extra. Ahora bien, el precio de mercado puede ser también igual o inferior al precio de producción. Esto último no significa necesariamente pérdidas. La diferencia entre el precio de mercado y el precio de producción puede ser inferior a la masa de ganancias correspondientes a su inversión:

(Pp - Pm) < G'(c + v)

En este caso, las ganancias siguen siendo superiores a cero (g > O). Sólo cuando la diferencia entre el precio de producción y el precio de mercado es superior a la masa de ganancias correspondientes a la inversión, hay verdaderas pérdidas:

(Pp - Pm) > G'(c + v)


2.4. ALGUNAS TENDENCIAS FUNDAMENTALES
Las relaciones y transformaciones básicas que hemos considerado en los apartados anteriores nos permiten ahora comenzar a determinar las grandes tendencias de la economía capitalista (Martínez Peinado, 1999a, 51-61).
2.4.1. Ley de sobrepoblación relativa

Comencemos observando una tendencia propia de toda economía de mercado, sea o no capitalista. En ella siempre hay un tiempo de tra­bajo socialmente necesario para producir cualquier mercancía. Pongamos que en una sociedad pre-capitalista el término medio que se necesita para producir una silla es de 2 horas. Si un gremio nece­sita 4 horas para fabricar una silla, se verá desfavorecido en el mer­cado, porque el precio que obtendrá por cada silla equivaldrá al tra­bajo de dos horas, no de cuatro. A la larga, este gremio se verá des­plazado del mercado. En cambio, si un gremio desarrolla una técni­ca nueva para fabricar sillas en una hora, se verá favorecido, porque [48] por cada hora de trabajo obtendrá en el mercado el equivalente a dos horas de trabajo, hasta que otros imiten su técnica. De ahí que toda sociedad de mercado, aunque no sea capitalista, está presionada para desarrollar nuevos medios técnicos.

En el capitalismo se mantienen estas tendencias propias de toda economía de mercado. Por una parte, el capitalista aumenta su ganancia en la medida en que aumenta su plusvalía. Este aumento se puede hacer, por ejemplo, incrementando el ritmo de producción, introduciendo y mejorando las cadenas de montaje, etc. De este modo, con un mismo capital variable se conseguirá un resultado equivalente a más horas de trabajo, aumentado de este modo la plus­valía. Por otra parte, ya vimos como las empresas que tenían una composición orgánica del capital más elevada alcanzaban una masa de ganancia superior a la plusvalía. En cambio, las empresas con una composición orgánica del capital más baja alcanzaban una ganancia inferior a la plusvalía. En el conjunto del sistema económico, esto significaba una transferencia de plusvalía desde las primeras hacia las segundas. Lo cual es algo que no sucede en otras economías de mer­cado en las que no hay plusvalía, y ello le imprime al capitalismo una dinámica excepcional de desarrollo técnico. Los capitalistas individuales, si no quieren perder plusvalía y, a la larga, verse desplazados del mercado, tienen que introducir constantes mejoras en los medios de producción.

Desde el punto de vista de los capitales invertidos, esto quiere decir que en un sistema capitalista el capital constante crece más rápidamente que el capital variable. Teniendo en cuenta que la com­posición orgánica del capital se define como c’ = c/v , resulta claro que en el capitalismo hay constantemente un aumento de la composición orgánica del capital. Lo cual, desde el punto de vista del empleo, sig­nifica una tendencia constante a sustituir el trabajo «vivo» de los tra­bajadores por trabajo mecánico. Cada vez hay más medios de pro­ducción, pero cada vez se necesitan menos trabajadores para utilizar­los. La acumulación capitalista produce de manera constante, y de forma proporcional a su extensión, una población excesiva con res­pecto a las necesidades medias del mercado laboral. Así se forma un «ejército industrial de reserva» de trabajadores desempleados, los cuales cumplen la función añadida de impulsar los salarios a la baja (por exceso de oferta), de modo que la producción de plusvalía para los capitalistas pueda acabar considerándose un privilegio. El [49] de­sempleo es, por tanto, una característica estructural del sistema capitalista, que se produce incluso en períodos de estancamiento demográfico.

A diferencia de otros sistemas económicos, donde la sobrepobla­ción es absoluta, porque se define frente a la limitación de los recur­sos (con las consiguientes hambrunas y migraciones), en el capitalis­mo la sobrepoblación es relativa al aumento de los medios de pro­ducción. Lo cual no significa que el capital variable no aumente, sino, sencillamente, que el aumento del capital constante es mayor. Obviamente, el aumento de los medios de producción no tiene que causar, por sí mismo, desempleo. Las personas podrían, simplemen­te, trabajar menos tiempo. Pero esto no es pensable en el uso capita­lista de esos medios de producción, a no ser como resultado de pre­siones extrínsecas de los sindicatos o los gobiernos. La reducción del tiempo de trabajo para combatir el desempleo supone un aumento del capital variable y una reducción de la composición orgánica del capital, con la consiguiente pérdida de plusvalía en favor de otros sectores, en los que las ganancias serían superiores. Algo que ningún sector capitalista haría por propia iniciativa.

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