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Recuerdos de la Maestra Cony Caraballo


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Recuerdos de la Maestra Cony Caraballo

( relato de un amor platónico)

¡Ah! Quién tuviese alas de paloma…

Thomas de Quincey



Por Ivad Zarrimed

No acostumbro a leer periódicos. Me refiero a leer en el sentido amplio del término, o expresado de otra manera, leer rigurosamente el contenido de todas y cada una de las noticias. Ahora eso es bastante para mí. Aunque confieso, por honor a la verdad, que efectivamente hubo un tiempo, no hace muchos años, en que fui un lector compulsivo. Noticias vivas, frescas, que leía por la mañana, me parecían un aborto a mediodía y, por la noche, ya apestaban a pudrición, y éstas necesariamente tenían que dar origen a otras noticias más, día tras día, y así hasta el infinito. Noticias fugaces, efímeras, evanescentes, como un sueño se esfumaban para no volver más. Soy infiel a los postulados y a las sabias enseñanzas de mi escritor preferido, Jack London, autodidacta, quien con toda seriedad y fervor místico arengaba a sus admiradores y potenciales seguidores, dándoles gratuitamente el secreto de su amplia experiencia personal. Les aconsejaba que la mejor manera para llegar a ser un gran escritor consistía en leer los periódicos todos los días, asidua y rigurosamente, puesto que allí estaba contenida la vida, real, concreta, objetiva, llena de sabores y sinsabores; concluyendo que cualquier asunto podría llegar a ser un rico filón para una novela, usando, además, por supuesto, – remataba certeramente-- la potencialidad de la fértil imaginación. Y tenemos otro ejemplo del gran Stendhal, con su magnífica novela “Rojo y Negro”, cuyo tema lo encontró en un periódico de provincia, en la sección de la nota roja, relacionada sobre la historia de un triángulo amoroso en donde el amante asesina a su amada (mujer casada, de buena familia, con esposo y con dos hijos) cuando ella se encontraba de rodillas en oración en el interior de una iglesia católica. O también es el caso de W. Somerset Maugham, a quién su maestro de inglés le obligaba, con excesiva brutalidad, a leer las noticias de la nota roja, cuando éste apenas tenía la tierna edad de once años, aún en la etapa de su niñez todavía; imaginémonos a este niño leyendo crudamente historias de asesinatos, violaciones, robos, en fin, de las más recónditas crueldades y crímenes que se almacenan y que están latentes en el alma de los impredecibles seres humanos. Repito, no tengo ya el hábito de leer, sino de hojear el periódico, sin poner atención a nada. Es una disciplina para mi higiene mental. A decir verdad estoy a punto de erradicar también esta manía de una vez por todas, lo que significaría, lógicamente, no leerlos nunca más.

Sin embargo, una mañana de enero del año 2008, estando sentado en una silla, en mi oficina ubicada en la calle Balbino Dávalos, me encontraba hojeando distraídamente un diario matutino local, cuando de pronto me llamó mucho la atención el título de un artículo cuyo nombre era “Cony” y, además, incluía la fotografía de una joven, quien por el corte de su peinado parecía con el aire y semblanza de los años 60. El matasellos colocado en la parte inferior derecha hacía suponer que ésta fue extraída de un certificado o título universitario, procedimiento clásico escolar de certificación y autenticidad del documento. La joven mostraba su fino rostro descubierto, con pelo recogido hacia atrás; era una fotografía típica para procesos documentales administrativos. Mis ojos se posaron rápidamente en algunas frases aisladas del artículo: ¿guerrillera?...movimiento urbano clandestino mexicano… Liga Comunista 23 de Septiembre…desaparecida. No necesité leer más. Su fotografía y su nombre accionaron como elementos de un recuerdo disparador en mi memoria que me remontó muchos años atrás. Sentí que se apoderaba de mí una dulce y ferviente emoción a flor de piel.

¿Cuándo y cómo conocí a la maestra Cony?

