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Razones para aceptar


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RAZONES PARA ACEPTAR

LA RESPONSABILIDAD DE SER PROFESOR EMÉRITO
Prof. Dr. Enrique Dussel

Departamento de Filosofía, UAM-Iztapalapa

El Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana me ha otorgado la distinción de Profesor Emérito. Dicha distinción no la interpreto como un privilegio, sino como una responsabilidad; no como una jubilación anticipada ni como un tiempo de descanso o, aún, una época de mi vida para poder ocuparme de quehaceres que antes me eran imposibles por ser un profesor del claustro sin dicha distinción. No. Para mí, ser Profesor Emérito es una nueva y mayor responsabilidad cuya fisonomía desearía bosquejar en tres simples tesis, expuestas de una manera lo más sencilla y claramente posible.
I
La primera tesis podría enunciarse así:
No hay investigación científica sustentable en el largo plazo y articulada a la realidad empírica si no cuenta como fundamento con una comunidad nacional o un Estado que haya alcanzado o al menos esté intentando alcanzar la auto-determinación política.
Augusto Salazar Bondy, un apreciado filósofo peruano muerto en su juventud, sostuvo que no era posible una filosofía auténtica en un país con una cultura dependiente. Esto es aplicable a la ciencia en general. ¿Qué relación tiene la auto-determinación política de un pueblo y la investigación científica? Reflexionemos la pregunta por un instante.

Algunos, y muy afamados epistemólogos (o teóricos de la ciencia) opinan que la ciencia es fruto de un deseo desinteresado por el saber en cuanto tal. La ciencia sería una tendencia al conocer lo que las cosas que nos rodean son en su estructura real. Los descubrimientos científicos frutos de este amor incondicionado serían posteriormente aplicados a la técnica, la que escogería en el acerbo de los conocimientos producidos científicamente aquellos que le permitirían hacer avanzar la invención tecnológica. Por su parte, la tecnología se aplicaría a los procesos económicos, permitiendo a estos desarrollar la producción de bienes para la satisfacción de necesidades humanas. Las comunidades así estructuradas acumularían riqueza, “las de las naciones” de Adam Smith, y de esta manera alcanzarían autonomía política. Serían países independientes.

Sin poder argumentar largamente aquí lo contrario, pareciera que la realidad de las cosas es exactamente al revés. Es a partir de una voluntad autónoma de una comunidad política, de un Estado, que ésta y éste pueden diseñar una política económica independiente. Lo vemos en el caso de China, cuyo desarrollo económico, tecnológico y científico depende de una voluntad política auto-determinada. Lo mismo podemos decir, en mucha menor medida, por ejemplo, de Brasil en el momento presente, o de una Bolivia que ha recuperado el manejo de sus riquezas del subsuelo, en especial del gas y del litio, desde una voluntad de autonomía.

La auto-determinación política define objetivos económicos o productivos propios, como la Inglaterra en el momento de la revolución industrial (expansión primeramente de su economía, de su mercado, y después de su explosión creativo-tecnológica y científica). La exigencia económica de disminuir la proporción del salario en el costo del producto produjo la necesidad de realizar grandes concursos para inventar nueva tecnología (frecuentemente inspirada en los logros de otras civilizaciones, como la china por ejemplo, cuestión demostrada gracias a las investigaciones históricas de Needham o de John Hobson). Es decir, la política determinó la economía y esta a la tecnología. El proceso tecnológico echó mano de los descubrimientos científicos básicos, o pagó las nuevas investigaciones necesarias para dicho progreso tecnológico, dando vuelo a una ciencia determinada por la tecnología y la economía, pagada por ellas, sustentable y realista. Es la revolución económico, tecnológica y científica desde el siglo XVII al XIX en Europa.

Por el contrario, un país dependiente política y culturalmente, no puede fijar su plan económico autónomo. Espera inversiones extranjeras, compra tecnología, paga royalties. Los tecnólogos y diseñadores no puedes inventar tecnología porque se adquiere a las potencias dominantes. Sin creación tecnológica la ciencia, las ciencias básicas y las sociales no tiene ninguna articulación con los procesos tecnológico reales. Vegeta en la abstracción. Ningún milagro es que los grandes científicos de ciencias básicas o aplicadas emigren a los centros económico, tecnológico y científicamente autónomos, y por ello creativos.

Sin autonomía política no hay desarrollo científico real, objetivo, a largo plazo, articulable a las necesidades perentorias de una comunidad nacional determinada.


