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Recibiendo un legado


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RECIBIENDO UN LEGADO

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Wilfredo Canales Farfán
Hacer memoria de la presencia de la Iglesia del Nazareno en América Latina, nos confronta con dos desafíos muy importantes: En primer lugar, no obstante la profusión de relatos testimoniales que hay sobre el trabajo de la iglesia en la mayoría de los países latinoamericanos1, carecemos de una perspectiva histórica amplia e integral. Esto mismo, no nos ha permitido relacionar y evaluar todos los factores que han marcado el ser y quehacer de nuestra iglesia en el continente. La ausencia de perspectiva histórica integral (visión retrospectiva), conspira contra la forjación de un proyecto de iglesia que, habiéndose asentado en un determinado contexto, necesita enraizarse y ser pertinente al mismo (visión prospectiva). La importancia de esta mirada histórica, que es tarea del historiador, es resaltada por Rubem Alves, cuando señala:

El historiador así, es alguien que recupera memorias perdidas y las distribuye como si fuera un sacramento a aquellos que perdieron la memoria. En verdad, ¿qué mejor sacramento comunitario existe que las memorias de un pasado común, marcados por la existencia del dolor, del sacrificio y de la esperanza? Recoger para distribuir. El no es sólo un arqueólogo de memorias. Es un sembrador de visiones y de esperanzas.2


En segundo lugar, los que formamos parte de las nuevas generaciones de nazarenos en este continente, estamos en la imperiosa necesidad de responder a una pregunta que es crucial: ¿qué significa ser nazareno latinoamericano hoy? Para nadie es un secreto que, en medio del “renacimiento religioso”3 que la sociedad global está experimentando, confrontamos el reto de una gran cantidad de nuevos movimientos religiosos cuyas creencias y prácticas se han difundido transversalmente, afectando a las iglesias cristianas de muchas maneras, creando sincretismos sutiles y relativizando la presencia de la llamada religión institucionalizada (léase “denominacional”, en el ámbito evangélico). Decía John A. Mackay, “Hay momentos en la historia de las personas y de los pueblos, particularmente en tiempos de crisis, cuando la memoria de ayer abre camino hacia el mañana, cuando el despertar de un sentido de herencia se convierte en poderoso determinante de un destino”.4

A la luz de estos desafíos conviene preguntarnos: ¿qué legado hemos recibido de los nazarenos pioneros, nacionales y extranjeros, que con su esfuerzo tesonero llevaron adelante un trabajo que ha impactado a varias generaciones de latinoamericanos? Sin duda, como lo afirmábamos hace un tiempo “Hay una herencia que estamos en la imperiosa necesidad de preservar...Seguramente que, con el paso del tiempo, hay aspectos en nuestro ministerio como iglesia que tienen que ser revisados y adaptados a nuevos desafíos y circunstancias. Pero, en medio de todo ello, hay un núcleo de elementos que constituyen nuestra herencia como iglesia y que estamos en la responsabilidad de preservar”.5 Nos proponemos revisar algunos elementos claves del legado que estamos recibiendo. Los nazarenos latinoamericanos estamos conscientes de que somos parte de una iglesia:



1.Con un legado evangélico definido. La importante declaración registrada en nuestro Manual6, describe a una iglesia que está arraigada en una rica historia cristiana. Por lo tanto, nos consideramos herederos de un legado evangélico que se conecta con la predicación de nuestro Señor Jesucristo. Hay una buena nueva que compartir, la buena nueva de Jesucristo. Los Artículos de Fe de nuestra Constitución7 dan el mejor testimonio de lo que es nuestro depósito de la fe, según la expresión paulina. Éstos, no constituyen simples declaraciones doctrinales sin su correspondiente arraigo vivencial. Más bien, son el constante recordatorio del marco de vida dentro del cual hemos de movernos para el cumplimiento de nuestra misión. La identidad evangélica que caracteriza a nuestra iglesia brota de un serio compromiso con las Escrituras, como nuestra máxima norma de fe y conducta.

Dentro de este legado evangélico, asumimos con integridad el mensaje bíblico de una vida de santidad, como la norma para una fe cristiana que honra a Dios y busca ser útil a sus propósitos. En esta línea, nos corresponde a los nazarenos latinoamericanos continuar en la exploración exegética y cultural para que esta verdad bíblica pueda ser captada, vivida y transmitida en nuestros contextos culturales con integridad. Necesitamos relacionar esta enseñanza con la problemática dentro de la cual la iglesia ministra. No debe haber área del quehacer humano que quede excluida de la proclamación e influencia del mensaje de salvación total de Dios en Cristo Jesús.