Fue una mañana de enero de 1972. El director del bachillerato, quien tenía la apariencia de un globo en movimiento, era bajo de estatura, de complexión obesa, cara redonda como y ojos saltones, con mirada de nonato, cabeza casi calva, con lentes negros y vidrios del grueso de una botella, jadeante y limpiándose con un pañuelo el sudor de la frente, se presentó de improviso en el salón de clases para anunciarnos: “Jóvenes, les informo que el maestro de literatura renunció y a la brevedad posible se designará el nuevo titular de la materia”. Todos los alumnos escuchamos en silencio. Nadie dijo nada, ni externamos tampoco comentario alguno. Una vez hecho esto el director salió inmediatamente del salón y se retiró con paso presuroso. Renuncia extraña pues estábamos a casi cinco meses de haber iniciado el año escolar. En ese tiempo aún se tenía el plan académico por año. Pertenecí a la última generación del bachillerato de dos años.

Pasaron dos o tres días, no recuerdo bien. Para matar el tiempo, algunos amigos y yo teníamos la costumbre de sentarnos en una banca lo más próxima al salón de clases para hacer tiempo entre una y otra materia para esperar al siguiente maestro. Era una mañana de enero, fresca, soleada. De pronto vi salir de la dirección del plantel a una joven mujer. A paso lento venía caminando, cabizbaja, en dirección hacia nosotros. Sus brazos cruzados en el pecho, como si se aferrase de sí misma, sosteniendo algunos libros. Se detuvo frente a nosotros y preguntó en forma tímida: “¿Podrían decirme dónde está el salón de clases del grupo de segundo C?” –dijo con una sonrisa graciosa. Casi todos al unísono respondimos a su pregunta, acto seguido nos levantamos y nos fuimos acompañándola. Era de estatura promedio, no muy alta, delgada, piel aceitunada, su vestido era de una sola pieza y de corte amplio, pelo negro y lacio, le llegaba debajo de los hombros, su rostro chico, facciones suaves, ojos negros, nariz pequeña, sus hermosos ojos negros tenían algo, sus párpados los abría y cerraba muy rápido, y todo hacía suponer el padecimiento de un tic nervioso. Ya en el salón se autopresentó: “¡Buenos días! Mi nombre es Constancia Caraballo. Soy la nueva maestra de literatura”, agregando, además, que le podíamos decir únicamente Cony. Claro que a nadie ni se nos ocurrió tanta familiaridad para tutearla de buenas a primera; así que en la interacción le agregamos naturalmente: maestra Cony.

En apoyo a nuestro curso nos ofreció los libros de ella que tenía en la biblioteca de su casa, pero con la condición de regresárselos una vez terminada la lectura. Idea excelente, pues así nos ahorrábamos la compra. Esto me dio la oportunidad de ir a su casa ubicada en la esquina triangular de las calles de Corregidora, Maclovio Herrera y Balbino Dávalos, por el barrio de La Salud.

Adopté la estrategia de ir a verla a su casa por las tardes, cuando creía tener la posibilidad de encontrarla y pedirle algunos libros, ó que previamente en la escuela me había sugerido leer. Después de frecuentarla varias veces, me dio motivo para empezar a conocer a toda su familia, sus papás, a sus hermanos y hermanas: Conchita, Severiano, Eva, Germán, Nacho. De esta manera empecé a sentir la invariable cortesía y afabilidad que tuvieron conmigo y que siempre los distinguió a todos ellos. Me comentó que su papá era agricultor. La casa donde vivían, con un gran muro de piedra alrededor que destacaba hacia el sur, tenía una superficie de unos 5000 metros cuadrados aproximadamente, estaba edificada en el centro del terreno y contaba con dos plantas, de construcción moderna, tipo residencial medio alto, con grandes ventanales de cristal que daban hacia ambos lados del jardín. Las partes norte y sur del predio tenían una pequeña huerta familiar en donde se podía encontrar árboles de mango criollo, limón, plátano, palma de coco, aguacate, guayaba, nance, tamarindo y otras frutas. El cuarto de estudio de ella se ubicaba en el segundo piso y se encontraba tapizado de libros, muchos de ellos en francés y, además, con una gran colección de discos.