II
La segunda tesis podría definirse de la siguiente manera:
La universidad, como lugar de la investigación científica, cumple con la docencia una responsabilidad esencial para la ciencia: la formación de una comunidad científica creativa en el largo plazo.
Algunos opinan que la investigación es lo esencial y la docencia una especie de actividad secundaria, de extensión, de popularización o, aún más seriamente, de la formación de profesionales que practicarán empíricamente lo enseñado teóricamente. Nuevamente pensamos que la cuestión es muy diversa.

A comienzos del siglo XIX los hermanos von Humboldt, reformaron la Universidad de Berlín. Esta reforma moderna se extendió a París, a Oxford y hasta Harvard. Sirvió como nuevo modelo de universidad. ¿En qué consistió esencialmente esa reforma de la que todavía dependemos? En algo muy simple.

La investigación científica o la creación teórica europea desde el Renacimiento, desde Nicolás de Cusa, hasta Galileo, Leibniz y tantos otros, no se desarrollaba en las universidades. Las universidades eran algo así como el reducto de profesores que se dedicaban a la docencia de doctrinas sabida (en buena parte escolásticas, aunque modernas no ya medievales) pero sin investigación. Berlín inaugura la exigencia de que los docentes sean investigaciones, creadores de conocimiento no meramente divulgadores de lo conocimiento ya producidos. Sin embargo, algunos pudieron pensar que la docencia, aún de la del investigador, simplemente consistiría en dar a conocer a los alumnos el conocimiento nuevamente creado, para que ellos, recordándolo (un poco a la manera socrática, que hacía des-olvidar a sus discípulos lo que sus almas habían conocido previamente entre los dioses antes de que tomaran un cuerpo y que después habían olvidado) pudieran usarlo, manipularlo, aplicarlo. La enseñanza memorativa (aún con los mejores métodos didácticos) no disminuye la anemia creativa del alumno que simbólicamente el gran pedagogo Paulo Freire denomina “enseñanza bancaria”. Como si el maestro (aún el gran investigador, pero mal maestro) pone el conocimiento producido (como el dinero) en la cabeza del alumno para resguardarlo del olvido (o en el banco para que no sea robado). Pasividad repetitiva del alumno antes la sabiduría inalcanzable del maestro, en el caso de ser eminente (cuando, frecuentemente, no es más que un autoritario profesor que oculta su ignorancia haciéndose temible por sus exigencias evaluativas ante atemorizados alumnos bien pasivos).

La docencia no tiene como finalidad originaria transmitir meramente conocimiento, sino, esencialmente, ofrecer al novel ser humano pleno de entusiasmo el poder ser miembro de una comunidad de creación de conocimiento. El profesor solitario es un pobre autista que habla ante el espejo, especulativamente, escuchando su voz y sus hipótesis de trabajo sin contestación o falsación posible.

El investigador y maestro es el que necesita crear una comunidad científica, de investigadores, de creación de conocimiento, en la que al final el mismo maestro-investigador es un miembro más, sin otra prerrogativa que el tener más conciencia crítico-creativa e información del estado de las cuestiones más cruciales que sus noveles participantes. Todos sus discípulos son potenciales miembros de la comunidad de comunicación científica. Charles Peirce, hijo de un profesor, docente de la Universidad de Harvard, e iniciador del pragmatismo filosófico (única escuela filosófica de origen y desarrollo norteamericano) indicaba que el descubrimiento científico exige una comunidad científica y generaciones de miembros que van accediendo a la realidad objetiva pero que, como líneas asintóticas, nunca se tocan: la verdad nunca se identifica con la realidad misma. Thomas Kuhn mostró la exigencia de la comunidad, el tiempo y las revoluciones científicas como condiciones de la creación de conocimiento científico.

Peirce llamó “indefinitly community” a esa comunidad de investigadores que en el tiempo, generación tras generación, va pasando de una propuesta con pretensión de verdad, de donde parte el consenso de la pretensión de validez de la teoría sostenida por la comunidad, a otra, que siempre promueve con en el tiempo nuevas disidencias que falsean la verdad consensuada por nuevos accesos veritativos a la realidad. Disidencia del descubridor que con el tiempo será aceptada como la nueva verdad con nueva validez, es decir, el nuevo consenso comunitario.