2. Comprometida con la evangelización mundial. Es más, nosotros mismos somos fruto del esfuerzo pionero de nuestra iglesia en ese empeño por alcanzar el mundo con el mensaje del evangelio. El compromiso con la evangelización mundial que siempre ha mostrado nuestra iglesia, no es algo agregado con el correr del tiempo, sino más bien, constituyó una nota característica de su identidad al momento de su constitución como iglesia.8 Ligado a esto, los nazarenos latinoamericanos percibimos que nuestra participación en la iglesia debe darse en términos de mayor co-responsabilidad en el compromiso de evangelizar el mundo. Así mismo, cuando hablamos de evangelización mundial, estamos aludiendo a una tarea que es de toda la iglesia y presupone un acercamiento integral a la problemática humana buscando su transformación total. Por ello, nuestra iglesia ha desarrollado, además de los ministerios evangelísticos básicos, ministerios de servicio (compasión), programas de educación en varios niveles, y un uso intenso de recursos como literatura, radio, etc., aún cuando los recursos financieros han sido siempre limitados. En esta línea, se ha cumplido en nuestras tierras lo que Sergio Franco recuerda de los primeros nazarenos en EE.UU. que, “en cuanto se organizaban enviaban un misionero, fundaban una escuela y principiaban un periódico, ¡aunque no tuvieran dinero para ninguno de los tres!”9

El ministerio de nuestra iglesia se ha dado en un contexto latinoamericano que no es homogéneo. Esto, ha perfilado una rica diversidad en la expresión de nuestra iglesia, según sus contextos particulares. Hay una riqueza para compartir, entre los nazarenos latinoamericanos, respecto a la expresividad de la adoración y al gozo de la alabanza. También, en cuanto a su sensibilidad y solidaridad frente al dolor y la desesperanza, así como en su esfuerzo, como parte del pueblo evangélico más amplio, por señalar nuevos derroteros para nuestras amadas naciones. Tenemos el desafío de transformar, en el nombre de Jesucristo, a toda la realidad humana en la que estamos insertos.



3.Comprometida con un discipulado integral. Personal y congregacional. Surgimos como una iglesia sencilla, sin recursos abundantes ni sofisticados. Llegamos a Latinoamérica casi de manera imperceptible. Nuestros pioneros, misioneros y nacionales, tuvieron que enfrentar muchas vicisitudes para sembrar el mensaje en estas tierras, sin más recurso que su fe en Jesucristo, sin otra convicción que no fuera la de estar haciendo la voluntad de Dios, sin otra meta que la forjación de discípulos comprometidos con una vida que honre el nombre del Señor. En este esfuerzo, el cultivo y desarrollo de las disciplinas espirituales (estudio y meditación de la Palabra, la oración, la adoración, el servicio, el ayuno, etc.), constituyeron norma en la vivencia y proclamación de la fe de nuestros pioneros.

Los nazarenos latinoamericanos debemos rescatar esta parte de la herencia de nuestros antecesores porque el contexto actual nos demanda, para el cumplimiento de la misión, el desarrollo y ejercicio de una fe que puede erguirse en medio de las limitaciones y carencias. Necesitamos perseverar como una iglesia de oración profunda y reverente, de estudio anhelante de la Palabra, de servicio comprometido con el Señor, etc. Esto dará un claro sentido a nuestra acción ministerial y no permitirá que nuestras energías se gasten en lo secundario o accesorio que no tiene conexión con el reino de Dios.



Asumimos el desafío de preservar el legado y hacer de nuestra iglesia el espacio apropiado para que la gloria de Dios se muestre.



1 Especialmente a través de los llamados “libros misioneros”. Por ejemplo: Alice Spangenberg. América del Sur – Tierras del Eucalipto: un estudio de las Misiones Nazarenas en América del Sur (Kansas City: Casa Nazarena de Publicaciones, 1967). J. Fred Parker. Misión Continental: la Iglesia del Nazareno desde México hasta Argentina (Kansas City: Casa Nazarena de Publicaciones, 1984).

2


 “Las ideas teológicas y sus caminos por los surcos institucionales del Protestantismo brasileño”, Pablo Richard, ed., Materiales para una historia de la teología en América Latina (San José: DEI, 1981), p.363-364. Cursivas nuestras.

3


 Cf. John Naisbitt y Patricia Aburdene. Megatendencias 2000: diez nuevos rumbos para los años 90 (Bogotá: Editorial Norma, 1990).

4


 Citado por Wilfredo Canales. “Pensamiento Wesleyano en América Latina: corrientes y desafíos para los movimientos de santidad”. Ponencia inédita para el Seminario en Teología Latinoamericana 1994, Escuela de Teología. Universidad Nazarena, Costa Rica. Cursivas nuestras.

5


 Wilfredo Canales. “Trasmitiendo la herencia”. Revista Ministerio (Kansas City), No. 1, Vol. VI, 1992. p. 20. Este trabajo ha servido de base para la preparación de la presente ponencia.

6


La Cristiandad Histórica y la Herencia Wesleyana de Santidad: Una Fe Santa”. Manual 1997-2001 – Iglesia del Nazareno: Historia, Constitución, Gobierno, Ritual. (Kansas City: CNP, 1997). p. 14.

7


 Ibíd., pp. 26-33.

8


 Idem., p. 22.

9


 Apéndice “Nazarenos Latinoamericanos”. En: M.E. Redford y Gene Van Note. Surge la Iglesia del Nazareno (Kansas City:CNP, 1988). p. 133.


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