Los primeros libros que devoré fueron de Juan José Arreola y Juan Rulfo. Después algunas obras representativas de autores como Agustín Yáñez, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Sergio Galindo, Fernando Benítez y Mariano Azuela, entre otros. También me introdujo en la música del rock y blues predominantes en ese tiempo, y por ella conocí al legendario John Mayall, cantante británico de blues. En una ocasión le comenté que me habían gustado mucho los libros de Arreola, sobre todo su lenguaje pulido como de orfebre y sus temas provincianos, y me dijo que precisamente había elaborado su tesis de licenciatura sobre la obra de Juan José Arreola en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara. Me sorprendió gratamente que me prestase el único ejemplar que conservaba de su tesis. Una vez en mi casa, en el silencio de la noche como acompañante, abrí la tesis y me impactaron las sencillas y simples palabras impresas con minúscula en la página de la dedicatoria; eran cuatro palabras únicamente: a los que amo.

Si pudiésemos evaluar a posteriori la diferencia que existió entre el maestro anterior y la maestra, habríamos de resumirlo brevemente en una palabra: método El primero se adecuaba al tipo clásico y ortodoxo, en donde la memoria era el todo, aprendizaje tradicional, cuyos contenidos eran como recetas de cocina y, en cambio, ella nos sumergió de lleno a la lectura directa de los autores, sin más ni más y, sobre todo, por vocación de nuestras preferencias.

Recuerdo que no perdía ocasión para motivarnos a expresar nuestras opiniones sobre las lecturas de los libros prestados; es decir, daba por entendido lo relacionado a los resúmenes y síntesis de los mismos; lo que para ella era mucho más importante es que le diéramos nuestras opiniones de carácter personal por más simples que éstas fueran expresadas. Fue así como nos propuso la creación de un periódico mural, en donde cada uno podría expresar libremente cualquier cosa que le ocurriese de cualquier tema. El periódico tendría una diferencia específica con el tradicional, el cual se colocaba fijo, en una sola pared o espacio; ahora sería movible, más dinámico, con la ventaja de poder colocarlo en los salones de los demás grupos. Idea que a algunos nos entusiasmó y que participamos activamente en su creación, haciéndolo manualmente en la casa de la maestra. Yo participé con dos dibujos y una poesía, de ésta última no me acuerdo, y de uno de los dibujos tipo caricatura representé a dos personajes abrazándose con el lema: “Hasta que la muerte nos separe”. Pero no eran de dos amantes, sino las figuras del director y de uno de los líderes “charros” más famosos del movimiento obrero mexicano, era una alegoría para reflejar la duración casi eterna que cada uno tenía en sus puestos. El periódico estaba estructurado por tres partes, con una base para mantenerse firme y fijo en el piso, cada una e independientes, pero que juntas formaban una sola unidad. Procedimos a colocarlos inicialmente en el patio central, para posteriormente moverlos hacia los demás salones de la escuela. De pronto, vi salir al director de su oficina, presuroso y con cierto aire de alarma en su rostro; se acercó a ver con curiosidad uno de los módulos del periódico, y después de unos minutos, lanzó palabras altisonantes, y enfurecido le dijo a otro maestro que casualmente pasaba por allí en ese instante: “¿Ya viste lo que hicieron los alumnos de la maestra Cony?” Una vez que el total de los alumnos pudieron ver el periódico, algunos ya inquietos, por no sé que razón empezaron a prenderle fuego a las tres secciones movibles. ¡Fugaz fue la existencia del periódico mural! Nunca me enteré si ella fue reprendida por esta acción por parte del director, o al menos jamás nos mencionó cosa alguna a los alumnos del grupo.