El maestro que no sólo investiga sino que enseña a investigar, que no sólo crea nuevo conocimiento sino que enseña a crear nuevo conocimiento, es por la docencia que integra a los jóvenes discípulos no a la repetición memorativa de lo ya descubierto, sino al entusiasmo metódico que intenta crear nuevo conocimiento. No se trata de memorizar una fórmula, sino de recrear en el discípulo la alegría (porque nuestro cerebro no es meramente teórico-neocortical, sino igualmente emotivo-límbico: sin deseo o amor no hay conocimiento), la alegría de descubrir esa fórmula nuevamente, recorriendo el proceso del momento prístino de su primer alumbramiento. El apetito del saber se alcanza por recreación: por un vivir el momento de la innovación personalmente de nuevo (re-crear) y como fiesta (como recreación, como alegría o pasión). Esto sólo lo sabe comunicar el maestro investigador creativo, no el profesor repetitivo con su tedioso autoritarismo infecundo.

De esta manera es necesario afirmar a la docencia, la verdadera docencia, como condición de posibilidad de la comunidad científica, y esta comunidad como la condición de posibilidad en el largo plazo de la continuidad de la invención de nuevo conocimiento como fruto de la investigación en todas las disciplinas e interdisciplinas del saber. El investigador que opina perder tiempo en la docencia no ha comprendido que la investigación es una tarea comunitaria a largo plazo, y la comunidad la crea la docencia.


III
La tercera tesis deseamos enunciarla, para cerrar el círculo, como sigue:
Dada la profunda corrupción de la sociedad nacional e internacional (corrupción por robo, violencia, cinismo, mentira, dominación de los débiles) es necesario formar a nuestro nuevos científicos y profesionales, los graduados de todas las carreras de nuestra universidad, con principios éticos que les permitan cumplir con la responsabilidad de su función específica en la comunidad para lograr la emancipación política del país donde la vida, la historia les llaman a cumplir su contribución cotidiana, cuyo límite lo fija sólo la propia generosidad en el servicio por el otro, por el desprotegido, por el excluido.
Ante la corrupción que no circunda, hasta en las más altas esferas, ¿quién hubiera podido imaginar en otra época que una de las instituciones financieras más poderosas de los Estados Unidos, como la Goldman Sachs, pudiera vender papeles “basura” y apostar al mismo tiempo como negocio del mismo banco al fracaso de dichos papeles (elemento no pequeño en el sucederse de otros efectos que precipitaron la crisis financiera mundial en la que nos encontramos sumergidos), repito, ante la corrupción que nos ahorca ¿a dónde recurrir para reconducir, para reeducar la conciencia ética de una humanidad que pareciera sin destino?

Charles Peirce, el filósofo ya nombrado, escribía que aún la comunidad científica necesitaba una ética fundamental que justifique y permita el descubrimiento de la verdad y el logro del consenso científico en el largo plazo. Explicaba la cuestión proponiendo, entre otros aspectos, el argumento, por otra parte desarrollado por Karl-Otto Apel con el que sostuve un largo debate de casi por diez años, de que es condición de posibilidad de toda comunidad científica, como comunidad argumentativa (ya que el científico debe demostrar la validez del nuevo descubrimiento desde una teoría con pretensión de verdad), el hecho de aceptar la igualdad (de hecho y derecho) de todos los miembros de la comunidad. Es decir, si algunos de los miembros intentara refutar el argumento de otro miembro (aunque sea el jefe del grupo o el que encuentra los recursos para la investigación) todos deben aceptar sólo la fuerza demostrativa o veritativa del nuevo argumento sea quien fuere la persona, y sea cual fuere su posición de poder en la comunidad en la que lo profiere. No puede el maestro callar al discípulo usando su autoridad magisterial. Debe, en simetría o igualdad, mostrar sólo por la fuerza de su argumento la validez o no, la falsedad o no del enunciado de su oponente. El otorgar a todos los miembros de la comunidad científica los mismos derechos de intervención, el situarse todos en simetría, es una actitud ética previa a la argumentación como tal (pero presupuesta trascendentalmente por el hecho mismo de pretender argumentar ante el que entra en el proceso argumentativo). Esta afirmación de igualdad es un principio de justicia que hace posible a la ciencia como tal y a su avance.

El que generosamente comparte con los otros miembros de la comunidad un nuevo descubrimiento que ha alcanzado, que ha sido posible desde el consenso valido y veritativo previo conseguido por el trabajo de creación de conocimiento de todos los otros miembros de la comunidad, a cuyo acerbo le agrega algo nuevo, se opone al egoísmo del que se guarda celosamente su propio descubrimiento sin compartirlo por el motivo que fuere. Si cada miembro actuara de la misma manera narcisista no podría haber construcción mutua de ningún descubrimiento científico. Esa generosidad comunicativa es una actitud ética.