Un día, después de terminada la clase, mientras caminábamos hacia la salida, me preguntó si quería acompañarla a la cárcel (la cárcel antigua, ubicada en Galván y Emilio Carranza). Respondí que sí. Entonces me citó un sábado por la mañana y nos vimos en la entrada del penal. Ese día llegué puntual; además habían ido también varios compañeros. Una vez adentro (para usar una expresión coloquial, fue la primera vez que pisé la cárcel), con los guardias del penal abriendo y cerrando las puertas metálicas, ya se habían reunido previamente a todos los presos en un espacio que funcionaba como patio interior. Yo me había impactado al ver reunidos a todos los presos y la maestra, y nosotros, allí, en medio de ellos, claro con algunos vigilantes de protección. Ella empezó a hablarles con gran naturalidad y sencillez, y había logrado mantener una buena conversación con ellos. Al cabo de un buen rato, inesperadamente les sugirió a los presos que pidieran a cada uno de nosotros qué animal les gustaría que imitáramos. Yo ni me acuerdo de los demás compañeros, pero a mí me solicitaron imitar el ladrido de un perro, y así lo hice, pero creo que no ladré tan bien como ellos querían, puesto que todos soltaron sonoras carcajadas y no pararon de reír por buen rato. Terminada esa visita social a la penitenciaría, salimos y nos despedimos de ella.



No sé como salió lo de la invitación que me hizo un día para asistir a una reunión en la noche con un grupo de amigos de ella, donde se presentaría una disertación sobre Apollinaire, el poeta francés precursor de la corriente surrealista (por cierto la persona que iba a exponer no se presentó). El grupo se reunía en una casa por la calle Venustiano Carranza, cerca de la cárcel preventiva de la ciudad. Era una casa de dos plantas, de concreto, con cierto estilo europeo, descuidada, lo cual se percibía a simple vista por la carencia absoluta de mantenimiento y por el abandono que dejaba mostrar; por dentro predominaba el hierro forjado en puertas y ventanas, el piso de mosaico, y mosaico de talavera en algunas paredes y baños, con una pequeña fuente de talavera casi al centro de la entrada. Esa noche fui y ella ya había llegado, me acerqué a saludarla y no me le despegué ni un instante en todo el tiempo que permanecí allí. El grupo pertenecía al Círculo de Estudio y Reflexión (CER). Todos eran jóvenes, un poco mayores que yo, y no sabía quienes eran o de dónde venían, ni que hacían. Bueno, yo las veces que asistí allí jamás presencié un debate ó una exposición de poesía, literatura, ó alguna otra ciencia. Cuanto más, escuchábamos música, se tomaba alguna bebida o platicábamos. Yo lo que más disfrutaba era poder estar sentado a su lado y escuchar música de Santana, Mayall, Deep Purple, Black Sabath, Led Zeppelin, The Doors. Pero de análisis y debate nada, ó a lo mejor no descarto que me tocó lo que dijéramos mala suerte de disfrutar un debate intelectual. Sin embargo, lo mejor para mí era estar cerca de ella y nada más. Yo me iba feliz a casa.