El no aceptar el mejor argumento como expresión de una voluntad que se siente humillada por el otro miembro, y que le lleva a no aceptar el mejor argumento como propio o a considerarlo como una derrota personal, imposibilita al avance de la comunidad científica. La humildad es en este caso la aceptación de la cosa como es, en su verdad. Ante el mejor argumento de otro miembro de la comunidad el que sostenía el argumento falsado y que por lo tanto debe abandonar su antigua posición invalidada, debe saber gustar una sana sensación de alegría por haber superado un enunciado falso y haber ascendido a otro verdadero y fruto del mutuo consenso. Esta disciplinada aceptación de lo verdadero, aunque venga de otro miembro de la comunidad, es también una actitud ética.

Charles Peirce llamaba al conjunto de estas actitudes el “socialismo ético” o la ética necesaria que era una condición de posibilidad para el ejercicio comunitario en el tiempo de la larga duración del sucesivo descubrimiento de la verdad que alcanza validez intersubjetiva.

Pero, además, la ética describe igualmente las vinculaciones del ejercicio concreto por parte de un sujeto de su vocación científica o profesional en relación a la sociedad en su conjunto. Tanto la universidad, por sus recursos y finalidad, como el investigador, por el efecto de sus descubrimientos, y el profesional, al insertarse en actividades las más complejas del todo de la estructura de la sociedad, tienen responsabilidades que cumplir. Cada egresado de la universidad no es un ente solitario e individual que se fija proyectos egoístas de realización personal y de ascenso económico social. Antes que todo esto, involucrándolo y subsumiéndolo, es un miembro de la sociedad al que le debe su formación, su educación, su especialización, por su origen. Y por ello sus acciones futuras cumplen una función social, sobre todo cuando se es egresado de una universidad pública y prácticamente gratuita. Gratuita para el alumno pero no para el pueblo que da los recursos que le ha costado tantos sufrimientos, sobre todo a los más pobres. Ser un investigador o un profesional exige meditar y adquirir una conciencia ética responsable que sepa confrontar un medio social y cultural altamente individualista y conformado desde la ética destructiva de la mera competencia. Con esa ética no puede superarse la corrupción imperante ni tampoco transformar el sistema económico en crisis, que aunque está en crisis no tiene ningún propósito de aprender nada o transformar profundamente ningún momento del mismo sistema.

Por ello pienso que sería conveniente, y me ofrezco como Profesor Emérito en su posible realización, organizar un programa para el factible dictado de una cátedra de ética para todas las carreras de nuestra universidad, donde de manera razonada, motivante y bien diferenciada, pudiera darse a los alumnos un tiempo para meditar, estudiar, investigar, la responsabilidad ética que les cabe como investigadores científicos y profesionales responsables, en una época de profunda crisis de todos los valores.

Si una ética fundamental y a priori es la que posibilita la comunidad de argumentación, cuánto más cumple la misma función en una comunidad política democrática, democracia que es primeramente un sistema de legitimación que exige un cumplimiento ético de obligaciones ciudadanas.



Es por todo lo indicado, desde un punto de vista universitario pero igualmente desde la posición de todo ciudadano del Estado mexicano que no se puede menos que lamentar que la Secretaria de Educación Pública del Estado Federal se oponga tercamente, de manera constante en los hechos aunque encubierta, al dictado de la cátedra de ética y de filosofía (que enseña el método de creación de conocimiento y no su mera repetición) en las Preparatorias de todo el país, siguiendo consignas de aquellos medios que, volviendo a la primera tesis enunciada, parecieran empeñarse en impedir a toda costa la auto-determinación política de México, para que permanezca dependiente y explotada, en cuyo caso no es necesario sino formar profesionales que sepan “apretar botones” de tecnología más o menos inadaptada y comprada en el extranjero, en vez de inventar, de diseñar nuevas tecnologías más adecuadas para procesos productivos y económicos que el país necesita, desde una ciencia que se articule a esas estructuras (tecnológica y económica) con conciencia crítica-creativa y fundadamente ética.

Creo que estas son buenas razones para emprender el camino de servicio a la que la Universidad me llama como Profesor Emérito. Muchas gracias al Colegio Académico y colegas, alumnas/os y amigas/os, por haberme investido de esta función universitaria que no la interpreto como un privilegio, sino como una nueva responsabilidad. Muchas gracias, también, y en público, a mi querida esposa Johanna Peters, por los sufrimientos que significa tener como esposo un obsesionado por todo esto, aunque creo que el amor todo lo compensa. ¡Gracias!


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