Fue como la tercera o cuarta ocasión que me invitó a la reunión habitual, cuando por primera vez observé que había más gente de lo normal que la que acostumbraba ir otras veces. Yo llegué tarde. En esa ocasión no la vi a ella. Todos estaban sentados, formando un círculo, en uno de los cuartos más amplios de la casa en la planta baja, con actitudes serias, mirándose atentamente; primero habló uno y luego otro. De lo que logré captar es que querían hacer algunas acciones de protesta y manifestaciones estudiantiles. Las comisiones ya se estaban asignando para cada uno. A mí me asignaron dos comisiones; la primera había consistido en repartir volantes en la escuela secundaria Corona Morfín. Era un volante impreso con la siguiente leyenda: “Estamos en contra de las injusticias del gobernador”, ó “Repudiamos las injusticias del gobernador”, o algo parecido; un texto verdaderamente escueto en esencia. Ni siquiera vagamente recuerdo el nombre de las injusticias a que se referían. Cumplí la encomienda la tarde del día siguiente con toda naturalidad, entregando los volantes a los estudiantes que salían de clases. La segunda era una acción un poco más audaz, al día siguiente por la mañana, consistía en prenderle fuego a la bandera que estaba colocada en el asta en el plantel del bachillerato. En verdad no recuerdo a quién se le ocurrió semejante idea; observé que al principio cuando la comentaron parecía cosa de risa, pero no, no era así; inmediatamente después todos la apoyaron y yo resulté comisionado puesto que estaba estudiando en ese lugar, pero las cabezas de la intelligentia ninguno estudiaba en Colima. Esa misma noche, cuando nos reunimos para informar de las acciones del volanteo, imprevista y sorpresivamente se presentó el jefe de la policía judicial, quien iba acompañado de algunos guardaespaldas y solicitó cortésmente hablar con el encargado de la casa o del grupo. Ya salió alguien del grupo y después de lo saludos respectivos se le invitó a pasar. Todos nos reunimos para hablar con él. Era una persona de 1.80 metros de estatura aproximadamente, complexión robusta, frisaba ya los 60, ligeramente encorvado al mantenerse de pie, cara muy blanca, casi albino, con un grueso bigote negro, usaba anteojos de cristal con armadura dorada, pelo corto entre negro y rojizo y, lo más sobresaliente, es que uno no dejaba de apreciar que, alrededor de la cintura, portaba una pistola tipo escuadra, reluciente, calibre .380 probablemente, con cachas de marfil. Él nos preguntó el motivo por el cual se estaban repartiendo los volantes, requiriéndonos también las razones principales para informarle al gobernador de las peticiones, agregando, persuasivamente, que le explicaran con precisión cuáles eran las “injusticias” del gobernador a que se hacían mención. No recuerdo bien la explicación dada. Pero el caso, para concluir, fue que el jefe de la policía nos solicitó que destruyéramos los volantes y que ya no hiciéramos estas cosas, porque estábamos muy jóvenes. Se le prometió eso y ya nadie dijo nada. Se levantó y se despidió cordialmente, hasta con los buenos deseos de pasar bien la noche. Y cada quién a su casa, un poco nerviosos por la inesperada presencia policíaca. Entonces, mi comisión de prenderle fuego a la bandera quedó cancelada.

(Recientemente leí “El joven Lenin” de León Trostky –cómo me lamenté no haberlo leído hace unos veinte años- y nada más de pensar en la represión de la policía zarista de esa época, que comparativamente con lo que hicimos, hubiera ameritado algunas ejecuciones en la horca cuando menos, ó a los campos congelados de Siberia condenados a trabajos forzados y a algunos otros la deportación al extranjero).



¿Cuándo y cómo se empezó a gestar mi amor platónico por ella?

...y a decir verdad yo en lo único que estaba interesado era en estar cerca de ella ¿cómo nació ese fuerte deseo? no lo sé ¿cómo se desarrolló? no lo sé ¿por qué? no lo sé es que sin pensar un fuerte e inquieto sentimiento se empezó a gestar en lenta evolución dentro de mí ser como si los acontecimientos y condiciones de atracción fueran moldeándose lentamente hasta lograr una imagen ideal de la persona si pudiéramos expresarlo de esa manera quiénes hayan experimentado ese peculiar fenómeno en algún momento de su vida psíquica estarán de acuerdo conmigo en que no existe una precisión de tiempo y lugar en que sucede este acontecimiento a diferencia desde luego de su antítesis directa el denominado l´amour fou tan venerado por los surrealistas ella se convirtió en mi primer amor platónico no sé ni nunca lo sabré si ella por algún instante y con la innata suspicacia de su naturaleza femenina percibió mi forma de actuar y comportarme y después vinieron en torrente los inevitables sueños diurnos y nocturnos reforzadores de esas imágines confieso que sí si hubo un único momento en que ella me comentó algo y sucedió cuando habíamos asistido a una reunión del grupo y estábamos sentados conversando sin nadie a nuestro alrededor o próximo a nuestro espacio me miró fijamente a los ojos y me dijo ¿te gustaría ir conmigo a la playa el próximo sábado? naturalmente respondí sí nos pusimos de acuerdo en el lugar donde nos veríamos ese día por la mañana ella manejó y nos fuimos a Cuyutlán una de las playas que más le gustaba durante el trayecto conversamos y la vi muy animada y de buen humor todavía era temprano cuando llegamos y los rayos del sol no caían quemantes aún en nuestros cuerpos respiramos el olor característico y peculiar del aire marino dejamos su carro en un lugar de acceso a corta distancia de la playa había poca gente alrededor a esa hora de la mañana la playa tenía un atractivo espectacular hicimos turno para cambiarnos de ropa utilizando de vestidor el mismo carro (¡honni soit que mal y pense!) y nos propusimos disfrutar el mar empezaba a soplar una brisa muy agradable después de sumergirnos y nadar un buen rato salimos y nos tumbamos en la arena al cabo de un rato nos quedamos absortos como por mutuo acuerdo mental contemplando el infinito del mar una bandada de gaviotas a lo lejos volaban parsimoniosamente a escasos centímetros de la superficie dirigiendo su mirada instintivamente en busca de su presa ella se recostó en la arena mojada y después de observar por unos instantes el cielo azul cerró sus ojos y permaneció así por unos minutos yo sentado a su lado en silencio adopté como en los antiguos tiempos de las reinas faraónicas una actitud de esclavo vigilante el incesante ruido de las olas reventando llegaba a nuestros oídos y nos envolvía en forma celestial las olas juguetonas que se formaban a distancia eran blancas y espumosas y cálidas y lánguidamente venían a morir a nuestros pies y algunas con más fuerza nos habían inundado hasta nuestra cintura provocándonos con su sorpresa una alegre risa ella yacía allí indolente como una diosa en reposo en plena armonía con la naturaleza no pude evitar por unos instantes contemplarla y admirarla en toda su plenitud era de una belleza extraordinariamente serena no alcanzaba a imaginar siquiera a la edad que yo tenía entonces puesto que aún carecía de la experiencia vivencial cómo la plenitud del alma se hubiera podido lograr con tan pocas cosas simples y sencillas que nos muestra y nos ofrece la vida ¿qué más podía pedir un simple mortal como yo? cuando abrió sus ojos esbozando una graciosa sonrisa con voz suave y calmada me dijo estoy feliz de estar aquí contigo regresamos al atardecer cuando ya los últimos rayos del sol agonizaban y se fundían en un abrazo eterno con el infinito del mar le gustaba mucho estar en contacto con la naturaleza así que en nuestras excursiones por lo regular los fines de semana seleccionábamos rumbos diferentes en cada ocasión de esta manera un día nos dirigíamos a la parte norte del estado a los lugares boscosos para admirar el paisaje que ofrecían los imponentes volcanes otro día escogíamos los lugares donde había un río o laguna y el viaje más largo que hicimos fue a la ciudad de Guadalajara me llevó a conocer los lugares que frecuentaba en su época cuando era estudiante conocí la facultad donde realizó sus estudios universitarios y pasamos un rato muy agradable de lectura en la biblioteca…

Los meses habían transcurrido volando y estábamos por concluir el año escolar, y yo dedicaba mis pensamientos en la elección de carrera. Las invitaciones a las reuniones del círculo de estudios no habían sido ya tan frecuentes, por lo que se habían reducido, por consecuencia, las posibilidades de verla y estar junto a ella. Finalizada la escuela, nos encontrábamos casualmente por la ciudad; en una ocasión la saludé en la antigua central camionera del centro de la ciudad despidiendo a un trabajador del rancho de su papá; o decirnos adiós cuando iba manejando en su Volkswagen, o sabía de ella por el encuentro con alguno de sus hermanos o hermanas. La última noticia que supe de ella fue que había viajado a París, sin tener una fecha específica de su regreso. Creo que fue su hermana Eva quien amablemente me dio su dirección y le escribí dos o tres cartas, pero nunca obtuvieron respuesta. En marzo de 1973, me fui a estudiar economía en la ciudad de México y, aunque venía regularmente en vacaciones, no logré saber nada de ella ni verla nunca más. Por motivos de trabajo, yo también me ausenté de aquí por un lapso muy considerable de años.



¿Guerrillera? …movimiento clandestino urbano armado Liga Comunista 23 de Septiembre...desaparecida. ¿Conjeturas? El autor del artículo periodístico, al parecer, no expone objetivamente ningún dato oficial en forma determinante.

Yo he preferido conservar, en lo que reste de mi vida, esa imagen tal y como la conocí a ella durante ese corto tiempo, cuando yo era un adolescente y estudiaba el bachillerato. Así se ha quedado gravada y perdurado en mi fiel memoria por todo ese tiempo, la cual me inunda armoniosamente con ese maravilloso sentimiento que aún hoy me estimula. Si desde entonces me ha sido imposible volverla a ver, y si el destino quiso que ella necesariamente partiese de su lugar de origen para lograr la búsqueda de sus ideales y convicciones que se fueron gestando en su mente diáfana, la imagino, con un sereno espíritu, que se encuentra bien en ese lugar distante y remoto de la tierra, y que continúa dedicándose también a la enseñanza de la literatura en alguna universidad del mundo. “¡Ah¡ Quién tuviese alas de paloma…

Y si en algunas ocasiones, que no han sido pocas, he hecho una plegaria por ella, ésta ha sido análoga a aquella que Thomas de Quincey, con un corazón colmado de gratitud y benevolencia, le dirigía a Ann (magnánima Ann), joven huérfana y desamparada, su querida compañera de infortunios en un tiempo, y quien en una ocasión le salvó la vida a él cuando ambos eran peripatéticos por los barrios más populosos del centro de Londres, la cual decía así:

“¡Oh, joven benefactora! ¡Cuántas veces en años posteriores, en sitios solitarios, pensando en ti con el corazón entristecido y con perfecto amor, cuántas veces he deseado que, así como en los antiguos tiempos se creía que la maldición de un padre tenía un poder sobrenatural y perseguía su objeto con una fatal necesidad de cumplimiento, del mismo modo la bendición de un corazón agobiado de gratitud pudiera tener esa misma prerrogativa, que hubiera recibido del cielo el poder de perseguirte, de rondarte, de acecharte, de sorprenderte, de alcanzarte hasta en las tinieblas densas de un burdel de Londres o incluso, si fuera posible, hasta en las tinieblas del sepulcro, para despertarte con un auténtico mensaje de paz, perdón y de reconciliación final! ”.



En los últimos tres años, por azar del destino, he establecido mis oficinas, por dos ocasiones consecutivas, muy cerca de la casa donde ella vivió, a tan solo dos cuadras de distancia escasamente. Cuando mis asuntos personales me han requerido caminar por cuestiones prácticas de cercanía a los lugares donde frecuento regularmente, confieso que, en muchas ocasiones, me he detenido deliberadamente, por un momento, frente a su casa. Me deleita imaginar que estoy tocando el timbre de su puerta y verla a ella salir, con su espléndida sonrisa y admirar su atractivo tic nervioso de sus hermosos ojos negros, y decirle que pasaba casualmente y, sin ánimo de parecer inoportuno, me detuve para saludarla y pedirle un libro prestado. Y, lo mismo que hace ya bastantes años, me es imposible aún hoy no dejar de sentir una emoción inefable al invocar el nombre de aquella quien ha dejado una huella profunda e imborrable en mi corazón.


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